Todo lo que deseas

por Karoru Metallium


Disclaimer: los personajes no son míos; detalles en el cap 1. Plagiarios, aléjense de mí. Esta es la secuela AU de otro AU, así que seguramente todo el mundo está OOC. ¿Entonces? Como diría Bender: "bite my shiny metal ass".


Capítulo XIV

Gente inoportuna

Iba a suceder. El primer beso, porque no sería robado: iba a besarla por iniciativa propia, y Pilika esperó con el corazón latiendo a mil, tan fuerte que le parecía que el sonido llenaba el pequeño vestíbulo y se retransmitía vía satélite a todo el país. Noooo, no sólo al país... al mundo mundial. Los pulgares de Lyserg se movían sobre las mejillas de la chica en una lenta caricia circular que la llenaba de un agradable calorcillo...

Y entonces se detuvo, cuando su cara estaba apenas a un par de centímetros de la de Pilika.

"Esto no puede ser." - dijo lentamente, tan cerca que ella pudo sentir el susurro del aire tibio sobre sus labios, dibujando cada fatal palabra.

¡Rayos!

La nobleza y honestidad que caracterizaban al inglés nunca habían sido tan inoportunas como ahora, y la ainu sintió de pronto ganas de gritar y armar el berrinche de la década. No ayudó a mejorar la situación el repentino alboroto que llegó hasta sus oídos, el sonido estrepitoso de cosas que se caían y rodaban por el piso, arruinando la intimidad del momento y dándole a Lyserg la excusa perfecta para soltarla como si fuera una papa caliente.

Con un suspiro de exasperada resignación que le salió del alma, la ainu se encaminó hacia la cocina - el lugar del que provenía el escándalo - para averiguar qué demonios pasaba, seguida por el de nuevo silencioso y circunspecto inglés.

Como era de esperarse al no haber nadie más en la casa aparte de ellos dos y los espíritus residentes, las fastidiosas mascotas de Tamao eran las responsables del desastre en la cocina, que incluía varias ollas y otros utensilios regados en el piso, amén de algunos restos de comida. La peliazul les lanzó una mirada asesina a Ponchi y a Conchi, que permanecían en un rincón de la estancia flotando con una expresión compungida en sus caras. Pequeños delincuentes de poca monta, que no servían más que para pelearse entre ellos y arruinar con sus hazañas momentos tan importantes como el que acababa de romperse entre los dos...

"¡Miren lo que han hecho! Miren nada más este desastre! Par de gálfaros!" - estalló, molesta porque ahora tendría que recoger y limpiar el tiradero, y por lo que había pasado. O más bien por lo que no había pasado.

"¡No fue nuestra intención, señorita Pilika!"

"¡Sólo estábamos jugando!"

"¡Lo sentimos mucho!" - acabaron por corear con sentimiento, y la ainu volvió a suspirar, esta vez con aire de derrota.

"Es una lástima que sólo sean capaces de hacer el desastre y no de recogerlo, por razones obvias. Está bien, pues. Para la próxima recuerden no pelearse ni jugar dentro de la casa, y se me largan de aquí antes de que se me crucen los cables y haga que de verdad lo lamenten." - masculló, arrodillándose en el suelo para comenzar a recoger.

"¡Sí, señorita Pilika!" - exclamaron, antes de desaparecer.

"Ahora me toca recoger antes de que Anna o Tamao lleguen. La primera es capaz de matarme y la segunda de echarse a llorar si encuentran la cocina en este estado, y las dos perspectivas me desagradan."

"Yo te ayudo." - dijo de pronto Lyserg, imitándola y poniéndose a recoger y limpiar con diligencia, sin tomar en cuenta que sus costosos jeans podían terminar manchados por los restos de comida.

