Sin embargo, fue el brazo derecho de Akaike el que no me dejó avanzar.

- No lo hagas. – Afirmó Akaike sin ninguna esperanza. – Bajar ahí abajo es buscar la muerte. Ellos lo sabían, y no han dudado en bajar. – Akaike clavó sus desesperanzados ojos en mí. – Recuerda que tú y yo debemos proteger a alguien.

No supe qué decir. Me debatía entre mis sentimientos y el deber.

- Regresemos.

El ex-Capitán se dio la vuelta, enfilando la entrada a la fortaleza. Yo le seguí, pero antes de entrar, lancé una última mirada a mis soldados.

- Hasta más ver, amigos. – Susurré sin que nadie llegara a oírme.

AMISTAD 06 - Kushiro en llamas IV: El sacrificio

Página de portada, con el título del capítulo y una imagen de espaldas del ex-Capitán Akaike

El silencio que gobernaba el recibidor de la fortaleza se quebró con la llegada, primero de Akaike y, posteriormente, de un Atsutane bañado en sangre. Sin duda, el combate había sido feroz ahí afuera.

Iba a preguntar por el desarrollo del mismo, pero las ideas me quedaron bastante claras sobre cuál era la actual situación al ver cómo ambos cogían cualquier objeto para crear una barricada frente a la puerta.

Mesas, sillas, antorchas metálicas atrancando las asideras… Cualquier objeto que pudiera ofrecer resistencia era bueno. Desmantelaron el recibidor en un abrir y cerrar de ojos.

Akaike y Atsutane jadeaban fruto del esfuerzo.

- Hemos llegado al final. – Dijo costosamente el Oficial.

En ese instante, las puertas de la fortaleza crujieron por primera vez. Sin duda, la batalla en el exterior ya había terminado.

- Ya están aquí. – Afirmó con tristeza mi amigo.

Los tres permanecimos callados. Fue el momento para que nuestros pensamientos trataran de dar con una posible salida a todo aquello. Pero yo no podía hacer nada, todo eso me venía muy grande.

Cuando Atsutane me abandonó en el bosque, pensé que el conflicto del que me hablaba no era de estas dimensiones. No sé por qué, pero sé que tengo ciertas habilidades latentes para el combate, sin embargo, matar a una persona de buenas a primeras es superior a mí.

El constante crujir de la puerta de madera era como un reloj. Inexorablemente, estaba marcando la hora de nuestra derrota. La hora de la caída de Kushiro.

- Sólo nos queda una opción. – Atinó a decir Akaike.

Mi amigo y yo, totalmente desesperanzados, observamos la noble figura del ex-Capitán. Sin lugar a dudas, el rango que antaño ostentó no le venía grande, ni mucho menos.

- ¿Cuál? – Inquirió el Oficial.

- Marchad a la Sala del Trono, en el nivel inferior de la fortaleza.

- ¡Ni hablar! – Gritó Atsutane. – ¡No pienso abandonarte en una situación así!

- ¿Acaso no te das cuenta?

Atsutane cesó en sus réplicas. Las palabras de su Capitán le habían descolocado.

- El único atisbo de salvación en este momento es permanecer junto al gobernador. Con la ciudad en llamas y la victoria en su bolsillo, es más factible que Akamatsu pueda llegar a algún tipo de acuerdo de rendición con Tsucgimoto.

Si mal no recuerdo, es la primera vez que oía ese nombre. Akamatsu. Aún a riesgo de equivocarme, diría que ese era el nombre del gobernador de Kushiro.

- ¡Si es así, entonces yo también me quedaré contigo! – La determinación de Atsutane era plena.

El ex-Capitán, bastante sorprendido por la afirmación de su antiguo subordinado, se acercó a él, apoyando su áspera mano izquierda sobre su hombro.

- Atsutane… – Susurró entre dientes.

La confusión invadió a mi amigo.

- Lo siento. – Volvió a susurrar.

Tras esas palabras, mis ojos alcanzaron a ver cómo Akaike le propinaba un terrible puñetazo en la boca del estómago al Oficial, que cayó de rodillas al suelo entre jadeos. Le faltaba el aire.

Akaike clavó sus resignados ojos oscuros en mí, lo que me intimidó en cierto modo.

