SEIYA

El impacto se produjo, aunque no de la forma en que había esperado. Su cabeza golpeó contra una barrera de agua salada. Desconcertado, sintiendo cómo se hundía, luchó por salir a flote con el cuerpo sin vida de su diosa. No iba a dejar que se perdiera en el fondo del océano. Logró estabilizarse pasando un brazo bajo el pecho de la muchacha inerte. Tomó una bocanada de aire. Confuso, miró alrededor, intentando averiguar dónde estaban. Otra jugarreta de los dioses, sin duda, se dijo. En el horizonte divisó una playa. No lo pensó dos veces. Nadó hacia allí.

Llegó a la orilla agotado, portando el cuerpo de Saori. La depositó suavemente en la arena. Se despojó de su armadura dorada y la envió con una orden mental a la Casa de Sagitario. De poco o nada podía valerle ya, ahora que había perdido lo que más amaba en este mundo. Secó las lágrimas que aún le fluían con el dorso de las manos. Inclinándose hacia ella, le apartó los cabellos que caían desordenados sobre su cara. ¡Se seguía viendo tan hermosa! Estaba empapado, pero era incapaz de abandonarla. Musitó una oración por su alma, una oración que su hermana le enseñó siendo pequeño.

Entonces, la joven comenzó a toser. El caballero observó boquiabierto cómo su pecho respiraba otra vez. Todavía sorprendido, corrió a ayudarla a incorporarse.

- ¿Seiya? – preguntó abriendo los ojos confundida.

Él miró sus profundas pupilas azules y sintió que el cielo se había abierto de nuevo. Su vida volvía a tener sentido. Incapaz de expresarlo con palabras, tomó el rostro de su amada entre las manos y la besó tierna y apasionadamente, con todo el calor de su noble alma.

Saori ignoraba lo ocurrido. Sólo sabía que había estado más allá de la muerte y que, por alguna razón, había regresado. No se cuestionaría eso ahora. Con él estaba a salvo. Se entregó a sus besos sin reservas. Conocía su sufrimiento de pensar que la había perdido. Quería aliviar el dolor de su corazón.

- ¿Cómo es posible? – quiso saber él, permitiéndole apenas respirar, con sus frentes unidas y sin dejar de sostenerle las mejillas.

- No lo sé, no lo sé – murmuró ella recobrando el aliento – Pero estoy aquí contigo. Ya estoy contigo – le aseguró con una suave caricia en los labios, peinándole los mechones rebeldes con sus delicados dedos.

El muchacho volvió a abrazarla y besarla de nuevo.

- ¡Seiya! ¡Podemos tocarnos! ¡Soy una humana normal! – exclamó de pronto – Siento un gran vacío por dentro. He perdido mi cosmos, ¡el cosmos de Atenea! – se explicó alarmada – Creo que he regresado a la vida sin mi poder. ¿Qué será de la Tierra ahora?

- Tranquilízate - la calmó su leal caballero – Ya se nos ocurrirá algo. Sigues siendo Saori Kido, ¿verdad?

La dama asintió.

- Con eso me basta – le aseguró con su habitual dulce sonrisa.

Luego, la tomó en brazos y comenzó a caminar con paso firme y decidido. La joven se agarró a su cuello.

- ¿A dónde vamos? – le interrogó.

- A mi casa – repuso él divertido.

Ella miró a su alrededor desconcertada y se dio cuenta de que la playa era más familiar de lo que había advertido. Estaban en Japón, apenas a unos metros de su hogar.

...

Seiya depositó a la muchacha en el suelo cuando se encontraron por fin en su dormitorio. Era una estancia bastante amplia para ser una habitación. Se debía a que el apartamento sólo contaba con ese sitio para recibir a las visitas. Aparte de la pequeña cocina y el minúsculo baño, no había más. El joven tenía algunos pósters de veleros en las paredes, su cama, un escritorio y un armario para la ropa. Se dirigió a él y comenzó a buscar algo afanosamente.

