–Todo está arreglado –dijo Pansy al morder su helado de cereza, cuando pasaron frente a la Tienda de Animales Mágicos, de donde salían ululares, chirridos y croares.
Ives la había esperado, saboreando su helado de dulce de leche y cargando el de ella, pues en Floo-Pow, Pansy pateó la entrada exigiendo en voz alta que la atendieran, porque quería cinco mil kilos de Polvos Flu. Cuando se aburrió porque ese local no lo abría nadie y la chica no quería nada, excepto azotar la puerta a placer, continuaron paseando entre los transeúntes.
Ives comía su helado a probaditas con la lengua y Pansy el suyo a mordidas, cuando dejando atrás la Tienda de Animales Mágicos, la chica anunció:
–Usaremos el pasadizo que conecta Hogwarts con el sótano de Honeydukes.
Cavendish abrió mucho los ojos:
–¡No conocía ese pasadizo!
Ella se extrañó, analizándolo.
–¿No? Pero si Hufflepuff organiza reuniones de su Casa con los nuevos, en ese sótano…
A Ives casi se le cayó el helado, al empujarlo con la lengua.
–¡No conozco el pasadizo, pero sí esas reuniones! ¿Y cómo sabes tú eso?
Pansy se encogió de hombros, revisando aparadores.
–Slytherin sabe todo –afirmó–. De lo contrario, ¿cómo tendría el control del mundo?
Ives lo consideró, aunque por otra parte no estaba excesivamente convencido de ese Rave o baile sin autorización. No obstante, le gustaba ver a Pansy en su actitud conspiradora. Y además, la idea de estar con ella en una fiesta secreta, lo intrigaba.
–Organizaré lo que falta –prometió ella, dándole de su helado–. Solo dame la lista con los nombres de los psycho-huffies.
Probando el de cereza, Ives le compartió su helado, pensando que la categoría de Hufflepuffs psycho era creación de Pansy, basada principalmente en él mismo. Aunque a decir verdad no estaba desencaminada, pues otros también mostraban comportamientos fuera de los rasgos de su Casa.
El Hufflepuff Hengist de Woodcroft podía pertenecer a los psycho, pues haber fundado Hogsmeade como rebeldía a la autoridad, se diría una reacción Slytherin.
Debido a su mucho pensar en esos temas, Ives concluía que todo alumno tenía cualidades de las cuatro casas. Lo llamativo era cuando un rasgo de otra Casa era más notorio de lo esperado. Como en Cedric, cuyo nombre estaba en la lista que Ives tendió a Pansy.
–No invites a Cedric –dijo ella, leyendo el listado–. Lo veo muy entusiasmado con la Chang.
Ives tomó el cono de Pansy y le intercambió el suyo, que ella tomó, frente al aparador de Pociones para Embellecer de Madam Primpernelle.
–¿Chang te cae mal? –quiso saber él.
Pansy estudió su bolita de helado, para saber dónde morderla.
–No, pero ustedes los hombres no saben guardar esta clase de secretos. Cedric se lo contará a Chang y ella lo aconsejará. Entonces Cedric, más convencido de lo que estaba, te dirá que no vayas, con esos discursos de los abuelitos de 16 años de edad.
Ives se extrañó.
–¿No sabemos guardar secretos? ¿Y a quién he de contarlo yo, según tú?
Pansy mordió su helado.
–Tú no entras en la calaña "hombres-no-saben-guardar-secretos". Tú eres mi cómplice y me amas y harías todo por mí.
Pansy tomó de la mano a Ives y caminaron entre quienes iban y venían por el Callejón.
–El caso es que para llegar a Honeydukes deberíamos entrar desde Hogwarts, por el Pasadizo de la Bruja Tuerta –le explicó ella, en el ruido de la acera–, pero en Slytherin no sabemos cómo las Berenjenas Duplicadas saben quién va por los pasadizos. Nos verían y tendrían mucho gusto en delatarnos.
Nadie sabía que los gemelos Weasley tenían el Mapa del Merodeador. Pero ellos tampoco conocían trucos de los Slyth.
–Por ende –aclaró Pansy–, hemos de tomar la entrada bajo el Sauce Boxeador. Esa conduce a La Casa de los Gritos.
Sosteniendo su cono, Pansy contuvo una risa, encogiéndose.
