Los buchoneos por parte del espectáculo fueron evitados al dar la simple noticia por parte de la general del ejército, siendo la rubia una de las mujeres más conocidas y respetadas de la comunidad. Cualquiera que le chistara sería encerrado en una caja de metal durante dos noches enteras (había pasado anteriormente).
—¿Creen que haya pasado algo malo? —preguntó Mon, quien se había quedado de mirada fija por donde Leo había desaparecido recientemente.
—Ni idea. Pero es raro que él se haya ido así de desesperado —intervino Hinata.
—¿Saben algo de la sala veintiséis? —cuestionó Aku, agarrando la taza de té que anteriormente Leo se encontraba bebiendo, para robársela y comenzar a tomar el líquido en plena tranquilidad.
Los murmullos de la gente se generalizaron al poco tiempo, seguramente hablando del tema entre las cuantas mesas de madera del comedor abierto en medio de la ciudad. Igualmente la gente llegaba de a poco hacia la supuesta gran noche, la cual seguramente sería cancelada en un presentimiento dado que Ukai, el rubio teñido de gran altura y mirada dura quien se encargaba de dar los malos comunicados en la ciudad, calmar a las multitudes y poner el orden que la jefa no podía poner, dado que ella prefería manejar desde las sombras.
El hombre tomó el micrófono mientras el barullo seguía aumentando, atrayendo varias miradas hacia él entre la poca luz de la ciudad y las tinieblas de los callejones.
—Sabemos muy bien que todos querían ver a la jefa actuar —comenzó a hablar tranquilamente, llevando la mirada por la gente y barriendo así las charlas ajenas—. Sin embargo hemos tenido unos problemas y, no se exasperen, que pronto les comunicaremos los resultados de lo que ocurre. Mientras tanto, comiencen a degustar la cena.
Sacó la mano derecha del pantalón gris ancho y la elevó hacia un costado, atrayendo en el aire en un vuelo sutil los tantísimos platos adecuados para cada persona, sirviéndolos sin mucho esfuerzo enfrente de cada individuo.
Gravedad se le hacía llamar fuera de la comunidad. Era uno de los tres jefes de la sección oeste dentro de Manhatan junto con Saeko, siendo su comunidad muy alejada y relativamente tranquila. Aquél hombre dentro de sus cuarentas de arruga bajo los ojos, cabellos decolorados con magia ajena y estructura intimidante era conocido incluso en otras colonias de magia en el centro del país por su fuerza y capacidad de mando. Sin dudas, la comunidad oeste tenía suerte de tener los mandos que mantenían, todos criados allí. Por lo que se podía decir, eran bastante fuertes.
La comunidad de magos era mundial, cada uno en su zona ubicada debajo, entre y dentro una dimensión la cual los humanos se les era imposible pasar, a no ser que un mago les trajera dentro. En la suya tenían la gran suerte de una organización casi perfecta, aunque medio dejada. Mantenían activos grupos de aprendizaje desde los niñez hasta la edad adulta, edificios y hogares ambientados por el propietario como quisieran (de materiales no muy buenos, pero reforzados), agregando el ejército y otros trabajadores especializados dentro de aquella pequeña gran ciudad.
Mientras todos se morfaban la comida de una, el grupo de amigos (menos Akuma) se mantenían mirándose entre si con intriga respecto a los recientes acontecimientos.
—Algo malo está pasando —comentó finalmente Hiro, posando una mano en su mejilla y sobre su lunar bajo el ojo derecho para así apoyar la cabeza sobre esta y la mesa.
—Sin dudas —intervino la conocida voz ronca.
Los muchachos de espalda a la voz giraron la cabeza para verle al pelinegro de cabellos sin peinar, de gabardina marrón, camisa blanca y pantalones color caqui.
—Que raro verte sin Luz —Dijo sinceramente Akuma, quien acababa de terminarse la taza robada de té.
Kuroo se rascó la cabeza cabeza, ciertamente incómodo.
—La verdad es que no nos separamos. Sino que Bokuto se me perdió.
Akuma comenzó a tentarse mientras susurraba "Es un cabeza hueca" ante risas. Mientras tanto sombra se hizo un espacio entre Hinata y Monty para adentrarse en la conversación.