- ¿Qué buscas? – quiso saber intrigada.

- Algo para… ¡ah, aquí están! – exclamó volviéndose satisfecho con un par de toallas en los brazos – Estamos empapados. No podemos quedarnos con esta ropa mojada. Ve secándote en el baño. Seguiré buscando alguna cosa que puedas ponerte – le explicó ofreciéndoselas.

- Gracias – sonrió ella aceptándolas.

Después se dirigió al aseo, entró y cerró la puerta. Seiya continuó revolviendo todos sus cajones. ¿Pero cómo diablos iba a encontrar un vestido para la joven?, se preguntaba. En su casa no había nada semejante. Comenzó a intentar cambiarse él también. Se había quitado la camiseta y estaba a punto de abrocharse unos pantalones secos cuando se le ocurrió una idea.

- ¡Saori! – habló en alto para que le escuchara a través de la puerta – Estoy pensando que quizás lo más conveniente sería que llamase a Tatsumi o a alguien de la mansión Kido para que te acerquen ropa.

- No es necesario – repuso ella de repente abriendo la puerta – Creo que con esto puedo esperar a que se seque.

La visión de Seiya quedó atrapada en la belleza de lo que contemplaba. Todavía con su pañuelo de vendaje en la pierna, secándose las puntas del cabello con una toalla y la otra envuelta alrededor del cuerpo, la muchacha se mostraba ante él como una auténtica diosa surgida de las aguas. Era la única mujer que conocía capaz de llevar un trozo de tela con tanta elegancia que pareciera que portase un verdadero traje. Sintió cómo se le aceleraba el pulso y el deseo creciente en su interior de tomarla en sus brazos. Su respiración se volvió entrecortada.

Ella tampoco esperaba encontrarle así. El torso desnudo, curtido por el sol y con los músculos de un atleta griego, era un perfecto estudio de anatomía. Los pantalones vaqueros sin abrochar dejaban ver parte de su ceñida ropa interior. Se sonrojó al descubrirse a sí misma imaginando el resto del cuerpo de su protector.

- Deberías… - murmuró avergonzada.

Él se dio cuenta enseguida de lo que trataba de decirle. Se apresuró a subirse la cremallera de los pantalones.

- Lo siento – se disculpó – Lo olvidé con las prisas – añadió dándose la vuelta para evitar continuar mirándola fijamente a la vez que comenzaba a frotarse el pelo con otra toalla.

Ella se acercó un poco a la ventana. Era una bonita claraboya de techo abuhardillada, amplia y luminosa desde la que se veía el océano, el cielo y las gaviotas. Se quedó de pie en el borde de la cama mirando al paseo marítimo. Las parejas caminaban de la mano. Saori se dio cuenta en ese instante que aquél era el sitio que estaba intentado alcanzar desde hacía años. Su afán de navegar hacia el horizonte y alejarse de sus obligaciones ocultaban un deseo más profundo de que el mar la trajera hasta este lugar, el deseo de ser una humana normal y llevar una vida sencilla, aquí, a su lado.

Seiya, viéndola ausente, intentó reiniciar la conversación.

- ¿En qué piensas? – la interrogó.

- En que es la segunda vez que vengo a tu casa – declaró volviéndose a mirarle.

- Cierto. ¿La primera vez estaba tan desordenada que has tardado trece años en regresar? – bromeó.

Ella negó con la cabeza.

- Al contrario. La encontré perfecta – le respondió con nostalgia – Temí que si regresaba no encontraría la fuerza para afrontar mi destino como diosa protectora de la Tierra, que me superaría el deseo de ser una simple mortal y llevar una vida normal y ajena de preocupaciones a tu lado.

- Saori… - susurró conmovido por su dulce declaración, acariciándole la mejilla.