Entre los dos recogieron y limpiaron con rapidez y eficiencia todo el tiradero, en un silencio que no resultaba incómodo a pesar de que a la ainu le daba vueltas la cabeza pensando qué iba a pasar ahora. Era probable que él intentase actuar como si nada hubiera pasado, pero ella comenzaba a darse cuenta de que, de algún modo, ambos habían cruzado una barrera invisible y las cosas ya no podrían ser como antes entre ellos.

Al final, sólo una espumadera quedaba en el piso... y ambos se lanzaron a por ella al mismo tiempo, con el doloroso resultado de sus cabezas chocando con fuerza y ambos yendo a parar con el trasero en el suelo.

"¡Ay!" - se quejó Pilika, sobándose ostentosamente la coronilla.

"Lo siento," - Lyserg se le acercó a gatas, evidentemente recuperado del porrazo - "te hiciste daño?"

"Sólo fue un golpe, me duele pero ya se me va pasando." - dijo con valentía, aunque sentía que el cerebro aún le vibraba dentro del cráneo. Había sido un trancazo de los buenos...

"A ver," - de pronto los dedos de Lyserg tocaban su cabeza, deslizándose entre los mechones de cabello con la suavidad de una caricia, haciéndole sentir el impulso de ronronear como un gatito en las manos de su amo. Condenado inglés de los demonios, sólo tenía que hablarle para derretirla... y si la tocaba, el efecto se multiplicaba exponencialmente. Y ahora la estaba tocando, rayos...

Cerró los ojos casi sin darse cuenta, concentrándose en la sensación de los dedos del joven acariciando su cabeza por debajo de la banda elástica con la que Pilika mantenía sus cabellos alejados de su cara, y casi brinca del susto cuando unos labios cálidos se apoderaron de los suyos.

¡No todo estaba perdido! SÍÍÍÍÍÍÍÍ! AL FIN!!

Era fantástico. Pura calidez, la suavidad húmeda de labios y lenguas moviéndose al principio con notable torpeza por parte de ella, y luego ambos en perfecta sincronía. Cuando Lyserg le mordisqueó el labio inferior, la chica no pudo reprimir el leve sonido de simple y puro placer que escapó de su garganta, al sentir que un delicioso calorcillo se extendía por su pecho, su estómago y más abajo. El inglés estaba prácticamente inclinado sobre ella, una mano apoyada en el suelo y la otra perdida en sus cabellos, bajando hasta su cuello y sujetándola con firmeza.

Ese contacto firme y delicado a la vez hacía que Pilika quisiera sentir esas manos en todas partes. Y por escandaloso que fuera semejante pensamiento, en su cabeza no quedaban suficientes neuronas funcionales como para horrorizarse o avergonzarse de lo que estaba sintiendo.

Sintió frío cuando aquella mano acariciadora y los labios calientes se apartaron de ella. Abrió los ojos luego de unos instantes tratando de recobrar el aliento, y vio al joven arrodillado frente a ella, con la expresión confusa y apenada que a menudo sorprendía en esos ojos verdes cuando la miraban. Adoraba a Lyserg y le parecía encantador que fuera tan ridículamente honesto y noble, pero en momentos como el presente se sorprendía deseando que dejara de ser tan recto y actuara de acuerdo a lo que sentía.

Tuvo que aclararse la garganta un par de veces antes de atreverse a hablar.

"Espero que no me vayas a echar la culpa de esto también..." - dijo al fin, con voz algo insegura, sintiéndose absurdamente feliz. El sonido de la puerta principal al cerrarse de golpe los sobresaltó, pero Lyserg - siempre compuesto, y sin decir una palabra - se incorporó sin prisas, ofreciéndole caballerosamente su mano a Pilika para que pudiera levantarse.

Ella aceptó su ayuda, pero el gozo se le estaba yendo al pozo ante el silencio del joven; cuando abría la boca para reprochárselo, su hermano entró como una tromba en la cocina, echando en torno una mirada francamente siniestra. Pilika sabía que por más despistado que pudiera parecer Horo a veces, no era posible que pasara por alto el rubor que ella aún sentía arder en sus mejillas, ni la forma en la que la mano del inglés aún sostenía la suya, como si hubiera olvidado que debía soltarla.

