- ¡Ha llegado vuestro final, gusanos! – Gritó uno de los invasores. - ¡Deberíais rendiros si aún os queda algo de cordura!

- ¡Jamás! – Gritó Atsutane. – ¡Este será el escenario de vuestra muerte!

- ¿De nuestra muerte? – El líder de los invasores esbozó una amplia sonrisa, a lo cual siguió una profunda carcajada.

Alzó su brazo izquierda. Como si de una orden se tratara, los cerca de 1.500 soldados comenzaron a corear un mismo nombre.

- ¡Tsucgimoto! – Gritaron todos al unísono. La melodía, comenzó a repetirse sin descanso.

Escuchar ese nombre fue todo un revés para las esperanzas de los dos grandes líderes de la resistencia. Akaike y Atsutane lo conocían bien.

- No puede ser… – Masculló entre dientes Atsutane.

- Parece ser que los comanda… – Añadió Akaike.

- ¡El Lugarteniente del clan Shura! – Gritó conmocionado Arishima.

AMISTAD 05 - Kushiro en llamas III: Farewell, my friends

Página de portada, con el título del capítulo y una imagen Atsutane con el rostro desencajado

Ya no había marcha atrás. Mis ojos alcanzaron a ver cómo las hordas enemigas vibraban ante la posible toma de la fortaleza. Y lo peor de todo ya no era que más de 1.500 soldados estuvieran sedientos de sangre, sino que los comandaba un ser superior.

- Tsucgimoto… – Masculló Akaike. – Uno de los guerreros más poderosos que jamás haya visto el Rukongai Norte. Las leyendas cuentan que del cinturón de su hakama cuelga una auténtica Zanpakutou.

- Pero son sólo leyendas. – Apunté. – Nadie ha durado lo suficiente en un combate contra él como para comprobarlo.

Mientras que los invasores proseguían con sus cánticos de guerra, los antiguos superior y subordinado de las fuerzas militares de Kushiro cruzaron sus miradas. Bastó con eso para que Akaike conociera las intenciones de Atsutane.

- Piensas usar de inmediato las Genbaki (Bombas espirituales)¿verdad? – Señaló Akaike.

- Sí, es nuestra única opción. Al menos, es la única si queremos sorprenderles con algo.

- ¿Tan seguro estás de que no se lo esperan? – Inquirió Akaike. – A Tsucgimoto no se le escapan detalles como esos. Seguro que tienen preparado algo.

- Se lo esperen o no, es nuestra única opción para ganar tiempo.

Aparté mi mirada de Akaike, clavándola en el joven Josuke, que permanecía de pie en el foso, justo frente al gran portón de madera. Por su semblante, el miedo debía de estar embargándole. En el fondo, acababa de llegar al Rukongai. Por muy valiente que quiera parecer, nunca ha matado a nadie. Lo mejor era alejarlo de la batalla.

- ¡Josuke! – Gritó Atsutane. - ¡Ve a la Sala de Armas y tráeme el morral con el que cargué durante el trayecto en el bosque de Matsushima!

Pude observar cómo permaneció pensativo durante unos segundos. A fin de cuentas, no creo que nadie reparase en un detalle así cuando acabas de llegar a un lugar como el Rukongai.

- ¡De acuerdo! – Gritó.

Josuke penetró en la fortaleza. Fue entonces cuando me di cuenta de lo cansado que me encontraba. La falta de descanso estaba haciendo mella en mí. El griterío, hasta ese momento ensordecedor, pasó a un segundo plano. Parecía que el mundo se había detenido.

Me di media vuelta, clavando mis fatigadas pupilas en Kushiro. Ardía. Un sueño construido con ahínco por miles de personas durante años, se consumía pasto de las llamas, en una sola noche.

Esa nostalgia que me invadió durante unos segundos, desapareció. Y lo único que quedó fue todo un ejército dispuesto a masacrarnos.

La tristeza que había invadido mi corazón, se transformo en ira y rabia. Con decisión, alcancé una de la flechas de fibra vegetal que descansaban contra la muralla. Enarbolé mi arco, amortigüé la flecha sobre la cuerda, la tensé, y a mi mente vino el recuerdo de todos aquellos soldados locales que habían muerto defendiendo su ciudad.

- Por ellos… – Mascullé entre dientes.

