Disclaimer: Harry Potter es propiedad de JKR

Título: Cambio de hábito

Vicio: #4 Café

Fandom: Harry Potter

Claim: Minerva McGonagall

Personajes: Minerva McGonagall, Alastor Moody… o tal vez no.

Summary: Durante el cuarto libro los profesores McGonagall y Moody tienen una conversación en la cual intercambian sus impresiones sobre hurones saltarines, Neville Longbottom, infusiones varias y el paso del tiempo.

- Creí que vendrías a reprenderme o algo por el estilo.

La profesora McGonagall, que estaba acomodándose en la butaca frente al escritorio de Alastor Moody, levantó la vista, perpleja.

- No. ¿Por qué habría de reprenderte?

Él se encogió de hombros. Le estaba dando la espalda, buscando algo en su baúl, pero ella estaba segura de que su ojo azul estaba fijo en ella.

- Bueno, después de cómo te pusiste cuando transformé a Malfoy en hurón...

La profesora McGonagall puso los ojos en blanco, exasperada. Ésa sí que había sido buena. No porque Malfoy hubiera sufrido ningún daño irreparable (salvando el orgullo, no había sufrido ninguna herida) pero porque había sido un pésimo ejemplo para el resto de los alumnos, además de ir contra una docena de normas del colegio, y sólo Merlín sabía lo que Lucius Malfoy haría si se enteraba.

- También, Alastor¿cómo se te ocurre? – La invadió una súbita sospecha - ¿No has seguido hechizando a los alumnos, verdad?

Él se dio vuelta y ella vio que tenía una pava en la mano y una bandeja con dos tazas de té, con sus correspondientes platitos, y una azucarera, que apoyó sobre el escritorio.

- No – suspiró él, como si lo lamentara profundamente. A veces Minerva se preguntaba seriamente en qué habría estado pensando Albus cuando había dejado a un montón de niños a cargo de alguien como Alastor – Y eso que unos cuantos se lo merecían – continuó, mientras vertía agua en la pava y la ponía a calentar – Te sorprenderías ver qué tan traicioneros pueden llegar a ser. Aunque claro, en el caso de Malfoy, con el padre que tiene...

- Alastor, aquí no juzgamos a la gente por sus parientes.

- Ni por su pasado tampoco – señaló él – o Snape no estaría aquí.

Como Minerva no sentía deseos de enzarzarse en una discusión que ya habían tenido más veces de las que podía contar, decidió cambiar de tema y mencionar el motivo que la había llevado hasta allí.

- No vine a reprenderte ni a discutir contigo, Alastor. Al contrario, vine a decirte que me parece admirable lo que hiciste por Neville Longbottom. Me refiero a que lo invitases a tomar el té – agregó, ante la expresión perpleja que apareció en su desfigurado rostro.

- Ah, sí, el chico Longbottom. Me pareció que necesitaba algo que lo reviviese un poco, lo vi un poco verde.

Considerando los métodos de intimidación – es decir, de enseñanza – de los que hacía gala Alastor, y la propia personalidad endeble del chico, Minerva no podía decir que le sorprendiera.

- No es mal chico – siguió diciendo Alastor en tono pensativo, mientras sacaba la pava, que había empezado a silbar del fuego – Un tanto blandengue. Le falta decisión, eso es, y confianza en sí mismo, pero creo que con algo de estímulo puede mejorar.

Minerva se contuvo para no retorcerse en el asiento, aguijoneada por la culpa. No se podía decir que ella se hubiera esforzado mucho por estimular a Longbottom. Si era sincera consigo mismo, tenía que admitir que a menudo su incompetencia le sacaba de quicio y no podía evitar perder los estribos con él. Alastor, ajeno a su incomodidad, procedió a servir el té en las tazas. Minerva supuso que había puesto la azucarera por costumbre ya que ninguno de los dos le ponía azúcar al té.

- Se animó bastante cuando le conté que Pomona me había hablado de lo bueno que era en Herbología. Creo que aún hay esperanza para él.

Alastor le pasó una taza, ella sopló sobre el líquido y bebió un sorbo. No era muy bueno, pero Alastor se negaría a usar otras hebras que no fueran las que se procurara él mismo.

