Nota de la autora: En este capitulo han sido copiados algunos diálogos del capítulo La torre alcanzada por el rayo de HP6. Son de J. K. Rowling, no míos.
Acerca de los reviews que habéis mandado: Bueno, siento deciros que no podré contestaros más en forma de review ni publicando las respuestas con el capítulo, porque al parecer no se puede. º¬º
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Ahora sí, a lo que habéis venido:
Capítulo cuatro: Tiempos desesperados requieren medidas desesperadas
― ¿No me cree porque maté a Dumbledore, verdad? ― Hermione le miró, y no le hizo falta asentir para confirmar su duda.
Snape apuntó su varita hacia el armario del pensadero para descubrirlo nuevamente. Sin mirar a Hermione, caminó hacia él y volvió a elegir un recuerdo. Se volteó para verla.
― Entre.
Esta vez, a Hermione no le hizo falta que se lo dijeran dos veces.
Se encontraba ahora en el familiar despacho del director. Snape estaba recostado en una de las ventanas. Su mirada, perdida en el horizonte. Ojeó el resto de la habitación, y el corazón le dio un vuelco cuando vio a un sonriente Albus Dumbledore escribiendo una nota en un pergamino. Sabía que era una tontería, pero en los últimos meses se había notado demasiado su ausencia. Y verlo allí, en ese recuerdo, tan vivo como había estado, la sobresaltó.
La había frustrado no ser capaz de recordar la cara del mago. Cuando se sentía perdida, y sin saber qué hacer para ayudar a sus amigos, no podía hacer otra cosa más que desear que él estuviera allí. Con una de sus características sonrisas y comentarios les hubiera dado las energías y pistas necesarias para seguir. Ahora, sin embargo, no le tenían. A veces la chica cerraba los ojos e intentaba imaginarse al director sonriéndole, esa sonrisa que era capaz de hacerle creer que todo estaba bien. Pero cuanto más lo intentaba, más difuso se volvía su rostro.
Ahora, de nuevo, lo tenía en frente. Aunque sólo se tratara de un recuerdo. Aunque en unos minutos tuviera que salir del pensadero y volver a la realidad.
Se acercó a él, intentando estudiar los rasgos de su rostro para no volver a olvidarlo. De pronto, él levantó la cabeza habiendo finalizado la nota y miró a través de ella.
― Severus, perdona que te haya hecho esperar. ― La chica dirigió la mirada hacia el mismo sitio y vio al Snape del recuerdo que, aún apoyado en la ventana, le devolvía la mirada al mago. A su lado, se encontraba el Snape con el que Hermione llevaba rato tratando, mirándola. No se había percatado de que hubiera entrado en el pensadero también. ― La burocracia para el inicio del curso es larga y tediosa... Después de tantos años, estoy seguro de que podrían haber encontrado un método más ágil. Oh, perdona la descortesía; toma asiento, por favor.
― Estoy bien, gracias.
― Como gustes ― sonrió afectuosamente. ― ¿Dime, a qué se debe tu visita? Creía que estarías en casa de tu padre con Peter Pettigrew hasta que empezara el curso.
― Así es. Mi visita es sólo eso, una visita.
Por un momento a Hermione le pareció que el profesor estaba nervioso. Descartó ese pensamiento casi al instante. ¿Snape nervioso?
Sin embargo, al parecer el mismo pensamiento cruzó la mente del director.
― ¿Ha ocurrido algo, Severus?.
― Se trata del plan que te comenté, Albus ― dijo él sin encontrar su mirada. ― El que le ha sido encomendado Draco Malfoy. ― Snape fijó sus ojos en los de él y el viejo mago asintió. ― Narcisa acudió a mí en busca de ayuda. Sabe que es casi imposible que la misión salga bien, y que le fue encomendada precisamente a Draco como castigo por el fracaso de Lucius en el Departamento de Misterios. Bellatrix Lestrange la acompañaba.
Tras decir esa ultima frase, Snape se separó de la ventana con pesar, y con los brazos cruzados caminó hacia el otro lado de la sala, pensativo. Dumbledore lo miraba, curioso pero no sorprendido. Finalmente el profesor se detuvo, dio un profundo suspiró y habló, aún sin mirarle.
― Me ha pedido que haga el Juramento Inquebrantable.
Si eso consiguió que Dumbledore se sorprendiera, no lo mostró.