"¡Ajá! Qué está pasando aquí?" - no era uno de sus peculiares bramidos, pero sí sonaba bastante amenazador - "Se puede saber que hacen aquí en la cocina, y solos, además?"

"Vine a visitarles y sólo encontré a Pilika en la casa." - explicó sucintamente Lyserg.

"¿Y porqué rayos la tienes agarrada de la mano?" - ahora su expresión era francamente asesina, pero el inglés no se inmutó; se limitó a soltar la mano de la chica sin apresuramiento alguno, con aparente despreocupación. Fue Pilika quien contestó a la pregunta, con franca agresividad porque ya estaba hasta el gorro de interrupciones y de la manera absurda en la que Horo la celaba.

"Tuvo que ayudarme porque me caí. ¿Qué pasa? A santo de qué tanta pregunta?"

"Nada, nada..." - dijo conciliador el ainu, aunque su mirada aún mostraba suspicacia. Pero cambió de tema prudente y rápidamente, previniendo ser el blanco de la ira de su hermana menor y abordando el que sin lugar a dudas era su tópico favorito - "¿Hay algo de comer?"

"Siempre de gorrón. Creo que hay una cacerola con un resto del almuerzo en el refrigerador..." - mientras hablaba, vio con horror cómo el joven se iba directo hacia el horno, seguro de que allí encontraría comida - "No señor, esa es MI comida, mastuerzo! Hala, a buscar tu propia pastura, y agradece que no te pateo por atreverte siquiera a pensarlo!"

"Piliiiiikaaaaaa..." - se quejó Horo, poniendo la mejor cara de cordero degollado de su repertorio... cara que no funcionaba, porque ya su hermana la conocía de sobra y porque además resultaba incongruente en un hombre corpulento.

"¡Ningún ningún!" - bramó, terminante. Tardó unos segundos en recordar la presencia de Lyserg y entonces se sonrojó de vergüenza, aunque el inglés sólo sonreía, divertido.

"¿Crees que Yoh y Anna regresarán pronto?" - inquirió de repente, observando con curiosidad el espectáculo de Horohoro afanado en calentar el resto del almuerzo en la estufa.

"No sé, la verdad. Ryu me dijo que tenía una cena importante en casa de no sé quién..." - contestó con sinceridad, a pesar de que el corazón se le arrugó. Ay, no. Se iba, el condenado...

"Entonces creo que lo mejor será que me retire. Trataré de volver mañana."

Pilika no quería que se fuera, pero en verdad la presencia de Horo había roto el encanto y el ambiente estaba algo tenso. Así que ni modo, a apechugar.

"Les diré que pasaste por aquí." - le aseguró. La mirada verde se clavó en la suya por unos segundos enervantes, haciendo que el calor de la sangre inundara nuevamente sus mejillas.

"Hasta luego, entonces. Buen provecho, Horohoro." - le dijo al ainu, que ya daba cuenta del guiso con la precisión y limpieza de un cerdito tragón y sólo le contestó algo ininteligible con la boca llena y sin levantar la mirada del plato.

"Te acompaño a la puerta." - se apresuró a decir la chica, mirando de reojo a su hermano por si acaso se le ocurría oponerse. Pero no tenía nada que temer, porque el joven ya sólo se concentraba en comer, el mundo se circunscribía a su plato y nada más existía fuera de eso mientras comía: se aislaba casi por completo.

No esperaba otro beso. No, en serio que no. No con su hermano en la casa y con la determinación de hielo de Lyserg de por medio; pero si podía estar sólo unos minutos más en su compañía, valía la pena seguirle a donde fuera. Le acompañó hasta el auto sin decir una palabra, lo que por supuesto era muy poco usual en ella; recibió una gran sorpresa cuando el inglés simplemente se inclinó y le plantó un casto beso en la frente, antes de abordar el auto y alejarse.

