Sealand se despierta por la mañana con el sonido de una tos amortiguada.

Ahoga un bostezo y se gira sobre su costado, con su mejilla presionada contra el brazo de Dinamarca, y lo mira mientras él sale de debajo de las cobijas. Dinamarca está boca arriba, con los ojos cerrados, y tiene una mano sobre los labios; la otra atrapada debajo de Peter, mientras el niño se frota la cara para despejarse el sueño y se apoya sobre los codos.

—¿Estás bien?—

Dinamarca parpadea atontado y le ofrece una sonrisa decaída, su mano cayendo para revolver su cabello. —Sí, estoy bien. Solo que tragué mal, eso es todo.— Suspira y coloca la esquina de la manta de vuelta alrededor de los hombros de Sealand y hace un gesto para que se recueste. —Todavía es temprano. Puedes dormir otro rato si quieres.—

Peter niega con la cabeza y apoya la barbilla en el hombro de Dinamarca. —No, ya estoy despierto.— Él lo mira mientras voltea la cabeza y tose de nuevo. —¿Seguro de que estás bien?—

Dinamarca solo sonríe y hunde la cabeza de Sealand en la almohada. —Ya te lo dije, estoy bien. No tienes que preocuparte por mí.—

Sealand se retuerce hasta salir de debajo de su mano y se voltea sobre su espalda, cruzando sus brazos y resoplando indignado. —¡No estoy preocupado! Solo estoy preguntando.— Sus ojos se mueven para encontrarse brevemente con los de Dinamarca. —Es solo porque Berwald solía decir que eres demasiado estúpido para pedir ayuda, eso es todo. Entonces, ya sabes...— Mira hacia abajo. —No seas estúpido.—

La cara de Dinamarca se suaviza y se levanta lo suficiente para poder sentarse contra la pared. —Oye, aquí estoy ¿no?— Codea suavemente el brazo de Peter, sonriendo. —¿Alguna vez oíste el dicho "demasiado estúpido para rendirse"?—

Sealand asiente. —Él también dijo eso sobre ti.—

Él se ríe y pasa una mano por su rostro. —Sí,— dice en voz baja, empujando su cabello hacia atrás. —Estoy seguro de que lo hizo.—

Peter hace una pausa, tragando la sensación espesa y acuosa que comienza a subir en su garganta, y aprieta las mantas entre sus puños. Vuelve a mirar a Dinamarca, observando cómo deja caer sus manos sobre su regazo y se apoya pesadamente contra la pared, cerrando los ojos y exhalando, su rostro reflejando agotamiento a pesar de recién haber dormido. Realmente luce muy diferente de cómo solía ser; ahora tiene todas las facciones agudas, cubiertas de suciedad y mugre, con un aspecto amoratado, tan diferente de la gran figura que alguna vez fue, en aquel entonces cuando todavía venía a Estocolmo durante los veranos para ayudar a Suecia a armar muebles nuevos o arreglar la casa del árbol de Peter. Sus ojos se abren y Peter se inclina hacia adelante para cerrar sus dedos sobre la tela moteada de barro de la camiseta del danés, en completo silencio con la excepción de las pequeñas respiraciones que se atrapan en la manta cuando vuelve la cabeza hacia abajo.

Dinamarca suspira de nuevo y apoya su mano en el hombro de Sealand. —Lo sé, niño. Lo sé.— Permite que el silencio caiga sobre ellos mientras Peter lucha por calmarse, pero después de un momento, aprieta el brazo del niño y lo sienta derecho para mirarlo directamente, su ojo muerto sin enfocarse en nada realmente, pero el otro mirándole seriamente. . —Escucha, Peter, quiero que vengas conmigo.— Mueve la cabeza en dirección a la puerta. —No puedo quedarme aquí, pero no quiero dejarte con estas personas. Obviamente no están cuidando de ti y no confío en que te mantengan a salvo.—

Peter se limpia los ojos. —Yo n-no necesito que nadie me cuide. Tengo edad suficiente para cuidarme a mí mismo.— Sorbe por la nariz.

