CAPÍTULO 4 – UN ARMA DE EXTINCIÓN MASIVA
Castiel entra al bar de moteros segundos después de la desaparicion de Chamsael. Cazadores de Sombras y criaturas de la noche se arrastran por los suelos hacia la barra, mientras que los Winchesters malamente se recuestan a las sucias paredes. Cerca de la silenciosa jukebox yace el cuerpo de Magnus Bane lleno de quemaduras y con su caro traje de Armani hecho unos zorros. El ángel se acerca a sus conocidos entre los quejidos de los ahí presentes.
— ¿Qué ocurrió aquí?
— ¿A ti qué te parece? — Dean masajea sus costillas. — Nos acaba de patear el trasero un demonio, y se llevó a la Nephilim buenorra. Llegaste tarde a la fiesta.
— ¿Dónde estabas, Cass? — Pregunta Sam.
— Estaba con mis contactos en el Cielo intentando averiguar de qué iba todo esto. Debemos movernos rápido.
— Bueno, te deseo muy buena suerte con eso, — señala Dean al resto de los heridos. — Como no te vuelvan a crecer las alas…
Castiel ignora a Dean y se acerca a una convalesciente Clary. La pelirroja recuesta su espalda a la barra. Sonríe al ver al ángel caído.
— Castiel…
— No tenemos tiempo que perder, — susurra Castiel. — Dime quién de ustedes es más diestro con la apertura de portales.
— Magnus, — Suspira Clary, señalando al brujo caido. — Él nos puede sacar a todos de aquí.
— Bien.
El ángel se levanta y camina lentamente hacia el cuerpo inerte de Magnus Bane. Se para cerca de él y lentamente se arrodilla a su lado, acercando su mano hacia su cabeza. De ella comienza a emanar una intensa luz blanca que engloba al brujo en su totalidad.
— Magnus, — Alec deja escapar unas lágrimas.
La luz se disipa, mostrando a Magnus sin quemaduras o restos de hollín. El brujo abre los ojos y rápidamente se para, sacudiéndose el polvo. Pasa sus manos por todas las partes expuestas de su cuerpo, constatando la ausencia de heridas.
— Gracias, — dice calmadamente. — Creo que no hemos tenido el placer de conocernos.
— No hay tiempo para eso, — se acelera Castiel. — ¿Puedes abrirnos un portal hacia el Institituto?
Magnus mira a Clary, ya levantada y sosteniéndose de la barra. La Nephilim pelirroja le da su consentimiento de una asentada.
— Bien, — Magnus comienza a mover sus manos. — Al Instituto entonces.
— ¡Todos los que puedan caminar ayuden a los que no pueden! — Vocifera Castiel. — ¡Nos vamos de aquí ya!
De las manos del brujo emana un enorme portal cuyo ojo muestra a pedazos la imagen del lobby del Instituto. Dean carga a Alec de hombros. Castiel y Sam cargan a Jace y a Simon respectivamente, mientras Clary ayuda a Garroway a pararse. Todos se dirigen hacia el portal.
Morgue central del Departamento de Policía de Nueva York, 3:00 A.M.
El técnico en autopsias allí presente se desmaya al ver aparecer de la nada a cuatro seres desconocidos. La imagen de aquellos extraños ojos amarillos y morados mirándolo fijamente se quedará para siempre grabada en su memoria. ¿Es un sueño? ¿O acaso, estoy volviéndome loco?
— Nada más lejos de la realidad, — Responde Chamsael a sus silenciosas preguntas.
En efecto, los cuatro allí presentes son bien reales, como lo es el hecho de que uno de ellos va con el grupo en contra de su voluntad. Las esposas llenas de runas talladas manteniendo sus muñecas una contra la otra detrás de su espalda lo confirman. Su forcejeo lo ratifica. Su cara de asco lo reafirma.
— Les digo una vez más, — Isabelle provoca a sus captores. — Tienen a la chica equivocada. Yo no soy especial. ¿Qué pueden ustedes querer de mí?
— Nick, — Chamsael mira de reojo a Isabelle. — Encárgate de esta muchacha tan ruidosa.
— Como usted diga...
Nick camina lentamente hacia Isabelle, siendo recibido con patadas y cabezazos. Sin presentar dificultad alguna, el vampiro agarra a la esposada Nephilim por el cuello y estampa su fino y voluptuoso cuerpo contra la pared. Muestra entonces sus enormes y babeantes colmillos. Sus pupilas se dilatan. No...
— No te asustes, nena, — susurra Nick. — Sé que lo deseas tanto como yo. Tus ojos no me engañan.
Nick muerde a la Nephilim en el cuello, lentamente intercambiando su veneno vampírico por dulce esencia angelical. El exaltado estado de ánimo de Isabelle se va calmando poco a poco. Ambos sienten placer en el proceso, perdiéndose en él por completo. Chamsael los mira con ternura.
— Qué bonitos.
— Bien, — Beatrice mira el espectáculo con asco. — ¿Cuál es el siguiente paso?
— El siguiente paso es crear una distracción, — responde Chamsael. — Tú me vas a ayudar en esa tarea.
— ¿Yo?
Chamsael interrumpe las preguntas de Beatrice abriendo uno de los compartimentos de cadáveres usando su telekinesis. Beatrice se acerca lentamente, constatando la familiaridad que le produce el cuerpo ahí yacente. El pelo rubio y los pequeños ojos son inconfundibles. El enorme agujero en su pecho confirma aún más su identidad.
— Voy a necesitar un poco de tu sangre, muchacha, — dice calmadamente Chamsael.
Beatrice se muerde fuertemente la muñeca y deja caer varias gotas de sangre en la expuesta frente de la muerta, manchando las raíces de su cabello en el proceso. Al ver una cantidad de sangre decente, Chamsael cura la herida auto-infringida de la licántropo y realiza un raro ritual sobre el cuerpo sin vida acostado sobre la fría camilla plegable de hierro y aluminio. Pronuncia palabras apenas comprensibles para sus subordinados durante cinco minutos. Sólo el último vocablo se escucha alto y claro.
— ¡DESPIERTA!
Los ojos de la muchacha sin vida se abren, mostrando un par de pálidos globos oculares sin irises ni pupilas. Acto seguido se sienta en la fría camilla y lentamente posa sus descalzos pies en el suelo de la morgue. Inmediatamente carga contra Beatrice. Chamsael la detiene usando su telekinesis.
— Tranquila, muchacha, — sonríe sardónicamente. — No es a ella a quién debes atacar.
La muchacha sin vida intenta luchar contra las invisibles restricciones del demonio, lo cual no parece causarle dificultad. Chamsael mantiene su brazo recto y sus dedos apuntando hacia ella. De sus uñas comienza a emanar un humo negro que se cuela por sus fosas nasales.
— Bieeeen, — susurra Chamsael. — Siente mi esencia. Abraza lo más profundo de mi ser.
La muerta viviente cierra los ojos durante unos segundos. Al volverlos a abrir, el color de sus globos oculares se torna negruzco. Luego se gira hacia Chamsael y se arrodilla, con Nick y Beatrice parados a su lado. Isabelle lucha contra su obnubilación para poder observar lo que ocurre.
