Capítulo uno: Primer secreto compartido.


Le jodía, pero estaba asustada. Nada más entrar en el bosque había encontrado a Moody y a Kingsley embarcados en una pelea contra cuatro mortífagos. Los había intentado ayudar, pero había llegado un punto en el que empezaba a no dar la talla. Sabía muchos hechizos, sí, pero no dominaba las Artes Oscuras y sus reflejos no eran los de un auror. Eso había llevado a que Moody y Kingsley no solo tuvieran que luchar contra sus oponentes sino también cubrirla a ella.

Había conseguido escapar, como le había gritado Kingsley que hiciera. Se alejaba de la zona lo más rápido que podía, temiendo que su apresurada respiración la pudiera delatar. Se paró y se calmó.

― Sangre sucia... – oyó decir. ― Me alegro que hayas venido a morir precisamente a mis manos.

― Malfoy, no seas ridículo. Todos sabemos que eres incapaz de matar ― intentó provocarle.

― Sí, siempre me has subestimado. Tampoco creías durante el año pasado que pudiera estar tramando algo, como Potter sospechaba. Qué pena para ti... ¡Crucio! ― gritó Draco Malfoy. Hermione notó dolor en todo su cuerpo, pero no gritó. Se notaba que no estaba acostumbrado al hechizo.

― Sí, ya veo que las maldiciones imperdonables no son tu punto fuerte.

― ¡Sectusempra!

― ¡Protego! ― lo detuvo. ― ¡Cunfundus! ― De pronto, Malfoy lanzó el hechizo a una roca que se encontraba a seis metros de Hermione. Aprovechó su ventaja. ― ¡Expellarmus!

Había conseguido dejar inconsciente al chico, y lanzó su varita entre árboles que se encontraban lejos de él. No lo mató, no tenia el nervio suficiente. "Malfoy no molestará en un rato", pensó. "Estando en un rincón tan escondido, ni lo van a encontrar." Siguió su camino, buscando a alguien que necesitara ayuda y ella pudiera ofrecérsela.

― ¡Amycus!. ¡Bellatrix! Tonks y el licántropo ese están allí atrás con Greyback y Pettigrew. ¡Vamos!

Se acercaban hacia ella, y se escondió entre unos arbustos, frustrando sus ganas de pelear. Ella sola no tenía nada que hacer contra Bellatrix Black, ese Amycus y la voz que no había reconocido.

Salió al cabo de un par de minutos, cuando se aseguró de que ya no estaban cerca. Anduvo un poco más, en una dirección diferente a la de los mortífagos, hasta que un ruido reclamó su atención. Un mortífago. Uno. Era su oportunidad.

― ¡Expelliarmus! ― gritaron a la vez, haciendo que los dos salieran disparados en direcciones opuestas. Notó dolor: había aterrizado en una roca. Se dijo a si misma que debía levantarse pronto, pero al intentarlo vio que el mortífago no solo estaba en pie, sino que también tenia dos varitas en su mano. "Genial."

― Vaya, vaya, vaya... La amiga de Potter. Pobrecita, tan pequeña y tan horrible final, sola e indefensa... Dime, no sabrás por casualidad dónde está Potter¿no? ― Hermione lo miró con cara de interrogación. "A ti te lo voy a decir." ― Bien. ¡Crucio!

Esta vez no podía hacer nada. Cayó. Sintió como le dolía cada milímetro de su cuerpo, haciéndola retorcer en busca de una posición menos dolorosa que no encontró. Intentaba no gritar. De pronto, el dolor cesó.

― ¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? Yo no tengo nada más que hacer. Puedo pasarme aquí la noche entera, disfrutando contigo... sólo porque no quieres decirme dónde se encuentra tu amigo Potter. ― Calló y la miró, esperando que ella dijera algo. Ella logró arrodillarse y dibujar una mueca en su cara.

― Me alegra saber que no lo habéis conseguido encon...

― ¡Crucio! ― gritó el mortífago con toda su ira, recreándose al verla sufrir y alargando el hechizo. Esta vez, Hermione no pudo contenerse. Gritó. Gritó como jamás lo había hecho. Sentía como si sus huesos se rompieran a manos de una presión invisible, sin dejarla hacer más que llorar de dolor. Paró. ― No tengo ningún problema en dejarte como los Longbottom.

Hermione no podía ni pensar. Solo dos palabras en tono de suplica lograron salir de su boca, y des de luego no venían de su consciente.

― Por favor...

El hombre sonrió.

― ¡Crucio! ― En la milésima de segundo que tardo en hacer efecto el hechizo, Hermione pensó que no sobreviviría a él. Sin embargo, tras pocos segundos de tortura y gritos, el dolor cesó nuevamente y la chica observó como el cuerpo del mortífago caía inconsciente en el suelo. Un brote de alegría se abrió paso en su interior. Saco fuerzas, incorporándose aún el dolor y buscando un rostro amigo que se acercara para ayudarla. Pero no. A quién vio acercándose era ni más ni menos que Severus Snape. "Traidor cobarde."

― ¿Sabe qué es lo que más motiva a un mortífago, Granger? ― dijo tomándola de un brazo y levantándola bruscamente. A penas se aguantaba de pie. ― Que sus victimas les pidan clemencia.

La chica intento que la soltara, consiguiendo solo perder el equilibrio y que él la agarrara más fuerte para no caer.

― Quíteme las manos de encima...

