Disclaimer: Harry Potter es propiedad de JKR.

Título: Despedida

Vicio: #2 Lluvia

Fandom: Harry Potter

Claim: Minerva McGonagall

Personajes: Minerva McGonagall, Albus Dumbledore

Summary: Es el funeral de Dumbledore y el día es tan perfecto que le dan ganas de empezar a gritar.

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Tendría que haber estado lloviendo.

El cielo tendría que haber sido gris. Un gris plomizo, opaco, a juego con su estado de ánimo. Pero en cambio el cielo estaba teñido de azul, un azul intenso que hacía pensar en interminables tardes de verano, un azul que le recordaba a su niñez en un columpio, hamacándose más y más alto, soñando con alcanzar ese cielo azul, azul.

Los árboles tendrían que haber estado desnudos, sus esqueletos de ramas retorcidos y blanqueados por el sol. Tendrían que haber tenido un centenar de hojas muertas a sus pies, que se quebrarían con un quejido de angustia al ser pisadas. Hasta donde le abarcaba la vista, sin embargo, todo era verde. Un verde brillante de manzana deshaciéndose en su boca. Las copas verdes estaban cargadas de hojas que el viento mecía suavemente con un suspiro de susurros, como si los árboles estuvieran compartiendo un secreto. El suelo a sus pies era una alfombra esmeralda que invitaba al descanso. Pero ella no podía descansar.

Las aguas del lago tendrían que haberse vuelto turbias y cenagosas. En cambio resplandecían, calmas, con un fulgor que le cegaba los ojos.

El viento tendría que haber sido gélido y clavársele en el cuerpo como cuchilladas. Tendría que haber desgarrado su piel, calarla hasta los huesos hasta que no pudiera recordar la sensación del calor en su cuerpo. Una cálida brisa de verano acariciándole el rostro fue lo que recibió en su lugar.

Era un día hermoso de verano. El cielo estaba azul; las aguas del lago, mansas; el paisaje se había teñido de verde; el aire era perfumado y tibio.

Pero Albus Dumbledore había muerto.

El más grande mago de los últimos tiempos, cuyas proezas necesitaban varios rollos de pergamino para ser narradas, había sido asesinado a sangra fría. Uno de los hombres más sabios de su tiempo, siempre dispuesto a servir de guía para aquellos que lo necesitaran, ejecutado a manos de una persona en la que confiaba ciegamente. Había sido un líder natural, un maestro y un amigo para tantos... Pero al final de nada había valido. Sin ninguna posibilidad de defenderse, débil y anciano, la vida le había sido arrebatada de las manos del modo más cruel.

Ese día era su funeral.

Brujas y magos de todos los rincones de Gran Bretaña, y muchos de partes más distantes del globo, habían venido para decirle un último adiós al gran hechicero. Muchos de ellos eran personalidades importantes del mundo mágico, con las cuales había que observar ciertas formas protocolares. Desde el Ministro de Magia hasta los enviados diplomáticos de otras naciones, todos debían ser tratados con el adecuado respeto y decoro. También estaban las familias de los alumnos, que buscaban que alguien los tranquilizara y les convenciera de que Hogwarts aún era un lugar seguro para sus niños. Por último se encontraban los estudiantes, la mayoría de ellos meros niños que no podían comprender la situación y necesitaban guía y contención.

Como flamante encargada del colegio, todos los deberes recaían sobre los hombros de Minerva McGonagall. A ella se volvían todas las miradas y era conciente de que cargaba con la responsabilidad de que todo saliera perfectamente.

En un primer momento estuvo tan ocupada acomodando a los alumnos, recibiendo a los enviados del Ministerio y cuidando cada detalle de la organización que no tuvo tiempo de prestar atención a los preparativos de la ceremonia, ni de pensar demasiado en ella. Finalmente todo estuvo a punto y pudo sentarse, pero estaba lejos de sentirse tranquila. Había tantas cosas que podían salir mal y ella jamás se lo hubiera perdonado si se arruinaba el funeral de Albus. No porque le importara lo que la gente pudiera llegar a decir: era lo último que tenía en la cabeza. Le importaba que el funeral fuera perfecto porque Albus así lo merecía. Un gran hombre como él, quien había hecho tanto bien en el mundo y había cambiado la vida de tantas personas merecía una despedida adecuada y ella quería dársela, el último obsequio que podría ofrecerle a quien le había brindado tanto a lo largo de los años.

Afortunadamente todo estaba saliendo a la perfección. El discurso estaba empezando a resultarle un poco largo (a Albus nunca le habían gustado ese tipo de cosas) pero todo lo demás era perfecto.

Demasiado perfecto.

El paisaje a su alrededor estaba pintado con los colores más vivos de la estación. La primavera había teñido y perfumado los campos que circundaban el castillo y el clima era el más beatífico que habían tenido en todo el año. Era un día perfecto de verano y ella tenía ganas de ponerse a gritar.

El fulgor del sol le quemaba las retinas. La brisa era tan cálida y fragante que se volvía sofocante. El cielo era demasiado azul, tan azul que se había vuelto turquesa; las hojas en los árboles, demasiado verdes, demasiado vivas; el destello en las mansas aguas del lago lastimaba sus ojos. Todo a su alrededor era hermoso, perfecto... y aquella misma belleza le hería en lo más profundo. Porque Albus había muerto, porque quien había sido su mentor, su maestro, su amigo a lo largo de tantos años se había marchado para no regresar. Porque ya nunca más volvería a brindarle su apoyo, nunca más podría Albus Dumbledore ofrecerle caramelos de limón acompañados por buenos consejos. Porque el más grande mago de todos los tiempos, quien era también una de las personas más bondadosas y sabias que ella nunca hubiera conocido, había muerto y no era justo que el mundo siguiera girando mientras su corazón se rompía en mil pedazos.

Tendría que haber estado lloviendo. La lluvia hubiera pintado el cielo del gris plomizo que parecía haber invadido su alma. La lluvia hubiera desdibujado los contornos, difuminado las muecas de dolor en los rostros que la rodeaban, disimulado sus lágrimas. La lluvia hubiera sido benévola, envolviendo su tristeza en una bruma plateada, en vez de revelarla con el fulgor dorado del sol.

Tendría que haber estado lloviendo. Las gotas de lluvia habrían desteñido las hojas de los árboles, el azul de las aguas del lago, el suave césped a sus pies. El agua habría opacado el resplandor que lastimaba sus ojos, habría borroneado todo hasta que los colores del mundo desaparecieran, dejando sólo un gris desvaído y muerto en su lugar. Porque Albus Dumbledore había muerto y no era posible que el mundo siguiera siendo un lugar lleno de luz y colores, de belleza y paz, cuando el más brillante guía que habían tenido había desaparecido para siempre.

Tendría que haber estado lloviendo. El sol brillaba alto en el cielo, sin embargo, envolviéndolo todo en su luz y su calor. El cielo era azul, tan azul que parecía turquesa, las aguas del lago resplandecían, mansas; las hojas verde esmeralda se mecían suavemente en los árboles...

Era un día perfecto de verano. En su corazón, sin embargo, seguía lloviendo.