EL VECINO
Capitulo 7: Tempo
Iniciado el 10/12/06, terminado el 23/03/06.
Durante el paseo en alfombra, tal vez cuando la brisa fresca rociaba su cara o cuando admiró el cielo y las pequeñas estrellas refulgentes iluminaban el firmamento, o porque Inuyasha hubiese dicho lo que dijo, la verdad es que no supo en qué momento fue que comenzó a apreciar la vida.
Le seguía pareciendo injusto que su madre tuviese que cargar con semejante carga, que su madre fuera a enterrarla a ella y no ella a su madre, como era el cause natural de las cosas.Sin embargo, no permitiría que eso le amargara la vida, porque si lo hacía, si lo permitía, ella no sería la única que recibiría los efectos, también Sango, Inuyasha y Kazuki.
Y sí de ella dependía amargar la vida a los seres que la rodeaban o alegrarla, al menos por un tiempo. Era lógico que eligiera la segunda opción, si en un tiempo se iría para siempre, lo haría en paz consigo misma y con los demás.
Era hora de curar las heridas.
Dos días después, Kagome había sido dada de baja en el Instituto, pues ahí perdía una cantidad de preciadísimas horas, las cuales compartía con gente ajena a su vida, a su dolor y a su cariño. Horas, que no podía darse el lujo de desperdiciar y fue por esa razón que convenció a Sango de que la sacara de ahí. Aún le dolía ver directamente a los ojos de Sango, pero no podía evitar sentir que un cariño aún más profundo nacía dentro de ella, de pronto se sentía más vieja, más sabia, sentía que era un adulto encerrado en un cuerpo de adolescente. Ahora entendía a la perfección esa frase que dice que el mundo no es color de rosa.
Pero de alguna forma se sentía bien, más relajada, más centrada en dar que en recibir.
Sango entró a su recamara para notificarle su decisión: viajarían en dos semanas hasta Hawai, pasarían una semana entera en aquellas playas. Gozando del sol, la brisa, el mar humedeciendo sus pieles y la calidez de la arena cubriendo sus pies.
-¿De verdad? –dijo Kagome de un salto poniéndose de pie.
-¡Si! ¿No me digas que no estás de acuerdo? Es un tiempo perfecto, no asistes al instituto, no es temporada vacacional, por lo que no estará atascado de turistas, es primavera y debe hacer un lindo clima, sin lluvias ni tormentas que echen a perder nuestra estadía por allá.
-Esta bien, me has convencido.-dijo sonriendo la chica.
A pesar de todas las razones expresadas por Sango, había una, más fuerte e importante que todas las que había dicho y que era el motivo fundamental por lo que había adelantado el viaje: El Tiempo. Pues no quería dejar pasar más tiempo, no podía permitirse ese lujo a sabiendas de que él mismo estaba corriendo en contra de ella. Sino podía evitar que su hija muriera al menos haría que gozara del tiempo que le quedase de vida y eso implicaba hacerla feliz del todo, y para ello contaba con Inuyasha.
Sin decirle nada a Kagome, acudió hasta el aeropuerto y reservó los boletos del viaje y solo restaba asegurarse de que Lindra, la jefa de meseros de su restaurante quedara a cargo del mismo.
La suave brisa ondeaba sus cabellos, la mirada perdida en el firmamento producto de la dulce melodía que procedía de su ipod, la blanca luz de la luna llena iluminaba su rostro y su pelo, dándole una apariencia espectral. Ahí estaba ella, en la oscuridad de su habitación.
-Un millón por tus pensamientos.-dijo Inuyasha sentado en el alféizar de su ventana, mirado hacia arriba donde se encontraba Kagome.
-¿Qué haces allá abajo, pervertido? Seguro que estás disfrutando de la vista ¿no?-repuso la chica sonriendo pícaramente, mientras hacía un ademán pudoroso para supuestamente, cubrirse las piernas.
-No te imaginas cuánto.-respondió en el mismo tono jocoso el chico mientras que encendía un cigarrillo.
-¿Siempre eres así de pervertido?
-No, solo contigo. ¡Hey! ¿Sabes hacer rueditas con el humo del cigarro?
