Disclaimer: Harry Potter es propiedad de JKR.
Título: El mausoleo
Vicio: #22 Triángulo
Fandom: Harry Potter
Claim: Minerva McGonagall
Personajes: Minerva McGonagall, la familia Crouch.
Summary: Es el velatorio de la señora Crouch y Minerva no puede evitar preguntarse qué hace allí, en una casa que alguna vez albergó a una familia y ahora sólo es habitada por la muerte y la tristeza.
No sabe porqué se encuentra allí. La casa es lóbrega y fría como un mausoleo y le invade un deseo irracional de marcharse apenas traspone el umbral. La débil luz de las velas no logra disipar las sombras de la sala, que parecen arrastrarse sobre las paredes de piedra como fantasmas. Un resplandor dorado y tembloroso ilumina los pocos rostros congregados allí, delineando sus expresiones solemnes y sombrías.
Se sorprende al comprobar el reducido número de personas allí reunidas. En otros tiempos un acontecimiento como aquél hubiera atraído representantes de cada uno de los clanes mágicos, del Ministerio y de cuanta organización mágica digna de mención hubiera. La crema de la sociedad se habría reunido allí para despedir a uno de los suyos... pero claro, la crema de la sociedad ya no la considera como uno de los suyos y se ha encargado de dejárselo bien claro a quien quiera prestar atención.
En el centro de la habitación, rodeado por coronas de pálidas flores, está el cajón de pulido ébano. Ella respira hondo. No desea hacerlo y súbitamente recuerda el velatorio de su abuela. Su madre tuvo que arrastrarla para que le diera un beso en la tiesa mejilla de la anciana, mientras ella se retorcía por escapar. Nadie la está arrastrando esta vez pero no puede echar a correr. Ha venido a despedirse, aunque no está muy segura de quién: a su amiga la ha perdido hace años y el cuerpo que reposa allí pertenece a una mujer a la que ella nunca llegó realmente a conocer.
La superficie negra refleja su propia expresión de sorpresa al descubrir que el ataúd tiene la tapa cerrada. Sabe que ella estuvo mucho tiempo enferma antes de morir, pero nunca la vio tan deteriorada como para que su rostro no pudiera ser visto en su velatorio. ¿Es posible que en los últimos tiempos su salud se deteriorase tanto que no quisiera que nadie la viera¿O hay tal vez otro motivo, más siniestro, para que nadie quisiera que se viera su rostro?
Aparta la idea de su mente. Ermengarde era una mujer bonita. No hermosa, pero sí bonita, de un modo delicado y clásico. No recuerda que fuese particularmente vanidosa pero es comprensible que no quisiera que la última imagen que tuvieran sus seres queridos de ella al partir fuera un rostro demacrado, una sombra de lo que alguna vez fue.
Ensimismada en sus pensamientos, no nota que hay alguien a su lado hasta que escucha una voz grave junto a ella.
- Buenas noches, profesora.
Ella vuelve la mirada y se encuentra con los ojos pétreos de Bartemius Crouch. Está pálido y mucho más delgado que la última vez que lo vio. Su cabello, sin embargo, sigue estando tan perfectamente engominado y peinado con raya al medio como siempre y su túnica negra no muestra una sola arruga, una sola mota de polvo.
Intercambian las frases hechas de rigor, ella ofreciéndole su más sentido pésame, él expresando su agradecimiento, y luego se sumen en el silencio. Es extraño, pero ella y Barty Crouch jamás congeniaron pese a tener mucho en común. Los dos son personas de naturaleza severa, defensoras a ultranza de las reglas, amantes del orden y la justicia. Más de una vez ella se ha preguntado si, de haber sido otras las circunstancias, ella no podría haber sido como él. Al contemplar su imperturbable perfil cuando un mago le da el pésame, sin embargo, se da cuenta que ella nunca podría haber tenido el corazón de piedra de este hombre.
Después de intercambiar frases corteses con personas que parecen sentirse tan fuera de lugar como ella misma, no puede soportarlo más. El ambiente de la sala es tan gélido y opresivo que resulta extrañamente sofocante. Subrepticiamente se desliza fuera de la estancia y encuentra refugio en una habitación adyacente. Con su varita enciende las velas de los candelabros de pared y se encuentra con una pequeña salita de estar, con muebles antiguos y dignos pero de aspecto más confortable que los de la sala principal. Ella supone que ésta es la sala que la familia usa para recibir visitas de gente cercana... o que usaba en la época en que alguien se dignaba a visitarlos.
Recorre la habitación lentamente, examinándolo todo. La decoración sigue siendo clásica pero ella cree detectar más de un detalle femenino, lo que la lleva a suponer que Ermengarde era quien pasaba más tiempo allí. Lo cual explicaría porqué esta sala, pese a estar tan dolorosamente ordenada y limpia como el resto de la casa, transmite un aire hogareño que un estancia dominada por Barty Crouch jamás podría lograr.
Su atención es inmediatamente atraída por un aparador donde se apilan montones de portarretratos. Hay fotos de Ermengarde tal como ella la conoció, joven y de mejillas regordetas, posando junto a sus padres y hermanos, o radiante en su foto de boda. Luego hay una profusión de imágenes de la pareja a través de los años. No puede evitar sonreír irónicamente al darse cuenta que Barty se para tan tieso que parecen fotografías Muggles.
Su sonrisa se borra al darse cuenta de que falta algo en aquellas fotos. En las primeras, Ermengarde y su esposo están parados muy juntos, el brazo de él generalmente rodeando sus hombros, la cabeza de ella apoyada en su pecho. Luego, sin embargo, hay un espacio vacío entre la pareja, lo suficientemente grande para que entre una tercera persona. Con un escalofrío se da cuenta de que es su hijo quien falta.
