CAPÍTULO 2: LAS CAMPANAS DEL INFIERNO
El choque entre espadas hace retumbar las paredes del salón. Las réplicas posteriores son aún más fuertes y numerosas. Armas angelicales tocan con fuerza las cuchillas de las extrañas armas portadas por los Nephilim, movidas por técnicas de ataque y defensa impecables. Los Winchesters atacan a sus adversarios sin piedad, pero sus esfuerzos son inútiles frente a la fuerza, velocidad y técnica de sus contrincantes. La desesperanza comienza a invadirlos.
— Sí que son rápidos, – jadea Dean.
— Parece que saben pelear, – suspira Sam.
Aprovechando el cansancio de sus adversarios humanos, los Nephilim van a la carga. Sam y Dean se preparan para recibirlos sin moverse de su posición. Se miran a los ojos. Sus pensamientos concuerdan. Puede que no salgamos de esta.
Se escucha entonces un fuerte disparo.
— ¡SUFICIENTE!
Acto seguido aparece delante de ellos la última persona que esperaban ver.
— ¿Cass?
— Ustedes dos, dejen de pelear con ellos, – dice Castiel con su voz seca y autoritaria. – No son nuestros enemigos.
— Son Nephilim, Cass, – Dean lo interrumpe.
— Dean, escucha…
Mientras Dean discute con Castiel, su hermano se percata de otras dos personas presentes en el pent-house. Una de ellas, aún desconocida para todos, es un muchacho joven, de pelo negro, vistiendo ropas casuales de colegial. La otra es Luke Garroway, el detective que los había atendido en la morgue, con su arma reglamentaria en la mano. La mente de Sam se llena de preguntas. ¿Qué hace él aquí? ¿Y Cass? ¿Qué demonios ocurre?
— Escuchen, les explicaré todo enseguida, pero debemos irnos de aquí, — dice Castiel.
— El lugar va a llenarse de policías dentro de poco, y hay explicaciones que no quisiera tener que dar, — protesta Garroway. — Escuchen a Castiel y váyanse.
— ¿Ah, pero se conocen? – Pregunta Dean, con cierto tono de enojo.
— Dean, por favor…
Tras escuchar a Castiel, los Winchesters bajan sus armas con reticencia. El muchacho joven aún desconocido se acerca al ángel.
— ¿Todo bien por aquí?
— Sí, Simon, — le responde Castiel. — Todo bien...
— Váyanse de aquí ya, todos, — Garroway se impacienta. – La Policía de Nueva York está a minutos de entrar por esa puerta.
— Nos veremos todos en este lugar, en una hora, — Castiel le entrega una tarjeta a Sam. — Allí aclararemos las cosas y resolveremos cualquier malentendido que haya surgido. ¿Entendido?
Sam apenas tiene tiempo de leer las palabras "Restaurante Jade Wolf" antes de guardarla. Dean y Jace se miran a los ojos.
— ¡¿Entendido?! — Castiel aumenta su tono de voz.
Los Winchesters recogen sus pistolas del suelo y caminan lentamente hacia el ascensor, pasando cerca del equipo de los Nephilim. Mientras Sam se limita a pasar cerca de ellos, Dean se detiene, mira a ambas mujeres de arriba abajo y luego vuelve a encarar a Jace con una desafiante sonrisa.
— Tienen suerte de que nos hayan detenido.
Sam le lanza su característica mirada de desaprobación antes de entrar en el ascensor por donde mismo subieron. Ambos suspiran y guardan sus pistolas.
— Mierda, eso estuvo cerca, y raro, — murmura Dean.
Restaurante Jade Wolf, Brooklyn, Nueva York, horarios de la Madrugada.
La desconfianza entre ambos grupos no tarda en notarse dentro del modesto y casi vacío restaurante Jade Wolf. La tenue iluminación dada por la presencia de sólo algunas lámparas amarillas chinas no ayuda a aliviarla en lo absoluto. Una enorme grieta en la barra de madera de mala calidad marca una fuerte separación, reforzada aún más por la discusión de Dean y Jace sobre lo ocurrido en el pent-house.
— Tú me pegaste.
— Tú intentaste pegarme primero.
— ¿De verdad, chicos? — Se entromete Clary.
— Dean, basta, — protesta Castiel. — No son nuestros enemigos.
— ¿Cómo puede un grupo de Nephilim no serlo? — Pregunta Dean con enojo.
— Lo mismo decimos de ustedes, mundanos, — replica Jace.
— ¿Cass, dónde conociste a esta gente?
— Nos conocimos en el Pandemonium, agente, — interviene Garroway, mirando fijamente a los Winchesters y a los jóvenes Nephilim. — Hicimos una cosa muy inteligente, llamada "conversar". Deberíais intentarlo alguna vez.
— Dean, deberíamos al menos escuchar lo que tiene que decirnos Cass, — murmura Sam.
— ¿Ahora estás de su lado, Sam? ¿Quieres hacerte amigo de ellos también?
— Simon y yo nos encargaremos de informar a nuestra gente, Castiel, — dice Garroway, ignorando las protestas de Dean. — Sea breve. Recuerde que no hay tiempo que perder.
Castiel se sienta con los Winchesters en una de las mesas de madera para comensales. Antes de intentar escuchar algo de la conversación del otro grupo, los Winchesters dirigen sus miradas hacia el ángel. Sus rostros le transmiten mucha desconfianza y numerosas interrogantes mientras él espera callado y serio por las preguntas. Dean decide empezar.
— ¿Los conoces, Cass?
— Al detective y a Simon los conocí en el Pandemonium. Los jóvenes Nephilim son parte de una antigua historia.
— ¿Antigua? — Se sorprende Sam. — ¿Desde cuándo hay Nephilim caminando por las calles de Nueva York?
— Quiero que sepáis que la existencia de este grupo en particular no era exactamente conocida por el Cielo, — suspira Castiel. — Existen teorías, rumores e inclusive leyendas acerca de ellos, pero nunca se había confirmado nada. El hecho de verlos ahora con mis propios ojos lo cambia todo.
— ¿De qué hablas, Cass? — Se impacienta Dean.
— Hace casi un milenio, hubo una gran invasión del Infierno en la Tierra, — explica calmadamente Castiel. — Hordas de demonios liderados por Lilith y los Príncipes del Infierno arrasaban todo a su paso sin piedad. Este evento es conocido por nosotros como "La Incursión".