- Chaval, llévatelo a la Sala del Trono. – Alzó su brazo, señalando un pasillo que había justo al fondo de la estancia. – Atraviesa ese pasillo, desciende por las escaleras que hay al fondo, y busca la habitación más fastuosa que haya. Ahí estará el gobernador Akamatsu.

Mientras que el crujir de las puertas de la fortaleza se intensificaba, Akaike me ayudó a cargar con un Atsutane totalmente fuera de combate. Mantenía la consciencia, pero sus fuerzas le habían abandonado tras aquel impacto.

- ¡Corre! – Gritó el ex-Capitán.

Sin rechistar una sola de sus órdenes, encaré el acceso al pasillo. Pero, en ese momento, alcancé a oír la voz de Atsutane.

- ¿Por qué…? – Un golpe de tos interrumpió su parlamento.

Me detuve de inmediato. Sin embargo, Akaike ni siquiera se dio la vuelta para mirar a la cara al Oficial.

- ¿Por qué regresaste a Kushiro después de tanto años? – Atinó a preguntar.

La respuesta de Akaike vino precedida de un profundo suspiro.

- Crecí en esta ciudad. Todo lo que sé, lo he aprendido aquí. – A medida que continuaba hablando, el vello de mi cuerpo se erizaba. – Sin embargo, hace ya tiempo, el gobernador Akamatsu me desterró. Los motivos no vienen al caso, pero lo cierto es que tuve que sobrevivir en el Rukongai como pude. – El ex-Capitán realizó una pequeña pausa. – Pero cuando tuve conocimiento de los planes del clan Shura, decidí regresar. Pero no te equivoques. Yo no regreso para proteger al gobernador, ni mucho menos.

Fue entonces cuando Akaike se giró, clavando su mirada en nosotros.

- ¡Volví para saldar cuentas con esta ciudad y con todos los que la habitan! – Tras exaltarse, Akaike se tranquilizó. – Huid, por favor.

Tras unos momentos de indecisión, reanudé mi carrera con Atsutane a cuestas. Sin embargo, el grito de éste fue ensordecedor.

- ¡Capitán!

El chillido se prolongó durante varios segundos para, posteriormente, ser ahogado en un mar de lágrimas. Mi amigo sabía que esa sería la última vez que vería a su admirado Capitán.

Durante mi carrera, aproveché para reflexionar. Lo cierto es que, desde el primer momento, Akaike me pareció una persona demasiado fría y distante. Todos los soldados le admiraban y, sin embargo, él no dudó en ir sacrificándolos para ganar tiempo ante una posible defensa de la fortaleza.

Aunque es indudable que, pese a que la única defensa se hubiera centrado sobre la fortaleza, no hubieran conseguido contener al enemigo.

Y, sin duda, el último gesto del ex-Capitán le llena de grandeza. Pocas personas hubieran regresado ante una guerra de estas dimensiones sólo para dar su vida por el pueblo que le vio crecer. Su actitud le honra, y merece todos mis respetos.

Justo cuando alcancé las escaleras que Akaike me indicó, el ensordecedor sonido de las puertas de la fortaleza cayendo, inundó todos los corredores del edificio. El fin de Akaike estaba próximo, y de ello se lamentaba entre dientes Atsutane.

Apresuré mi carrera. Bajé a toda prisa, y busqué con desesperación el más mínimo rastro de fastuosidad. Fue entonces cuando vislumbré, al fondo, una puerta ornamentada a base de piedras preciosas. La alcancé, penetrando en la estancia.

Lo que vi al entrar me causó una gran sorpresa. Me detuve sin decir ni una sola palabra, y dejé que Atsutane recuperara la estabilidad. La sorpresa en él fue también mayúscula.

De pie junto a un marmóreo trono, permanecía el gobernador Akamatsu. Y lo más sorprendente de todo era que, a sus pies, se abría en el suelo un gran compartimento oscuro.

- Bienvenidos, amigos. – Dijo el gobernador. – ¡No hay tiempo que perder, apresuraos!

- ¿Qué es eso, gobernador? – Inquirió desconcertado mi amigo.

- Un túnel horadado bajo la ciudad, que conduce directamente al bosque de Matsushima. – Dijo, señalando la abertura en el suelo. – Un mecanismo de huída al servicio del gobernador de la ciudad. Mecanismo que, ahora mismo, pongo a vuestra disposición.

Atsutane estaba noqueado por la revelación.

