CAPÍTULO 1: ENCUENTROS PELIGROSOS

El motor tuneado de un automóvil clásico se escucha en medio de la noche transitando por la New York State Thruway, con rumbo a la gran ciudad. El color negro de su carrocería brilla en medio de la oscuridad, ayudado por la luz residual de sus faroles delanteros. Sus llantas se reflejan en el pavimento mojado hasta el más mínimo detalle. Para cualquier persona, se trataría de un coche clásico con coloretes. Para los conocedores, expertos y adictos, se trata de un Chevrolet Impala del '67 con todos sus componentes originales intactos.

Adentro van sus ocupantes de toda la vida, los veteranos cazadores Sam y Dean Winchester. Dean mantiene sus ojos en la carretera sin decir una palabra, limitándose a agarrar el volante con una sola mano. Sam, sentado en el asiento delantero, mantiene igualmente la vista hacia el frente, lanzando miradas fugaces hacia su hermano en ocasiones. El silencio fantasmal está ligeramente mitigado por el sonido del motor y la música proveniente de la vieja reproductora original del Impala, la cual reproduce fuertemente el éxito de Bon Jovi, Livin' on a Prayer.

— ¿Sigues enojado, Dean? — Pregunta Sam.

— Aún estoy procesando todo lo que ha ocurrido, Sam, — Dean mantiene su vista en la carretera. — Todavía no comprendo tu elección de trabajar con "ellos".

Sam y Dean Winchester fueron entrenados por su padre desde edades muy tempranas en el arte de la caza de criaturas sobrenaturales. Gran parte de lo que son hoy en día se lo deben a John Winchester quién, motivado por una inmensa sed de venganza, se introdujo en este mundo, arrastrando a sus dos hijos pequeños con él. Mediante un férreo entrenamiento combinando antiguos conocimientos de cacería y disciplina militar, John hizo que ambos se transformaran en excelentes cazadores de monstruos. Con el tiempo y la experiencia dada por su participación en eventos de gran magnitud, los hermanos Winchesters se han ganado una reputación legendaria. Han sido prácticamente los tipos que han salvado el mundo incontables veces.

— Quiero decir, es verdad que tienen buenísimos juguetes, — continúa Dean la conversación. — Tienen muchas cosas que nosotros ni pensamos nunca en tener. Pero tú bien sabes…

— Lo sé, — interrumpe Sam. — Yo tampoco confío en ellos. Pero hay que admitir que no sólo son los juguetes. Tienen conocimientos, experiencia, y poseen una muy buena red de inteligencia. Ni nosotros, con el kilometraje que tenemos en el asunto de la cacería de monstruos, habíamos visto la mitad de esas cosas. Realmente se puede hacer algo.

— Ya te dije mis condiciones. No quiero seguir hablando del tema. Mejor dime qué tenemos.

Sam agarra y abre su portátil del asiento trasero del Impala. Directamente aparece una página web con una noticia acerca de un asesinato ocurrido en la ciudad de Nueva York.

— Cassidy Blossom, 22 años. Su cuerpo sin vida fue encontrado en un parque en Queens por una corredora en horarios de la mañana. Aparentemente, su corazón fue "arrancado" de su cavidad torácica durante la madrugada, basándonos en el horario estimado de muerte.

— ¿Licántropo?

— Podría ser…

Dean hunde su pie en el acelerador del Impala con un poco más de fuerza, haciendo que el rugido del motor se acreciente.

— Hay una cosa, —Sam cierra su portátil. — Nueva York siempre ha sido evitada por los cazadores. Si te has fijado, casi nunca hemos tenido casos allí. Y hemos tenido casos...

— Long Island, — Dean sonríe. — Cuántas memorias...

— ¿No fue esa la vez que papá te sacó de un bar CBGB, todo borracho?

— ¿Qué ha cambiado? — Dean se sonroja y aclara su garganta.

Sam gira brevemente su cabeza hacia su ventanilla. Sus ojos miran al vacío del cielo. Su rostro muestra vergüenza.

— Los ingleses, — suspira.

— ¿Ellos te dieron este caso? — Se incomoda Dean.

— Sí, fueron ellos…

— Claro, la "aplicación".

Sam muestra su característica cara de contrariedad, disponiéndose a responderle a su hermano. Sin embargo, el sonido de su celular lo detiene. Reconoce con desdén al contacto llamante. Mick Davies.

— ¿No vas a responder? — Dean se da cuenta de quién llama. — Ponlo en altavoz.

Sam baja el volumen de la reproductora frente a la mirada contrariada de su hermano. Luego responde el celular, activa el altavoz y lo coloca encima de la guantera del Impala.

— Dime, Mick, — Suspira.

— ¿No habéis llegado aún a Nueva York?

— Si, verás, — se entromete Dean en la conversación. — Algunos de nosotros no usamos jets privados, ni abusamos de los portales. Nos gusta llegar a los lugares de la manera clásica.

— Qué bueno escucharte a ti también, Dean, — suspira Mick. — Los llamo para advertirles que, por razones desconocidas, nuestros Hombres de Letras han pedido alta discreción en Nueva York mientras realicemos nuestras operaciones, así que intentad no causar estragos allí.

— ¿Qué les asusta tanto? — Interrumpe Sam al británico.

— La respuesta que me dieron fue la palabra "confidencial", — responde Mick. — Intuyo que sea porque, al igual que vosotros cazadores americanos, no dispongamos de muchos datos sobre la vida sobrenatural en la gran ciudad.

Por primera vez en muchísimo tiempo, los rostros de Sam y Dean Winchester muestran dudas. Un silencio sepulcral vuelve a apoderarse del Impala.

