N/A: Más como una advertencia, decir que voy a usar un poco el rivalmance de ambos personajes, con sus pertinentes modificaciones para la pareja en cuestión. Sobre todo con Merrill (pobre de mi niña).


- Segundo -

—Es un espíritu. Me ofreció su ayuda. No creo que estés en posición de juzgar.

Como señal de rendición, Anders suspira y sus piernas dan pasos más largos para adelantarse y alcanzar a Hawke. No es una victoria definitiva, como Merrill se dará cuenta en los días siguientes. Si está aburrido e insiste para entretenerse, si es un despliegue de arrogancia, o en verdad le preocupa que otro mago resbale en el mismo engaño que él, no lo sabe. Merrill desconoce muchas cosas y no todas por accidente. Opta por la ignorancia como método para no contribuir a los desencuentros acaecidos entre los amigos de Marian.

Hawke se ocupa de los detalles para la expedición, y mientras tanto las miradas del otro elfo en el grupo juran que si moviera un dedo en un ademán amenazante, por mínimo que fuere, él le cortaría la mano sin ningún problema. A Merrill le agradan sus manos y se ve tentada a pedirle a Hawke que no la lleve consigo cuando Fenris también esté allí. Por otro lado, Varric cuida de ella, pero la verdad es que Varric cuida de todos. Isabela la vigila, y parece más preocupada por su supuesta inocencia y buen corazón, preparada para defenderlos a capa y espada como si se tratara de una rara joya, que por el bienestar de Merrill como tal.

Cuando Hawke no está, se dispersan. No hay motivos para mantenerse en la órbita de los demás, a riesgo de alguien quiere romperle la nariz al compañero. Por dar un ejemplo simple podría remontarse al incidente hace un par de semanas entre Isabela y Aveline. Se necesitó la fuerza de Fenris para evitar el contundente golpe con el puño dirigido hacia el rostro de la pirata. Nadie ha vuelto a sugerir una salida recreativa para intentar congeniar con los otros, porque tan noble causa está fuera de sus posibilidades actuales.

Y de cualquier forma...

—Me gustaría escuchar esas historias alguna vez, si no te importa.

Sin embargo, antes de que Merrill se de cuenta, y contra todo pronóstico, Anders se ha vuelto una constante. Es raro, desde luego, pero no rehuye lo que comienza a elaborarse entre ambos. Lo que sea, es mejor que dar vueltas por la elfería completamente sola. No se atreve a tildarlo de amigo, porque la mitad del tiempo discuten ante la más insignificante oportunidad. Cuando no, es porque Merrill ha elegido la pasividad que irrita a Isabela y hace sospechar a Fenris. Anders es un mago, razona ella mientras se muerde el labio inferior para no replicar con su desacuerdo, si construyen la confianza suficiente, de él podría aprender algunas cosas útiles sobre sanación, y envolverse en esa complicidad que, según lo ha notado, une a aquellos bendecidos con el don de la magia. Anders, Bethany y Merrill en Kirkwall, ayudando a Marian. El concepto es muy atractivo, lo imagina y se avergüenza de lo emocionada y útil que la hace sentir.

El espejo continúa roto, pero casi puede perdonarse las distracciones cuando convence al guarda gris de compartir un pedacito de ayer con ella, intentando rescatar a Theron aun si es solo a través de anécdotas ajenas. Anders le cuenta historias sobre Mahariel mientras comen pan rancio y beben agua sentados frente a la puerta de su choza en la elfería. Sino, en la clínica de Ciudad Oscura. Merrill se sienta en una de las camillas desvencijadas y escucha los relatos sobre el heroico guarda, aunque ella ya lo consideraba su héroe mucho antes de que diera su vida por salvar Thedas. Anders, entre tanto, va de un lado al otro, revisando refugiados e interrumpiendo sus historias cuando se dirige a sus pacientes.

Entre los relatos y la asistencia que un día Merrill comienza a prestar en la clínica, el concepto comienza a encarnar. La niebla del pasado se condensa y crea una inesperada figura, y si bien ya no tiene el pelo oscuro y los ojos verdes de Mahariel, la cabellera rubia y la desgarbada figura bajo capas de ropa empiezan a acoplarse a la otra parte de su vida. Si permite que los recuerdos la persuadan, es como volver a estar con Theron Mahariel. Es volver a sentirse útil y fuerte cuando vuela de extremo a extremo de la clínica en busca de una poción o un recipiente de agua limpia y vendas. Escuchar las historias de los refugiados como Anders hace es estar entre el clan y enterarse de lo que los cazadores han visto en el bosque. Allí vuelve a tener a Theron y ella es como antes y todo es normal.

—Tu también eres un guarda gris —señala Merrill una tarde.

Parpadea mirando las hojas del vhenadahl mecidas por el viento. La cálida luz del atardecer le otorga una cierta belleza a un cuadro que de otra manera es deprimente. El mago se ha puesto de pie y entra por sus pertenencias con la intención de partir de vuelta a su clínica.

—Pensé que había quedado muy claro desde el primer día. Fereldeno, guarda gris, mago, abominación —enlista con aquel tono que deja claro cuán lejos está de llegar a él.