-Lo he intentado, pero nunca me sale bien. ¿Puedes tu hacerlas?
-Si, mira bien, haré que ésta ruedita te llegue hasta tu ventana.
Inuyasha aspiró una bocanada de humo y la dejó salir lentamente de manera que se formara un pequeño círculo de humo que se desvaneció antes de poder llegar a la siguiente ventana.
-¡Eres pésimo!-le reprochó Kagome sonriendo.
-No soy yo.-se defendió el chico.-Es la distancia, espera a que me acerque más a tu ventana y verás que puedo hacer que la ruedita llegue a ti.
Inuyasha se levantó y agarrándose de dónde le fue posible, se paró sobre el estrecho alféizar, tratando de mantener el equilibrio y estirándose lo más que le fue posible para poder lograr su objetivo. Nuevamente repitió el procedimiento y nuevamente el circulito no pudo llegar a la cara de Kagome.
Ella rió de lo estúpido que era todo aquello, indudablemente, eso era lo que más apreciaba de su relación con Inuyasha, él podía, aunque no se lo propusiera, hacerla reír por cualquier tontería. Su risa se cortó abruptamente y con una rapidez insólita se adentró en la oscuridad de su habitación, dejando al chico parpadeando hacía el lugar donde había estado antes ella.
Inuyasha arrugó el ceño y soltó su cigarrillo cuando un haz de luz le dio de lleno en la cara haciéndolo trastabillar peligrosamente en el borde de la ventana, y comprendió todo. El señor Mioga, portero del edificio, lo aluzaba desde la acera y con aspecto amenazante le preguntó qué era lo que hacía.
Cierto es, que muchas veces sucede que las cosas no son lo que parecen ser. Y el cuadro que observaba atentamente el viejo Mioga mostraba a Inuyasha estirándose hacia la ventana superior, que estaba abierta y a oscuras, no daba para nada la impresión correcta. Sino todo lo contrario, pareciera que el chico era un delincuente que trataba de entrar subrepticiamente al departamento superior de su vecina por medios nada convencionales.
Inuyasha sabía que estaba en problemas, pues desde que se hubo mudado al edificio supo que no entraba en la lista de Amigos del portero, pues siempre que se dignaba a dirigirle la palabra le hablaba en tono cortante y siempre que pasaba junto a él, éste le miraba con ojos de halcón a punto de cazar a su presa; según le habían dicho, el señor Mioga era bastante desconfiado con los nuevos inquilinos, más aún cuando estos eran hombres que vivían solos y sin un trabajo fijo. Él encajaba perfecto con la descripción.
-Buenas noches señor Mioga.-Con voz insegura saludó.
-Yo no le veo nada de buenas.-gruñó el viejo.
-Bueno, pues desde aquí las estrellas se ven muy bonitas.-repuso el joven componiendo una sonrisa, y tratando de divisar el rostro del portero que seguía aluzando su rostro.
-Pues yo creo que no está ahí por eso ¿verdad? Dígame señor Tokino ¿Qué hace ahí a estas horas de la noche? Además de ver las estrellas.- el tono sarcástico y rudo que empleó el viejo portero, le indicó a Inuyasha lo que ya sabía, estaba en aprietos. Y mientras él intentaba convencer al portero de que no hacía nada malo, lo cual le llevó bastante tiempo, Kagome agazapada en su habitación cerca de la ventana, para escuchar lo suficientemente claro toda la conversación, hacía esfuerzos sobrehumanos para no soltarse a reír a carcajadas que podrían llegar a despertar a los demás vecinos.
En el camino adoquinado Kagome avanzaba en pasos lentos, con la mirada clavada en un libro delgado de pasta suave y de color arena. Iba sumida en la lectura que no vio a la persona que en medio del camino se detuvo al verla, fue por eso que al dar un nuevo paso se estrelló contra una pared de suave solidez, desorientada retrocedió y unos brazos la encerraron en un abrazo, sin que ella pudiese hacer nada para evitarlo. Miró hacia su captor y reconoció los grandes ojos verdes que refulgían con un brillo de diversión y una sonrisa de dentadura blanca como la nieve.
-Hola Kagome.-la joven lo miró vacilante.
