Disclaimer: Harry Potter es propiedad de JKR.
Título: Al otro lado
Vicio: #15 A elección del autor/a
Claim: Minerva McGonagall
Personajes: Minerva McGonagall, Myrtle la Llorona.
Summary: En tiempos oscuros, se puede encontrar un poco de paz en lugares inesperados.
Hace más de cincuenta años que no pone sus pies allí. Ha pensado muchas veces en este lugar pero nunca ha podido atreverse a superar su antiguo miedo (miedo mezclado con algo de culpa, tal vez). Ahora que lo ha hecho se siente algo decepcionada porque este sitio no tiene el aspecto fantasmal y tenebroso que esperaba. El piso está mojado, el viento gélido entra por una de las ventanas rotas y tiene el aire abandonado de las habitaciones largo tiempo en desuso, pero no hay nada extraordinario en ello. Los lavatorios, las puertas, las paredes son exactamente iguales a las de los otros baños del castillo. No hay nada en este sitio que lo distinga, nada que pueda infundirle miedo... y sin embargo, un escalofrío le recorre la espalda.
- ¿Qué haces aquí? Nadie tiene permitido entrar. Este baño está clausurado.
Ya lo sé, piensa pero calla. Sus ojos están fijos en la pálida figura enfrente suyo, que la mira con ojos inquisitivos detrás de sus gafas. Ella no está muy segura de lo que esperaba encontrar. Pasaron muchos años y sus recuerdos se han hecho borrosos, mezclándose unos con otros. Ha pensado muchas veces en ella, pero con el tiempo la niña de ojos solemnes y voz lastimera se convirtió en una sombra, una vaga memoria de una muchacha triste con anteojos y granos, pero de la cual no puede recordar el color de sus ojos, la forma de sus manos, su cabello.
La figura frente a ella no le sirve demasiado para avivar el recuerdo. Sus colores se han perdido para siempre, destiñéndose hasta convertirse en una sombra de color perlado.
- Soy la profesora McGonagall.
El fantasma inclina la cabeza a un lado, mirándola con atención. Por un momento, ella cree que la ha reconocido.
- Ah, sí. Peeves me habló de usted – Frunce el ceño - ¿Qué pasa¿Han vuelto a atacar a un gato?
Ella tarda un momento en comprender a qué se refiere.
- No, no han atacado a nadie... esta semana, al menos – Suspira, cansada. Los días en que Hogwarts podía considerarse un lugar seguro han quedado muy atrás, al igual que quedaron atrás la época de paz y la presencia de Albus en la escuela. – Sólo necesitaba un lugar tranquilo donde pensar.
El fantasma se encoge de hombros.
- Nadie viene aquí.
Y antes de que ella pueda replicar, se ha desvanecido.
-
- Ha vuelto.
Hay cierta sorpresa en su voz. Ella no responde, no en palabras al menos. En cambio, hace aparecer una banqueta y se sienta, apoyando la espalda contra una pared. Cierra los ojos y trata de no pensar en las muertes, en lo que dice el Profeta, en los rostros asustados de sus alumnos, en que el Ministerio no sabe qué hacer, en que otro miembro de la Orden ha desaparecido...
- ¿Sabe? Le veo cara conocida.
Ella abre los ojos y mira a la niña (porque muerta y todo, sigue siendo tan sólo una niña). Duda un momento, decide decirle la verdad.
- Vinimos juntas al colegio. Probablemente no te acuerdes porque yo era prefecta de Gryffindor y tú eras algunos años más pequeña.
- Las escaleras – le interrumpe la niña y ella se sobresalta – Tú fuiste la que me encontró un día llorando en las escaleras, antes de morirme.
Minerva está sorprendida. No esperaba que se acordase... Aunque claro, la vida de la niña ha sido tan corta que probablemente no tenga suficientes recuerdos como para que se mezclasen unos con otros.
- Intentaste consolarme. Me dijiste que la vida después del colegio mejoraba, que a nadie le importarían mis anteojos. Dijiste que ya no tendría granos.
Mira a la niña con lástima.
- Lo siento, Myrtle. Ojalá... ojalá pudiera haberte ayudado.
La niña abre bien grandes los ojos, pareciendo auténticamente sorprendida.