― Jurando que harás todo lo que esté en tu mano para que no fracase ― afirmó, aunque más bien era una pregunta. Snape asintió.
― Albus,...
― No, Severus. No tienes por qué explicarte ― lo cortó entendiendo su preocupación. ― Yo mismo te he pedido que hagas cualquier cosa para asegurarte destruir ese horcrux. Eso es lo más importante, y nada más. Harry no debe saber de él, pero cuando vaya a enfrentarse a Voldemort ese horcrux ya no debe existir. A mi mismo me sorprende haber salido ileso de tantos años de guerra, primero contra Grindelwald y ahora Voldemort. Sería un iluso si esperara que la suerte me acompañara hasta el final. ― Snape lo miró como no queriendo creer lo que sabía que iba a oír. ― Este año voy a contarle a Harry qué horcruxes creó Voldemort antes de caer. Con eso, será mi intención que sea capaz de destruirlos sin mi ayuda. Sólo en caso de que yo no pudiera acompañarle ― añadió al ver que el profesor iba a hablar. ― No puedo pensar en nadie más adecuado que tu para ocuparse del séptimo, y por mucho que la gente hable, se que puedo confiar en ti. ¿Puedo tener tu palabra de que harás cualquier cosa para destruir ese horcrux?
Snape no contestó. Su mirada se había perdido de nuevo tras el cristal de la ventana, en algún punto del bosque prohibido.
Suspiró otra vez.
― ¿Severus? ― lo sacó Dumbledore de sus pensamientos, fueran los que fueran. ― ¿Puedo tener tu palabra?
― Me temo que sí, Albus, me temo que sí...
Dumbledore sonrió tristemente y se recostó sobre el respaldo de si silla.
― El recuerdo que le mostraré ahora ― intervino el Snape actual ― es de la misma noche que el castillo fue asaltado.
Sacó su varita, y con un golpe al aire el entorno se volvió difuso para volverse a aclarar mostrando la misma habitación con los objetos movidos de sitio y la luz de una puesta de sol.
Un Snape con túnica de profesor se encontraba en el despacho. Estaba sentado, pero aún así se podía apreciar cierta impaciencia.
Se oyó un ruido provinente del otro lado de la puerta; las escaleras del despacho estaban subiendo.
Se levantó de la silla y esperó a que la puerta fuera abierta. Allí, Albus Dumbledore, que vestía una túnica de viaje se hizo presente y miró sorprendido al profesor.
― ¿Ocurre algo, Severus?
― Creo que Draco Malfoy está muy cerca de lograr su objetivo, Albus ― dijo ligeramente preocupado.
― ¿Te ha contado algo? ― preguntó abriendo los ojos. Terminó de entrar en la sala, cerrando la puerta tras de si.
― No, sigue sin querer contarme nada. No se trata de una certeza, sino de una impresión. Pero conozco bastante a los Malfoy como para saber cuando están cerca de logar algún sucio objetivo. ¿Para quién es esa nota? ― preguntó al ver que el viejo mago se había puesto a escribir.
― Para el señor Potter. Tengo un asunto del que ocuparme con él.
― ¿No habrás...?
― Eso, Severus, es entre él y yo.
― Por supuesto ― dijo el profesor sentándose de nuevo en la silla.
Dumbledore terminó la nota, y con un golpe de varita la hizo desaparecer. Tras eso, decidió seguir el ejemplo de su acompañante y sentarse él también.
Estuvieron un buen rato en silencio, hasta que finalmente dirigió la mirada al entonces aún profesor. Este también le estaba mirando, aunque por lo que parecía toda su atención se centraba en sus pensamientos.
― ¿Qué es lo que te preocupa, Severus?
Él lo miró, inquieto.
― Haber dado mi palabra de algo que no seré capaz de cumplir.
― Por supuesto que lo serás. Además, el Juramento Inquebrantable no te deja muchas alternativas ― sonrió.
Snape lo miró con cara de pocos amigos.
― No se trata sólo de eso, Albus. Ese horcrux... no consigo entender qué ha podido hacer el Señor Tenebroso para esconderlo así de bien, aún con magia negra. Llevo meses indagando en el tema y casi se puede decir que no he encontrado nada. Nada. Y eso con tu ayuda. ¿Dime, qué se supone que debo hacer yo sólo?
