Disclaimer: Naruto no me pertenece, es de Masashi Kishimoto.

Advertencia: AU, BL.


Track 6: Sigo Amándote — Edgar Oceransky.

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No soporto tus errores, mi defectos no los quieres ver.

A pesar de todo sigo amándote, ya ves.

Nunca pude acostumbrarme a tu forma de ser,

Cada vez que lo he intentado acabo por correr.

Esa vida familiar que tú pretendes no quiero tener,

A pesar que no te quiero sigo amándote, ya ves.

...

..

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Ya estaba cerrado cuando Madara golpeó a la puerta de entrada. La luz del recibidor estaba apagada y la recepcionista ya tenía su bolso colgado del hombro y una mano sobre el abrigo. La mujer se acercó con sigilo y prendió la luz, mirándolo con una ceja arriba.

—Lo lamento, no podemos recibirlo.

—El hospital está a una hora de camino y ya no hay autobuses, tomé el último hasta aquí.

—Podría llamar a una ambulancia.

Madara apretó el bulto que cargaba, sabía que sería difícil.

—Una ambulancia tardará mucho.

La mujer miró al pequeño envuelto en una manta y abrió la puerta con desconfianza en la mirada, para acto seguido tomar el teléfono y llamar. Se escuchaba preocupada, y Madara supo de inmediato que el médico acudiría con rapidez, al menos para asegurarse de que la mujer no correría peligro estando a solas con un desconocido en la noche. Esperó en recepción diez minutos antes de escuchar un auto aparcar enfrente.

—Lamento la demora —dijo al llegar, y Madara se congeló por un segundo al escuchar de nuevo esa voz.

Se miraron el uno al otro por unos segundos, y Hashirama apartó los ojos antes de sonreír a la recepcionista y avanzar a su consultorio a paso firme. Traía el largo cabello suelto y una camiseta informal de una banda de rock, seguramente ya habría estado por irse a dormir antes de recibir esa llamada. Madara lo siguió, resuelto a dejar pasar toda la extraña situación a cambio de ver bien a Obito.

—Puedes irte a casa —dijo Hashirama a la mujer—. Yo me encargo. Te pedí un taxi, no tarda en llegar.

Madara intentó ignorar el suspiro enamorado de la mujer, y bordeó a Hashirama para entrar al consultorio. Una vez que hubo cerrado la puerta, esperó que no se pusiera a hablar sobre cosas que lo harían sentir más incómodo, aunque lo soportaría con tal de que viera a Obito. Una vez verlo con la bata puesta, se sintió más tranquilo. Madara sabía que Hashirama era muy bueno en lo que hacía, no dudaba de su talento ni inteligencia.

—Déjalo sobre la camilla —pidió Hashirama mientras se ataba el cabello para momentos después ponerse guantes esterilizados.

—Tiene fiebre —dijo mirando al niño. Obito estaba despierto, pero muy callado, lo cual era raro en él. Sabía que estaba asustado, pero no había pronunciado ni una sola palabra desde que salieron de casa.

Hashirama se acercó a la camilla, y comenzó a examinar al pequeño, sonriendo al niño y haciéndole pequeñas bromas que lo hacían sonreír, a pesar de su estado. Madara los miraba con ansiedad, pero intentando mantenerse tranquilo.

—Tiene una fuerte infección en la garganta, es común en estas épocas, y es bueno que lo hayas traído con rapidez, pudo escalar a una neumonía.

Hashirama preparó una solución y la puso en una jeringa, Madara temió que Obito usara las fuerzas que le quedaban para protestar, pero el médico logró distraerlo de modo que el pequeño ni siquiera pudo sentir el piquete. Sonrió a Obito y luego se fue a sentar detrás de su escritorio. Madara sintió mariposas en el estómago al verlo después de tantos años, el bastardo parecía no haber envejecido ni un sólo día, y si era posible, era aún más atractivo. Uchiha reprimió las ganas de abofetearse a sí mismo, odiaba sentirse de esa manera.

—La inyección quitará la fiebre, y con el tratamiento debería estar mejor en unos días. Es mejor si reposa en casa, así que deberás pedir las tareas del niño porque no podrá ir a la escuela. Agendaré una cita de revisión dentro de cinco días para ver su progreso.