— Necesitamos que investiguéis sobre la muerte de esa chica. Sería el principio de…

— Lo entendemos, Mick, — vuelve Sam a cortarlo. — Sólo dinos dónde buscar.

— Llamadme cuando lleguéis a Nueva York. Os daré entonces todas las coordenadas.

— Bien, —Sam cuelga el teléfono.

Dean mira a su hermano con cara de burla. Sam le devuelve la mirada.

— ¿Qué?

— ¿"Lo entendemos"?¿"Sólo dinos dónde buscar"? ¿De dónde ha salido eso?

— ¿Qué tiene?

— Nada, hombre, nada, — sonríe Dean.

— Dean, ganar amigos no es una mala idea, ni tampoco lo es tener un buen trato. Se merecen al menos eso de nuestra parte si vamos a trabajar juntos.

— Lo que tú digas…

Dean mira la carretera, sube nuevamente el volumen de la reproductora y hunde aún más su pie en el acelerador.


Morgue central del Departamento de Policía de Nueva York, día siguiente, 9:30 A.M.

Los Winchesters entran por la doble puerta de cristal de la morgue vistiendo sus respectivos atuendos utilizados para fingir ser agentes del FBI. Ambos llevan puestos los mismos abrigos largos y negros, cubriendo conjuntos de chaquetas y pantalones de igual color y exponiendo parcialmente sus camisas con corbatas de tintes oscuros. El brillo de sus zapatos es intenso.

Antes de llegar al mostrador de recibimiento, ambos se miran brevemente en el grandioso espejo en la entrada. Mientras arregla el cuello de su abrigo, Dean admira su rostro, viendo como sus penetrantes ojos verdes y su pelo oscilante entre rubio y castaño hacen perfecto juego con su cara perfectamente afeitada. Mira al gigante de su hermano parado a su lado, burlándose de su pelo greñudo de días de desatención. Observa como el traje le sienta como un guante pese a su complexión musculosa y su gran estatura.

— ¿Les ayudo en algo, caballeros? — Pregunta la oficial sentada detrás del buró de recepción.

Sam y Dean se dan cuenta de la juventud y belleza de la chica pese a vestir el uniforme reglamentario de la institución. Su piel mestiza hace perfecto juego con su pelo negro, liso y brilloso. El olor de su perfume mitiga la atmósfera nociva y mortificante propia del lugar.

— Agentes Kripke y Summers, — responde Dean, enseñando su falsa placa del FBI junto con su hermano. — Estamos aquí para lo del caso de Cassidy Blossom.

— La muchacha que le arrancaron el corazón, — suspira la oficial. — Casualmente, el detective encargado de investigar el caso se encuentra trabajando en ello. Pueden unirse a él.

— ¿Dónde podemos encontrarlo? — Pregunta Sam.

— Bloque D, pabellón 25-C. Agarren el pasillo a mi derecha, bajen las primeras escaleras que vean y caminen todo recto. No tiene pérdida.

— Gracias.

Los Winchesters siguen las direcciones dadas por la oficial. El grado de oscuridad que los rodea aumenta con cada paso que dan, al mismo tiempo que la temperatura va disminuyendo. El olor característico de formol invade la parte superior de sus vías respiratorias. Ya estoy acostumbrado, piensa Dean antes de atravesar la puerta de entrada al pabellón 25-C.

— Agentes, — los saluda una voz desde dentro.

Se les acerca un hombre de etnia afroamericana, aparentemente en sus cuarenta, con su placa de detective del Departamento de Policía de Nueva York colgada a su cinturón. Su estatura apenas compite con la de Dean y su musculatura se nota inclusive por debajo de la camisa azul que lleva puesta, cubierta por una chaqueta marrón de cuero. Lleva un pantalón de igual material y color, cubriendo unas botas negras de suela ancha. Su cara está cubierta por una barba dibujada pero con cabellos de días sin recortarse.

— Agentes Kripke y Summers, — Sam estrecha la mano del detective.

— Detective Luke Garroway, Departamento de Policía de Nueva York. — Se presenta de vuelta.

— Estamos aquí por lo del caso de Cassidy Blossom, — explica Sam. — Nos informaron que usted es el detective asignado.

— No sabía que el FBI se interesase por un simple asesinato, — replica Garroway.

— Estamos siguiendo la pista de este tipo desde hace algún tiempo, — interrumpe tajantemente Dean. — Ha cometido múltiples asesinatos en varias ciudades usando este mismo modus operandi. Pensamos que podría tratarse de un asesino serial.

— Ya, — suspira escépticamente Garroway.

El detective mira a los Winchesters de arriba a abajo, luego los mira fijamente. El silencio reinante apenas se equipara por la pesantez del aire. Ambos hermanos carraspean al mismo tiempo. Mierda, piensa Dean.

— ¿Entonces, qué tenemos, detective? — Sam se frota las manos.

— Seguidme...

Garroway los guía reluctantemente hacia una de las cámaras del pabellón, en donde yace el cuerpo pálido y sin vida de la muchacha tumbado encima de la mesa de autopsias. Retira gentilmente la sábana que cubre sus partes íntimas, mostrando un enorme hoyo en el área precordial. Comienza entonces a darles el parte.

— Cassidy Blossom, 22 años, caucásica. Fue encontrada ayer en la mañana por una corredora, quien enseguida llamó al 911. Según ella, se la encontró tirada en el suelo, acostada sobre un charco de su propia sangre. Por la temperatura del cadáver, se ha podido ubicar su muerte en horarios de la madrugada.