― Severus, ya se que no se trata de nada fácil, pero serás capaz de dar con ello. Muchas veces me sorprendo a mi mismo dándome cuenta de que lo que me impide avanzar en una recerca es algo muy básico que he pasado por alto ― dijo sonriente. ― Una vez, por ejemplo, no sabía si...
― ¡Albus!
― Severus.
― Sencillamente, no comparto tu confianza en mí para ser capaz de ocuparme del asunto.
Justo al terminar la frase, un ruido los sobresaltó a los dos. La escalera del despacho subía nuevamente. Snape miró interrogativo al director, esperando que dijera algo.
― Debe ser Harry. Severus, deberías irte antes de que...
― Por supuesto.
― Terminaremos esta conversación en otro momento.
Snape asintió, se levanto y se dirigió a la chimenea. Agarró unos cuantos polvos flu y los lanzó mientras decía "mazmorras".
Acto seguido, Hermione sintió como era empujada hacia fuera del pensadero para aterrizar, nuevamente, en el suelo.
Snape, que había salido con mucha más elegancia, dio un golpe de varita y la vasija se volvió a guardar dentro del armario.
Se giró hacia la chica y extendió un brazo hacia ella. Hermione se sorprendió de que la ayudara a levantarse, pero tras examinar desconfiadamente la mano vio que lo que hacía era ofrecerle su varita de vuelta. Lo miró a los ojos, en busca de alguna aclaración, pero él se limitó a devolverle la mirada sin decir nada. ¿Por qué le estaba devolviendo ahora la varita?
― ¿No esperará que me quede así hasta que aclare sus ideas sobre mi, verdad? Conociéndola, eso podría significar horas, y no quiero que el lumbago se añada a mi lista de problemas por resolver.
Hermione tomó la varita y se levantó. La mantuvo en su mano, pero no se atrevía apuntarle.
No estaba segura de querer hacerlo.
Él, simplemente, se quedó delante de ella, mirándola, varita en la mano pero sin apuntarla tampoco.
Su mirada, penetrante, conseguía intimidarla.
Aunque Harry le hubiera contado fielmente lo que ocurrió aquella noche, existían un millar de detalles omitidos que estaba segura que, de conocerlos, le aclararían muchas cosas.
Por lo que Harry le había dicho, Snape no mató a Dumbledore nada más llegar, pero tampoco se hizo derogar demasiado. ¿Había dudado?. ¿O sencillamente había gozado de poder ver al mago más viejo e indefenso que nunca, totalmente a su mereced?
Esta vez no esperó a que Snape tomara la iniciativa y se dirigió a la butaca de antes sin ni siquiera interesarse por qué hacía él.
De haberlo hecho, hubiera notado una mueca de satisfacción en su rostro.
Pero la chica tenía demasiadas cosas en la cabeza. Toda la información que había llegado ahora era una nebulosa que necesitaba ser aclarada antes de poder sacar ninguna conclusión.
Dumbledore había estado al corriente de todo. Los recuerdos no se podían inventar o retocar, y si se llegaba a hacer quedaban marcas que lo delataban. De eso sí estaba segura.
Oyó que Snape subía las escaleras y se escondía en alguna habitación de la planta superior.
Suspiró y se relajó. Quería encontrar el significado a todo lo que estaba ocurriendo y estaba descubriendo. Tenía que hacerlo.
Por lo que entendía, Narcisa Malfoy le había pedido que hiciera un Juramento Inquebrantable, prometiendo que haría todo lo que estuviera en su mano (y varita) para que Draco Malfoy pudiera llevar a cabo su misión.
Y esa misión sólo podía ser una: encontrar un camino de entrada a Hogwarts para los mortífagos y matar al director.
Y Snape no había querido hacerlo. ¿O sí? Cuando se lo había contado a Dumbledore, había parecido preocupado y disgustado por la situación. Pero por otro lado, era un gran actor. Había conseguido engañar a Voldemort. ¿O era a Dumbledore? En cualquier caso, a uno de los dos expertos en legeremancia.