La chica sentía - literalmente - que flotaba en una nube cuando entró de nuevo a la casa; ni siquiera el tropezón que se dio en el vestíbulo y que la puso en un tris de perder los dientes, pudo ensombrecer su ánimo. Pero claro, no todo podía ser miel y rosas: al llegar a la cocina, descubrió que el plato que le habían dejado tapado en el horno... ya no estaba. Y de Horo, ni el rastro.

"¡¡HOROKEI USUI!! HUYE! PORQUE SI TE AGARRO, TE MATO!"


La peliazul amaneció de un humor excelente al día siguiente. La trágica pérdida de su cena a manos de Horo había sido resuelta en el momento con la preparación de un par de sándwiches, y como el culpable no podía quedar impune, la chica dedicó el tiempo que le quedaba antes de irse a dormir a acechar el regreso de su hermano. Cuando el joven al fin se atrevió a regresar a la casa y se echó tranquilamente en su futón, Pilika le cayó encima como una fiera y lo puso morado a fuerza de pellizcos.

Así que las cosas no pintaban del todo mal. De pronto se sentía llena del bizarro optimismo sin fin que caracterizaba a Yoh Asakura: estaba enamorada como una idiota de Lyserg, y ya contaba con la ventaja de gustarle al objeto de su afecto, de modo que de alguna manera la vida se encargaría de darle la oportunidad de luchar por él. No quería pensar que las cosas pudieran torcerse, ni que al final pudiera terminar quedándose sin el perro y sin el collar; prefería imitar al singular dueño de casa y pensar en positivo.

Tuvo una mañana muy poco destacable en la universidad, y al mediodía se encaminó - como era su costumbre - a buscar un lugarcito tranquilo en los jardines para almorzar. Hasta para eso le había funcionado la suerte ese día: la mismísima Anna le había organizado la caja del almuerzo con algunas de las delicias culinarias preparadas por Tamao, quizás como una manera muy particular de agradecerle que se hubiera encargado voluntariamente de la ardua tarea de darle el desayuno a Hana. Encontró un espacio para comer bajo un árbol, cerca del sendero principal en la zona próxima al edificio principal del campus, y allí se sentó a disfrutar del momento.

Cuando Pilika comía era capaz - en cierta medida - de desconectarse un poco del mundo, aunque no de la manera absoluta en la que su hermano podía. Por eso no se dio cuenta de que un drama se desarrollaba cerca de su persona hasta que, al levantar la mirada luego de engullir el último bocado, captó el movimiento de algo inusual en el sendero principal, a unos quince o veinte metros de su persona. No era extraño ver disfraces en el campus, puesto que la fauna estudiantil era tan variada como en cualquier parte y había de todo, desde aspirantes a vaqueros hasta góticos extremos, pasando por los emos y las clásicas víctimas de la moda; pero esta lolita gótica en particular llamaba mucho la atención.

Para empezar era bastante alta - lo cual de por sí la hacía destacar entre el promedio - tenía el cabello muy largo y negro, y la piel muy blanca. Y para terminar, parecía haberse aspirado el polvo de las cortinas, porque danzaba y aparentemente canturreaba en medio del sendero, enseñando con cada giro las enaguas blancas como la espuma y los ligueros de encaje y cintas debajo de la cortísima falda de su bonito vestido negro de mangas largas. Su rostro a esa distancia era el de una muñeca, casi infantil, con el clásico maquillaje pálido y el labial negro de rigor; lucía muy joven a pesar de su estatura. Era un espectáculo digno de verse, y las miradas de todos los que almorzaban en el jardín convergían en ella con curiosidad y sin disimulo.

La cosa se puso aún mejor cuando un hombre muy alto, elegantemente ataviado con un traje azul, salió del edificio principal y enfiló hacia la lolita, alcanzándola en unas cuantas zancadas y agarrándola de un brazo con brusquedad. Sólo cuando comenzó a arrastrarla materialmente por el sendero, Pilika se fijó en la cara del hombre de marras y los ojos se le pusieron como platos al reconocer al estiradísimo Tommy Marlowe, a pesar de que el rostro bien parecido se veía contraído por una furia fría que resultaba sorprendente.