-Tu eres el amigo de Inuyasha ¿no?-respondió la chica sintiendo la necesidad imperiosa de recuperar su espacio personal que había sido violado por aquél tipo.
-Así es, me alegra que me recuerdes como yo te recuerdo a ti.-dijo con galantería mientras la chica interponía sus brazos entre los cuerpos de ambos, en un vano intento de alejarse lo suficiente de él.
-Shippo.- la voz de Inuyasha se escuchó cerca de ellos, que aunque para Kagome era una voz familiar esa vez le pareció que tenía un matiz diferente, había algo en su tono que la desconcertó. No era el tono amigable de siempre, pudo percibir un grado de inflexibilidad en su voz, algo inusual e inquietante.-Ya es hora de marcharnos.
Shippo soltó a Kagome con una mueca torcida en su gruesa boca y le dedicó un guiño picaresco.
-Ha sido un placer volverte a ver Kagome, y espero que se repita.
-Ya está bien, galán.-dijo ácidamente Inuyasha, dando un golpecito con su mano al pecho del pelirrojo.
-¿A dónde van?-preguntó Kagome, finalmente recuperando el sentido de coordinación.
-Por ahí.-repuso bruscamente el joven de ojos ámbar.
-Si, por ahí nena, no podemos llevarte.-terció Shippo dándose importancia.
-Maldita sea Shippo, estamos retrasados.-de nuevo aquél matiz de voz.
Sin mirar ni despedirse de nadie, Inuyasha inició su camino hacia el final del camino adoquinado, Shippo al ver el inminente abandono de su compañero, se despidió con una sacudida de mano de Kagome, quien por su parte estaba más que extrañada por la actitud tan áspera de Inuyasha.
El manto nocturno no tardaría mucho en cubrir la ciudad de Tokio, ya el cielo se divisaba púrpura con distintos tonos violáceos, Kagome tumbada en su cama, escuchaba el silencio reinante en su habitación, en su casa y en la calle. Era raro, como si de repente el tiempo se hubiese detenido…se sumió en un letargo, absorta en el lenguaje del silencio. De pronto algo llamó su atención, el rumor de pasos amortiguados provenientes de la calle adoquinada. Se levantó del lecho como un resorte y asomó su cabeza a la ventana, los faroles de la calle ya estaban encendidos por lo cual alcanzó a divisar la silueta conocida de Inuyasha entrar al edificio.
No lo había visto en todo el día, excepto por la mañana, cuando seguramente se había levantado con un humor de perros para comportarse como se comportó. Pensó en ir a saludarlo, pues tenía ganas de charlar con él. Y así lo hizo.
Con una rapidez pasmosa, salió de su departamento dispuesta a conversar con el chico, a quien encontró justo cuando introducía la llave a la cerradura. Lo saludó con una sonrisa que se desvaneció al ver el labio partido del joven y el semblante serio, que solo por breves instantes la miró y regresó a su tarea de abrir la puerta, sin dirigirle una palabra.
-¿Qué te pasó?-inquirió ella en tono preocupado.
No hubo respuesta por parte de su interlocutor.
-Inuyasha ¿qué ocurrió?-insistió.
-Nada.-entró a su departamento oscuro y justo antes de que cerrara la puerta Kagome tomó el picaporte, para que no la dejara fuera.
-Ese labio no se partió solo.-repuso ella introduciendo uno de sus pies entre el quicio y la puerta para asegurarse la entrada y evitar que él le azotara la puerta en las narices.
-Mira niña, será mejor que te vayas a dormir, ahora no tengo tiempo ni ganas de hacer de niñera ¿si? –Kagome sintió como si le hubiesen vaciado una cubetazo de agua helada. Soltó el picaporte e Inuyasha lanzó la puerta con fuerza para cerrarla de una buena vez, Kagome soltó un grito de dolor y la puerta volvió a abrirse.
-¡Kagome!-el chico asomó su rostro al pasillo con el corazón acelerado y vio a la joven que seguía dando quejidos de dolor, entonces comprendió. -¿Estás bien? Perdóname por favor, no fue mi intención, lo siento tanto Kagome.