Acto seguido, mis dedos soltaron el plumaje de la flecha. Ésta surcó el vasto espacio aéreo sin describir ningún tipo de parábola. Se limitó a silbar a medida que cortaba el viento.

En cuestión de segundos, alcanzó su objetivo: el muslo de un soldado invasor. El puntal metálico de la flecha se hundió en su carne, desgarrándola y alojándose junto al fémur.

El grito de dolor alcanzó a oírse por todo el campo de batalla. De inmediato, el soldado cayó al firme. Sangraba abundantemente, y ninguno de sus compañeros parecía socorrerle.

Todo aquello fue el acicate perfecto para que las hordas enemigas lanzaran el ataque definitivo sobre la fortaleza. Y así fue. Las primeras líneas de la formación rompieron filas, lanzándose en busca de la muralla.

La respuesta de Atsutane fue levantar su brazo derecho.

- ¡Soltad flechas! – Gritó a sus hombres.

La respuesta no se hizo esperar. Una lluvia de flechas cayó sobre los atacantes. La carrera desesperada de muchos de ellos se vio truncada por el impacto de los proyectiles. La sangre sobrevoló por encima del ejército invasor, mancillando la tierra de Kushiro.

Sin embargo, otros muchos lograron alcanzar la muralla y, con rápidos movimientos, lanzaron varios arpones en dirección al muro, quedándose anclados a éste. De ellos pendían cuerdas por las que los atacantes trataban de trepar.

Las hordas del clan Shura, aunque carecían de arqueros con los que derribar a los defensores, sí que contaban con otros útiles de asedio. Mientras que varios soldados cargaban rocas en un par de catapultas bastante rudimentarias; un nutrido grupo de algo más de 20 hombres sostenían un grueso ariete de madera que se aproximaba, inexorablemente, al gran portón de la fortaleza.

Muchos de los defensores soltaron sus arcos y se dedicaron a desprender los anclajes metálicos de los arpones. A medida que muchos soldados enemigos iban cayendo, las rocas lanzadas por las catapultas comenzaron a sobrevolar por encima de las cabezas de los soldados defensores.

El impacto contra la fortaleza provocó los primeros destrozos en la estructura. Mientras tanto, los arpones seguían apareciendo a lo largo de toda la muralla.

De repente, una inmensa mole pétrea, cuyo peso era superior al del resto de proyectiles enemigos, no logró superar la muralla. Impactó contra la misma, haciendo saltar por los aires a más de una decena de soldados defensores.

De ese modo, la zona izquierda de la muralla quedó incomunicada del resto. Fue el blanco de la mayoría de arpones, ya que se encontraba totalmente desguarnecida.

Atsutane no sólo se percató de eso, sino que, para más gravedad, esa zona quedaba comunicada con el foso a través de una larga escalinata. En definitiva, el lugar perfecto por el que invadir la fortaleza.

A eso se le unió el crujir de la madera del portón de la fortaleza. El ariete chocaba contra él una y otra vez. Los frentes eran demasiados, y los recursos defensivos insuficientes.

Mientras todo eso acontecía, la voz de Josuke llegó a oídos del Oficial de las fuerzas militares de Kushiro.

- ¡Atsutane!

Éste se giró de inmediato. Sin embargo, el rayo de esperanza que albergaba durante esos escasos segundos, se desvaneció por completo. Josuke sujetaba las telas que conformaban el morral, pero no había nada en ellas.

- ¿Pero qué…? – La desesperación invadió al bravo defensor.

- ¡El morral está vacío! – Gritó Josuke.

En ese preciso momento, las palabras de Akaike hicieron acto de presencia en la mente del Oficial.

Flash Back

- Y tened cuidado. – Advirtió el ex-Capitán. – Se rumorea que el método que emplea el clan Shura es infiltrar a alguien en el poblado que sufrirá el asedio para que lo corrompa desde dentro.

Todo el mundo cesó en sus comentarios, incluido el propio Atsutane, que miraba con admiración a su ex-Capitán.

- No os fiéis ni de vuestra propia sombra.

Fin del Flash Back

A todo ello se unió la visión de cómo el ejército invasor asediaba la muralla desde diferentes flancos.

- ¡Josuke, regresa de inmediato al interior de la fortaleza! – Grité. Lo último que quería era involucrarle aún más en todo esto.