Dinamarca asiente. —Es mucho más peligroso allá afuera y sé que probablemente ya no soy tan divertido como solía ser, pero no puedo simplemente dejarte aquí.— Sonríe y golpea suavemente la palma de su mano contra la espalda de Peter. —Si vienes conmigo, al menos puedo vigilarte mientras te cuidas a ti mismo.—

Sealand cruza las manos en su regazo y mira a Dinamarca con curiosidad. —¿Dijiste que estabas en Italia antes? Y ahora estás aquí, así que...— frunce el ceño. —¿A dónde vas?—

Dinamarca inclina la cabeza ligeramente y suspira. —Ah. Bueno, trato de volver a casa, supongo—. Se estira sobre el borde del catre, toma su mochila del suelo, y levantándola, saca un mapa de carreteras empapado e inundado. Comienza a desplegarlo con cuidado. —¿Recuerdas el puente Øresund, verdad?—

Peter asiente. —Solíamos cruzarlo cada vez que veníamos a visitarte.—

—Bien. Bueno, uno de los capitanes de barco me dijo que hay partes del puente que todavía están en pie. No de mi lado, sino de la parte que conecta con Malmö.— Pone el mapa sobre su regazo y Sealand inclina hacia adelante para mirarlo. Hay una línea larga y gruesa dibujada con un marcador negro que comienza en Italia y corta casi en línea recta a través de Suiza hasta Alemania, curvándose hacia Polonia y terminando en la orilla del Mar Báltico. —Si parte del puente logró sobrevivir a lo que sucedió, estoy dispuesto a apostar a que Malmö también lo hizo.— Toca el mapa con su dedo índice. —Ahí es a donde voy.—

Sealand se muerde el labio. —¿Vas a Suecia?—

Dinamarca asiente. —Ese es el plan.—

—Pero... ¿no quieres ir a casa? Me refiero a tu casa.—

La mandíbula de Dinamarca se tensa y mira el mapa en sus manos. —No queda nada,— dice bruscamente. —La mitad de mi tierra está bajo el agua y el resto está demasiado quemada para ser habitable. No tengo nada a lo qué regresar.—

Peter hace una pausa, incómodo. —Lo siento.—

Dinamarca sacude la cabeza. —No lo hagas. No tienes nada que lamentar.— Le da una sonrisa torcida y suspira. —Gracias, sin embargo.— Hace un gesto hacia el mapa nuevamente. —De todos modos, mi plan es atravesar Polonia. Ya no queda combustible, así que ninguna de las antiguas barcazas civiles está saliendo, pero corre un rumor en algunos refugios que todavía hay alguien navegando con un bote en Shupsk. Nadie quiere darme una respuesta directa, pero he oído de varias personas que el tipo que lo hace tiene una manera de hablar estúpida.—

Los ojos de Peter se ensanchan. —¿Crees que se trate Félix?—

—Podría ser. El punto es que hay una posibilidad de que alguien aún esté en el mar. Y el agua es demasiado impredecible ahora para tomar un bote de remos, por lo que mi plan depende de que ese tipo realmente esté vivo.— Exhala fuerte. —Si no lo está, entonces no estoy muy seguro de qué hacer.— Sonríe. —Probablemente nadar o algo así—.

—¿Cómo vas a llegar a Polonia?— Peter toma con cautela el mapa y lo mira. —¿Tienes un auto?—

Dinamarca sacude la cabeza. —No queda combustible, ¿recuerdas? Y aun sí lo hubiera, las carreteras están demasiado deformadas como para conducir. Muchas de las rutas principales ya no existen... todo ese calor las fundió en las rocas.— Hace chasquear su lengua. —Solo he estado caminando.—

Peter lo mira boquiabierto. —¿Caminaste hasta aquí? ¿Desde Nápoles?—

—Más que eso. Comencé en Mesina.—

—¿Qué? ¿Cómo terminaste en Mesina?—

Dinamarca se encoge de hombros. —De la misma manera en que tú llegaste aquí. Uno de los enviados civiles me recogió. No recuerdo mucho sobre cómo llegué allí. Ni ninguna otra cosa, en realidad. Lo último que recuerdo es que alguien me sacó de la parte trasera de un camión en Brovst.—

—¿No recuerdas lo que pasó? ¿Los flashes?—

—Nope.— Niega con la cabeza. —La gente me contó historias, pero más allá de eso, no tengo nada. Me tomó una semana después de despertarme en el refugio, poder recordar quién era.—