- Ha sido un gesto maravilloso por tu parte, Alastor. No creo que Longbottom escuche muchos elogios – Se mordió el labio y suspiró, apoyando la taza en el platito – Para serte sincera, yo misma suelo ser muy dura con él. Es que me cuesta tanto ver que no ha heredado el talento de ninguno de sus padres...

Alastor asintió, tomando a su vez unos sorbos de té.

- Es cierto, sus padres tenían talento. Y carácter. Es extraño que no haya heredado ninguna de las dos cosas. ¿Crees que su abuela se los sacó a escobazos? – Los dos habían ido a la escuela con Augusta Longbottom y estaban demasiado familiarizados con su forma de ser, rígida y cáustica. Frank Longbottom había tenido él mismo una personalidad fuerte y había logrado salir bien parado del método de crianza de Augusta, pero era probable que su hijo no lo hubiera manejado tan bien. – No te tortures, Minerva – agregó él, apoyando su taza sobre el escritorio – Tienes que ser un poco dura con ellos, la mayoría están muy verdes.

La profesora McGonagall, que había estado en camino de llevarse la taza a los labios se detuvo y lo miró fijamente.

- Alastor, son niños.

Él se encogió de hombros. Detrás de él, extrañas figuras y sombras se dibujaban en su reflector de enemigos.

- Sí, bueno, pero eso no significa que no necesiten espabilarse un poco. Los magos tenebrosos no van a dejar de atacarlos sólo porque sean chicos, eso lo sabes tan bien como yo, y ¿qué será de ellos si no aprenden a mantener una...?–

- ¿...vigilancia constante? – La profesora McGonagall sonrió y se llevó la taza a los labios. Alastor nunca cambiaría. Había sido exactamente igual cuando iban juntos a la escuela, y probablemente moriría en sus trece. Súbitamente, la invadió la nostalgia – ¿Hubieras creído, cuando te quejabas de las clases de Merrythought, que llegarías a dictar su materia?

Él pareció considerar su pregunta, revolviendo un poco su taza antes de responder.

- Nunca me imaginé como nada que no fuera un Auror, si te soy sincero.

Ella inclinó la cabeza a un lado, el calor de la taza entibiando sus dedos. Sonrió algo tristemente.

- El tiempo pasa para todos, Alastor. No podemos evitar envejecer.

Él hizo una mueca.

- No estoy viejo, Minerva.

- Ah, y entonces¿qué es eso? – dijo ella, señalando su taza de té. Él enarcó una ceja.

- ¿Qué quieres decir?

Ella se encogió de hombros.

- Antes nunca tomabas té, decías que era una bebida relajante y que no podías darte el lujo de relajarte – Minerva sacudió la cabeza – Creo que nunca conocí a nadie que se bajase tantos litros de café por día como tú.

Él tomó la taza de té y la fulminó con la mirada, como si le hubiera hecho una afrenta personal. Luego soltó un suspiro y dejó la taza otra vez sobre el escritorio, con aspecto resignado.

- Tal vez mi hígado sí haya envejecido un poco.

-

Esa noche, después de comprobar que la puerta estuviera cerrada con llave, realizó un hechizo silenciador, corrió las cortinas y recién entonces sacó el pesado manojo de llaves de su bolsillo y se acercó al baúl. En poco tiempo había abierto la cerradura indicada y levantado la tapa para revelar un pozo de pocos metros, en cuyo fondo se encontraba un hombre entrado en años, a quien le faltaban una pierna, un ojo y varios mechones de pelo. Estaba inconsciente y tenía aspecto enfermo, pero él no tenía tiempo que perder por lo que despertó al hombre bruscamente. Cuando todavía estaba parpadeando, desorientado, él le apuntó con la varita a la garganta.

- Ojo-Loco – dijo en voz baja pero no menos amenazadora. El hombre logró enfocar la vista a duras penas en él – Cuando te dije que me contaras todo, hasta el más mínimo detalle, lo decía en serio. Ahora¿qué tal si lo intentamos de nuevo?

Antes de que el hombre pudiera responder – probablemente para mandarlo al infierno como ya había hecho en otras ocasiones – él pronunció en voz baja:

- Crucio.

Nada de la maldición Imperius esta vez. Barty Crouch Jr. no toleraba que nadie le mintiera y no estaba dispuesto a dejar que le engañaran dos veces.