¡Oooooh, chisme! Quién era la chica capaz de hacerle perder los estribos al témpano de hielo que era Thomas Marlowe? Y qué carrizo hacían en medio de los jardines de la universidad?

Nadie se movió, a nadie se le ocurrió intervenir en favor de la chica, que a pesar de ser llevada casi a rastras seguía canturreando con la misma expresión ausente de muñeca, sin oponer ni la más mínima resistencia. Pronto desaparecerían del campo visual de Pilika, lo cual era intolerable para la curiosidad de la ainu, que exigía ser satisfecha; se puso de pie apresuradamente, se sacudió los jeans, metió la caja del almuerzo en la mochila que luego se terció en bandolera, y echó a andar con rapidez detrás de la extraña pareja, hasta que estuvo a sólo unos pocos metros de ellos.

Iba de lo más pancha siguiéndoles a lo que consideraba una distancia prudente, cuando de pronto la chica logró soltarse de la garra que la arrastraba y se devolvió con la intención de correr; logró dar un par de zancadas con sus largas piernas, tan rápido que Pilika no pudo reaccionar en consecuencia y terminó sin aliento en el suelo, luego de que la otra impactara violentamente contra ella.

Vista de cerca, la jovencita que ahora yacía encima de Pilika era preciosa. Sus facciones eran perfectas, su piel muy clara y casi traslúcida, y los ojos muy maquillados eran de un tono entre azul y gris que a la ainu le resultó extrañamente familiar, aunque las pupilas dilatadas casi se tragaban el bonito color de los iris. De que estaba fumada, pues estaba fumada, porque parecía estar en otro planeta y no hacía ningún esfuerzo por incorporarse... cosa que no pintaba bien para la joven que había tenido la mala suerte de aterrizar debajo de ella, puesto que a pesar de su juventud y su aspecto de muñeca, la lolita era mucho más alta que ella y pesaba bastante.

Antes de que pudiera recuperar el aliento para decirle algo, alguien le quitó efectivamente a la lolita de encima como si fuera un paquete; por supuesto se trataba de Tommy Marlowe, quien a duras penas conseguía ocultar su furia mientras sujetaba a la fumadita por la cintura con fuerza, y ofrecía su mano libre a Pilika para que pudiera incorporarse.

La chica aceptó la ayuda de buen grado, aún aturdida por el choque, sobándose con muy poca discreción la parte baja de la espalda. Se había llevado su buen golpazo al caer.

"Lo lamento, señorita Usui." - dijo el joven, sorprendiendo a Pilika doblemente por la disculpa, y por el hecho de que en ese momento su rostro era un libro abierto, reflejando un montón de emociones conflictivas: sorpresa, consternación, furia, vergüenza...

"Eh... yo..." - no atinaba a encontrar las palabras. ¿Qué se decía en una situación embarazosa como ésta? Y él, porqué se estaba disculpando?

"Le ruego que por favor disculpe el comportamiento de mi hermana." - aclaró Tommy, de nuevo tieso como un palo.

Esperen... su hermana?

¡Su hermana! La lolita no era otra que la misteriosa Aiko Marlowe, aquella de la que Jun le había dicho pestes, de la que la familia misma no quería ni hablar. No en balde esos ojos le habían parecido familiares a Pilika: eran el rasgo en común entre la chica y sus hermanos, al ser hijos de madres diferentes; los ojos eran los del viejo. Pero vamos, qué hacía una chica tan joven en medio del campus, y en semejante estado, además?

"No se preocupe." - logró articular el fin, recordando que llevaba el móvil en el bolsillo de sus jeans y tanteándolo a ver si aún se encontraba en una pieza - "Pero... ella está bien? Digo, se ve un poco..."