Antes de haber visto el último recuerdo, Hermione se inclinaba más por la idea de que Snape era fiel a Voldemort. Más si ero era cierto, no tenía sentido que hubiera acudido a ver al director alertándole de cómo de cerca se encontraba el joven Malfoy de lograr su objetivo. ¿Si estuviera del lado de Voldemort, le hubiera ofrecido a Dumbledore una oportunidad de estar preparado y salvarse de terminar como lo hizo?. ¿Y por qué este no había hecho nada si sabía lo que se le venía encima? "Sí hizo algo" se manifestó una voz en el fondo de su cabeza. "Estuvo preparando el terreno para que tuviéramos una oportunidad de vencer, aún sin él."
Pero lo que la abstenía de atacar a Snape no era ninguna de esas dudas.
Snape sabía de un séptimo horcrux. Y Dumbledore también. Y este había querido que, de entre todos los magos posibles, fuera Snape quién se ocupara de él.
Y eso no se podía tratar de ninguno de los juegos sucios de Voldemort, como el que los atrajo aquella vez al Departamento de Misterios. Voldemort, bajo ninguna circunstancia, le hubiera contado a ninguno de sus mortífagos lo de los horcrux. "El trabaja sólo y para si mismo. No tiene aliados, sino siervos" se manifestó de nuevo la voz. "Y no querría arriesgarse a que ninguno de ellos se volviera la mitad de poderoso (e invencible) que él."
Así que ese horcrux existía, y no había duda que Dumbledore había querido que Snape se ocupara de él por una buena razón.
Y esa tarea era demasiado para una sola alma, aunque fuera una solitaria. Al menos, Harry les tenía a ella y a Ron, y a la Orden para apoyarle aunque no supieran nada. Pero Snape no. No, efectivamente no podía hacerlo sólo. Y tampoco podía correr el riesgo de contárselo a alguien que no supiera nada de los horcruxes.
Empezaba a entender el dilema del ex-profesor. Aunque lo hubiera querido, no se lo hubiera podido contar a otra persona de la orden.
"Los traidores existen, y los hay de tan inesperados como Pettigrew."
Pero con ella, en cambio, no corría ningún riesgo. Ella era todo lo que Voldemort detestaba, y nunca, bajo ninguna circunstancia ni amenaza, se uniría a él o haría algún tipo de trato que pudiera beneficiarle.
No había ninguna duda de que había que destruir ese horcrux, pero aún así, no se atrevía a confiar en él.
Snape bajó del piso de arriba y se sentó en otro lado de la habitación. Ella lo repasó, buscando alguna cosa que le dijera que mentía.
Mas no la encontró.
Pero tenía que saberlo... necesitaba detalles. Se levantó y se encaminó hacia él.
― Enséñeme la memoria de la torre ― dijo. No se trataba de una pregunta.
Snape, que prefirió seguir sentado, dio un golpe de verita y volvió a sacar, por tercera y última vez, el pensadero.
― ¿No va a entrar usted también? ― se extrañó al ver que no se levantaba.
― Eso tuve suficiente con verlo una vez ― contestó sin encontrar sus ojos.
Hermione se encogió de hombros y entró en el pensadero.
Cuando la imagen se aclaró, se encontró en la torre dónde la marca tenebrosa había sido conjurada. Snape se encontraba en la puerta, agarrando firmemente la varita con su mano. Miraba la escena.
Allí estaban Draco Malfoy, Fenrir Greyback, los dos mortífagos llamados Amycus y Alecto y Albus Dumbledore. "Y Harry" pensó Hermione. "Bajo la capa, en algún lugar."
― Tenemos un problema, Snape ― dijo Amycus. ― El chico no parece ser capaz de...
― Severus... ― intervino Dumbledore en tono de súplica. A Hermione se le encogió el corazón. Dumbledore estaba allí, indefenso... y ella sabía qué iba a ocurrir. Y no podía hacer nada.
Snape se acercó a él, empujando a Draco Malfoy y dejando a los demás mortífagos sin palabras.
Hermione también se acercó, quedando en un ángulo que le permitiera ver las caras tanto de Snape como de Dumbledore. Por un momento, la cara de Snape mostró temor... horror...
― Severus... por favor...
Snape cerró los ojos un instante, pero antes de que Hermione pudiera darse cuenta se encontraba levantando su varita hacia Dumbledore.
La chica cerró los ojos.
― ¡Avada Kedavra!
Una sombra verdosa penetró sus párpados, aún cerrados, y sollozó.
― Fuera de aquí, rápido ― oyó decir a Snape. Abrió los ojos, y los vio a todos salir apresuradamente.