- Nadie me ha pedido disculpas antes. Bueno, sí, lo han hecho, pero sólo porque los profesores los obligaban o porque no querían que siguiera llorando.
- Tendría que haberlo hecho antes – admite Minerva – Llevo más de cuarenta años enseñando en esta escuela. Conozco cada rincón, he caminado por todos los pasillos un centenar de veces... pero nunca me atreví a volver a entrar a este baño.
- A nadie le gusta mucho – reconoce Myrtle – Todos los que entran es por error y no vuelven más... Hasta Harry dejó de venir.
La profesora se endereza en su asiento y frunce el ceño.
- ¿Harry¿No será por casualidad Harry Potter, no?
La chica asiente con la cabeza, con aire algo resentido.
- Venía un montón con sus amigos, la chica ésa del pelo horrible y el pelirrojo maleducado. Fue después de que atacasen a ese gato¿sabe?
Lo que más le sorprende a la profesora McGonagall es que no se siente sorprendida en absoluto. Potter, Weasley y la señorita Granger siempre estuvieron involucrados en cuanta cosa extraña sucediera en el castillo, más que cualquier otro alumno. No le resulta extraño que tras la apertura de la Cámara de los Secretos empezasen a jugar a los detectives.
Se pregunta dónde estarán los tres ahora. Ha pasado ya mucho tiempo desde la última vez que han tenido noticias de ellos. Si no tienes noticias, es una buena señal. Significa que siguen vivos y que el Señor Oscuro no sabe lo que se proponen. Por algún motivo, el pensamiento no le reconforta.
- Él dijo que iba a venir a visitarme pero claro, nunca lo hizo, ni siquiera después de que lo ayudé con el huevo – siguió diciendo Myrtle – Pero ya aprendí que una no tiene que esperar mucho de los chicos. Hasta Draco, que parecía tan sensible...
- ¿Draco?
- Sí, Draco – responde Myrtle con naturalidad – Solíamos vernos a menudo y charlar... él estaba tan mal siempre... Todos se metían con él, y se preocupaba tanto por su familia... Hasta lloraba, a veces.
Minerva siente un nudo apretado formársele en la garganta al tiempo que una tenaza parece estrujarle el pecho. Draco Malfoy, el Mortífago encubierto que dejó entrar a los vasallos del Innombrable a la escuela, Draco Malfoy, quien envió a Katie Bell a San Mungo y envenenó a Ron Weasley, Draco Malfoy, quien se pasó un año entero ideando cómo matar a Albus. ¿Es posible que el mismo Draco Malfoy se encerrara en el baño a llorar, con el fantasma de una chica muerta más de cincuenta años atrás como único consuelo?
Siente un frío helado recorrerle por las venas. Trata de imaginarse al orgulloso y arrogante joven encerrándose en un baño abandonado para llorar. Trata de imaginárselo encogido sobre sí mismo, abrazando sus rodillas, el rostro surcado por las lágrimas. Trata de imaginar su voz pedante quebrada por los sollozos, su expresión arrogante marcada por el dolor, el miedo, la confusión.
No puede.
A sus ojos, Malfoy siempre será un niño demasiado mimado tratando de calzarse los zapatos de su padre, un muchacho que se cree superior a los demás sólo por portar un apellido ilustre, alguien dispuesto a aplastar a quien fuera para conseguir sus propósitos. Nunca ha visto en él el menor signo de vulnerabilidad, ni ningún destello de emoción humana.
Ahora se pregunta, la culpa retorciéndole por dentro, cuánto no ha visto. Cuántas veces Malfoy pasó frente a sus ojos, cada vez más pálido, más ojeroso, y nunca se le ocurrió preguntarle si se sentía bien. Cuántas veces faltó a clases sin que nadie pareciera percatarse de su ausencia, cuántas veces se marchó del comedor sin probar bocado. Ella siempre se enorgulleció de ser una mujer observadora, que se preocupa por sus alumnos... Y allí estaba Malfoy, un niño en una situación desesperada (porque dieciséis años son demasiado pocos, porque sólo alguien quien no cree tener salida intenta algo así) que necesitaba ayuda, que tal vez la estaba pidiendo a gritos... pero nadie escuchó. Nadie escuchó su silencioso pero urgente pedido de auxilio y el pobre consuelo que le ofreciera una niña-fantasma no podía ser suficiente para hacerle ver que tal vez, tal vez hubiera una salida al laberinto que no desembocara en muerte.
