De improviso, y sin darme cuenta que había pasado mucho tiempo, los cálidos rayos dorados del sol bañaron mi rostro. Me protegí de ellos con una de mis manos.
En ese momento, el brillo desapareció. Sentía que estaba tumbado sobre algo realmente mullido, tal vez sobre una fina capa de hierba. Por fin comencé a abrir los ojos.
La primera imagen que vislumbre fue la del rostro de un joven de unos 20 años. Sus grandes ojos marrones e inquietos estaban clavados en mí. El chico se encontraba de pie junto a mi cabeza, e inclinado sobre mi.
- ¿Te encuentras bien? – Cerró los ojos y esbozó una sonrisa de lo más cálida y amigable. – Me llamo Atsutane Arishima, encantado de conocerte.
AMISTAD 02 - Comienzo
Página de portada, con el título del capítulo y una imagen de los dos jóvenes sobre un promontorio con un poblado en llamas en el horizonte
Traté de apoyar una de mis manos sobre la hierba para levantarme, pero no pude. Sentía mis músculos entumecidos. Atsutane abandonó su posición, y dando un rodeo alrededor de mí, se colocó a mis pies tendiéndome una de sus manos.
- Vamos, te ayudo a levantarte.
Mientras me aferraba a su mano para incorporarme, me fijé en él. Su estatura era más que normal, con una complexión levemente atlética. Vestía un conjunto de hakama y kimono de color grisáceo, y de telas algo raídas. Sujeta al cinturón de su hakama permanecía una pequeña daga enfundada.
Su cabello era moreno y corto, peinado con una ligera raya a la izquierda, y con un poco de flequillo cayendo sobre su frente. Bajo unas cejas poco pobladas aparecían un par de ojos grandes y marrones. Una nariz recta y con un perfil curvo daba paso a unos labios carnosos. Por último, una leve capa de bello facial cubría su rostro.
Tomando impulso, y con la ayuda de Atsutane, me incorporé. Ya de pie, mis ojos se quedaron fascinados con las vistas que se levantaban a mí alrededor.
Abundantes matorrales de color verde lima nacían a los pies de inmensos y numerosos árboles que ascendían, orgullosos, hasta donde mi vista no llegaba a alcanzar. El follaje de dichos árboles era espeso, y a penas unos pocos haces de luz podían colarse a través de las copas de esas gigantescas maravillas naturales.
- ¿Dónde estamos? – Mi voz tembló al realizar la pregunta. Tenía la boca reseca y me costaba hilvanar las palabras.
- En el bosque de Matsushima, la región fronteriza entre el distrito 48 y el 53, dentro del Rukongai Sur.
El joven se separó de mí varios metros, aproximándose a un pequeño morral que se encontraba apoyado contra la cortaza de un árbol. Lo alzó, apoyándolo contra su hombro.
- Es mejor que nos demos prisa. – Atsutane alzó su rostro, contemplando como los rayos de luz que se colaban a través de las copas de los árboles eran ya débiles. – Este lugar ya no es seguro para vagar por él de noche. Sígueme.
Enfiló lo que parecía ser una senda entre altos matorrales de hojas gruesas. Sin dudarlo, le seguí. A fin de cuentas, no era capaz de recordar nada de lo sucedido, y permanecer en aquel bosque no era la mejor opción.
Su caminar era seguro. No vacilaba en ningún momento. Yo permanecí detrás, maravillándome con las vistas que me ofrecía aquel bosque. Aquello parecía el paraíso por la belleza de destilaba el paisaje.
De improviso, la voz de Atsutane volvió a resonar.
- ¿Cómo has llegado hasta este bosque? – Me preguntó a medida que continuaba su marcha.
Antes de contestar, caminé algo más deprisa para situarme a su altura.
- La verdad es que no recuerdo nada. – Traté de ahondar en mis recuerdos, pero no logré hallar nada referente al pasado. Agaché la cabeza, resignado. – Lo primero que alcanzo a recordar son aquellos haces de luz bañando mi rostro.