—Oh.— Peter hace una pausa y comienza a doblar el mapa. —Tienes suerte.—

—¿Lo recuerdas?—

Él asiente. —Algo así. Solo que estaba realmente muy caliente.—

Dinamarca hace un ruido en la parte posterior de su garganta, para evitar dar una respuesta y guarda el mapa en su mochila, asintiendo. —Aunque es bueno que recuerdes algo de ello. Alguien tendrá que contarle sobre esto a la siguiente generación.—

Sealand da un resoplido. —¿De verdad crees que duremos tanto?—

—Lo creo.—

—¿Por qué?—

—La humanidad ha llegado hasta aquí.— Se inclina hacia atrás y frota su pecho distraídamente. —Demasiado estúpidos para rendirse, ¿recuerdas?—

Peter sacude la cabeza y acerca las rodillas a su barbilla. —Supongo.— Abraza sus piernas y se mira a los pies. —Entonces, ¿por qué quieres ir a Malmö?—

Dinamarca permanece en silencio por un momento antes de levantar las caderas y meterse la mano en el bolsillo. —No quiero hacerte ilusiones, pero estoy tratando de encontrar a los demás. Malmö es un buen punto de partida y, si las inundaciones no han empeorado, podré llegar a Noruega y Finlandia desde Suecia.—

—¿Crees que estén vivos?—

—Todos ellos tienen montañas y lugares remotos dónde esconderse. Mi reino entero es plano como una galleta salada, y aun así me salvé por los pelos.— Retira su mano y vuelve a sentarse. —Además, Berwald sabe que si yo lo lograba y él no; yo nunca dejaría de joderlo con eso.—

—Pero...— Peter se muerde el labio. —Alguien me dijo que Escandinavia se había ido y que era imposible regresar a Suecia. ¿Qué te hace estar tan seguro?—

Dinamarca suspira. —Cuando me desperté en el búnker en Italia, literalmente no tenía nada sobre mí. Sin ropa, sin zapatos, nada. Alguien me había robado todo mientras yo todavía estaba demasiado enfermo como para hacer algo al respecto, así que una vez que estuve de pie y moviéndome otra vez, tuve que tomar la ropa de los hombres muertos.— Extiende el brazo y toma la mano de Peter, presionando algo cálido en su palma. —Encontré esto mientras revisaba la bolsa de alguien.—

Sealand abre sus dedos. En su mano hay un pequeño broche dorado en forma de cruz.

—El tipo que lo tenía entró en el mismo barco que yo. Le pregunté a su hermana sobre esto y me dijo que lo había intercambiado con un hombre antes de que el enviado los encontrara fuera de Estocolmo.— Él baja la mirada, su rostro ensombreciéndose ligeramente. —Sé que es una posibilidad remota, pero es el mejor aliciente que he encontrado.—

Peter gira el broche en su mano. Está impecable, obviamente pulido a diario, y puede ver su reflejo en el metal opaco, delgado y alarmado, mirándolo de vuelta. Podría pertenecer a cualquiera, realmente. Él ha visto ganchos como este antes, cuando las joyas realmente se usaban y eran algo de lo qué enorgullecerse.

—¿Crees que sea el de Noruega?—

Dinamarca se encoge de hombros.

—Pero eso no es un poco...— hace una pausa y cierra sus dedos alrededor del broche. —¿Improbable?—

Dinamarca se inclina hacia atrás otra vez, pero aún no une su mirada con la de Peter, sus hombros caídos y su camisa deslizándose por un brazo. Suspira suavemente y peina su cabello con una mano. —Un poco de esperanza es mejor que nada de esperanza.—

El gancho en su mano de repente se siente mucho más pesado.

Se aclara la garganta y suavemente le devuelve el broche a Dinamarca, colocándolo en su palma y doblando los dedos del hombre alrededor de él. —Quiero ir contigo,— dice después de un momento, viendo como Dinamarca cuidadosamente esconde el gancho en su bolsillo. Él se retira lo suficiente como para asentir con la cabeza, serio y severo, y comienza a alejarse del catre. —Podemos encontrarlos juntos.— Se inclina y recupera su mochila de debajo de la cama, el cierre chasquea cuando la abre de golpe, y comienza a doblar la fina manta de lana, colocándola dentro con las raciones que le quedan.

