Exhalación.
Aquellos suspiros, tan leves y gráciles, tan desesperadamente lentos habían comenzado a volverle loco.
Uno tras otro y otro más. Entrelazándose, tejiéndose los unos con los otros fuera de su boca y con su aliento. Muy lento.
Ni siquiera cerrar los ojos, taparse los oídos, o meterse bajo su manta podía acallar tal sonido, acabar con la visión, o impedir que quisiera estar ahí para que, después de una exhalación, devorarlos todos.
Quería acallar todos esos delirios convertidos en aliento, estrangular esa fina garganta con el filo de su lengua y no volver a escucharlos a menos de qué él mismo los provocase. Quería que esos suspiros no fueran más que gorriones que trinaran al ritmo de su pasión.
Por ello, y como única forma de calmar su embravecido descontrol, era exhalar.
Exhalaciones leves, gráciles, desesperadamente lentas para contrarrestar los suspiros, sin importar que por momentos estas fueran demasiado exasperadas, que hicieran hervir el aire a su alrededor, porque la visión de ese pecho que subía y que bajaba en un vaivén ligero pero marcado, no pudiera hacer más que una sensual escena.
Y nuevamente ese deseo de cercanía que intentaba esfumar con cada bocanada de aire (calentado por sus caldeados pulmones) no lograba más que el desconsuelo de verse atrapado por ella, que tal vez sería su propia voz el gorrión que trina por salir y decirle tantas cosas y desmentir otro millón más.
Su boca tembló entonces cuando la ultima exhalación e volvió tan frágil como un respiro. No hubo calor, no hubo sentido, sólo una verdad desnuda a sus ojos.
Le exasperaba el arrojo porque no era suyo. Porque su lucha por no caer en sus redes no había sido más que una mentira que lo había llevado a enredarse más y más con sus anzuelos…Se enojaba porque deseaba ser él la razón de sus suspiros.
Jamás entendería que él sí era la razón por la que ella suspiraba.
