Hay ocasiones en las que las palabras sobran y lo único que puede mantenerte unido a la realidad son los pensamientos, aquellos profundos anhelos del ser que buscan llenar ese vacío que alguien o algo dejó en nosotros, el arte es una forma de solucionarlo: en cada pincelada, dibujo, nota ejecutada, ritmo producido, palabra plasmada en una hoja o escena creada con la tinta, es la manera en la que nosotros revelamos una parte de nuestro ser, incluso nuestra soledad, y con ello aprendemos a convivir día a día, convirtiéndola en nuestra fuente de creación infinita cuyo final llegará cuando nos toque abandonar este mundo terrenal, simple y aburrido.
Hasta aquí llevo el quinto capítulo de esta historia, a veces es una lata tratar de continuarla, pero la mente se harta después de un capítulo o dos, y hago la remembranza a que este capítulo lo creé cuando aun se llamaba Civilizaciones Milenarias, por eso marca un antes y un después en la trama, ya que es el punto medio entre el abandono y el retorno de esta, mi primera historia de trama compleja y enigmática, sin más que comentar... ¡A leer!
Capítulo 5: Los sonidos del silencio
Golpeaba el makiwara*, el poste se regresaba conforme combinaba los golpes, su pata sangraba con cada movimiento, eso para él no era nada, no se compararía jamás al dolor de perder a su hermano.
El maestro contemplaba la furia con la que su alumno entrenaba, miró hacia abajo pensativo, ¿qué podía hacer para que toda esa furia desapareciera de su alma?
—Jigoro, yo creo que es tiempo de que le enseñes a meditar —habló su mejor amigo; un lobo japonés al igual que él.
—Pero, Gichin, Yahuar apenas es cinturón amarillo, no tiene el camino recorrido para aprender a usar su energía de manera adecuada —Gichin le colocó la pata derecha en su hombro izquierdo.
—Debes hacerlo, con esa furia puede ser muy maleable, hay posibilidades de que caiga en malos pasos, ponle el freno ahora, después puede ser demasiado tarde.
—Está bien —se acercó a Yahuar, entonces le empezó a instruir en el lado espiritual de las artes marciales japonesas.
1
El entrenamiento era duro, agotador pero relajante, con Lynn agregada al equipo la búsqueda sería más fácil. Pero para llegar a Calakmul, tendrían que encontrar primero a Garra, estaban en la arena.
Mono entrenaba a Lynn con algunos movimientos básicos para poder defenderse, pero conforme pasaban los días iba intensificando y complicando los movimientos. El maestro Shifu decía "el que enseña aprende aún más", eso podía verse en Mono, que no le disgustaba en absoluto responder las dudas de ella.
Yahuar por su parte practicaba su katas y a veces golpeaba costales llenos de arena que el mismo iba llenando conforme pasaban los días, de vez en cuando hacia lagartijas con los codos y con un solo brazo. Nada raro a cómo practicaban ellos.
—Bien hecho estudiantes —dijo Shifu orgulloso de ellos —, Mono has progresado mucho en tu método de enseñanza —Mono hizo el saludo del sol y la luna, estaba feliz por el comentario —, y usted señorita Lynn ha tenido un buen avance en tres semanas, eso es impresionante —ella sonrió y luego volteó a ver a Mono.
—Gracias maestro Shifu, pero no lo lograría sin Mono —Mono se sonrojó levemente.
—Bueno, pueden ir a comer, se lo merecen –indicó mientras él se dirigía al Salón Sagrado de los Guerreros.
—Maestro —habló Po, él se detuvo y giró para verlo —, venga con nosotros.
—No, no creo que…
—Vamos, de vez en cuando es bueno salir de lo cotidiano —insistió Po sonriendo —, ya que usted también es parte de nuestra familia.
—Bueno, al fin al cabo, ¿qué puedo perder? —sonrió por el aprecio que sus estudiantes le tenían, era muy afortunado, más que muchos.
