-Tejón, no podemos dejarlo así…

La frase despertó a Yves de un salto en la cama, aunque no sobresaltado porque reconoció la voz de Pansy.

Luego se dejó caer en la almohada, suspirando. Se recostó de lado, con una mano bajo la mejilla, contemplando a Pansy, de pie a unos pasos, al lado de la ventana nocturna.

-¿Te asusté? Perdóname –dijo ella, en sombras, de uniforme–. Te vi y no puede contener lo que he estado pensando. No puedo esperar a mañana para hablar contigo.

En el cielo brillaba una Luna Llena plácida, en el soplar del viento, entre las torres del castillo.

Yves asintió.

-Y no pregunto cómo entraste a mi dormitorio, lejos del tuyo y de caballeros.

-Ah… eso –susurró Pansy–. No te preocupes. Como vieja tradición, mi familia conoce un pasaje al sótano de Hufflepuff. Es por si hay necesidad de tomarlos prisioneros.

-De acuerdo… –sonrió él– ¿Qué te preocupa, linda? –aunque esperaba oír algo en especial.

Pansy era una silueta en el brillo de la ventana. Yves siguió la forma de sus cabellos cortos.

-La Lovedark lo intentará de nuevo –afirmó ella–. Si Dumbledore la tiene retenida como creo, lo intentará uno de sus compinches. Algo muy feo busca. No era solamente liberar a la banshee.

Pansy tenía aire de traer un plan entre manos, que reveló enseguida:

-Sospecho que lo liberado por Lovedark tiene alguna contra-maldición en ese mismo túnel. Sólo yo puedo encontrarlo. Debemos adelantarnos.

Él se extrañó.

-Pero, ¿estás pensando en ir ahora? El túnel ya debe tener encantamientos de protección puestos por el profesor o por el director.

El viento corría afuera. Pansy habló con tono extrañamente divertido.

-Dudo que funcionen completamente en un sótano de duendes antiguos, querido. Por algo sigue casi intacto. Los viejos Slytherin debieron intentar de destruir los cimientos, pero no fue posible. Tenemos oportunidad al saber qué buscamos.

-De acuerdo –Yves se levantó.

Pansy le sonrió.

-Es la segunda vez que te veo en pijama… Con esos pijamas blancos de algodón pareces tan apacible… No piensas ir así, ¿verdad?

-Claro que no –mintió Yves de botepronto, yendo al armario-. Voltéate, me voy a cambiar.

Pansy sonrió, maliciosa.

-¡Pudoroso! ¿No puedo verte?

-Seguro no –sacó su ropa del armario-. ¿O quieres que yo te vea cuando te cambias?

Ella hizo ese fuego en los ojos.

-¿Te gustaría verme cuando me cambio?

-Merlín –Yves fue tras el biombo y se puso el uniforme, asomando por el borde de arriba al saltar poniéndose el pantalón– ¡No es el momento de hablar de eso! Estás viendo cómo está la situación…

Salieron por el mismo sitio de la vez anterior, y en la oscuridad de la noche Pansy adormeció al Sauce Boxeador, con lo que lograron entrar al túnel.

Lo que Dumbledore o Snape hubieran puesto, se había esfumado. Únicamente no funcionaba el sistema de iluminación del techo. Pero no fue problema pues caminaron usando Lumos, golpeando rocas, intentando mover otras, además de usar hechizos reveladores en sitios sospechosos como esquinas o piedras de colores llamativos.

Notaron la evidente ausencia de piedra central en un arco sobre ellos, cerca de la entrada a la sala del Rave.

-Hasta este lugar llegó la espía –calculó Yves, iluminando con la varita hacia arriba–. Y no es porque tenga pruebas claras, pero las piedras alrededor del hueco tienen marcas de un hechizo reciente. Ha de ser el hechizo con que el profesor Snape detuvo a Lovedark.

Sus Lumos los rodeaban de pequeña calidez en el frío del pasadizo.

-Entonces en ese hueco la babosa halló lo que buscaba –dedujo Pansy y como le gustaba hacer, para sacar la tensión pateó una piedra justo bajo la faltante en el techo–, tal vez está más adelant…

-¡OUCH!

Saltaron sorprendidos pues la roca soltó ese "¡Ouch!" furioso, al tiempo que el pasadizo se sacudió, gruñendo.

-OUCH… OUCH… ouch… -la voz se desplazó en ecos hacia la penumbra de la galería.

-No va a resultar que estamos dentro de un duende gigante, ¿verdad? –preguntó Yves, inquieto.

Pansy masculló, tratando de conservar el equilibrio pues el pasadizo, pese a ser de roca, se retorció como si fuera de hule

-¡Creo que hallaste lo que buscabas! –opinó Yves, tratando de no caer, sobresaltado.

Las sacudidas del túnel cambiaron a un estirarse, igual a un resorte hacia adelante, alargando las rocas, distorsionando los arcos, que lograron ver al hacer Lumos Máxima.