- Me hubiera gustado ser tu chica, vivir contigo – explicó cerrando los ojos un instante, dejándose llevar por su caricia - ¡Es tan fácil olvidarse junto a ti de todo: de la herencia de mi abuelo, de la Fundación Grad, del Santuario y hasta de quién soy!

Al mirarle de nuevo se encontró con su genuina sonrisa. Él la observaba con ternura.

- Quizás no te has dado cuenta – le hizo notar el joven divertido – Pero siempre has sido mi chica – admitió alzándole el mentón con los dedos – Eres la mujer que amo y te protegeré hasta el fin de mis días.

Dicho esto, volvió a besarla en los labios dulcemente. Ella se entregó sin barreras a la intensidad de su amor, dejándose llevar. Seiya la levantó en brazos.

- Entonces, ¿eres una humana normal? – le preguntó de pronto.

- Eso creo – asintió - ¿Por qué?

- Porque sí sé cómo amar a una mujer – le dijo en voz queda – Si me das tu permiso – la interrogó mirándola a los ojos azul profundo.

- Sí, Seiya, confío en ti.

Una vez más se entregaba a él plenamente. No había más que decir. El caballero la depositó con cuidado en la cama, la envolvió con sus brazos y hundió el rostro en su suave cuello, cubriéndola de besos tiernos y apasionados en su base.

- Seiya… - suspiró la muchacha.

Le parecía increíble tenerle al fin a su lado, a solas, rendida a sus deseos. Él tenía razón. Siempre había sido suya. Ahora que experimentaba sus caricias, era consciente de cuánto su piel le había echado de menos aun sin haberle sentido nunca antes de una forma tan íntima. Cada milímetro de su cuerpo reaccionaba con una sensibilidad inusitada a su delicado roce. Había sido incapaz de sospechar que unas manos habituadas al combate y a la rudeza encerraran esa capacidad para las sutilezas del amor.

- ¿Te gusta? – le preguntó temeroso de hacer algo que no fuera de su agrado.

- ¿Cómo podría no gustarme? – respondió con llana sinceridad - ¡Si eres un sueño hecho realidad! – añadió ruborizándose al instante por su abierta declaración.

Él se sonrojó también. ¿Un sueño?, se dijo, ¿de veras eso soy para ella?

- Estoy seguro que eres la única persona en el mundo capaz de describirme como un sueño, Saori – admitió emocionado – Los demás sólo verían a un humano mediocre, sin recursos y no demasiado agraciado físicamente.

- Porque no saben mirar como yo – le sonrió acariciando su rostro – Tu cosmos te delata, caballero. Tienes un alma de oro, casi casi divina.

Y diciendo esto, enlazó las manos alrededor de su cuello atrayéndole hacia sus labios nuevamente. Sintió cómo se tensaban los músculos de su espalda y de sus brazos al soportar el peso de todo su cuerpo echado sobre ella. Recorrió su torso desnudo con los dedos delicadamente, deleitándose en cada centímetro. Acarició el lóbulo de su oreja con la lengua y le escuchó gemir quedamente en respuesta.

- Ya no puedo más – masculló con angustia mientras la liberaba de la toalla para besarla en la nacarada piel de sus pechos, tomándose todo el tiempo del mundo en hacerlo.

Entonces fue el turno de ella de gemir ante tan íntimo contacto. Sus manos se enredaron en los cabellos del joven con dulces caricias. Con ágiles movimientos, el caballero se libró de sus pantalones y la ropa interior. Saori ahogó una exclamación de sorpresa al sentirle en la unión de sus piernas. Él se dio cuenta.

- Detenme ahora si no es esto lo que deseas – le rogó con los ojos nublados por la pasión – O si no estás segura.

Ella negó con la cabeza.

