Esa tarde soleada, Ives Cavendish iba a la biblioteca por un pasillo solitario con vista al Cuadrado, perdido en la contemplación estética de varios cachorros de pegaso tallados en la ojiva de un arco, cuando la voz inquietante llegó intempestiva, junto con un abrazo encimoso por la espalda:
-¿Cómo estás, lindo?
El beso en la nuca le arrancó un escalofrío y le hizo soltar un:
-¡Ay!
Los brazos lo rodeaban y el grato peso en su espalda se acompañó de un susurro intrigado:
-¿Estás ay?
Ives pensó: Le dije que no hiciera eso y parece que la invité a que siguiera como Sauce Boxeador.
La chica lo soltó y al colocarse de frente, él iba a reprocharle:
-¿Por qué…? Hola...
Reproche transmutado a mitad de camino, en saludo. ¡Y habría que haber escuchado el tono de embeleso, en ese sencillo saludo a la chica de mirada intensa que le sonreía! Quizá lo más ilustrativo sería tomar al Hufflepuff y colocarle estrellitas en las orejas, es decir, en los ojos; en las orejas cuando la escuchaba y en los ojos cuando la veía.
-¡Hola, lindo! -le respondió sonriente Pansy Parkinson.
Haciéndose adelante, ella le plantó un sonoro beso en la mejilla que casi echó a Ives hacia atrás (agitando las estrellitas de los ojos).
Ives terminò la tentativa de decir algo, en un suspiro. Se dijo que no había remedio, pero la verdad es que jamás lo hubo. Pansy le encantaba.
A Ives le gustaba memorizar cuadros como los de ahora, para repetírselos más tarde: los ojos cerrados de ella, sus largas pestañas, su gesto gozoso al besarlo, la sensación de sus labios sonrientes, la presión y el sonido del beso. El aire entre divertido y malicioso.
Y ella sabía que encantaba a Ives.
Así como la cobra faraónica sabe que hipnotiza a la liebre. Como su primo en cuarto grado, el basilisco, no duda que petrificará a su presa con el toque de sus pestañas petrificadoras.
Mas éste era una cobra que mientras ondulaba frente a su presa, se sentía bajo el influjo inusual de quien no debería ser un problema. El aire ingenuo de quien debía ser un solo bocado la llevaba a una suerte de contemplación, donde trataba de entender si su presa era desvalida o fuerte o a su vez le estaba lanzando algún hechizo, pero no lo sabía y al final en vez de morderlo e inyectarle el veneno, le daban ganas de besarlo.
Ives veía encantado a Pansy, sin saber que eso era parte de su hechizo. Mientras la mayoría la miraba con miedo, odio, incertidumbre, extrañeza o precaución, Ives saltaba esas barreras y la tomaba de la mano. La verdad es que su problema había sido, como Hufflepuff, ver un día a la chica que le pareció la más bonita del colegio y luego darse cuenta que era Slytherin.
En aquellos intercambios de atracción, Pansy generalmente salía ganando. Aunque después no sabía realmente dónde se le fue de las manos.
Tan sabía que fascinaba a su novio, que Pansy puso las manos en los hombros de Ives viendo atrás por el pasillo, como distraídamente, pero con toda intención sierpe de ofrecerle la mejilla y dejarlo solazarse con la vista de su piel clara de tonos rosados, sus pecas y sus cabellos negros brillantes, cortados a la egipcia.
-Mira, Ives, tengo un plan para mejorar la comunicación entre casas, esta vez...
Cayendo gozoso en la trampa, él la abrazó, la levantó y le dio repetidos besos apretados en la mejilla, que Pansy recibió sin soltarlo de los hombros y viendo atrás. El sonido de los besos repartidos en la mejilla de Pansy, se oían en el corredor, mientras ella le explicaba:
-... entonces como la Dientona, el Cuatroojos y el Zanahorio están lejos del colegio salvando al mundo, he pensado que podemos organizar una fiesta con Slytherin y algunos Hufflepuff piscópatas capaces de una actividad fuera de horarios...