— Sí, eso ya lo sabíamos, — lo interrumpe impacientemente Dean. – Wyoming, la puerta del diablo. ¿Qué tiene que ver eso con esta gente?
— La puerta del diablo fue sólo el final, – continúa Castiel. – Los demonios fueron causando importantes estragos, lo cual causó la desesperación de los ángeles más peleones por intervenir. La Tierra iba camino a un apocalipsis.
— ¿Y?
— Para evitar ese desastre, Dios prohibió a todo ángel existente pisar la Tierra y encomendó secretamente al arcángel Raziel la tarea de proteger a la humanidad.
— ¿Otro arcángel? — Pregunta Dean, asombrado. — Pensé que sólo eran cuatro. ¿Cómo es que no lo conocemos aún?
— Se dice que Raziel no puede pisar la Tierra, ni poseyendo a un recipiente, a menos que sea debidamente invocado. Al parecer, Dios usó a su profeta para iluminar la mente de un humano y darle las herramientas necesarias para invocar al arcángel y así obtener su ayuda para repeler a los demonios.
— ¿Repelerlos cómo?
— Creando un ejército de Nephilim.
— No me digas que este grupo de colegiales…
— Sí, Dean. La sangre de Raziel corre por sus venas.
Los Winchesters recuerdan con miedo al hijo aún no nacido de Lucifer creciendo dentro de la barriga de Kelly Kline, así como el terrible poder que puede llegar a tener. ¿Toda esta gente tiene gracia de Arcángel?
— A ver si entiendo, — Dean mira fijamente a Castiel. — ¿Teníamos un grupo de Lucifers Juniors en potencia sueltos en Nueva York, y ni siquiera lo sabíamos?
— No es exactamente así, — replica Castiel.
— ¡¿ENTONCES COMO DEMONIOS ES?!
— Dean, cálmate. No hay nada de qué preocuparse.
— Estamos aquí sentados, en un restaurante de comida china, con un grupo de malditos Nephilim, — protesta Dean. — Y no son hijos de ángeles, no. ¡ARCÁNGELES! ¡¿Dime cómo no me voy a preocupar?!
— Dean tiene razón, Cass, — dice Sam. — Ya hemos visto todo lo que pueden hacer aquellos con esencia de ángel. Uno nacido de un arcángel podría destruir el mundo tal y como lo conocemos, y yo veo cuatro de ellos.
— Bueno, en realidad son muchos más, — alega Castiel.
— Esto se va poniendo mejor, — murmura Dean. — Una familia completa de súper Nephilim. Perfecto…
— Hay algo que no entiendo, — Sam se rasca la barbilla. — ¿Si tienen gracia de arcángel, cómo es posible que Dean y yo pudiéramos aguantar la línea contra ellos? Él peleó con el rubio de igual a igual inclusive después de activar su poder.
— Eso es lo que estaba intentando decir, — responde Castiel. — Ellos no son Nephilim puros. No fueron concebidos a partir de la unión de Raziel con una humana. Ellos fueron creados.
— ¿Creados cómo? — Se impacienta Sam.
— A través de un ritual que mezcla sangre angelical con sangre humana.
— ¿Como lo que Azazel hizo conmigo?
— Similar, excepto que no beben sangre de ángel para mantener o mejorar sus poderes, — responde Castiel, con su voz aún más seca y calmada. — Estos muchachos canalizan su esencia angelical a través de runas celestiales. Los tatuajes que vemos en sus cuerpos son la representación visual de estas runas.
— Eso explica muchas cosas, — murmura Sam.
— Bueno, a mí el rubio me pareció bastante fuerte, — alega Dean. — Si no es por la espada angelical, no sé si aún estaría aquí.
— La gracia sí les confiere algunas habilidades sobrenaturales. Son más fuertes, más ágiles y más resistentes que un humano normal. Pueden usar también el poder de las runas celestiales, las cuáles tendrían consecuencias mortales si un humano las usase. Sin embargo, la parte angelical no se adhiere tan fuertemente a su alma humana ya que no es propia de ellos, por lo que sus poderes son limitados. Contrariamente a los Nephilim puros, su poder no excede el de un ángel común.
Tras escuchar a Castiel, Sam y Dean se sienten menos amenazados por el grupo de Nephilim. No son tan peligrosos entonces, piensa Dean mientras los observa hablando con Garroway y Simon.
— ¿Por cierto, qué hacías tú aquí en Nueva York, Cass? — Pregunta Sam.
— Un amigo del Cielo me pidió el favor de venir para investigar un pico de energía celestial detectado en esta ciudad. Debíamos encontrarnos en el Pandemonium, pero nunca llegó. En su lugar, me topé con el detective y con Simon, quienes también investigaban al tipo que ustedes me dijeron. Inexplicablemente, descubrieron mi fachada de agente del FBI.
— Me pregunto cómo pudo pasar eso, – sonríe Dean con ironía.
— Bueno, no es muy difícil saber que el agente Beyonce del FBI no existe, — se acerca Garroway a la mesa, acompañado de los Nephilim y de Simon. — En cuanto a ustedes dos, sólo bastaba una llamada para saber que no había ningún Kripke o Summers trabajando para el buró.
— Usted es bueno, — fanfarronea Dean. — Dígame, detective. ¿Sabe con lo que está tratando aquí?
El detective muestra repentinamente una dentadura bien conocida para los Winchesters, lo cual les causa conmoción. Licántropo. Castiel interviene nuevamente.
— Sam, Dean, deben de saber que el detective y Simon no son Nephilim, pero tampoco son humanos.
— No me digas, — suspira Dean.
— Garroway es un licántropo, y Simon es un vampiro. Trabajan en conjunto con los Nephilim haciendo exactamente lo mismo que ustedes hacen. Ellos cazan monstruos y salvan vidas.
— Apuesto a que tienen hasta un nombre de equipo, — sonríe Dean. — ¿Cómo se hacen llamar? ¿La Liga de la Monstruosidad?
— Bueno, sí se hacen llamar "Cazadores de Sombras," – replica Simon bajo la mirada desaprobatoria de los Nephilim y Garroway.
— Wow, sí tienen un nombre, — resopla Dean. — Nephilim actuando como cazadores, licántropos trabajando como policías. Nueva York es un maldito circo. No me extraña que nuestra gente lo evite.
Al igual que Simon, Dean se gana el suspiro desaprobatorio de Sam. Sigue luego una discusión sin sentido por varios minutos, con ambos bandos sin querer ceder ante los intentos de Garroway y Castiel por calmarlos. Tras varias peticiones de oportunidad, los Winchesters y los Nephilim deciden dejar de pelear. El detective dirige entonces las presentaciones.
