Capítulo 2
Desasosiego
En el momento en el que la llovizna se convirtió en potente granizo y golpeó con insistencia la ventana del cuarto de Reiner, éste se levantó de golpe. Finalmente, había logrado dormirse con el convencimiento de que todo saldría bien, sin embargo, no podía asegurar haber descansado correctamente.
Su pequeño cuerpecillo estaba totalmente agotado. El movimiento brusco que acababa de realizar le sacó un quejido ronco desde lo más profundo de su ser. Sentía ardor bajo la piel, un dolor muscular que se extendía por cada extremidad, quemándolo a cada pequeña acción que realizaba. Echó un vistazo a sus piernas y brazos creyendo que lograría encontrar evidencias de ello marcadas en su piel tostada, pero tal y como pensó, se trataba de algo que únicamente él podía percibir. Temía estar limitado durante el entrenamiento, aunque esperaba que una vez entrado en calor las terribles agujetas no le supusieran ningún inconveniente.
Se llevó las manos a la cabeza para masajear sus sienes. Aún quedaban rastros del malestar nocturno, ese que estuvo a punto de impedirle conciliar el sueño. Normalmente, por las mañanas tendía a levantarse adormilado y era incapaz de pensar en nada demasiado complicado hasta que se despejara por completo, pero en esa ocasión no fue así. Aquel asunto no lo dejaba respirar con tranquilidad ni concentrarse en lo que realmente le importaba.
Por eso tenía que zanjarlo de una vez por todas.
Se deshizo de un solo movimiento de los pantalones del día anterior para sustituirlos por unos limpios. También se cambió de camiseta, y en cuanto estuvo listo bajó las escaleras camino a la cocina.
-Buenos días, hijo.- lo saludó Karina con una gran sonrisa en la cara. Debía ser más temprano de lo usual porque su madre todavía no estaba preparada para salir a trabajar. Le daba la sensación de que, inconscientemente, su propia cabeza trataba de impulsarlo a solucionar aquello que tanta congoja le provocaba, de ahí que su alarma interna lo hubiera despertado antes de lo usual.
-Buenos días, mamá.- saludó arrastrando las palabras al tiempo que se dejaba caer sobre la silla de madera ante la gran mesa. Tendía a prepararse él mismo su desayuno pero en aquella ocasión dejaría que su madre lo consintiera un poco, ya que ni siquiera se veía capaz de volver a levantarse del sitio.
-¿Te duelen mucho?- preguntó ella repentinamente volviendo a fijar la vista en él. Reiner se sorprendió tanto que no alcanzó a comprender la pregunta y, en consecuencia, exteriorizó su desconcierto con una mueca extraña. –Me refiero a las agujetas.
-Ah… bueno, se me pasará rápido.- soltó quitándole importancia, por nada del mundo querría mostrar ante su madre cual era su estado, aunque resultaba más que evidente, solo hacía falta contemplar su manera de andar tan robótica. Parecía tener palos atados en todas sus extremidades impidiéndole flexionarlas lo más mínimo.
-Estoy muy orgullosa de ti, Reiner.- saltó de improvisto provocando que él estuviera a punto de atragantarse con la primera de las tostadas de su plato. –Te esfuerzas mucho y eso es suficiente para mí, pero sé que lo lograrás. Confío plenamente en ti, hijo.
Aquellas palabras eran lo mejor que podían dedicarle para llenarlo de energías y para seguir esforzándose con todo lo que tenía. Su madre, la persona que más le importaba en aquel mundo creía en él, en todo lo que era capaz de lograr, en aquello que ansiaba convertirse. El brillo en los ojos color ámbar de la mujer que tenía ante él podían transmitírselo con total transparencia: Lo animaba a seguir adelante desde lo más profundo de su corazón y con todas sus fuerzas. Por ese simple hecho él no podía echarse atrás, lucharía, avanzaría y ganaría para demostrarle a su madre que no se equivocaba con él, que realmente podía convertirse en el héroe que ella visualizaba en él.
Pero aún no estaba preparado para eso.
-No te fallaré, mamá. Me convertiré en un gran guerrero y entonces todo cambiará para nosotros.- aseguró con mirada firme. Se metió el trozo restante de pan untado en mermelada y se levantó de golpe tratando de ignorar los dolores de sus muslos. Tomó la mochila para colocársela de nuevo de modo que quedara sobre su cadera izquierda y salió de su casa despidiéndola mentalmente hasta su regreso a altas horas de la noche.
Su rutina había cambiado radicalmente, debía olvidarse de aquellas horas perdidas trabajando en las fábricas de ropa. De los días en que Bertolt y él se relajaban observando el río desde el interior del gueto mientras hablaban del futuro y sus pasatiempos preferidos. Y, por desgracia, también tenía que dejar atrás aquellos momentos tan preciados que pasaba con su madre cuando ella volvía del trabajo al mediodía. Siempre procuraba estar a esa hora en casa con la comida lista para aprovechar al máximo el poco tiempo que tenían antes de que ella regresara a la fábrica de nuevo. Karina solía sentarse en el sillón más cercano a la ventana del salón, pues era el que mayor cantidad de luz filtraba. Tomaba uno de los libros de la estantería y se concentraba totalmente en él. Reiner disfrutaba acomodándose en su regazo mientras lo rodeaba con los brazos. El olor característico de las hojas del libro no le desagradaba, ni tampoco contemplar la elegancia con la que su madre pasaba las páginas. Aquel sonido lo relajaba y en más de una ocasión se había terminado quedando dormido para despertarse justo cuando ella debía volver. Aquellos momentos eran los que, sin duda, más añoraría.
-¡Hasta luego, mamá!- se despidió cerrando la puerta. Sin embargo, la imagen fugaz de su madre quedándose dormida sobre la superficie de madera de la mesa lo obligó a volver a abrir la puerta principal para añadir algo más. –No hace falta que te quedes despierta hasta que regrese, prometo madrugar mañana también para que desayunemos juntos.- le prometió a sabiendas de que seguramente ignoraría sus palabras y lo esperaría. Al fin y al cabo, entendía que se preocupara por su bienestar y probablemente necesitaría cerciorarse de que llegaba sano y salvo a casa antes de poder irse a descansar. A Reiner le habría gustado poder cambiar eso y evitar que Karina tuviera que perder horas de sueño por él, pero no había nada que pudiera hacer. Esperaba que con el pasar de los días fuera cediendo un poco.
