Disclaimer: Harry Potter es de JKR.
Título: Huecas palabras de consuelo para una niña triste
Vicio: #18 Escalera
Fandom: Harry Potter
Claim: Minerva McGonagall
Personajes: Minerva McGonagall, Myrtle la Llorona.
Summary. A Minerva nunca se le había dado bien consolar a la gente.
Huecas palabras de consuelo para una niña triste
La encontró sentada en unas escaleras secundarias que llevaban al segundo piso, aunque lo justo sería decir que más que encontrarla se tropezó con ella.
Era la última hora de la tarde y largas sombras oscuras se proyectaban sobre el corredor. Llegaba tarde al Gran Salón para la cena por lo que apretó el paso. Al alcanzar la escalera no echó a correr porque aquello iba contra las normas, además de ser un pésimo ejemplo para los de primero, pero prácticamente estaba bajando los escalones de dos en dos cuando escuchó un grito de dolor.
Se detuvo en seco, sobresaltada. En la creciente oscuridad no había distinguido a la figura encogida contra la pared. Era una niña de tercer o tal vez segundo año, con el escudo de Ravenclaw en su pecho y una mirada de reproche en los ojos enmarcados por gruesas gafas. Minerva se acercó a ella, preocupada.
- ¿Estás bien?
La niña hizo un puchero.
- Claro que no. Me pisaste.
Alzó la mano para que ella la viera, pero no notó que tuviera ninguna herida o magulladura. Soltó un resoplido.
- ¿Y se puede saber qué hacías tú en medio del paso?
Si Minerva hubiera sido como algunos de los prefectos que conocía, bien hubiera estado tentada de descontarle unos puntos por ponerse en su camino de un modo tan molesto. Pero ella no era esa clase de persona. Por más irritada que estuviera con un alumno, jamás le descontaría puntos sin un motivo justo.
En vez de responder, la chica volvió su rostro hacia la pared dándole la espalda, pero no antes de que Minerva pudiera ver que tenía las mejillas brillantes de lágrimas. Por un momento se asustó, creyendo que realmente le había hecho daño. Luego razonó, al ver la hinchazón de la cara de la chica y sus ojos enrojecidos, que la niña llevaba llorando largo rato antes que ella llegara.
Dudó. Realmente se moría de hambre, después de haberse perdido el almuerzo para irse a estudiar a la biblioteca, y nunca se le había dado muy bien consolar a la gente. No era que no se preocupase por ellos o que no simpatizase con sus sentimientos, simplemente carecía de tacto y nunca sabía qué decir. Sin embargo era una prefecta y uno de sus deberes era velar por los alumnos más pequeños. Además, cualquier cosa que hiciera que alguien prefiriera perderse la cena para quedarse llorando en unas escaleras oscuras con corrientes de aire gélido tenía que ser bastante malo.
Tratando de ignorar el crujido de su estómago se sentó junto a la chica, quien seguía dándole la espalda. Minerva se pasó la lengua por los labios, tratando de decidir qué decir. Cuando al cabo de un rato no se le había ocurrido nada, decidió empezar por lo más obvio.
- ¿Por qué lloras¿Hay algo que pueda hacer por ti?
La niña sorbió por la nariz ruidosamente.
- A menos que sepas un hechizo que me haga linda y popular, no.
Hubo un momento de silencio, durante el cual los hombros de la chica seguían sacudiéndose mientras sollozaba quedamente y Minerva la miraba estupefacta.
- ¿Por eso estás llorando? – logró decir al fin, sin poder ocultar su incredulidad. La chica se dio vuelta a mirarla con el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho.
- Tú también llorarías si se burlaran todo el día de ti.
Minerva lo dudaba seriamente. La habían criado con la noción de que las lágrimas, además de ser un signo de debilidad, eran una pérdida de tiempo. No había derramado lágrimas en el funeral de su abuela, a quien adoraba, ni cuando su hermano mayor se había marchado al continente a luchar en la guerra contra Grindelwald. Su corazón se había roto, pero en su familia llorar era considerado un ejercicio fútil y aunque le escocían los ojos y el dolor le atenazaba el pecho, ni una sola lágrima había rodado por sus mejillas.
Le era imposible comprender porqué esta niña se refugiaba en una fría escalera a derramar lágrimas inútiles. Lo consideró una tontería y estuvo tentada de decírselo así, pero sospechó que constituiría una terrible falta de tacto.
- No debe ser tan malo – dijo en cambio, en lo que procuró que fuera un tono conciliador. La niña le dirigió una mirada furiosa.
- ¿Que no es tan malo, dices? Me llaman Myrtle la Fea, la Horrorosa, la Torpe, Myrtle la llena de granos...
Minerva la observó con más atención. La niña de veras tenía muchos granos.
- ¿No probaste con alguna poción para librarte de ellos?
Evidentemente aquello no había sido lo que la chica necesitaba oír porque sus ojos volvieron a relampaguear con ira, justo antes de empezar a chillar a pleno pulmón.