Como anteriormente había comentado Yachi: Kuroo y Bokuto eran recolectores al igual que Hinata y Akuma. Sin embargo sus labores cambiaban ligeramente, siendo ellos quienes se especializaban de la búsqueda de utensilios necesarios para seguir agrandando la ciudad. Buscaban los elementos por varias partes y así podrían entregárselos a los ingenieros especializados en construcción de vivienda y otros comercios. Todo metal, roca, ladrillo o pizca de material necesario para los cien mil habitantes en la parte oeste de Manhatan bajo la tierra y entre dimensiones, sería tomado por ellos. Siendo ese dúo de idiotas los conocedores de cada especialidad dentro de la comunidad, sabiendo sus nombres y qué les venía mejor para desarrollar su magia. Sin dudas, un par de versátiles en cuando a seriedad y estupidez se trataba.
De pronto un hilo de luz fue cayendo del encumbrado techo de la ciudad, dorado como el oro y fino cual cabello de inglés. Los muchachos fijaron la vista en él y como de un segundo a otro, llegada la caída al asiento, un potente rayo de luz en forma de cilindro despegó del hilo y subió hasta donde la ciudad terminaba, llamando la atención de unos cuantos hacia dicha luz y asustando a Hiro, quien se encontraba alado a este.
—¡Kuroo, me abandonaste! —quejó Bokuto cuando apareció al extinguirse el llamativo rayo de luz.
El pelinegro rodó los ojos, cansado.
—Te perdí.
—Dejarme ciego en la oscuridad no es mi definición de "perder" —respondió haciendo morritos y cruzando los brazos—. Por cierto —cambió su expresión completamente, el tono bajó y llamó la atención del grupete—. Escuché algo raro cerca de la sala treinta.
—Disculpen que pregunte, pero, ¿qué está ocurriendo? —cuestionó Leo a sus compañeros.
La sala veintiséis contaba de una gran mesa como las del comedor, pero todo era rodeado por una piedra gruesa producida por un constructor; así era a prueba de sonido o intentaban así serla. Solamente alguien en transición de espacio podría llegar a escuchar lo dicho allí si es que se encontraba cerca. Por esta razón ese monoambiente se dedicaba solamente a comunicados importantes, siendo ahora el que se daría totalmente trascendente, pero aún no lo daban.
—No lo sé, muchacho. La otra jefa todavía no llega —respondió la general de armas, Saeko.
Se encontraba tirada con sus ropas militares masculinas sobre la banca, tirada a lo largo y fumando un cigarro.
—Sabes que estoy tratando de dejar de fumar, ¿podrías ser considerada una vez en tu vida y apagarlo? —cuestionó Ukai, ciertamente molesto. Quien gracias a un problema con un mago de tinta tuvo que cambiarse la ropa y ahora llevaba un esmoquin gris de camisa roja abierta a los primeros botones con toda la pinta de mafioso.
—Estoy muy ocupada muriéndome por cáncer antes que por magia.
—Eres una idiota.
—Discúlpame —ironizó—. Pero prefiero matarme antes que convertirme en un marcado.
—Oigan, paren —intervino Leo, cansado de escuchar sus tonterías. Porque siempre eran así.
—Puedo hacerte el camino a la muerte mucho más rápido —siguió Ukai, elevando el cigarrillo en el aire de los dedos de la rubia y dándolo vuelta para que la columna quede frente a su ojo.
De un momento a otro una lámina metálica se cruzó en el camino del cigarro al ojo, lanzando este primero hacia la pared. Leo suspiró. Había visto como Saeko deformaba su anillo en el dedo anular para aquello y simplemente no le dieron ganas de parar la locura. Ellos no lo harían hasta que la otra jefa y el concejal no pongan orden. Por él que se mataran ahí dentro.
Igualmente la disputa fue interrumpida por la llegada de los faltantes a la reunión. La pelinegra de cabello recogido, vestido rosa crudo hasta la rodilla de hombreras grandes y mangas tres cuartos de falda acampanada y a la altura de la cintura cortaba en botones del mismo color hasta llegar al diseño de frac. Detrás suyo iba el concejal, Kozume. Quien llevaba vestido con todo un traje negro; de zapatos de charol oscuros, camisa negra, chaqueta y pantalón del mismo color y ojeras acompañando la tonada.
