Disclaimer: Harry Potter es propiedad de JKR.
Título: Eugenesia
Vicio: #21 Sangre
Fandom: Harry Potter
Claim: Minerva McGonagall
Personajes: Minerva McGonagall
Summary: Tenían el talento, la determinación necesaria, la capacidad. ¿Qué importancia tenían sus genes, su linaje? Habían demostrado su valía. ¿Por qué se les arrebataba todo?
La primera vez que escuchó hablar del tema tenía alrededor de seis años. Ella y su madre estaban de visita en casa de su abuela, quien a su vez era visitada por algunas amigas suyas, un grupo de tiesas señoras con rostros apergaminados y gesto adusto. Ella se había sentado en el suelo a los pies de su abuela para examinar un nuevo juego, sin prestar demasiada atención a la conversación de los mayores. Se la pasaban nombrando personas y hechos de los que ella nunca había oído hablar, dándole la sensación de que la charla era un episodio como los de las novelas por entregas y ella se había perdido los capítulos anteriores. Además los adultos hablaban de cosas tan aburridas. Hablaban de dinero, y de quién se casó con quién y qué clan mágico se peleó con cuál, y ni hablar de cuando empezaban a hablar del Ministerio, lo mal que andaba y qué habría que hacer para arreglarlo... Para ella era todo un galimatías incomprensible y en consecuencia no se dignó a levantar la vista hasta que llegaron los scones.
Los scones que preparaba su abuela eran absolutamente deliciosos, tan sólo el olor conseguía que a la niña se le hiciera agua la boca. Pero tomar uno de los scones sin permiso, y más cuando había visitas, habría significado un buen golpe en la mano que ella no deseaba. Así que se sentó muy derecha en su lugar, sus ojos yendo de su abuela a su madre, esperando a la señal de que podía tomar uno.
- Me crucé con Margaret Macnair en el callejón Diagon – estaba diciendo en ese momento su abuela. Las demás mujeres intercambiaron una mirada y se inclinaron hacia delante con avidez.
- ¿Y qué aspecto tenía?
- ¿Estaba con... con ése?
- Por supuesto que no... no será tan tonta de llevar a alguien de esa guisa al callejón Diagon...
Su abuela carraspeó y las demás damas hicieron silencio al instante. A la niña aquello le maravilló y decidió que le pediría a su abuela que le enseñara cómo hacerlo.
- No tenía mal aspecto, lo cual me sorprendió, considerando que su padre la echó de casa – comentó y la sala parecía estar pendiente de cada una de sus palabras – Y no, no estaba con él. Llevar un Muggle al callejón Diagon, menuda ocurrencia...
- ¿Y se acercó a hablarte?
- Claro que sí. Conozco a su madre desde que éramos niñas – Su abuela suspiró, meneando la cabeza – No puedo creerlo aún. Una chica tan inteligente, de una familia como la suya, fugarse así...
- Tal vez estaba enamorada.
Todos los rostros se volvieron a mirar a su madre con expresiones incrédulas. Su abuela volvió a negar con la cabeza.
- Querida, por muy enamorada que una muchacha pueda creer estar, debería tener más cabeza. Sabiendo cómo iba a reaccionar su familia... Además¿qué hay de sus niños?
Una de las mujeres, que era tan diminuta y frágil que ella temió que se fuera a quebrar en cualquier momento, suspiró con tristeza.
- Serán Squibs o medio Squibs. Todos saben que la sangre Muggle no se mezcla bien con la nuestra.
- Seguramente tendrán todas las enfermedades de los Muggles – observó otra.
- Y vivirán poco.
- Comparado con magos de verdad, sin duda.
- Los Muggles y los magos no deberían mezclarse – dictaminó su abuela y todos en la sala callaron para escucharla – Hay un motivo por el cual algunos somos elegidos para obtener el don y otros no.
Siguió un silencio casi reverencial a estas palabras, mientras las mujeres asentían.
- ¿Y qué hay de los magos y brujas que tienen padres Muggles?