"Ella va a estar bien, gracias por su preocupación." - le cortó el joven con rígida cortesía. La tal Aiko miraba a Pilika, o más bien trataba de enfocar la vista en su dirección, sin mucho éxito - "Si me disculpa, debo llevarla a casa. Hasta luego, señorita Usui."

"Ha... hasta luego."

Aún no salía de su desconcierto cuando el joven rubio asintió y se alejó con su carga, siendo aún el centro de todas las miradas curiosas. Recordaba la nada halagadora descripción que Jun le había dado de Aiko Marlowe, y la manera en que Lyserg se había expresado de ella: con prudencia y sin revelar demasiado, había dado a entender que la chica había sido mimada por su padre hasta echarla a perder. Ahora se explicaba la reticencia de la familia respecto a ella... la jovencita tenía "problemas", eso era obvio...

Era fácil llegar a la conclusión de que la problemática adolescente les había dado esquinazo a sus guardianes, había escapado de casa con todo y la fumada que llevaba encima, y se había aparecido en la universidad buscando quién sabía qué; por lo que poco había oído de ella, no debía de ser muy cuerda ni siquiera cuando estaba sobria. Al pobre Tommy le había tocado efectuar el control de daños, y era evidente que no lo disfrutaba.

Cielos, la familia con la que Lyserg estaba destinado a emparentar era un circo de tres pistas... no era justo, no. No lo era para Pilika, que lo quería; ni para él, que no estaba enamorado de la mujer con la que se suponía debía casarse.

A todas éstas, y de manera automática, la chica había echado a andar en la dirección que los hermanitos habían tomado, y casi sin darse cuenta se encontró en los límites del campus, en el estacionamiento justo afuera del edificio principal. Se pegó al tronco de un árbol para no resultar tan conspicua, y desde allí alcanzó a ver a Tommy metiendo a su hermana menor a la fuerza en el asiento trasero de un mercedes azul; pero ya no estaba solo: junto a él se hallaba su otra hermana, Lynda, con la preocupación reflejada en su rostro exquisitamente maquillado. Parecía la reina de las nieves bajo el fuerte sol de mediodía, toda pálida y pura en su sencillo vestido color rosa claro y con el cabello platinado recogido en un delicado chignon, y por un momento la imagen hizo que Pilika sintiera una pequeña punzada de envidia: dudaba que algún día pudiera verse la mitad de lo elegante y hermosa que era esa mujer.

No vio el auto plateado aparcado junto al azul hasta que su conductor arribó a la escena y comenzó a hablar animadamente con Thomas Marlowe. Por desgracia, parecía que Lyserg se había vestido para hacer juego con la reina de las nieves, porque llevaba ropa casual en blanco y azul pálido que le sentaba tan bien como todo lo demás que se echaba encima; de pie junto a la mujer, era evidente que en verdad hacían una pareja fantástica en el más estricto sentido estético de la palabra. Pero algo no encajaba, y ese algo era que por una vez el shaman inglés parecía estar de mal humor... y para que a alguien como Lyserg Diethel se le notara algo tan mundano y humano como el fastidio en la cara, realmente tenía que estar pasando algo grave.

Era una pena que ella no estuviera lo suficientemente cerca como para oír lo que decían...

Pilika observó el cuadro vivo con la misma fascinación del científico que observa una gota de agua puerca en el portaobjetos de un microscopio; pero su mera curiosidad se tornó en furia ciega en cuestión de décimas de segundo, cuando la lechuguina de la Marlowe se le ocurrió intervenir en la conversación de los dos hombres... poniendo una mano en el hombro de Lyserg mientras hablaba. El gesto, que le pareció de una familiaridad rayana en el mal gusto, hizo que de pronto la ainu viera rojo y temblara de pura rabia.

Era uno de esos momentos en los que la perspectiva podía fallarle al más pintado, y ella lo sufrió al extremo de sentirse físicamente enferma; el ver a esa mujer tocar a Lyserg, aun de esa forma tan casual, provocaba que las tripas se le retorcieran de puros celos y rabia.