Recorrió las calles fugazmente, conocía al dedillo cada lugar que atravesaba. Aunque cuando se acercó a la entrada aminoró el paso. A causa de la velocidad que había alcanzado no había tenido tiempo de reparar en el poco movimiento en los alrededores. La verja que solía estar vigilada por varios soldados, al igual que ocurrió por la noche, solo se encontraba un hombre. Y parecía bastante desorientado, como si le hubieran dado órdenes inciertas. Sus movimientos eran nerviosos y poco precisos.
Cuando Reiner se acercó a la apertura, el soldado lo detuvo unos segundos revisándolo de arriba abajo hasta que su mirada se detuvo en el brazalete identificativo. Por si acaso, el pequeño le dio su nombre completo y también le explicó los motivos de su salida, pues al formar parte de un programa tan importante todos los soldados de Marley debían estar informados.
El hombre de aspecto desgastado carraspeó y lanzó un fuerte escupitajo a un lado, después, sin apartar su severa mirada de Reiner le hizo un gesto con la cabeza indicándole que podía continuar. Acto seguido, se cruzó de brazos apoyándose contra el muro de madera y bajó un poco la vista de modo que parte de su rostro quedara oculto por la gorra que complementaba el uniforme.
Reiner no se detuvo a mirarlo más de lo estrictamente necesario, su corazón se había vuelto a acelerar en el momento en el que sus ojos, inevitablemente, se posaron sobre el lugar en el que la noche anterior había puesto su propia vida en peligro. Por desgracia, no le quedaba más remedio que acercarse un poco hasta dar con un lugar desde el que pudieran verse con claridad ambos cuerpos en la distancia, sino, levantaría sospechas. Eso, si no los habían encontrado de madrugada. Y a menos que las hubieran atrapado totalmente muertas, no le interesaba que estuvieran a merced de ellos antes de entregarlas él mismo.
Caminó ansioso, a cada paso que daba su cuerpo palpitaba exageradamente ante la presión que estaba aguantando. Tal y como solía hacer, una vez que se detuvo un poco antes del final del puente, se apoyó sobre la pared de piedra y echó su cuerpo ligeramente hacia adelante. Con disimulo, examinó la zona bajo él tratando de detectar algún elemento que le ofreciera pistas sobre los demonios.
Y entonces la pudo ver.
Estaba casi convencido de que se trataba de la tela del vestido que portaba la mujer. En la noche habría sido imposible detectarlo a menos que redujera considerablemente la distancia, pero a plena luz del día, a pesar del cielo grisáceo, detalles como aquel eran perfectamente visibles situándose en el lugar correcto.
-Os tengo.- susurró con tono bajo y ligeramente malicioso. Se sentía triunfante, porque también había podido alcanzar a ver la pierna, por lo que seguían allí. No se habían movido y tampoco las habían encontrado. Quizás habría sido buena idea asegurarse primero de que seguían con vida, si no era así, podía pasar de largo sin volver a preocuparse de nada, puesto que no había peligro de que pudieran relacionarlo con ellas. Pero a aquellas alturas no estaba dispuesto a correr más riesgos. Se volteó repentinamente para fijar su vista en el hombre que hacía unos instantes vigilaba la entrada a Liberio.
Ya no estaba.
Su cuerpo se tensó nuevamente. ¿Por qué desaparecían cuando más lo necesitaba? El simple pensamiento de que todo el universo pareciera estar en su contra lo aterró. Quizás estuviera destinado a fracasar estrepitosamente, a lo mejor convertirse en un guerrero confiable para la nación de Marley era un sueño inalcanzable. Indispuesto a rendirse dirigió su mirada a las entradas del gueto situadas ante cada uno de los puentes de piedra, en ninguna parecía haber vigilancia. Algo sumamente extraño.
¿Y si… lo buscaban a él por traidor? ¿Y si… de alguna forma habían logrado enterarse de su contacto directo con los demonios? ¿Y si… las habían interrogado y aún no las habían retirado del lugar? Miles de preguntas bombardearon su cabeza en pocos segundos atemorizándolo completamente. Lo peor era que no había nada que él pudiera hacer.
Tendría que esperar. Si lo arrestaban, sucedería tarde o temprano.
Pasó de largo siguiendo el camino hacia el campo de entrenamiento. Por un instante, un pensamiento veloz surcó su mente, uno en el que se planteaba la posibilidad de esperar a Bertolt, aunque tampoco era seguro que pudiera aparecer por allí. Pero estaba tan preocupado y nervioso que lo olvidó al momento. Continuó apresuradamente siguiendo el camino sobre la colina sin atreverse a mirar atrás. En varias ocasiones estuvo a punto de echar un vistazo de reojo pero se contuvo. No había necesidad de cerciorarse de que ambas mujeres estaban ahí cuando sabía perfectamente que era así. Deseó con toda su alma que estuvieran muertas para que no pudieran causarle ningún problema.
Apesadumbrado, el camino a su destino se le hizo interminable. Había podido imaginar todo tipo de castigos que pudiera recibir por atreverse a contactar con unos demonios peligrosos. Como mínimo lo echarían del programa destinado a entrenarlos para convertirse en guerreros. Tendría suerte si aquello solo lo afectaba a él y no arremetían también contra su madre. Eso era algo que jamás podría perdonarse a sí mismo. Aunque, claro, si lo consideraban un traidor y lo abandonaban en la isla Paradis ya no tendría nada de lo que preocuparse porque estaba convencido de que allí no podría encontrar otra cosa que no fuera la mismísima muerte.
Reiner al fin llegó al cuartel, esta vez algo más justo de tiempo a pesar de haber salido temprano de casa. Debía haber avanzado a paso lento todo aquel trayecto. Pasó un par de pasillos hasta introducirse al fin en el vestuario y cambiarse a su uniforme aún húmedo. Estaba tan ensimismado que se había olvidado de los dolores que tenía por todo el cuerpo. También de la persona que acababa de entrar en el vestuario tras él con intenciones de hablarle.