La niña se volvió a mirar a su madre, que por algún motivo estaba sentada muy tiesa en su silla. La abuela frunció el ceño.
- Hija, sabes de sobra que ellos no cuentan. No fueron criados para pertenecer a nuestro mundo y jamás alcanzarán a tener el talento de un sangre limpia. – Los ojos penetrantes de la anciana se volvieron hacia ella – Minerva, querida, deja ya de retorcerte y toma un scon¿quieres?
-
La primera – y única – vez que las palabras "sangre sucia" escaparon de sus labios tendría unos ocho años. Se las había escuchado decir a un compañero de juegos suyo, y ella no vio ningún problema en repetirlas delante de su madre.
Apenas las hubo pronunciado se dio cuenta de que había hecho algo malo. Su madre dejó de trenzarle el cabello y la hizo girar en su asiento, y la niña vio que su mirada se había vuelto muy seria.
- Minerva, no quiero que vuelvas a repetir esas palabras nunca más. ¿Está claro?
- Pero...
- Nada de peros, jovencita. Si me entero de que las andas diciendo por ahí, te haré un hechizo limpiador que te dejará escupiendo pompas de jabón por horas.
La niña abrió bien grandes los ojos, sin comprender qué sucedía. Sabía que su madre era perfectamente capaz de cumplir su amenaza pero no podía entender qué había hecho mal. Todos los niños que conocía hablaban de los "sangre sucia" como algo natural. Nunca se le cruzó por la imaginación que pudiera ser algo malo.
- ¿Es porque traen enfermedades¿Por eso no hay que nombrarlos?
Su madre la miró de hito en hito.
- ¿De dónde has sacado semejante tontería?
- Bueno, todos los niños lo dicen... y la abuela una vez me contó...
- Minerva – la interrumpió su madre, y hasta el día de hoy ella podía recordar la seriedad de su tono de voz, el enfado apenas reprimido que dejaban traslucir sus ojos, el modo en que la sujetó del brazo – sabes perfectamente que no puedes creer todo lo que digan los demás niños. En cuanto a tu abuela, es una gran mujer, pero es también muy anciana y tiene un montón de ideas anticuadas en la cabeza.
La niña asintió. Su madre la contempló un momento, luego su gesto se suavizó y empezó a trenzarle el cabello otra vez.
- Hija, vas a escuchar muchas cosas en tu vida que no van a ser necesariamente ciertas. Tienes que aprender a tener un poco más de cuidado respecto a quién le crees y sobre todo, deberías ser más cuidadosa con lo que dices. No todo es tan sencillo como parece a simple vista – Al ver cómo ella fruncía el ceño, confundida, su madre agregó – Ya lo comprenderás cuando seas algo mayor.
La niña se encogió de hombros. No creía que comprendería jamás a los adultos.
-
Durante los años que siguieron, Minerva tuvo ocasiones de sobra para poner en práctica el consejo de su madre. En esa época la segregación de los niños que eran hijos de Muggles estaba socialmente más aceptada, si bien nadie lo hubiera admitido en voz alta. El punto era ser sutil. Pocos declaraban abiertamente que a los "sangre sucia" se les debería prohibir la entrada en Hogwarts, pero muchos eran los que se ocupaban de marcar bien las diferencias de clase.
El episodio más atroz de su carrera escolar lo constituyó la muerte de una alumna de tercero, cuyo cadáver fue encontrado en unos baños que luego fueron clausurados. Un accidente, afirmó el profesor Dippet, pero toda suerte de rumores se propagaron por la escuela, la mayoría de ellos relacionados con la leyenda de la Cámara de los Secretos. Un día a la salida de una clase de Aritmancia escuchó a unos compañeros cuchichear sobre el tema.
- Si me preguntas a mí, mejor que se haya muerto. Los sangre sucia no tienen nada que hacer en Hogwarts.
El chico más tarde no supo explicar en la enfermería cómo era posible que su lengua súbitamente se hubiera convertido en papel de lija, ni porqué le habían salido pústulas por todo el rostro.