- ¿Probar con una poción...¡Por supuesto que probé, con todo lo que pude probé! Nada funciona: se me puso la piel verde, me salieron escamas, se me cayó el pelo... ¡pero los granos siguieron allí como si tal cosa! No se van con nada...
Minerva, al ver cómo el labio inferior le empezaba a temblar peligrosamente, decidió intervenir antes de que sobreviniera el desastre.
- Estoy segura de que en la enfermería podrían darte algo que te sirva...
La chica negó con la cabeza tristemente.
- La enfermera dice que ella está para curar enfermedades, no para preparar productos de belleza... soy ho-horrible, y na-nadie me habla, s-salvo p-para burlarse de m-mí...
- Bueno, ya, ya, tranquilízate – respondió Minerva, dándole unas torpes palmaditas en la espalda. – No sirve de nada llorar tanto.
Sus palabras sólo hicieron que la chica sollozase con más fuerza.
- To-todos dicen que soy una llo-llorona...
- Bueno, algo de razón tienen¿no? – La chica dejó de llorar el tiempo suficiente para fulminarla con la mirada. Antes de que pudiera replicar, Minerva continuó – Mira, yo entiendo que sea difícil. En caso de que no te hayas dado cuenta, yo tampoco soy ninguna Veela y ¿sabes una cosa? Ninguna de las otras chicas lo es.
- Sí, pero a ellas las quieren y son populares – sollozó Myrtle. Minerva estuvo a punto de poner los ojos en blanco pero se contuvo.
- Deja de llorar de una vez¿quieres? Eres una Ravenclaw, se supone que deberías saber que la inteligencia vale mucho más que ser linda y popular.
La niña frunció el ceño.
- ¿Y por qué entonces todo el mundo prefiere a las chicas lindas en vez de a las inteligentes?
Minerva abrió la boca para responder... y la cerró al darse cuenta que no tenía la respuesta para una pregunta que ella misma se había hecho mil veces.
- Mira – dijo al cabo de un momento – yo sé que ahora es muy difícil para ti, pero el colegio no durará por siempre. Antes de que te des cuenta estarás en el mundo real, donde no importará quién tiene el cabello más bonito o quién es más simpático.
Minerva no estaba segura de si sus palabras ilustraban lo que ella realmente creía o si sólo se trataba de lo que quería creer, pero aun así procuró imprimirle convicción a su voz.
– Lo que importará en el mundo real será tu inteligencia y tu capacidad, no tu cara. Además – añadió, al ver la expresión poco convencida de Myrtle – no tendrás granos por siempre.
Un destello, tal vez de esperanza, tal vez no, brilló en los ojos húmedos de la niña.
- ¿Tú-tú así lo crees?
- Pues claro – respondió Minerva, confiando en que la niña no preguntaba por los granos. Era una Ravenclaw, debía ser inteligente.
Myrtle volvió a sorber ruidosamente por la nariz, pero esta vez tenía la espalda derecha y la frente erguida.
- Cuando sea grande y me vaya bien y Olive Hornby sea una fracasada, juro que voy a volver para reírmele en la cara.
Minerva supuso que debería haberla reprendido por semejante falta de magnanimidad por parte de Myrtle, pero consideró que la niña ya había tenido suficientes lecciones morales por una noche. Además, se moría de hambre.
Al levantarse observó cómo Myrtle se limpiaba el rostro con la manga y suspiró.
- ¿Sabes? La próxima vez que sientas ganas de largarte a llorar largo y tendido, hazlo en el baño en vez de la escalera. Así podrás limpiarte la cara después.
La chica le dedicó una mueca irónica, pero parecía más animada. Al despedirse en la entrada del Gran Salón, Minerva se prometió a sí misma que hablaría con la jefa de Ravenclaw para que le diera una mano a la niña, a quien evidentemente sus compañeros se lo hacían pasar muy mal. Sin embargo se olvidó de tan noble resolución en cuanto se sentó a la mesa y empezó a charlar animadamente con los demás gryffindors, mientras Myrtle se quedaba sola en un extremo de la mesa de Ravenclaw.
Myrtle nunca vivió lo suficiente para comprobar si la vida después de la escuela mejoraba, nunca vivió para descubrir que había cosas más valiosas que la belleza y la popularidad, nunca tuvo la oportunidad de encontrar alguien que la quisiera tal como era. Unas pocas semanas después de su conversación en la escalera fue hallada muerta en unos baños. Todo el castillo hervía con los rumores, pero el profesor Dippet los cortó de raíz, calificando el episodio de accidente. Poco a poco la vida siguió su transcurso normal y todos en la escuela se fueron olvidando de la niña triste que murió sin amigos.
Todos menos Minerva, a quien la culpa y el horror nunca le permitieron volver a poner un pie en el lugar donde Myrtle había muerto, y quien jamás pudo olvidar la desgarradora soledad de sus ojos.
