EL VECINO

Capitulo 8: Despertares

Iniciado 24/03/06

Terminado 08/07/07

Kagome consiguió llegar hasta su dormitorio y logró cerrar con pestillo la puerta, por primera vez en mucho tiempo, no querría ver a su madre, porque si se desmoronaba delante de ella, no solo hablaría de lo que le había dicho Inuyasha, sino lo de su futuro inmediato y realmente no quería que su madre supiera que ella ya sabía lo que pasaría, pues eso la entristecería y todos sus planes se vendrían a pique, y no estaba dispuesta a perder lo poco que le quedaba. Se acurrucó en su cama, hundida en el dolor que le producía saber que todos los momentos que pasó junto a él y que ella, ingenuamente, creyó sinceros solo eran despliegues de amabilidad o hasta posiblemente lástima. Él no la miraba diferente. Para él no solo era una niña, era también diferente, con la connotación negativa que ella siempre le otorgaba a la palabra

Sus ojos cayeron rendidos cuando la luz del alba acariciaba la ciudad, las últimas horas de esa noche y las primeras de la madrugada las pasó con un dolor en el pecho, no provenía de su enfermedad, nada menos que eso, provenía de su corazón, le dolía demasiado haber perdido esa persona que pensó conocía, que pensó la estimaba, las lágrimas rodaron por su rostro incesantes, ahogaba los sollozos atrapándolos contra la almohada y notaba su nariz constipada, sin más lágrimas que derramar, permaneció despierta y con la mente en blanco, ocultando su dolor en la oscura y silenciosa soledad de su habitación.

La despertaron los insistentes golpes que su madre propinaba a la puerta de su habitación, escuchó la voz amortiguada de Sango llamándola y alcanzó a distinguir una nota de desesperación en su voz, recordó que había puesto seguro a la puerta y se apresuró a abrirla.

-Te he dicho que no cierres la puerta con seguro, Kagome.-repuso la señora Higurashi con el rostro endurecido y las pupilas dilatadas, la joven se sintió un poco culpable por haber preocupado a su madre, musitó una disculpa y regresó a su cama, miró el reloj de pared en forma de gato y bufó, eran las ocho con veinte minutos y ella había dormido solo tres escasas horas.

-Tienes un aspecto horrible ¿No has dormido bien?

-No.-dijo Kagome incapaz de mentir al respecto.

-¿Te sentiste mal durante la noche?-inquirió Sango alarmada.

-No. Tuve pesadillas.-tras vacilar un momento, su mente elaboró rápidamente una excusa creíble.-Hacía tiempo que no tenía.

Sango le dirigió una mirada suspicaz, pero si dudaba de lo que Kagome le dijo, no dio muestra alguna, se limitó a recoger la cesta de la ropa sucia y se despidió de ella depositando un beso en su frente, murmurando un hasta luego.

Cuando estuvo sola de nuevo, recordó lo ocurrido la noche anterior y su corazón se oprimió de nuevo, empero decidió no llorar más. Ya había llorado todo lo que podía llorar y no iba pasar el tiempo que le quedase de vida haciéndolo. Se arrebujó contra la sábana e intentó volver a dormir.


No podía sosegarse, intranquilo se removió por undécima vez en el lecho, miró el reloj despertador, marcaba las dos de la madrugada, se mesó el ya de por si revuelto cabello y cambió su postura.

Pasó las manos por su cara y sin querer rozó el labio partido producto del puñetazo que le había propinado aquél hombre.

Sonrió con amargura, sabía que lo había estropeado todo y el rostro desencajado de ella no lo dejaba en paz, aparecía en su mente cada vez que intentaba cerrar los ojos, su conciencia no lo dejaba estar tranquilo.

Se sentó sobre su improvisada cama y recargó sus codos en sus fuertes piernas, pasó de nuevo las manos sobre su pelo y cerró los ojos con fuerza, de nuevo el rostro de Kagome apareció ante si y comenzó a golpearse la cabeza con fuerza, llamándose idiota innumerables veces.

Tenía que arreglar las cosas con ella, era una certeza y estaba completamente seguro de que lo haría, lo que no sabía era cómo. Se había comportado como un estúpido, le había hecho daño a una persona que se había convertido en alguien muy especial para él, todo por su mal humor. No, no era solo mal humor, tenía que admitir que estaba furioso con ella por haberse dejado abrazar por Shippo, y con éste último lo estaba aún más por haber dicho que ya tenía asegurada a una más que no había podido resistirse a sus encantos.