- ¡Pero Atsutane, yo…!

- ¡No me repliques. Regresa de inmediato!

Josuke, no muy convencido, dio media vuelta y se refugió dentro del edificio. Una vez que esto sucedió, mi voz se propagó por toda la muralla.

- ¡Retirada al foso! – Grité. – ¡Desenvainad las espadas!

Mis palabras fueron órdenes para la totalidad de defensores en la muralla. Abandonaron sus arcos, y se lanzaron a la carrera escalinatas abajo para llegar al foso. Al mismo tiempo, los primeros invasores ya habían escalado hasta lo alto de la zona incomunicada.

Descendieron a través de la escalinata con velocidad y, sin ningún tipo de estrategia previa, se lanzaron contra nosotros. Ya no era momento de centrarse en mis compañeros. Si no me empezaba a preocupar por mí mismo, acabaría siendo asesinado por esas bestias con forma humana.

Por ello, comencé a balancear mi katana de madera con habilidad. Cercené el brazo derecho del primer contrincante que salió al paso. Lo aparté de mi camino y continué haciendo frente a todo aquel que se aproximaba.

La primera remesa de atacantes no salió bien parada. Apenas sufrimos un par de bajas. Pero fue en ese momento cuando noté la ausencia de Akaike. Lo busqué con la mirada por todo el foso, pero no lo encontré.

Fue el silbar de una flecha lo que me hizo despertar. Allí, en lo alto de la muralla, Akaike permanecía de pie, arco en mano, lanzando las últimas flechas que quedaban.

- ¡Capitán, rápido! – Grité. – ¡En cuestión de minutos habrán tomado el foso!

Vi cómo Akaike se giró, realizando un movimiento afirmativo con la cabeza. Lanzó la flecha que ya tenía colocada sobre su arco, y se dio media vuelta, descendiendo rápidamente por la escalinata.

- ¿Cuál es la situación? – Inquirió Akaike a medida que descendía.

- Ya han tomado la muralla, y es cuestión de tiempo que el portón…

No pude acabar la frase. De improviso, el ariete que cargaban los invasores atravesó con fuerza el gran portón de la fortaleza. Un nuevo impacto más, y el boquete sería lo suficientemente grande como para que las fuerzas enemigas penetraran por ahí.

- ¡Joder! – Exclamé.

La mirada de Akaike parecía perdida. En cierto modo, los más de 50 hombres que aún nos manteníamos en pie guardábamos la misma esperanza. Ninguna. Todos se miraban entre sí, preocupados.

- ¡Retirémonos al interior de la fortaleza! – Gritó Akaike.

Todos giramos sobre nosotros mismos y comenzamos a ascender los pequeños escalones que conducían al interior de la fortaleza. Pero antes de que pudiéramos alcanzarla, el estruendo que se produjo detrás de nosotros fue ensordecedor.

La última embestida del ariete había tumbado por completo uno de los portones. La tierra vibró bajo nuestros pies fruto de dicha caída, y varios soldados resbalaron, cayendo por las escaleras.

Ahí se me planteó el gran debate. Ir a socorrerles, aún a riesgo de saber que si bajaba, no podría volver a subir; o regresar a la fortaleza y montar allí la última defensa. El resto de soldados se lanzó en ayuda de sus compañeros, al tiempo que las tropas enemigas penetraban en el foso y se lanzaban a por los defensores.

- No puedo dejarles morir sin hacer nada… – Mascullé entre dientes.

Con la mayor de las determinaciones en una situación así, corrí en ayuda de mi gente. Soldados, amigos que en tantas otras batallas me habían protegido.

Sin embargo, fue el brazo derecho de Akaike el que no me dejó avanzar.

- No lo hagas. – Afirmó Akaike sin ninguna esperanza. – Bajar ahí abajo es buscar la muerte. Ellos lo sabían, y no han dudado en bajar. – Akaike clavó sus desesperanzados ojos en mí. – Recuerda que tú y yo debemos proteger a alguien.

No supe qué decir. Me debatía entre mis sentimientos y el deber.

- Regresemos.

El ex-Capitán se dio la vuelta, enfilando la entrada a la fortaleza. Yo le seguí, pero antes de entrar, lancé una última mirada a mis soldados.

- Hasta más ver, amigos. – Susurré sin que nadie llegara a oírme.

TO BE CONTINUED