— Ya me conocen a mí, y conocen a Jace. El resto son Clary, Isabelle, Alec, y por supuesto, Simon.
— Sam y Dean Winchester, — Sam estira su mano.
La mano de Sam permanece sin ser estrechada. Ninguno de los Nephilim le devuelve el gesto. Sin embargo, uno de ellos decide romper el hielo segundos antes de retirarse, con una sonrisa llena de bondad y calidez.
— Clary Fairchild. Y te pido disculpas por, ya sabes, lo de antes.
— No hay problema, — Sam le devuelve la sonrisa.
La fragilidad y la belleza que Clary muestra, asociada a su aparente joven edad, hacen que Sam se pregunte sobre todo lo ocurrido. No puedo creer que esa niñita me haya pateado el trasero de la forma en que lo hizo, piensa mientras se ríe por dentro. Su blanca piel, su constitución delgada y su tamaño confundirían a cualquier desafortunado que osara desafiarla. El verde de sus ojos lejos da un sentimiento de paz y tranquilidad inigualable. Su forma de vestir, sencilla y limitada a una simple sudadera, camiseta y pantalones, hace creer que se trata de una simple colegiala. Parece bastante normal, piensa Sam. Sin embargo, las runas tatuadas en casi todas las partes expuestas de su cuerpo le recuerdan su verdadera naturaleza.
— Bien, creo que ya estamos limando las perezas, — suspira Simon, mirando con celos el estrechamiento de manos prolongado entre Clary y Sam.
— Ya que está todo aclarado, podemos dedicarnos a los verdaderos problemas, — interviene Garroway. — ¿Para empezar, podrían decirnos qué hacen dos cazadores aquí en Nueva York?
— Bueno, no le mentimos del todo, detective, — responde Sam. — El caso de Cassidy Blossom resaltó, y sospechamos que se trataba de un licántropo. Por eso decidimos tomarlo.
— ¿Y qué tiene que ver el pent-house con Cassidy Blossom?
— Nuestra investigación nos llevó hacia allí, más concretamente hacia Nicholas Andrew Clay, alias "Nick". Suponemos que él fue quién la asesinó.
— Es justo como temía, — interrumpe Garroway, dirigiéndose a su equipo. — Al parecer, todo está conectado.
— ¿Le importaría compartir, detective? – Se contraría Dean.
— Hace una semana, el departamento recibió información acerca de un hombre que estaba matando y alimentándose de personas indiscriminadamente. Transmití esa información a los Cazadores de Sombras, quienes supuestamente se encargarían del caso a su forma sin causar estragos. El tipo resultó ser bastante escurridizo, inclusive para ellos.
— ¿Cómo dieron con el pent-house entonces?
— Nuestro instituto tiene muy buenas herramientas de rastreo, — interviene Jace. — Usando diversos algoritmos, pudimos descubrirlo cuando adquirió un cristal de Greenockita.
— ¿Greeno…qué?
— Es un mineral del grupo de los azufres, — sonríe Jace, frente a la ignorancia de Dean. — Su forma cristalizada es muy rara, y desprende un patrón de radiación casi único. Existen registros de su uso en diversos rituales, sobre todo en los de invocación.
— Dean, un mineral hecho de azufre, más la decoración que vimos en el pent-house, significa que…
— Estaba invocando demonios, — termina Dean la frase murmurada de su hermano.
— Mientras ustedes dos peleaban con Jace, Clary y yo fuimos a ayudar a Alec a contener a los demonios invocados, — dice Isabelle. — Hubo uno de ellos al que no pudimos detener, y ahora anda suelto por Nueva York.
— ¿Cómo se les escapó? — Se entromete Simon.
— Era demasiado rápido, de una forma que nunca habíamos visto antes. No nos dio tiempo a reaccionar.
— Encontrar a ese monstruo es prioridad uno, — afirma Alec. — Luego podemos enfocarnos en ajusticiar al maldito vampiro que lo invocó.
— ¿Vampiro? — Pregunta Sam. — ¿Qué vampiro? ¿Había alguien más en ese pent-house?
— Nick es un vampiro, — Isabelle mira fijamente a Sam. — Es muy peligroso, y es uno de los más buscados por nuestro instituto. Tiene adjudicados decenas de asesinatos a mundanos, algunos de ellos ni siquiera para alimentarse. A veces lo hace por diversión.
— ¿Qué hay con ustedes y la palabra "mundanos"? — Pregunta Dean con incomodidad. — ¿No pueden decir "humanos"?
— Llamamos así a los humanos sin poderes y sin conocimientos acerca de las criaturas de la noche.
— Ah…
El espíritu seductor de Dean lo impulsa a desnudar a Isabelle con la vista. Admira con detenimiento sus atributos femeninos pese a serle devuelta la mirada de forma penetrante. Sus voluptuosas y perfectas curvas se marcan perfectamente bajo la delicada tela de su vestido, corto y escotado, cuya oscuridad hace juego con su pelo largo y oscuro. El rojo de sus labios hace resaltar la belleza de su rostro, el cual muestra una expresión facial seria y segura. Los numerosos tatuajes, visibles en sus expuestos brazos contribuyen a completar el cuadro con elegancia. Sí que está buena, murmura.
— Hay una cosa que me viene a la mente, — Alec señala a los Winchesters. — ¿Cómo es que ellos dos pudieron vernos en el pent-house? ¿Qué pasó con nuestro Glamour?
— Nick seguro usó un hechizo que le permitió robárnoslo, — afirma Jace. — Así fue como se nos escapó.
— Sí, pero nosotros tenemos La Vista, — replica Clary. — ¿Cómo no pudimos verlo salir?
— Yo creo que Jace tiene razón, — admite Isabelle. — Viendo como los cuatro nos volvimos visibles frente a los ojos de los Winchesters, el hechizo fue lo suficientemente fuerte para robarse el Glamour de todo el que estaba allí. Añádele a eso un poco de celeridad vampírica y te vuelves prácticamente invisible para cualquier persona, o cualquier cosa.
— ¿Qué es el Glamour? — Pregunta Sam.
— El Glamour es un tipo de magia que esconde ciertos aspectos del mundo sobrenatural al ojo humano, — responde Alec. — Nosotros lo usamos principalmente para mantenernos invisibles frente a los mundanos. Algunas criaturas de la noche lo usan por diversión, o por mostrarse más agradables frente a su presa. Sólo puedes ver a través de esa ilusión con el don de La Vista.
