ATENEA Y PEGASO
La figura de una joven comenzó a vislumbrarse: Saori. Cuando abrió los ojos confundida lo primero que vio fue el rostro de sus caballeros y de Palas sosteniendo su cetro en el limbo de los dioses. ¿Cómo había ido a parar hasta allí? Hefaistos quería llevarla a su Forja, pero al parecer en algún punto su teleportación había fallado.
- Imagino lo que te estás preguntando – le dijo su hermana avanzando hacia ella – Nosotros te hemos invocado – le tendió su propio báculo.
La protectora de la Tierra lo tomó y, en ese instante, un hormigueo la recorrió por completo. Su cosmos había regresado. Ahora lo comprendía todo. Al morir, parte de su alma se había refugiado en el cetro de Nike. Y, al aceptarlo otra vez, había regresado a ella. Nunca dejó de ser una diosa, aunque eso era lo que había creído.
- ¡Atenea! – exclamaron Jabu y Koga emocionados de verla sana y salva.
- ¡Atenea! – dijo Hyoga - ¡Llevadnos a la auténtica batalla! ¡Os ayudaremos a enfrentaros a los dioses!
- No estáis sola – se pronunció Kiki.
- Nunca lo habéis estado – añadió la guerrera de Ofiuco.
- ¡Shaina! ¿También estás aquí? – repuso Saori con alegría – Temía por tu suerte en el Reino de Asgard.
La mujer caballero asintió.
- ¿Estabais con Seiya? ¿Podemos invocarlo también? – quiso saber Shiryu.
Y en ese momento la muchacha se dio cuenta de que, seguramente, el caballero de Sagitario seguía en problemas.
- ¡Seiya! – exclamó con urgencia y preocupación – ¡Hefaistos le matará si no llegamos a tiempo!
- ¿Qué?
- ¿Cómo?
- Explícate – le rogó Palas.
La diosa de la Tierra les contó apresuradamente entonces cómo había regresado a la vida en la playa y habían ido a casa del caballero.
- Hefaistos aprovechó que él no vestía su armadura y la ausencia de mi cosmos para atacarnos – continuó meditando cada palabra – Nos llevaba a la Forja de los dioses. En ese preciso instante me invocasteis. Cuando se dé cuenta que he desaparecido… - fue incapaz de terminar la frase.
Palas, que había escuchado atentamente y en silencio, intervino entonces.
- No entiendo, hermana. ¿No le matará si estás tú? ¿Por qué no? Y no comprendo que tiene que ver Hefaistos en tu prueba. Ni antes he entendido qué tenía que ver Eros. ¿Qué está ocurriendo? ¿Qué nos ocultas?
Saori negó con la cabeza evitando su mirada.
- Los dos están ayudando a Afrodita a destruirme. Sin embargo, Hefaistos… tiene un interés personal… en mí – añadió en un hilo de voz.
- ¿Qué interés… - quiso saber Koga, pero cortó la frase al responderse a sí mismo mentalmente.
No fue el único que interpretó las palabras de la joven. Harbinger, que aún no había dicho nada, avanzó hacia ella y se arrodilló ofreciéndole una pequeña estatua de Atenea.
- Mi señora – dijo- No digáis una palabra más. Ha llegado el momento de que vistáis vuestra sagrada armadura y nos guiéis a la batalla.
La diosa asintió y tomó la figurilla de sus manos.
- Gracias, Harbinger. Gracias por haberla protegido.
- Ha sido un honor.
La pieza de piedra comenzó a brillar y, al instante, se transformó. Saori se vio revestida con toda la magnificencia y esplendor de su rango. La armadura de la diosa no había cambiado apenas desde la era mitológica. El escudo de la justicia y el casco eran quizás las partes más características, vestigios de antiguas imágenes de la Grecia clásica.
Alzando una vez más su cetro de poder, concentró en él toda la energía de su cosmos. Un rayo de luz fluyó a través del espacio, focalizado en un solo punto. Palas apoyó su mano y su aura también en el báculo.
- ¡Limbo de los dioses, lugar de los perdidos! – proclamó Atenea - ¡Obedece ante la hija predilecta de Zeus, señor de los Cielos! ¡Muéstranos el camino hacia la Forja divina! ¡Te lo ordeno!
Al momento las nubes se separaron descubriendo una vereda cubierta de flores. Al fondo, se atisbaba un templo con un icono de fuego en el frontón triangular de entrada.
- ¡Por aquí, adelante! – exclamó la joven.