Bajaron al Valle, el destino era muy bien conocido, el restaurante Guerrero Dragón Fideos y Tofú, pidieron lo de siempre, era raro ver al maestro Shifu bajar, todos los saludaban de forma amigable y cálida, era reconfortante para el alma ese tipo de muestras de admiración y respeto.
2
El cielo lloró su pérdida, su nombre parecía estar a punto de honrarlo, la sangre que se derramó esa noche fue catastrófica, los sacerdotes sólo pudieron guardar silencio, el nombre de esos valientes pasaría a la historia, los dioses los inmortalizarían, los ciudadanos edificarían estatuas y crearían cantos, la batalla más grande que se haya librado, no hubo ningún ganador, sólo personas afectadas por la tragedia.
Sus padres lo abrazaron, él no pudo hacer algo más que mantenerse callado, las lágrimas se vieron suplantadas por la ira que despertó dentro de su ser, buscaría venganza de ese monstruo maquiavélico, no descansaría hasta destruirlo con sus propias patas, hasta entonces podría morir.
—¡Lo juro Manco! —gritó, las estrellas se conectaron con su pena, lo consolaron, la luna se convirtió en su aliada y el sol en su guía, el poder del universo pareció fluir por sus venas, la sangre de los caídos era absorbida, su memoria sería utilizada para ganar esa, la que sería una épica batalla.
—Puede ser el indicado para esa misión —dijo Unay, los demás sacerdotes observaron a la llama albina, luego intercalaron las miradas, podría ser, pero aún debían decidirlo en un dialogo abierto.
La tarde era testigo de su nostalgia, los atardeceres en Machu Pichu y conversar con sus camaradas a la hora de cultivar maíz, una vida sencilla, pero que le llenaba el corazón de dicha, extrañaba eso, se consideraba afortunado por tener una vida humilde y austera… pero eso quedó atrás al ser elegido cómo guerrero, ante eso sólo podía conversar con los recuerdos que estaban ocultos en lo más profundo de su ser.
Miraba a su alrededor, los grandes troncos de bambú eran imponentes, los extensos pastizales que cubrían el suelo, los ríos que brotaban desde las montañas y se desplazaban por los alrededores. La naturaleza era magnífica, no existían palabras para describir su gran esplendor, algo en él le hablaba, pero no identificaba aún que, llevaba años con eso, y aún no podía resolverlo… no eran palabras, eran sonidos melodiosos, tranquilizantes, pero que sin embargo no se escuchaban por los rincones aledaños.
—Me gusta mucho lo que haces —dijo ella abrazándolo por detrás de la espalda enredando sus brazos en su cuello, le encantaba esa clase de cariños de su parte, sonreía para después besarla.
Vagas imágenes de su amada se presentaban en esos momentos de reflexión y martirio, pero se esfumaban tan pronto aparecían. Se levantó y se dirigió al Palacio de Jade, tenía la esperanza de desahogarse con el entrenamiento.
En el escalón ochocientos cuarenta su oído capto un sonido, que conforme se acercaba agarraba más fuerza, se apresuró, entró a la arena de combate, ahí, sentado en posición de loto, el maestro Shifu tocaba su flauta, su melodía era hipnótica, suave y armoniosa.
Terminó de tocar, Yahuar aplaudió, estaba impresionado con esa faceta del maestro, un artista en toda la extensión de la palabra.
—Oh, Yahuar, creí que estabas con los demás en el Valle.
—No, yo me separé y me interné en el bosque, reflexioné muchas cosas –Shifu lo miró con un poco de extrañeza —, ¿de dónde consiguió esa flauta? —Shifu miró el instrumento y después vio a Yahuar.
—Yo la hice —Yahuar deseaba saber con qué la hizo.
—Puede decirme cómo hacerla —no sabía que material utilizar, no conocía muy bien aún los distintos tipos de árbol.
—Por mí no hay problema.