- Si te hago daño dímelo. Me detendré inmediatamente. Yo te adoro y no querría…

La muchacha no le dejó continuar, besándole otra vez por toda respuesta. Poco a poco la humedad se intensificó en sus cuerpos. Él supo que había llegado el momento y se dejó ir en un solo movimiento hacia la calidez de su interior, atravesando la barrera física que aún se interponía entre ellos. Saori contuvo un quejido de dolor. No quería angustiarle. Seiya se detuvo un instante para adaptarse al cuerpo femenino. La miró con preocupación, sintiéndose un monstruo egoísta, un ser sin escrúpulos que sólo había buscado satisfacer sus propios deseos.

- Tranquilo, sé que tiene que ser así – le susurró ella calmándole con sus serenas palabras mientras trataba de sonreírle – Estaré bien.

- Eres muy valiente – le respondió admirado por su aplomo - Párame si me apresuro, si soy rudo o brusco, te lo suplico.

Ella asintió y se sujetó a los hombros del caballero. Reconoció su olor familiar e inconfundible, masculino y acre, mezclado con loción de afeitar. Respiró en su piel a la vez que comenzaba a sentir un calor intenso entre las piernas. Él inició un acompasado vaivén, haciendo un gran esfuerzo por contenerse. El sudor comenzó a perlar su frente. Pero no podía dar rienda suelta a sus impulsos. Saori se había entregado en cuerpo y alma. Tenía que estar a la altura. Ahora era suya, suya para siempre. Se sentía su dueño y al mismo tiempo su esclavo. Si ella le pidiera la vida, se la daría sin dudarlo.

- Te amo – murmuró él respirando entrecortadamente – No puedo vivir sin ti.

- ¡Oh, Seiya! – suspiró extasiada, desbordada por la emoción, embriagada por la sensación de tenerle dentro de sí – Hazme tuya, te lo ruego. Te necesito.

Era todo lo que a él le hacía falta oír. Como si le hubieran liberado de una cadena invisible, su dulce petición eliminó toda contención posible. Sus movimientos se aceleraron. La joven comenzó a sentir una oleada de placer creciente que amenazaba con ahogarla si no se desataba de alguna manera. Se aferró con más fuerza al cuerpo masculino arqueando la espalda, buscando su protección desesperada ante lo que estaba experimentando. Se sentía desvalida y vulnerable, desbordada de emociones, completa por primera vez, mujer. Sus labios se encontraron y se unieron en un beso apasionado, necesitado, profundo. Seiya quería entregarle todo, darle su vida. Su cosmos se elevó al máximo envolviéndola y abrazándola con su calor. Ella se sintió protegida en su aura y se abrió como una flor, dejándose llevar a la cima de sensaciones a la que él la guiaba. Ambos estallaron a la vez en brazos del otro.

En el cielo del verano Pegaso cabalga extendiendo sus alas, libre, indómito y sin ataduras de ninguna clase. No hay ser humano capaz de someterle. Sólo la diosa Atenea se dice que posee un freno de oro capaz de subyugarle. Aunque ahora sea caballero de Sagitario, Pegaso siempre será el espíritu de Seiya y, como él, únicamente sometido a los designios de su diosa. Se dejó caer extenuado en los brazos de la muchacha. Ella, agotada también, le recogió con dulzura contra su pecho.

...

- Y eso es todo lo que sabemos – concluyó Hyoga con tristeza en la voz.

Todos los caballeros allí reunidos bajaron la vista compungidos e impotentes ante la situación. Algunos más sentimentales como Koga o Shun no pudieron ocultar algunas lágrimas de dolor. Palas, que portaba el cetro de Atenea, asintió seriamente.

- Ya veo. Me imaginé que algo grave ocurría cuando el báculo vino a buscarme.

