Título: Mal Presagio
Vicio: #23 Cartas
Fandom: Harry Potter
Claim: Minerva McGonagall
Personajes: Minerva McGonagall, Sybill Trelawney.
Mal Presagio
Al pasar por la puerta-trampa, la ola de calor que la golpeó era tan intensa que casi le hace dar un paso atrás. Se contuvo, sin embargo, aguantando estoicamente hasta que sus pulmones pudieron habituarse al denso aire de la habitación y sus ojos acostumbrarse a la penumbra.
Sorteó una serie interminable de mesitas redondas y sillones cubiertos por una profusión de chales y almohadones bordados, mantenidos en su lugar con un equilibrio precario, y llegó hasta el otro extremo de la sala, donde a través de una cortina de gasa pudo distinguir una silueta oscura.
- ¿Quién osa invadir mis dominios? – una voz lánguida atravesó suavemente la cortina – El Ojo interior es susceptible a las vibraciones, así que si vienes a develar las tinieblas del futuro tendrás que ser paciente, porque en este momento mi Ojo está...
Sin preocuparse por escuchar el final de la frase, la profesora McGonagall descorrió bruscamente la cortina. La mujer sentada a la mesa, cuyo menudo cuerpo se hallaba cubierto de pies a cabeza por vaporosas telas, gargantillas y pulseras, levantó la vista. La sorpresa agrandó un poco sus ojos tras los gruesos lentes, dándole aspecto de libélula. Recuperó pronto la compostura y sus rasgos parecieron tensarse.
- Ah, eres tú – Su voz había perdido toda cualidad mística, dejando paso a una velada irritación. Minerva la ignoró.
- Sybill, tenemos que hablar.
Los enormes ojos de la profesora Trelawney la contemplaron un momento, luego volvió la vista hacia el mazo de cartas brillantes distribuido sobre la mesa.
- Lo siento, Minerva, pero en este momento estoy muy concentrada y me temo que la densidad de tu aura interferirá irremediablemente con el mensaje de los hados...
La profesora McGonagall avanzó en cuatro zancadas hasta colocarse ante la mesa, su sombra proyectándose sobre las cartas y la menuda mujer inclinada ante ellas.
- Creo que no me he dado a entender claramente, Sybill. Cuando dije que debíamos hablar, me refería a que yo tengo algo que decirte y que tú me escucharás. En cuanto a los hados, estoy segura de que comprenderán y se comunicarán contigo en un momento más propicio.
Esta vez, la profesora Trelawney no hizo ningún esfuerzo por ocultar su irritación.
- Minerva, a ti tal vez la Adivinación te parezca una broma, pero te aseguro que...
- Si es una broma la considero de pésimo gusto, créeme.
Apoyando las manos sobre la mesa, se inclinó hacia delante, su gesto tan adusto como cuando reprendía a sus alumnos. Contra su voluntad, Trelawney se encogió un poco en su asiento, intentando mantener su expresión de enfado sin éxito.
- Te aseguro, Sybill, que no encuentro en absoluto divertido tener que arrastrar a una alumna hasta la enfermería para que le den una poción calmante, después de sufrir un ataque de histeria por culpa de tus clases.
- No tengo la más remota idea de lo que estás...
- Te estoy hablando de Henrietta Dunstar. Aparentemente le dijiste que – La profesora McGonagall frunció la nariz, tratando de expresar con aquel gesto todo el desprecio que sentía por lo que iba a decir – el Grim la rondaba y que moriría una muerte lenta y horrible.
La profesora Trelawney se enderezó, componiendo una expresión de fría dignidad.
- La pobre criatura merecía saber lo que le esperaba. Habría sido cruel de mi parte no revelarle...
- ...¿una sarta de sandeces que probablemente no sean ciertas?
La profesora Trelawney se puso de pie en un salto, sus múltiples pulseras chocando unas con otras. Sus ojos se agrandaron al doble y su cuerpo temblaba por la rabia.
- Minerva, no te voy a permitir que me faltes el respeto a mí, y mucho menos que se lo faltes a las artes de la Antigua Adivinación...
La profesora McGonagall puso los brazos en jarras, su gesto más adusto que nunca.
- En todo caso, eres tú la que le falta el respeto a las artes adivinatorias, Sybill. Dime¿a cuántos alumnos ya les has predicho una muerte inminente? El año pasado fue Reinard Stevens, el anterior, Beatrice Baddock, antes de Beatrice fue Newell Quirke... ¿Quieres que siga?
- No es mi culpa si los hados me dicen...
