- ¿Pensabas que te iba a dar la espalda como un cobarde, Atsutane? – El joven esbozó una amplia sonrisa mientras que repelía la katana de madera de su rival y le hacía retroceder.
Mientras que el Oficial lograba zafarse del tablón de madera, su joven salvador le tendió la mano.
- ¿Te encuentras bien? – Cerró los ojos y esbozó una sonrisa de lo más cálida y amigable. – Puedes llamarme Josuke Nakatoni, y es un placer haberte conocido.
AMISTAD 04 - Kushiro en llamas II: Sitiados
Página de portada, con el título del capítulo y una imagen de la muralla de la fortaleza, repleta de decenas de soldados apostillados en ella
Atsutane agarró mi mano con fuerza y se levantó rápidamente, sujetando de nuevo su katana de madera. Yo me limité a girar sobre mí mismo. Ambos encaramos al soldado del clan Shura.
- ¿Por qué has venido? – La rabia que inundó horas atrás el rostro de Atsutane, desapareció parcialmente. – Te dije que huyeras de esta guerra antes de que te alcanzara.
Nuestro enemigo abandonó su posición y corrió hacia nosotros, lanzando un ataque en horizontal de izquierda a derecha. Reaccioné con velocidad, consiguiendo detener el ataque con la pequeña daga de madera.
Fue el momento de Atsutane. Emergió de entre las sombras que proyectaba mi cuerpo, asestándole una puñalada en pleno vientre a nuestro rival, que soltó su arma y retrocedió vacilante.
Atsutane extrajo su katana de madera, totalmente cubierta de sangre.
- ¿Y a dónde querías que fuera? – Dije. – Acabo de llegar a este mundo, y no tengo nada parecido a un hogar que defender. – Aparté mi mirada de nuestro rival, que ya había caído de bruces sobre el firme del poblado, y la clavé en mi compañero. – Lo único que me vincula a este mundo, ahora mismo, eres tú.
Pese a que el tono que empleé no era el más adecuado, Atsutane cogió el mensaje, y esbozó una amplia sonrisa.
La batalla proseguía. Tras la carga, los soldados locales trataban de contener el empuje de los invasores, pero era complicado. Eran muy superiores en número.
Los gritos del ex-Capitán Akaike se elevaron por encima del clamor de la batalla.
- ¡Retirada a la fortaleza!
Mientras que un pequeño grupo de defensores trataba de ganar tiempo, el ex-Capitán, seguido de unos cuantos soldados, alcanzó nuestra posición.
- ¡Atsutane! – Gritó – Debemos ir a la fortaleza del gobernador. Es el único sitio donde podemos hacerles frente.
- ¿Pero que pasa con todos los soldados malheridos?
Los ojos verdes del ex-Capitán se clavaron en el que un día fuera uno de sus subordinados.
- No podemos hacer nada por ellos, y lo sabes. – Le contestó Akaike.
Había tensión, podía sentirla. Sin embargo, esa sí que no era mi guerra, no podía entrar a valorar las actuaciones de Akaike. De igual modo, tampoco podía valorar la lealtad que Atsutane le guardaba a ese hombre. Sus palabras eran órdenes para él.
Sin mediar palabra, los tres nos lanzamos a la carrera en dirección a esa fortaleza de la que habían hablado. Imagino que es la que vi cuando descendía por la ladera del promontorio.
Nuestros pasos nos iban alejando gradualmente de ese pequeño parapeto de más de 50 soldados que trataban de detener el avance de los invasores. En mi opinión, 50 soldados que Akaike había sacrificado para que pudiéramos llegar a la fortaleza. El tiempo dirá si esa decisión era la correcta.
Llegamos a la plaza central junto a un nutrido grupo de soldados. Algo más de 100 hombres, todo lo que nos quedaba para defender el poblado. Después de comprobar que no quedaba ningún herido en la plaza, torcimos a la izquierda, y encaramos una larga avenida que culminaba con una gran construcción en piedra.
Mis ojos se quedaron maravillados ante tal espectáculo. Sin ser una construcción de proporciones gigantescas, la fortaleza contaba con una muralla de más de 6 metros de altura, y construida de manera circular, a fin de proteger por entero los aposentos del gobernador.
A medida que nos acercábamos, mis ojos alcanzaron a ver la entrada. Un gran portón de madera situado a ras de suelo. Sobre la muralla, y a ambos lados de dicho portón, descansaban dos imponentes torreones, sobre los que ya había apostillados varios soldados.
Nuestro correr desenfrenado llamó demasiado la atención como para que no advirtieran nuestra llegada. Elevaron sus arcos de madera, como medida de precaución, pero una vez que divisaron el ex-Capitán Akaike, la tranquilidad invadió sus corazones.
- ¡Es el Capitán Akaike! – Gritaron. – ¡Bajad el portón!
Tras un breve chirrido inicial, el portón de madera comenzó a bajar lentamente.
Nos quedaban 100 metros para alcanzar la entrada, y el sudor ya comenzaba a impregnar mi cabello. Sentía mis músculos algo entumecidos, lo que provocó que acabara bastante rezagado, a la cola del gran pelotón.
La gran puerta de madera estaba próxima a tocar el firme de la ciudad. Al otro lado, y ya dentro del castillo, alcancé a divisar a una persona de avanzada edad, rodeado de media docena de soldados del Distrito.
El mecanismo de apertura del portón concluyó con un gran estruendo, y nuestras pisadas se empezaron a elevar por encima del gran soporte de madera. Atsutane y Akaike, que marchaban a la cabeza del grupo, se detuvieron ante la presencia del que parecía ser el gobernador. El ex-Capitán tomó la palabra.