El solo hecho de recordar la manera tan pervertida en que lo dijo, lo puso fuera de si, tanto como la tarde anterior, había sido la gota que colmó el vaso, pues soportó los reproches de Shippo durante todo el trayecto, por no haberlo esperado, soportó sus incesantes preguntas acerca de Kagome y había soportado sus constantes coqueteos con las empleadas del parque-zoológico donde tomaron las fotos, y a media tarde, cuando dijo aquello no pudo más y le propinó un puñetazo que hizo que le sangrara su perfecta nariz y su gran ego, Inuyasha prosiguió a lanzarse sobre el pelirrojo que intentaba fallidamente quitárselo de encima y sino fuera porque el cuidador de los gorilas, que andaba cerca, los vio, Shippo habría salido con algo más que una nariz rota. Inuyasha estaba tan encolerizado que opuso resistencia incluso al grandullón y éste tuvo que aplacarlo de la misma manera: propinando un buen derechazo a la mandíbula del joven.

Estuvo durante los siguientes sesenta minutos dando vueltas al asunto, se arrepentía de todo lo que había dicho y hecho a Kagome, y antes de que el sueño venciera su conciencia se prometió que antes de que saliera de su departamento idearía una forma de arreglar las cosas. Y de aplacar ese sentimiento de culpa que no le gustaba nada.


Habían pasado ya varios días y las cosas entre Inuyasha y Kagome no habían vuelto a su cause, por una parte ella había evitado tener cualquier tipo de contacto con él, por mínimo que este fuera. Y por el otro, él no había encontrado una forma creíble de acercarse a ella sin que sospechasen Sango y Kaede, que por su comportamiento para con él pareciera que todo estaba en orden, seguramente Kagome no les había mencionado nada de esa horrible noche.

Y estaba en lo cierto, pues la chica había mentido innumerables veces durante el transcurso de esos días a su madre, que en un principio creyó que algo iba mal con su hija, sin embargo Kagome se las arregló para quitarle esa idea de la cabeza y hacerle creer que su amistad con Inuyasha seguía intacta, y para corroborar su versión de los hechos, la chica inventaba salidas a varios lugares, pero su dirección era siempre la misma: Llegar a la biblioteca del centro o a alguna librería de la misma zona.

Lugar donde gastaba unas cuantas horas, en las cuales se enriquecía de todo tipo de cosas que le proporcionaba la lectura, sus géneros favoritos eran la fantasía, la filosofía y el suspenso, pero entre todos los géneros de libros que había leído en su vida no existía ninguno que le hubiese despertado ese calor que le envolvía el vientre cuando se sumergía en la lectura y cada palabra que se escribía la sentía como una caricia, paulatinamente sin saberlo ni esperarlo, Kagome despertaba a la sensualidad de su instinto de mujer. Esas novelas rosas la tenían capturada, cada una describía las diferentes vidas de hombres y mujeres y la atracción que nacía entre ellos y las necesidades pasionales que precedían a tal atracción…

Nunca en su corta vida había leído algo semejante, eran triviales, sí, pero contaban ese tipo de cosas que para una joven de su edad están vedadas y por lo mismo resultan atrayentes. Sin embargo eso no la hizo sentirse culpable, pues pensó que si moriría pronto le gustaría al menos saber como era el sexo.

Por lo menos de manera textualizada.

Las ganas de volver a conciliar el sueño se esfumaron. No pudo volver a dormir, y es que después del ajetreado sueño que tuvo le era imposible, aún recordaba las sensaciones abrumadoras provocadas por esa boca, pero también recordaba como todo se convertía en pesadilla, sus burlas y palabras que como puñales le desgarraban el alma. Suspiró pensando que ni en sueños la dejaba en paz.

Se levantó pesadamente y tomó una larga ducha de agua fría que la despejó lo suficiente como para que su estómago también despertase, lo ignoró y volvió a la cama envuelta en su bata de baño, sacó el cuaderno amarillo del último cajón de su escritorio y repasó los planes que tenía anotados para pasar las vacaciones en Hawai. Su madre entró apresuradamente, cerca de las siete y media, solo para despedirse y checar la inalterabilidad de su estado de salud.