- ¡Los hados! – La profesora McGonagall puso los ojos en blanco – Todos ellos están perfectamente sanos y salvos y continuarán estándolo si antes no les provocas un colapso nervioso. Desde que has llegado aquí, no has dejado de aterrorizar a tus alumnos con tonterías sin fundamento. No entiendo qué haces aquí–
- Para que sepas – la interrumpió la profesora Trelawney, su voz gélida como un témpano, mientras alzaba la barbilla – soy la tataranieta de la gran Cassandra Trelawney, cuyo don ni siquiera alguien tan obtuso como tú puede poner en tela de juicio. Y estoy aquí porque el profesor Dumbledore reconoce mi talento.
La profesora McGonagall masculló entre dientes algo que sonó como un escéptico: "Seguro que sí". Trelawney la ignoró. Se irguió tanto como pudo, adoptando un porte majestuoso.
- Alguien como tú, sin embargo, jamás podrá ver nada que no esté en sus narices. Es una pena – agregó, en el tono más condescendiente que fue capaz. – Te serviría de mucho saber lo que los hados tienen para decir de tu futuro – Con un ademán de su delgado brazo señaló las cartas esparcidas sobre la mesa. McGonagall la miró con incredulidad.
- ¿Consultas a las cartas mi futuro?
La profesora Trelawney encogió sus delicados hombros.
- Me intereso por el bienestar de todos los que habitan el castillo. Soy una persona poseedora de una gran sensibilidad... al revés que otros.
La profesora McGonagall la miró de hito en hito un momento. Trelawney le sostuvo la mirada, manteniéndose muy erguida. McGonagall enarcó una ceja, echó una mirada a las cartas y volvió a mirar a su colega.
- ¿De veras? – Su tono era tan cortante que rasgaba el aire - ¿Y qué te han dicho tus cartas sobre mí?
La profesora Trelawney le dedicó una sonrisita de suficiencia. En vez de responder, volvió a sentarse. Se acomodó con gran cuidado sus chales y pulseras, para luego dedicar su atención a las cartas. McGonagall volvió a poner los ojos en blanco, chasqueó la lengua en señal de desaprobación y se dio media vuelta para marcharse de allí. Estaba demasiado cansada de los jueguecitos de Sybill: aquella mujer le agotaba la paciencia.
- Deberías tener cuidado con ese hombre.
McGonagall se detuvo en seco. La voz de Trelawney había recuperado su tono soñador, pero debajo de él ella creyó distinguir una leve nota de preocupación. No quería seguirle el juego, pero no pudo evitar darse vuelta para mirarla, aunque con una expresión escéptica. Vio que Sybill sostenía una carta en alto, con el dibujo de un hombre con rostro deforme. Debajo se leía la inscripción: "El Loco."
- ¿Me va a comer?
Trelawney, en vez de enojarse, siguió contemplando sus cartas con gran concentración. Su ceño estaba fruncido y sacudía la cabeza.
- No tiene sentido. Se supone que es alguien en quien confías y te traicionará, pero la persona que te traicionará no será él sino otro – Inclinó la cabeza a un lado, una expresión perpleja en su rostro. – Será él y al mismo tiempo no será él quien te traicione... – Levantó la vista, sus ojos muy abiertos, un ligero temblor en sus labios. – Cuidate del loco, Minerva. Sea quien sea, te traicionará y entonces lamentarás tu ceguera.
Un pesado silencio cayó sobre ellas al pronunciarse estas trémulas palabras. Lo único que se escuchaba era el tenue sonido de un fuego crepitando en la chimenea, de la cual emanaban extraños vapores perfumados. McGonagall se sentía cada vez más mareada. Su mirada iba de Trelawney, en cuyos gigantescos ojos brillaba la preocupación y la alarma, a la carta que la mujer sostenía en la mano. Aquel hombre le resultaba extrañamente familiar. Tenía un rostro feo, extraño, contorsionado en una mueca, el pelo oscuro y los ojos de distinto color. La profesora McGonagall frunció el ceño. Casi hubiera podido jurar que uno de los ojos, el azul, estaba girando en su lugar...
El silbido del agua hirviendo en una tetera la sacó bruscamente de su estupor.
- Si yo fuera tú, Sybill – dijo con frialdad – dedicaría mi tiempo a cosas más útiles, como revisar los planes de estudio, por ejemplo. Los tuyos dejan algo que desear.
Antes de darle tiempo a replicar, la profesora McGonagall giró sobre sus talones y se alejó a grandes zancadas, dejando a Trelawney muda de la indignación.
Al llegar a la puerta-trampa, la miró por sobre el hombro.
- La próxima vez que un alumno abandone tu clase con un ataque de histeria, Sybill, iré a hablar con Dumbledore. Tataranieta de vidente o no, no creo que le agrade enterarse de que aterrorizas a niños de trece años. Buenas tardes.
Y procedió a bajar las escaleras, buscando abandonar lo más rápido posible el denso aire del aula de Trelawney y los desvaríos de aquella mujer.
