LOS PERSONAJES EN ESTA HISTORIA NO SON DE MI PROPIEDAD AL IGUAL QUE LAS IMÁGENES AQUÍ UTILIZADA, SI CONOCES A LOS ARTISTAS FAVOR DE INFORMAR PARA COLOCAR LOS DEBIDOS CRÉDITOS.


Como de costumbre, despertar le resultaba algo tortuoso, imposible de no ser por su madre. Era una lucha interminable con sus dulces sueños y las ganas de sobrevivir en ésta vida. Tenía que acostumbrarse ya o dentro de pocas semanas el regreso a clases le caería pesado.

Marinette movía sus pies animados fuera de las cobijas de su cama, seguía el ritmo de la canción en la alarma de su celular, sin embargo, no quería levantarse.

—Mari—Se oyó fuera de su habitación seguido de tres golpes en la puerta.

—Adelante—gritó sobre su almohada.

—Es hora de desayunar —mencionó Sabine, su madre, asomando su cara con lentitud.

—Lo sentimos, el número que usted marcó está dormido, favor de no intentarlo más tarde, ni hoy, ni nunca.

—Vamos, hija tenemos que hablar, ésta noche vendrá alguien muy importante.

La muchacha brincó de su lugar lanzando las mantas al aire y mirando a su madre entusiasmada. Sabía más o menos de qué iba esa visita, pero ver el rostro de su madre le parecía lo más divertido del mundo. Le quedó viendo pícara mientras la mayor se sonrojaba por la actitud de su hija.

—Uy, no será que por fin me concederás el honor de...— Sabine tomó la cabeza de su hija y la acercó a su pecho para hacerla callar.

—Calla, Marinette...— bufó y la miró un poco seria—Mejor ve y despierta a Jeycen.

En cuanto su madre salió de su cuarto la chica se levantó de la cama y extendió la cubierta, tomó sus pantunflas y se dirigió con rapidez a la primera puerta junto a las escaleras, justo al otro extremo del pasillo. Golpeó la puerta con rudeza.

— ¡Jeycen!— gritó con fuerza no esperando que él apareciera frente a ella de inmediato.

Era un chicos alto, su pelo era castaño y sus ojos color miel. Era el vivo retrato de su padre, a excepción de su piel porcelana, similar a la de su hermana. La sonrisa torcida era algo habitual en él, extrañamente esa no era una sonrisa.

— ¿Qué quieres, bicho?— cuestionó con mala cara.

— Mamá ya tiene el desayuno listo, flojo, baja.

— Estaba despierto antes que tú, niña— golpeteó la frente de la menor con el dedo índice, ella bufó y él rio saciado— Ya mismo voy.

Ella lo esperó en las escaleras aunque no lo hubiera pedido y ambos bajaron al comedor, desde ahí se podía ver cómo su madre seguía preparando unos ricos panqueques, los favoritos de ambos. El ambiente familiar era de lo más agradable, a pesar de haber perdido a un elemento importante de ello, la mujer y sus hijos habían sabido sobrellevar la situación. Ella había continuado con su trabajo como una de las reposteras más famosas de parís. Tenía un local amplio en el centro de la ciudad y una bella casa a las afueras. La vida les había sonreído luego de tanta amargura. Cuando ya todos yacían sentados en su lugar y dispuestos a comer, la mujer aclaró un poco la garganta con la meta de anunciarles algo.

— ¿Qué harán hoy? — Comenzó la mujer recibiendo una encogida de hombros por parte de los dos jóvenes— Sería bueno que hoy vinieran a cenar ambos, ya saben... Temprano como a las 6.

— ¿Hay algo de quedamos saber, mamá?— preguntó Jeycen.

— ¡Por Dios, mamá! No me digas que va a venir ésta noche...— gritó emocionada Marinette.

—No, bueno... sí... sólo vengan.

— ¿El chef? oh... mamá aquí estaremos, ¿verdad, bicho? — anunció el muchacho con una sonrisa, Marinette asintió animada.