— ¡Ve, Cassidy! — Vocifera Chamsael. — ¡VE Y ACABA CON TODOS ELLOS!
Cassidy se limita a emitir un chirriante rugido antes de ser tele-transportada del lugar.
Instituto de los Cazadores de Sombras, Manhattan, Nueva York, 3:30 A.M.
Sam mira a Dean con desaprobación al verlo jugar con la larga interfaz holográfica sobre la mesa en el centro del salón de estrategias. La enciende y la apaga repetidas veces, en ocasiones haciendo que la imagen de la ciudad de Nueva York se distorsione cuando su dedo toca la punta del Empire State. Castiel permanece sentado en una de las butacas negras de piel.
El recuperado grupo de Cazadores de Sombras entra al lugar, seguidos por Simon, Magnus Bane y un descamisado y vendado Garroway. Dean disimula y se aleja de la interfaz holográfica. Sam levanta sus cejas.
— ¿Cómo se sienten? — Castiel se levanta de la butaca.
— Viviremos, — Jace masajea sus costillas. — Menuda paliza nos han dado.
— En cambio ustedes parecen estar muy bien, — Alec apaga la interfaz holográfica con enojo. — ¿Seguro que son humanos?
— Hemos recibido peores golpes, créeme, — fanfarronea Dean. — Ese demonio pega igual que Jace.
Jace y Sam levantan las cejas, arquean los ojos y suspiran al mismo tiempo. Garroway se sienta en una de las butacas con dificultad. Clary se le acerca.
— ¿Luke, estás bien?
— Como dijo Dean, — Garroway sonríe maliciosamente. — Eso no fue nada. Viviré.
Clary le sonríe de vuelta al detective. El lenguaje corporal de ambos muestra a los Winchesters la unión existente entre ellos. El posterior abrazo, al cual se une Simon, los hace ver como una gran familia, pese a las diferencias entre sus razas.
— No tenemos mucho tiempo, — interrumpe Castiel el momento. — Las cosas se han complicado enormemente.
— ¿Qué quieres decir? — Pregunta Sam.
— El plan de Chamsael, — responde Castiel. — Necesitamos detenerlo cuanto antes.
— ¿Qué sabe usted de eso, Castiel? — Se preocupa Alec. — ¿Qué quiere él con mi hermana? ¿Por qué se la llevó?
— Dime una cosa, — Castiel camina hacia Alec. — ¿Tu hermana tiene alguna descendencia demoniaca?
— No.
— ¿Pactos con demonios?
— ¡No!
— ¿Relaciones sexuales con demonios o seres sobrenaturales oscuros?
— ¡Mierda, No! — Alec se exalta. — ¡Demonios...!
— Ella fue novia de un Seelie, — Clary se entromete. — ¿Eso cuenta?
— Los Seelies son familiares de las Hadas, — dice Magnus. — Puede que aquí los consideremos Criaturas de la Noche, pero sus esencias no contienen oscuridad pura. Eso sería un no.
— Alec, su adicción, — susurra Sam.
— Yin Fen, — Alec recuerda. — ¡Mi hermana es adicta al veneno de vampiros!
— Eso explica la corrupción de su esencia y el porqué del interés de Chamsael con ella, — afirma Castiel. — Todo tiene sentido.
— Cass, — Dean se exaspera. — ¿De qué demonios hablas?
Castiel ignora la impaciencia Dean y comienza a caminar en círculos en la habitación, murmurando palabras sin sentido para ninguno de los allí presentes.
— Lo tiene casi todo, — dice.
— ¿Todo? — Pregunta Sam. — ¿Todo para qué?
— La sangre de un demonio con esencia angelical, el corazón de una humana virgen en tiempo de procreación y la esencia de un Nephilim corrupto. Sólo le falta un objeto perteneciente a una criatura muy malvada...
— O no, — interviene Jace, mostrando una página web en su celular. — Creo que consiguió eso también.
El Nephilim le presta su celular a Dean, quién observa atentamente la pantalla. Sam y Castiel se unen a él y entre todos observan la foto de un escudo con insignias episcopales. La descripción del objeto define su procedencia. Escudo de Gilles Velmare, Inquisidor y Cazador de Brujas.
— Gilles Velmare era un miembro devoto de la Santa Inquisición asignado exclusivamente a la caza de brujas, — alega Jace. — Más que por capturarlas, se deleitaba en las sesiones de interrogatorio, especialmente cuando torturaba mujeres. Se le adjudican las muertes de alrededor de 400 jóvenes acusadas de brujería y adoración satánica.
— ¿Todo un ciudadano modelo, eh? — Se burla Dean.
— O sea que tiene eso también, — Castiel suspira. — Y además es un escudo.
— ¿A qué nos enfrentamos, exactamente? — Pregunta Clary.
Todos los presentes se reúnen alrededor del ángel caído. Sus instintos les dicen que algo malo y gordo está ocurriendo. Sus corazones laten y palpitan fuertemente. La curiosidad los vence.
— Chamsael está construyendo un arma divina, – dice Castiel. – Los ingredientes que ha juntado corresponden los necesarios para fabricar el Escudo de la Desesperación.
— ¿ Escudo de la Desesperación? — Repite interrogativamente Magnus.
— Justo después de que Lucifer corrompiera a los humanos en el Jardín del Edén, Dios recordó su fracaso con los Leviathanes. Tuvo miedo de que tanto los ángeles como los humanos se volvieran igual de destructivos e incontrolables, por lo que ideó, al igual que con sus predecesores, una forma de destruirlos si la situación lo exigiese.
— Y esa forma es ese escudo, — concluye Sam.
— Es un artefacto diseñado para destruir a todo ángel, humano u otra criatura con esencia puramente de luz, donde quiera que sea usado, — explica Castiel. — Sigue el mismo principio de la Espada de Almas activada aquí en el Instituto. De hecho, sirve como su contrapartida.
— Así como la espada acaba con la oscuridad... — Recita Jace.
— El escudo acaba con la luz, – termina Clary la frase. – Dios mío...
— En otras palabras, podría causar nuestra extinción en un abrir y cerrar de ojos, — alega Castiel.
Un incontrolable murmullo enseguida toma control del salón de estrategias. Tanto los Winchesters como los Cazadores de Sombras comienzan a preocuparse sin remedio por el descubrimiento referido de Castiel. Frases especuladoras y deductivas vuelan. La tensión se nota a un kilómetro de distancia.
— Podría matarnos a todos si ya lo decidiese, — Simon respira aceleradamente. — Es más, podríamos estar muertos ya.
— Las Criaturas de la Noche y los demonios tienen oscuridad en sus esencias, así que tú, Magnus y Garroway estarán bien, — afirma calmadamente Castiel. — El resto estaríamos, bueno, jodidos.
— Hacía mucho que Cass no decía tacos, — murmura Sam.
— Debe estar muy nervioso, — alega Dean.
— Dices que es un arma divina, — interviene Clary. — ¿Cómo es que un demonio como Chamsael...?
— Lucifer, — interrumpe Castiel. — Él debe habérselo dicho.