-
"Temed, enemigos del heredero. La Cámara de los Secretos ha sido abierta."
Era como una pesadilla recurrente de la que no podía despertarse. Ella creía que los días de la limpieza de sangre habían quedado atrás, desvanecidos junto con El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado. Ella creía que la Cámara de los Secretos era una leyenda enterrada en las arenas del tiempo, que su mítico monstruo era una fantasía del pasado, que no había nada que temer.
Se equivocaba.
El terror había vuelto a comenzar, esta vez instalándose en los pasillos de Hogwarts. Ningún sitio en el castillo era seguro ahora: el enemigo esta vez se hallaba en el interior, más allá de su alcance y al mismo tiempo, demasiado cerca para su tranquilidad. Y ellos no estaban más cerca de atraparlo de lo que habían estado el primer día. Tenían aun menos posibilidades, si cabía, ahora que la Junta le había obligado a Dumbledore a marcharse. Sintió un escalofrío. ¿Qué sería de Hogwarts sin Dumbledore?
Lo primordial era garantizar la seguridad de los alumnos. La profesora había implementado ya todas las medidas que habían discutido con el director aquella tarde, después de enterarse del último ataque. La escuela se hallaba ahora en una especie de estado de sitio, con el pánico y la desesperación permeándose por las paredes, contaminando a alumnos y profesores por igual. Y sin embargo, no era suficiente. Eran todas medidas defensivas, con una función paliativa pero que no solucionaban el problema de fondo: había un monstruo suelto en el colegio, atacando a meros niños con total impunidad. Era sólo cuestión de tiempo antes de que provocase un daño que no podrían reparar con jugo de mandrágora, y ella no veía la forma de detenerlo.
Después de dar vueltas en la cama durante lo que le parecieron horas, su cerebro trabajando a velocidad febril, decidió levantarse. Aun no era su turno de patrullar los pasillos pero ya sabía que esa noche no dormiría.
Ninguna de las personas con las que se cruzó por los pasillos pareció sorprendida de verla. Por el contrario, el alivio aparecía en sus rasgos en cuanto la veían, antes de apresurarse a presentarle un parte, que era siempre el mismo. Ninguna novedad.
No le sorprendió notar que Madam Pomfrey no mostraba signos de haber estado durmiendo cuando llamó a la puerta de la enfermería. Evidentemente ella no era la única que sufría de insomnio aquella noche.
Por una vez, Madam Pomfrey no le hizo preguntas ni le dio ninguna indicación. Se preguntó si esto se debía a su flamante – y ella confiaba que temporal – nombramiento como directora en funciones... o si sencillamente no había ninguna indicación posible para lidiar con un montón de estatuas en camas de hospital.
La enfermera la dejó sola para recorrer las interminables hileras de camillas blancas, bañadas con el fulgor fantasmal de la luna. A la madrugada la enfermería presentaba un aspecto extraño, casi fantástico, con sus claroscuros y sus sombras chinescas en las paredes. Dejaba de ser un sitio familiar para convertirse en algo que parecía salido de algún universo paralelo, una sensación que se intensificó cuando llegó junto a las camas donde estaban las víctimas del heredero de Slytherin.
Cual víctimas de Medusa, yacían petrificados en la misma posición en que habían sido encontrados, sus expresiones congeladas en una mueca de sorpresa y horror. ¿Qué habrían visto sus ojos vidriosos antes de apagarse¿Qué visión infernal había tallado el terror en sus facciones de piedra¿Podrían responderlo al despertar o habrían perdido la memoria¿Lograrían atrapar al heredero antes de que se cobrase nuevas víctimas?
Las preguntas estallaban en su cabeza, casi las sentía golpeando contra las paredes de su cráneo, pugnando por salir, por hallar una respuesta. No tenía ninguna y con el correr de los días, se afianzaba la sospecha de que no obtendría esas respuestas jamás.
Son niños, pensó al contemplar los rostros petrificados, son meros niños. ¿Por qué alguien querría hacerles daño?