Sus caballeros, ansiosos por salir de aquel sitio, se apresuraron a cumplir sus órdenes. Cuando todos hubieron avanzado, se dispuso a seguirlos; sin embargo, una mano en el hombro la detuvo.
- Hermana – le dijo Palas en voz queda – Aún hay más cosas que no me has contado, ¿verdad?
La diosa de la Tierra se giró y la miró. Su semblante era grave.
- ¿A qué fuiste a casa del caballero de Sagitario? ¿No me digas que él y tú…
- Zeus dijo que podía actuar libremente – se justificó antes de ser censurada.
La diosa del Amor se quedó dudando si sería buena idea seguir interrogándola, pero Atenea prosiguió.
- Creí que me había convertido en una humana normal, libre de ataduras y obligaciones – continuó suspirando con pesar – Y antes de que sigas indagando te diré: no, no me arrepiento y sí, volvería a hacerlo.
El orgullo y la determinación en su mirada daban por zanjada la discusión definitivamente. Se volvió y siguió a sus caballeros por el sendero.
Palas, sorprendida ante lo que acababa de escuchar, tardó unos segundos en reaccionar y acompañarles.
...
El lugar era demasiado caliente. A duras penas podía respirar el aire sin quemarse. Al fondo de la estancia había una forja enorme. En la pared sobre ella, con el brillo del metal, relucían decenas de armas de todo tipo. No obstante, el sitio era en este momento la última de sus preocupaciones. Un zumbido y el latir de la sangre en sus sienes retumbaba en la cabeza de Seiya cada vez que Hefaistos lo lanzaba contra los muros de piedra tallada. Había perdido ya la cuenta de los golpes que había encajado desde que el herrero descubriera que la diosa había desaparecido.
- ¿Dónde está Atenea? – le gritaba hecho una furia cuando lo agarraba del cuello para volver a estrellarlo contra algo.
El caballero no lo sabía, pero se levantaba una y otra vez, limpiándose la sangre de los labios y la cara con la mano y le sonreía sin decir nada. Eso lo volvía frenético. Seiya se alegraba de que Saori no estuviera allí, en manos del dios, y de que no pudiera ver cómo le golpeaba hasta matarle. No quería que sufriera por él. No quería verla llorar. Demasiadas lágrimas había derramado ya por tantos y tantos buenos hombres caídos en batalla. No, se dijo. No por mí. No quiero ser la causa de su dolor. Se puso una vez más en pie y fue impulsado de nuevo. En esta ocasión con el martillo contra el techo. Su espalda recibió el impacto de la piedra y su pecho el golpe siguiente contra el suelo. Saori, pensó. Deseo con toda mi alma que te encuentres a salvo. Por favor, Atenea préstame una vez más tu fuerza. Y alzándose, incendió su cosmos hasta el infinito.
Los sirvientes del dios se sorprendieron al verle convocar tanto poder después de la terrible paliza a la que estaba siendo sometido.
- ¡Trueno atómico! – exclamó por último mientras rayos de luz surgían por todas partes.
...
En la puerta del templo del Fuego sagrado, en mitad de la encarnizada batalla contra los guerreros de Hefaistos, Atenea sintió la llamada del caballero de Sagitario. Cerró los ojos un segundo para concentrarse e hizo arder su energía. El aura dorada y rosácea la envolvió por completo. Seiya, acepta mi protección, te lo ruego, pensó expandiendo su poder de forma que toda la zona quedó imbuida con su esencia. La lucha se detuvo por un instante, todos los combatientes cesaron de combatir sorprendidos por la increíble fuerza que emanaba de ella.
Dentro, su leal caballero había conseguido canalizar la energía en un golpe que finalmente alcanzara al herrero divino. Éste se frotó la mejilla herida con la mano mientras observaba perplejo cómo tras el aura de Sagitario asomaba el cosmos protector de la diosa. Hefaistos se dio cuenta enseguida de que mientras ella siguiera protegiéndole sería intocable.
- Hermana – la llamó Palas interrumpiendo su meditación - ¿Qué te ocurre?
- Me necesita – afirmó con premura – Debo ir ¿Puedes encargarte de esto? – le preguntó con inquietud observando la contienda que se desarrollaba ante sí.
- ¡Claro! ¡Márchate! Yo los cuido – aseguró la joven de cabellos dorados dirigiendo una mirada de soslayo a los guerreros.
Atenea asintió y desapareció.
...
- ¡Seiya! – exclamó la diosa materializándose en la estancia donde se encontraban Hefaistos y el guardián de Sagitario.