— ¿Lucifer? — Salta Simon. — ¿Te refieres al Diablo?
— Sí...
— Por cierto, — interviene Jace. — ¿Qué pasa si el escudo es usado? ¿Qué se siente?
— Según lo que me dijeron en el Cielo, debería sentirse como si "tu alma se quemara y se desgarrara desde adentro". No es muy placentero que digamos.
— Bueno, nadie se ha quejado de un dolor desgarrador hasta ahora, así que eso es una buena señal, — Jace se tranquiliza.
— No lo es, — alega Castiel. — Se necesita una gran cantidad de energía demoniaca para activar el escudo, por lo que creo que su plan sólo está atrasado.
— Eso debe darnos algo de tiempo, — dice Dean calmadamente, llamando la atención de todos. — Debemos matar a ese hijo de perra antes de que logre activar el escudo ese.
— Bien, — Sam lo apoya. — Voy a mirar los repertorios y buscar la forma de...
— No lo hagas, — Dean interrumpe a su hermano. — Usaremos la Colt.
— ¿Tú crees?
— La Colt acaba con cualquier cosa, — Dean muestra confianza en lo planteado. — Este tipo tiene los ojos de Azazel, así que debe bastar.
— Dean, no estamos seguros, — plantea Castiel. — Recuerda lo que pasó con Lucifer. Chamsael tiene una jerarquía muy alta, más alta que un Príncipe del Infierno. No sé si...
— Bueno, ahora mismo no tenemos otra manera rápida, — replica Dean. — En lo que a mí me concierne, Chamsael es sólo un Príncipe del Infierno inflado. Créeme, esta es la manera.
— Llamaré a Mick entonces, — Sam agarra su celular y camina hacia la entrada del Instituto.
Los Cazadores de Sombras se acercan a Castiel, curiosos y ajenos a lo que están hablando. Dean los mira a todos fijamente. Alec, quién estaba anteriormente muy callado, decide tomar la iniciativa.
— ¿Qué quieren decir ustedes con "la Colt"?
— En el año 1835, Samuel Colt fabricó un revólver especial, – relata Dean. – Esa arma puede matar cualquier cosa, sea de la naturaleza que sea. Las veces que Sam y yo lo hemos usado, ha acabado con todo lo que se le ha puesto delante, excepto con Lucifer.
— ¿Quieren decir que se enfrentaron al Diablo? — Pregunta Jace.
—Sí, — murmura Dean. — Nosotros...ehem...perdimos. Pensamos que la pistola lo mataría.
— Ya veo.
— ¿Y ustedes creen que pueda matar a Chamsael? — Pregunta Garroway. — Veo a Castiel algo preocupado...
— Lucifer dijo que existían cinco cosas en toda la creación que la pistola no podía matar, incluyéndolo a él, — responde Dean. — Sin embargo, yo pude matar a un Príncipe del Infierno con ella, por lo que asumimos que funcione contra éste.
— Bien, háganse con la pistola, — ordena Alec mientras acciona la interfaz. — Entretanto, podemos poner todos los recursos del Instituto para localizar a Chamsael y a los otros dos.
Aparece encima de la mesa la conocida representación holográfica de la ciudad de Nueva York sin los puntos parpadeantes de antes. Jace la acciona nuevamente con iguales resultados. Suspira con desdén. Mierda…
— Debe haberse freído el dispositivo de rastreo con las distorsiones eléctricas aquellas, — alega Simon.
— O puede haberlo destruido, — afirma Clary. — De cualquier forma, estamos de nuevo en la casilla de inicio.
— No necesariamente, — interviene Alec. — Nuestro equipo puede realizar un algoritmo de rastreo siguiendo el patrón de su distorsión eléctrica. Va a tomar unas horas, pero podremos localizarlo.
— Yo podría descartar posibles zonas de alta energía demoniaca para ir ganando tiempo, — dice Jace. — Podríamos enviar varios de nuestros equipos a realizar labores de reconocimiento.
— Bien, — lo apoya Alec. — Envía a quién necesites. Sólo hazlo lo más rápido posible.
Alec recupera poco a poco la compostura perdida ante el secuestro de su hermana. Su mirada es profunda, firme y determinada, propia de su estatus como cabeza del Instituto. Su tono de voz se va tornando calmado y autoritario, dejando de lado los suspiros y los lamentos silenciosos. Sus órdenes transmiten seguridad.
— El resto de ustedes, recupérense como es debido. Debemos parar al demonio y recuperar a mi hermana. La batalla va a ser dura, pero esta vez estaremos preparados.
Sam vuelve a entrar al salón de estrategias con su celular aún en mano. Dean lo mira con expectativas.
— ¿Y?
— Mick envió a ese tipo raro, Ketch, con el arma, — responde Sam. — Dice que se reunirá con nosotros en un par de horas en un lugar designado por él. Aquí tengo las coordenadas.
— Bien, vamos allá, — Se alista Dean. — Los llamaremos una vez que tengamos la pistola. Espero que ya para ese entonces hayamos encontrado a ese hijo de perra.
— Estaremos en contacto, – contesta Alec. – Pueden comunicarse con Magnus en caso de necesitar desplazarse rápido.
— Bien, — responde Sam.
— ¡Oh, claro que no! — Se queja Dean. — ¡No más portales, por favor! La última vez…
— No, no lo digas, — lo interrumpe Sam, empujándolo hacia la salida. — Ya los llamaremos ya.
Los hermanos ven que Castiel no hace por irse. Se paran en la salida del salón de estrategias por unos segundos. El ángel no reacciona.
— ¿Cass, no vienes?
— Quisiera quedarme aquí. Tengo varias preguntas para los Nephilim, y tengo una extraña sensación de que debería permanecer en este lugar. Llámalo una corazonada. ¿Podría…?
— Un ser puro como usted es más que bienvenido en nuestro Instituto, — responde Alec.
— Como quieras, entonces, — dice Dean.
Los Winchesters intercambian números con Magnus Bane y se despiden de los presentes, caminando rápidamente hacia la puerta. La visión del Impala aparcado fuera alivia y alegra a Dean. Bebé, te he extrañado mucho, piensa mientras acaricia su brillante carrocería.
Callejón desconocido, Brooklyn, Nueva York, 6:30 A.M.
Los Winchesters permanecen sentados dentro del Impala, observando los primeros intentos del Astro Rey por proyectar sus rayos. La vieja reproductora emite a volumen moderado la melodía de Jaded, de Aerosmith. Dean se recuesta en el respaldar de su asiento y se relaja con el escenario. Sam se mantiene alerta, engurruñando los ojos frente a la neblina generada por el vapor saliente de los edificios cercanos. Un SUV Chevrolet Suburban negro aparece desde dentro de la humareda blanca. Ese debe ser Ketch, piensa mientras despierta a codazos a su hermano.
El chofer del SUV se aparca cerca de ellos y lentamente hace bajar su oscuro cristal, revelando poco a poco una cara ya conocida por los Winchesters. Sam constata que el cazador de los Hombres de Letras británicos mantiene su impecable apariencia personal, marcada por una cara perfectamente afeitado, un acoplado pelo negro y un oscuro traje con una corbata roja como la sangre. El brillo de la carrocería de su vehículo resalta a pesar de la neblina.