—Vaya, que conjunto más original —burló Ukai mientras que Sakeo suspiraba y Leo tiritaba de las ansias.
—Cállate, tú pareces del hampa.
El viejo rió, sabiendo que su estilo usualmente se asemejaba a la mafia dado que se encontraba encubierto en esta, tratando de adentrarse en las redes de todos aquellos quienes explotaban a los magos para darle su merecido y salvar/ayudar a sus iguales.
Porque no importaba la raza, género, sexualidad o inclusive especie, el hombre de tatuaje en el iris y lentes de sol a las afueras de su dimensión era partidario de que todos debían luchar por la igualdad.
—No es tiempo para esto —interrumpiço Kiyoko en voz calmada, postrándose frente a la madera y poniendo las manos sobre la mesa, atrayendo la atención hacia ella sin chistar—. Seré directa —habló suave, tratando de no alterar a nadie más de la que la noticia podría—. Hay un marcado en camino.
El silencio se propagó durante unos segundos por toda la habitación, matando todo sonido a pesar que a las afueras había un fuerte murmullo colectivo de todos comiendo cual bestias.
—Necesito que Leo transporte su voz por pasaje, así seremos capaces de saber a qué altura se encuentra el espectro —explicó, dirigiendo sus fríos ojos pensativos hacia el inquieto hombre cerca suyo.
—Pero me va a escuchar y podría acelerar el paso —por fin pudo vocalizar en pleno pavor.
—No si es tu respiración forzada. Haces un sonido mínimo —razonó Saeko, soltando el pucho y apagándolo contra su bota de compate.
—¿Crees poder hacerlo? Tiene que ser tu máximo de radio —intervino Kozume.
¿Máximo de radio? Aquello sería una débil conexión dado que serían unos cien kilómetros. ¿Podría sentirlo? Igualmente no lo haría a no ser que esté rugiendo, gimiendo o hablando locuras solo. Tragó en seco; sería su primer misión de largo alcance. Si lograba aquello podrían ascenderlo a capital, tal vez. Allí habría más oportunidad de una vida entre humanos sin que nadie se dé cuenta, no estaría bajo tierra y podría ver el sol...
—Leonardo —le llamó Ukai. De repente el hombre se había acercado mucho a él.
¿Cuándo se había puesto tan nervioso que se escapaba de la realidad donde sus manos temblaban y sentía como el cuello le sudaba? No podía ser tan malo. No sabía porqué le temía tanto la idea de marcar presencia cerca de un marcado, si solo había escuchado leyendas de ellos. Además, ¿cómo los demás no estaban igual de nerviosos que él? Un marcado no era más que el demonio dentro de un cuerpo de un mago quien fue consumido por su magia, un envase destructible utilizando muchos magos experimentados o al la mayoría de tu magia, quedando tú como otro marcado próximamente.
Era un ente capaz de matar tanto humanos como magos. ¿Cómo no le iba a aterrar inconscientemente?
—¿Crees poder hacerlo? —cuestionó Saeko en tono preocupado.
—Sí —respondió finalmente luego de varios intentos fallidos.
Abrió la boca para tomar el aire necesario y así comenzar con su transición, sintiendo como su corazón bombeaba con una fuerza y volumen ascendiente, de pronto encontrándose en mitad de la oscuridad y ahora el silencio sepulcral lo acompañaba. Seguramente siendo ese el túnel.
Su presencia viajó a través de este a una gran velocidad, pasando kilómetros en zeptosegundos y nervioso al no sentir ningún movimiento presente. ¿Cuándo encontraría al marcado? Con suerte no lo hacía, aunque si esto no ocurría, significaba que el demonio había tomado otro camino. Su mente trabajaba al cien por ciento que, cuando quiso darse cuenta, ya había parado el trayecto.