- Pero Draco también se marchó – dijo Myrtle en tono lastimero – Todos siempre se marchan.
No sabe cómo explicarle a la niña – porque sigue siendo una niña, aunque hayan pasado más de cincuenta años – que Malfoy nunca podrá regresar, que ha tomado un camino del que no se vuelve. No sabe si Myrtle podrá entenderlo y si de ser así le servirá de algún consuelo o no. En cambio, le dice:
- Yo no me iré a ninguna parte.
Myrtle la mira un momento, frunciendo el ceño. Luego resopla y pone los ojos en blanco como sólo una treceañera puede hacerlo.
- Sí, claro. Le creo y todo.
-
- ¿Alguna vez la han besado?
Ella se ríe.
- Claro que sí – contesta de inmediato, pensando que es una pregunta ridícula. Luego se arrepiente, porque piensa que algo que para ella y casi para cualquiera es tan natural como respirar para la pobre niña debe ser algo extraño y ajeno.
- A mí no – La chica deja escapar un suspiro, pero la curiosidad vence su melancolía - ¿Y cómo es¿Qué se siente¿Qué gusto tiene¿Se acuerda de su primer beso?
Para algunos, el torrente de preguntas podría resultar gracioso. A Minerva, que recuerda súbitamente cuántas cosas esta niña nunca ha tenido la oportunidad de vivir, cómo su vida le fue arrebatada de las manos casi antes de que comenzara, le resulta deprimente. Sin embargo, trata de satisfacer la curiosidad de la pequeña lo mejor posible.
Cierra los ojos y recuerda...
Una tarde de otoño, el sol filtrándose entre las hojas ocres que caen lentamente a su alrededor... El brillo distante sobre las aguas del lago... Las flores rojas y púrpura del invernadero detrás del cual se ocultan... Él, sonriendo tímidamente; ella ruborizándose... Él tomando una manzana de la cesta que contiene su picnic improvisado y alcanzándosela para que ella pudiera darle un mordisco...
¿Cómo puede describirle a quien nunca lo ha vivido cómo sintió cosquillas en todo el cuerpo, cómo su piel se encendió como si mil fuegos artificiales hubiesen estallado en su interior, cómo su cabeza pareció llenarse de mariposas cuando él se inclinó para rozar sus labios?
- A manzana. Mi primer beso tuvo sabor a manzana.
La respuesta de Myrtle no se hace esperar.
- ¿A manzana? Qué horrible, odio las manzanas.
-
- ¿Sabes? Nunca se lo he dicho a nadie – dice Minerva, una mañana después de haber visto en la primera plana de El Profeta la historia de una familia entera asesinada – pero aún extraño a mis hermanos. De pequeños jugábamos siempre juntos...
- ¿Dónde están ahora? – pregunta Myrtle desde lo alto del tanque de agua, sin demasiado interés.
- Murieron. Hace años ya. Igual que mis padres y claro, mi abuela. Es extraño pero... pero todavía los echo de menos, a veces. ¿Tú extrañas a tu familia?
La chica niega con la cabeza.
- Mis hermanas eran de lo más crueles conmigo. Me decían cuatro ojos y que nunca iba a conseguir novio.
- ¿Y tus padres no las reprendían?
- Mis padres las querían más a ellas. Alrededor mío siempre andaban pasando cosas raras y ellos eran Muggles¿sabe?, por lo que se ponían nerviosos. Además – agrega, su tono volviéndose lastimero – mis hermanas eran mucho más graciosas y bonitas que yo...
- Pero tú eras una bruja y ellas no.
Myrtle se encoge de hombros tristemente.
- Para lo que me sirvió...
-
Minerva no entiende porqué sigue regresando al baño del segundo piso. El carácter de Myrtle es irritable, susceptible de inflamarse a la menor provocación, lo que invariablemente desemboca en un torrente de lágrimas incontrolable que Minerva no puede detener. Sin embargo, sigue volviendo. No puede explicarlo pero halla cierta paz en aquel lugar que ninguno de sus refugios habituales le ofrece ya. Tal vez porque Myrtle, a diferencia de los demás habitantes del castillo, no depende de ella en absoluto. La niña sólo precisa que alguien le muestre un poco de atención, y aquellos días en que el peso del castillo entero parece apoyarse sobre sus hombros Minerva necesita el respiro de hablar con alguien que no espera que tenga soluciones para todo, que sólo busca un poco de compañía.