Una ruleta de emociones sería la palabra más apropiada para lo serie de emociones distintas que embargaron a la chica. Primero se sintió desconcertada y dolida por sus palabras, luego quiso llorar del dolor, y después un breve acceso de ira hacia el chico para finalmente terminar sintiéndose cómodamente confortada acunada en el abrazo protector y tierno que Inuyasha le brindaba. Sin saber cómo, fue a parar al sofá de su amigo que la miraba entre apenado y preocupado.
-Lo siento.-se disculpó por enésima vez. Kagome lo miró por primera vez en todo ese bochornoso momento, y vio la sincera preocupación de él, pero no dijo nada.-Déjame ver el golpe.-y sin darle tiempo a Kagome de protestar le sacó la zapatilla y deslizó la media blanca, para después verificar el daño y masajear el lado interno del pie derecho que estaba enrojecido por el golpe. Al primer contacto Kagome soltó un gemido de dolor, Inuyasha la miró y ejerció menos presión. Masajeó en círculos sobre la piel suave y adolorida, los dedos largos y duros la trataban con la mayor delicadeza, la calidez del tacto fue extendiendose hacia el área dolorida y de pronto Kagome comenzó a sentir un cosquilleo en el vientre, en el estómago y se sintió un poco mareada. Definitivamente había algo en aquél contacto que la perturbaba de una manera inusual, la afectó tanto que se asustó.
-¡Basta!-se incorporó rápidamente e intentó caminar trastabillándose peligrosamente, pero Inuyasha la sostuvo a tiempo.
- Espera, vas a lastimarte más.
-Cómo si te importara. Mejor me voy, no quiero darte lata.-intentó zafarse de esas manos grandes de dedos largos y duros que la ponían nerviosa.
-No digas eso, claro que me importa.-su voz se dulcificó.
-No te preocupes, no voy a decirle a mi madre cómo fue que me golpee.
-No es eso a lo que me refiero, estoy hablando de ti.-tomó uno de sus delicados hombros y lo apretó suavemente.
-Si te importara no me hubieses tratado como me trataste.-repuso ella en tono dolido.
-Perdona pero estaba molesto.-dijo él con un matiz de severidad en su voz.
-Pues yo no tengo la culpa de que te hayan partido la boca.-se defendió ella. Inuyasha la miró y sus ojos color ámbar se endurecieron.
-Claro que si tienes la culpa, pues sino hubieses caído tan fácil en el encanto de Shippo todo esto no hubiese pasado.-reprochó el chico.
-¡Yo no he caído en ningún lado!-saltó indignada la joven.
-Pues esta mañana pareciera que si.
-Si hablas del encuentro de la mañana quiero que sepas que solo fue un encuentro casual, no lo cité aquí ni nada por el estilo.-Kagome no creía que estuvieran discutiendo eso.
-Por supuesto que no hablo de eso, sino de lo abrazadita que te tenía.-levantó el índice y la señalaba acusadoramente.
-¡Ah! Se trata de lo del abrazo, pues déjame decirte que fue él quien me abrazó no al revés, yo no sabía cómo quitármelo de encima y no quise ser grosera puesto que sabía que era amigo tuyo.-repuso ella.
-Hubiera sido muy fácil quitártelo de encima si le hubieses mostrado tu mano.-dijo Inuyasha en tono ácido y mirándola fijamente.
Kagome se quedó sin habla, abrió la boca una y otra vez para decirle hasta lo que ya no al tipo que tenía en frente, pero ninguna palabra salió de su boca. Juraría que pudo escuchar el estruendo que ocasionaron los pedazos de su corazón al caer y estrellarse con el piso.
Pensó que Inuyasha no la vería distinta por tener una mano deforme, pero se había equivocado. Ahí estaba la prueba. Se preguntó cómo había podido ser tan tonta como para creer que podría haber alguien que no la menospreciara por su deformidad.
Kagome bajó la mirada, aún le costaba asimilar lo sucedido, y así salió del departamento del que en tan solo unos instantes antes había sido su amigo y amor platónico.
Hola. Las que ya han visto la película, pues espero que les guste estas escenas que me he inventado y no me maten por deformar la trama xD pero se me ocurrió al momento y pues…espero les guste. Nos vemos!