-Buenos días, Reiner.- lo saludó Bertolt tocando suavemente su hombro. La reacción que tuvo el chico rubio obligó al contrario a preocuparse. La tensión en él era palpable.
-¿E-Eh? ¡Ah! Buenos días, Bertolt.- contestó de inmediato tratando de calmarse. No se quitaba aquella desagradable sensación de encima. Le dolía el estómago, ya que todo el malestar parecía concentrarse en esa única zona.
-¿Estás bien?- preguntó el chico alto. –No tienes buen aspecto.
-¡Lo estoy!- mintió. –Aún no me he recuperado de la paliza de ayer, pero estaré bien.- aseguró volviendo lentamente a su expresión usual para tratar de tranquilizar a su amigo.
-No eres el único.- intentó apoyarlo. Bertolt se sacó el brazo derecho de la camiseta aprovechando que tenía que cambiarse y le mostró a Reiner un pequeño raspón que se había hecho. –Es de ayer, me lo hice durante los ejercicios de la tarde. También estoy lleno de agujetas.- le aseguró.
A Reiner le tranquilizaba sentir que no se quedaba atrás respecto a sus compañeros. Sin embargo, eso no era suficiente, tenía que ser mejor aún. Mejor que todos ellos y más capaz.
Esperó a que su amigo se cambiara para salir juntos al que sería su entrenamiento matutino. Avanzó en línea recta hasta que Bertolt lo llamó en la distancia y lo detuvo.
-¡Reiner! ¿A dónde vas?- preguntó curioso por el despiste del chico. Con lo aplicado y concentrado que estaba siempre en dar lo mejor de sí mismo, aquella mañana parecía estar completamente en las nubes.
-Al campo de entrenamiento, ¿no?- dudó. En realidad no recordaba bien qué era lo que les tocaba hacer.
-Tenemos clases teóricas hasta la hora de comer. Son dos días a la semana, ¿recuerdas?- quizás no fuera tan extraño el despiste, teniendo en cuenta que todavía debían hacerse al nuevo horario.
-Ah… claro. Es cierto.
Las horas se hacían eternas. Reiner, que había tomado asiento junto a Bertolt cogía apuntes totalmente concentrado en lo que el instructor les contaba. Comenzaron contando la historia oficial escrita en los libros de historia, la que tan bien conocía, pues disponía de un ejemplar semejante en las estanterías de su casa. Aquella concentración no duró mucho, concretamente no más de las dos primeras horas. En cuanto la palabra "traición" fue mencionada desconectó totalmente regresando a las preocupaciones que lo habían estado atormentando. Había momentos en los que trataba de recuperar el control de su mente, tenía que aprender sobre estrategias, territorios y demás cosas de interés que le explicaban, pero le resultaba imposible. Ni siquiera su empeño lograba hacer algo contra aquel sentimiento de miedo.
Reiner posicionó su bandeja de comida sobre una de las mesas más vacías. Por fin podía descansar un poco, aunque para su desgracia no podría estar con Bertolt durante aquel breve periodo, ya que era encargado de servir la comida. Bajó la cabeza centrándose en la pasta densa y blanquecina en una de las ranuras de su bandeja. Se suponía que era puré de patata, pero carecía de sabor así que debían haberlo mezclado con agua. Lo probó y después pasó a comerse la pasta con salsa de tomate. De reojo visualizó a la chica rubia con la que había entrenado la tarde anterior. Si no recordaba mal, se llamaba Annie Leonhardt y era extremadamente callada. Estuvo a punto de hablarle para empezar un breve intercambio de palabras pero algo le decía que era mejor no intentarlo porque no obtendría resultados. Annie parecía una loba solitaria, por su aspecto, Reiner podía asegurar que no parecía cansada del día anterior.
-Qué miras.- dijo ella al notar la mirada del chico a su lado centrada en ella. Le incomodaba que la estuviera analizando en silencio sin mediar palabra.
-N-nada, Annie. De verdad que no es nada.- se excusó observando cómo ella continuaba comiendo restándole importancia. –Me preguntaba si tú también estarías cansada del entrenamiento de ayer porque no lo pareces.- terminó diciendo.
Ella permaneció unos segundos en silencio sin levantar la vista de su plato, hasta que decidió contestar.
-Eso es porque no lo estoy.- dijo con total tranquilidad sorprendiendo a Reiner. No podía creerse que una niña tan aparentemente frágil y con un cuerpo tan pequeño, incluso más que el suyo, hubiera aguantado tal avalancha de ejercicios físicos sin ninguna clase de consecuencias. –Entreno por mi cuenta.- añadió contestando al gesto de asombro de Reiner.
-Eso es increíble.- balbuceó sintiendo admiración y envidia al mismo tiempo. Aquello significaba que Annie iba un paso por delante de él en cuanto a entrenamiento físico se trataba, pero no lo daría por perdido, al fin y al cabo no habían hecho más que empezar. –Yo también me esforzaré y me volveré fuerte.- soltó nuevamente sumergido en su afán por mejorar. Annie lo miró curiosa hasta que finalmente soltó un pequeño "hm" a modo de asentimiento.
-¡Puaj, esto no sabe a nada!- tanto Reiner como Annie giraron el rostro para fijarse en un chico de su misma edad con el pelo de tono claro peinado hacia atrás. Tenía la nariz respingona y una mueca de desagrado en la cara. Al parecer a él tampoco le gustaba el puré.
-¡Porco! No deberías hacer esas cosas, cómetelo sin rechistar.- le dijo otro chico sentado justo en frente de él. Ambos se parecían bastante, tenían la misma expresión y nariz, solo que este segundo llevaba el cabello negro un poco más alborotado. –No creo que a los oficiales les hiciera gracia tu falta de modales.- le explicó tratando de hacerle ver la gravedad de sus malas maneras.
-Ya, ya, lo sé.- se quejó. No le gustaba cuando su hermano le decía lo que tenía que hacer. –de todas formas dudo que eso pueda ocurrir, con lo de anoche están todos demasiado ocupados. ¿O es que soy el único que se ha dado cuenta de la falta de personal?