— ¿Y esa herida tan grande en el pecho? —Sam mantiene su vista fija en el enorme hoyo.

— Eso es lo raro del caso, — responde Garroway. — Es la primera vez que veo este tipo de heridas, y no conozco ningún arma o animal que pueda hacerle esto a un ser humano. A lo mejor podrían ustedes compartir sus teorías con…

Suena de repente el celular del detective, el cuál es respondido con inmediatez.

— Perdonadme…

Mientras Garroway atiende su llamada, Dean aprovecha para buscar heridas producidas por dientes o uñas, constatando la total inexistencia de las mismas. Decide entonces buscar signos de vampirismo, licantropía u otros rasgos de deshumanización. Sam, por su lado, vigila al detective, oyendo parte de su conversación en el proceso. Llega a escuchar las palabras "enseguida estoy allí" antes de colgar.

— Agentes, algo ha surgido que debo atender de inmediato, — suspira Garroway. — El médico forense vuelve en unos minutos, por si tenéis dudas. El reporte está junto al cuerpo, en la bandeja accesoria de la camilla. Hagan lo que necesiten hacer. Si encuentran algo, por favor háganmelo saber.

Garroway les entrega una tarjeta con su nombre, sus números de teléfono y la dirección de su comisaría. Sam le entrega una de las suyas.

— Lo mismo decimos, detective. Aquí tiene nuestro número, en caso de que tenga algo.

Sin más despedidas, Garroway camina hacia la puerta de salida del pabellón. Sam y Dean comienzan entonces a realizar sus propios procederes.

— Menos mal que se fue, — resopla Dean.

— Vamos a centrarnos en esto antes de que llegue alguien más, — Sam agarra el reporte forense.

Ya agotando todas las posibilidades, Dean pasa su detector de frecuencias electromagnéticas por el cuerpo sin vida de Cassidy, sin mostrarse señal alguna. Constata la ausencia de olor o restos de azufre.

— No hay signos de vampirismo o licantropía, — dice Dean. — Tampoco hay señales electromagnéticas rodeando el cuerpo ni rastros de azufre. Además de este agujero, no veo nada más.

Sam cierra el reporte forense y pone sus ojos sobre el inmenso agujero en el área precordial de Cassidy.

— He visto víctimas de licántropos, y hay algo que no me cuadra.

— ¿Qué quieres decir? — Pregunta Dean, intrigado.

— Estos monstruos, por lo general, dejan a sus víctimas en estado deplorable, — explica Sam. — Su estado salvaje no les permite controlarse, al punto de que, además de comerse el corazón, atacan otras partes del cuerpo por puro instinto animal. Sin embargo…

— La muchacha no tiene otras marcas, — Dean termina la idea.

— El reporte forense en sí no tiene sentido, — retoma Sam el hilo de la conversación. — Dice que las costillas y el esternón están brotadas hacia adelante, implicando que la herida fue provocada desde atrás. Por lo general, los licántropos cazan a sus víctimas de frente, y siempre aparecen marcas de dientes y uñas del agresor. Es como si la hubiesen atacado a traición.

— ¿Un hombre lobo ninja asesino?

— Hombre, en serio, — Sam mira a su hermano con desaprobación. — Lo que digo es que todo indica que la matanza de esta muchacha fue planificada. Lejos de atacarla salvajemente para comerse su corazón, sencillamente le fue extirpado. No se ve la rabia, o siquiera el instinto de alguna bestia.

— ¿Un novio celoso o molesto…y licántropo?

— Eso suena más coherente, — Sam sonríe.

Dean vuelve a cubrir el torso expuesto de la difunta con respeto y reparo, tapando el abismo de destrucción de su área precordial. Sam cierra el reporte forense.

— Sea lo que sea, ya aquí no encontraremos más nada, — afirma Dean. — Es hora de visitar a su familia.

— Vamos.

Los Winchesters salen discretamente del edificio sin encontrarse nuevamente con ninguna de las personas que los atendieron.


Hogar de Cassidy Blossom, Howard Beach, Queens, 11:00 A.M.

El motor del Impala baja lentamente sus revoluciones mientras se va deteniendo cerca de la acera de una de las numerosas entrecalles de la sección de Rockwood Park, en el barrio de Howard Beach del distrito Queens. Los Winchesters detienen su auto enfrente de la casa correspondiente a la dirección de Cassidy Blossom. Ambos miran el lugar, distinguiendo una mini-mansión de dos pisos.

El color gris del cielo y la temperatura infernalmente baja hacen resaltar la palidez del blanco de las paredes de la fachada. La oscuridad proveniente desde dentro de la casa hace a los hermanos recordar las casas embrujadas a las que están acostumbrados. Los enormes crucifijos tallados en mármol, presentes a cada lado de la reja de entrada, resaltan a los ojos de cualquier visitante. La estatuilla representando la viva imagen de Jesucristo contribuye a completar el cuadro.

— Vaya, ésta sí que es una familia religiosa, — se burla Dean en voz alta.

— Bueno, la ficha dice que tanto Cassidy como su familia son católicos muy devotos, — Sam sonríe. — Provienen de una larga descendencia de practicantes fervorosos y muy apegados a las tradiciones. Se estima que Cassidy, aún a su edad, no había…

— No, ni lo digas, — Dean huye del Impala, seguido por su hermano.

Mientras van por el camino de piedras talladas que atraviesa el porche, ambos avistan un grupo de cuatro pájaros negros volando y posándose en los bordes del techo de la casa. Los Winchesters no saben distinguir si se trata de cuervos o palomas.

