Yves repasaba tranquilamente sus notas de Adivinación, entre otros alumnos que caminaban o conversaban en el Patio del Viaducto, cuando Pansy llegó de un salto, arrodillándose a su lado:
-Está hecho -anunció ella.
Él no lo dudó: Una media sonrisa aleteaba en los labios de la Slytherin y otra animaba sus ojos, rasgándolos, pero con un leve aire de seriedad.
-Es tu sonrisa maliciosa, complacida y conspiradora –dictaminó Yves–. La fiesta es un hecho.
-Siempre lo fue –Pansy se sentó junto a él, luego de darle un beso en la mejilla, ignorando cuando reglamento hubiere–. Sólo falta saber si has cumplido con tu parte del plan, querido.
Yves asintió y le advirtió que ella experimentaría cierta sorpresa al saber cómo fue. Le contó que entre clases había abordado a cada Hufflepuff de su lista de invitados a la fiesta subterránea.
Aclaró que no fue sencillo armar esa lista, pues sospechaba que todo iría relativamente fácil al decirles de qué iba, hasta que mencionara el pequeñísimo detalle de que era una fiesta junto con Slytherin.
¿Cómo les haría comprender que los sierpes no pensaban morder a nadie, sino que tenían interés en lo que nunca en su vida, es decir, conocer a los Huffies? Y todo por el asombro recién digerido de que Pansy se había enamorado de uno de esa Casa, Casa que, bueno, tampoco era para los verde plata como volar en hipogrifo, si saben a lo que me refiero.
-¿Y la sorpresa que voy a experimentar? –le preguntó Pansy.
-A eso voy, señorita.
Yves cerró el cuaderno y añadió que, al cabo de largas cavilaciones fue con la primera de la lista, y apenas llevaba la frase:
-Tengo una invitación para ti y otra para tu novio, se trata de ir a una fiesta digamos secreta y muy sana con unos cuantos Slyth…
Su amiga había saltado, riendo con ojos emocionados:
-¿Fiesta secreta? ¿Intercasas? ¿De buena onda? ¿Como una aventura emocionante y secreta para llevar golosinas y asar bombones verdes y amarillos? -palmoteó con ambas manos- ¡Sí, sííííí!
Estupefacto, Yves dejó la explicación a su compañera, le entregó la invitación disimulando sus ojos de sorpresa, y fue con el siguiente candidato.
-Y con cada uno que fui, resultó igual… -dijo a Pansy- ¿Notas lo sorprendente del asunto?
Pansy se llevó a la boca una paleta de caramelo muggle. Les había tomado el gusto. Asomó al cuaderno de Cavendish.
-No me parece demasiado raro –comentó ella, con expresión casual-, convivir con nosotros es una experiencia relevante. ¿Qué estabas escribiendo?
Yves le dio el cuaderno para que su novia saciara su relativamente frecuente deseo de comprobar que su novio no hacía…. Quién sabe qué. Igual no ella sabía. Era simple labor de Inteligencia.
Saboreando la paleta, Pansy leía superficialmente las notas de Yves, cuando éste le contó que en días pasados, sin querer había escuchado conversaciones en su Sala Común, cerca de la chimenea, en voces bajas de animados conspiradores sentados en la alfombra:
-… una fiesta con Slytherin… ¿se imaginan? ¡Vamos a conocer a los magos negros de Hogwarts! ¡Les vamos a poder preguntar de dónde sacaron sus ideas alucinadas! ¡Los mismísimos de Salazar Slytherin, el fundador más raro de todos los tiempos! ¡Wow, va a ser bien divertido! –se regocijaban anticipadamente.
Las enredaderas se extendían sobre la roca de esa parte del castillo.
-¿Magos negros? –Pansy preguntó, asombrada, guardando la paleta en su envoltura.
-Magos negros. Así. –aseguró Yves.
Ella asintió.
-Sí es algo asombroso, la verdad –admitió-. Nosotros somos muy nobles.
Se levantaron. Por sobre el muro bajo del Patio, el atardecer entintaba al ancho cielo con un azul gris, y largas nubes anaranjadas descendían hacia las verdes montañas, todo remontándose a un horizonte tranquilo. Un día como otros en Hogwarts.
Sopló un leve viento, e Yves con un dedo apartó unas briznas de cabellos negros que Pansy tenía cerca de la boca.