Dinamarca sonríe y se levanta también. Se estira, su espalda traquea, y agarra su propia bolsa. —Solo toma lo que creas que vayas a necesitar,— dice mientras comienza a ponerse nuevamente las botas. —¿Tienes un abrigo?—

Peter niega con la cabeza. —No. ¿Hace frío afuera?—

—A veces...— Dinamarca levanta una curiosa ceja. —¿Cuánto tiempo ha pasado desde que dejaste el búnker?—

—No lo he hecho.—

—¿En absoluto?—

—No. No quería ver.—

—Mierda.— Dinamarca tose en la curva de su codo y comienza a hurgar en su mochila. —No te va a gustar lo que verás. Te voy a decir ahora mismo, no queda nada. Todo se ha quemado literalmente.— Saca un pañuelo raído de las profundidades de su bolsa y un par de gafas de natación azul oscuro un momento después. —Nadie ha tratado de limpiar, así que...— se muerde el interior de la mejilla. —Todavía hay mucha gente en las carreteras. Cuerpos, quiero decir.— Le hace un gesto a Peter para que se siente en el borde del catre y se mueve frente a él, atándole el pañuelo al cuello y ajustándolo a la parte posterior de su cabeza. —Aunque intento mantenerme alejado de las carreteras principales. Trataré de evitar que las veas.—

Peter arruga la nariz cuando Dinamarca le coloca el pañuelo sobre la cara. Huele a tierra y sudor. —¿Por qué no vas por las carreteras? ¿No es más rápido?—

Las manos de Dinamarca se detienen junto a sus oídos y niega con la cabeza. —Sí, lo es.— Se inclina sobre su bolsa y tira de una fina cazadora y la coloca sobre los hombros del chico, subiéndola hasta el cuello y metiendo el borde del pañuelo en ella. —El problema es que hay personas que nunca llegaron a los refugios, pero lograron sobrevivir a lo que sucedió. Esa gente está desesperada y es muy, muy peligrosa. No queda mucha comida o suministros y mucho ellos ya han dejado de hurgar en la basura.— Estira las gafas sobre la cabeza de Peter y las deja descansar sobre su frente. —La gente se está volviendo unos contra otros. Muchos de ellos esperan en las carreteras principales a las personas que viajan y si tienen algo de utilidad para ellos, harán lo que sea necesario para conseguirlo.—

Retrocede y levanta su camisa, exponiendo una cicatriz desigual a lo largo de su delgado vientre. —Llevaba un impermeable conmigo.— Deja caer la camisa y vuelve a ocuparse de la cazadora, que es demasiado grande y cuelga hasta las rodillas de Peter. —También hay personas que están convirtiendo a otros en recursos, si sabes a lo que me refiero.—

Los ojos de Peter se abren. —Ellos están... ¿están comiéndose entre ellos?—

Dinamarca asiente y quita la capucha de la cabeza de Peter. —Eso hacen.— Una vez se encuentra satisfecho de que la chaqueta esté segura, se agacha para estar al mismo nivel que Peter y poder mirarle a los ojos, tomando sus manos con las suyas. —Ahora, escucha,— dice seriamente. —Necesito que me prometas que cuando nos vayamos, escucharás todo lo que yo te diga.— Señala con su cabeza en dirección a las puertas del búnker. —He estado ahí afuera por mucho tiempo y es muy importante que confíes en mí, ¿de acuerdo? Sé que puedes cuidarte solo, pero también debes darte cuenta de lo peligroso que es. Y no es solo la gente. La naturaleza se ha vuelto igual de mala.— Aprieta las manos de Sealand. —¿Prometes hacer lo que te diga?—

Peter lo mira, con los ojos muy abiertos, y asiente con la cabeza. —Lo prometo.—

Dinamarca sonríe y se palmea la rodilla. —Bueno.— Se incorpora y comienza a ponerse su propio abrigo. —No estoy tratando de asustarte... solo quiero que sepas en qué estás metiendo.— Comienza a envolver la sábana húmeda de antes alrededor de su cuello y boca mientras Peter termina de recoger sus cosas.