Mientras escuchan a Alec, Castiel aparece repentinamente cerca de ellos y toca sus frentes, produciéndoles una ligera y momentánea sensación de chispeo. Dean se incomoda.
— ¿Qué fue eso?
— Con esto podrán ver a través de la mayoría de las magias ilusorias, — murmura Castiel. — Lo van a necesitar durante su estancia en Nueva York.
— ¿Seguro que eso no los matará? — Pregunta Jace. — Muchos mundanos que han obtenido La Vista sin preparación se han vuelto locos.
— Ellos están suficientemente preparados, — replica Castiel.
— Bueno, ha sido un placer conocerlos, — se despide Dean frente a la mirada desaprobatoria de todos, incluyendo a su hermano. — Sam y yo tenemos un vampiro licántropo asesino que matar. Los veré dentro de… ¿Mil años? No, demasiado rápido.
— Wow, un momento, — lo detiene Garroway. — El trato con Castiel fue de obtener nuestra asistencia para su "problema", a cambio de la ayuda de ustedes dos en este caso. Nos vendría muy bien su experiencia.
— ¡¿AYUDA DE ELLOS?! — Exclaman Jace y Dean simultáneamente.
— No es negociable. Hay mucho terreno que cubrir, y hay un demonio suelto con Dios sabe qué intenciones. Además está ese tipo, Nick.
Sam y Dean se muestran bastante incómodos frente al hecho de tener que hacer equipo con un grupo de chiquillos portadores de sangre de ángel. Hemos trabajado con todo tipo de monstruos, pero nunca con Nephilim, piensa Dean. Sam se resigna a aceptar la situación, dándose cuenta de que hay más jugadores en la mesa, ya que Nick parece no ser un licántropo. Hay algo más ocurriendo aquí, piensa antes de romper el hielo.
— ¿Bueno, dónde empezamos?
— Clary, te necesito conmigo y con Castiel, — dice rápidamente Luke. — Necesitamos ir al Instituto. Te explico por el camino. Alec, tú diriges al resto. Supongo que podrías usar la ayuda de los Winchesters.
— Un momento. ¿Quién dijo que recibiríamos órdenes de…?
— Dean, vamos a escuchar sus ideas y ver al menos si tienen sentido, — Sam lo interrumpe.
— Está bien, — suspira Alec. — Necesito dos equipos. Uno que vuelva al pent-house, con vistas a encontrar alguna pista que nos indique el paradero de Nick o del demonio. El otro grupo que se encargue de ir a zonas de criaturas de la noche, y ver si pueden obtener alguna información.
— Raphael puede ayudarnos con eso, — afirma Simon. — Si hay alguien que conoce a todos los vampiros de Nueva York, ése es él. Sin embargo, dudo que quiera hablar con alguno de nosotros, desde lo de la espada...
— Hablará conmigo, — interrumpe firmemente Isabelle. — Iré a verlo.
— Izzy, no creo que deberías…
— Estaré bien, Alec. Además, no iré sola.
— Bueno, es verdad lo que dice Simon, — alega Clary. — Tras el incidente con la espada, Raphael no quiere ver a ningún Cazador de Sombras cerca. No sé cuál de nosotros podría ir contigo.
— Uno de los Winchesters me acompañará.
Dean camina hacia ella con esperanzas de ser el elegido. Sin embargo, antes de poder abrir la boca, Isabelle mira fijamente a Sam.
— ¿Te llamas Sam, no?
— ¿Sí?
— Ya que tenemos que trabajar juntos, me gustaría que vinieras conmigo. No quisiera entrar sola a la casa de un vampiro.
Sam asiente. La expression facial de Dean se torna agria. Vaya, Sam llega a jugar a Scooby Doo con la buenorra, se queja silenciosamente. ¿Qué le vio? ¿A dónde voy yo ahora?
— Bien, — Alec continúa. — Ya que esa parte está arreglada, nosotros volvemos al pent-house. Nunca pudimos ver de cerca el lugar por donde salieron los demonios. Estoy seguro que perdimos de vista muchas cosas.
— ¿El mundano viene con nosotros? — Pregunta arrogantemente Jace.
— Ya déjalo, Jace, — protesta Alec. — Dean, puede venir, pero lo que les ocurra es su responsabilidad. ¿Está claro?
— Como el agua, — Dean mira fijamente a Jace.
— Cuando terminemos, nos reunimos todos en el Instituto, — se despide Alec. — Buena suerte a todos.
De vuelta al Pent-house, Calle 59, Upper West Side, Manhattan, Nueva York, 4:00 A.M.
Dean, Jace, Alec y Simon se encuentran sentados dentro del Impala, aparcados en los bajos del edificio antes visitado.
— ¿Por qué tuvimos que conducir hasta aquí? — Protesta Jace. — Con un portal hubiésemos llegado en segundos.
— Tengo muy mala experiencia con los portales y la teletransportación, — replica Dean. — Conducimos. Fin de la historia.
— Bueno, al menos montamos un clásico, — Simon interviene. — ¿De qué año es tu Chevy? ¿Es del '67, no?
— Me caes mejor ya, muchacho, — Dean sonríe.
— Bueno, podrías al menos haber bajado el volumen de la música, — Jace vuelve a quejarse. — Escuchar a ACDC, dentro de un auto, con ustedes tres, no era la forma en la que planeaba pasar la noche.
— Yo hubiese querido irme con la trigueña buenorra, así que estamos igual.
— ¡OIGAN! — Alec grita repentinamente. — ¡Suficiente, los dos! ¡Y muestra un poco de respeto, cazador! ¡Estás hablando de mi hermana!
El grupo completo hace silencio frente al regaño del Nephilim, escuchándose sólo el suspiro inconforme de Jace. Alec se inclina entonces hacia el asiento delantero del Impala, mirando hacia las ventanas apagadas correspondientes al pent-house.
— Entramos, revisamos la zona, y salimos, — murmura. — Debemos subir equipados, por si acaso.
— ¿Los abrelatas que llevan ustedes matan demonios también? — Pregunta Jace, mirando a Dean.
— ¿Te hicieron daño a ti, no? — Dean rastrilla su pistola y se la entrega a Simon.
— Ah, no, no, no, — se contraría el vampiro. — Yo no he disparado un arma en mi vida. ¿Además, qué puede hacer una pistola contra un demonio?
