Disclaimer: Harry Potter es propiedad de JKR
Título: Círculo vicioso
Vicio: #29 Salida
Fandom: Harry Potter
Claim: Minerva McGonagall
Personajes: Minerva McGonagall, Severus Snape, James Potter, Draco Malfoy.
Summary: Ciertos errores no podían ser subsanados y a veces el pasado estaba condenado a repetirse a sí mismo.
Albus Dumbledore estaba furioso y con justificado motivo. Una alumna había sido atacada y era muy posible que el culpable fuera alguien dentro del castillo. Instó a los jefes de casa a hacer las averiguaciones necesarias, pero ya habían pasado varios días sin que nadie sacase nada en claro.
Minerva McGonagall compartía su furia. No sólo se sentía horrorizada e indignada ante el ataque a una alumna, sino que además la muchacha en cuestión, Katie, era una gryffindor a la que ella conocía muy bien, por lo que no podía evitar tomárselo como algo personal. Tal vez por eso se decidió a encarar a Severus Snape un día, o tal vez fue el tono casi indiferente al que él había respondido a las increpaciones de Dumbledore y que a ella le había sacado de quicio.
- Es como si no te importara – le dijo sin rodeos – Como no es uno de los tuyos no te preocupa lo que pueda sucederle a la señorita Bell.
- No digas sandeces, Minerva – respondió él con frialdad y se dio vuelta para marcharse pero ella lo sujetó del brazo.
- Entonces¿por qué no te esfuerzas en encontrar al culpable?
Él se zafó de ella y se cruzó de brazos. En su rostro cetrino se dibujó una mueca sardónica.
- Por supuesto. Todo el mundo siempre da por hecho que si algo malo sucede es por culpa de alguien de Slytherin¿no es así?
- Claro que no, Severus – replicó Minerva, aunque una parte de ella no podía evitar creerlo así – Pero todos hemos notado que la actitud de Draco Malfoy no ha sido normal. Oculta algo y tú no te estás esforzando en descubrirlo.
La mueca sardónica se borró de su rostro para ser reemplazada por una máscara glacial.
- Draco es alumno mío, Minerva, y dado que lo conozco mejor está en mí determinar su culpabilidad o inocencia. De todos modos¿qué idea podrías tener tú de lo que a él le está pasando?
Ella puso los brazos en jarras, sus labios formando una tensa línea recta.
- Cualquiera puede ver que algo malo le pasa, Severus.
Él levantó la vista y ella pudo ver un destello de furia en sus ojos oscuros.
- ¿Y desde cuándo te has vuelto tan observadora? Que yo recuerde, nunca notaste que yo ni ninguno de mis compañeros ocultábamos nada cuando en séptimo obtuvimos nuestras Marcas Oscuras. Nunca te preocupaste por preguntarnos si nos pasaba algo, nunca intentaste ayudar a ninguno de nosotros – Su voz se volvió cortante y gélida, apenas enmascarando su ira – Pero, claro, nunca veías nada que no fuera tu precioso Potter¿verdad?
Antes de que ella pudiera responder, se dio media vuelta y se marchó con grandes zancadas, los pliegues de su túnica negra ondeando tras él.
-
Minerva McGonagall no había nacido para ser madre. Ya de pequeña, mientras las otras niñas peinaban y vestían a sus muñecas, ella sabía que aquél no era su destino. No porque no le gustasen los niños, muy al contrario. Sencillamente no tenía en su interior el instinto maternal y nunca deseó tener hijos propios.
Sin embargo, adoraba la enseñanza. Había algo satisfactorio y excitante a la vez en la idea de impartir conocimientos a quienes algún día se convertirían en el futuro del mundo mágico, y en guiarlos cuando sus destinos recién empezaban a tomar forma. Ella ya había perdido la cuenta de los niños que llegaron a su aula para marcharse convertidos en hombres y mujeres, pero la emoción de ver llegar a un nuevo grupo de aprendices de mago a Hogwarts no se había diluido para ella.
Algunos de esos niños, naturalmente, se habían destacado sobre el resto. Ya fuera por su inteligencia, calidez o incluso descaro, en todos los años había un puñado de pequeños que ella recordaría aún cuando se marcharan de Hogwarts. Eran quienes se habían ganado de un modo u otro su aprecio, y Minerva los veía partir con una mezcla de pena ante la despedida y de orgullo por haber sido su maestra. Sin embargo, ninguno de ellos caló tan hondo en el corazón de la profesora como el joven James Potter.
Era un niño bastante mimado, nacido en una rica familia de sangre limpia, hijo de una pareja de magos inteligentes y afectuosos que ya habían perdido las esperanzas de ser padres. Además de una posición económica holgada y una familia cariñosa, James Potter había sido dotado de gran talento e inteligencia, y su chispa e ingenio le hicieron ganarse a toda la escuela. Sus condiscípulos y profesores lo recordarían durante años por sus proezas en el campo de Quidditch, sus bromas espectaculares o su brillante intelecto, que le permitía obtener las mejores notas casi sin esfuerzo. Sin embargo, el primer recuerdo que tenía la profesora McGonagall de James era de una naturaleza muy diferente.