― ¡¿Hermione?!. ¡¿Hermione?! ― oyó las voces de Remus y Tonks buscándola. Seguramente la habían oído gritar. Se volteó bruscamente para verles, pero con ese movimiento notó que perdía el conocimiento y caía nuevamente al suelo. Pero no temía: la habrían encontrado.


Se sentía a gusto. Muy a gusto, tremendamente cómoda. No recordaba haber dormido así de bien desde hacía mucho tiempo. Dio unas cuantas vueltas en la cama, permitiéndose el lujo de descansar un poco más.

Abrió sus ojos y se incorporó. Al hacerlo, notó que hasta el más insignificante músculo de su cuerpo estaba resentido. "¡El bosque!." Ahora lo recordaba. El camping, la marca, la pelea... La imagen de un mortífago regresó a su mente. Se sentía frustrada aún ahora, por no haberse podido defender. Y Snape. Oh, si lo volvía a ver... no dudaría en lanzarle el más cruel hechizo nada más verlo.

Tembló de frío. ¿Es que no había calefacción allí? Miró a su alrededor, y agarró su jersey de una butaca y se lo puso. Mucho mejor.

Se fijó en la butaca, y luego en la habitación. No las reconocía. No podía creerlo: la orden había cambiado de cuarteles, otra vez. Entendía que debían ser cuidadosos, eran el principal objetivo de Voldemort y no podían permitirse asentarse en un refugio para que los encontrara, pero eso ya era de dementes. En dos semanas, habían pasado por tres cuarteles distintos.

Se levantó ignorando las súplicas contrarias de sus músculos y abrió la puerta. El olor y los extraños ruidos provinentes de la cocina indicaban que era la hora de alguna comida. Y ella estaba hambrienta. Bajó en busca de Tonks y Remus, quienes le podrían explicar lo ocurrido después de que se desvaneciera.

Al llegar al final de la escalera recayó en que ninguno de los cuadros se movía. Una casa muggle, por supuesto.

Le sorprendió la falta de vida de la vivienda. Los cuarteles solían ser un lugar concurrido: aunque los miembros no permanecieran en ellos ratos largos no paraban de entrar y salir.

Empujó la puerta de la cocina. Para su asombro, no había nadie en ella. La escaneó con la vista, y encima de una mesa vio que había fruta y bollería. Tomó una ensaimada y empezó a comer: su estómago se lo agradecía.

― Veo que ha despertado hambrienta ― dijo una voz desinteresadamente.

Hermione dejó caer la comida al suelo al girarse y ver de quién se trataba.

― Snape...

El hombre no hizo caso de su cara y entro en la cocina, pasando por su lado. Ella buscó su varita, y recordó haberla visto en manos del mortífago de la otra noche.

― Si busca su varita, la tengo yo.

Hermione agarró un cuchillo que vio cerca de ella. Eso provocó una risa en el ex-profesor de pociones. Una risa fría y vacía.

― Una reacción digna de un muggle ― dijo. Ella cayó en la cuenta de que el hombre tenía razón. Por muchos cuchillos que tuviera, no iba a hacer nada sin una varita.

― Quiero mi varita.

― Aún no.

― ¿Por qué?

― Porque con ella, me atacaría.

― ¿Y no es a caso lo que va a hacer usted?

Él la miró en silencio, sin decir ni expresar nada.

El pánico la invadió. Se suponía que debía ser valiente, pero tampoco quería pecar de estúpida. Sabía qué la esperaba si se quedaba allí, y no estaba dispuesta a aceptarlo. Salio apresuradamente de la cocina. Tenía que salir. Obviamente, la orden no se encontraba ahí.

Intentó sin éxito aparecerse en otra parte. Cerró los ojos: tenía que concentrarse mejor. Nada. Así cómo en Hogwarts, tampoco se podía aparecer allí. Atravesó el recibidor y tomó el pomo de la puerta, que por muchos intentos que hiciera no se abrió. "Maldita varita..."

― No va a marchar aún. Pero tampoco la voy a atacar, tiene mi palabra.

― ¿Oh, en serio? Eso me provoca una gran seguridad ― contestó irónica.

― Sus dos días de reposo no han hecho que se tranquilizara, por lo que veo.

― ¡¿Dos días?! ― No lo podía creer. Llevaba dos días en esa casa, y estaba viva. Eso le llegó a pensar lo peor: fuere lo que fuere que planeaba Snape, lo tenía muy meditado. Y no tenía prisa. ― ¿Qué es lo que quiere? ― se aventuró a preguntar.

― Que se siente, coma y me escuche.

― Claro. Y yo la luna envuelta en seda.

― Des de mi punto de vista, parece como si tampoco tuviera muchas alternativas ― dijo en un tono frío al que después de seis años Hermione se había acabado volviendo inmune. Pero vio que tenía razón. Estaba atrapada en su casa, sin varita y sin modo de salir. No estaba en posibilidades de hacer nada. Snape se volteó y se dirigió al salón. Hermione sabía que nada bueno la esperaba, pero como Gryffindor que era no se iba a acobardar. Lo siguió hacia la sala y se sentó en una butaca siguiendo el ejemplo del ex-profesor.

― Y bien, ― dijo al ver que él no decía nada, ― ¿de qué me quiere hablar? ― Se esforzó por poner una cara de gran desinterés. Eso sorprendió al hombre, pero no se vio reflejado para nada en su expresión. ¿Granger no escuchando detalladamente?

― De los horcruxes.

Esas tres palabras la cogieron por sorpresa clavándose en su cerebro. En la orden sólo Harry, Ron y ella sabían de su existencia. Y desde luego, Voldemort no se lo contaría a sus seguidores.

― ¿De qué?


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