El joven se llevó la mano derecha al mentón, jugando con el incipiente bello que nacía sobre su barbilla.
- Ya entiendo. – Sin mediar palabra, su mano izquierda se deslizó por encima de mi hombro. – Creo que lo que sucede es que acabas de llegar.
- ¿De llegar? – Las dudas comenzaron a asaltar mi mente. – ¿A dónde?
Atsutane esbozó una amplia y cálida sonrisa, capaz de relajarme.
- Aquí, a la Sociedad de Almas.
Aparté la mirada de él, reflexionando acerca del término que acababa de oír. La Sociedad de Almas.
- ¿Eso quiere decir que estoy muerto? – Formulé la pregunta sin llegar a cruzar mi mirada con la suya.
- Sí. La Sociedad de Almas es el lugar donde descansan las almas de todos aquellos que han fallecido en el mundo mortal.
- Entonces esto es el paraíso¿no? – Mis ojos volvieron a contemplar los bellos parajes que nos rodeaban. – De ahí la belleza de este lugar.
Atsutane espetó una sonora carcajada.
- Ni mucho menos. – Sus ojos miraban al frente con decisión. Algo parecía ocupar parcialmente sus pensamientos. – En unos segundos te darás cuenta de que esto no es ni mucho menos el paraíso.
Se adelantó unos metros, y con sus manos, apartó las gruesas hojas de un matorral. La luz le bañó rápidamente. Al parecer, habíamos llegado hasta la salida de aquel lugar. Sin dudarlo, desapareció tras aquella luz.
No quería quedarme atrás, así que aceleré mi paso hasta llegar a ese pequeño pasadizo. Los rayos de sol cegaron mis ojos durante un momento para, segundos después, revelarme un paisaje horrible.
Nos encontrábamos en lo alto de un promontorio. A lo lejos, cerca de la línea del horizonte, mis ojos alcanzaron a ver un gran poblado. Grandes columnas de humo negruzco ascendían hasta el cielo desde distintos puntos del poblado. Los clamores de batalla reverberaban hasta tal punto, que ambos éramos capaces de escucharlos desde la lejanía.
Atsutane, que se encontraba junto al borde del precipicio, comenzó a hablar sin despegar su mirada del poblado.
- ¿Ahora lo entiendes? Esto no es ni mucho menos el paraíso… – Su voz destilaba una tristeza impresionante.
Sin realizar ningún comentario, caminé muy lentamente hasta alcanzar su posición. Mis ojos no daban crédito a lo que estaban viendo.
- ¿Qué le está sucediendo a ese poblado¿Por qué está ardiendo?
- Estamos sufriendo la invasión de un clan nacido en los distritos más bajos del Rukongai.
Rukongai. Antes había mencionado esa palabra. Aparté mi mirada del horror y la clavé en Atsutane.
- ¿Qué es el Rukongai?
- El nombre que recibe el basto territorio que abarca los más de 80 distritos que lo componen. – Continuó su explicación sin apartar su mirada del poblado. – Nuestro hogar, Kushiro, se encuentra en el núcleo del Distrito 48, en la zona sur del Rukongai.
- Ya entiendo. – Afirmé pensativo.
- El clan Shura, nacido en los más violentos distritos, puso en marcha hace unos meses su plan de expansión y conquista de la zona sur del Rukongai. – La tristeza empezó a invadir por segundos su mirada. – Y ahora nos ha llegado el turno a nosotros.
De nuevo, aparté mi vista de Atsutane para dirigirla hacia el horizonte. Bajo las impresionantes columnas de humo, el fuego parecía ir apoderándose del poblado en distintos puntos del mismo. Los gritos de horror reverberaban en el basto espacio aéreo. La situación era desgarrante.
- ¿A qué estamos esperando entonces? – Apunté mientras me dirigía a una escalera que había en uno de los laterales del promontorio. – Tenemos que llegar cuanto antes al poblado y defenderlo.