Dean saca el cargador de su Colt y retira la primera bala. El joven e inexperto vampiro se percata del pentagrama grabado en la punta. Jace y Alec lo miran con curiosidad.
— Balas de trampa para demonios, — Dean fanfarronea. — Dispárale una de estas a uno y se quedará más congelado que un oso polar. Pero, si no la quieres…
Simon intenta agarrar la pistola. Dean la retira de su alcance.
— Muy tarde, — dice. — Trata de no romperte un colmillo allí arriba.
— ¿Podemos subir ya? — Alec se incomoda.
El equipo completo se baja del auto y camina lentamente hacia la entrada del edificio. Dean se fija en los oficiales de policía estacionados a ambos lados de la puerta. Mierda, piensa mientras saca su falsa placa del FBI. A ver qué explicación les doy ahora a éstos.
— Agente Summers, FBI. Venimos a ver el pent-house.
Los oficiales lo ignoran, desviando sus miradas hacia el otro lado. Dean alza su voz mientras repite su presentación. Jace lo mira de forma burlona.
— ¿Sabes que no te pueden escuchar, eh? Tenemos Glamour.
— Muy gracioso, — protesta Dean. — ¿No podrías haberlo mencionado antes?
— Quería ver la expresión de tu cara.
— Dejen de jugar, — los regaña Alec. — Acabemos esto de una vez.
Los cuatro suben al pent-house usando el ascensor frente a la mirada sospechosa del portero. Dean nota el mismo hedor de antes al llegar al piso 19 con menor intensidad. Al parecer, limpiaron un poco el lugar, piensa. Jace y Alec permanecen silenciosos durante la ascensión.
— Llegamos, — Simon suspira al ver que la pantalla marca el piso 20.
La puerta del ascensor se abre lentamente, dando tiempo al equipo a sacar sus armas. Frente a la oscuridad reinante del lugar, Dean enciende su linterna y la acerca a su pistola. Jace y Alec agarran unas pequeñas varitas y dibujan un patrón circular que quema la piel de sus cuellos. El cazador los mira con extrañeza.
— Runas que nos permiten ver en la oscuridad, — murmura Jace.
— Ah.
— Vamos directo hacia el portal, — susurra Alec. — Atentos todos.
Dean, Simon y Jace asienten y lentamente se dirigen hacia la única habitación a la que los Winchesters no habían podido entrar. En el corto y lento trayecto, notan como las velas y los cadáveres han sido recogidos, los textos extraños escritos en sangre han sido borrados y el suelo ha sido relativamente limpiado. Sin embargo, algunas manchas de sangre, aún permanecientes en las paredes y en las uniones entre las planchas del suelo, resaltan al ser alumbradas con la luz de la linterna. El olor a putrefacción y muerte está más disipado que en su anterior visita.
El equipo entra a la habitación mencionada, la cuál se encuentra totalmente desprovista de muebles o lámparas. En el centro de la misma se observa una gran mancha negra en forma de explosión cuya oscuridad no cede ni al brillo de la linterna de Dean. El cazador se agacha y toca la negritud, dándose cuenta que se trata de carbonilla y hollín bien pegada al suelo.
— ¿Simon, sientes algo? — Pregunta Alec.
— No siento rastros de sangre o energía demoniaca. Sólo una habitación con mucho olor a quemado.
— Por aquí fue que pasaron, — relata Alec. — Eran cinco en total. Cuatro de ellos eran Eidolones. El quinto, bueno…
— ¿Qué son Eidolones? — Pregunta Dean.
— Eidolon es el nombre que nosotros damos a una clase de demonio específica, — Alec explica. — No poseen criterio propio, y limitan su existencia a seguir órdenes de una entidad superior. Por lo general, son fácimente manejables, pero algunos poseen habilidades únicas algo peligrosas.
— Ya, – replica Dean. — ¿El quinto era también un Eido... lo que sea?
— Era de una especie de demonio que nosotros nunca habíamos visto, — continúa Alec. — Fue fácilmente capaz de mandarnos a Izzy, Clary y a mí a volar, para luego desaparecer sin dejar rastro.
— ¿Recuerdas algún detalle? ¿El color de sus ojos? ¿Parpadeo de las luces? ¿Temblor de la habitación?
— Fueron apenas unos segundos, — responde Alec. — La habitación tembló como normalmente ocurre con la apertura de un portal demoniaco, y no habían luces eléctricas aquí para constatar su parpadeo. Sí te puedo asegurar que era bastante grande, y que su forma de desaparición fue vacía e instantánea.
— ¿Algo de esto te suena? — Pregunta Jace.
— Bueno, Sam y yo hemos lidiado con toda clase de demonio, hasta con los de élite. Sin embargo, nunca habíamos visto una invocación que causara este tipo de daño. Además, eeeh…
— Alec.
— Correcto, Alec, — Dean se excusa. — Alec no me plantea nada característico se un tipo específico de demonio. Casi todos los que hemos visto hasta ahora, incluidos los Caballeros y los Príncipes del Infierno, tienen la habilidad de teletransportarse.
— Bueno, debe haber sido un demonio importante, — afirma Jace. — Recuerda toda la sangre, los sacrificios humanos, los pentagramas, el sigilo, los mensajes en Gehénico en las paredes…
— ¿Gehénico? — Dean se asombra. — ¿Eso es un idioma? ¿Lo conoces? ¿Puedes traducir los mensajes extraños en las paredes?
— Pensé que lo conocías, dada la experiencia de ustedes con los demonios…
— ¿Ponían algo útil, los textos en las paredes?
Jace saca su teléfono celular y abre la galería de imágenes. Aparecen de primeras lo que parecen ser fotos tomadas de los textos mencionados, aún con la sangre chorreando desde la base de las extrañas letras.
— Antes de intentar capturar a Nick, tuve la oportunidad de tomar algunas fotos del lugar, enfocándome esencialmente en los textos. Descubrí que en muchas partes se trataba de la misma frase repetida una y otra vez.
— ¿Qué frase? — Pregunta Simon.
— "Nosotros, hijos de la oscuridad, hacemos sonar humildemente las campanas del infierno."
— Pues sí que las sonó, — murmura Dean.
— Sin embargo, sí hay una palabra en particular que no llego a traducir en estos textos, — dice Jace. — ¿Alec, me ayudas?
— Cham…Sa…'El… — Alec intenta leer el texto.
— ¿Te dice algo?
— Ni idea, — Suspira Alec. — Lo mandaremos a traducir cuando regresemos al Instituto. Estoy seguro de que alguien sabe.