— Tenebroso, — murmura Dean.

Los Winchesters llegan a la puerta y tocan el timbre. Enseguida les abre un señor de mediana edad, calvo, con un par de lentes redondos. Viste un conjunto completamente negro de suéter, camisa, pantalones de vestir y zapatos lustrados. Debe de ser el padre, deduce Dean.

— ¿Señor Blossom? — Pregunta Sam.

— Sí, soy yo, — responde el hombre. Su voz es seca, y su tono es algo bajo.

— Agentes Kripke y Summers, FBI. Estamos a cargo de la investigación del caso de su hija Cassidy.

El señor Blossom suspira, mira hacia adentro de su casa y luego les da entrada. La calefacción central se siente con fuerza.

— Pónganse cómodos, — el señor Blossom señala la sala.

Sam y Dean se sientan enseguida en los dos butacones que hay libres, dejando el inmenso sofá de tres plazas para el dueño de la casa. A su derecha, el fuego proveniente de una chimenea encendida proyecta sombras parpadeantes, parcialmente mostrando alfombras costosas y retratos de la familia. Delante de ellos cuelga un gran retrato pintado, mostrando al señor que los recibió con su hija viva en aquel entonces, y una bella mujer a su lado.

— Supongo que conducirán ustedes la entrevista, — se sienta el señor Blossom.

Los Winchesters le preguntan acerca de Cassidy, abordando temas como la vida familiar, sus relaciones, sus actividades cotidianas y sus pasatiempos. Se enteran de que la muchacha, por voluntad propia, compartía la fe y la devoción de toda la familia por el catolicismo, llegando a veces inclusive a sermonear a sus padres frente a lo que ella consideraba como pequeñas faltas. El padre les hace saber que era hija única dentro del seno del matrimonio, y que tendían a sobreprotegerla usando el manto de la religión. Nunca faltaba a la iglesia, y le gustaba mucho la lectura y las artes plásticas. Se enteran de que ella era estudiante de Arte en el Wells College, situado en Bradford, donde compartía cuarto con su compañera de carrera, y única amiga fuera de su iglesia y de su religión. El señor Blossom aclara que la otra mujer en el cuadro era la madre de Cassidy, fallecida hace un año debido por leucemia.

— ¿Algún comportamiento raro en su hija últimamente? — Pregunta Sam.

— Tuvimos una discusión la tarde antes de su muerte. Su "amiga" la había invitado a una fiesta en el apartamento de sus padres y yo no quería que fuera. Sin embargo, ella se empeñó fuertemente en ir, diciendo que lo había prometido. Nunca la había visto así.

— ¿Se comunicó nuevamente con usted estando en la fiesta? — Indaga Dean.

— Por desgracia, no. La última vez que la vimos con vida fue saliendo por donde entraron ustedes. Luego nos llaman de la morgue y…

Unas cuantas lágrimas se escapan de los ojos del señor Blossom, las cuales limpia rápidamente. Los hermanos guardan silencio.

— Perdonadme, señores. Esto no ha sido nada fácil.

— Lo entendemos, — dice Sam. — Créame que sentimos mucho su pérdida, y estamos haciendo todo lo posible por llegar al fondo de esto.

— ¿Sabe dónde podemos encontrar a esa amiga? — Pregunta Dean.

— Por supuesto, — responde el padre. — Cuando no estaban en la universidad, los lugares donde se veían eran aquí o en el apartamento de los padres de la muchacha. Seguro la encuentran allí todavía.

El señor Blossom agarra un pequeño bloc de su bolsillo, escribe el nombre de la amiga de su difunta hija con su dirección y arranca la hoja. Sam llega a leer el nombre antes de guardarla en su bolsillo. Annie Stillman.

— Muchas gracias por todo, señor Blossom.

— Espero que capturen pronto al desgraciado que le hizo esto a mi hija.

— Lo encontraremos, — asegura Sam.

Se despiden una vez más del señor Blossom y atraviesan de nuevo el camino hacia el Impala. Una vez sentados dentro comienzan a verbalizar sus impresiones.

— Pobre hombre, — Dean enciende el auto. — No quisiera estar en sus zapatos.

— Sea lo que sea que ocurrió en esa fiesta, condujo a Cassidy Blossom a su muerte, — afirma Sam. — Es hora de ir a visitar a la amiga.

— Vamos.

Dean pone la primera y sale chillando gomas del estacionamiento.


Apartamento de Annie Stillman, Astoria, Queens, 2:00 P.M.

El hogar de los padres de Annie Stillman resulta ser un apartamento en el segundo piso de uno de los edificios de la calle 33 en Astoria, Queens. Sam y Dean se percatan de que se encuentra bien cercano al parque donde fue encontrado el cadáver de Cassidy Blossom. Los Winchesters tocan la puerta a puño limpio sin haberse percatado del pequeño timbre a la derecha del marco.

— ¿Quién es?

— ¡FBI! — exclama Dean. — ¡Buscamos a Annie Stillman!

Se escucha el sonido rallante de una cadena antes de que se abra la puerta del apartamento. Delante de ellos se encuentra parada una muchacha joven, rubia, apenas en su segunda década de vida. Lleva puesto un top ancho, negro y desmangado, que muestra a plena vista su carencia de sujetador. El conjunto bien formado, conformado por sus nalgas y piernas, está cubierto por una apretada licra negra que le llega hasta los tobillos, mostrando unos descalzos y bellos pies.

— Agentes Kripke y Summers, —Dean hace las presentaciones.

— Supongo que están aquí por lo de Cassidy, — suspira la muchacha. — Pasen.