Caminaban sin prisa alguna, tonteaban con las cosas que se veían en los aparadores y entraban de vez en cuando en las tiendas para probarse prendas de lo más glamurosas. Era después de todo casi el final de sus vacaciones. Habían perdido el tiempo holgazaneando y cuando vieron la culminación de su tiempo libre, optaron por aprovecharlo al máximo. Alya caminaba colgada del brazo de Marinette, ambas con bolsas en las manos y sonrisas pintadas en los labios. Divisaron a lo lejos al buen André y corrieron en su dirección para comprar un rico helado de amistad. Disfrutaban de él en unas escalinatas que daban vista hacia la torre Eiffel.

— ¿Has pensado entonces en lo que te ha dicho Nino? — preguntó la morena con claro interés.

— Lo he hecho, pero no estoy plenamente segura, es muy insistente. Yo no me veo teniendo ningún tipo de relación, ni con él ni con nadie... no me siento preparada, Alya.

— ¿No crees que quizá exageras? Él parece ser muy lindo contigo.

— ¡DEMASIADO!, mira no te prometo nada, pero ahora tengo cosas mucho más importantes que hacer. — Su mirada se perdía en las parejas que enamoradas paseaban por el lugar, ella no se había sentido atraída por alguien antes, no de una manera tan íntima. Le habían gustado un montón de niños cuando pequeña, pero la sola idea de tener una relación seria le provocaba escalofríos.

— ¿Y tu hermano Jeycen cómo ha estado? — preguntó la morena con una sonrisa pícara. La chica rio un poco.

—Bastante bien, gracias por preguntar "cuñada". Ha andado un poco raro, ya sabes, menos amargado de lo normal, pero no me quejo.

Ambas se carcajearon.

No era secreto que desde muy pequeña, cuando comenzaron a ser amigas, la morena había sufrido un flechazo por el joven castaño. Había quedado cautivada de su humildad y su seriedad. Le encantaba ir a casa de la de ojos azules no sólo para pasarla bien con ella, sino también para poder ver a lo lejos a quien nombraba su amor imposible. Porque lo era, Jeycen Dugés era su amor imposible. Comenzando porque era cinco años mayor que ella y continuando porque en todos esos años de visitar el hogar de los Dugés-Cheng, no había mostrado ni el más mínimo interés por ella. Era sumamente triste.

— Oh, no mamá me va a matar — pronunció Marinette después de mirar el reloj en su celular.

— No me digas... vas retrasada otra vez.

— Nos pidió que estuviéramos a tiempo hoy, al parecer nos tiene una sorpresa.

— Uy, sorpresa... nos gustan las sorpresas, ¿no es así?

—Así es...Te veo después, amiga — gritó la chica mientras corría.

No iba excesivamente tarde, a lo mucho llegaría diez minutos después de lo acordado, pero sabía que su madre era muy perfeccionista con eso de los tiempos. Además no podía darse el lujo de fallarle. Corrió lo más rápido que pudo a la parada de autobuses esperó durante un tiempo razonable y tal como lo había predicho , llegaba tarde. El autobús había andado lento como nunca antes, la suerte nunca estaba de su lado, y al parecer los conductores del transporte público tampoco.

Mientras se acercaba a la calle de su hogar, pudo divisar una camioneta aparcada justo enfrente. Era hermosa y se veía tan limpia, nada comparada con el auto que ella y su familia apenas usaban, preferían usar transporte o andar a pie, los autos no eran lo suyo.
Al llegar a la puerta pudo apreciar el rico aroma del guisado de su madre, sonrió mientras buscaba las llaves entre sus bolsas de las compras y cuando finalmente abrió, gritó.

—¡He llegado ya! — se dirigió al comedor desde el que resplandecía la luz al resto de la casa, al entrar sonrió ante la visita sentada en la silla junto a su madre.—Buenas noches.

—Oh, hija al fin llegas, me alegro porque ya teníamos hambre, ¿verdad,Tom?