Este último miró hacia el lugar del que provenía la voz. El herrero aprovechó para golpearle de nuevo logrando tirarle al suelo. Ella se interpuso entre ambos.
- ¡Basta! ¡No dejaré que le mates!
- ¡No podrás impedirlo! – gritó el dios preparándose para asestarle a Atenea su próximo golpe.
Blandió enérgicamente el martillo sagrado y el impacto se produjo contra el escudo de la justicia. Las dos armas quedaron cruzadas, las fuerzas igualadas; pero la onda expansiva hizo que el casco de la joven saliera despedido.
En ese momento, los demás caballeros, que habían conseguido atravesar las defensas, entraron en tropel en la sala seguidos por Palas.
- ¡Atenea! ¡Seiya! – gritaron Shiryu y Hyoga.
- ¡No deis un paso más! – exclamó el herrero furioso, lanzando su arma a modo de bumerán.
Todos sin excepción fueron golpeados con violencia cayendo al suelo casi abatidos. El martillo regresó a las manos del temible dios que lo alzó otra vez contra la diosa de la Tierra.
- ¡Detente! – ordenó el guardián de Sagitario poniéndose en pie, haciendo acopio de toda su energía restante - ¡Para tocarla debes derrotarme a mí primero! – dijo avanzando hacia él - ¡Y no dejaré que lo hagas!
- ¡Seiya, no! – suplicó ella - ¡No llevas armadura!
- No será la primera vez – sonrió sin apartar la mirada de Hefaistos.
- Seiya, no puedes ir sin protección – masculló Kiki desde el suelo.
- ¡Es una locura! – dijo Shun tratando de activar sus cadenas.
- ¡Morirás! – añadió Shiryu dándose la vuelta sobre la espalda.
- ¡No!¡Yo te ayudaré! – afirmó por último Koga intentando ponerse en pie - ¡Pegaso, protégele!
A una orden mental del muchacho su armadura se separó de él y fue a ensamblarse al cuerpo de su antiguo dueño, el caballero de Sagitario. Sorprendido por el acto de generosidad del chico, Seiya sintió cómo sus fuerzas renacían bajo el aura del indomable espíritu del caballo alado. Hizo arder su cosmos más allá del límite. La protección de bronce comenzó a brillar y transformarse en la armadura divina de Pegaso. Había adquirido ese poder cuando las piezas recibieron la sangre de Atenea en la batalla contra Hades. Revestido con esta salvaguarda extra plantó cara al herrero de nuevo.
Entonces, se escuchó un trueno y, de la nada, junto a ellos, se materializó el dios de los Cielos. Alzó un dedo y, un rayo salido de su mano atravesó la frente de la diosa como un haz de luz fantasmal, dejándola inmóvil y suspendida en el aire.
- Ya he visto suficiente – proclamó acercándose a su hija.
Seiya se interpuso entre ambos rápidamente.
- ¿Qué le has hecho? ¡Libérala! – exigió preparándose para atacar.
El soberano del Cielo levantó otra vez el dedo sin apenas inmutarse y el caballero de Sagitario quedó atrapado de la misma forma que su dama, con un rayo suspendido. Impotente e inmóvil veía como el dios se acercaba a la joven nuevamente.
- Gracias por acudir, magnánimo Zeus – dijo Hefaistos inclinándose ante él – Estos humanos estaban atacando la Forja divina.
El señor de los dioses elevó esta vez la palma de la mano entera y, sin mirarle, lanzó al herrero contra la pared de armas. Sus huesos crujieron contra la piedra mientras sus extremidades se retorcieron en ángulos imposibles.
- ¡Tú desaparece de mi vista! Has desobedecido mi orden directa de no intervenir ¡Fuera!
Hefaistos, malherido, se puso en pie a duras penas y se alejó de allí casi a rastras, con la cara desencajada por el miedo. Sabía que más tarde iba a ser castigado por su atrevimiento y por haber intentado mancillar a la hija favorita del dios. Tenía que avisar a Eros y a Afrodita. Zeus no iba a pasar por alto la ofensa. Alguno de sus hombres, que habían entrado tras los protectores de Atenea, se marcharon también rápidamente.
- ¡Palas! Puedes quedarte – añadió sin volverse a mirar a la muchacha que trataba de incorporarse tras el ataque – Quiero que al menos un dios sea testigo de lo que va a suceder.