"¿Qué está pasando?", se preguntó al escuchar el suave y constante sonido retumbante entre las paredes circulares del túnel. No podía verlo, pero su presencia le hacía sentir la necesidad de arrodillarse ante él o hacerse bolita en su lugar, sabiendo aún así que no mantenía un cuerpo para hacer eso. Su respiración suavemente forzada dejó de serla; ahora su cuerpo reaccionaba ante el pánico por dar grandes bocanadas de aire, ahogando este en su garganta dentro de la oficina y sintiendo como si en cualquier momento la tensión que emanaba la vil presencia dentro de aquél recinto le fuera a notar y de un momento a otro, como por arte de magia (irónicamente), lo tragara por completo.
—Sáquenme de acá —susurró desesperado.
¿Lo había notado? Escuchaba el eco seco del gemido acercarse, ¿o acaso se alejaba? No tenía percepción del lugar o momento. ¿Cuánto llevaba ahí?
—Sáquenme, por favor.
La otra presencia acaparaba todo el espacio, cuando de pronto comenzó a distinguir un sonido a rocas, miles y pequeñas siendo movidas. Diminutas como arena pero sólidas como ladrillos. Vendría por él, lo presentía. Sabía ahora qué era aquello e incluso temía morir aunque sea su presencia por un lado y el cuerpo por otro.
—¡Leo!
—Eres una bruta, ¿cómo le vas a hacer eso?
—Al menos despertó. Deja el sermón para más tarde.
Sentía la vista borrosa, los oídos le pitaban a tal punto que los sonidos y conversaciones eran medianamente borrosas. Veía el suelo de costado y sentía el cuerpo entumecido. ¿Cómo había terminado ahí?
—Leo, ¿me ves? —cuestionó la suave voz masculina.
Instintivamente dirigió la mirada hacia donde creía que se encontraba aquél sonido, encontrándose con unos borrosos cabellos rubios por los hombros y a poca distancia, tanto que le incomodaría en una estado normal.
—Está cerca.
Se separaron de a uno, en tiempos diferentes y direcciones contrarias para no generar sospechas, ya que habían notado como los guardias del ejército rodear la gran cena. Ninguno entendía qué pasaba, sin embargo notaban como las cosas se estaban yendo lentamente a la mierda. ¿Qué tanto misterio con los comunicados?
—¿Creen que el Pequeño Gigante haya mandado un comunicado y quieren a Leo para que se lo responda? —cuestionó Hinata, comenzando a saltar alegremente a pesar de sus años.
Monty rió y Akuma frunció el ceño.
—Lo importante acá es que mandaron un comunicado y por alguna razón es ultra secreto —razonó el menor, guardando las manos dentro de los bolsillos de su pantalón oscuro y desviando la vista hacia uno de los guardias de metal—. Además, ellos nunca aparecen. Al está muy mal.
—¿Crees poder engañarlos hasta llegar a la sala veintiséis? —cuestionó Monty alegremente, ocultando de cualquier vidente la verdadera intención de sus palabras.
Akuma le sonrió de lado.
—Claro que puedo.
De un momento a otro, él caminó hacia una apertura de guardias mientras que él mismo se veía conversar con su familia en forma de ilusionismo. Sería pan comido cruzar entre ellos y encaminarse en su invisibilidad hacia la sala para escuchar qué ocurría (con suerte). Claro que era el adecuado para el espionaje. En todo caso, sería el mejor.
—Ni lo creas —le paró el tipo.
O tal vez no.
Dejó su trabajo a medio hacer cuando la gran mano guantada se posó sobre su hombro, haciendo desaparecer la ilusión plantada junto con Monty y Hinata. Le sonrió de lado de forma astuta y escupió las palabras de forma que pueda provocar.
—¿Por qué no?
—No está permitido.
—Solo quiero ir a buscar las cartas para jugar con mis hermanos —mintió.
—Te lo digo esta vez y nunca más —amenazó Tsukishima—. De aquí no pasas, payaso de las cartas.
De pronto la sonrisa se le fue y una línea recta se posó sobre sus labios. Jugó nuevamente, probando cuál era el factor que determinó su fracaso. Figuró su cuerpo atrás del rubio alto y susurró a su oído:
—Me parece que no.
Dio unos suaves pasos hacia atrás, procurando no levantar el polvo del suelo o producir sonidos delatantes mientras el otro estaba distraído con su voz falsa. Notó como el hombre miraba abajo a su derecha y notó el brillo de un hilo. Brillaba con la suave luz y se opacaba al ser traspasado.