Hashirama le estiró la receta médica junto con una caja de pastillas. Madara las tomó y las puso en su bolsillo, admirando la bella caligrafía de Hashirama, siempre se quejaba de no poder entender las recetas, y era algo que extrañaba de él cada que se enfermaba. Las indicaciones eran claras y precisas, lo cual agradecía.

—Gracias —dijo finalmente, poniéndose de pie—. ¿Cuánto te debo?

El moreno se puso de pie y se quitó la bata. Miró a Obito y luego de nuevo a Madara, sintiéndose incómodo una vez que su labor hubo terminado.

—Está bien, no te cobraré.

—No quiero deberte nada —dijo Madara tajante, sacando su billetera. Hashirama hizo una mueca y murmuró una cantidad, Madara sabía que estaba haciéndole algún tipo de descuento, pero no peleó.

Una vez fuera de la clínica, tomó su teléfono para llamar a un taxi.

—Si me dices dónde vives ahora, te puedo llevar —dijo el moreno cerrando la clínica.

—Esperaré al taxi.

El cuerpo de Obito tiritando de pronto lo hizo reconsiderar la propuesta. No quería involucrarse nuevamente con Hashirama, pero tampoco quería que Obito se enfermara más.

—No me siento cómodo dejándote aquí con el niño enfermo —dijo.

—No quiero que te desvíes de tu camino.

—Al menos déjame acercarte lo más posible.

Madara aceptó a regañadientes, e introdujo al pequeño en el asiento trasero, y luego se sentó de copiloto. El auto de Hashirama olía a su perfume y estaba seguro de que recién lo había lavado. Antes duraba meses sin hacerlo, cosa que sacaba de sus casillas a Madara.

—¿Y bien? ¿Dónde vives?

—Cerca de la universidad.

—Entonces no está muy lejos de mi casa. Te llevaré hasta allá.

Madara suspiró profundo, su ego no era tan grande como para poner en peligro a Obito. Se resignó a ello y se quedó callado, mirando las calles vacías y las luces de las farolas que parecían una línea suave en movimiento. Hashirama tampoco decía nada, y el respirar suave del niño en la parte posterior del auto era lo único audible. Esperaba que como otras veces, fuese Hashirama quien rompiera el silencio; con un chiste, una pregunta, o una charla de esas tan casuales que sólo él sabía hacer. Pero no lo hizo.

Había evitado durante años cualquier lugar donde Hashirama podría estar. Se temía de pronto encontrarlo en el centro, paseando del brazo de alguien más. No visitaba los mismos cines, no iba a las mismas plazas, y no compraba en el mismo supermercado. Tenía fobia a verlo de pronto y revivir todos los sentimientos que había sepultado años atrás en su memoria, como si no hubieran sido suficientes las heridas, o los años, que tan cabrones se dibujaban en las marcas de expresión de su rostro.

—Hm.

Nada, ni una sola reacción.

—Hnm. Hmj. Mhmj.

—¿También sientes la garganta irritada?

Madara se sonrojó, aunque en la oscuridad nadie habría podido decirlo. Se sintió patético en cuanto Hashirama dijo eso. Era propio del moreno iniciar las conversaciones y los interrogatorios, debía ser él el cuestionado, el que preguntara a Madara por qué tenía un hijo si cuando estaban juntos nunca quiso adoptar uno.

—No.

De nuevo el silencio los abrazó, y Madara cada vez se sentía más extraño, y decepcionado. Para ser justos, Hashirama ya había tenido suficiente de él, y era normal que no quisiera saber nada más de él ni relacionarse con Madara. Las cicatrices seguían ahí, y no podía culparlo por no querer iniciar ni la más mínima conversación con alguien que le había hecho tanto daño. No se dio cuenta del tiempo que había pasado hasta que vio su casa.

—Llegamos —dijo Hashirama.

Madara salió del auto y sustrajo a Obito del asiento trasero, apretando los labios mientras un sabor amargo se instalaba en su lengua. El moreno ni siquiera se había bajado del auto.

—Gracias —dijo Madara, mirándolo desde la ventanilla. Hashirama asintió, sonriendo un poco.

—De nada.

...