La joven asintió temerosa y los caballeros, impotentes y paralizados por el aura de Zeus, temblaron en sus corazones viendo a Saori y a Seiya inmovilizados e indefensos.
- ¡Atenea! – dijo por último - ¡A la luz de tus acciones, te devuelvo la memoria!
En ese instante, la diosa de la Guerra, la Sabiduría y las Artes sintió cómo su consciencia se desplazaba a otro lugar, un lugar lejano en el tiempo pero familiar, un sitio en el que había vivido en paz, en el que había sido muy feliz: la lejana edad del mito.
...
Año 723 antes de Cristo.
- ¿Pegaso? – llamó la joven estirando la mano en la cama para encontrarle.
- Estoy aquí – le respondió la voz conocida y cercana de su amado.
En pie junto a la ventana, desnudo y dándole la espalda era de una belleza increíble, la belleza de un atleta griego. Parecía una de las estatuas de esos modernos artistas, con los músculos esculpidos en piedra. Su más leal caballero, el dueño de su corazón.
- ¿En qué piensas? – quiso saber ella intrigada.
El paisaje nocturno del Olimpo era espectacular. Las constelaciones brillaban más cerca en el cielo. Desde la ventana de su dormitorio parecía poder tocarlas. Él se volvió.
- En ti – suspiró – Y en la batalla de mañana en el río Aqueronte - añadió con pesar.
Desde que Hades se levantara en armas contra ella por el dominio de la Tierra no habían cesado de pelear. Sin embargo, la contienda del día siguiente sería decisiva para el desenlace final. Pretendían emboscarle en su terreno. Si algo salía mal sus caballeros no volverían con vida. Él se acercó y se sentó a su lado. Le acarició el rostro con ternura.
- Debo ir. Lo sabes, ¿verdad? No puedo dejarles ahora.
La diosa asintió con tristeza.
- Es que tengo la sensación de que no volveré a verte con vida – admitió tomándole de la mano mientras las lágrimas resbalaban por sus mejillas.
- Eso nunca. Sea como sea volveremos a vernos – prometió – En esta vida o en alguna otra. Mi amor por ti es eterno. Siempre te buscaré.
- Pegaso… - suspiró conmovida por el ardor de su declaración.
Ambos se fundieron en un beso apasionado de despedida.
...
Año 723 antes de Cristo.
Atenea daba vueltas inquieta alrededor del trono en el Santuario. Revestida con su armadura aguardaba noticias de la batalla que se libraba en el río Aqueronte. Aries y Virgo se habían quedado para protegerla. Aunque le hubiera gustado estar en el combate desde el principio, sus caballeros dorados habían convenido que era mejor que permaneciera aquí hasta que fuera necesaria su intervención para sellar el espíritu de Hades. Hasta ese instante todo se desarrollaba según lo previsto. Las tropas del Averno iban retrocediendo, los tres jueces del Inframundo habían caído. El señor de los Infiernos y Pandora estaban quedándose aislados y sin aliados. Y, sin embargo, ese mal presagio no dejaba de atormentarla. Se acercaba el momento crucial. Sus caballeros, encabezados por Pegaso, tenían que llegar hasta el dios y debilitarle. Entonces, ella podría atacarle y reducirle.
- Mi señora – dijo Virgo sacándola de sus pensamientos con un cofre en las manos – La urna está preparada para atraparle. En breve recibiremos la señal.
La diosa asintió y sujetó con fuerza el cetro de Nike. Dentro de poco todo habría acabado. Suspiró.
- Algo va mal – dijo Aries de repente palideciendo – El enemigo ha penetrado en el Santuario. ¡Se acerca!
Sus poderes telepáticos le permitían conocer lo que ocurría en el área de su influencia. Tanto ella como Virgo se pusieron en alerta. La puerta de la sala se abrió violentamente.
- ¡Atenea! – exclamó Hades entrando con los ojos inyectados en sangre - ¡Aquí te traigo al humano que se ha atrevido a dañarme! – agregó lanzando lo que parecía un despojo a los pies de la diosa.
El corazón de la joven se heló al reconocer al hombre que yacía en el suelo: Pegaso. No, no puede ser, tú no. Esto no puede estar pasando. Abandonó el escudo y corrió a abrazarle deshecha en llanto. Aún vestía su armadura divina. Sin embargo, a la altura del pecho tenía un corte profundo que debía haberle atravesado el corazón: la huella inconfundible de la espada de Hades. Su rostro, antes lleno de vida, revestía ahora la palidez de la muerte.