— Sam, Dean, — Ketch los saluda con frialdad. — Gusto verlos de nuevo.
— Sí, lo que sea, — Dean replica. — ¿Trajo lo que pedimos?
Ketch saca de dentro de su vehículo una bolsa marrón con extrañas escrituras y se la entrega a Dean, quién saca de adentro lo que parece ser un revolver Colt Patterson Replica. Ambos hermanos reconocen el pentagrama en su mango y la inscripción en su cañón, mostrando una leve sonrisa al cerciorarse que se trata de La Colt. Sam lo inspecciona pieza por pieza, constatando que sólo hay cinco de las seis balas que aguanta el tambor. El cazador británico se da cuenta de su inconformidad.
— Seis balas fueron creadas con el ritual que nos enseñasteis amablemente, — Ketch se dirige a Sam. — Sin embargo, para evitar sorpresas, me tomé la libertad de probar una en el camino con un vampiro fuera de control. Funciona perfectamente.
— Ya, — suspira Sam.
— De todos modos, deben haber suficientes ahí para matar a Chamsael. Un disparo al corazón o a la cabeza debe ser suficiente. Podéis daros gusto.
— No que nos caigas muy bien, pero, — Sam mira a Ketch fijamente. — ¿No te gustaría unirte a nosotros?
— Desafortunadamente, no puedo seguirlos en esta aventura. Tengo negocios importantes que atender en Nueva York.
— ¿Más importantes que un demonio con una ojiva nuclear quema-almas en sus manos?
— Confío en que ustedes pueden encargarse de la situación, — sonríe Ketch. — Han participado en peores líos en el pasado. Al menos este no lo comenzaron ustedes.
Los Winchesters miran a Ketch con desaprobación, lo cuál no parece importarle. Les alcanza entonces tres files de color ámbar con diversos papeles y fotos dentro. Sam echa un vistazo a su contenido.
— Nuestros muchachos investigaron acerca de los dos que siguen a Chamsael, — dice fríamente el británico. — Van a descubrir que sus pasados son bien interesantes, sobre todo el de la licántropo.
— ¿Y Chamsael?
— Desafortunadamente, del demonio no hay muchas referencias, salve lo que Mick le comunicó a Sam.
— Nosotros lo tomamos desde aquí, entonces, — suspira Dean.
— Tened cuidado con Chamsael, — les advierte Ketch. — Ningún cazador se ha enfrentado nunca al Archiduque del Infierno. Esta es una criatura que estuvo encerrada durante miles de años, con poderes aún desconocidos hasta por sus propios congéneres.
— Estaremos bien, — fanfarronea Dean. — Ningún demonio con esteroides podrá con nosotros.
— Bien, chicos, debo irme, — Ketch arranca su vehículo. — Traed el revólver de vuelta cuando hayan terminado. Buena suerte.
El SUV sale del callejón sin esperar respuestas y desaparece en la niebla. Los Winchesters lo ignoran, contemplando la Colt y nutriendo sus espíritus con el poder y la seguridad que transmite. Sam realiza entonces una llamada por su celular.
— Alec, tenemos el arma, junto con información acerca de Nick y Beatrice.
— Nos vemos en el Instituto entonces.
Instituto de los Cazadores de Sombras, Manhattan, Nueva York, 8:30 A.M.
A su regreso al Instituto, los Winchesters muestran todo lo obtenido a los Cazadores de Sombras ahí presentes. La Colt yace sobre la mesa del salón de estrategias junto con las carpetas de Nicholas Andrew Clay y Beatrice Swatter, las cuáles se encuentran abiertas con su contenido disperso. Las imágenes holográficas de ambos individuos flotan encima de la interfaz. Sam nota la ausencia de Castiel. ¿Dónde estará ahora?
— A ver si entiendo, — dice Jace. — ¿Según esta información, Beatrice nació mediante un pacto demoníaco? ¿Qué quiere decir eso?
— No es tan simple como lo pintas, — explica Sam. — Su mamá supuestamente no podía tener hijos, por lo que hizo un pacto con un demonio en una encrucijada para poder concebir. Obviamente su deseo le fue concedido, y más tarde tuvo que pagar.
— Pero dice aquí que quedó huérfana con cinco años, — alega Alec. — ¿No son diez años los que...?
— Aparentemente, el demonio que hizo el trato recurrió a un tecnicismo, causando la muerte prematura de los Swatters en un trágico accidente automovilístico.
— Qué asqueroso, — Clary se conmueve. — Malditos demonios.
— Siendo la niña nacida gracias a un pacto demoníaco, su alma ya viene con cierto grado de corrupción, — alega Alec. — Su deseo de venganza la debe haber oscurecido aún más, y su transformación a la licantropía le dio aún más vínculo con Edom. Es la candidata perfecta para comunicarse con un demonio de alto rango como Chamsael.
— ¿Edom? — Murmura Dean a Jace. — ¿Dónde demonios es eso?
— En el Infierno.
— Ah.
— ¿Y qué tal Nick? — Pregunta Clary.
— Lo mismo que hemos averiguado hasta ahora, — le responde Sam. — Trabajaba para un tipo que lavaba dinero y fue asesinado. Aparentemente una vampira se apiadó de él y lo convirtió para salvarle la vida.
— Vampira que fue asesinada por mi padre, — Clary baja la vista.
— Jeanette Enlacroix, — Sam saca una de las hojas del bulto de Nick. — Parecía una buena muchacha, y aparentemente Nick estaba muy apegado a ella. El resto ya es parte de su personalidad caótica.
— ¿Y Chamsael? — Pregunta Alec. — ¿Qué hay de él?
— No mucho...
— ¡Sam, ven a ver esto!
La explicación de Sam se ve interrumpida por el llamado de su hermano, quién había sido atraído hacia el lobby por una de las pantallas que transmitía el canal de las noticias. Todos acompañan al cazador hacia el reportaje televisado. Alec manda a subir el volumen.
— Según las autoridades locales, la muerte del señor Thomas Blossom ocurrió en horarios de la madrugada, estando sólo en su hogar. No se registran señales de entrada forzada o ataque. Sin embargo, la forma en la que el cadáver fue encontrado sugiere que se trata de un asesinato. A continuación transmitimos las imágenes. Se avisa de antemano que están bastante fuertes, por lo que se recomienda discreción.
La imagen de la bella reportera de noticias cambia hacia las imágenes de cómo fue encontrado el señor Blossom. Los Winchester miran atónitos el torso aún vestido del hombre colgado del techo y seccionado a nivel de la cintura, con sus brazos, su cuello y su frente envueltos en un sangriento alambre de pú manos y piernas están ausentes.
— Dios, — Clary pone su mano en su boca.
— ¡¿Qué demonios...?!
El grito de Dean se ve interrumpido por el sonido de su celular, el cuál muestra un número desconocido. El cazador contesta.
— Agente Summers.
— Dean, deja de fingir, — le responde la conocida voz de Luke Garroway. — ¿Habéis visto las noticias?
— Sí. La escena se ve bastante fea.