Los Winchesters entran al apartamento. Numerosos vasos rojos de plástico y platos de igual material se encuentran apiñados en diversos rincones, muchos aún con restos de alimentos y bebida. Sam tropieza con una botella de Vodka vacía, haciendo reír a su hermano.

— Cabrón, — Sam lo insulta.

El lugar está amueblado con butacas, mesas y estanterías IKEA. Varios cuadros recién pintados adornan las paredes, la mayoría representando paisajes. Dean nota tres caballetes con lienzos sin terminar, los tres mostrando parte de la imagen de lo que parece ser un chico trigueño mirando fijamente hacia el espectador con un par de penetrantes ojos grises.

— Siéntense donde les guste.

Los hermanos se sientan en uno de los tres sofás negros ubicados en el salón. Annie se recuesta en otro situado perpendicular a ellos.

— Esperaba la visita de uno de ustedes, — comienza a hablar aceleradamente. — Yo nunca pensé que esto fuera a pasar. Ese tipo no parecía…

— Wow, afloja el paso, — la interrumpe Dean. — Cuéntanos la historia desde el principio.

Annie estalla en llanto, haciendo que Sam y Dean esperen pacientemente su recuperación. Comienza a hablar una vez que vuelve a retomar el aliento.

— La invité a mi fiesta de cumpleaños para que se divirtiera un rato y se saliera del ambiente religioso y estricto de su casa. Quería que viviera un poco, que conociera gente, que se relacionara. No concebía que yo fuese su única amiga.

— ¿Qué fue lo que pasó entonces? — la interroga Dean.

— Esa noche la mayoría de los invitados eran viejas amistades mías, — continúa. — Muchos de los que estaban eran de confianza. Cassidy, al principio, se sentía extraña, fuera de lugar. A medida que fue pasando la fiesta, y luego de un par de chupitos de Vodka, se fue relajando, y fue alternando con los invitados. Era la primera vez que la veía tan feliz.

— ¿Pero...?

— Hubo uno de los invitados que se fijó en ella y se le acercó enseguida que la vio. No era precisamente uno de los más conocidos. Su nombre no se me olvidará jamás. Nick…

Sam y Dean se miran mientras Annie sigue hablando sobre la persona que se acercó a Cassidy. Continúan entonces atendiendo a la muchacha.

— Nick y yo nos conocimos una noche de fiestas en un bar en Brooklyn, el Pandemonium. Yo estaba muy estresada tras una entrega de proyecto de arte en la universidad, y decidí ir allí relajarme con unas amigas de clase antes de volver a casa. Por supuesto, Cassidy ni estaba por allí.

— ¿Y entonces, qué pasó? — Pregunta Sam.

— Supongo que justo cuando liberé todo el estrés que tenía, casualmente choqué con Nick en el momento que iba al baño. A medida que fue pasando la noche, conversamos bastante y conectamos perfectamente. Si no hubiera sido por mi amiga Julie y sus ganas de vomitar, hubieran ocurrido aún más cosas…

— Bien, — Interrumpe Sam, evitando que la conversación tome ese rumbo. — ¿Cómo terminó Nick en tu fiesta?

— Yo lo invité, — responde Annie. — Antes de dejar el Pandemonium, intercambiamos números. El día de la fiesta pensé que era una buena idea que viniera. Me pareció agradable.

— ¿Y qué tiene que ver Cassidy en todo esto?

—Nick fijó sus ojos en Cassidy desde el momento en que la vio. Le alcanzó bebidas, habló con ella, la hizo reír. Era la primera vez que veía a mi amiga interactuar así con un hombre. Parecía otra. En un principio lo vi normal, hasta que…

Annie arranca nuevamente a llorar. Sam le alcanza su pañuelo para ayudarla a secarse las lágrimas.

— ¿Qué pasó entonces entre Nick y Cassidy? — Pregunta.

— Nick se atrevió a besarla, — lloriquea Annie. — Fue un beso tan largo y apasionado que pensé que se la iba a tragar. Cassidy, sencillamente, se dejó llevar hasta que todo terminó, y luego salió corriendo del apartamento sin mirar atrás. Como era muy tarde, intenté detenerla, pero no me dio tiempo. Ya había desaparecido. Supuse que había agarrado un taxi hacia su casa.

— ¿A qué hora ocurrió eso? — Pregunta Sam.

— Eran casi las 2 de la madrugada.

— ¿Y Nick? — Dean aclara su garganta.

— No lo vi más después de eso.

— ¿Sabes dónde vive, alguna dirección?

— Sólo tengo un número de teléfono, y su imagen, — tartamudea Annie, señalando uno de sus lienzos sin terminar.

Ambos hermanos miran la pintura inconclusa más detalladamente, la cuál proyecta la imagen de la cara de un muchacho aparentemente joven, pálido, dotado de unos penetrantes ojos grises y un pelo negro como el azabache. Sam le toma una foto con su celular.

— Gracias por su colaboración, señorita Stillman, — Sam le entrega una tarjeta. — Nos mantendremos en contacto, en caso de que algo nuevo venga a su mente.

— Sea quien sea, encuéntrenlo, — les suplica. — Cassidy merece justicia y paz.

— No se preocupe. Lo haremos.

Ambos hermanos se despiden, salen del apartamento y caminan hacia el ascensor del edificio. Alcanzan la planta baja y entran rápidamente al Impala. Ya dentro del auto, suena el móvil de Dean, mostrando en la pantalla un contacto bien conocido. Enseguida responde.

— ¿Qué hay, Cass?

— Dean, estoy en Nueva York.