Había algo que fallaba. Snape ya había matado a Dumbledore... pero aún así, el recuerdo seguía. ¿Qué más podía haber?. ¿Y qué podía perder en averiguarlo?
Siguió a los mortífagos escaleras abajo. Todo estaba lleno de polvo, pero se las apañó para distinguir las figuras de un hombre moreno y un chico rubio huyendo por una dirección distinta a la de los demás mientras uno de ellos gritaba "¡Se ha acabado, hora de marcharse!". Pasaron a través de la batalla sin ser alcanzados por ningún hechizo. Pasaron por el lado de todos los miembros de la Orden y nadie los detuvo...
Llegaron a la entrada principal, y con un movimiento de varita de Snape se abrieron de golpe. Malfoy y él salieron por ellas, seguidos por Hermione y algunos de los demás mortífagos. Se dirigían hacia las puertas que limitaban el terreno de Hogwarts, y tras las cuales podrían ya desaparecer.
Hermione se detuvo.
Sólo era eso... Snape y Malfoy huyendo. ¿No había nada más en el recuerdo? Pero un grito de Harry la hizo reaccionar.
― ¡Stupefy!
La luz roja pasó a escasos centímetros de la cabeza de Snape. "¡Corre, Draco!" gritó este para luego girarse hacia Harry. Este intentó lanzarle cruciatus, pero el profesor los detuvo hábilmente.
― ¡Maldiciones Imperdonables de ti no, Potter! ― lo oyó gritar. ― No tienes ni el temperamento ni la habilidad...
Harry lanzó otro hechizo, pero Snape siguió defendiéndose de ellos con ágiles movimientos de varita.
― ¡Lucha contra mi!. ¡Lucha contra mi, cobarde...!
― ¿Cobarde me llamas, Potter? Tu padre nunca me atacaba a no ser que fueran cuatro contra uno. Me pregunto cómo lo llamarías a él.
― Stupe...
― ¡Te bloquearé una y otra vez hasta que aprendas a callarte y a cerrar tu mente, Potter! ― miró al mortífago que venía tras ellos. ― ¡Vamos, ven! Tenemos que irnos, antes de que el Ministerio llegue y...
En ese momento, Harry lanzó otro hechizo. Sin embargo fue alcanzado por un cruciatus lanzado en silencio y empezó a retorcerse en el suelo.
― ¡No! ― gritó Snape y Harry paró de moverse. ― ¿Has olvidado cuales son nuestras ordenes? Potter es para el Señor Tenebroso, debemos dejárselo. Vamos. ¡Vamos!
Tanto el mortífago que había lanzado el hechizo como otro que los había seguido siguieron su camino hacia las puertas.
Hermione se paró a mirar la situación... Hasta ese momento, había creído que Snape les dijo a los demás mortífagos que no le hicieran daño a Harry. Ahora, sin embargo, veía que no sólo había hecho eso sino que también había detenido el cruciatus. Esos eran los detalles que buscaba... Podría haber dejado al chico sufrir y después decirles a sus compañeros que lo dejaran. No le había pasado nada a Harry por eso. Ningún daño irreparable, quería decir. Pero sin embargo... no había querido que lo dejaran bajo imperdonables.
Otra maldición gritada por parte de Harry la hizo volver a la realidad de la memoria. Snape se acercó a él, y mirándolo con desagrado dijo;
― ¡No, Potter!. ¿Te atreves a utilizar mis propios hechizos en mi contra? Los inventé yo... ¡Yo, el Príncipe de Sangre Mestiza!. ¿Y utilizarás mis invenciones contra mí como hizo tu asqueroso padre, verdad? No lo creo... ¡No!
― ¡Mátame entonces!. ¡Mátame como lo mataste a él, cobarde...!
Si eso no fuera más que una memoria, si Hermione lo estuviera viviendo de verdad, hubiera pensado que Snape lo había hecho. Lo había matado. No le faltaba ira, y su cara demostraba cuando odiaba a ese chico.
― ¡NO ME LLAMES COBARDE! ― gritó sin embargo, irado.
Buckbeak apareció volando en ese momento, intentando dañar a Snape con sus garras. Harry cayó al suelo, y Hermione se apresuró a seguir a Snape mientras se alejaba. Se iba... se iba a ir... Y sí, finalmente atravesó las puertas y desapareció.