De pronto, y como si sintiera la intensa mirada posada en ella, Lynda Marlowe miró justo en su dirección y sus miradas se cruzaron; Pilika vio cómo al principio el delicado ceño se fruncía con una expresión de extrañeza, y luego se distendía: la mujer la había reconocido. El cabello platinado centelleó bajo la luz del sol cuando la rubia inclinó levemente la cabeza en un gesto de saludo al que la ainu respondió de igual manera casi sin darse cuenta, automáticamente. Luego recordó que estaba pegada a un árbol, observando cual espía algo que aunque sucedía en un lugar público, era un momento privado y familiar... y se sonrojó de vergüenza, pero ya no había nada que pudiera hacer para ocultar su presencia. El marrón ya estaba hecho, ni modo.

Eran rivales. La tal Lynda llevaba la delantera, considerando el profundo y casi estúpido sentido del deber y el honor que caracterizaba las acciones de Lyserg; pero Pilika no podía sacarse de la cabeza la idea de que allí tenía que haber algo más, algo que iba más allá del simple deber de cumplir con un compromiso adquirido por sus padres. No era amor, porque él mismo había admitido que no la amaba, y no tenía porqué mentir al respecto; y aun si era ella la que sentía algo por él, eso no lo ponía en el deber de corresponderle. Era como si hubiera algo en el fondo, algo más profundo y quizás grave que atara al inglés, que lo hiciera sentir que tenía una obligación ineludible con ella...

¿Sería entonces la culpa? Pero, culpa de qué?

Sabía que gastarse haciendo cábalas no la llevaría a ninguna parte y lo último que necesitaba era un dolor de cabeza, así que aspiró profundamente y se concentró de nuevo en el espectáculo frente a sus ojos. Los actores del drama ya se retiraban, Tommy llevando a la fumadita en el asiento trasero de su auto y Lyserg llevando a Lynda de copiloto en el suyo, lo cual hizo hervir la sangre de Pilika de nuevo.

El auto plateado pasó prácticamente junto a ella al tomar el camino de salida, pero su conductor no la vio, concentrado como estaba en conducir y en lo que fuera que lo estaba molestando al punto de demostrarlo. En cambio, la rubia sí miró con extrañeza a Pilika antes de ponerse unos enormes anteojos oscuros y mirar a Lyserg. Esa fue la última impresión que la chica tuvo de ellos antes que el auto se alejara, dejándola debilitada por los celos y la furia al punto que las piernas le flaqueaban y tuvo que apoyarse en el árbol junto al cual se había refugiado.

El móvil vibró en su bolsillo un buen rato antes de que la ainu se recuperara un poquito del ataque de celopatía y lysergitis aguda y atinara a sacarlo de allí, mirando automáticamente el identificador de llamadas. Era Ryu, quien la llamaba cuando tenía un mega chisme o necesitaba que alguien más o menos cuerdo y comprensivo le escuchara, y eso bastó para que la chica se alarmara: cuando el corpulento shaman se embalaba en un cuento, tenía al menos para media hora hablando sin parar...

"¿Ryu? Qué sucede?"

"¡Pilika! Necesito alguien con quien hablar, y lo necesito YA! Si no se lo cuento a alguien, te juro que reviento!" - su tono indicaba exaltación, pero no de la mala, y la peliazul suspiró con alivio.

"¿De qué? Qué te pasa ahora?"

"Me caso, pequeña. ¡ME CASO!"

¿CÓOOOOOOMORL?


N.A.: Hola, chicos y chicas. Y perdónnnnnnn... vida de mi viiiiiida... la salud, el trabajo y la vida en general me han mantenido apartada de los fics, y apenas estoy intentando recuperar el ritmo. Ojalá lo logre XD. Como siempre, respuestas a las reviews en la dirección de mi livejournal. Nos vemos pronto, espero XD XD