— ¿Qué haces aquí? — Dean activa el altavoz.

— Un…amigo ángel…me pidió que viniera para ayudarlo a investigar un fenómeno extraño. Escuché que ustedes estaban por aquí trabajando en un caso.

— Sí, parece ser un caso de licántropos ninjas asesinos. Estamos trabajando en ello.

Sam mira hacia el techo antes de lanzarle a su hermano una fugaz mirada de desaprobación.

— Si necesitan alguna ayuda, aquí estoy, — replica el ángel.

— ¿Dónde estás ahora? — Pregunta Sam.

— Estoy esperando por mi amigo, sentado en un bar por aquí por Brooklyn. Tiene un nombre bastante peculiar.

— ¿Por alguna casualidad es el Pandemonium? — Sonríe Sam.

— Sí, — responde Castiel. — ¿Cómo lo sabes?

— Podrías ahorrarnos un poco de tiempo.

Antes de explicarle todo sobre el caso y sobre el sospechoso conocido como Nick, Sam le envía a Castiel la foto que tomó del lienzo en el apartamento de Annie Stillman. Le pide entonces que averigüe todo lo que pueda sobre él en el bar. Sin haberse terminado la conversación, Dean arranca el Impala y sale a escape.


Galaxy Motel, Brooklyn, Nueva York, horarios de la tarde.

Dean sale en toallas del baño, abre el mini-bar y agarra dos cervezas. Le alcanza una a su hermano, quien aún se encuentra mirando su portátil.

— Qué caliente está la ducha en este lugar, — se relaja en el sofá, bebiéndose la cerveza fría recién abierta. – Deberías probarla.

— Mientras estabas duchándote, descubrí algunas cosas sobre ese tal "Nick".

— ¿Y? ¿Qué tienes? — Dean abre otra cerveza para su hermano. — ¿Alguna noticia de Cass?

— No me ha llamado aún, — suspira Sam. — Pero hice algunas averiguaciones por mi cuenta.

— El número que Annie Stillman nos proporcionó pertenece a un hombre llamado Ronald Vujicic, — Sam frunce el ceño mientras pronuncia el nombre con dificultad. — Según su ficha del Departamento de Policía de Nueva York, este señor se encuentra pendiente de juicio por participar en actividades que involucran lavado de dinero. De hecho, lleva meses reportado como desaparecido.

— Menudo elemento, el señor del apellido raro…

— Y eso no es lo mejor, — continúa Sam. — Buscando aún más en la base de datos del Departamento de Policía de Nueva York, descubrí algo bien interesante. Resulta que el hombre figura como uno de los sospechosos principales en la desaparición de uno de sus presuntos asociados hace un año. Adivina quién es la víctima…

Sam presiona el botón ENTER y gira su portátil a una posición en la que ambos puedan ver. Aparece entonces en el centro de la pantalla un rostro bien conocido. La cara pálida, los penetrantes ojos grises y el pelo negro son inconfundibles.

— ¿Te resulta familiar?

— Hola Nick, — saluda Dean a la imagen.

— Nicholas Andrew Clay, 26 años, desaparecido hace un año bajo circunstancias sospechosas. Aparentemente, nuestro amigo Nick estuvo trabajando para el señor Vujicic durante algunos meses, hasta que dejó de acudir repentinamente. Su mismo jefe reportó su desaparición a las autoridades.

— ¿El teléfono tiene una dirección? — Pregunta Dean, bebiéndose lo que queda de su botella de cerveza.

— Sí, — escribe Sam la dirección en un post-it amarillo. — Corresponde a un pent-house en Upper West Side, Manhattan, actualmente comprado y habitado por un matrimonio joven.

— Parece digno de echarle un vistazo, — afirma Dean.

— Vamos.


Calle 59, Upper West Side, Manhattan, Nueva York, horarios de la noche.

Dean aparca el Impala delante de un edificio de veinte plantas en la Calle 59 en Upper West Side, Manhattan. Ambos hermanos dirigen su vista con asombro hacia la cima del inmueble.

— ¿El pent-house está allá arriba, no? — Pregunta Dean.

— Esta es la dirección…

Los Winchesters se bajan del auto vestidos con sus respectivos atuendos del FBI y admirando el majestuoso e iluminado portal que ofrece entrada al edificio. Este lugar tiene clase, Dean asiente brevemente con la cabeza. Vuelve a dirigir su vista hacia arriba, esta vez fijándose en la presencia de un negro cielo sin casi estrellas. La oscuridad reinante se ve levemente mitigada por las luces provenientes de los edificios cercanos y las farolas callejeras.

Después de preparar su equipo y llenar los cargadores de sus pistolas con balas de plata, Sam y Dean atraviesan la doble puerta acristalada que da entrada al edificio. Ambos se adentran en un enorme vestíbulo hecho de cristales curvos, acero y mármol. Enseguida divisan el vacío buró donde debería estar el portero.

— Vigila mientras chequeo cómo llegar arriba, — ordena Dean.

En tiempo récord, Dean acciona la computadora del portero y activa el ascensor hacia el pent-house frente a los ojos atónitos de su hermano.

— Estoy harto de explicaciones hoy, — suspira. — Vamos arriba a ver si terminamos con esto.

Ambos entran al ascensor de acceso al pent-house y Dean oprime el botón de subida. Ven al portero salir del baño justo antes de que la doble puerta se cierre. No nota a los intrusos.

— Menos mal que la naturaleza lo llamó, — se burla Dean.