Llegadas las siete con cincuenta, su estómago protestó de nuevo en contra de su ayuno involuntario, se levantó y consideró un momento el cambiarse de ropa, pero desechó la idea inmediatamente, no tenía ningunas ganas de quitarse aquél atuendo informal y cómodo, además su pelo aún estaba mojado y las gotas de agua escurrían por su garganta empapando el cuello de su albornoz.

Al salir de su recamara un delicioso aroma llenó sus pulmones, y su estómago volvió a gruñir, se encaminó hacía la cocina y una idea maliciosa apareció en su mente, asustaría a Kaede prorrumpiendo en gritos en aquella pieza, entonces Kaede pondría esa cara de susto que siempre hacía cuando ella hacía aquello y Kagome reiría un buen rato.

Sin embargo nada de eso ocurrió, pues cuando entró en la cocina sus gritos murieron en su garganta y sus pulmones dejaron de atraer aire por un par de segundos.


Estaba cansado de esta situación. Estaba cansado de su falta de ingenio para poder inventar una maldita excusa creíble, pero sobre todo, estaba cansado de que ella lo evitara de esa forma. ¿Acaso creía que no lo había notado cuando sus ojos siempre estaban vigilándola, disimuladamente?

Y como si el cielo, los dioses y demás lo hubiesen escuchado, esa mañana encontró la manera de colarse dentro del apartamento de Kagome y de inmediato ideó una forma de disculparse con ella y la esperanza de que las cosas se arreglaran floreció de nueva cuenta.

Cerró la puerta de su apartamento y se giró para mirar a la persona que bajaría enseguida, por un momento su corazón palpitó con rapidez al creer que la persona que bajaba era ella, pensó que esta vez intentaría hablarle, no podía desperdiciar esa ocasión, sin embargo se equivocó, no era Kagome quién apareció en las escaleras, era su madre, Sango.

La señora Higurashi lo miró con curiosidad mientras caminaba con paso apresurado.

-Buenos días.-saludó con una leve inclinación a lo que él respondió de la misma manera.

-¿A dónde irás con Kagome hoy?-preguntó Sango al chico que por un momento no supo responder, sin embargo se salvó al notar que algo pareció perturbar a la señora.

-¿Está bien señora Higurashi?

-Oh, es solo que olvidé comentarle a Kagome que hoy no vendrá Kaede¡Qué cabeza la mía!

Inuyasha vio su oportunidad servida en bandeja de plata, y no la desaprovechó.

-Yo puedo avisarle, si usted quiere.-dijo él deseando sonar tranquilo y no tan entusiasmado como se sentía.

-¿No sería una molestia? Yo lo haría, pero es que ya estoy atrasadísima y hoy daré un desayuno muy importante.

-En absoluto, señora. Puedo incluso hacer el desayuno para Kagome, si usted me lo permite.

-Eres muy amable, Inuyasha. Kagome estará encantada. Bueno, te dejo porque se me hace tarde.-decía Sango mientras comenzaba a caminar de nueva cuenta, cuando se detuvo bruscamente.-Te dejo las llaves por si Kagome se ha dormido y no te escuche tocar la puerta.

-Está bien. Si quiere le puedo dejar la comida hecha también.-se aventuró a decir él.

-No, eso sí sería demasiado, mejor nos iremos a comer algo los tres¿Te parece?

-Perfecto.-respondió el chico con una enorme sonrisa.

Todo había salido bien. Tenía la oportunidad de poder aclarar las cosas, disculparse y hacer que todo volviera a su cause, ahora solo faltaba que Kagome lo perdonase, y a decir verdad, esto ultimo lo ponía bastante nervioso. Miró el juego de llaves que tenía en sus manos…Primero que nada tendría que empezar por saber cuál era la llave del departamento.


Kagome parpadeo varias veces, pensó que su imaginación le jugaba una mala pasada. No. Su imaginación no era tan fértil como para mantener una ilusión tanto tiempo.

-¿Prefieres leche o Jugo?

-¿Eres real? Estupefacta preguntó, aún no asimilaba que Inuyasha estaba ofreciéndole de beber, cocinando algo que olía delicioso. En su cocina y dentro de su apartamento. ¡En su cocina y en su apartamento! Miró alrededor y pudo constatar que estaban solos. ¡Solos!