Las alarmas de Reiner se dispararon cuando tocaron el tema que tanto rondaba su cabeza. Sus oídos se agudizaron a pesar de que podía escucharlos hablar a la perfección, pues estaban muy cerca de él. Se quedó observándolos sin ser consciente de lo que acababa de decir.
-Es cierto, hay pocos soldados aquí…- susurró abriendo los ojos. Lo que significaba que tramaban algo. Probablemente continuaran buscando a los demonios bajo el puente, ¿qué otra cosa podría ser? Los oficiales no iban a ser tan descuidados como para malgastar recursos y tiempo en una búsqueda que ya había finalizado. Por lo que aún estaba en peligro, si la mujer seguía con vida, todavía podría irse todo al traste.
-¿Hm? ¿Ves? Él también se ha dado cuenta. Cualquiera lo diría con su cara de alelado.- soltó una risilla acercándose un poco a Reiner, logrando que su hermano también se uniera a ellos.
-Discúlpalo, esto…
-Reiner Braun.- dijo de inmediato presentándose. Recordaba haberlos visto de pasada el día anterior pero no se había quedado con sus caras ni tampoco con sus nombres, había demasiados niños y niñas participando en aquel programa como para poder recordarlos a todos. –Y ella es Annie Leonhardt.- se apresuró a decir sin saber a ciencia cierta si aquello molestaría a la chica a su lado, sin embargo le quitó importancia al ver que ella parecía desinteresada en relacionarse o en hacer nuevos amigos.
-Él es Porco y yo su hermano, Marcel.- su tono resultaba un tanto más suave que el de el chico junto a Reiner, bastante más sereno y maduro. Mientras que Porco daba la impresión de no tener pelos en la lengua.
-¿Vosotros también habéis escuchado el rumor?- preguntó Porco acercándose un poco más a ellos y dejando de lado las presentaciones, le parecían una pérdida de tiempo. Reiner lo observó interesado.
-¿Te refieres a lo de la alarma de anoche?- quiso asegurarse esperando un "si" como respuesta.
-Podría decirse que ese es uno de ellos, cuentan que algunos de esos demonios han llegado hasta las costas de Marley.- susurró sin alzar mucho la voz. Hablar de aquel tema tan delicado no podría ser buena idea. Reiner trató de disimular su sorpresa para que ellos no pudieran detectar que sabía mucho más respecto al tema que ellos. Evidentemente, no era algo que fuera a compartir con nadie por su propio bien. –Pero es solo un rumor, en realidad nadie sabe la razón y dudo que lo cuenten a Eldianos como nosotros.- hizo un gesto de desinterés alzando un poco ambos hombros.
-Si eso fuera cierto tampoco dirán nada a los ciudadanos Marleyanos para mantener la calma.- añadió Marcel sacando sus propias conclusiones. Si de algún modo supusiera un peligro directo habrían tomado las medidas necesarias y no era así, por lo que no podían hacer otra cosa que actuar con total normalidad.
-¿Y el otro?- habló entonces Annie pronunciándose por primera vez y captando la atención de los tres chicos. Al principio se quedaron callados hasta comprender qué era lo que demandaba concretamente.
-Al parecer hay siete puestos para convertirse en aspirante a guerrero. Tan solo siete.
-¿Siete? ¿Solo siete?- se sorprendió Reiner, por algún motivo siempre habría creído que serían unos cuantos más. Allí había más de cien niños concienciados y dispuestos a todo para poder optar a una de esas plazas, y siendo tan pocas, sus posibilidades también se reducían considerablemente.
-Eso parece, pero no lo podemos saber a ciencia cierta.- dijo Marcel con rostro tranquilo. –No te preocupes por eso, Reiner, sigue entrenando duro y lo conseguirás. El número reducido de plazas no tiene por qué suponer un problema.- trató de tranquilizarlo sin mucho éxito, aunque a Reiner le dio la sensación de que el chico moreno estaba demasiado seguro de sus capacidades, al contrario que él.
No recordaba cuánto tiempo llevaban dando vueltas al campo en el que entrenaban, pero desde luego, aquello no fue tan agotador ni de lejos tan doloroso como el movimiento que Porco acababa de ejecutar con él. Aquella tarde les había tocado entrenarse cuerpo a cuerpo para poner a prueba algunos de los nuevos movimientos que les habían enseñado. Para su desgracia, no tuvo buena suerte con su contrincante.
Reiner observó al muchacho reírse con sorna, probablemente repasando en su mente los diferentes golpes que le propinaría para vencerlo. Y por la mueca divertida y despreocupada que mantenía, no le preocupaba en absoluto Reiner. Mientras que él no podía apartar la mirada Porco que caminaba en su misma dirección formando un círculo.
El chico rubio percibía la desventaja entre ambos, Porco era rápido y muy bruto con sus movimientos, pero también impulsivo. Trataría de valerse de eso para, al menos, poder aguantar un poco más en pie y darle juego al combate. Pues no era lo mismo perder en un combate de varios minutos que caer con el primer golpe.
Pero aquel día eso no ocurriría.
Porco acortó la distancia en unos pocos pasos, agarró a Reiner de la camiseta y lo lanzó a un lado haciéndolo girar sobre sí mismo. Tras el golpe que había recibido, sumado a las secuelas del entrenamiento del día anterior, no pudo volver a levantarse para continuar peleando.
-Creía que aguantarías un poco más, Braun.- se rió su compañero, no con malicia, sino por el hecho de que había dado en el clavo desde un principio al calcular las fuerzas de su nuevo compañero.
-Maldición…- susurró él en el suelo enarcando las cejas y tratando de contener las lágrimas. Sus ojos se cubrieron de una capa líquida y brillante que trató de ocultar bajando la mirada. Debía contenerse todo lo posible. Llorar no era una opción allí. Tenía que reprimirse porque para él todo eso no era un juego, sino una meta importante a alcanzar. Y verse tendido en el suelo como un muñeco roto no ayudaba. Le hacía sentirse frágil.
Débil.
