Disclaimer: Harry Potter es propiedad de JKR.

Título: La invitación

Vicio: #11 Caramelo

Fandom: Harry Potter

Claim: Minerva McGonagall

Personaje: Minerva McGonagall, Horace Slughorn

Summary: No había nada como ayudar a los jóvenes a desarrollar su talento... y hacer que dicho talento lo ayudara a él, por supuesto.

- ¿Quieres un poco? Es ananá confitado.

La chica sentada al otro lado del escritorio miró con curiosidad la caja que él le ofrecía. Tenía rasgos afilados y un cuerpo anguloso, con brazos y piernas larguísimas. No era bonita, lo cual era una pena, ni poseía la gracia natural que le hubiera permitido parecer atractiva. Por el contrario, adolecía de esa torpeza inherente a los adolescentes cuyo cuerpo ha crecido demasiado rápido y aun no han aprendido qué hacer con él.

La niña, siempre seria, agradeció cortésmente y tomó un trozo.

- Nunca lo he probado – admitió, llevándoselo a la boca. Él abrió mucho los ojos y puso una mueca de fingido horror.

- Señorita McGonagall, eso que acaba de decir es terrible. Menos mal que aun estamos a tiempo de remediar la situación.

La muchacha no respondió, ya que en aquel momento estaba muy ocupada saboreando el dulce con deleite infantil.

- Estaba delicioso. Muchas gracias, profesor.

Él le sonrió, afable.

- Ven, toma otro.

Ella dudó un momento antes de tomar otro pedazo. Slughorn supuso por su expresión de extrañeza que no estaba acostumbrada a ser citada al despacho de un profesor para saborear caramelos y decidió que era momento de abordar el tema por el cual la había mandado a llamar.

- Seguramente te estarás preguntando porqué te he citado aquí hoy – La chica asintió, sus ojos penetrantes clavándose en los suyos – No te preocupes, no es por nada malo. Al contrario, quería felicitarte por tu progreso.

- ¿En Pociones, señor?

La extrañeza en su tono era comprensible, considerando que no era la asignatura que se le daba mejor.

- Bueno... no necesariamente – admitió él – Has mejorado mucho, pero creo que todavía deberías esforzarte más. No, en realidad me refería a tu progreso en general.

La muchacha alzó las cejas pero no le interrumpió. Él observo un momento la expresión seria pero calma en su rostro y no pudo menos que admirar su templanza. Que no hubiera aprendido a sentirse segura con su propio cuerpo no significaba que no hubiera aprendido a sentirse segura consigo misma.

- He notado que has obtenido excelentes calificaciones en la mayoría de tus asignaturas y tu desempeño en Transformaciones es notable.

- Gracias, señor.

No rechazaba los cumplidos ni parecía sentirse incómoda con ellos. Eso era bueno, le servía.

- Ten, querida, toma otro. Como te decía, tu desempeño académico es digno de mención, y también lo son tu buen comportamiento y aplicación. Si sigues así, no tengo duda alguna de que en un par de años serás prefecta y tal vez hasta Premio Anual.

Los ojos de la muchacha se agrandaron levemente, gratamente sorprendida.

- ¿De veras lo cree así, señor?

- Por supuesto que sí – Le dedicó una de sus sonrisas más encantadoras, para luego volverse a poner serio y hablar en tono solemne – Tienes un gran talento que debes cultivar. Debes pensar no sólo en los logros escolares, sino también en tu vida después del colegio. Nunca es demasiado temprano para pensar en el futuro, ya sabes.

Ahora había captado su total atención. Dejando la caja de golosinas momentáneamente olvidada, la joven se había inclinado hacia delante y la mirada detrás de los anteojos se había vuelto más penetrante que nunca.

- Como me imagino que sabrás, de cuando en cuando realizo pequeñas reuniones con los alumnos – La chica volvió a asentir. Toda la escuela deseaba secretamente formar parte de ellas pero el profesor Slughorn era muy selectivo – Me gustaría que vinieras a la próxima. Creo que te beneficiaría enormemente relacionarte con otros estudiantes que, como tú, poseen un gran talento. ¿Qué te parece?

- Me encantaría, profesor – respondió ella, sus mejillas tiñéndose tenuemente de rosa. Eran pocas las chicas invitadas a pertenecer al club de Slughorn. No porque él creyera que carecían de talento, sino más bien porque consideraba que la mayoría de ellas no poseían una veta competitiva lo suficientemente desarrollada... Observando la expresión complacida y segura a un tiempo de la joven sentada frente a él, se preguntó si no tendría que repensar esa idea. Sonrió para sus adentros. Sin duda alguna, la señorita McGonagall sería un elemento de gran valor en su grupo selecto.

Tomó un pedazo de ananá confitado y lo saboreó lentamente. Era su golosina preferida, pero en días como aquel no podía evitar pensar que no había caramelo más dulce que ayudar a los jóvenes a desarrollar su talento... y saber que dicho talento pronto redundaría en su beneficio.