Disclaimer: Harry Potter es propiedad de JKR.
Título: Selección
Vicio: #10 A elección del autor/a
Fandom: Harry Potter
Claim: Minerva McGonagall
Personajes: Minerva McGonagall, Albus Dumbledore, Horace Slughorn
Summary: Todos saben que el profesor Slughorn elige a aquellos alumnos que considera que llegarán lejos. Lo que pocos adivinan es que Dumbledore también tiene su propio criterio de selección.
Notas: Puede leerse como secuela de "La invitación" (Vicio #11 Caramelo) aunque no hace falta haberlo leído para entender este fic.
Horace Slughorn se vanagloriaba de ser excelente a la hora de juzgar el carácter de las personas. Siempre sabía, casi instintivamente, en qué personas le convenía confiar, qué personas podrían ayudarle, quiénes tenían la ambición y talento necesarios para triunfar. En los años que llevaba como profesor había realizado una cuidadosa selección, separando a aquellos alumnos que sabía que podían alcanzar la gloria y que llegado el momento corresponderían el favor, y jamás se había equivocado con ninguno de ellos.
Hasta ahora.
Al principio, la señorita McGonagall no había llamado su atención. Su abuela materna pertenecía a un importante clan escocés y era una mujer muy respetada en su círculo. En cambio la familia del padre, si bien se trataba de magos de sangre limpia, carecía de las conexiones o el dinero necesarios para favorecer a la niña. Niña que, por cierto, no era muy agraciada físicamente ni poseía un don natural para el trato social. Esta falta de atributos y de un apellido ilustre, sumados a su mediocre rendimiento en Pociones, hicieron que el profesor Slughorn relegase a la señorita McGonagall al gran grupo de niños que jamás contarían con su favor.
Un par de años después el profesor Slughorn se vio forzado a admitir su error. El apellido McGonagall seguía siendo tan poco ilustre como siempre y la jovencita que lo portaba no se había vuelto más bonita ni más refinada, pero su talento era innegable. Obtenía resultados maravillosos en Transformaciones, una asignatura conocida por su complejidad, y su aplicación le proporcionaba buenas calificaciones en todas sus otras clases. Su buen comportamiento y respeto por las normas habían llamado la atención de los otros profesores y hasta Albus, quien habitualmente se negaba a especular en ese tipo de asuntos, había admitido que la señorita McGonagall era una candidata segura para la insignia de prefecto.
El profesor Slughorn se dio cuenta de que debía remediar su error cuanto antes y mandó a llamar a la señorita McGonagall a su despacho, para invitarla personalmente a formar parte de su club. La muchacha había aceptado encantada y todo parecía haber vuelto a su curso natural.
Hasta que la señorita McGonagall dejó de asistir a las reuniones en su despacho.
Primero creyó que tal vez había surgido algún problema con algún otro de los miembros del club, pero sus sutiles investigaciones no arrojaron luz alguna. Finalmente cedió a la tentación de preguntarle a la jovencita sin rodeos. Para su sorpresa ella respondió que en aquel momento prefería priorizar los estudios por sobre las reuniones sociales y dio por zanjado el asunto. Él no lo podía creer. ¿Era la muchacha incapaz de ver que estaba desperdiciando una oportunidad única? Sin duda que los estudios eran muy importantes, pero sin las conexiones adecuadas era imposible el progreso por más talento que una persona pudiera tener. Él había creído que la señorita McGonagall era una jovencita despierta y ambiciosa, que un día podría llegar lejos y convertirse en alguien importante. Nunca se había equivocado tanto.
Después de algún tiempo dejó de darle vueltas al asunto. La señorita McGongall no regresó a las reuniones, y él se resignó a que la muchacha era una más de las lista interminable de alumnos mediocres que llenaban las aulas de Hogwarts. Era una lástima, pero no había nada que hacer. Él le había ofrecido su ayuda y ella la había rechazado.
