Esta colección de drabbles de mis hermosos bebés sigue.


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No tenía ningún tipo de experiencia al momento de hablar con chicas-solo conversaba con su madre- por lo que le resultaba difícil intercambiar unas cuantas y pequeñas palabras con la joven que era dueña de sus más hermosos y puros sentimientos. Midoriya siempre era preso de su timidez; tal vez todo era causa de su vida sin amigos en la secundaria, donde no pudo desarrollarse socialmente, ocasionando que ahora no pudiese expresarse de la manera que deseaba.

Lo que sus labios anhelaban pronunciar era un "Me gustas", pero era algo casi imposible de lograr, haciéndolo víctima de querer renunciar y dejar en el olvido sus sentimientos; pero cuando estaba a punto de abandonar todo, la idea de que su persona especial fuese arrebata por alguien más, lo llenaba de miedo, lo cual era una motivación para confesar aquello que callaba en lo más profundo de su ser.

Uraraka necesitaba saber que había alguien que la amaba y que estaba dispuesto a protegerla.

Tal vez él no se daba cuenta de la tierna apariencia que adquiría cada vez que intentaba conversar con ella; pero Ochako era testigo de cómo los nervios se apoderaban de aquel chico sencillo que conoció el día del examen de admisión.

Los cosquilleos en su estómago y el calor en sus mejillas eran inevitables cuando observaba todo el manojo de nervios en los que su preciado Deku-kun se convertía, haciendo que su frecuencia cardiaca aumentara, llegando al punto en que ahora a ella se le dificultara el poder acercarse a saludarlo. Uraraka había sido contagiada y ahora sufría de timidez; ya no podía mostrarle una radiante sonrisa, porque apenas sus miradas hacían contacto, su rostro se tornaba de un intenso color carmesí y sus labios no pronunciaban palabras.

Cada una de esas sanciones eran prueba del sentimiento más puro que una chica de su edad podía experimentar.

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