Tristemente ésa era una pregunta para la que sí tenía respuesta. Una raza inferior debe ser eliminada para que los seres superiores reinen en paz. ¿Cuántas veces había escuchado ese discurso a lo largo de los años? Primero en susurros, en la sala de su abuela, luego Grindelwald arengando a multitudes en Europa, después el Innombrable, reclutando a sus vasallos en las penumbras, vasallos que dejaban un tendal de incontables cadáveres a su paso. La raza mágica debía ser protegida y para ello debía evitarse la contaminación. Todo contacto con una raza inferior debía ser eliminado de raíz. Todo vestigio de degradación debía ser neutralizado. De ser preciso, debía borrarse de la tierra una raza entera de seres inferiores para evitar el perjurio de aquellos que habían nacido con un destino superior.
Y así seguía, un mantra inacabable, una maldición que se repetía en cada generación. Cada vez que se creía que el mal había sido erradicado surgía con alguna nueva forma, más atroz y cruel que antes. ¿El mundo mágico jamás aprendería a aceptar a aquellos que eran diferentes¿Jamás aprendería a valorar a las personas no por su linaje, sino por sus logros personales?
El pequeño Creevey tenía las manos petrificadas en la posición de sacar una foto, con una máquina que había sido destruida hacía tiempo. Era un muchacho inquieto, atolondrado, con un exceso de energía y entusiasmo. Era también un muchacho despierto, que no se perdía un detalle, un muchacho cuya curiosidad infinita lo llevaba siempre a cuestionarse las cosas, a encarar un asunto desde todos los ángulos posibles hasta resolverlo. No era aplicado ni constante, pero a fuerza de hacer mil preguntas lograba obtener las respuestas que necesitaba. ¿En qué modo lo hacía eso inferior a sus compañeros de linaje impecable?
En la cama de al lado yacía Penelope Clearwater. Prefecta, excelentes calificaciones en todas las asignaturas, un comportamiento ejemplar. Era inteligente, decidida, responsable. Una chica respetuosa con sus mayores y amable con los alumnos más pequeños. ¿Por qué ello habría de convertirla en una amenaza para el orden mágico?
No conocía demasiado al joven Finch-Fletchley, pero Pomona lo había elogiado calurosamente. Un chico de gran corazón, había dicho, que se cortaría la mano derecha por cualquiera de sus amigos. ¿Cómo podía ser considerado prescindible sólo por no tener el parentesco adecuado?
En la última cama estaba la señorita Granger. La profesora McGonagall se enorgullecía de no mostrar favoritismos de ninguna clase, pero nadie podía dudar que la niña de cabellos enmarañados y brillante intelecto se había ganado un lugar en el corazón de la mujer. Su talento era inconmensurable, así como también lo eran su lealtad para con sus amigos y su determinación de hacer siempre lo correcto. ¿Quién, basándose únicamente en su árbol genealógico, podía negar que le esperaba un futuro brillante?
Ninguno de ellos merecía estar allí. Su lugar era en una clase, junto a sus compañeros, aprendiendo tanto sobre la magia como pudieran. Tenían el talento, la determinación necesaria, la capacidad. Aquello tendría que haber alcanzado para colocarlos a la par de todos los demás. ¿Qué importaban sus genes, en qué los modificaba quiénes eran sus padres? Habían demostrado su valía, habían probado que se habían ganado su lugar allí. ¿Por qué, entonces, se les arrebataba todo?
Esto no podía continuar. El mundo mágico necesitaba a esos niños, necesitaba que crecieran y demostraran que el linaje no era lo más importante, sino los logros personales, que no importaba de dónde viniera una persona sino adónde se dirigieran sus pasos, que el talento tenía más peso que el apellido. El mundo mágico los necesitaba para construir un lugar mejor. Esos niños eran su esperanza para una sociedad más justa, más libre.
Atraparemos al heredero. Lo atraparemos y terminaremos con esta locura.
En ese momento, Minerva McGonagall prometió en silencio que ella misma se aseguraría que aquellos niños pudieran cumplir con su destino.