— En lo que sí estamos de acuerdo todos es que en esta habitación no se nos ha perdido nada más, — afirma Dean. — ¿Qué tal si buscamos en el resto del pent-house, por si omitimos algo?
El resto del equipo asiente y cubren un área del inmenso apartamento cada uno. Los sonidos emitidos por la celeridad vampírica de Simon se escuchan por toda la habitación, siendo observado discretamente por Dean. Esto es nuevo, piensa. Jamás había visto un vampiro moverse tan rápido. Debemos tener cuidado en un futuro, por si nos chocamos con uno de éstos. Tras casi diez minutos de búsqueda, los cuatro se reúnen en el lobby con las manos vacías. Todos concuerdan de que el lugar ha sido preocupantemente limpiado.
— Alguien estuvo aquí antes que nosotros, — concluye Alec. — Alguien que no es la policía. Sólo dejaron la mancha del portal.
— Lo que está claro es que no se nos ha perdido nada más aquí, — dice Dean. — Esperemos que Sam e Isabelle hayan tenido más suerte.
— ¿Ah, el nombre de ella sí lo recuerdas, no? — Simon sonríe.
— Muchacho, acabas de sonar como el niño estúpido de las fiestas que dice "creo que a Dean le gusta esa chica", en voz alta.
— Como sea, — suspira Alec. — Volvamos al Instituto.
— ¡Conduciendo! — Se sobresalta Dean.
— Sí, está bien, a condición de no escuchar ACDC todo el camino, — plantea Jace. — ¿Tienes algo de esa banda británica, los Rolling Stones?
— Me caes un poco mejor ya…
Hogar de Raphael Santiago, Midtown Manhattan, Nueva York, 4:00 A.M.
Tras atravesar un portal creado en el Jade Wolf, Sam e Isabelle se encuentran frente a una puerta de madera de roble, tallada finamente en los bordes y en la decoración interior. Sam se da cuenta que están en algún lugar de Manhattan, en un piso alto de algún edificio residencial. Isabelle parece conocer el lugar.
— Yo hablaré con él, —Isabelle apenas mira el rostro de Sam. — Lo único que necesito de ti es que no me dejes sola con él, y que me detengas si hago algo…no convencional. ¿Entendido?
— ¿Algo como qué? — Sam pregunta, notando unas ojeras en Isabelle que no estaban antes. — ¿Estás…bien?
— Escucha, no te traje conmigo para hacernos amigos, o charlar sobre nuestros problemas. Sólo te escogí porque no me conviene que mi gente me vea así y tu hermano no paraba de mirarme con interés sexual. Limítate a hacer lo que te digo. ¿Estamos?
— Lo que tú digas.
— Para que sepas, Raphael es un vampiro, y es el líder de uno de los clanes más poderosos de Nueva York, — Isabelle respira hondo. — Él no ha matado a nadie, e inclusive nos ha ayudado en muchos casos relacionados con los suyos. Ni se te ocurra realizar tus cosas de cazador aquí.
Sam levanta ambas cejas frente a las palabras de Isabelle. Si es líder de clan, debe tratarse de un vampiro viejo, asiente ante los términos de la Nephilim. Ella toca entonces la puerta, la cuál se abre justo antes de que pueda golpearla.
El hombre que abre la puerta no impresiona a Sam. No se ve tan viejo, piensa al tener en cuenta su porte y elegancia. A los ojos del cazador, se trata de un hombre relativamente apuesto, de pelo y ojos negros, bien pelado y afeitado. Su camisa negra de seda y su pantalón de vestir brillan con la luz del pasillo.
— Isabelle…
— ¿Puedo pasar?
— En estos momentos no, – el hombre intenta cerrar la puerta. — Menos aún si traes a un Winchester contigo.
— No venimos a pelear, — Sam gesticula la paz con sus manos. — Sólo necesitamos su ayuda.
Raphael mira al suelo y suspira, para luego girar su vista hacia los oscuros y ojerosos ojos de Isabelle. El vampiro apoya su brazo sobre la puerta.
— De verdad necesitamos hablar, — le susurra Isabelle. — Sé lo que te dije, y sé lo que pasó, pero necesito tu ayuda. Sólo por esta vez, y luego ya no te molestaré más.
Raphael lanza un intenso suspiro antes de abrir la puerta con recelo y desconfianza. Sam deja pasar primero a Isabelle por cortesía antes de adentrarse en el apartamento del vampiro. Aquí vamos, piensa.
El hogar de Raphael no parece en lo absoluto un nido a los que Sam está acostumbrado a ver. El apartamento es bastante espacioso, y se encuentra equipado con electrodomésticos modernos. Desde el salón se puede dislumbrar la cocina, cuya meseta está dispuesta en forma de barra sin faltarle sus tres taburetes. En el centro de la sala yace un gran sofá en forma de "ele" tapizado con color rojo sangre, donde el dueño de la casa les invita a tomar asiento. La luz del lugar es intencionalmente tenue.
— ¿Les ofrezco algo de beber?
— No, gracias, — responde Isabelle. — Estamos bien.
— Bien, Isabelle, esto no es fácil para ninguno de nosotros, así que vayamos al grano.
Sam se da cuenta de que Isabelle mira a Raphael fijamente. Sus párpados superiores van cediendo ante su mera apariencia, y sus pupilas recorren el cuerpo del vampiro de arriba a abajo. ¿Qué demonios pasa con estos dos? Se pregunta antes de tocarle el hombro a la Nephilim. Sólo entonces ella vuelve a la realidad. Ambos aclaran su garganta.
— Necesitamos información acerca de uno de los tuyos.
— ¿Está muerto, o aún vive? — Pregunta hostilmente Raphael.
— Por desgracia vive, y está metido en cosas bien malas, — Isabelle retoma su aliento. — Se le conoce como Nick.
— Ese apodo no me dice nada, — dice Raphael. — Hay muchos Nicks entre la comunidad vampírica de Nueva York.
— Nicholas Andrew Clay, — interviene Sam, frente a la mirada desaprobatoria de Isabelle. — Ojos grises, color pálido, cachetes prominentes.
— Escuchar el nombre completo me bastó. ¿Qué quieren con él?
— Estamos buscándolo por varios asesinatos a mundanos, y por haber invocado recientemente un demonio que anda suelto por la ciudad, — responde Isabelle.
Raphael aparta la vista de Sam e Isabelle. Pasa su mano por su pelo, rasca sus ojos y luego los vuelve a mirar a la cara. El cazador nota que le crecen unas leves ojeras a él también.