Durante el mediodía y parte de la tarde, él le explicó los distintos tipo de madera, el bambú era indicado para este instrumento. Yahuar se internó de nueva cuenta al bosque y con un golpe con el canto de su pata derecha partió un gran tronco y cortó varios pedazos y con una roca lijó toda aspereza y le dio forma.
El instrumento estaba hecho, se sentó en la posición de la mariposa, no lo pensó más y comenzó a tocar, la melodía se combinaba con el golpetear del río contra las rocas, el viento que chocaba contra las ramas agitando las hojas. Era relajante, necesitaba hacer eso desde hace mucho, recordaba de nuevo sus raíces.
El compás de la canción era increíble, la naturaleza coreaba y a la vez armonizaba la pieza musical.
—Podría tocarte las melodías que tú quisieras y todo el tiempo que quisieras —ella sonreía, pues le encantaba verlo tocar, le gustaba lo que él proyectaba en sus melodías. La inspiración surgía de trabajar todo el día mientras observaba las grandes montañas de alrededor, ver la arquitectura que sus ancestros construyeron con tanto esmero, mirar el proceso de la fabricación de las artesanías, cómo los canales de agua regaban los cultivos. Los cóndores que volaban de vez en cuando por encima de ellos, pero nada lo inspiraba más que verla sonreír, besar sus labios, tocar su cuerpo y amarla más que a su propia vida. La extrañaba, deseaba tenerla a su lado, pero al tocar podía percibirla a un lado suyo abrazándolo.
Las hojas caían alrededor de él, faltaban dos semanas para que el invierno se asentara, el otoño casi terminaba su trabajo, quedaban pocas hojas en los árboles, la mayoría de los troncos ya estaban desnudos y sus esqueletos podían apreciarse con claridad.
Esos eran los sonidos melodiosos que nadamás él podía escuchar y la razón de porque los recuerdos lo azotaban, necesitaba volver a inspirarse y su musa permanecía en sus recuerdos, por eso continuamente se le aparecía, era una señal de que no debía olvidar esa sensación, debía expresarse, sacar lo que tenía dentro de sí, su espíritu andino no lo dejaría. Poco a poco se reconciliaba con su cultura, la sangre incaica fluía por sus venas, recordaba a cada uno de sus familiares y amigos, cada sonrisa y abrazos sinceros, cada tiempo que convivió con ellos, desde el momento que aprendió a tocar la flauta hasta el momento en se fue de ahí y llegó a Japón.
—Mi nombre es Yahuar Huaca —se presentó ante aquel que tiempo después se convertiría en su maestro, Jigoro, vestía un judogi y alrededor de la cintura tenía amarrado su cinturón negro, estaba despintado, tenía manchas blancas de las hebras que se estaban decolorando.
—¿Por qué quieres aprender Judo? —le preguntó con curiosidad.
—Porque quiero aprender a defenderme y poder cumplir mi misión de destruir al monstruo que casi hizo desaparecer mi hogar y que mató a mi hermano —su voz proyectaba determinación y sus ojos ira, deseaba vengarse.
—Está bien, eres bienvenido, pero creo que después de esto quizás ya no quieras buscarlo —y durante un tiempo se cumplió, casi olvidó ese suceso y entró en completa paz y armonía, pero cuando las voces de sus sacerdotes le indicaron que en se encontraba en China, reanudó su misión. Se despidió de sus compañeros y del maestro.
Antes de irse, Jigoro le entregó el cinturón negro, era el resultado de tanto esfuerzo y dedicación a las artes marciales, le dio un abrazo y se fue de ahí.
Terminó la melodía, unos aplausos se oyeron detrás de él, volteó ligeramente, era Tigresa quién estaba asombrada por la maestría con la que ejecutaba la flauta.
—¿Cuánto tiempo has estado ahí? —preguntó asombrado.
—Lo suficiente, esa canción es muy relajante y poética —él sonrió, estaba feliz por el comentario —, ¿cómo se llama?