Nunca llegó a conocerlo bien. No fue alumno de su casa ni se destacaba particularmente en Transformaciones, aunque era un chico brillante que siempre obtenía excelentes calificaciones. Ya en ese entonces ella y Ermengarde no se hablaban más que por el saludo de rigor cuando se cruzaban por la calle, y no había habido nada en el muchacho inteligente y reservado que atrajese su atención. Ahora no puede evitar pensar en cuántas pistas, cuántas señales el chico pudo haber dejado traslucir a lo largo de los años sin que ella ni nadie se percatase. Es un ejercicio fútil: el pasado es eso, pasado y lamentarse por no haber descubierto a tiempo la naturaleza del muchacho no cambiará nada.
Se pregunta si Ermengarde también, en las largas noches insomnes posteriores a la captura de su hijo, habrá repasado en su cabeza cada palabra, cada gesto infantil, tratando de encontrar alguna señal que diera cuenta que su hijo se convertiría en un monstruo. Se pregunta, también, si la pobre mujer pudo hallar una respuesta o si murió sin saberlo.
Siente un retorcijón de culpa. Tendría que haber ido a verla, haber intentado hablar con ella, haberla escuchado. Pero desde que Ermengarde se casó y ella empezó a enseñar en Hogwarts, una brecha se abrió entre ellas, profundizándose hasta volverse un abismo infranqueable. La tímida camaradería que habían compartido cuando eran jóvenes se diluyó de a poco con el paso de los años, cuando las dos mujeres tomaron sendas separadas. Ella estaba absorta en su trabajo, como maestra y como miembro de la Orden del Fénix, y Ermengarde se veía inmersa en las responsabilidades y deberes propios de la esposa de una estrella en alza del Ministerio y de una madre. Poco a poco las dos amigas fueron distanciándose hasta convertirse casi en extrañas.
La última vez que habló con Ermengarde fue en la graduación de su hijo. Recuerda haberla felicitado porque su hijo había obtenido el mejor promedio en su año, y recuerda la débil y triste sonrisa con la que la mujer había respondido. "Si tan sólo Barty hubiese podido venir..."
- ¿Para qué, madre? Yo no lo necesito aquí ni tú tampoco.
La profesora se sobresaltó en su momento ante la gélida indiferencia con la que el muchacho pronunció esas palabras, acompañadas con un encogimiento de hombros. Realmente parecía no importarle que su padre se perdiera su graduación y ella no supo qué le parecía más doloroso: que el padre eligiera su trabajo antes que asistir a la entrega de diplomas de su único hijo, o que el joven lo aceptase como algo natural.
- ¡Barty! Entiendo que estés un poco molesto – le dijo Ermengarde, en un tono que era mitad reprimenda, mitad disculpa – pero sabes perfectamente que a tu padre le hubiera gustado estar aquí.
El chico puso los ojos en blanco.
- Por supuesto que sí, madre.
¿Vio Ermengarde lo que a ella entonces le pareció obvio, o tal vez intentó engañarse a sí misma vendándose los ojos? Mira las fotografías, tratando de hallar la respuesta. Tal vez sean imaginaciones suyas, pero podría jurar que la mirada en los ojos de Ermengarde se va tornando más triste a medida que el hueco entre ella y su marido parece volverse tangible. Hueco donde debería estar de pie el hijo de ambos pero donde ella sólo puede ver vacío. ¿Se marchó Barty Crouch hijo de las fotografías por su propia voluntad, por así decirlo, o su padre se encargó de borrar su presencia? Ahora que lo piensa, Crouch no ha vuelto a pronunciar el nombre de su hijo desde que lo atraparon con los Lestrange. No le sorprendería en absoluto si descubriera que el hombre ha borrado toda señal de su hijo en la casa. ¿Si sube al piso superior, encontrará un cuarto desmantelado donde alguna vez el joven Crouch vivió?
Piensa entonces en lo fútil de los esfuerzos de Crouch, porque el vacío en las fotografías sólo parece acentuar la ausencia. Probablemente Ermengarde compartía su opinión, a juzgar por la expresión desolada en sus ojos. Ella se desvivía por el muchacho, y hasta donde la profesora pudo ver, el chico le correspondía en su cariño, demostrándole el afecto que su frío esposo nunca pareció ser capaz de expresar. Extraño triángulo aquel: los dos hombres amaban profundamente a una mujer que hubiera dado la vida por cualquiera de los dos. Mas eso no bastó. La distancia entre padre e hijo era insalvable y Ermengarde murió con su familia destrozada.
Se marcha del velatorio temprano. Crouch le agradece una vez más su presencia allí, pero nada en su tono o expresión da a entender que le alegrase de veras tenerla allí. Ella reprime un escalofrío. ¿Cómo pudo Ermengarde casarse con un hombre hecho de granito?
Al mirar una vez más sobre el hombro antes de trasponer el umbral, se lleva una sorpresa. Bartemius Crouch está de pie junto al ataúd de su mujer, acariciando la oscura madera suavemente, como si fuera la piel de su esposa. Su rostro tiene una expresión indescifrable, pero ella logra atisbar que sus ojos están brillantes de lágrimas.
Si tanto la amabas¿por qué no le evitaste tanto dolor?, piensa, pero se muerde la lengua antes de decirlo en voz alta. ¿Por qué no salvaste a tu hijo, al hijo de ambos?
Ella no tiene la respuesta a esas preguntas. Lo peor es que sospecha que Crouch tampoco.