La joven diosa recordó cómo había aparecido ante ella, brillando con el resplandor de la luz del sol. Extendió su mano para tocarlo y se vio transportada a este sitio, el limbo de los dioses, el lugar de los perdidos. Un espacio destinado para todos aquellos que no merecen ni el cielo ni el infierno. Sin embargo, son dimensiones donde nadie debe encontrarse con sus semejantes. Era lo primero que la había sorprendido al llegar y ver a todos los caballeros de Atenea reunidos. Detrás estaba la mano de Zeus, no cabía duda; pues era el único con poder ilimitado en este reino: los dominios del Cielo. ¿Pero qué pretendía? Shiryu pensaba que la batalla ocurría a otro nivel en otra parte, y no se equivocaba. La guardiana de la Tierra estaba siendo probada en estos momentos por lo que le habían contado y, aunque desconocía los detalles, seguramente su leal protector, Seiya, estaba siendo juzgado con ella.

- No creo que estén muertos – afirmó de pronto dejándolos perplejos.

- ¡Yo lo vi con mis propios ojos! – exclamó Jabu.

- Lo sé. Y yo he dejado de sentir el cosmos de mi hermana, pero… Nike no habría venido a buscarme si todo estuviera perdido. ¡Recomponeos, caballeros! – les pidió con autoridad – ¡No os dejéis abatir ahora! ¡Vuestra diosa os necesita!

- ¿Y qué podemos hacer desde este lugar? – quiso saber un frustrado Koga secándose las lágrimas con las manos.

Palas meditó un instante su respuesta.

- Bien, en principio los dioses no debemos intervenir. Sin embargo, supongo que el hecho de que Nike me haya traído hasta vosotros ha señalado mi bando definitivamente.

Los miró con determinación y pudieron apreciar cuánto se parecía a Atenea una vez que tomaba una decisión. La voluntad férrea que asomaba a sus ojos era idéntica.

- Esto es lo que haremos – dijo usando una daga para hacerse un corte en la muñeca – Utilizaré el vínculo de sangre que tengo con mi hermana y el poder de su cetro para traerla hasta aquí. Ella nos guiará al combate.

Diciendo esto, tomó el báculo con la mano herida. Al contacto con el rojo fluido, éste comenzó a brillar nuevamente.

- ¡Caballeros de Atenea, prestadme vuestro poder! – exclamó por último concentrándose en enfocar su aura sobre la diosa de la Victoria.

Todos asintieron y elevaron sus cosmos junto al de la muchacha.

...

A Saori la despertó la luz del amanecer entrando por la ventana. Lentamente, su consciencia fue regresando. Había perdido la noción del tiempo. El sol se había puesto, había salido la luna y ahora amanecía de nuevo. Y en todo ese devenir había una constante que la colmaba de dicha, seguía en brazos de Seiya. Reposaba la cabeza en su pecho, escuchando los latidos de su ardiente corazón. Estiró una mano para acariciarle el torso y la cara, creyéndole dormido.

- ¿Ya has despertado? – le preguntó al sentirla moverse.

Ella le sonrió con afecto, alzando la cabeza para encontrase con la felicidad reflejada en sus ojos.

- Creía que dormías – admitió.

- No puedo – reconoció el joven – Soy demasiado feliz. Tengo ganas de saltar de alegría; pero me aterra que seas un sueño y desaparezcas cuando deje de abrazarte.

- No desapareceré. Te lo prometo. Yo también soy muy feliz. De hecho, nunca he sido tan feliz como ahora. Te amo.

Él volvió a estrecharla con fuerza mientras la besaba con toda su infinita ternura. Se separó solamente para dejarla respirar. Sin embargo, algo ensombreció la mirada de Saori en ese instante.

- Seiya, he estado pensando que, quizás alguien haya heredado el cosmos de Atenea, que haya pasado a otra generación – dijo la chica gravemente – Si eso fuera así, deberías ir a buscarla y ofrecerle protección.

- Si eso es como dices, la buscaré, la llevaré al Santuario y la entregaré allí junto con mi armadura.

- ¿Abandonarás la lucha? – preguntó alarmada, incorporándose un poco.