—Acabo de inventarla, son los sonidos ocultos en el aire, los sonidos que sólo los sordos pueden oír.
—Qué poético.
—Me alegra que te haya gustado, ¿pero qué hacías por aquí?
—Me enviaron a buscarte, Shifu dijo que viniste aquí, entonces al internarme oí el sonido de la flauta y me acerqué sigilosamente para no interrumpirte.
—Bueno, regresemos al Palacio, que hoy ha sido un día interesante y necesito descansar —caminaron de regreso al Palacio de Jade.
Su silueta era perfectamente dibujada por la luz de la luna, ronroneaba por el delicioso contacto de su lengua en sus pechos, la noche era idónea para demostrase el amor que se tenían; le fascinaba todo de ella, su actitud fuerte y auto determinante lo complementaba, el dulce aroma que su piel expedía era exquisito y embriagante, no quería apartarse de ella, eran un solo ser.
—Yahuar, —habló ella para romper el silencio que el ambiente formó —, ¿alguna vez has amado a alguien? —esa pregunta fue muy directa, no sabía cómo responderla, no por no poder, sino porque seguía aturdido.
—Sí, pero murió hace mucho tiempo, cuando estaba embarazada de mi hijo —Tigresa tragó grueso por la respuesta, algo en ella pareció romperse, pero no quiso demostrarlo —, era muy hermosa, era mi complemento.
—Lo lamento —dijo ella sincera.
—Ya no importa, fue hace mucho tiempo —su tranquilidad parecía fingida, pero decidió ignorar —. ¿Y tú has amado a alguien? —ella se detuvo, él arqueó una ceja confundido por esa reacción a la pregunta.
Sólo podía escuchar su estresante voz platicando con Grulla, gritaba y murmuraba cosas que no le interesaba saber, caminó por el pasillo haciendo rechinar las tarimas del suelo debido a su peso. No aguanto más, se levantó de la cama y abrió las puertas sorprendiéndolo.
—Maestra Tigresa, no quise despertarte yo sólo…
—No deberías estar aquí —lo dijo de una manera muy cruda y cruel.
—Lo sé, esta es tu habitación… —se hartó de cómo tomaba todo a juego.
—Me refiero a que no deberías estar aquí, en el Palacio de Jade, eres una desgracia para el kung fu, y si tienes algún respeto por quienes somos y lo que hacemos, te habrás ido en la mañana —le cerró las puertas en la cara sin esperar a que explicara sus razones.
—Soy tu fan —dijo de forma inocente.
La gran explosión cubrió todo el Valle, el polvo corría por doquier, la gran figura se presenció, un non lá estaba en su cabeza y tenía una capa amarrada en el cuello, el polvo se desvaneció revelando que era un sartén y un delantal lo que traía apuesto.
Todos gritaron celebrando su victoria sobre Tai Lung, su padre lo abrazó mientras exclamaba:
—¡Es mi hijo!, ¡ese adorable guerrero del kung fu es mi hijo!
—¡Pá! —lo abrazó, el sartén cayó y rodó por el suelo, Mantis lo detuvo, todos lo miraban impresionados, pero la felina era la más anonadada de los cuatro, dio dos pasos más al frente, él la miró sorprendido.
—Maestro —hizo el saludo del sol y la luna, después le siguieron los cuatro restantes y al último todos los ciudadanos.
—¿Maestro? —sonrió por la aceptación que consiguió gracias a su hazaña, pero su cara cambió a una de preocupación —, ¡el maestro Shifu!, ¡tengo que ir! —corrió para subir de nuevo al Palacio de Jade.
Ella sonreía por el recuerdo, Yahuar seguía un poco asustado.
—¡Tigresa! —ella despertó de su trance.
—¿Qué pasó
—Te congelaste, casi creí que te dio un infarto —ella rio por el comentario —, aún no respondes mi comentario.
—No, nunca he amado.
—¿Por qué? —su expresión cambió de forma muy rápida.