-¡Qué tino pegar en la maldita roca correcta! –farfulló Pansy, evitando irse de bruces.

El movimiento cambió, de sacudirse como hipogrifo que intenta derribar a su jinete, a un movimiento de ondas.

-¡Salgamos! –gritó Pansy– ¡Vayamos en línea recta a la sala del Rave, es más seguro que volver al Sauce!

Echaron a correr por el pasadizo que se movía en ondeos, como si un gigante tomara el pasillo desde un extremo y lo hiciera latiguear.

Pansy e Yves corrieron por el pasillo de piedra donde la luz dibujaba espirales, preguntándose si el alboroto no llamaría la atención en el colegio, aunque en realidad ya estaban casi bajo Honeydukes.

La puerta de la sala de la fiesta se abrió, en una carrera donde el corredor se adaptaba al movimiento de ondulación, agitándose plásticamente.

El rectángulo del umbral brilló y ambos chicos dieron un salto por el acceso blanco.

Cayeron del otro lado, rodando sobre el suelo.

Vino un silencio y la puerta se cerró, deteniéndose las sacudidas.

Se levantaron con extrañeza, sintiendo que debían continuar guardando el equilibrio, por lo que dieron unos traspiés, pero se estabilizaron.

-No es la sala del Rave –resopló Pansy, observando alrededor.

Apagaron las varitas pues brillaban candelabros de velas encendidas.

-¿Cómo sabes que estamos en otro sitio? –quiso saber Yves.

Ella se encogió de hombros.

-El sitio bajo Honeydukes no es como una Sala de Menesteres, que se transforma. Además, querido, todo esto es de madera.

Contemplaban asombrados que se encontraban en una estancia de madera barnizada, amueblada en forma exótica, con cuero, caracoles, trofeos de pesca, mapas en las paredes, una pesada cortina de terciopelo rojo cubriendo la pared de enfrente y en el centro, una pesada mesa labrada toscamente, con sillas de madera alrededor.

-¿Y ahora? –se preguntó Pansy.

-No sé, pero la puerta por donde veníamos, se cerró –dijo Cavendish, viendo atrás–. Hay una pared de madera, como todo aquí.

El sitio parecía una sala de reuniones, a juzgar por los mapas que colgaban de paredes y otro, largo, tipo mapamundi, coloreado y extendido sobre la ancha mesa del centro.

-¡Mira, un cofre! –advirtió Pansy, corriendo hacia la pared de la derecha.

Yves fue con ella y en efecto, era un arcón con remaches de metal, cerrado con un enorme candado herrumbroso que mostraba una calavera labrada.

Pansy sacó su varita.

-¿Vas a abrirlo? –preguntó él, asombrado.

Pansy puso cara de entendida, con la varita apuntando al techo.

-Es un cofre, Yves –explicó–. Los cofres se destinan a guardar cosas importantes, muy importantísimas para decirlo claramente, y si éste tiene un candado tamaño acromántula es porque contiene cosas mucho muy importantísimas sin duda, como tal vez el secreto del túnel y de este cuarto y de los secretos vergonzosos de sus dueños duendígenos.

Yves asintió, lentamente.

-Por lo tanto, debemos enterarnos –desautorizó él.

-Exacto –asintió Pansy, que no entendió la ironía de Yves y dijo- ¡Alohomora!

La idea de Pansy era que el cofre se abriera así debiera hacerse trizas dejando el candado en su lugar, pero la cerradura soltó un chispazo blanco y humo picante. Pansy e Yves se alejaron de un salto.

El cofre se abrió, emitiendo de su interior una columna de luz blanca espectral, de brillos danzantes.

Desde dentro del objeto se elevó una llama azul, lenta, larga, en forma de salamandra, o séase un Elemental de Fuego, brilloso, que formó su cabeza con la punta de la llama y apuntó hacia ellos sus rasgos curvos y de ojos con brasas, ondeándose.

-Y… ¿por qué me despiertan? –desaprobó la salamandra con voz acariciante, los ojos cerrados, mostrando la lengua partida en dos.

No espero respuesta, ni abrió los ojos, sino que desaprobó con la cabeza, agitando la lengua partida.

-En fin –suspiró-. Siempre hay quien está lo suficientemente disparatado, pero bueno….

Los chicos dieron otro salto atrás cuando la salamandra abrió mucho las fauces, hasta cerca de dos metros como si se los fuera a tragar y agitándose hizo voz rugiente, emitiendo calor como una fragua y gritó:

-¡MUCHO CUIDADO, PILLOS!