- Gobernad…
- ¡Basta! – Oí con claridad la autoritaria voz de aquella persona mayor. – Me temo que no es usted, precisamente, quien me tiene que entregar el informe sobre la situación.
La ira invadió las pupilas de Akaike, al tiempo que la mirada del gobernador se clavaba en Atsutane, que entendió rápidamente el gesto.
- La situación es extrema. Hemos perdido alrededor del 80 por ciento de las tropas disponibles.
- ¿Y qué hay del Capitán Kodonomaro? – Inquirió el gobernador.
- Cayó en combate. – Afirmó angustiado Arishima.
El gobernador rebuznó, tras lo cual, agachó su mirada, pensativo. A los pocos segundos, buscó de nuevo los ojos de Atsutane.
- Oficial Arishima, distribuya al ejército a lo largo de la muralla. – Los inquisidores ojos del gobernador se clavaron ahora sobre Akaike. – En cuanto a usted, marche inmediatamente a la sala de armas de la fortaleza y traiga todas las flechas disponibles.
El gobernador giró sobre sí mismo, encaminándose a la entrada de la fortaleza. Al mismo tiempo, la media docena de hombres que le escoltaban, imitaron sus acciones. El gobernador se detuvo ante tal gesto.
- ¿Qué se supone que estáis haciendo?
- Señor, pensábamos que… – Intentó explicarse uno de los hombres.
- ¿Acaso no habéis oído cuál es la situación? – Sus ojos ardían. - ¡Hay que defender la fortaleza a toda costa!
El gobernador penetró en la fortaleza en solitario y realmente enfadado.
El chirriar de la gran puerta de madero al elevarse, desgarró el terrible silencio que habían provocado las palabras del máximo dirigente de Kushiro. Los soldados se miraron unos a otros. El miedo comenzaba a hacer presa de ellos. Fue Atsutane quien se erigió en el líder de la resistencia.
- ¡Muchachos! – Dijo alzando su brazo. – ¡Coged vuestros arcos, subid a esa muralla, y demostrémosles quienes son los soldados de Kushiro!
La noche avanzaba entre preparativos. El clamor de la batalla parecía haber cesado, lo cual me tranquilizó un poco. Pero lo cierto es que me sentía bastante inútil.
La actividad era frenética en el foso que separaba la muralla de la fortaleza. Akaike había depositado en el suelo cerca de un millar de flechas. Alrededor de 10 flechas para cada soldado. Muchas, pero insuficientes.
Según los cálculos que Atsutane gritaba a sus hombres, las fuerzas enemigas aún superan los 1.500 hombres. Aunque todas las flechas acabaran con un soldado, las fuerzas enemigas eran claramente superiores.
Los preparativos ya estaban llegando a su fin. A falta de a penas una hora para que el sol bañara las tierras del Rukongai, la mayoría de los soldados se encontraban ya apostillados en sus puestos.
Logré divisar a Akaike junto a Atsutane sobre de la muralla, justo encima de la ubicación del portón. Ambos dialogaban.
Fue entonces cuando me di cuenta de la situación. Las piernas me temblaban por momentos. El frío de la noche penetraba en mis carnes. Me había metido, por voluntad propia, en una guerra cuyo final sería trágico.
El silencio de la noche, hasta entonces sólo alterado por los preparativos para el combate, comenzó a rasgarse poco a poco. A lo lejos, escuché los gritos roncos de una gran multitud. Eran ellos.
De improviso, vi como Atsutane abandonaba su postura, girando sobre sí mismo.
- ¡Amigos! – Gritó.
La respuesta fue contundente. Todos y cada uno de los defensores enarbolaron sus arcos, amortiguando las flechas para preparar el disparo.
Los ojos de todos ellos alcanzaron a ver cómo, en lontananza, una horda de almas salvajes del Rukongai, antorchas en mano, invadían la gran avenida que conducía directamente a la fortaleza. En apenas 5 minutos estarían frente a la muralla.
- ¡Ha llegado la hora, Kushiro nos necesita, así que, si tenemos que morir, moriremos. Pero nadie podrá decir que el pueblo de Kushiro claudicó ante el clan Shura!
La arenga de Atsutane, sin duda, enardeció a los defensores, que comenzaron a tensar la cuerda de sus arcos para dar la bienvenida a los invasores.
Sentí como el suelo vibraba. El griterío iba en aumento, y un miedo atroz comenzó a invadirme. Me arrepentí terriblemente de haberme involucrado en algo así. Cada pisada, cada temblor, cada uno de esos infernales sonidos me hacía estremecer. Sin embargo, súbitamente, el silencio se apoderó de la noche. Silencio que duró poco.
- ¡Ha llegado vuestro final, gusanos! – Gritó uno de los invasores. - ¡Deberíais rendiros si aún os queda algo de cordura!
- ¡Jamás! – Gritó Atsutane. – ¡Este será el escenario de vuestra muerte!
- ¿De nuestra muerte? – El líder de los invasores esbozó una amplia sonrisa, a lo cual siguió una profunda carcajada.
Alzó su brazo izquierda. Como si de una orden se tratara, los cerca de 1.500 soldados comenzaron a corear un mismo nombre.
- ¡Tsucgimoto! – Gritaron todos al unísono. La melodía, comenzó a repetirse sin descanso.
Escuchar ese nombre fue todo un revés para las esperanzas de los dos grandes líderes de la resistencia. Akaike y Atsutane lo conocían bien.
- No puede ser… – Masculló entre dientes Atsutane.
- Parece ser que los comanda… – Añadió Akaike.
- ¡El Lugarteniente del clan Shura! – Gritó conmocionado Arishima.
TO BE CONTINUED