Dividen su soledad entre dos, pero no son, de ninguna manera, algo más que compañeros.

No obstante, Merrill -estúpida, estúpida Merrill- ha echado un vistazo más allá. Ha permitido que Anders la haga notar, palabrería primero y nobles acciones después, lo mucho que llega a recordarle a Mahariel cuando no está siendo un zoquete arrogante. Le recuerda cómo era ser ella misma antes de que un shem de gran barba desapareciera entre los árboles con la persona a la que más quería en el mundo para no volver jamás. Se traga las ganas de llorar que le aprietan la garganta.

Estúpida Merrill, acabará por agotar todas sus fuerzas en el necio empeño de aferrarse a todo lo que solía ser bueno en su vida y que no está más allí. El camino que pretende recorrer no ha de conducirla a ningún sitio seguro. El consuelo en el que se regocija hoy, será un amargo veneno que la intoxicará poco a poco.

—Volverás mañana, ¿verdad?

—Mañana partimos a los Caminos de las Profundidades. Hacedor, te lo he repetido tantas veces esta semana...

Los ojos de Merrill se fijan sobre la silueta de Anders desde abajo, desde ese sitio en el que él es tan alto. El viento hace ondear su túnica y su cabello rubio. Se incorpora de un salto sin que su trémula mirada lo pierda.

—Vaya, casi podría decir que estás preocupada por nosotros.

«Me preocupo por ti.»

—Lo estoy —dice con el ceño fruncido.

Anders dispara una expresión entretenida que hace vibrar sus nervios de dolor, y echa un vistazo hacia el cielo. Vuelve a sufrir y aguantar el impulso de estirar una mano y enredar los dedos en su cabello, detenerlo allí, no permitir que se aleje como permitió que Mahariel lo hiciera.

—Echaré de menos el sol.

Le duele no detectar un "echaré de menos a Merrill" en sus ojos, no sobreentender una despedida afectuosa. Una señal de que un miedo tan tonto como el de no compartir pan duro y agua de sabor extraño es mutuo. Un indicio de que esas cosas ridículas que alimentan su repentino sentimiento hacia el mago se volvieran igual de vitales para él.

Anders se despide con su habitual cabeceo, cruza la elfería y desaparece al subir las escaleras.

A la noche, Merrill observa casualmente su reflejo en uno de los fragmentos del Eluvian roto y quizá sospeche, y solo tal vez, que nunca logrará repararlo, que se ha estancado en el pasado y que si puede -y lo hará- lo arrastrará con ella al presente y convertirá su futuro en un tormento.

Para impedir que el desapego del shemlen y la frialdad de su propia soledad la devoren, se enfrasca en la reparación del espejo durante su ausencia y las semanas que le siguen a la llegada y el posterior revuelo de Hawke en Alta Ciudad. Come poco y duerme en intranquilos intervalos, obsesionada de nuevo con el pasado de su Pueblo para no permitir que la otra obsesión haga presa de ella. La magia de sangre, piensa Merrill, no es ni de lejos tan peligrosa como el amor.

El día que Anders decide acordarse de ella -y sospecha de la intervención de Varric-, la joven dalishana tiene una sombra de nerviosismo e insomnio debajo de unos ojos verdes sin luz.

—¿Alguna vez sales de este lugar? —Pregunta mirando entorno el desorden entre el cual Merril ha hallado un espacio para sentirse relativamente cómoda.

Saca la cabeza de un baúl y se golpea con la tapa. Gruñe una maldición en élfico y se incorpora a medida que la naturaleza de la situación le atiza otro fuerte golpe. Un torbellino de escalofríos y vértigo origina su atolondrado andar hasta él, bajo el marco de la puerta.

—En la noche. Me gusta pasear por el vecindario. Estaría bien poder ver las estrellas como en el campamento, pero todos esos edificios... ¿Quieres sentarte? Puedo limpiar una silla, dame un momento...

—Varric está preocupado por ti.

Merrill gira y deja a la mitad la limpieza de una vieja silla de madera. Se endereza y sin parpadear lo observa alzar los hombros.

—¿Varric?

—¿Te has olvidado de él? Un enano, pelirrojo, te llama Margarita...

Merrill sacude la cabeza y sonríe la sonrisa más amplia y sincera que posee. Allí ha estado, claro como la luz del día, un "he estado preocupado por ti" que intercambió hábilmente por un "Varric lo está". Se muerde las mejillas y vuelve a su tarea sin apenas prestar atención a los movimientos de su cuerpo. El vértigo y la taquicardia son una mezcla peligrosa a la vez que placentera.

—Necesitas un poco de sol —señala ella mientras él se retira la emplumada casaca.

—¿Te has visto en un espejo? —Anders enarca una ceja.

Creadores, por supuesto que lo ha estado haciendo. La imagen rota que le devuelve la superficie la hace estremecerse. Luego, se encuentra a sí misma mirando a los ojos del otro mago. Sus pestañas aletean y cae en la cuenta: ver a los ojos de Anders no es muy diferente a mirar su reflejo en el Eluvian.