Un día particularmente duro Minerva le pregunta porqué nunca ha cruzado al otro lado.
- Quiero decir, nunca tuve la impresión de que lo hubieras pasado tan bien en Hogwarts. ¿Por qué elegiste quedarte?
El silencio se extiende entre ellas, punteado por el gotear de una de las canillas.
- Cuando era pequeña – dice Myrtle al cabo de un momento – nadie en nuestro vecindario quería jugar conmigo. Yo era un bicho raro, decían todas. Cuando vino la profesora Merrythought a mi casa para explicarme que tenía una vacante en Hogwarts, me dijo que allí encontraría a un montón de niños como yo. Que ya no sería diferente a todos, que haría amigos enseguida. Me dijo que mi vida iba a ser mucho mejor.
Desde algún lugar distante llegan los ecos del nuevo desastre provocado por Peeves, pero allí están solamente ellas dos y Minerva aguarda en silencio que Myrtle complete su relato.
- Yo le creí. Realmente pensé que Hogwarts iba a ser mucho mejor, pero no lo fue. Entonces¿por qué tendría que creer que sea lo que sea que haya más allá va a ser mejor que esto?
-
A veces Minerva piensa que le gustaría quedarse en Hogwarts después de su muerte. Después de todo, ha pasado su adolescencia y la mayor parte de su vida adulta allí, y la mayoría de sus recuerdos felices viven entre las paredes del viejo castillo. Piensa que sería agradable poder seguir recorriendo los corredores, viendo cómo caminan por ellos las nuevas generaciones, observar a los niños crecer, visitar sus rincones preferidos...
Pero sabe que nunca lo hará. Porque no importa cuánto ame a Hogwarts, no sería posible para ella pasar la eternidad allí. Ver a nuevas generaciones de niños llegar al colegio para partir antes de que ella haya podido aprenderse sus nombres, observar cómo todas las personas que quiso alguna vez mueren una por una, hasta aquellas que eran meras criaturas cuando les conoció, lidiar eternamente con el mismo grupo de fantasmas, soportar a Peeves, ver cómo el mundo cambia a su alrededor sin que ella forme parte de él...
Son muchos los motivos por los cuales no elegiría permanecer como fantasma en Hogwarts. Sin embargo, el más fuerte de todos ellos es una niña de piel gris perla que pasa sus días llorando y lamentándose por lo que nunca tuvo y nunca tendrá. Minerva sabe que ella no podría soportar una eternidad de ver ante sus ojos lo que siempre deseó sin poder tomarlo, sin sueños ni esperanzas que le animen a seguir. No, ella no puede ser como Myrtle y por lo tanto, cuando le llegue su hora partirá y dejará todo aquello que ama atrás... con la esperanza de, tal vez, encontrar algo aún más preciado del otro lado.
-
- ¿Volverá, no es cierto?
Hay ansiedad en su tono de voz y en sus ojos brilla la duda, haciéndole parecer más niña de lo que en realidad es.
Minerva sabe que no debe prometerle nada. Que tiene muchas ocupaciones, que la guerra está cada vez más cruenta, que cada vez tiene menos tiempo para sí misma y que no puede perderlo con tonterías. Minerva sabe, también, que a esta pequeña ya le han roto el corazón demasiadas veces y que no merece seguir recibiendo promesas incumplidas.
Minerva sabe que debería decirle que no...
... pero le dice que sí.
Lo más sorprendente para ambas es que nunca rompe su promesa.
-
- ¿Crees que nuestros seres queridos esperan para recibirnos en el más allá?
Myrtle se muerde el labio con un claro aire de malhumor.
- ¿Y cómo voy a saberlo? Nunca estuve allí.
Minerva se ha olvidado de lo susceptible que es la muchacha con respecto a su muerte. Es extraño: para alguien que tuvo una vida tan triste, Myrtle parece que nunca ha logrado aceptar que la ha perdido.