Ambos sonrieron, notando el truco del otro y dejando la magia de lado.
—Niño patético —gruñó el rubio.
—Militar manipulable.
El ensordecedor sonido del micrófono recién agarrado hizo gruñir a todo el mundo, llevando así la atención necesario hacia Ukai, quien ahora se encontraba totalmente serio desde un comienzo. Incluso daba miedo.
—Necesitamos su cooperación.
Un rugido de la gran puerta redonda de metal se hizo presente al mismo tiempo, dirigiendo las miradas curiosas hacia este. Varios magos del ejército de gravedad y fortaleza se encargaban de cerrar el gran pasaje entre ciudades dimensionales.
—Por favor, todo aquél que pertenezca a una utilidad fuera de esta dimensión, quédese aquí. El resto deben dirigirse a sus hogares inmediatamente, para que estos sean sellados y así nadie salga herido.
—¿Qué está pasando? —preguntó una voz masculina, parándose de su asiento y llamando la atención. De pronto otras más se le sumaron en protesta por saber la verdad, provocando de Ukai moviera sus manos de los bolsillos y tratara de calmarlos en un gesto mentiroso.
—Hay un mago el cual ha roto las leyes de ciudad central y se encamina hacia acá, así que para prevenir daños se les protegerá desde ya e igualmente a las construcciones —explicó.
Poco a poco la gente se fue movilizando hacia sus hogares en grandes grupos borrosos, quedando solamente los recolectores y cuidadores, además de las diferentes partes del ejército.
—Cuídense —procuró Monty antes de irse.
—Lo haremos —sonrió Hinata, encaminándose primero hacia el centro de todo.
El hermano del medio pasó alado del menor, mirándolo preocupado y haciéndole saber al ilusionista qué realmente sentía.
—Monty —le llamó, haciéndole dar vuelta en un instante como si tuviera el corazón en mano. Siempre cuando los muchachos se iban al mundo humano era así. Le costaba en el alma tener que dejarlos ir con la posibilidad que, llegada la noche, no volverlos a encontrar jamás—. No moriremos.
Le sonrió y volvió a su camino, comenzándose a preguntar ahora dónde se encontraría su pareja.
—¿Qué pasa, jefecito? —preguntó Tanaka tranquilamente al hombre con quien trabajaba usualmente allá arriba.
Ukai le miró escéptico y volvió sus ojos al grupo entero.
—Así como lo hizo Kiyoko, yo también se las haré directa —comenzó—. Hay un marcado en camino y necesito que mantengan la calma para neutralizarlo.
Cada corazón dentro del grupo de hombres y mujeres se fue acelerando en menos de lo que canta un gallo.
—Todos los que puedan, ayuden a fortalecer los edificios y lugares seguros para los de milicia —comenzó a dictar, haciendo que algunos comenzaran a movilizarse hacia otras partes y se pusieran en ritmo—. Invierno, Luz, oscuridad e ilusionismo, los necesito para apoyar.
—¿¡Ilusionismo!? —intervino Hinata en un tono elevado de voz—. Es un niño, ¡no puedes mandarlo a enfrentar un marcado!
—Otoño, pensé que estabas afuera —sinceró Ukai—. Tú también vendrás. Igualmente, no será contacto directo.
Hinata calló, mordiéndose el labio. Igualmente la idea no le agradaba en lo más mínimo. Por más promesas o refugios, se enfrentaban a un marcado, no un supuesto malhechor como lo había contado.
Ukai dio una vista rápida a los cuarenta hombres y mujeres para asegurar su gente, abriendo la boca y esperando la respuesta indicada:
—¿Morirán por la magia hoy?
Una respuesta segura y unísona se hizo escuchar, haciendo eco entre los callejones oscuros, chapas caídas, locales fortalecidos y el cercano sonido a la arena peligrosa.
—¡No!
Un audible golpe seco en el metal aislador del túnel y la ciudad los puso en movimiento, porque sabían que era ahora o nunca y que, además. pronto esa puerta caería y las mil esporas negras se formarían en un humano indecente quien rompió su magia y murió por asfixiarse, como así lo haría el demonio si ellos no lo pulverizaban.