El dios continuó avanzando hacia ella, tambaleándose, debilitado, Aries se interpuso entre ambos.
- ¡Muro de cristal!
Con un dedo, el señor del Inframundo se deshizo de la barrera protectora y arrojó lejos al caballero, golpeándolo contra las columnas del templo. Atenea pudo entonces observar la terrible herida que Hades ocultaba en su pecho. Pegaso había conseguido lastimarle seriamente. No obstante, en su rabia de ver mancillada la perfección de su cuerpo divino, había acudido a buscar venganza ignorando el grave peligro que allí corría.
- ¡Vas a morir, Atenea! – gritó furioso elevando su espada - ¡Muere junto a tu humano favorito!
- ¡Mi señora! – la apremió Virgo mostrándole la urna.
Podía morir ahí, sí; pero era su deber salvar a las personas de la Tierra, las personas por las que Pegaso había entregado su vida. Los mortales que sufrirían bajo el dominio de Hades. Se lo debía.
Alzó su cetro y su poder se desplegó con furia, comenzando a arrastrar al espíritu del dios hacia el cofre que Virgo sostenía.
El señor de los Infiernos, que no se lo esperaba, dejó caer su espada y trató de resistirse. Ella se levantó apoyándose en el báculo y, sin dejar de emanar energía, le increpó:
- ¡Abandona este mundo que no te pertenece, señor del Averno! ¡Regresa al descanso eterno!
El poder de la diosa no cesaba de aumentar, atrayéndole como un vórtice, arrastrándole sin conseguir evitarlo, debilitado como estaba.
- ¡Atenea! ¡Yo te maldigo! – exclamó Hades con ira, sintiéndose perdido.
Su voz resonó con el eco del que va a cambiar el destino.
- ¡Volveré! ¡Y tú conmigo! ¡Y cada vez que nos encontremos verás una y otra vez morir a tu amado mortal en mis manos atravesado por mi espada! ¡Te lo juro!
El terrible dios profirió un último grito antes de quedar atrapado en la urna. Virgo se apresuró a cerrarla y sellarla. El cuerpo de Hades quedó inerte en el suelo. Seguramente Pandora vendría a hacerse cargo de él; pero eso ya no le importaba.
La diosa de la Tierra, jadeante por el esfuerzo, se dejó caer deslizándose por su cetro hasta el suelo. Lo había conseguido. ¿Has visto eso, Pegaso? Lo conseguimos. Juntos lo conseguimos. Lágrimas de amargura resbalaron por sus mejillas.
...
Año 723 antes de Cristo.
- Imaginé que te encontraría aquí – dijo el señor de los Cielos acercándose a su hija.
Era de noche, en la parte posterior del templo de Atenea, en el Santuario, había un pequeño cementerio que albergaba los cuerpos de los caballeros caídos durante las recientes batallas. Y allí estaba ella, arrodillada junto a la tumba de Pegaso. Prácticamente no se había movido de su lado desde que lo enterraron.
- ¿Qué ocurre? – preguntó la doncella impávida, sin el menor ápice de emoción en su voz.
Había cambiado su blanco vestido habitual por uno negro y había cortado sus largos cabellos en señal de duelo. Ahora le caían a la altura del mentón desordenados. En la mano llevaba aún el velo negro de la ceremonia con el que se había tapado la cabeza. Incluso rota por el dolor se veía muy hermosa.
- Estoy preocupado por ti. No puedes seguir así. Pandora ha ocultado el cuerpo de Hades y tu sello no durará eternamente. Cuando regrese, dentro de unos doscientos años, debes estar preparada para enfrentarle de nuevo. No sufras. Tu caballero se reencarnará entonces.
- ¿Doscientos años? – se puso en pie volviéndose para mirarle - ¿Escuchaste su maldición? ¿Eres consciente de a lo que me ha condenado? – casi le gritó.
- Doscientos años no es nada para un dios – quiso animarla Zeus – Apenas un parpadeo.
- ¡Respirar el instante siguiente es un reto para mí ahora mismo! Cada momento es eterno y… ¿para qué? – añadió a punto de echarse a llorar - ¿Para encontrarle y ver cómo Hades me lo arrebata otra vez ante mis ojos? ¿Es ese mi destino? ¡Dime! – le exigió - ¿Hay algo que pueda hacer para evitarlo? Te lo ruego, si lo sabes dímelo.
- No, no hay nada. Vosotros mismos tendréis que romper la maldición por vuestros propios medios – respondió su padre bajando la cabeza.