- Saori, tú eres la mujer a la que he jurado proteger – le dijo tomándola del mentón suavemente para encontrarse con su mirada – Si continúo luchando por otra persona, ahora que estás indefensa sin tu aura, te expondría al peligro sin quererlo. Igual que le ocurre a Shiryu con Shunrey, que ha sido atacada en varias ocasiones por su relación con él. No me perdonaría en la vida si te ocurriese algo por mi culpa. Tendría que alejarme de ti con cada nueva batalla y dejarte desprotegida, amor mío – concluyó con dulzura, acariciando su rostro.

La joven le sonrió conmovida por su sincera preocupación. Estaba dispuesto a sacrificarlo todo por mantener su promesa. Pero ella aún no estaba acabada. Y sabía cómo hacerle reaccionar.

- ¡Ah, ya entiendo! – dijo poniéndose en pie cubierta por la sábana - ¿Crees que me quedaré rezando por ti como Shunrey hasta tu regreso? ¡Qué presuntuoso, caballero! – añadió dándole la espalda.

- ¿Cómo? ¡No! Yo no… - trató de disculparse.

- ¡Seiya de Sagitario, has olvidado algo importante! – se volvió con una sonrisa triunfante - ¡Estás hablando con Saori Kido! La heredera de Mitsumasa Kido, dueña de su imperio y su fortuna, una de las mujeres más poderosas e influyentes del país. Incluso sin el cosmos de Atenea puedo poner los recursos de la Fundación Grad y los caballeros del acero a vuestra disposición. ¡No voy a quedarme de brazos cruzados esperando por ti si los dioses amenazan con destruir el mundo!

El guerrero volvió a sonreír de felicidad. Ella nunca le decepcionaba. Siempre dispuesta a arriesgar. Era por eso que la amaba con toda su alma. Su valor y su coraje igualaban al mejor de los caballeros dorados. Su generosidad y su capacidad de sacrificio por los demás eran únicas. Y el amor que demostraba hacia él, su humilde servidor, parecía no tener límites y ser infinito. Encima, si se paraba a observarla, tapada apenas por la sábana, bañada por la luz del sol, sonriéndole, era de una belleza tan espectacular que le dejaba aturdido.

- Está bien, señorita Kido, me ha convencido. Lucharemos juntos por la humanidad. Sin embargo, vaya a por su vestido o la secuestraré en esta habitación para siempre – la amenazó bromeando.

Saori se ruborizó y obedeció de inmediato. Seiya lamentó haberla ahuyentado de esa manera; pero lo cierto es que tenía la sensación de que no la dejaría marchar de entre sus brazos si no era de esa forma. Resignado, comenzó a ponerse la ropa interior y los pantalones. Cuando ella regresó del baño, ya estaba completamente arreglado.

- Tenías razón, ya estaba seco – le dijo mientras se peinaba.

- ¡Cuánto me alegro! – mintió sin disimulo con un suspiro de frustración.

Ella le sonrió divertida y cambió de tema.

- Te he cogido el peine. Espero que no te importe.

- ¡Claro que no! Puedes coger lo que quieras. No tengo mucho, pero lo poco que poseo es tuyo, Saori – declaró el joven, tan generoso como era su costumbre – Será mejor que te lleve a tu casa. Tatsumi regresó de Grecia muy preocupado por ti y a regañadientes. Saltará de alegría al verte sana y salva.

- Estoy deseando decirle que…

No pudo acabar la frase.

- ¡Cuidado! – gritó el caballero de pronto poniéndose en alerta.

Tampoco pudo decir nada más. Un golpe por la espalda lo arrojó contra el suelo en un charco de su propia sangre. La mujer gritó horrorizada. Se dio cuenta de que dos hombres la sujetaban cuando quiso correr hacia él y comenzó a debatirse impotente. Eran sirvientes de Hefaistos. Su librea y su armadura los delataban. El mismo dios de la Forja apareció detrás de Seiya empuñando el martillo con el que le había golpeado.