Minerva McGonagall nunca llegaría a ningún lado.
Albus Dumbledore era un hombre de ideas muy peculiares. El hecho de que no tuviera reparo alguno en expresar dichas ideas hacía que la mayoría de la gente lo encontrara excéntrico y hasta que se irritasen con él, incluso aquellas personas que contaban con su amistad. Dumbledore no se lo tomaba de un modo personal. Era conciente de que no se podía estar de acuerdo con todo el mundo y que hasta los mejores amigos podían diferir en sus opiniones. Tal vez por eso él y Horace Slughorn habían podido conservar su amistad a lo largo de los años, pese a tener puntos de vista diametralmente opuestos en casi todos los asuntos.
Horace consideraba de suma importancia el linaje y las conexiones de una persona a la hora de abrirse camino en el mundo mágico, mientras que Dumbledore opinaba que cada uno debía labrarse su propio destino. A Horace le gustaban el lujo y la comodidad, mientras que Dumbledore poseía un espíritu aventurero e intrépido que solía meterlo en problemas. Horace se rodeaba de personas poderosas, Dumbledore prefería la compañía de personas sencillas en las que pudiera confiar. Uno consideraba a la enseñanza como un excelente medio para conseguir sus fines, el otro sentía que no había fin más excelso que dedicar la vida a pulir el talento de los jóvenes a su cargo, sin ambicionar nada a cambio. Horace Slughorn y Albus Dumbledore, pese a ser grandes amigos, diferían en muchos aspectos, y su modo de ver las cualidades de sus alumnos no era una excepción.
A Albus Dumbledore siempre le había llamado la atención la niña seria de facciones angulosas y brazos y piernas extraordinariamente largos que siempre aprendía antes que nadie los complicados hechizos de Transformaciones. Pero su talento en dicha asignatura no fue lo único que le llamó la atención.
La señorita McGonagall era una muchacha inusualmente aplicada y centrada en sus estudios, con poco tiempo o paciencia para frivolidades. Era además una chica amable con los alumnos más pequeños, educada con sus mayores y respetuosa de las normas, pero no tenía miedo de cuestionar – sin ser nunca impertinente – una orden a la que no le viera el sentido o que no le pareciera justa. Fue precisamente ese sentido arraigado de la justicia lo que más le llamó la atención, sobre todo cuando un día la señorita McGonagall le señaló que había cometido un error en la corrección de su examen y que en realidad ella se merecía una nota menor que la que él le había puesto.
Desde aquel día Dumbledore había prestado especial atención a la señorita McGonagall. Como era de esperar, no pasó mucho tiempo antes de que otros empezaran a fijarse en la muchacha.
Horace sabía de sobra lo que él opinaba de su exclusivo club, por lo que evitó comentarle que había invitado a una de las alumnas de su casa a formar parte del mismo. En Hogwarts, sin embargo, las noticias viajaban rápido y Dumbledore no pudo evitar sentir una pizca de decepción. Por supuesto que él no era quien para juzgar a sus estudiantes, pero había creído que la señorita McGonagall sería diferente.
Al cabo de unas pocas semanas nuevos rumores llegaron a oídos de Dumbledore, rumores prontamente confirmados por un aturdido Horace. La señorita McGonagall había abandonado el Club de las Eminencias sin ninguna explicación. Este hecho, que provocó consternación en el profesor Slughorn, encendió una chispa de curiosidad en Dumbledore. Un día después de clase le pidió que se quedara un momento, y después de ofrecerle Grageas Bertie Bott's (que la muchacha amable pero firmemente declinó) le planteó la pregunta que le había estado rondando la cabeza toda la semana.
- Le expliqué al profesor Slughorn que estaba muy ocupada con mis estudios y que no tenía tiempo para reuniones sociales – fue la inmediata respuesta de la niña. Albus la observó atentamente. No había nada en su tono o en su mirada que indicara que estuviera mintiendo, pero él pudo vislumbrar que había algo más.