- Pues siendo así, no quiero seguir viviendo. Mátame, te lo suplico.
- ¿Qué estás diciendo? ¡Eres una diosa inmortal!
- Puedo dejar de serlo. ¡Permíteme reencarnarme a mí también! – declaró con pasión.
- ¡Un dios reencarnado es más débil que los demás! ¡No dejaré que lo hagas! ¡De ninguna manera! ¡Otro dios podría matarte definitivamente! ¡Quedarías indefensa!
- ¡Mis caballeros me protegerán! – afirmó con vehemencia, segura de su ejército.
- ¿Es eso lo que deseas?
- ¡Lo es! – admitió con convicción.
- Está bien – claudicó Zeus, suspirando resignado – Era incapaz de negarle algo a su hija predilecta. La quería demasiado para verla sufrir.
- Sólo una cosa más, por favor.
- Dime.
- Borra mi memoria para que mi corazón no sufra anticipando mi destino.
- No temas. No recordarás nada de ésta ni de vidas posteriores. Cada reencarnación será como la primera y diferente a la vez. Vivirás feliz y, cuando corresponda, tendrás la oportunidad de escapar a tu maldición. ¡Prepárate!
- Gracias, padre.
Zeus asintió y, con todo el dolor de su alma, lanzó una esfera de energía contra el abdomen de la joven para arrebatarle su esencia vital. Ésta no emitió quejido alguno. Su cosmos simplemente se apagó y su cuerpo se desplomó como el de un pajarillo abatido. El dios recuperó la esfera de luz con su consciencia, sus recuerdos y su psique, la tomó en brazos y se la llevó al Olimpo. Atenea volvería a la vida a su debido tiempo.
...
Tras las memorias más dolorosas de Atenea, asaltaron a Saori otras imágenes y momentos de sus reencarnaciones pasadas. En todas ellas el caballero de Pegaso la amaba incondicionalmente y en todas moría a manos del señor de los Infiernos. Ella, incapaz de soportar el dolor, se quitaba la vida. Sólo en esta época habían conseguido escapar de tan terrible destino. Las voces resonaban en su cabeza con los gritos de dolor y las escenas de edades remotas. Colapsada por tantos recuerdos se mareó, palideció y cayó jadeante de rodillas al suelo cuando Zeus la liberó de su rayo paralizante. Seiya fue liberado a la vez, poniéndose en guardia al instante. El dios se inclinó hacia Atenea.
- ¡No la toques! – gritó su leal protector - ¡Me da igual el poder que poseas, si intentas hacerle daño lo pagarás!
- ¡Insolente! – bramó el señor del Cielo disgustado - ¿Cómo te atreves, mortal?
Un haz de energía similar a un rayo comenzó a formarse en su mano con intención de atacarle.
- ¡No! – exclamó la diosa interponiéndose entre ellos - ¡Padre, te lo ruego! He comprendido lo que hiciste por mí; pero si tu juicio es que soy culpable de amarle por encima de todo, caiga sobre mí tu ira. ¡Le he perdido en diez ocasiones desde la noche de los tiempos! ¡No quiero verle morir ni una más! ¡Apiádate de mí, magnánimo Zeus y toma mi vida en lugar de la suya! – suplicó inclinándose ante él, haciendo desaparecer su armadura y deponiendo su cetro – Entiendo que mi misión en la Tierra ha concluido al librarla de Hades definitivamente. Yo ya no soy necesaria aquí – asumió bajando la cabeza para entregarse a la voluntad divina.
- Hija… - dijo el regente de los dioses con pesar y empezó a levantar una mano de nuevo.
- ¡Ni se te ocurra tocarla, he dicho! – amenazó Seiya con seguridad, posicionándose entre ambos.
La armadura divina de Pegaso comenzó a brillar con el resplandor de una armadura de oro. La joven no pudo dejar de admirarle, parecía un arcángel de alas doradas.
- Saori, ¿qué estás diciendo? ¿Cómo vas a dar tu vida por la mía? ¿Crees que voy a consentirlo? – continuó ignorando a Zeus y agachándose junto a ella. Tomándola del mentón la obligó a alzar la mirada – Humana o diosa, ¡me da igual! Para mí eres lo más importante en el mundo. Mi amor por ti es eterno – añadió sonriéndole dulcemente – Sea como sea volveremos a vernos en esta vida o en alguna otra. Siempre te buscaré.
- ¡Seiya! – exclamó la muchacha sorprendida al reconocer en él las palabras que Pegaso dedicara a Atenea en la lejana edad del mito.