— Nunca pensé que iba a decirte esto, pero necesito que tú y tu hermano se pongan los disfraces y vengan aquí lo más rápido posible. Nada de Glamour.
— Enseguida estamos allí, detective.
Todos se muestran expectantes al escuchar las últimas palabras de Dean antes de colgar. Sam lo mira fijamente, levantando sus cejas de forma interrogativa. Jace, Clary y Alec hacen lo mismo.
— Garroway está en casa de los Blossom, — dice Dean, dirigiéndose a su hermano. — Necesita que vayamos allá inmediatamente.
— Vamos a pedir un Glamour para ellos...
— ¡No! — Dean detiene a Alec. — Dijo que nada de Glamour. Pidió fachada tradicional del FBI.
— Vamos, entonces, — Sam se dirige hacia la salida junto con Dean. — Los mantendremos informados. Llámennos si localizan al demonio.
— Lo haremos, — asegura Alec.
Antes de salir, Dean vuelve por la Colt y se la guarda auxiliándose del cinto de su pantalón.
Hogar de Cassidy Blossom, Howard Beach, Queens, 9:30 A.M.
Los Winchesters se deslizan por debajo de la precinta amarilla delimitando el hogar de los Blossom, vistiendo sus atuendos del FBI y mostrando sus falsas placas a los dos oficiales que se les acercan. Garroway acude en su ayuda.
— Está bien. Vienen conmigo.
Sam y Dean guardan sus credenciales y siguen discretamente al detective. Contrario al silencio sepulcral que había durante su última visita, el jardín está lleno de oficiales de policía y técnicos forenses. Desde la calle se puede escuchar la bulla que emiten las sirenas, los reporteros y los curiosos amontonados, limitados por la legalmente impenetrable cinta amarilla.
Los Winchesters se adentran en la casa con Garroway, donde la situación es igual que la de fuera. Pese a estar esta vez todas las luces encendidas, la cantidad de personal del Departamento de Policía de Nueva York en todas las habitaciones hace que las decoraciones apenas sean visibles. Sam y Dean constatan la presencia de un fuerte e insoportable olor a azufre. ¿Demonios?
Cerca de la chimenea aún encendida de la sala de estar, los hermanos ven en vivo lo antes representado en las noticias. ¿Qué demonios? Ambos se sobresaltan al ver el torso vestido y sin piernas del señor Blossom, enganchado al techo con alambre de púas. Los macabros y tensos amarres de metal circulan la frente, el cuello y los brazos de lo que queda del cadáver, dejándolo en una posición similar a las representaciones de Jesucristo crucificado. Los pinchos que penetran la piel aún gotean sangre.
— ¿Y sus piernas? — Pregunta Dean.
— Los muchachos aún las están buscando, — explica Garroway. — Hasta ahora no se han detectado signos de entrada forzada. Con todo lo que ha pasado, apuesto que esto es uno de nuestros casos.
Sam activa su detector de frecuencias electromagnéticas y ve como las cinco luces rojas se encienden al momento. Lo guarda en el momento que se da cuenta como un oficial ahí presente lo mira con rareza. No es el momento. Mucha gente
— Dean, el detector casi revienta, — murmura Sam. — Hay altos niveles de frecuencia electromagnética aquí, y el olor a azufre es fuertísimo. Esto definitivamente es una muerte causada por uno o más monstruos.
— ¿Qué tipo de monstruos? — Pregunta Garroway.
— No sabremos con exactitud hasta que no podamos echarle un buen vistazo al lugar.
— Esperen un momento...
Garroway camina hacia uno de los oficiales y le habla en voz baja. El oficial se para inmediatamente en el centro de la habitación y manda a todos los presentes de abandonarla. Sam y Dean se asombran.
— Ventajas de tener una placa auténtica, — fanfarronea el detective. — Tenemos poco tiempo, así que echemos un vistazo rápido e incisivo.
Los Winchesters y Garroway cubren sus manos con guantes de látex y se ponen a trabajar. Observan el salón tal y como lo habían visto antes, exceptuando las numerosas manchas de sangre y la macabra escenografía. El olor a azufre crece por segundos, mitigado sólo por el olor a muerte proveniente del señor Blossom. Las llamas de la chimenea resaltan pese a la luz emitida por la enorme lámpara de techo de vidrio veneciano.
— ¡Muchachos, vengan a ver esto!
Sam y Garroway acuden rápidamente al llamado de Dean desde los raíles de bronce en la base de la chimenea. Ambos observan que el guante del cazador está embarrado de una conocida substancia negra. ¿Ectoplasma? Se pregunta Sam. ¿Fantasmas entonces?
— Azufre, ectoplasma, — recuenta Dean. — Es como si el ejército oscuro hubiese atacado a este pobre viejo.
— Con todo lo que hemos visto no me extraña, — alega Garroway. — Andamos persiguiendo a tres criaturas de la noche diferentes, con una agenda nada buena. A saber qué pueda ocurrir en esta ciudad.
Mientras escucha a Garroway, Sam percibe lo que parecen ser manchas de ectoplasma que hacen un camino fuera del salón. ¿Huellas? Se pregunta al ver el torpe patrón de los lamparones oscuros. Se dirige entonces a su equipo.
— Vamos a ver a dónde lleva esto.
Dean y Garroway lo siguen. El camino emprendido por las manchas los lleva a subir las escaleras hacia el segundo piso de la mansión y atravesar el largo pasillo. Llegan hacia una habitación con la puerta entreabierta, de la cual emanan fuertes corrientes de aire con olor a azufre. Sacan entonces sus pistolas. Sam empuja lentamente la puerta.
Los tres entran a una habitación pintada de rosado y blanco, con una cama en el centro cuyas sábanas se aparejan con el resto de los colores presentes. En una esquina yace una estantería blanca de caoba con varios espacios ocupados por muñecos de peluche. La pared encima de la cama muestra el nombre de "Cassidy" pintado en la pared con estilo de letra cursiva.
— Esta es la habitación de la difunta Cassidy Blossom, — deduce Garroway. — ¿Qué querría el asesino con...?
La frase del detective es interrumpida al ver un bulto de fotos encima de la cama. Garroway guarda su arma y se acerca a echarles un vistazo, seguido por los Winchesters. Los hermanos constatan que todas muestran a Cassidy Blossom y Annie Stillman, la amiga que conocieron durante su investigación, en diferentes lugares. El equipo se horroriza al ver que en todas las imágenes, los ojos y la boca de Annie están perforadas.
— Olviden lo que pregunté, — se levanta Garroway. — Tenemos que ir a casa de esa muchacha ya.
— No nos lo tienes que decir dos veces, — dice Dean.
Justo cuando el equipo va a salir por la puerta, suena el celular de Garroway, mostrando en la pantalla el nombre de Alec Lightwood. El detective lo contesta activando el altavoz.
— Dime Alec.
— Luke, tenemos un problema serio, — vocifera Alec desde el otro lado. — Necesito tu ayuda...
— Cálmate. ¿Qué ocurre?
— La ciudad está sufriendo varios ataques de demonios en distintos lugares y he tenido que mandar a casi todo el personal. Es un caos total, como nunca había visto antes.