Sam muestra nuevamente su característica cara de desaprobación. Sin embargo, su expresión facial cambia cuando el ascensor marca el piso 18 producto de una fetidez muy fuerte. Ambos cubren sus narices.

— Azufre, con algo más, — afirma Dean, sacando su preciada Colt 1911 de empuñadura perlada. — Es como si hubiesen muchos cadáveres juntos en fase de descomposición.

Sam asiente, siguiendo los pasos de su hermano y sacando su propia pistola. Una vez que sus olfatos se acostumbran al terrible hedor, ambos quitan los seguros de sus armas. La luz del ascensor parpadea al atravesar el piso diecinueve, volviéndose tenue el resto del camino hacia la cima. El olor se va tornando cada vez más fuerte. Al llegar al piso veinte, los Winchesters apuntan sus pistolas hacia las puertas mientras éstas se abren con lentitud. Aquí vamos...

Se encuentran de frente al gran salón del pent-house. El piso de mármol blanco muestra grandes y extensas manchas de sangre, adornadas por numerosos grupos de velas encendidas de todos los tamaños, con colores oscilando entre blanco negro y formando patrones circulares en algunas esquinas.

— ¿Qué demonios? — Dean se impresiona.

— Separémonos, — susurra Sam. — El lugar es grande.

— Bien.

Los Winchesters se separan momentáneamente, caminando lentamente hacia sus respectivas áreas. Mientras Sam entra en la puerta a su izquierda, su hermano atraviesa el salón paso a paso, pistola en mano y cubriendo sus costados. A medida que va adentrándose más en el lugar, ve como la sangre regada en el suelo alcanza también los magníficos paneles de caoba que adornan las paredes. Las velas forman un camino hacia una chimenea encendida visible en el fondo. La luz tenue e inestable emitida por las lámparas parpadea. Algunas áreas de las paredes muestran palabras escritas con sangre en un idioma y alfabeto desconocido. Dean se fija en un clóset cerrado con numerosas moscas afuera.

— Vamos a ver esto, — piensa en voz alta.

Al abrir la ensangrentada puerta de madera, Dean ve dos cuerpos sin vida colgados mediante alambres de púas. Distingue dos personas de etnia afroamericana, hombre y mujer, vestidos con ropas de gala. Seguro que es la pareja que vive aquí, deduce.

Justo antes de volver a cerrar el clóset, Dean escucha una voz murmurando palabras incomprensibles desde la chimenea. ¿Qué demonios? Se gira y se acerca lentamente. Desde su posición ve la silueta de un hombre sentado frente al fuego rodeado de las mismas velas que decoran casi todo el lugar. Ya a una distancia prudencial, distingue un poco más al sujeto, viendo que se trata de un hombre trigueño vestido con un largo abrigo negro de piel. ¿Podría ser…?

— ¿Nicholas Andrew Clay? — Pregunta en voz alta.

El humbre se gira, mostrando una sonrisa siniestra y desafiante. Dean llega a mirar directamente sus ojos, aún más grises y penetrantes que en la representación gráfica hecha por Annie Stillman. No hay duda, es él, piensa mientras le apunta con su arma. El sujeto se para lentamente, mostrando un pentagrama pintado con sangre debajo de sus descalzos pies. Mientras el cazador se distrae con la siniestra representación demoníaca, el siniestro personaje desaparece. ¿Qué demonios…?

De repente escucha el chirrido característico que emiten los fantasmas al burlar el velo. Inmediatamente tira su pistola al suelo, la reemplaza por uno de los hierros cercanos a la chimenea y lanza un golpe giratorio hacia su retaguardia. Su ataque es detenido fácilmente.

— No te quiero hacer daño, mundano, — dice una voz masculina.

— ¿Quién eres? —Dean lo mira a los ojos.

— No te interesa…

Ambos forcejean con el hierro por corto tiempo, permitiendo a Dean distinguir a un hombre aproximadamente de su tamaño, rubio, bien fornido y vistiendo un conjunto negro de botas, pantalones apretados y camiseta de mangas cortas. Las porciones descubiertas de su piel muestran unos extraños y oscuros tatuajes. Enseguida se sueltan y se empujan mutuamente.

El hombre ataca entonces a Dean, lanzándole tres golpes con la suficiente fuerza como para noquearlo. El cazador esquiva dos de ellos. El tercero alcanza su mejilla izquierda y lo aturde brevemente.

— ¿Conque esas tenemos? — Se repone.

Dean inhala un mar de aire, craquea su cuello y se dispone a luchar en serio. Sin dar tregua, su contrincante le lanza dos puñetazos más, siendo uno evitado y el otro bloqueado. Aprovechando que su adversario se encuentra en desventaja, el mayor de los Winchesters golpea al rubio dos veces en la costilla y una en la cara, haciendo que esta vez sea él quien pierda el equilibrio.

El rubio se incorpora rápidamente y se abalanza sobre el cazador, dando comienzo a un intercambio de golpes rápidos y certeros en el que ninguno parece tener la ventaja sobre el otro. Aprovechando una ligera apertura, Dean llega a arrodillarlo con una patada baja. El hombre le lanza entonces otra que le golpea su espinilla, haciéndolo perder el equilibrio. Ambos contrincantes comienzan a forcejear arrodillados.

– ¡Jace! — Dean escucha otra voz masculina.

Su fugaz mirada le permite vislumbrar la silueta de un hombre con un arco a punto de dispararle una flecha. Rápidamente agarra su Colt del suelo y dispara cinco veces en esa dirección. Sus cinco balas de plata sólo abren agujeros en la pared. ¿Qué demonios? Se sorprende. Su adversario aprovecha la distracción para patear su mano y hacerle soltar nuevamente su pistola.