-Lo siento, Reiner.- se disculpó Marcel en lugar de su hermano. No consideraba correcta su actitud. Le tendió una mano al chico en el suelo y el contrario no dudó en tomarla para ayudarse de él.
-Vámonos, Marcel.- le metió prisa su hermano.
-¿Estás bien?- preguntó entonces Bertolt que no había dudado en aproximarse al terminar su combate. De algún modo parecía comprender bien la manera en la que se sentía su amigo, lo mucho que debía fastidiarle sentirse impotente ante su adversario. Más aun cuando se trataba de otro niño de su misma edad y en unas condiciones físicas similares.
-Sí, lo estoy. Esto no se repetirá, no de este modo.- contestó consternado.
Para su suerte o su desgracia, la hora de dar por finalizado aquel día había llegado y daba lugar a otra decisión importante que todavía debía tomar.
Esa noche Bertolt y él también volvieron juntos de camino a casa. Apenas cruzaron palabra durante todo el viaje hasta que se acercaron al punto en el que el más alto de los dos se separaba. Aunque en esta ocasión le ofreció a Reiner acompañarlo por el interior de Liberio, pero éste se negó. Debía solucionar algo primero.
-¿Estás seguro? Quizás sea mejor que vayas por el interior del gueto, ya sabes, con todo eso de la alarma… no sabemos qué puede estar pasando. O si será peligroso caminar en el exterior.- Bertolt parecía estar preocupándose seriamente sobre su seguridad, se había esmerado en darle un buen razonamiento y aún así, Reiner continuó negándose contestándole que se arriesgaría.
-No me pasará nada. Nos vemos mañana, Bertolt.- concluyó agradecido internamente por sus palabras de preocupación. –Buenas noches.- sin esperar una respuesta continuó el tramo restante de camino con los ojos fijos únicamente en aquel punto en la distancia que tantos quebraderos de cabeza le había dado en un plazo demasiado breve. –Es hora de acabar con esto.
Se acercó lo suficiente como para poder detectar algo a aquella distancia. Desde lo alto de la pequeña colina no podía verse absolutamente nada, pues todo se camuflada a la perfección con las sombras de la noche. El interior del puente estaba sumido en la penumbra. Buscó con la mirada la entrada a Liberio para volver a encontrarse con escasez de soldados una vez más. En aquellas condiciones no podía siquiera justificarse diciendo que las había encontrado por casualidad porque resultaba difícil de creer que las hubiera visto en la oscuridad. Tendría que esperar de nuevo a la mañana siguiente.
Lo habría hecho de no ser por las terribles ganas que tenía de desentenderse de una vez por todas de aquel asunto. Y para ello, contaba con otra solución: La de asegurarse de que estuvieran muertas.
Si nadie más las había visto y aún permanecían ahí, entonces, basándose en la lógica debían haber muerto por sus heridas y sus espantosas condiciones. Si lograba cerciorarse de eso, no tendría nada más de lo que inquietarse.
Bajó con cuidado la pendiente tratando de no trastabillar con sus propios pies o con alguna piedra del camino. La tierra estaba húmeda y embarrada por la lluvia y sus pies resonaban con cada paso que daba, levantando barro y agua. Se detuvo en el mismo lugar que el día anterior en el que, por suerte, sus huellas no eran visibles.
Su instinto le indicaba que seguían ahí, inmóviles. Reiner se agachó para buscar una piedra pequeña que poder lanzarles. No tenía intenciones de acercarse más sin asegurarse antes de que eran simples cuerpos sin vida. Rebuscó con algo más de precisión una vez que sus ojos se adaptaron a la escasez de luz y finalmente sus dedos dieron con una pequeña piedra con un diámetro de unos tres centímetros.
La lanzó con más fuerza de la necesaria, y supo que había dado de lleno en el cuerpo cuando escuchó un sonido sordo. Sin embargo, no obtuvo ninguna respuesta. Volvió a repetir la misma acción varias veces, cada vez tirando las piedras con más fuerza y de mayor tamaño, impulsado por la rabia de verse acorralado a causa de aquellas bestias ruines y devastadoras. Las culpaba del malestar con el que había tenido que cargar durante un día entero. Todo para nada, porque estaban muertas.
Les arrojó una última piedra con ganas, permitiéndose maldecirlas en voz alta.
-¡Malditas! ¡Todo esto es vuestra culpa!- dijo a sabiendas de que nadie más podría escucharlo.
Confiado, en esa ocasión, se atrevió a reducir la distancia protegido por la firme convicción y la comprobación de que aquellos cuerpos no daban señales de vida.
Tal y como él mismo predijo, la mujer ni siquiera respiraba. Reiner se puso de cuclillas junto a ambas para contemplarlas con cuidado. De cerca sus rasgos eran todavía más curiosos de lo que creía, algo que había olvidado por completo y que de nuevo le volvía a llamar la atención. Los ojos de la mayor permanecían cerrados. No podía haber sido de otra forma, y Reiner no se permitió sentirse culpable por aquello de ninguna de las maneras. Era lo que debía ocurrir, era lo correcto. Los demonios pertenecientes a la isla Paradis no tenían un lugar en aquel mundo.
-Ugh…- aquel jadeo repentino hizo que Reiner pegara un respingo y retrocediera de inmediato. No pudo mantener el equilibrio al apartarse tan de golpe y terminó cayéndose hacia atrás hundiendo ambas palmas de las manos en el lodo. Su corazón bombeó sangre a toda prisa, su respiración se agitó tanto que creyó que no sería capaz de calmarse nunca más.
La niña seguía viva.
Se tapó la boca de inmediato tratando de calmarse y no hacer ningún ruido que lo delatara. Pero los jadeos no cesaban a pesar del silencio sepulcral. Reiner, indeciso, regresó para acercarse. Al fin y al cabo, una niña tan delgada, malnutrida y herida no podía hacerle nada en aquel estado. Y él quería analizarla de cerca para poder dirigir contra ella su desprecio absoluto. O esa fue su intención hasta que se vio atrapado por sus orbes brillantes.