Asustado, Yves cayó sentado en una silla, y de la boca de la salamandra brotó una llave pesada que cayó en manos de Pansy, quien la hizo pasar de una palma a otra pensando que quemaba. Iba a preguntar cuando la salamandra prosiguió, lanzando tan cantidad de aire caliente al gritar, que les agitó el cabello y les dificultó mantener los ojos abiertos. La salamandra gruñó:

-¡ESTA LLAVE GUARDA UN SECRETO MUY IMPORTANTISIMO EN LA BODEGA SECRETA SECRETISIMA! ¡NO ABRAN LA PUERTA DEL FONDO ESCONDIDO RECÓNDITO! ¡NO ABRAN EL ARCÓN MISTERIOSO CON ESTA MÁGICA LLAVE TODOLOABRE! Y SOBRE TODO: ¡NO LEAN, NO, LO QUE DICE EL MAPA HABLADOR QUE ESCONDE SECRETAMENTE EL ARCÓN DISFRAZADO DE CHICLE MASTICADO! Y SI YA LES PIQUÉ LA CURIOSIDAD, ¡NO VAYAN CORRIENDO! ¡EVITEN IR POR LAS JOYAS DEL REY RAGVASHUSHÛK!

Sin aviso, la salamandra entró de nuevo al arcón, que cerró sonoramente, y luego de un segundo Pansy corrió a la puerta de la habitación.

-¡Vamos, Yves!

Salieron del recinto, y he aquí que corrieron por pasillos, pasando ante otras habitaciones, depósitos de grandes obuses, espadas, en una construcción toda de madera, con sables colgando de las paredes, arcabuces, dagas, banderines con dibujos de calaveras y señalizaciones en los cruces. Aquello no era un sótano. Parecía más bien…

Yves la alcanzó cuando dieron con una escalera torcida que bajaba y mostraba el rótulo A LA BODEGA.

-Pansy –jadeó él, preocupado-, ¿te das cuenta que esto puede ser una tramp…?

Ella lo tomó súbitamente con una rara forma pasionosa, pues lo sujetó de las orejas.

-Sí –respondió ella, sin soltarlo, hablándole intensa, muy de cerca–, lo veo, puede ser un misterio por descubrir. Mucho más atractivo que estar en el colegio oyendo lecciones donde suena el disco rayado de Granger, con la sociedad estudiantil girando en torno a Potter, esperando al loco en turno que quiere apoderarse de Hogwarts, con el planeta traumado por el Que No Debe ser Nombrado, y en cambio tú y yo, aquí, solos, para cambiar el guion del mundo aunque sea por un momento. Conque… ¿vienes, amor mío?

Yves la observó. Se preguntaba si era cierto eso que afirman los muggles, de que te atrae más, quien es más diferente genéticamente a ti. De ser cierto, Pansy era de lo más diferente a él. De casas opuestas, más que con respecto a Gryffindor. Y sin embargo eran tan compartibles, y confiaban uno en el otro como para mostrarse tal cual eran y eso no les impedía querer ir juntos a donde fuera.

-Vamos –asintió él, dándole un apretón en la mano.

Descendieron por la escalera desvencijada y pronto reconocieron el olor.

-Huele a pólvora –dictaminó Yves.

-Y de más abajo, viene un olor a frutas –identificó Pansy-, qué rara mezcla. ¿Qué será est….?

No siguió porque dieron con el lugar que buscaban y se rotulaba como CORREDOR SECRETISIMO.

Fueron por él, iluminado con teas a tramos.

-Me extraña que haya fuego cerca de la pólvora –se intrigó Cavendish, cerca de la puerta del fondo.

-Debe ser fuego frío mágico –aventuró Pansy-. Nunca causará un incendio, ni explosión.

Llegaron a la

PUERTA ULTRASECRETA!

NO PASE DE ESTE PUNTO!

PUEDEN ENTERARSE DE SECRETOS MUY IMPORTANTÍSIMOS!

Buscaron cómo abrirla, pues Pansy ya no quiso destrozar nada por lo que descubrió en la puerta, en hueso amarillento de ballena, la figura tallada de un niño con un bucle parado a mitad de la cabeza y que mostraba el ombligo.

Sin pensarlo mucho, Pansy le apretó el ombligo.

-Gug –dijo el relieve sacando la lengua, y la puerta se abrió.

Al entrar ambos a la habitación, se encendió un haz de luz desde lo alto, iluminando en la penumbra un suelo tapizado de monedas de oro, que resplandecía junto con copas de diamante y estatuas de plata, así como objetos preciosos labrados.

-Alguien es rico en este lugar -comentó Yves, admirado.

-O guarda un botín -precisó Pansy, práctica.

En el centro de la sala flotaba un cofre de grandes dimensiones, cruzado de láminas de metal, con remaches adornados por runas, adornos de terciopelo púrpura y dos sables cruzados por enfrente.

Caminaron por un pasillo entre las monedas, y al llegar al cofre, Pansy introdujo la llave en el candado, que chasqueó.

Brutalmente la tapa del cofre se levantó, empujando una corriente de aire con luces doradas donde se formó la cara fantasmal de una mujer singular: cubierta la cabeza con un paño negro de calaveras dibujadas, parche en el ojo izquierdo, malencarada, que mordía un cigarro y que espetó:

-¿Quién osa despertar de su descanso a la capitana… FUMAROLA KNOT?