- Ahora yo también recuerdo – asintió el caballero – Perdóname por no haberme dado cuenta antes – le acarició suavemente la mejilla – Tampoco yo estoy dispuesto a perderte nunca más y no voy a rendirme.
Desgraciadamente, no llegó a escuchar la respuesta de su dama. El dios del Cielo le atacó por la espalda con una esfera de energía y el leal protector cayó muerto en los brazos de su diosa.
- ¡Seiya! – le llamó desconsolada.
- ¡Seiya! – gritaron sus compañeros y amigos.
- ¡No! – ahogó un grito Palas tapándose la boca con las manos.
- ¿Por qué? – preguntó confusa Atenea con las lágrimas asomando a sus bellos ojos azules, sosteniéndole amorosamente, estrechándolo contra su pecho y conteniendo a duras penas el llanto.
- Hija mía – respondió al fin el señor de los dioses – Al principio pensé que con el paso de las edades te olvidarías de este amor humano sin sentido. También creí que las sucesivas reencarnaciones de este mortal no recordarían. Los hombres nunca se han caracterizado por su constancia ni por cumplir sus promesas. Pero debo admitir que Pegaso me ha sorprendido siempre a través de las generaciones. No sólo te fue fiel en el devenir de los siglos, sino que ha salido airoso de las últimas pruebas a las que os he sometido. Ninguno habéis sucumbido cuando, tras la intervención de Afrodita, otros amores os fueron propuestos por Jabu y por Shaina. Luchaste valientemente por su vida en las tierras de Asgard aun a costa de extinguir tu cosmos hasta las últimas consecuencias. Por otro lado, él te protegió de Eros incluso más allá de la muerte, ofreciéndose en sacrificio al arrojarse desde el precipicio. Tampoco os detuvo el hecho de haber perdido tu divinidad y convertirte en una simple mortal. Antes bien, yo diría que eso os dio alas y os animó a consumar vuestro amor – suspiró resignado - ¿Y ahora os enfrentáis a mí? Era preciso hacer esto – concluyó – Este humano había alcanzado un poder cercano a los dioses y por eso, yo, señor de los inmortales, sólo puedo responder de esta manera… desde hoy, Seiya de Sagitario, caballero de Atenea, eres un semidiós por tus propias acciones y por la voluntad de Zeus.
- Sa… Saori - la llamó de pronto el joven abriendo los ojos.
La muchacha le miró sorprendida y su cara se iluminó de emoción al verle reaccionar.
- ¡Escuchadme bien los dos! – prosiguió el dios – Seiya, te he otorgado una inmensa capacidad para hacer cosas que antes ni soñabas con alcanzar. Pon esas nuevas facultades a disposición de mi hija bienamada y protégela de todo mal, como siempre has hecho. Sigue siendo digno de ella.
El caballero asintió gravemente incorporándose un poco, comenzando a sentir el poder fluyendo en su sangre.
- Atenea, por su lealtad incondicional hacia ti he elevado a este humano al rango de los inmortales. Oriéntale y guíale, pues tendrá acceso al Olimpo como uno más de los que allí habitan. Ya no es sólo tu guardián, también tu igual. Trátalo con el respeto y la dignidad que merece a partir de ahora.
Saori afirmó con la cabeza sin dejar de sostenerle.
- Viviréis vuestras vidas mortales y regresaréis a los cielos al término de éstas. Ahí me daréis cuenta de vuestros actos. La misión que os encomiendo es seguir protegiendo la Tierra. Sé que lo haréis de buen grado y con el máximo empeño.
El caballero se puso en pie con trabajo.
- Os agradezco… el inmenso honor que me hacéis – repuso con dificultad mientras un aura divina le revestía – Os prometo que cuidaré de la Tierra y de vuestra hija con mi vida.
Fue el turno de Zeus de asentir. Ambos se miraron un segundo sopesándose, como dos hombres que ponen lo más valioso que tienen en manos del otro. Y los dos aceptaron mentalmente la responsabilidad.
- Gracias, padre – murmuró Atenea conmovida.
- No me las des a mí – admitió el dios – Es él quien ha llegado hasta aquí con su constancia y amor por ti.
- Gracias – dijo Palas posando una mano en el hombro del jefe de los olímpicos – Gracias por hacer feliz a mi hermana.
Zeus se volvió hacia la joven de cabellos dorados y, pasándole un brazo alrededor, la atrajo hacia sí depositando un amoroso beso en su frente a la vez que dejaba escapar un suspiro de alivio.