Obito no dejaba de moverse, hablaba con la recepcionista y le mostraba su auto de juguete. Madara lo observaba sentado en la sala de espera, con las piernas cruzadas, esperando que el momento en que por fin le hicieran pasar a consulta. Obito había mejorado bastante, y no dudaba que lo dieran de alta. Sin embargo, sentía el estómago revuelto; no podía dormir y no podía dejar de pensar en él, y en lo mucho que esperaba volver a verlo. Sus deseos se vieron muertos en cuanto una doctora los llamó a consulta, al parecer era pediatra y se iba a encargar de revisar a Obito.

Recomendaron a Madara que terminara el tratamiento de pastillas y que no era necesario volver a consulta, a menos que volviera a enfermar. Madara le dio las gracias y salieron ambos del consultorio. Ahí, en la recepción, Hashirama hablaba con un paciente de manera amistosa. Obito se soltó de la mano de Madara y trotó hacia él, recordando sus buenos tratos.

—Señor doctor —saludó jalando su pantalón. Hashirama lo miró sorprendido, y luego sonrió para arrodillarse frente a él.

—Hola, Obito. ¿Cómo estás?

—Bien. ¿Por qué no me atendiste?

—Creí que lo mejor para ti sería ir con un pediatra, yo atiendo a los mayores —explicó de forma amigable.

—¿Entonces vas a atender a mi papá?

Hashirama miró a Madara y sonrió, para después regresar la mirada al niño.

—¿Tu papá se siente mal?

—Está más gruñón de lo habitual.

Hashirama no pudo contener una risa, y caminó a su consultorio de la mano del niño, Madara los siguió con las manos cruzadas sobre su pecho, sin saber qué hacer de verdad. Hashirama cerró la puerta y se puso el estetoscopio, señalándole a Madara la camilla. Obito se sentó detrás del escritorio de Hashirama, y dio una vuelta en la silla de ruedas, observando todo el lugar. Madara notó otras cosas que en un principio por nerviosismo no había notado, como un montón de plantas y libros.

—Estoy bien —dijo Madara fingiendo aburrimiento, esperando que Obito no rompiera nada.

—Obito insiste —respondió Hashirama.

—Sí, Obito insiste —repitió Obito sonriendo desde la silla movible.

Madara suspiró y se sentó sobre la camilla. Hashirama empezó con los ojos, revisando sus retinas con una lámpara, le tomó la temperatura, le puso un aparato en el dedo que Madara no logró identificar, y también le hizo abrir la boca para ver si todo estaba en orden. Tomó el estetoscopio y lo puso sobre la espalda de Madara, haciéndolo sobresaltar un poco. Respiró profundo, tal y como Hashirama le indicó, temiendo el momento en que dejara de revisar sus pulmones para escuchar su corazón. Sentía acelerado el pulso, la cercanía de Hashirama y sus dedos tocándolo eran más de lo que realmente podía soportar.

Finalmente, posó el estetoscopio en su pecho, haciéndolo respirar nuevamente.

—Obito, tu padre tiene una salud excelente. Tal vez si durmiera un poco más, estaría de mejor humor.

—No puede.

—Obito... —advirtió Madara bajándose de la camilla.

—No puedes, papá. Estás triste, y enojado. Esas cosas no te dejan dormir.

Hashirama no dijo nada, y Madara avanzó hacia la puerta.

—Vámonos —dijo mientras caminaba. Obito se despidió del moreno, y Hashirama le regaló una paleta, pidiéndole que se lavara los dientes después de comerla.

...

Encendió un cigarrillo en el balcón. No le gustaba que la casa apestara a humo y no era saludable para Obito. Las cigarras cantaban su melodía nostálgica y la luna llena le daba de pleno en la cara, se sentía abrumado, aún sin poder pensar en otra cosa. Ya había pasado un mes desde entonces, y a veces se odiaba por pensar cosas que no debería. Quiso verlo de nuevo, sopesando la posibilidad de pasar cerca de la clínica a ver si lo encontraba comiendo en algún restaurante alrededor del perímetro. Quiso creer que cada llamada desconocida era suya, y contestaba el teléfono con cierta emoción para después colgar al ver que era mera publicidad. Lo extrañaba y eso era un hecho difícil de admitir en primer lugar; porque no debía, porque no había funcionado, y porque Hashirama estaba bien sin él.