–¡Ives, no pongas esa cara! ¡El baile no es en La Casa de los Gritos! La entrada del Sauce Boxeador conecta con el pasadizo que nos interesa.
Asombrado, Cavendish mordió la galleta de su cono vacío.
–Caray… cuando hablas así, veo un mundo conspiranoico del que los Hufflepuff no tenemos ni idea… Cuán feliz es la ignorancia…
Se detuvieron frente a la Barbería Batworthy, cuyo aparador mostraba implementos de rasurado. Del local salían voces de adultos, chasquidos de tijeras y rasgueos de navajas afilándose.
–¿Cuándo piensas empezar a afeitarte? –preguntó Pansy, con curiosidad.
–Barba y bigote no crecen voluntariamente –aclaró él, tomando el resto de cono que ella le tendió. Pansy siempre le dejaba el último bocado de las golosinas–. Debería empezar naturalmente, no sé, como a los 17 años, pero mi familia es de lampiños. Tal vez no necesite afeitarme.
Pansy veía el letrero de la entrada, con curiosidad.
–Me gustaría afeitarte alguna vez.
Ives sonrió, apretando su mano.
–Lo harás. Y tú nunca necesitarás ningún producto de Madam Primpernelle.
Pansy le sonrió.
–¿Quieres una malteada? –le preguntó ella– Han sido una revelación en mi vida.
Sentados a una mesa dentro del bullicioso Florean Fortescue, Pansy comentó:
–Mira, el pasadizo del Sauce Boxeador se une con el que lleva a Honeydukes. Sólo hay que darle una patada en las raíces y se abre la conexión.
Con el popote, Ives agitaba su malteada de pistache, de la que por su color, Pansy le decía que era una malteada Slytherin.
–¿Y cómo entramos por esa puerta, a puñetazos? –preguntó Ives.
Pansy probó su malteada de café capuchino.
–No, don ironías, hay que noquearlo... Sí, al Sauce Boxeador. Para eso se necesita un hechizo en idioma saucedonio. Se le dice Kwt Mxwlwx! No quieras repetirlo ahora, amor mío, haciendo caras de tener la boca llena de pistaches.
Pansy probó su malteada, y revolviéndola con el popote, preguntó:
–Por cierto, ¿qué te ve Scarlett Lovedark?
–¿Scarlett who? –Ives se intrigó.
Pansy dio probadas a su malteada, viendo a la calle.
–¿Crees que me salga acné por comer helados? Lovedark, la babosa esa de Ravenclaw, parecía Slyth, pero el Sombrero tuvo un rapto de lucidez. No veo que le hagas caso, pero van dos veces que la veo muy del tipo: "¡Ay, Cavendish, qué gusto verte, my darling!" Guaguá y guaguá. No sé si invitarla para conocer sus intenciones, pero la verdad me gustaría convivir con los Huff… Ives, ¿me estás oyendo? –lo miró de reojo, con el popote en los labios.
Ives tenía las palmas en la mesa y la barbilla sobre las palmas, observando a Pansy.
–¿Por qué eres tan bonita?
Ella no se lo esperaba. Sorprendida, le sonrió un poco. Consideraba merecer todo elogio, pero los de Ives le causaban un poco de increíble timidez.
–¿Sí, te parece? –preguntó ella, para que no se le notara.
–Mucho –asintió él, en voz baja.
A Pansy le agradaban aquellos impulsos de él. Si bien su vanidad se halagaba, sentía curiosidad.
–¿Qué te gustó?
Ives recorría sus facciones, de arriba abajo, lento y encantado:
–La expresión cuando bebes la malteada. Tu boca se ve tan inocente, pero tus ojos son intensos, planificando la conquista del mundo.
Ella le tomó una oreja. El gesto tierno contrastó con su mirada, como si lo quisiera morder igual que al helado.
–En el tiempo que llevamos de novios con frecuencia me hablas así –dijo ella–. Ojalá no te cansaras.
Se dieron un discreto beso en la mejilla.
–Nunca me cansaré –afirmó él–. Y siempre te veo con la emoción de la primera vez.
Volvieron a sus malteadas.
Un grupo de lechuzas marrones y otras blancas moteadas, llevando paquetes de diferentes tamaños, volaron sobre los tejados, en salida desde la Oficina de Correos.
–Vienen de Hogsmeade –dijo Pansy, reflexiva–. Por esto que me acabas de decir, te regalaré un montón de caramelos.