— Nicholas nunca fue parte de mi clan. No sé quién fue su Señor, pero sí sé que fue convertido hace casi un año. Desde ese entonces, estuvo unido al clan de Camille.
— Y Camille ahora está tras las rejas, — deduce Isabelle. — Debe estar trabajando por su cuenta.
— Meses antes de que el Clave encerrara a Camille, ésta había excomulgado a Nick de su clan, — continúa Raphael. — Él está por su cuenta desde mucho antes.
— ¿Quién es Camille? — Pregunta Sam, completamente ajeno al tema de conversación.
— Camille es otra líder de clan vampírico, — Responde Isabelle. — Fue encarcelada por nuestro Instituto por violar los Acuerdos y transformar a un mundano sin consentimiento.
Sam arruga sus ojos y levanta sus cachetes. ¿Qué es eso de los acuerdos? Isabelle se da cuenta de su falta de conocimiento sobre el tema.
— Te explicaré todo cuando regresemos, — le dice al cazador, para luego girarse hacia Raphael. — ¿Sabes porqué Camille lo excomulgó?
— No tengo idea, pero para ser excomulgado por Camille…
— Entiendo, — Isabelle lo interrumpe. — ¿No sabrás por casualidad dónde podemos encontrarle, no?
— No tengo ni la más mínima idea, — suspira Raphael. — Siento no poder serles de mucha ayuda. Apenas he escuchado hablar del tal Nick, y nunca lo conocí en persona.
— Está bien. Si te enteras de algo, házmelo saber.
Isabelle se levanta de su asiento seguida por Sam. Raphael los acompaña hasta la puerta. A mitad de camino, agarra fuertemente la mano de la Nephilim. Sam alcanza su arma. El vampiro lo mira fijamente y luego dirige sus ojos hacia ella.
— Ese tipo, Nick, parece peligroso. Me da muy mala espina. Ten mucho cuidado, Isabelle.
— Tranquilo, — Isabelle retira su mano suavemente. — Yo me sé cuidar.
— ¡Winchester! — Raphaelde dirige hacia Sam. — Cuídala, por favor.
Sam se limita a asintir con la cabeza. Nota la última mirada entre Isabelle y Raphael antes de dirigirse a la puerta, la cuál le resulta imposible de descifrar. Las despedidas entre ambos se mantienen silenciosas. Izzy se recuesta en la pared antes de realizar una llamada de su celular. Aparece entonces otro portal en el pasillo.
— Volvamos al Instituto, — dice Isabelle. — Allí te explicaré todo lo que necesitas saber.
— Como gustes.
Sam ve a Raphael parado en el centro del pasillo mirando con genuina preocupación a la Nephilim trigueña. Debe existir algo fuerte entre ellos, murmura antes de atravesar el portal.
Instituto de los Cazadores de Sombras, Manhattan, Nueva York, 4:00 A.M.
Castiel se encuentra, junto con Garroway y Clary, frente a las puertas de una gran catedral. La oscuridad reinante del lugar hace indistinguible el color de sus paredes. Sin embargo, la luz proveniente de dentro hace resaltar las decoraciones ventanales, muchas de ellas representan batallas entre ángeles y demonios con un estilo particularmente gótico. La enorme doble puerta de entrada muestra el nombre del lugar tallado con una fuente de caligrafía bella y estilizada.
El ángel caído se da cuenta de la fijación en él que muestran los ojos verdosos de Clary. La Cazadora de Sombras lo mira de arriba abajo, haciendo énfasis en su espalda. En un momento llega a tocarlo, mostrando claramente que está buscando algo. Castiel siente incomodidad.
— ¿Qué haces?
— Eres un ángel, — Clary deja de tocarlo. — Percibo tu esencia, pero tus alas…
— ¿Qué hay con ellas?
— Parecen cortadas, tras haber sido quemadas, y despedazadas.
Castiel aparta la vista y mira hacia el suelo húmedo. Luego vuelve a poner los ojos en la catedral.
— Este es el lugar exacto donde se detectó el pico de energía celestial.
— Por la fecha y la hora que nos diste, coincide con la activación de la Espada de las Almas, — replica Garroway. — Muchas criaturas de la noche murieron ese día, y de no haber sido por las adamas en las paredes, la descarga hubiera sido aún mayor.
— ¿Tienen la espada ahora? — Castiel vuelve a mirar la catedral.
— Desapareció después que capturamos y ajusticiamos al Cazador de Sombras que la usó — Clary nota la aumentante tensión de Castiel. — ¿Qué ocurre, Castiel? Hay algo que debamos saber?
— La Espada de las Almas, como ustedes la llaman, es un arma divina. Al activarse, es capaz de canalizar y expulsar grandes cantidades de energía celestial aquí en la Tierra. Se necesita una potente magia o una buena cantidad de gracia angelical para poder activarla. ¿Quién fue el que la activó?
— Jace lo hizo, con un poco de ayuda del reactor de energía celestial de nuestro instituto, — Clary baja la vista. — Pero el que nos engañó, el que la usó deliberadamente contra las criaturas de la noche, fue mi padre, Valentine Morgenstern. La intención de Jace era destruirla.
— Eso explica muchas cosas. Gracias.
La tensión de Castiel parece sisminuir con la explicación de Clary. Sus cejas alcanzan la misma posición basal de siempre, tranquilizando a la Nephilim y al detective en el proceso.
— Necesito ver si quedan restos de energía celestial, — Castiel camina lentamente hacia las puertas de la catedral. — ¿Podríamos entrar?
Clary y Garroway lo llevan a través de la doble puerta, adentrándose en un espaciado salón lleno de ordenadores y personas percibibles por Castiel como Nephilim. Debe tratarse del resto de los Cazadores de Sombras, piensa mientras le echa un detallado y celoso vistazo al lugar. Sus anfitriones sonríen frente a su expresión facial.
— Bienvenido al Instituto de los Cazadores de Sombras de Nueva York.