- ¿No hay nadie a quien te gustaría volver a ver?
Por un momento cree que a Myrtle va darle uno de sus clásicos berrinches y la dejará hablando sola, pero con el correr de las semanas el estado de ánimo de la muchacha se ha vuelto menos irritable y ha aprendido que Minerva no tolera bien las tonterías. En lugar de ello, Myrtle se queda un momento en silencio, pensativa.
- Me gustaría ver a mis tíos. Cuando era chica, mi tío siempre me llevaba al carrusel y mi tía me hacía tarta de melaza, que era mi preferida... A ellos les parecían graciosas las cosas raras que yo podía hacer – Desciende desde el punto cerca del techo donde ha estado flotando y se coloca junto a Minerva – También me gustaría volver a ver a mi perro Toby... Era mi mejor amigo¿sabe? Y tal vez... – Myrtle duda, mira alrededor, apoya el mentón en los puños y descansa sus codos sobre las rodillas – Tal vez me gustaría ver a mis padres, también. Yo sé que querían más a mis hermanas que a mí pero... bueno, no sé. Eran mis padres¿entiende?
Minerva asiente y permanecen las dos en silencio por un momento. Allá afuera, más allá de los muros del castillo, la oscuridad le está ganando la batalla a la luz y los cadáveres se apilan con el correr de los días. Allá afuera la guerra sigue su marcha cruel sin detenerse ante nada ni nadie... pero allí solo están ellas dos, una mujer mayor que ya hace mucho que ha dejado de ser niña y una niña que nunca podrá hacerse mayor.
- ¿Y usted¿A quién le gustaría volver a ver?
Minerva suspira.
- A tantos... Mis padres, mis hermanos... Mi abuela... Muchos de mis amigos que ya no están... Dorcas Meadowes, Julius McKinnon, Ermengarde Crouch... – Su tono se vuelve más quedo – A Albus...
- ¿Tiene muchas ganas de verlos?
Minerva lo piensa un momento.
- Muchísimas. Pero... creo que aún no es el momento. Hay tanto que hacer aquí todavía...
-
Un día llega al baño a la hora habitual y Myrtle no está allí. Le sorprende, pero la muchacha no siempre se queda en el mismo lugar. Pasan los días y no hay señales de ella. Minerva lo deja correr, demasiado ocupada como está por el millar de obligaciones que pesan sobre sus hombros, y de todos modos para ella siempre tuvo más sentido preocuparse por los vivos antes que por los muertos.
Sin embargo, cuando pasan varias semanas y ni siquiera Peeves la ha visto, a Minerva empieza a resultarle extraño. No tiene tiempo para buscarla personalmente y los retratos de su despacho tienen misiones más urgentes que llevar a cabo. Duda mucho que a nadie le importe la desaparición de un fantasma cuando tantos vivos desaparecen todos los días, pero ella le ha tomado cierto cariño a Myrtle en los últimos tiempos y su ausencia le produce inquietud.
Finalmente decide recurrir a Sir Nicholas, que como fantasma de Gryffindor siempre la ha mantenido informada de todo aquello que ella pudiera necesitar saber.
El caballero parece sumamente sorprendido ante sus preguntas.
- Pero, profesora, Myrtle ya no está más aquí.
Ella frunce el ceño.
- ¿Qué quiere decir, Sir Nicholas? Es un fantasma, no puede irse del castillo así como así...
- Un hecho bastante poco conocido – replica Sir Nicholas, en su tono solemne más característico – es que no todos los fantasmas permanecen así para siempre. Algunos logran resolver aquello que los ataba a este plano y se marchan.
La profesora lo mira de hito en hito, sin poder dar crédito a lo que está escuchando.
- ¿Quiere decir que Myrtle... que Myrtle se ha ido?
Sir Nicholas asiente, con cuidado de que no se le caiga la cabeza.
- Myrtle ha cruzado al otro lado.
Y así, sin llantos ni estallidos, sin lágrimas ni despedidas, Myrtle se marchó finalmente de Hogwarts. Nunca fue una chica muy popular ni demasiado querida, hubo pocas lágrimas derramadas por ella el día de su muerte. Sin embargo, dejó atrás al menos una persona en el castillo que la recordaría y también, de tanto en tanto, la echaría de menos.