- De haberlo sabido… – Masculló entre dientes. – El Capitán Akaike hubiera salvado la vida…

- ¡De ninguna manera! – Exclamó el Akamatsu.

Ambos nos quedamos boquiabiertos ante el tono que empleó el gobernador.

- Jamás hubiera dejado que huyera de aquí. Él falló a Kushiro, y no hay nadie en este pueblo que merezca más ser consumido por el fuego del clan Shura.

La tensión se disparaba en la Sala del Trono. Atsutane prefirió no contradecir al gobernador, y se encaminó sumisamente hacia ese compartimento que nos conduciría hacia la salvación. Yo seguí sus pasos.

- ¿No nos acompaña, gobernador? – Preguntó totalmente desanimado Atsutane.

- No, mi sitio está aquí. Ya soy viejo, y quiero morir donde he crecido. – Nos propinó una mirada de esperanza. – Pero vosotros sois jóvenes. Debéis luchar y vengar al pueblo de Kushiro. Prometédmelo al menos, así podré descansar en paz.

Atsutane le dirigió una última mirada para, posteriormente, asentir con la cabeza.

- Te lo prometo, mi señor.

Tras ello, ambos descendimos por lo que parecía ser una escalera. Cuando alcanzamos el firme embarrado del túnel, la compuerta se cerró encima de nosotros.

La iluminación consistía en una serie de candelabros que se disponían a ambos lados. El camino torcía a la derecha, así que ambos nos lanzamos a la carrera.


Mientras, en la Sala del Trono, el gobernador cerró la compuerta del pasadizo. Posteriormente, se apresuró en cubrirla con una alfombra de terciopelo roja, y empujó el pesado trono hasta colocarlo encima.

El sonido de las pisadas de los soldados invasores se acrecentaba. Por ello, Akamatsu se apresuró en tomar asiento, para no parecer que tramaba algo.

Segundos más tarde y de un solo golpe, la puerta que daba acceso a la estancia se desplomó. Un incesante río de soldados salvajes tomó la estancia. Enarbolaban sus katanas de madera como medida de cautela ante un posible ataque que no acabó por consumarse.

Tras percatarse de ello, formaron filas. Se dispusieron en dos columnas, creando así un ancho pasillo.

El silencio se apoderó de la estancia. Pero duró poco. Al fondo ya se oían las pisadas de una sola persona. Era un caminar cadencioso, tranquilo. Segundos más tarde, bajo el umbral de la puerta, apareció una extraña figura.

Su indumentaria era muy parecida a la de un Shinigami. Tanto su hakama como su kimono eran negros, y ambos quedaban sujetos a un cinto de color azul anudado a su cintura. Mientras que el hakama era de lo más normal, el kimono tan sólo le cubría la mitad izquierda del torso. Su fornido brazo derecho daba suficientes muestras del poder físico de ese sujeto.

Pero lo más llamativo de todo fue que su rostro quedaba totalmente oculto tras una máscara blanca. Máscara que esbozaba una sonrisa más que amenazante.

De manera pausada, sus pasos le llevaron a escasos centímetros de un gobernador que aún permanecía sentada. Se encontraba tranquilo, sabedor de que nada le sucedería, dado la toma de Kushiro ya era un hecho.

- Al fin nos conocemos, Lugarteniente. – Apuntó Akamatsu desafiante.


Media hora después, Atsutane y Josuke alcanzaron la salida del túnel. Ante ellos se levantó, imponente, el gran bosque de Matsushima.

El sol ya coronaba lo alto del cielo cuando Atsutane propinó una última mirada a su ciudad natal, envuelta aún en llamas.

Fue en ese momento cuando la fortaleza, horas antes asediada, saltó por los aires. La explosión fue descomunal, y provocó un pequeño temblor de tierra.

La imagen era dantesca. No sólo era el mar de llamas en que se había convertido el poblado, sino la densa nube de humo negruzco que la cubría.

La tristeza embargó al Oficial, haciéndole caer desconsolado al firme.

Fue entonces cuando sintió la cálida mano de Josuke. Desde que entraran en la fortaleza y hasta entonces, no había reparado en su presencia.

- Levanta, amigo. – Dijo Josuke.

Los ojos lacrimosos de Atsutane se clavaron en el joven. Josuke era ya todo lo que le quedaba.

TO BE CONTINUED