- ¿Eso es todo?
Ella dudó un momento. Se sacó un mechón de pelo oscuro de la frente, abrió la boca para hablar y la volvió a cerrar. Él enarcó una ceja. Ella se mordió el labio.
- Bueno... no – admitió al fin. Él esperó a que continuara, pero la muchacha se limitó a revolverse en el asiento. Cruzó y descruzó las largas piernas, como si no supiera dónde ponerlas, con la torpeza habitual de su edad. Pronto se acostumbraría, reflexionó Dumbledore, y sus movimientos desmañados recuperarían el aplomo una vez que dejara la pubertad atrás, pero de momento era tan sólo una niña con un cuerpo que había crecido demasiado aprisa.
Él le dirigió una sonrisa benevolente y en tono tranquilizador le dijo:
- No tiene que contármelo si no lo desea así, señorita McGonagall. Sólo pregunté por curiosidad.
Y era cierto, pero no tenía ninguna intención de incomodar a una alumna sólo para satisfacer dicha curiosidad. Sin embargo, la muchacha se enderezó en el asiento, una expresión decidida en su rostro.
- No, no es eso. Es que... – Se humedeció los labios y clavó sus ojos penetrantes en los suyos – Profesor¿puedo decirle algo en confidencia?
- Nada de lo que me diga saldrá de esta habitación.
Los ojos de la niña se clavaron en los suyos. Albus no apartó la vista, y aunque sabía que las posibilidades de que la señorita McGonagall supiera Legeremancia eran nulas, no podía menos que sorprenderse ante la intensidad de su mirada. Finalmente, cuando pareció decidir que sus palabras eran sinceras, se inclinó hacia delante. Albus tuvo que inclinarse a su vez para poder escuchar los susurros confidenciales de la niña.
- Todos los que van a las reuniones del profesor Slughorn tienen parientes importantes o conexiones de algún tipo¿sabe? Y no me parece mal, y entiendo a qué se refiere el profesor cuando dice que es importante conocer a la gente adecuada para ser alguien. Pero... – Su mirada se perdió por un instante, absorta en sus propios pensamientos - ¿No deberían ser más importantes los méritos propios antes que tener amigos poderosos? El talento y el esfuerzo¿no deberían tener más valor que un apellido famoso? – La señorita McGonagall pestañeó, como despertándose de un trance, y se encogió de hombros. – Es muy ingenuo¿no? Pensar así, digo.
Albus se detuvo a contemplar un momento a la joven – porque de pronto ya no le parecía tan niña – enfrente suyo. Observó la mirada inteligente en sus ojos, la frente en alto, la postura decidida de sus hombros y creyó vislumbrar a la mujer en la que se convertiría.
- No me parece ingenuo en absoluto, señorita McGonagall. Es más – agregó – me parece una forma de pensar muy sensata.
Ella frunció el ceño, sorprendida.
- ¿De veras?
Albus asintió muy serio.
- Tal vez los contactos adecuados le permitan a la gente progresar más rápido – le explicó – pero al final siempre tendrán que demostrar su propia valía. No pierda sus convicciones, señorita McGonagall. Nunca juzgue a nadie por sus conexiones o su dinero, porque el valor de una persona no puede medirse por cosas tan efímeras e insubstanciales.
Ella asintió, pensativa.
- Gracias, profesor. No lo olvidaré.
Tampoco yo.
Toda la escuela sabía que el profesor Slughorn elegía muy cuidadosamente aquellos alumnos que en su opinión habían nacido para triunfar, ya fuera por sus conexiones familiares y políticas, su dinero o su ambición. Lo que pocos adivinaban era que el profesor Dumbledore también tenía su propio criterio de selección.
De ahora en adelante, observaría muy atentamente el progreso de la señorita McGonagall. Presentía que llegaría lejos.