-Tienes lindos labios –le dijo él.
Pansy le sonrió con aire complacido por el gesto tierno de él, y a la vez, sus ojos se llenaron de un leve fuego... La ternura de Yves le causaba el efecto de serenar la perpetua agitación de su espíritu y al mismo tiempo, la movía en otros sentidos... Por eso sus ojos se iluminaban con esas llamaradas discretas. Fuegos que a Yves le causaba un efecto como de agitarle el electroencefalograma, es decir, se encandilaba con las luces y sombras en la mirada de Pansy.
El cielo se encendía de rojos. Sabía que a ella le pasaban ideas por la cabeza con respecto a los dos. Ideas que iban y venían. Que anotaba. Que desechaba o perfeccionaba. A las cuales daba tiempo para llevarse a cabo. De casas diferentes, pero complementarias, se observaban en diálogos mudos.
Sobre la fiesta de mañana, Cavendish estaba cierto que la Slytherin no guardaba ases bajo la manga, pero existía un rango muy amplio de intereses en ella, donde lo maliciosa le podía aparecer por sorpresa.
El Hufflepuff se alejó unos pasos, sin darle la espalda, y la señaló con leve sonrisa. Alumnos se reunían más allá.
-¡Y ahora dime cuál es tu verdadero plan! –rio- ¡No creas que te compro eso de ser una fiesta noble y desinteresada, nada más!
Pansy e Yves se dieron a caminar en círculo, uno de cara al otro, y ella se puso una mano en el corazón, negando con la cabeza y voz de "soy la pura verdad".
-Haces mal en pensar que tengo un plan secreto, amor mío –aseguró-, honestamente, mi interés es que nos conozcamos entre casas, que estrechemos lazos fraternos y todas esas cosas que ustedes los tejones hacen…
Yves caminó en paralelo a ella, con aire detectivesco.
-¿Y cuál es la verdad?
Ella caminaba a su lado, pero un poco lejos, con un aire de indignación juguetona.
-¿No me vas a creer?
Yves sonrió:
-¿Conoces esa historia muggle de una mujer que da a morder una manzana y por eso caen en el pecado?
Ella asintió:
-¿Es el cuento de La Bella Durmiente, no?
Él alzó una ceja.
-No exactamente, pero el caso es que cuando adoptas esta actitud… ¿Cómo que cual, Slytherin? ¡Esa, esa cara que estás haciendo! Sí, esa cara exactamente… Sé que algo tremendo sucederá, aunque en fin, no me asusta, solo es que...
Pansy le sonrió, como si viera que Yves tenía cara de manzana. Éste afirmó:
-He de admitir que no me pediste que invitara a sangreslimpias y esas ideas raras que ustedes tienen.
Pansy alzó una ceja, mirándose las uñas, desdeñosa:
-Y por supuesto, no invité a la Lovedark.
Yves se detuvo, intrigado.
-¿Quién es ella?
Pansy puso la cara de paciencia que amerita un niño, viendo al cielo.
-Ay, Cavendish, por favor, no finjas… La arrastrosa esa que te hace caritas de no-rompounplato.
Él la había olvidado, y exageró su reacción.
-¡Qué lástima que no la invitaste! –Yves chasqueó los dedos.
-¿Cómo? -Pansy se detuvo a su vez, alzando las cejas-. A ver, señor Cavendish, usted quiere terminar entonando la canción de las mandrágoras, ¿verdad?
La luna apareció en el cielo.
-¡Claro que no! -él rio-. Es que tienes cada idea… Y entonces, ¿te veo mañana?
Llegaban a la entrada de piedra por donde entraban los alumnos, conversando a la luz de la estancia, para ir al Gran Salón.
-Espero –actuó ella, fingiendo indiferencia-. Mañana a las seis de la tarde iremos los invitados a la fiesta, si no llevas niñas sorpresa…
Entraron a la estancia. Bajo la luz de las antorchas, los corredores se abrían y los demás alumnos se dirigían a la escalera.
-Ninguna –susurró él, apretándole fugazmente una mano-. Sólo tú.
Pansy se la oprimió a su vez.
-¿Sólo yo?
No era que ella dudara. Era que deseaba oírlo.
-Sólo tú –aseveró Yves, sin saber que sus palabras serían proféticas-. Sólo tú por todo el ancho mar del cielo.