-Claro que soy real.-respondió Inuyasha con una sonrisa. Kagome lo miró incrédula. Escandalizada y pudorosa. Había caído en la cuenta de que estaba, prácticamente, desnuda. Sino fuera por el bendito albornoz que traía y que cubría ¡¡menos de lo que una falda normal puede cubrir!!

-Supongo que es normal que actúes así.-murmuró el chico a la vez que quitaba la sartén del fuego y lo apagaba.

- ¿Qué haces aquí?

- Tu desayuno. Kaede no podrá venir hoy y tu madre me dijo que si podía ayudarle un poco con el desayuno.-sirvió dos platos con una generosa porción de esa pasta que olía delicioso y le acercó uno a ella.-Te recomiendo que lo tomes con jugo, la leche no hace una buena mezcla con esto.

-No tengo hambre.-y era verdad, el apetito de había esfumado al verlo.

-Pues deberías comer, estás muy delgada.-su comentario fue acompañado de una larga mirada que recorrió el humedecido cuerpo de ella. Kagome se sintió indignada¿Cómo podía ser tan descarado para venir hasta su casa, y hablar con ella como si nada hubiese pasado¿Acaso no recordaba las cosas horribles que le dijo¡Y para colmo la criticaba!

-Mira, sé que debes estar molesta conmigo.-dijo él al ver que su rostro se endurecia de rabia y sus puños se cerraban.-Y tienes todo el derecho, pero quiero que sepas que siento mucho lo que te dije ayer, estaba enojado y cuando estoy enojado digo cosas de las que luego me arrepiento. Y esa es una de ellas.

-Muchas gracias por el desayuno, creo que ya puedes pasar a retirarte.-dio vuelta y salió de la cocina pero no hubo dado ni tres pasos cuando Inuyasha la detuvo.

-Kagome…

-Gracias por su ayuda, puede retirarse.-su tono de voz era tan fría como su mirada, Inuyasha tragó en seco y bajó la cabeza. Sabía que había echado a perder todo. Sabía que cabía la posibilidad de que ella lo rechazara después de lo que había hecho. Sabía que las cosas entre ellos no se arreglarían de un día a otro. Lo sabía, sin embargo nada de eso lo preparó para sentir el doloroso hueco que nació dentro de él. No obstante, Inuyasha se caracterizaba por tener un gran sentido de optimismo, el cual siempre lo ayudaba a salir de los momentos amargos que había vivido a lo largo de su vida, y ésta vez no sería diferente, ignoró el doloroso vacío y respiró profundamente, determinado a no dejar que las cosas se fueran por el caño sin más.

-Golpeé a Shippo.-dijo el chico, aliviado de ver que había despertado la curiosidad de la joven que se detuvo pero no se volvió.- Dijo algo tan…no importa, la cuestión es que no pude soportarlo y le di un puñetazo.

-Por eso tu labio partido.-razonó Kagome mirándolo por encima del hombro.

-De hecho, él no fue quien me partió el labio, sino uno de los cuidadores que nos separó.- la chica emitió un sonido que podía interpretarse como una pequeña risa.- Aún cuando llegué aquí estaba molesto, y me conozco Kagome, sé que cuando estoy así digo cosas que pueden herir a las personas y después me arrepiento, y este es el caso.

Dudando, colocó su mano sobre el exquisito hombro de ella y lo apretó ligeramente, en un mudo signo de sinceridad, al notar que no lo rechazaba, Inuyasha la hizo girarse lentamente y quedó sin resuello por un momento: Su boca tenía una dulce sonrisa triste pintada en sus labios, y los ojos vidriosos mantenían una expresión igualmente desconsolada, noto su corazón oprimirse, una súbita aflicción lo invadió.

-Lo siento, de verdad. Lo siento muchísimo.-sin poder evitarlo la abrazó dulcemente, quería borrar de su rostro aquélla expresión, escuchó un sollozo ahogado y la apretó más contra si, disculpándose a cada momento.

Kagome no podía evitar que las lagrimas se agolparan en sus ojos purgando por salir, enterró su rostro en el pecho de Inuyasha sintiéndose tonta por estar así, debería alegrarse por haber aclarado las cosas con él, pero no podía evadir el sentimiento que traía consigo. Fue entonces que algo se reveló ante ella¡Estaba enamorada de Inuyasha! Incluso las lágrimas dejaron de brotar ante el descubrimiento.