Madara terminó de fumar y se sentó, queriendo entrar de nuevo por una copa de whisky. Cerró los ojos un momento y después escuchó el sonido del timbre. Fue a abrir, creyendo que era Izuna y otra de sus visitas sorpresas, a lo que temió que no lo dejara beber como él quería, pero la vida lo sorprendió una vez más al abrir la puerta y encontrarse detrás de ella a Hashirama.

—Lamento importunar, buenas noches, Madara.

Uchiha lo dejó pasar, con una ceja alzada y con un palpitar en el pecho que le hacía creer que su corazón se le saldría por la boca. Lo hizo pasar a la sala con gestos tácitos, y Hashirama se condujo en silencio, admirando los cuadros en las paredes y los pequeños detalles que se habría atrevido a analizar más de cerca si tuviera más confianza. Se sentó en el sofá y Madara lo imitó, ocupando el espacio frente al moreno.

—Siento mucho la molestia, pero no conozco a nadie más en el barrio. Mi auto se descompuso unas calles arriba, y quería saber si podía comunicarme desde aquí con la grúa. No llevo dinero encima y perdí el celular —explicó rascándose la sien avergonzado.

Madara le señaló el teléfono al lado del sofá, Hashirama tomó el teléfono un tanto dudoso y llamó, mientras Madara se levantaba e iba a la cocina por cerveza. A Hashirama le gustaba más beber alcohol que el agua, y aún compraba su marca favorita, como si esperara que en cualquier momento el médico decidiera regresar a una casa que no conoció hasta el día que sucedió lo de Obito. Destapó dos de ellas y las llevó, junto con un par de portavasos, y se sentó de nuevo esperando que colgara. Luego de unos momentos lo hizo, y se giró hacia su ex novio, mirándolo con un poco de incomodidad.

—Dejas que me quede a esperar, ¿no?

—Te traje una cerveza, ¿tú qué crees? —preguntó con sarcasmo. Hashirama sonrió un poco y bebió, y Madara observó los largos dedos tomar la botella casi hipnotizado.

—Hace tiempo que no bebía esta cerveza, olvidé lo buena que era.

—Siempre fuiste un borracho, así que permíteme dudarlo.

—Tiene años que no bebo nada de alcohol.

Madara no dijo nada, incrédulo por la respuesta. Hashirama bebía, aunque no al grado de ser un alcohólico, por lo que le sorprendía mucho que lo hubiese dejado. Y más aún que bebiera la cerveza que le había ofrecido.

—¿Está Obito en casa? —preguntó el moreno, intentando rellenar el silencio incómodo.

—No, está en casa de un amigo. Harán una pijamada, con pizza, refresco de cola y películas de terror. Aunque seguramente terminarán viendo una película de Meryl Streep, a ese niño le encanta —dijo desinteresado, apoyando la barbilla sobre su puño.

—¿Cuántos años tiene?

—Va a cumplir siete.

Hashirama se reclinó en el sofá y miró el techo, y Madara sabía lo que estaba haciendo. Estaba contando. Hacía cuatro años que habían terminado una relación de cinco. No daban las cuentas.

—Bueno, es un niño muy agradable.

—Lo es.

—Se parece muchísimo a ti... Bueno, es lógico, eres su padre...

Hashirama se levantó de pronto y sonrió, de nuevo, con esa mueca falsa que Madara había aprendido a leer desde antes que fueran amigos siquiera. Era la misma mueca de tristeza disfrazada con la que llegaba a casa enfermo de dolor por la muerte de algún paciente, y Madara la odiaba, le hubiese querido arrancar los labios para que dejara de hacerla.

—No quiero molestar más, así que esperaré en el auto.

Madara se levantó, sin saber qué decir para retenerlo. Un dolor en el corazón le hizo apretar los labios, culpable y avergonzado, pero molesto porque Hashirama no quisiera preguntar más.

—Yo no lo sabía.

Hashirama lo miró, a punto de empezar su recorrido a la salida. Madara se bebió la mitad de la cerveza antes de dejar su orgullo a un lado y continuar.

—No te pedí una explicación. Y no quiero que me la des.

—...

—...