Tenía ojos grisáceos, intensos y penetrantes como la mismísima noche. Empezó a pensar que debía ser un error permanecer tanto tiempo mirándolos, pero tampoco había nada más que pudiera hacer porque no podía apartarse por voluntad propia. En aquella ocasión, pudo detallar a la niña bastante mejor.
Mirada profunda y ojo rasgados con abundantes pestañas. Pelo azabache, liso y largo, totalmente desaliñado, que por alguna razón contrastaba de forma curiosa con su piel nívea y blanquecina. Un cuerpo maltratado, probablemente muerto de hambre y sin fuerzas, pero al mismo tiempo delicado, pequeño y desprotegido. La cría de un demonio que aparte de tener el poder de atrapar a otros con la mirada, parecía totalmente indefensa. Se trataba de la criatura más pura que Reiner hubiera visto jamás.
Ella se agitó de nuevo, fue entonces cuando se percató de que temblaba de frío, y no era para menos, solo llevaba un fino vestido de tela que estaba rasgado por todas partes. Carecía de zapatos y su cuerpo todavía estaba húmedo. El contacto visual entre ambos se interrumpió cuando ella cerró los ojos débilmente y soltó otro gran jadeo que espetaba dolor. Reiner, inconscientemente acortó todavía más la distancia y a duras penas pudo ver sus mejillas coloreadas, un tanto más oscuras que el resto de su piel. El flequillo que caía por su frente se quedaba totalmente pegado por el sudor. No cabía duda. Tenía fiebre.
Moriría, en aquel estado perecería al igual que su madre. Solo debía dejar que las cosas fluyeran solas y de manera natural. Allí, a la intemperie, totalmente mojada y sin ropa que la protegiera del frío. Sin haber comido en días, con las fuerzas abandonando su pequeño cuerpo continuamente… todos aquellos factores trabajando al unísono acabarían con su vida en unas pocas horas. No necesitaba hacer nada más. Sucedería por cuenta propia.
Pero entonces, las palabras de aquella mujer regresaron a su mente como una súplica, un anhelo incesante que le pedía una y otra vez que ayudara a la pequeña. Una petición que no podía atender y que, por supuesto, no quería llevar a cabo. ¿Cómo podría tan siquiera plantearse la posibilidad de ayudar a un demonio peligroso al que todos buscaban? Jamás cedería ante algo así. Porque en el momento en el que dudara, todo lo que había construido durante tantos años se vendría abajo sin cesar. No habría vuelta atrás.
Por eso, no comprendió en qué momento terminó de acercarse a ella para agarrarla de las muñecas y tratar de incorporarla un poco. Era la primera vez que mantenía un contacto directo con una niña, sus brazos eran delgados, más de lo que creía y no pesaba mucho. El cuerpo de la chica se tambaleó de un lado a otro cuando Reiner intentó ponerla en pie. Pero al final pudo posicionarla correctamente en sus brazos.
¿Qué estaba haciendo? Se preguntó a sí mismo de repente. Se quedó estático debatiéndose entre lo que, indudablemente era correcto y el tremendo error que estaba a punto de cometer. De hecho, ya la había cagado al volver a acercarse al lugar.
Un fuerte puñetazo lo sacó de su trance temporal. El pequeño cuerpo en sus brazos comenzó a agitarse de una manera inentendible y completamente anormal teniendo en cuenta el grave estado en el que se encontraba. La pequeña se resistía a marcharse sin su madre, eso fue lo que creyó Reiner al escucharla susurrar la palabra "mamá". Trató de detenerla sin éxito. Por lo que, alterado e incapaz de controlar la situación de manera adecuada, la lanzó con brusquedad lejos de él.
-¡No me toques, demonio!- reprochó enfadado. Agradecía enormemente haber entrado en razón en el último instante, pues, de no ser por la resistencia de la contraria, probablemente habría tomado la decisión equivocada. De repente, todo el odio que se había visto opacado regresó a él. Le repugnaban con todo su ser, por eso no merecían piedad ni gratitud de su parte.
La niña no se había vuelto a mover desde el golpe, fue entonces cuando Reiner cayó en la cuenta de que se debía haber golpeado la cabeza, dada su debilidad, era lo más seguro. No sintió culpa, tampoco arrepentimiento. Le asqueaba el simple contacto con ella, por eso, la cubrió en la toalla usada que llevaba en su mochila. La tapó bien para que apenas se viera su rostro y la cargó en su espalda de modo que la cabeza de la contraria permaneciera apoyada sobre su hombro. Así sería más fácil de transportar.
No lo hacía por ella, tampoco tenía la más mínima intención de salvarla o ayudarla. Su único motivo para correr riesgos no era otro que entregarla al día siguiente a los soldados. Se la llevaría a su casa, la escondería durante la noche y a primera hora de la mañana se convertiría en el héroe que había atrapado a un peligroso demonio que andaba suelto. Eso era lo que ocurriría.
Nada más.
Agotado por los ejercicios diarios a los que se había enfrentado aquella tarde, pero aún con las fuerzas suficientes como para transportar un cuerpo tan ligero como una pluma, regresó al camino principal que había estado recorriendo momentos antes. Mentiría si dijera que no estaba nervioso, que de algún modo no temía que lo descubrieran repentinamente sin darle la posibilidad de excusar sus acciones. Aunque en realidad, ni siquiera él comprendía del todo el por qué esperar al día siguiente para entregarla a las autoridades Marleyanas. "Así me aseguraré de preparar una buena explicación sobre cómo di con ella" pensó para sí mismo.
Sus pequeños pasos resonaban cada vez que los zapatos bajos de tela se posaban sobre las losas de piedra del puente que atravesaba. El suelo continuaba húmedo de los chaparrones anteriores.
A pocos metros de la entrada de Liberio, Reiner dio un pequeño brinco tratando de ajustar adecuadamente el cuerpo que portaba acomodado en su espalda. Era un peso muerto sin la capacidad de sostenerse por sí misma, si no la colocaba de manera correcta corría el riesgo de que le hiciera perder el equilibrio y todo quedara al descubierto. Sus ojos captaron entonces un gran vehículo saliendo del gueto, también a uno de los guardias que solían custodiar aquella entrada.