La entrada de Castiel genera una gran impresión en los presentes, quienes tienen la misma reacción de Clary. Mientras los Nephilim buscan sus alas caidas, el ángel se maravilla frente al lugar. La fuerte iluminación, alternada entre luz eléctrica y candelabros con numerosas velas, ciega sus ojos por un momento. En el centro yace un conjunto de ordenadores e interfaces holográficas operadas por cuatro de los Cazadores de Sombras allí presentes, cuyos monitores muestran aplicaciones de rastreo y páginas de textos referentes a lo sobrenatural. Gracias a sus sentidos angelicales, llega a percibir las diversas y numerosas runas talladas en las paredes, muchas de ellas siendo de resguardo contra demonios y criaturas de la noche. En las paredes cuelgan numerosos cuadros representando ángeles derrotando a demonios en batalla. A cada lado de la habitación hay grandes marcos arqueados de madera que llevan hacia otros salones.
— Está bien, señores, — Clary dispersa a la multitud. — Es un ángel, caído, pero un ángel. Le debemos respeto, y eso incluye no atosigarlo.
Todos los presentes se arrodillan frente a Castiel. El angel enseguida les da la señal de levantarse, mostrando cierto grado de desaprobación en su rostro. Los Nephilim lo obedecen y se reincorporan a sus labores.
— Aquí veneramos mucho a los seres celestiales, — le susurra Clary.
— Puedo verlo, — Suspira Castiel.
— Yo conocí a un ángel una vez, Ithuriel. Lo rescatamos de las garras de Valentine, quién planeaba utilizarlo para activar la espada. Él sí conservaba sus alas.
— He escuchado acerca de él, — replica Castiel. — Ithuriel es uno de los serafinos bajo el mando del arcángel Raziel. Se rumorea que es uno de sus guerreros más prominentes, y porta una reputación respetable en el Cielo. No he tenido el honor de conocerle directamente.
— ¿El Cielo es un lugar grande, eh? — Pregunta Garroway.
Castiel ignora al detective y enfoca su vista en el inmenso salón. En un momento camina lentamente hacia el centro, extiende sus brazos hacia los lados y cierra los ojos durante unos segundos. Vuelve a lanzar una mirada por todo el lugar.
— No queda ni el más mínimo rastro de energía celestial, y las runas de las paredes están intactas. Al parecer, la espada no se usó en su plena capacidad. Tuvieron suerte.
— No todos la tuvieron, — protesta Garroway.
Un portal se abre repentinamente cerca de ellos, del cuál salen Simon e Isabelle. Clary abraza a su compañera, dándose cuenta de sus inmensas ojeras y su aparente cansancio. Sam se acerca a Castiel. Así que esta es su base de operaciones, deduce.
— ¿Tuvieron suerte? — Pregunta Garroway.
— Sólo sabemos que Nick es nuevo, era parte del clan de Camille, y fue excomulgado, — responde Isabelle.
— Eso no nos dice mucho, — se lamenta el detective. — Sólo nos dice que el tipo es bien malo para ser expulsado por Camille.
— Lo mismo dijo Raphael.
— Esperemos que los demás hayan descubierto algo, – dice Clary.
Clary y Garroway conversan con Sam y Castiel, instruyéndoles un poco sobre su historia, su sociedad y sus leyes, mientras que Isabelle se retira a descansar. Con sus enseñanzas, iluminan la mente del menor de los Winchesters, sobre todo lo hablado en el Jade Wolf y el apartamento de Raphael. Los veinte minutos de conversación antes de la entrada por la puerta principal del otro grupo pasan casi volando.
— Al fin, — protesta Garroway. — ¿Dónde estaban?
— Dean no quería usar portales, por lo que nos hizo viajar en su Impala, — Jace se queja de vuelta.
— Wow, — Dean echa una indiscreta ojeada al lugar. — ¿Ésta es su baticueva?
— Bueno, — suspira el detective. – ¿Encontraron algo?
— El lugar ha sido limpiado por la policía y por otro grupo, — Responde Alec. — No pudimos encontrar nada aparte de los restos del portal demoniaco.
— Al menos sabemos que se trata de un demonio bien grande, y rápido, — dice Dean. — Fue lo suficientemente poderoso como para mandar a volar a tres Cazadores de Sombras. ¿Alguna idea, Sam?
— No parece un demonio de clase baja, por lo que me acabas de describir.
— Si eso es verdad, algún rastro de energía debe dejar donde quiera que vaya, — afirma Alec. — Pondremos todo nuestro equipo de rastreo en función de divisar anomalías energéticas en la ciudad, y avisaremos a nuestros contactos para rastrear a Nick. En lo que aparece, aprovechemos el tiempo para descansar. Nick no irá lejos durante el día, de todos modos.
Antes de dirigirse a sus aposentos, Jace y Clary intercambian datos de contacto con los Winchesters. Alec les dice unas palabras antes de marcharse.
— Los llamaremos en cuanto aparezca algo. Espero que ustedes hagan lo mismo.
— Descuida, — dice Sam. — Lo haremos. También realizaremos nuestra propia búsqueda en lo que esperamos.
El Impala yace aparcado fuera de la catedral. Los Winchesters lo abordan junto con Castiel y Dean sale del lugar chillando gomas.
— Parecen buenas personas, especialmente Isabelle, — Dean sonríe, frente a la mirada desaprobatoria de su hermano. — ¿Por cierto, a dónde fue?
— Dijo que necesitaba descansar, — Sam le responde. — De todas formas, algo en todo esto me huele muy mal.
— ¿Por?
— Quiero decir, vinimos a Nueva York para cazar un monstruo asesino, y terminamos trabajando con Nephilim y persiguiendo demonios. Está ocurriendo exactamente igual que aquella vez cuando peleamos con el Príncipe del Infierno, Ramiel.
— ¿Crees que los ingleses sabían algo de esto?
— No lo sé, Dean, pero lo voy a averiguar. Estoy llamando a Mick a primera hora de la mañana.
— Está bien.
Dean acelera aún más el Impala, dándose cuenta del silencio perturbador de Castiel en el asiento trasero.
Callejón desconocido, tarde en la noche, Nueva York.
El mendigo que yace durmiendo al lado de los cubos de basura de un callejón rodeado de inmundicia y jeringuillas vacías se asusta al ver un hombre pálido aparecer de la nada. Su quejido involuntario alerta al ser. Un par de penetrantes ojos grises es lo último que ve en su vida.
Tras dejar sin sangre al vagabundo, Nick saca un teléfono móvil de su bolsillo y realiza una llamada. Ni siquiera tiembla cuando sus desalsos pies tocan el suelo frío del pavimento.
— Está hecho. Ya camina entre nosotros, y pronto nos llamará para la siguiente fase. Prepárate.
Nick corta la llamada, sale del callejón y desaparece en la oscuridad de la noche, dejando huellas sangrientas de sus pies descalsos en el camino.