El hombre corpulento se levantó de su asiento, no intimidaba para nada, al contrario, su sonrisa relajada inundaba de paz a quién lo viera.

—Marinette Dugés-Cheng — sonrió la chica mientras estrechaban sus manos.
—Tom Dupain, mucho gusto, me alegra poder conocerte al fin, tu mamá siempre me habla de ti.

La muchacha tomó asiento junto a su hermano quien extrañamente sonreía ante la situación, pudo notar la presencia de un quinto plato y comenzó a analizar el lugar.

—Jeycen... ¿Esperamos a alguien más? —preguntó a su hermano en voz baja. Él asintió disimulado.
—Adrien está en el baño.
—¿Quién?

—Lamento la tardanza, me perdí un poco —confesó un chico que se acercaba al comedor.

Era alto y bien dotado, era pulcramente rubio y sus verdes ojos resplandecían con intensidad. Miró a la recién llegada con detenimiento mientras su semblante seguía serio. No parecía ser alguien cien por ciento amable. Ella frunció el ceño y giró los ojos hacia su hermano quien solo se encogió en sus hombros.

—Marinette, él es mi hijo, Adrien... Adrien, ella es la hija de Sabine.— presentó Tom.

—Oh, es la que siempre va retrasada —respondió pedante.

—Adrien... — irrumpió Tom.

Marinette ni siquiera había prestado atención a su "insulto", lo miraba perdida. Estaba segura de que lo había visto antes por ahí, seguro iban en la misma escuela, quizá lo había visto por la ciudad. Ignoró al chico por completo y después todos se dispusieron a cenar.

Llevaban un buen rato así, sonreían por una que otra broma que hacía Tom, todos excepto Adrien quien parecía muy centrado en la acción de comer. Terminaron pues y optaron por quedarse en la mesa para seguir conversando un rato.

—Bueno, chicos... La razón por la que nos reunimos fue para hacerles saber de la relación que Tom y yo hemos llevado durante los últimos meses. Era justo que ustedes se conocieran y bueno... Me alegra que se llevan tan bien — habló una entusiasta Sabine.

Adrien sonrió fugazmente a la mujer y eso no pasó desapercibido por la joven frente a él. Tom se levantó de su asiento para dar una leve reverencia.

—Pues fue todo un gusto conocerlos, muchachos, pero Adrien y yo nos tenemos que retirar, Sabine, la comida estuvo exquisita. —sonrió— me gustaría que el viernes me dieran el gusto de acompañarme en mi restaurante, yo... Quisiera pasar un rato más con ustedes.

— Será un placer — habló la mujer enamorada. Adrien se levantó de su lugar por igual y tomó la mano de la mujer para besarle el dorso.

— Fue un verdadero gozo conocerla, Sabine. — habló el chico.

Ambos se despidieron de la familia y se encaminaron a la camioneta ya en dirección a su apartamento al centro de la ciudad.

—Entonces... ¿Qué te pareció la familia de Sabine? — preguntó el hombre al rubio mirándolo a través del retrovisor.

El muchacho se encogió de brazos, tal como llevaba haciéndolo toda la noche.

—He pasado por cosas más extrañas últimamente, puedo con ésto...

— Y todo se tornará aún más extraño, Adrien.

—Eso lo sé, Tom...


Listo ha pasado un montón de tiempo y no había podido escribir éste primer capítulo. No quería subir nada hasta que terminara alguna otra historia o algo así, pero bueh, al parecer ésto les interesaba bastante así que...
Ésto será lento, así que no me presionen o cancelo todo.
Jaja.

Aclarando algo, el personaje de Jeycen Dugés no me pertenece en lo absoluto, pueden saber un poco más de él en el libro "La chica del paraguas" de GabrielaRueda13, se los recomiendo( y todas sus demás historias)

Pueden comentar, preguntar, etc. Aquí o en mis redes sociales ( CjDeLarge)
Bye, bye y nos leemos a la próxima.