— ¿Necesitas que vaya hacia algún punto?
— No, ya tengo Cazadores de Sombras en eso, — alega Alec. — Sin embargo, estoy seriamente preocupado por Magnus. Lo estoy llamando y no me contesta, y no puedo dejar el Instituto solo con todo lo que está pasando. ¿Crees que podrías ir y echar un vistazo? Sólo necesito saber que está bien...
— Alec, ahora mismo...
— Sí, Luke va a ir a ver a Magnus, — se entromete Dean, bajo la mirada desaprobatoria del detective. — Ve y ayuda a los tortolitos. Nosotros nos encargamos de proteger a Annie Stillman.
Sam y Dean no da tiempo a Garroway de replicar. Ambos caminan hacia la salida de la casa, alcanzando el Impala en cuestión de segundos y montándose rápidamente. Dean gira la llave con fuerza.
— Espero que no lleguemos muy tarde, — suspira mientras sale chillando gomas del lugar.
Apartamento de Annie Stillman, Astoria, Queens, 9:50 A.M.
Los Winchesters atraviesan rápido el desolado pasillo hacia el ya conocido apartamento de Annie Stillman. Dean toca varias veces el timbre y, frente a la ausencia de respuesta alguna, recurre a golpear la negra y dura madera de la puerta a puño limpio. Hermano, cálmate, Sam se queja silenciosamente mientras le hace seña con la mano.
Al bajar su brazo, el menor de los Winchesters se percata de la presencia de manchas negras en el suelo con dirección hacia el apartamento.
— Dean, — Sam toca el hombro de su hermano.
Los Winchesters sacan sus pistolas y se paran a ambos lados de la puerta. Cuentan hasta tres para dar la señal de incursión. Sam derriba la cerradura de dos disparos. Ahí vamos.
Ambos entran al apartamento para encontrarse a una sobresaltada Annie Stillman pintando un paisaje de otoño sobre un lienzo. La muchacha se levanta de su taburete, pincel en mano y cejas arqueadas. Los tres se miran fijamente. Lleva la misma ropa que aquel día, recuerda Dean.
— Agentes, — los saluda Annie. — ¿Los puedo ayudar en algo?
— Bueno... — Dean balbucea.
— No hay tiempo para explicaciones, — Sam lo interrumpe. — Tenemos que llevarte a un lugar seguro ya.
— ¿Por qué? ¿Qué ocurre?
Las preguntas de la chica se cortan al cerrarse la puerta de entrada de golpe, seguido por la explosión de varias bombillas y un intenso olor a azufre. El aire se torna extremadamente frío, llegando a empañar los cristales de las ventanas.
— Bueno, por eso, — responde Dean a su pregunta.
Los hermanos escuchan detrás de ellos el sonido característico que emiten los fantasmas al atravesar el velo. No les da tiempo a girarse antes de salir proyectados hacia Annie Stillman. Enseguida se levantan del piso y disparan en esa dirección, golpeando sólo aire. Demonios...
Inmediatamente tras los disparos, aparece delante de ellos lo que parece ser una muchacha de pelo rubio, desnuda, con su tez adoptando un color azulado. Sus globos oculares muestran un color abismalmente negro y de su boca emana una oscura baba, de composición similar al ectoplasma que conformaba las huellas vistas en casa del señor Blossom y en la puerta de Annie Stillman. Los hermanos observan que sus expuestos senos no tienen pezones y su entrepierna no muestra rasgos de genitales femeninos.
— Cassidy, — Annie llora. — Dios mío...
Sam saca una escopeta de cañones recortados e inmediatamente dispara un cartucho de sal de roca. Cassidy recibe el disparo con un sobresalto y grita. Dean le dispara con arma y municiones similares, obteniendo igual resultado.
— ¡Sam, qué demonios!
Cassidy aparece frente a Dean, lo agarra por el cuello y lo lanza hacia la mesa en el centro de la sala. Sam le dispara nuevamente en la espalda y, lejos de hacerla desaparecer, hace que emita un grito tan chirriante que los cristales de las ventanas se rajan. La muerta corre hacia Sam y lo proyecta contra una pared de un fuerte empujón.
— ¡¿Qué demonios es ella?! — Se irrita Dean.
— Tiene todo para ser un fantasma, pero la sal no parece afectarla, — afirma Sam. — Probemos con hierro.
– Hierro será...
Dean agarra una larga lámpara de piso y golpea la cabeza de Cassidy con ella, esperando que se desvanezca. Lejos de eso, ella recibe el golpe, se gira instantáneamente sobre su cuerpo y emite un grito alto y chirriante, para después golpear al cazador en el pecho y proyectarlo aún más lejos que la vez anterior. Sam y Annie permanecen atónitos en sus esquinas.
— ¡¿Qué hacemos?! — Dean se levanta.
Cassidy camina lentamente hacia su amiga, desapareciendo y apareciendo varias veces antes de llegar a ella. Annie no articula palabra alguna y deja escapar algunas lágrimas. Mira fijamente a lo que queda de su amiga cuando ésta se aparece justo delante de ella.
— Cassidy, — lloriquea Annie. — ¿Qué te ha pasado?
La muchacha muerta emite un grito tan fuerte y chirriante que obliga a Sam y a Dean a cubrirse los oídos. Annie parece no afectarse en lo absoluto, sin moverse un centímetro de su lugar. Llega inclusive a tocar el pelo y la cara de su amiga. Cassidy emite más gritos con menos fuerza.
— Yo tengo la culpa de que estés así, — Annie deja caer varias lágrimas.
— ¡ANNIE, DETENTE! — Grita Sam mientras recarga su escopeta. — ¡ALÉJATE DE ELLA!
— Yo te invité a mi fiesta, — Annie sigue lloriqueando frente a los leves rugidos y arqueos de cabeza de Cassidy. — Yo sólo quería que tú conocieras gente, que salieras de ese hoyo en el que siempre estabas metida.
Sam apunta su arma hacia Cassidy, quién se encuentra frente por frente a Annie. Su dedo yace listo para accionarla, con sus temblores haciéndolo chocar contra el frío e insípido hierro del gatillo de la escopeta. Es sólo un cartucho de sal, se auto consuela al ver a la otra muchacha cerca. Pese a esos razonamientos, algo le impide disparar. ¿Es ella? ¿Es tener a Annie tan cerca que me de miedo causarle daño con la sal? ¿O es que no funcionó antes y eso me impide volverlo a intentar? El ver a la amiga abrazar al monstruo al que se enfrentan le aporta su respuesta. Quiero ver qué pasa.
Ante las dudas de su hermano, Dean saca la Colt y apunta en dirección a Cassidy, de lo que las muchachas no se dan cuenta. Annie abraza a su amiga fuertemente. Ella yace inmóvil. Su boca babea ectoplasma y sus ennegrecidos ojos miran al vacío. El mayor de los Winchesters amartilla el revólver.
— ¡DEAN, NO! — Sam lo detiene. — ¡ESPERA!
— ¡PERDÓNAME! — Annie se arrodilla delante de Cassidy. — ¡Si no fuera por mi estupidez, jamás hubieses conocido al monstruo que te quitó la vida! ¡Perdóname, por favor! ¡Mátame luego si quieres, pero te ruego que antes me perdones!