Madara apretó los labios nuevamente. Darle una explicación habría sido darle a entender que lo seguía amando, y eso no era bueno para ninguno de los dos. Hashirama apartó la mirada y suspiró, cansado de pronto, y Madara hubiese dado todo por poder saber qué era lo que estaba pensando. El castaño no hizo más que sentarse otra vez y dar un trago a su cerveza. Madara lo imitó, avergonzado de pronto por todo lo dicho. No era como si fueran a volver, lo suyo ya estaba acabado, y tratar de revivirlo sería perdonar cosas que no se podían olvidar.

—Me preocupa que Obito dijera que estás triste y enfadado. Deberías esforzarte por él, ¿sabes?

—No es tu problema, y no me gusta que dudes de mis habilidades para cuidarlo —dijo a la defensiva, levantándose casi dispuesto a darle un puñetazo.

—No lo hago —añadió alzando una ceja—. Y no dudo de que seas un padre atento. Hay gente que no hubiese hecho lo que tú por una fiebre de 39 grados. Pero... también debes cuidar de ti. No es mi problema, pero me preocupa.

Madara se volvió a sentar y suspiró enfadado.

—Necesito saber que vas a estar bien.

Madara le miró a los ojos, atreviéndose a ello sabiendo que aquellos pozos castaños le hacían daño. Lo mataban de a poco, y lo enamoraban como si fuera la primera vez. Lo odiaba; Hashirama y su cara de buen tipo, su alma de buen samaritano y todos los buenos adjetivos que se podían dar en el mundo a un solo hombre. No era justo que alguien así existiera, que se acercara a él y tuviera la osadía de decirle que se preocupaba por él. Por él. De todos los seres vivos, se preocupaba por él.

—No soy un cachorro necesitado, Hashirama.

—Ya lo sé.

—Entonces no me trates como si fuera uno.

Hashirama sonrió con amargura y se levantó.

—Gracias por la cerveza.

Se dirigió a la puerta y Madara lo siguió, sintiéndose de pronto como un perro herido tras su amo. Pero era inútil ponerse en aquella posición; Madara sabía mejor que nadie que no necesitaba compasión de él, obtuvo su merecido y se tenía que tragar aquello, porque era lo que debía.

—Madara... ¿puedo venir a verte luego? —preguntó Hashirama en el portal, sin mirarlo.

—No.

Hashirama asintió y comenzó a caminar, cuando la mano de Madara sobre su brazo lo interrumpió.

—Crees que estás acortando la distancia, pero tan sólo estás alargando la tortura.

Madara no sabía qué era lo que Hashirama sentía por él. Quizás nada, tal vez era una pizca de lástima al verlo como padre soltero. Probablemente era un cariño añejo, basado en todo lo que Madara fue pero ya no era y no podía volver a ser, y Madara se repitió que fuese lo que fuese, no era suficiente para mantenerlos atados. Un día años atrás se pudo remediar. Pudo contarle a Hashirama que tenía un hijo que surgió en una noche donde Madara estaba furioso por creer que el otro lo engañaba con Mito, pudo decirle que la madre nunca se lo dijo y que tan sólo se enteró de la existencia de Obito gracias a que ella había fallecido y él era el único que podía cuidar del bebé. Pudo intentar explicarle todo eso, y pedirle que lo criaran juntos, pero Madara no lo hizo y en cambio lo abandonó como si nunca hubiese existido su relación. Seguramente Hashirama lo buscó, seguramente lloró de forma amarga con una bufanda suya pegada a su nariz para no olvidar su olor. Lo más seguro es que haya sufrido, y mucho más de lo que sufrió él.

Hashirama extendió una mano hacia la mejilla pálida de Uchiha, y luego lo atrajo hacia él, quedando muy cerca de sus labios. Los ojos de Hashirama se veían severos, y Madara se sintió pequeño de pronto tan cerca de su aliento.

—Entonces considéralo un castigo.

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Eh. Sí. Bueno, este shot iba a ser más largo, pero creo que va a tener una continuación más adelante. Espero que el final se haya entendido bien. Si a alguien le gusta mi trabajo, me gustaría que me lo hicieran saber con un review :c

Ah, y escuchen por favor la canción, que es preciosa.