Atsutane apartó por primera vez la mirada del poblado y la clavó en mí.
- ¿A dónde te crees que vas?
Sus palabras me sorprendieron por el tono que empleó. Era una mezcla entre rabia e impotencia. Me detuve de inmediato.
- ¿Te das cuenta de lo que está sucediendo? – Señaló. – Ese poblado es mi hogar, y por eso tengo que defenderlo, arriesgando mi vida si es necesario. Pero tú no tienes ninguna obligación para con nuestro hogar.
- Pero…
- ¡Nada!
Atsutane llevó su mano izquierda al mango de la daga que pendía de su cinturón, y la desenvainó de un solo movimiento, haciéndola girar con un solo dedo. Estaba tallada en madera, tanto el filo como la empuñadura.
- Toma. – Me la ofreció, y yo la sujeté con ambas manos. – Aquí acaba nuestro viaje juntos. Te he indicado la salida del bosque, y te he entregado esta daga de madera. No puedo hacer más por ti.
Se dio media vuelta, acercándose al borde del precipicio.
- ¡Pero yo quiero ayudaros!
- Te lo vuelvo a repetir. Esta no es tu batalla. Acepta tus limitaciones y márchate antes de que la guerra te alcance a ti también.
Sin mediar más palabra, Atsutane saltó, tratando de ganar terreno para llegar cuanto antes al poblado.
Una pequeña capa de hierba amortiguó su caída. La pendiente era muy pronunciada, y Atsutane emprendió una carrera desesperada cuesta abajo, sorteando los diferentes matorrales y árboles que se levantaban a su paso.
Su mente no cesaba de maquinar.
Flash Back
Reunidos entorno a una gran mesa rectangular, se encontraban los altos cargos, tanto políticos como militares, de Kushiro, la capital del Distrito 48. Pese a que sus vestimentas eran de lo más normales, ellos formaban la cúpula de poder del poblado. La crispación era palpable.
- ¡Debemos actuar cuanto antes! – Señaló uno de los asesores del gobernante.
- He solicitado la convocatoria de todo el ejército. – Apuntó el máximo dirigente militar. – Algo más de 500 hombres que defenderán con su vida la ciudad.
- ¿Cuál es el tamaño de las fuerzas del clan Shura? – Inquirió el propio gobernante.
Tras unos segundos de silencio sepulcral, la voz de un hombre comenzó a sonar por uno de los pasadizos que daban acceso a la sala.
- Algo más de 2.000 combatientes.
Los ojos de los asistentes se clavaron en el umbral del pasadizo. Un hombre de gran estatura y cabellos cortos y rubios apareció ante ellos.
- Capitán… – Masculló entre dientes el propio Atsutane.
Se trataba de Kazushige Akaike, ex-Capitán de las fuerzas militares de Kushiro.
- Hay que hacer algo, o de lo contrario el poblado caerá. – Apuntó.
Un gran murmullo se levantó en toda la sala. Los asistentes comentaban la aparición del ex-Capitán Akaike.
- Y tened cuidado. – Advirtió el ex-Capitán. – Se rumorea que el método que emplea el clan Shura es infiltrar a alguien en el poblado que sufrirá el asedio para que lo corrompa desde dentro.
Todo el mundo cesó en sus comentarios, incluido el propio Atsutane, que miraba con admiración a su ex-Capitán.
- No os fiéis ni de vuestra propia sombra.
Fin del Flash Back
Mientras que Atsutane descendía por la ladera del promontorio, apretó sus puños con rabia. Un gran remordimiento recorría la totalidad de su ser.
- Lo siento chaval. Pareces una persona noble, pero la situación es muy complicada y no me puedo fiar de nadie. – Por la mente de Atsutane se cruzó la imagen de su ex-Capitán. – Fue lo que dijo el Capitán Akaike.
A lo lejos, el humo seguía ascendiendo desde diferentes puntos del poblado. La batalla continuaba en Kushiro.
- ¡Esperadme amigos!
TO BE CONTINUED