—¿Por qué tenemos que cubrirnos la cara?— Pregunta. Sacude la funda de su almohada y mete el contenido en su bolsa junto con una caja de mentas y un par de tijeras. —¿El aire es malo?—

—En parte es eso,— Dinamarca se pone las gafas y cuelga el bolso sobre un hombro y el rifle sobre el otro. —Cuando ocurrieron los flashes, prendieron fuego a toda clase de mierda. Vertederos, edificios, automóviles, todo lo que se te ocurra, se incendió. El aire es realmente cáustico debido a eso. También es debido a la ceniza. Si respiras mucha, te enfermará y si te entra demasiada en los ojos...— toca el lado izquierdo de sus gafas. —Te quedarás ciego. Y eso es otra cosa, necesito que camines siempre por mi lado derecho, ¿de acuerdo? Si estás en el izquierdo, no podré verte.—

—Ok.—

—Ok.— Suspira profundamente y asiente. —¿Hay alguien de quien quieras despedirte antes de que nos vayamos?—

—No…—

—Está bien, una última cosa antes de irnos,— se da la vuelta para abrir la bolsa alrededor de su cintura y saca un pequeño cuchillo que le da a Peter. —Una vez nos hayamos puesto en marcha intentaré buscarte algo mejor, pero por ahora, mantén esto contigo en todo momento. ¿Tino te enseñó a disparar alguna vez?—

Sealand toma el cuchillo y cuidadosamente cierra el broche de la funda alrededor de su presilla. —Más o menos. Me mostró cómo sostener un arma, pero no soy muy bueno haciéndolo.—

Dinamarca asiente. —Eso es un comienzo. Cuando nos detengamos por la noche, te enseñaré. No tengo suficientes balas para que lo dispares realmente, pero te enseñaré cómo cargarlo y dispararlo correctamente.— Extiende su mano derecha para que Peter la tome y comienza a tirar de él hacia las puertas del búnker. —¿Listo?—

Sealand aprieta la mandíbula y se agarra con fuerza a la mano del danés mientras él comienza a girar la manija para abrirla.

—Listo.—

—Trata de no inhalar,— murmura mientras arrastra la puerta hacia atrás. —La primera inhalación siempre es la peor.—

La luz inunda la entrada y cuando sus ojos se acostumbran a esta, a pesar de hacer su mejor esfuerzo, no puede seguir el consejo de Dinamarca, y el danés lo atrapa fácilmente cuando cae hacia adelante, tosiendo y jadeando entre sus manos. El aire está caliente y lleno de arena y cuando su visión se encuentra con el paisaje gris, no puede hacer nada para detener el agudo aliento que vuela hacia él, corriendo por su garganta y dentro de su pecho, encendiendo sus pulmones con un ardor que no había sentido desde las primeras oleadas de la Calamidad.

A su derecha, apenas puede distinguir el borde del pozo de cremación, un anillo de brea negra y grasienta que se arrastra desde sus profundidades hasta las puertas del búnker. Mientras lucha para recuperar el aliento, intenta no mirar; trata de no ver las huellas en la ceniza o el par de anteojos aplastados junto al enorme agujero en el suelo, los últimos restos de humanos muertos.

Trata de no imaginar a quién pertenecían las gafas o si los pies que hicieron las huellas aún estaban unidos a sus dueños.

Trata de no recordar al pequeño niño polaco.

Solo cuando Dinamarca lo levanta y comienza a cargarlo, Peter se da cuenta de que está llorando. Su pecho duele y hunde la cara en la parte delantera del abrigo de Dinamarca, aún incapaz de detener las toses secas y violentas mientras el danés lo abraza con fuerza y lo sostiene, alejándose del hoyo hacia la carretera agrietada y cubierta de ceniza. Quiere decirle a Dinamarca que lo baje. Quiere que él reconozca que es lo suficientemente grande como para no necesitar mimos y que puede cuidarse solo, pero el aire duele y hay huesos en el agujero y está absolutamente aterrorizado.

La mano enguantada de Dinamarca se posa repentinamente en la parte posterior de su cabeza, suave y cuidadosa, y él presiona su mejilla contra el costado de la cabeza de Sealand. —Peter,— dice en voz baja, inclinándose lo suficiente como para que el chico lo escuche. —Todo va a estar bien. No voy a permitir que nada te pase. Voy a mantenerte a salvo.— Lo abraza un poco más fuerte y, a través de la tela de su cortavientos, Peter puede sentir cómo deposita un firme beso sobre su sien.

—Lo prometo.—