—Porque jamás le guste a la gente, ni siquiera en el orfanato —Yahuar la vio serio por la mención.
Era tan solo una pequeña cría, no tenía idea de lo que hacía, no sabía controlar su fuerza, no conocía el temor que le ocasionaba a otros, era excluida por seguridad de los demás, sus días eran largos y grises, toda la felicidad que en ella habitó alguna vez fue sepultada bajo un manto de furia y desesperación.
Pero cuando el maestro Shifu llegó la esperanza poco a poco regresó, pero fue nuevamente opacada por el recuerdo de su antiguo discípulo e hijo, así que la entrenó, pero jamás la crío cómo su hija, entonces su corazón se endureció, su actitud se volvió fría, maduró demasiado rápido, la cicatrices se marcaron, nunca volvió a jugar con otros niños, no se desarrolló del todo bien en esa etapa y a consecuencia se hizo radical.
—Tigresa, esté bien si quieres llorar, es bueno hacerlo —ella negó con la cabeza, no estaba triste, sólo decepcionada de la vida que le tocó.
—Ya no importa, esta es mi vida, he aprendido a lidiar con ella —él la abrazó, su sentido protector despertó al oír su historia, ahora solo deseaba protegerla, ella se sorprendió por eso, el único que la había abrazado hasta entonces fue Po en el muelle de Gongmen.
—Quiero que sepas que tienes un amigo en mí —ella se sonrojó, después de unos minutos cortó el abrazo.
—Gracias Yahuar, de verdad te lo agradezco, has sido alguien muy amable y atento, eso es muy bueno —él asintió un poco orgulloso —, ahora volvamos al Palacio.
Durante ese trayecto, platicaron de muchas otras cosas, banales en su mayoría. Mientras Yahuar estaba a su lado una sensación que creía muerta desde hace años lo invadió, un calor cálido recorrió su cuerpo, pero le avergonzaba en cierta medida, pero tarde o temprano escaparía y no podría controlarlo.
3
Los sacerdotes estaban reunidos vigilando todo por medio de la mente, estaban interconectados en la misma escena, sonrieron por el progreso de Yahuar, faltaba poco para completar su entrenamiento.
—Bien —habló Unay el sacerdote mayor—, aún está a tiempo de superarse, falta poco para que la gran batalla inicie, y las consecuencias serán devastadoras si él no logra completar su entrenamiento.
—¿Y cómo logrará completar su entrenamiento en la magia? —preguntó el sacerdote preocupado por ese factor.
—Cuando esté listo nosotros le brindaremos parte de nuestro poder, entonces le advertiremos que aprenda a controlarlo, pero todo a su tiempo —dijo Unay.
Los demás sacerdotes escuchaban las opciones y analizaban los pros y los contras de esas decisiones, todos se levantaron finalizando el recuento del día.
—Caballeros, no debemos descuidarnos, puesto que si el vínculo se rompe la misión habrá fracasado y todo el esfuerzo habrá sido en vano —mencionó Unay, todos asintieron, pero aún seguían preocupados del resultado que podría traer consigo el manejo de la magia por parte de Yahuar.
*Es un poste semi rígido para golpear desarrollado en la isla de Okinawa, Japón, utilizado en el arte marcial del karate tradicional para aprender a golpear. El objetivo del makiwara es comprobar la alineación corporal y la proyección de la fuerza en el momento del impacto, favoreciendo de paso la fuerza muscular y el habituar al cuerpo a los momentos de impacto, especialmente las zonas donde se produce el impacto directo y las articulaciones circundantes (muñecas, tobillos, etc).
Espero que les haya gustado, ahora no tengo invitación puesto que en otros capítulos lo he hecho, y contando que son la 1:43 A.M y debo madrugar, pues mi mente no soportará más palabrerías, así que de forma premeritada, me despido, nos vemos el siguiente capítulo. Su amigo y escritor:
CARPINTERO IMPERIAL