Cassidy la mira fijamente y deja caer dos líneas de lágrimas negras de cada uno de sus ojos. Luego recula su mano derecha hacia atrás y apunta sus dedos hacia el corazón de su amiga. Annie cierra los ojos y sonríe.
— Lo siento...
Con sus ojos cerrados, Annie escucha un disparo, seguido de una serie de cortos, roncos y guturales gemidos. Abre los ojos para ver que Cassidy suelta ectoplasma negro por los ojos y la boca, mostrando un punto brilloso y chispeante en su pecho similar a una bengala. Las chispas incrementan hasta que emiten un destello en forma de explosión tras el cuál desaparece, dejando en el suelo una cadena de plata con un pendiente en forma de crucifijo.
— ¡NO! — Grita Annie. — ¡¿QUÉ HICIERON?
— ¿De...nada? — Se auto agradece Dean.
Annie llora al recoger el crucifijo con la cadena del suelo, el cuál besa y abraza en un mar de lágrimas. Sam se acerca e intenta consolarla.
— Váyanse, — ella lo rechaza. — Déjenme sola con ella. Déjenme honorarla como se merece.
— Pero...
— ¡QUE SE VAYAN, LES DIJE!
Dean guarda la Colt y agarra a Sam por el hombro, jalándolo fuera del apartamento. Su hermano lo mira con desaprobación antes de volver a ver a Annie Stillman, quién aún abraza el crucifijo.
— Ya la salvamos, — Dean murmura. — Vámonos de aquí.
Sam sigue reluctantemente a su hermano fuera del apartamento. Una vez montados en el Impala y de camino al Instituto, Dean agarra su celular y marca el número de Garroway. Lo pone en altavoz una vez que el detective le responde.
— ¿Cómo fue todo?
— Cassidy Blossom resucitó en forma de un monstruo que no habíamos visto antes, — responde Dean. — Sin embargo, pudimos acabarla rápidamente con la Colt.
— ¿Y Annie Stillman?
— Asegurada.
— Bien, — Garroway se muestra aliviado. — Aquí Magnus tiene muertos a unos cuantos demonios vestidos de militares. Al parecer llegué tarde a la fiesta.
— Entonces Alec estaba en lo correcto, — dice Sam. — Magnus sí fue atacado por demonios. Seguro que trabajaban para Chamsael.
— Acabo de hablar también con Clary, — plantea Garroway. — Dice que muchos de los ataques fueron perpetrados por demonios poseyendo mundanos con igual vestimenta.
— La gente de Chamsael, — deduce Sam. — ¿Pero qué planea hacer?
— Nada bueno, — dice Dean.
— Sam, Dean, tengo algo que plantearles, — Magnus se entromete. — ¿Recuerdan a nuestro amigo Castiel decir que el escudo necesitaba cantidades de energía demoniaca para poder ser activado?
— Sí, — responde Dean. — Alec mandó su gente a reconocer los sitios con ese tipo de jugo en la ciudad.
— Escuchadme, — Magnus alza la voz. — El Instituto está energizado por un reactor con alta energía celestial. De ahí Valentine Morgenstern obtuvo la energía necesaria para activar la Espada de Almas.
— ¿Y?
— ¿No veis lo que está ocurriendo? — Magnus se exaspera. — Chamsael manda a sus demonios a atacar puntos y personas clave fuera del Instituto. Nos tiene a todos lejos.
— ¿Quieres decir que el objetivo de Chamsael es el Instituto? — Pregunta Garroway. – El reactor es de energía celestial, no demoniaca.
— Al menos que se corrompa, — lo corrige Magnus.
— ¿Cómo es eso? — Pregunta Dean.
— Usando diversos rituales y seres endemoniados como sacrificio, la energía celestial se puede tornar muy, muy oscura. Después de todo, los demonios son humanos con almas rotas o extremadamente corruptas.
— Es el mismo principio que cuando Lucifer transformó a Lilith, — deduce Sam. — Un alma originalmente de luz se torció hasta que se corrompió.
— Hijo de perra, — protesta Dean. — Ha estado planeando esto desde el principio.
— Tenemos que volver ya, — dice Garroway. — Chamsael nos la jugó.
— Teniendo a ese vampiro en su equipo, ese demonio no puede atacar hasta la noche, — afirma Magnus. — Nick tiene la palidez propia de un vampiro altamente vulnerable a la luz solar.
— Eso nos da chance a jugársela de vuelta, — replica Dean calmadamente. — Si sabemos que va al Instituto, esta puede ser nuestra oportunidad para agarrarlo desprevenido y meterle una bala entre ceja y ceja.
— No estás hablando en serio, — protesta Magnus. — ¿Vas a usar el Instituto como cebo?
— Llámalo una emboscada, — Dean acelera el Impala. — Sabemos hacia dónde se dirige y podemos tomar la delantera. Sólo necesitamos un plan.
— ¿Alguna idea? — Pregunta Garroway.
– Sam y yo tenemos experiencia con los Príncipes del Infierno. Este no debe ser diferente. Les diré exactamente lo que debemos hacer.
Afueras del Instituto de los Cazadores de Sombras, Manhattan, Nueva York, 8:30 P.M.
El grupo encabezado por Chamsael se acerca a una enorme catedral abandonada. Nick y Beatrice miran el edificio en ruinas con extrañeza e incredulidad. Isabelle reconoce el lugar. ¿Qué hacemos en el Instituto?
— Es aquí, — dice Chamsael. — Aquí está nuestra fuente de energía.
— Yo sólo veo una iglesia vieja, vacía y en ruinas, — sonríe Nick, aguantando los brazos esposados de Isabelle.
— Eso es lo que quieren que veamos, — alega Chamsael. — La realidad es otra. Vean.
Isabelle abre sus ojos enormemente al ver como el demonio, con un simple gesto de sus manos, hace desaparecer el Glamour que cubre el Instituto. La catedral se va transformando bajo una descendiente aurora rosada. Sus ventanas adquieren luz y los canteros llenos de plantas muertas y troncos secos se transforman en enormes cuadrados formados por vivos setos de ciprés. El desvanecimiento final de la ilusión muestra al grupo conformado por los Winchesters, Magnus y los restantes Cazadores de Sombras protegiendo las puertas de la sagrada sede.
— Oh, qué bonito, — Sonríe Nick mientras forcejea con Isabelle. — Tus amigos nos están esperando.
— Parece que descubrieron nuestra farsa, — fanfarronea Chamsael. — Qué pena, por ellos.
— Ya saben, — murmura Dean a su bando. — Acátense al plan y todo irá bien.
Chamsael y los suyos sonríen desafiantemente al ver como Jace, Clary y Alec los miran con rabia. Los ojos de Sam se fijan en la restringida e impotente Isabelle, quién dirige su mirada de vuelta en el cazador y forcejea, intentando escaparse de las apretadoras manos de su captor. Nick entierra aún más sus dedos en sus finos y tatuados brazos.
— ¡ESTATE QUIETA!