Casualmente, cuando más necesitaba pasar desapercibido, todo parecía complicarse para él.
Se hizo a un lado permitiendo al vehículo salir al exterior y pasar de largo sin hacerle caso. El guardia llamado Charles tampoco reparó en su presencia, ni se encontraba en condiciones de hacerlo. A Reiner no le hizo falta acercarse a él para detectar rastros de cansancio en su rostro y en sus profundas ojeras. Además, sus movimientos torpes e imprecisos indicaban que, o bien se moría de sueño, o bien había recurrido al alcohol con intenciones de animar el turno de guardia. Por desgracia para él, debía haber ingerido más de lo necesario.
De este modo, el chico se introdujo en las calles de Liberio chapoteando sin cesar. Apresurándose en alcanzar al fin su hogar y asegurarse de que estaba a salvo. Al fondo del callejón que acababa de cruzar divisó su casa, la cual le daba la bienvenida.
Tenía las luces apagadas.
Aquello podría ser un golpe de suerte para él. Lo último que necesitaba en ese momento era más interrupciones innecesarias, y aunque odiara siquiera la idea, su madre entraba dentro de esa extensa lista en su cabeza.
La puerta crujió al abrirse, al igual que los tablones de madera bajo sus pies. Por algún motivo, cada pequeño ruido parecía sonar el doble de alto que de costumbre. Como si el ruido de sus pasos delataran su presencia allí. Hasta su propia respiración algo agitada sonaba demasiado fuerte, lo que lo ponía todavía más nervioso de lo que ya estaba. Jadeó en voz baja intentando controlarse en todo momento, sin moverse de la entrada de su casa.
El salón estaba desierto, al igual que la cocina. No había peligro, así que solo debía calmarse un poco.
-Maldita sea, Reiner, cálmate…- susurró realmente bajo controlando algo mejor su propia respiración. Un par de gotas de sudor recorrieron su frente repasando su rostro por ambos lados hasta aterrizar sobre su barbilla. No había sido consciente hasta ese momento del terrible calor que tenía a causa del esfuerzo de transportar al demonio desde la orilla del río. Volvió a ajustarla con cuidado y consciente de que solo le faltaba un último esfuerzo. Aquel tramo final de las escaleras que parecía el más largo de todos. Interminable.
No se detuvo a agarrar la barandilla de madera, pues sino el cuerpo en su espalda se deslizaría y caería estrepitosamente, así que subió lenta y pausadamente. Tardó un poco más con el penúltimo escalón, prefirió saltárselo para evitar que éste soltara un estruendoso crujido al pisar su superficie. Tras eso, alcanzó al fin el pequeño pasillo en el que se situaban tanto su habitación como la de su madre, y un cuarto más que permanecía en desuso. Sin embargo, no se detuvo ahí. Se giró hacia la oscuridad para divisar en la penumbra otra fila de escaleras más.
No recordaba la última vez que había subido al desván, su madre tampoco subía allí. Lo empleaban para guardar los trastos viejos que no usaban. Desde aquella ocasión en la que su madre lo pilló husmeando no había vuelto a subir. En realidad, su objetivo no contenía ninguna intención perversa o dañina. Esa noche había vuelto a soñar con su padre abandonándolos y al despertar no pudo reprimir sus ganas de buscar alguna pista sobre él, algo que explicara su decisión; objetos, ropa, notas que hubiera escondido en algún lugar esperando que él las encontrara. El desván. No había mejor sitio para eso que la parte más alta de su casa situada bajo el tejado de forma triangular. Pero la mirada triste de Karina le hizo prometerle que jamás volvería a pisar aquella habitación.
Reiner en un principio no lo comprendió, no pudo acatar sus órdenes sin más a sabiendas de que la posibilidad de que su padre regresara estuviera ante sus narices. Por eso, estuvo a punto de desobedecerla, sin embargo, más tarde lo entendió. La gran tristeza que eso causaba a su madre, lo mucho que debía angustiarla haberse separado de su padre tiempo atrás. Y gracias a eso, el desván no se encontraba cerrado con llave. De hecho, aquella pequeña pieza metálica y oxidada que encajaba a la perfección en la cerradura de la puerta de tablones, todavía se encontraba en su lugar: Exactamente dentro de la cerradura.
Reiner se inclinó hacia adelante lo suficiente como para mantener sobre su espalda el cuerpo de la niña y poder librar una de sus manos. Agarró la llave sacándola del lugar y dejándola caer en el interior del bolsillo de su pantalón, acto seguido, giró la manilla empujando la puerta hacia adentro.
El interior del amplio cuarto estaba igual que lo recordaba, nada parecía haberse movido de su lugar ni un centímetro. Afortunadamente, por el tragaluz se filtraba la cantidad de luz exacta como para ayudarlo a no tropezarse con los objetos que estaban en su camino. La sala cuyo techo se inclinaba a ambos lados formando un triángulo, era tan grande como su propia habitación. Algunos de los muebles más desgastados, aquellos que debían adornar su casa cuando su madre era joven, se situaban en los costados tapados con finas mantas que evitaban que el polvo los envolviera.
Reiner fue capaz de detectar el evidente deterioro del lugar, los tablones desgastados y blanquecinos por el paso del tiempo que amenazaban con ceder ante una gran cantidad de peso. Aún así, tenía la certeza de que aguantarían pues ya lo había comprobado anteriormente.
Avanzó con firmeza hasta la parte más profunda del desván, situándose exactamente bajo la única ventana que adornaba el lugar y lo volvía un tanto más ameno. Con cuidado pero sin demasiada delicadeza, se puso de cuclillas dejando que el cuerpecillo en su espalda se deslizara lo suficiente como para poder agarrarlo antes de que se golpeara contra el suelo. Tenía que ser precavido con los ruidos, al fin y al cabo, él no debía estar ahí.
Cuando retiró la toalla que cubría a la niña, se percató de que estaba húmeda y repleta de barro. No podría llevarla así al entrenamiento del día siguiente, así que la dejaría allí y cogería una limpia sin que su madre se enterara. Siempre podía usar con ella la excusa de habérsela olvidado en los vestuarios.