Ives se solazaba en esas caricias continuadas. Pansy seguía:
-… una fiesta el sábado, en Hogsmeade, pero en vez de estar como niños viendo las tienditas de juguetitos, armamos un Rave escandaloso en un antro subterráneo que se encuentra bajo Honeydukes…
Besos marrulleros, llamaba Pansy a esos besos que Ives le repartía en las mejillas, en serie, porque el poco rato la situación se escalaba. Eran como los besos de ojo, pero esos se verán más adelante, por lo pronto, estos besos marrulleros llevaban a lo que pasó, que consistió en que Pansy lo abrazó y se besaron en la boca.
Habían descubierto el extra de que eran súper-compatibles para los besos. Eran besos uroboros, ya se sabe, la serpiente que se muerde el cascabel, ejemplificando que son besos que sabes cuándo empiezan, pero no cuándo terminan.
La luz del sol brillaba en la piedra del barandal, a un lado de Pansy e Ives, besándose. La mañana soleada relumbraba en tejados más allá, y el aire fresco traía los sonidos del patio, voces esporádicas.
Para Ives, todo se resumía en esos cuadros que se armaba: Pansy caminando por un corredor, entre los demás alumnos; Pansy en clase; Pansy en sus silencios reconcentrados, casi hoscos; el sol y la luna reflejados en los ojos de Pansy. Cada momento latiendo en su corazón.
Al cabo de un rato, donde a Ives le dio igual que la biblioteca estuviera en la Cámara de los Secretos, quedaron de pie, sus cuerpos haciendo un arco.
-¿Y el colegio nos da permiso de ir? –le preguntó, en los labios de ella. Pansy le dio dos besos seguido: -Claro que no, amor mío, por eso es una actividad de alto riesgo. Él le dio un beso apretado y la interrogó, alzando una ceja:-¿Me estás besando para manipularme y que diga que sí?
Ella le respondió con otro beso, pequeño, alzando las cejas inocentemente.
-¿Me crees capaz?
-Sí –asintió él, dándole otro.
-Bueno, sí, pero no lo estoy haciendo –aceptó, rematando con un beso sonoro.
Eso le dio una idea. Sin darle oportunidad de protestar, Pansy le estampò un beso en los labios y tomando la varita, concluyó ruidosamente la caricia a la vez que hacía un Sonorus.
El sonido del beso retumbó en el Cuadrado, donde se hizo un silencio intrigado.
Riendo, Pansy corrió por el pasillo, llevando de la mano a un estupefacto Ives.
-El matrimonio de Honeydukes es muy respetable –recordó ella-, pero no encuentra problema en rentar el sótano para fiestas. Creo que era del papà de uno e ellos y se usaba desde que eran estudiantes, o sea desde la fundación de Hogwarts. Total, sólo es oír música, bailar y tomar refrescos.
Ives, llevado de la mano por Pansy, prefería no ver atrás, ni asomar al patio.
-¿Y cómo se llama el lugar? No sé si es buena idea…
-Se llama "La Caja de Pandora", porque cuando la abren sale el infierno muggle, o sea, Slyth.
Se detuvieron vueltas del corredor más allá, al inicio de una escalera que subía.
-¿Dijiste algo de Hufflepuff psicópatas? –recordó Ives
Ella asintió, como sabedora del tema;
-Sí, tú eres un Hufflepuff psicópata... Son esos que cometen delitos poniendo cara de conejos.
Pansy le acomodó la corbata, apoyando su frente en la de él.
-¿Te gustan los besos que nos damos, noviecito mío?
El suspiró:
-Que si me gugu...
Ella le sonrió:
-Nos vemos más tarde, cuídate -le puso un índice en el tórax-. ¡Y no muevas mucho las orejas de tejón estando en la biblioteca, no quiero cruciar a alguna resbalosa!
Pansy fue a la escalera, y antes de subir, envió un beso a Ives con la punta de los dedos.
La oyó subir, rápida.
Ives suspiró. A esto llevan los besos en un corredor del colegio. Y las estrellitas en los ojos.