- ¡Seiya! – llamaron Hyoga y Shun llegando hasta él para estrechar su mano y darle un abrazo.
Saori se apartó un poco para dejarles expresar su alegría.
- ¡Enhorabuena, amigo! – exclamó el caballero de Libra apretando su brazo.
- ¡Shiryu! ¡Me alegra verte sano y salvo! – exclamó pletórico de emoción devolviéndole el saludo.
- Nosotros también nos alegramos por ti – declaró Shaina acercándose con Jabu.
- ¡Gracias! – aceptó emocionado saludándola con una leve inclinación de cabeza y estrechando la mano del guerrero – Temía por vosotros. ¡Felizmente estáis bien!
Ambos asintieron.
- ¡Pues yo no te perdono que me hayas dejado atrás! – dijo de repente el joven heredero de la armadura de Pegaso pícaramente.
- ¡Koga! – exclamó sorprendido - ¡Te aseguro que no lo haré nunca más! Has luchado valerosamente por Atenea – continuó abrazándole con entusiasmo.
Kiki y Harbinger se acercaron también. La protectora de la Tierra se alejó un poco más.
- ¿Es esto lo que haces siempre? – le preguntó en un susurro Palas con malicia llegando junto a ella.
- ¿A qué te refieres? – quiso saber la joven sin perder de vista al grupo que celebraba la victoria.
- Lo sabes bien, hermana. Cuando triunfa en la batalla siempre huyes de él. No querías que descubriera tus sentimientos, ¿verdad? Y así llevas años, amándole desde la distancia – se compadeció.
Saori, sin volverse, lo admitió con un leve asentimiento de cabeza.
- Sin embargo, algo me dice que esta vez será diferente… - continuó la diosa del Amor.
De pronto, el caballero de Sagitario revestido todavía con la armadura divina de Pegaso, se detuvo y la buscó con la mirada. La muchacha casi contuvo la respiración cuando sus ojos se encontraron y el corazón le dio un vuelco al verlo caminar hacia ella apartándose de los demás.
Él la había echado en falta a su lado y la localizó junto a Palas. ¡Se veía tan hermosa!¡Era la mujer más bonita del universo! La luz de sus profundos ojos azules brillaba de emoción contenida. La sintió detener su aliento. El rubor acudió a sus mejillas tan pronto él comenzó a acercarse. Sonrió para sus adentros. Ella no sabía lo que tenía pensado hacer. Llegó e hincó una rodilla en tierra.
- ¡Seiya, por favor! – exclamó confundida - ¡Levántate! – continuó intentando que se alzara – Ya no debes inclinarte ante mí, te lo ruego.
- Saori, cálmate – le suplicó tomándola de la mano aún de rodillas – Entiendo lo que me dices, pero… ésta es la única fórmula humana que conozco para pedirte que seas mi esposa – le sonrió divertido - ¿Qué me dices? ¿Quieres ser mi mujer?
La joven se quedó perpleja y ahogó una exclamación de sorpresa.
- ¿Es… es en serio? – preguntó temblando, la voz trémula.
- Sí, lo es – repuso gravemente – Iba a proponértelo una vez, hace más de dos mil años, después de la batalla del río Aqueronte. El destino me lo impidió en aquella oportunidad. Lo siento – admitió con pesar.
Entonces la emoción contenida afloró a sus ojos en forma de lágrimas comenzando a llorar por primera vez de alegría.
- Ss… sí – respondió al principio tímidamente - ¡Sí!, ¡sí!, ¡claro que sí! – estalló arrojándose a su cuello para abrazarle.
Él se alzó con ella y le devolvió el abrazo rodeándola por la cintura.
- ¡Saori! – murmuró estrechándola contra sí, visiblemente emocionado - ¡Me haces tan feliz! – exclamó levantándola del suelo y dándole vueltas en el aire.
- ¡Seiya, te amo! – declaró la joven por fin sin temor alguno.
Sus labios se unieron y, al hacerlo, sus cosmos se elevaron de manera inconsciente con intensidad hasta el infinito. Las dos auras se fundieron en una más brillante fruto de esa unión. Al término del beso no se separaron, Seiya continuó cogiéndola de la mano.
- Ya nada va a alejarnos ocurra lo que ocurra – le prometió él con férrea determinación en la mirada.
Ella asintió sonriéndole. Estaba segura. Su caballero no iba a dejar que nadie se interpusiera entre ellos nunca más.
Los demás se acercaron a felicitarles.