El vampiro saca sus colmillos y muerde el cuello de su Nephilim cautiva. Las pupilas de Isabelle se dilatan al momento. Su ímpetu por soltarse disminuye. El intercambio de sangre angelical y veneno de vampiro hace su efecto frente a los iracundos ojos de Alec. Clary y Jace empuñan sus Espadas Serafinas.
— Suficiente, — Alec carga una flecha en su arco y apunta hacia Nick. — Ya no puedo más.
El líder Nephilim dispara su proyectil hacia el vampiro, siendo agarrado fácilmente en el aire por Chamsael. Clary y Jace cargan contra Nick y Beatrice.
— Bien, empezó esto, — murmura Dean. — ¡Magnus, haz lo tuyo!
Magnus comienza a mover sus manos mientras Sam y Dean empuñan sus espadas angelicales y cargan directamente contra Chamsael. Los Winchesters y la pareja de Nephilim avanzan implacablemente hacia sus enemigos. Clary va hacia Beatrice. Jace toma el camino hacia Nick. Los hermanos apuntan sus brillantes cuchillas hacia el demonio. Isabelle apenas puede divisar la escena. Hagamos esto.
Frente a la tranquilidad de sus seguidores, Chamsael se para en el centro y manda a volar a todos los atacantes por igual con un simple gesto de sus brazos. Sam y Dean chocan contra un árbol cercano mientras que Jace y Clary se golpean contra el suelo.
— Estúpidos gusanos, — sonríe Chamsael. — Nunca aprenderán...
Lejos de detenerse, Dean se arrodilla y divisa al demonio caminando hacia Magnus y Alec. Inmediatamente lanza un nuevo llamado.
— ¡SIMON! ¡GARROWAY! ¡AHORA!
Garroway y Simon saltan de la oscuridad cercana y rápidamente cargan contra Beatrice y Nick. Isabelle cae al suelo al ser soltada por su captor, aún envenenada por la sangre de vampiro. Intenta arrastrarse fuera del área de batalla. Chamsael agarra su cuello y la levanta en peso.
— ¿No te puedes estar quieta, eh?
Al divisar tal escena, Sam se levanta y descarga el peine de su pistola en la espalda de Chamsael. Las balas de plata atraviesan su traje de camuflaje y se introducen en la carne de su recipiente humano. El demonio entonces lo mira fijamente y lo manda a volar con un gesto de sus dedos.
— ¡MAGNUS, APÚRATE! — Grita Dean desesperado.
— ¡SÓLO UN POCO MÁS!
Pese a ver que Nick y Beatrice están perdiendo contra Simon y Garroway, Chamsael los ignora, pega a Isabelle al suelo con su telequinesis y continúa su lenta marcha hacia Magnus. Jace y Clary intentan detenerlo pero son fácilmente enviados a volar. Alec tira su arco al suelo y saca una Espada Serafina.
— Ahí está. Esto es lo que estábamos esperando, — alega el líder Nephilim.
— ¡DEAN, ESTOY LISTO! — Grita Magnus, mostrando una energía roja emanando de sus manos.
— ¡CASS, AHORA!
El avance del demonio se ve detenido por lo que percibe como unos brazos que lo aguantan con fuerza. Al mirar hacia abajo, sus amarillos ojos divisan las mangas de una gabardina beige con unas manos saliendo de ellas agarradas una contra la otra. Chamsael forcejea sin resultados. Su percepción le permite distinguir la verdadera naturaleza de su atacante.
— Ángel, — suspira. — No había visto uno en milenios.
— ¡YA ESTÁ! — Vocifera Magnus. — ¡TOMA ESTO, DEMONIO!
El brujo lanza un rayo de energía roja hacia Chamsael que causa un importante chisporroteo. El pelo rubio del recipiente del demonio se corre frente al choque de poder. Su cara muestra signos ligeros de dolor que, conforme a la progresiva disipación de las chispas, va cambiando hacia una desafiante sonrisa.
— De nuevo no funcionó tu truco, niño.
Chamsael abre sus brazos y proyecta a Castiel lejos de él. Alec empuña su espada y carga contra el enemigo junto con Clary, Jace y Sam. El demonio sonríe e intenta moverse fuera del rango de sus atacantes. Algo se lo impide.
— ¿QUÉ...?
La arrogante sonrisa de Chamsael se va aplacando al ver que no puede levantar los pies del suelo. Sam, Castiel y los Cazadores de Sombras saltan uno tras otro encima de él, agarrando los brazos, el torso, el abdomen y las piernas de su recipiente. Todos lo sostienen con fuerza. Todos intentan mantenerse firmes en el lugar.
— Estúpidos...
Realizando un mínimo esfuerzo, Chamsael abre repentinamente sus robustos brazos, desparramando a todos los que tenía encima por todo el lugar. Magnus levanta sus cejas y abre enormemente sus ojos al ver a Alec chocar contra una de las paredes del Instituto. Enseguida corre en su ayuda.
— ¿De verdad creían que podían embestirme?
— ¿Honestamente? — Le dice una voz desde atrás. — No...
Chamsael escucha un "CLIC" detrás de él. Inmediatamente se gira para ver a Dean apuntándole a la cabeza con la Colt ya amartillada. Sus cejas se levantan. Sus amarillos y morados ojos se abren enormemente frente a la determinada mirada del cazador.
Dean aprieta el gatillo.
*¡BANG!*
— Sólo quería asegurarme de que no te tele-transportaras.
El sonido de la Colt produce un fuerte eco. La bala se introduce en el cráneo del recipiente de Chamsael. Su cabeza se tambalea. Sus ojos se quedan mirando al vacío. Su cuerpo comienza a chisporrotear.
– ¡NO! – Nick y Beatrice gritan simultáneamente.
Alec y Magnus se abrazan mientras el resto mira el espectáculo con alegría y expectativa. La verdadera forma de Chamsael parpadea fuertemente a través de la piel de su recipiente. Sus piernas se aflojan. Sus brazos se caen. El cuerpo entero de su recipiente comienza a convulsionar mientras está arrodillado delante de Dean. Sam aprovecha el momento para ayudar a Isabelle a levantarse y colocarla detrás de él. Dean baja lentamente la Colt mientras ve su silueta naranja parpadear aún más fuerte y seguido.
— Lo tenemos, — alega Sam.
Frente a la expresión atónita de todos, Chamsael se para poco a poco. Su esencia demoniaca comienza a dejar de parpadear. Su cara vuelve a adoptar la misma sonrisa de antes. No puede ser...
— Sólo estaba jugando contigo.
Chamsael manda a volar a Dean de un puñetazo en el pecho y se gira hacia el resto del equipo. De un gesto de sus manos causa igual efecto en Garroway y Simon y atrae a sus seguidores usando telequinesis. Sam se le planta cara al pararse delante de Isabelle, a lo que el demonio responde apretando su puño y causándole un dolor abdominal que lo arrodilla.
— Se dice que hay cinco criaturas desde el inicio de la creación que esa maldita pistola no puede matar, — Chamsael levanta en peso a Isabelle y la vuelve a poner en manos de Nick mientras termina su frase. — Al parecer, yo podría ser la sexta.