- ¡Salve, Atenea! – le dijo sonriendo sardónicamente - ¿O ya no eres Atenea? – se burló apretándole con los dedos el mentón mientras atraía su rostro hacia sí – Ya sabía yo que Eros había fallado de nuevo. ¡Pero no esperaba encontrarte tan indefensa!

- ¡Déjame, Hefaistos! – exclamó luchando por liberarse.

El herrero divino se acercó más, con intención de forzarla a besarle.

- ¡Suéltala! – gritó Seiya de repente, poniéndose en pie con esfuerzo - ¡No te atrevas a tocarla! ¡Por los meteoros de Pegaso!

Un fulgor azul y miles de golpes se proyectaron a la velocidad de la luz contra el dios, que le observaba divertido. Esquivó con un parpadeo los puños del caballero y se situó frente a él.

- Parece que no has tenido bastante – le amenazó.

Acto seguido le golpeó con el martillo en la boca del estómago a una velocidad sobrehumana. El joven fue lanzado hacia atrás del impacto. Un nuevo chorro de sangre escapó de su boca. Cuando llegó al suelo ya no podía moverse.

- ¡No! – gritó Saori - ¡Déjale, déjale en paz! ¡Te lo ruego! – suplicó con lágrimas en los ojos - ¡Vas a matarle! ¡Vas a matarle! ¡Por favor, para! ¡Haré lo que me pidas! ¡Te daré lo que quieras! ¡Déjale ya!

Hefaistos se volvió hacia ella.

- Ummm… Veo que ya empiezas a hablar un lenguaje en el que podemos entendernos. ¡Lo que quiero eres tú! ¿No tienes curiosidad por ver todo lo que un dios puede ofrecerle a una humana? – se burló nuevamente – No, me parece que no. Si no recuerdo mal ya rechazaste a Poseidón no hace mucho. Imagino que por este mequetrefe – remarcó dándole un puntapié al muchacho que estaba en el suelo.

Aunque no podía ni parpadear, las voces llegaban a su subconsciente. No tenía ni idea de lo que hablaban. Sin embargo, su significado estaba claro: ella había rechazado al señor de los mares por él. Eso renovaba sus ganas de continuar luchando.

Saori tragó saliva y miró con angustia hacia Seiya, que seguía inmóvil. ¡Dos!, se dijo otra vez. Haría lo que fuera por salvarle.

Contra todo pronóstico, él volvió a levantar la cabeza del suelo.

- No… Saori… no lo hagas – le rogó – Prefiero morir que ver cómo te… - no llegó a terminar la frase porque el herrero le propinó una patada en la cara.

Y yo prefiero que me humille a ver cómo te mata, pensó la joven.

- ¡Dame tu palabra de que no le matarás, Hefaistos!

- ¡Claro que no le mataré, querida! Es mucho mejor hacerle sufrir cuando nos vea – argumentó tomándola del rostro y obligándola a besarle.

La mujer trató de oponer resistencia, pero sus fuerzas estaban muy desigualadas.

- ¡Maldito, déjala! – gritó Seiya lanzándose hacia él - ¡Cobarde! ¡Si tuviera mi armadura!

El dios chasqueó los dedos y sus dos sirvientes detuvieron al caballero antes de que le alcanzara con un nuevo golpe en el estómago. Luego le tomaron de los brazos. Hefaistos se hizo cargo de ella rodeándola por el cuello.

- ¿Qué dices, Atenea? ¿Hay trato? ¿O le matamos?

Los ojos de los enamorados se encontraron. Él le suplicaba con la mirada que no se entregara y ella que no se dejara matar inútilmente.

- Perdóname – le dijo al fin la joven – Acepto – admitió resignada no viendo otra salida.

Seiya creyó morir en vida.

- ¡Regresemos a la Forja! – exclamó Hefaistos.

Transportados por el dios y sus sirvientes, todos desaparecieron dirigiéndose hacia el Olimpo.