Hermione sintió de nuevo como era empujada hacia fuera del pensadero. No pudo evitar que su acelerada respiración delatara cuanto había visto.
― ¿Debo asumir que ha seguido la memoria más allá de la torre?
Hermione no lo negó. Se acercó a él, ocupando la silla opuesta a la suya. No le quitó el ojo de encima ni un momento.
― Le escucho ― se limitó a decir.
Él, complacido, comenzó a hablar.
Le contó que el objeto que era ahora el séptimo horcrux había sido una pertenencia de Gryffindor, de la cual no se tenía ninguna confianza porque Slytherin se lo había arrebatado en una de sus disputas. Las pistas apuntaban a que se trataba de una llave que, probablemente, abriría alguna puerta en sus aposentos de Hogwarts.
Siguió hablando, y le contó que su principal problema era saber cómo iba Potter con los otros horcruxes. Necesitaba saber cuales había destruido, si es que había destruido alguno, y qué pistas tenía de los demás. Por lo que decía, jugaban a contrarreloj.
Cuando hubo terminado la siguió mirando, en silencio, esperando para ver cual era su reacción.
Hermione meditó unos minutos. Todas esas explicaciones que había recibido a lo largo de la noche habían servido un único propósito; demostrarle cómo de vital era que Snape supiera 'cómo avanzaba el trabajo por el otro lado'. Sí, necesitaba saberlo. Y Harry no podía terminar antes que él. Pero aún así...
― No pienso hacerle de espía de mis amigos ― lo retó.
Snape se llevó una mano a la palpitante sien y la frotó con fuerza.
― No se trata de espiar ― dijo cortantemente.
― No, se trata de contarle a usted, de quién no se dónde recale la lealtad, cómo andamos con mis amigos en una tarea acerca la cual ni la misma Orden tiene constancia. No se trata de espiar, pero se le parece demasiado... ¿no cree?
― Granger, la creía más viva. Estamos en guerra. No importa lo que usted crea que es correcto hacer, sino qué se debe hacer para llegar a lo que es correcto.
― La victoria a cualquier precio. ¿No, señor?
La chica mantuvo el contacto visual, sin pestañear, queriendo no mostrar ninguna señal de flaqueza.
― La casa ya no esta cerrada ― dijo finalmente levantándose. ― Puede irse cuando quiera.
Dicho esto, se alejó en paso decidido, cerrando la puerta de la cocina tras él.
Hermione se quedó aún sentada sin reaccionar unos segundos. Su sentido común le decía que debía ayudar a Snape para vencer a Voldemort, pero su moral le cuestionaba si la victoria merecía ser ganada a cualquier precio. Nunca haría nada que pudiera perjudicar a alguno de sus amigos, pero nunca se sabe qué vueltas puede dar el destino y en qué situaciones puede uno terminar. Y siempre es mejor no tentar demasiado a la suerte.
Se levantó y se dirigió a la puerta. La abrió y salió de la casa. Se dio cuenta entonces de dónde había estado; el Valle de Godric. Suspiró y se alejó unos pasos. La puesta de vol hacía que el paisaje fuera poco perceptible, pero aún así, en la lejanía se podía distinguir las runas de una casa que una vez había estado allí.
Era hora de volver a la Orden. Miró la casa que acababa de abandonar, y algo le dijo que pensara en una excusa para no decir dónde había estado realmente. Una excusa que fuera creíble para Harry y Ron.
¿Es que iba a mentir a sus amigos?
Aparó la vista de la casa, cerró los ojos y desapareció.
Una vez la chica hubo desaparecido, Snape se apartó de la ventana tras la cual había estado observándola.
Se había girado, y sabía qué significaba eso; tenía dudas. No sabía qué debía hacer.
Suspiró aliviado. Al fin y al cabo, las cosas habían salido mejor de lo que había esperado. Ni él mismo entendía por qué había terminado pidiendo ayuda a la chica Granger. Bueno sí. "Tiempos desesperados requieren medidas desesperadas," se dijo.
Se dirigió él también hacia la entrada de la casa. Apuntó la puerta con su varita, y tras murmurar un hechizo desapareció el también.
Tiempo para escribir este capítulo: ocho días.
Tiempo estimado para escribir un review: menos de dos minutos (0.00138 días).
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Y si tenéis alguna, me la contáis en un review.