Dejó que la cabeza de la contraria se apoyara sobre aquella prenda que horas antes era blanquecina y que ahora tenía, además, una mancha oscura que se había extendido bastante. Reiner, asombrado por no saber de qué se trataba, se acercó un poco más. Primero lo olió por si podía sacar alguna pista de ello, pero fue inútil. En ese momento, el cuerpo cerca de él se retorció levemente girándose un poco y permitiendo que los mechones lacios le proporcionaran una mejor visión de su rostro inconsciente.
Reiner repasó su cara una vez más, envuelto de curiosidad, atrapado por aquellas largas y prominentes pestañas que casi parecían antinaturales. ¿Cómo era posible que un demonio pudiera tener un rostro tan sumamente angelical? Quizás se tratara de eso. Ofrecían un aspecto exterior que nada tenía que ver con su verdadera naturaleza y así era como causaban estragos y engañaban a los demás. Debía tratarse de eso.
Sus ojos ámbar captaron un hilillo oscuro recorriendo la frente de la niña, de un tono muy similar al que llevaba la toalla. Y entonces, comprendió lo que era, debía tratarse de una herida. Aprovechando que continuaba en un profundo sueño del que parecía que aún no despertaría, Reiner se aproximó con manos temblorosas sin saber del todo lo que estaba a punto de hacer. Le repugnaba tener que tocar a aquella criatura tan desagradable.
A pesar de eso, lo hizo.
Tratando de detectar de donde provenía el hilillo de sangre que se deslizaba por su nívea mejilla, llevó sus dedos hasta el cabello revuelto de ella y rebuscó con cuidado. Era negro como el carbón y eso dificultaba bastante las cosas. Una sensación extraña lo embriagó, no solo se trataba del leve aroma a flores que llegaba hasta él cada vez que movía uno de los múltiples mechones, sino la suavidad extrema de su melena. Era fina y sedosa, algo que jamás habría aceptado teniendo en cuenta el aspecto lamentable en el que se encontraba. No obstante, a pesar de encontrarse cubierto de suciedad, seguía manteniendo su aspecto cuidado y brillante.
Inmerso en sus propios pensamientos dio con la causante de que un nuevo quejido aflorara de entre los labios de la muchacha. Automáticamente, Reiner se apartó de ella culpándose por todo lo que se le había pasado por la cabeza.
Con algo de rudeza, colocó la bolsa que portaba cruzada por delante de su pecho y sacó de ella una pequeña cantimplora. Su preferida. Todavía le quedaba algo de agua, y aunque probablemente sus acciones fueran inmorales y totalmente contrarias a sus principios, vertió el líquido transparente y templado sobre la parte superior izquierda de la frente de la niña. Exactamente donde se encontraba la herida. Acto seguido, buscó en la toalla una zona que no estuviera sucia y la presionó en el lugar. Al menos la había limpiado pero tampoco podía saber a ciencia cierta que no fuera a infectarse.
En esta ocasión, en vez de soltar otro nuevo quejido, Reiner solo percibió unos leves temblores que indicaban frío. Miró a todos lados buscando una manta que no tuviera una exagerada capa de polvo encima. Cuando la encontró la sacudió unas cuantas veces lo mejor que pudo, ya que era bastante más grande que él. Después, la echó de malas maneras sobre el cuerpo de la niña y volvió a recoger sus cosas para irse a dormir.
En ningún momento se permitió sentirse culpable por haberla golpeado conscientemente con una, o incluso varias, de esas piedras. Tampoco por sentir repulsión hacia ella o dirigirse con asco en ciertas ocasiones. Pero sobre todo, se prometió a sí mismo que se quedaría con la conciencia tranquila si aquella niña moría de fiebre o hambre durante la noche. De eso estaba seguro. De hecho, podría plantearse la opción de deshacerse de ella de una vez por todas y limpiarse las manos como si nada hubiera ocurrido en aquellos últimos días.
Miró una última vez a su prisionera comprobando que, efectivamente, no se había movido de su sitio y tras eso, cerró la puerta que daba al desván. Fechó y se guardó la llave. Era consciente de que de aquella forma las posibilidades de que su madre se percatara de que allí había entrado alguien aumentaban, pues la llave había permanecido en su lugar durante meses, sin embargo, por ese mismo motivo estaba seguro de que no lo relacionaría con él. Sin llave no existía manera alguna de introducirse en el interior. Si le preguntaba por ella lo negaría, por mucho que detestara mentir.
Se quitó la ropa para cambiarse por prendas más cómodas que lo acompañaran durante su descanso. De algún modo seguía intranquilo, ¡cómo para no estarlo! Había sido un completo idiota al llevarse al principal enemigo, no solo suyo, sino de toda la nación de Marley a su propia casa. Y ahora descansaba bajo su mismo techo.
-Tengo la sensación… de que me acabaré arrepintiendo de esto.- susurró girándose hacia un lado y fijando sus ojos en la ventana. –Mañana la llevaré sin falta ante las autoridades de Marley. No tengo nada de lo que preocuparme. Todo irá bien.- se dijo finalmente con claras intenciones de dejar su mente en calma y evitar que los pensamientos negativos volvieran a atormentarlo aquella noche también.
¡Buenas!
Aquí os he dejado el segundo capítulo. No parece que haya avanzado demasiado la historia pero creedme cuando os digo que debo hacerlo de esta forma, sino quedaría un tanto forzado y no me convencería lo suficiente.
¿Qué os ha parecido? Reiner no deja de estar indeciso en todo momento. A pesar de que sigue creyendo en sus principios, está llevando a cabo acciones un tanto contradictorias. Y aún así sigue apostando firmemente por entregarla a Marley. ¿Qué creéis que ocurrirá?
El próximo capítulo se centrará bastante en estos dos y podremos ver qué es lo que hará Reiner al final. Si se convertirá en un héroe de Marley o si, por el contrario, su oportunidad se volverá a esfumar. Para eso tendréis que esperar un poquito más.
Mil gracias a quienes me leéis y me hacéis saber vuestra opinión, para mí vuestro apoyo es realmente importante, así como el que me hagáis saber los posibles errores que pueda tener. ¡Nos vemos muy pronto!