Sam es atraído por el jaleo y la destrucción que ocasiona la pelea con el rubio. Inmediatamente le apunta al atacante de su hermano con su arma. Una patada sorpresiva en su mano se la hace soltar. Para su sorpresa, se trata de una muchacha joven, pelirroja, de ojos verdes y de complexión delgada, de mucho menor tamaño que él. Su belleza, tamaño y fragilidad disipa cualquier intención de responder a su ataque.

— No quiero hacerte daño.

— Descuida, — la pelirroja lo tumba de una fuerte patada en el pecho. — No puedes.

En su aturdimiento, Sam ve a una segunda figura femenina parándose al lado de la pelirroja. Debido al aturdimiento producido por el golpe, sólo llega a distinguir a una mujer trigueña, de tez blanca y vestida de negro.

— Clary, nos pueden ver, — dice la mujer.

— Algo pasó con nuestro Glamour, — responde la pelirroja. — Vamos, debemos ayudar a Alec.

— ¿Y Jace?

— Él puede cuidarse solo. Vamos.

Ambas mujeres se alejan de Sam, quién se va incorporando con dificultad. Dean, por su lado, continúa intercambiando golpes con Jace en igualdad de fuerza y condiciones. En un punto de la pelea, ambos adversarios comienzan a golpearse las mejillas a base de puñetazos callejeros. El cazador gana la competencia tras cuatro golpes, causándole sangramiento bucal. Jace sonríe.

— Hacía tiempo…

— ¡Jace, acábalo! — Se escucha la voz del arquero. — ¡Debemos irnos ya!

Dean observa como los ojos de Jace adquieren una tonalidad luminosa y amarilla por unos segundos, seguidos por un lento avance hacia él. El cazador lo recibe con un par de puñetazos dirigidos a su cara, los cuáles son evitados con facilidad por su adversario. Éste último le responde con una patada en el abdomen que lo manda a volar.

— Bien, no es humano, — piensa Dean en voz alta tras chocar fuertemente con la pared.

Dean se repone enseguida y vacía un pequeño frasco de agua bendita encima de Jace sin causarle efecto alguno. Este último responde con un empujón de igual fuerza al ataque anterior.

— No es un demonio tampoco, — murmura Dean al caer al suelo.

Dean se arrastra hacia su Colt tirada en el suelo. Otro más como esos y me mata, piensa mientras intenta llegar hacia su arma.

— Eres bueno, mundano, — sonríe Jace. — Te lo concedo. Por desgracia, no me puedo quedar a jugar.

Dean agarra su Colt y dispara los restantes tres tiros al cuerpo de Jace. Se horroriza al ver como el cuerpo de su adversario expulsa las balas de plata hacia afuera sin ni siquiera sangrar. ¿Qué demonios es él? Se pregunta frenéticamente.

— Hora de terminar, — suspira Jace.

Justo cuando el tercer golpe lo va a alcanzar, Dean saca su espada angelical y raja la cara de su atacante. La cortada hace retroceder a Jace. La herida no se cierra inclusive tras el brillo amarillo de sus ojos.

— Así que esto es lo que funciona, — Dean empuña desafiantemente su espada angelical.

Jace mira fijamente a Dean, respirando fuertemente y cerrando ambos puños. La cortada en su cara muestra una intensa luz blanca emanando de su interior. Eso es gracia angelical, piensa al recordar sus experiencias pasadas con seres celestiales.

— Así que ángel…

— Y humano. — Termina Jace la frase.

— ¿Nephilim? — Pregunta Dean. Jace guarda silencio.

Dean empuña y apunta su espada angelical hacia él. Sin embargo, sus sumos descienden al ver a otras tres personas pararse junto a su adversario, entre ellos el arquero.

— No son mundanos comunes, — dice Jace aún mostrando enojo por la cortada.

— Jace, no necesitamos esto, — se queja el arquero. — Terminemos y salgamos de aquí. No podemos seguir perdiendo el tiempo.

Dean suspira de alivio al ver a su hermano pararse a su lado y sacar su propia espada angelical. Sam reconoce las otras dos personas como la pelirroja que lo atacó y la trigueña que vino a hablar con ella después.

— Dean, parecen ser…

— Son Nephilim.

Dean mira a la mujer del pelo negro de arriba a abajo. Está buena, piensa al contemplar su prominente escote, expuesto por la configuración de su oscuro vestido.

— Parecen saber bastante sobre nosotros, — la trigueña mira fijamente a los Winchesters.

— Créeme, muchacha, tenemos bastante kilometraje, — se mete Dean en la conversación. — Un puñado de Nephilim llenos de tatuajes no nos impresionan.

— Y también pueden ver nuestras runas, — suspira ella nuevamente, intentando ignorar a Dean. — Perfecto…

Jace saca de la nada una espada grande de color grisáceo y con extrañas runas talladas en su cuchilla. Sus compañeros sacan armas parecidas.

— Esas espadas están grandes, — le susurra Dean a su hermano.

— ¡Cuidado con sus cuchillas! — Exclama Jace a su equipo. — ¡Parecen insignificantes, pero pueden hacernos mucho daño, y las Iratze no funcionan frente a una cortada de esas!

Ambos bandos permanecen en posición de combate, armas en mano, mirándose las caras y listos para atacar. La tensión reinante en el ambiente es abrumadora. La escaramuza es inminente.

— ¿Listo, Sam?

— Hagamos esto…

Pese a sus pocas probabilidades de ganar, los Winchesters cargan contra sus numerosos adversarios Nephilim.