Una noche de la primera semana del curso, la profesora caminaba por un pasillo semi en penumbras cuando escuchó unos sollozos ahogados. Preocupada, siguió el sonido hasta llegar a un armario de escobas, donde encontró a un menudo niño de once años, de enormes anteojos y enmarañado cabello azabache. Al verla el pequeño se apresuró a enjugarse las lágrimas y adoptó una expresión estoica, pero no logró engañarla.
La profesora McGonagall procuraba ser justa y equitativa con todos sus alumnos, pero los de Gryffindor eran su orgullo y su desvelo y era su deber garantizar su bienestar. Sin embargo, sospechaba que interrogar al muchacho sólo conseguiría incomodarlo, mientras que si le ofrecía consuelo corría el riesgo de ofenderlo. En lugar de ello, la profesora pidió al chico que la acompañase a su despacho.
Una fugaz expresión de temor cruzó sus pequeñas facciones, pero el chico pronto recobró la compostura y la siguió hasta su oficina. Sus ojos se pusieron como platos cuando ella hizo aparecer un plato con bizcochitos y sendas tazas de té para ambos. Por experiencia Minerva sabía que había pocas cosas que se interpusieran entre un niño de once años y un plato de comida y ésta vez no fue la excepción. James muy pronto superó su perplejidad inicial para dar buena cuenta del té y los bizcochitos.
Una vez que el muchacho pareció sentirse a gusto, la profesora empezó a preguntarle sobre sus clases y su vida en el castillo. El chico empezó a hablar animadamente con la boca llena, declarando que las clases le parecían interesantísimas y que el castillo era un lugar genial. Sin embargo, pronto su rostro se oscureció.
- Pero no es mi casa¿sabe?
Por supuesto que ella lo sabía. Por más años que hubieran transcurrido, ella aún recordaba lo mucho que había extrañado su hogar en su primer año de colegio. Quizás por ese motivo, o tal vez porque algo en el muchacho la enternecía, Minerva decidió mostrarle uno de sus rincones preferidos, un asiento junto a una ventana oculta por un tapiz, desde la cual se veían el lago y las montañas. James se mostró encantado, declarando que le hacía acordar muchísimo a su casa. Esa noche ella se fue a dormir con la conciencia tranquila, sabiendo que le había hecho las cosas más fáciles a uno de sus protegidos.
James Potter estaba acostumbrado a ser querido y que se lo demostraran, por lo que no tenía reparos en brindar su afecto a cuantos le rodearan. Llevaba el corazón en la mano a la vista de todo el mundo y no tenía problemas en entregarlo, aun a aquellos que a primera vista no parecían ser merecedores de él. James tenía el raro don de ver en la gente cosas que permanecían ocultas para el resto, y así fue cómo se convirtió en el primer gryffindor en dirigirle la palabra a Sirius Black, cuyo linaje y arrogancia lo habían apartado desde un primer momento de sus compañeros de casa. Así fue también como se convirtió en amigo de Remus Lupin, dejando a un lado todo prejuicio, o cómo se autoproclamó defensor del pequeño Peter Pettigrew con quien todos se metían. Su confianza también le permitía acercarse a personas que intimidaban a la mayoría de la gente, tales como Hagrid o incluso ella misma.
James nunca le regaló sus golosinas preferidas, tal como hacían sus favoritos con Slughorn, o se apuntó a algún club dictado por ella como era el caso de los alumnos predilectos de Filius, pero desde aquella primera noche siempre procuró demostrarle su afecto. Quizás lo hacía de un modo un tanto peculiar pero no menos sincero. La profesora se acostumbró a que el muchacho la obsequiara con bichos repugnantes que a él le fascinaban, a que en su cumpleaños siempre estallaran una docena de fuegos artificiales durante el desayuno, a encontrar libros curiosos en el asiento de la ventana detrás del tapiz.
Muchos alumnos se ganaron el respeto y hasta el aprecio de la profesora McGonagall, generalmente por su habilidad en Transformaciones y su buena conducta. James Potter era brillante en su asignatura, mas no era el único, y era el peor alborotador en toda la escuela. Y sin embargo, fue el único de los chicos que llegaron a su aula que se ganó su corazón.
Era fácil querer a James. Era fácil, también, ignorar sus muchos defectos en favor de sus virtudes. La profesora McGonagall, pese a ser una mujer severa y justa, era también humana. Aunque fuera exigente con él, aunque lo reprendiera tanto como a los demás, James no significaba para ella lo mismo que cualquier otro alumno. Y tal vez lo había dejado entrever más de lo que hubiera querido.
Ella sabía que James y sus amigos a veces se pasaban de la raya con sus bromas, pero nunca sospechó hasta qué punto. El joven Severus Snape, de naturaleza desconfiada, jamás acudió a ningún profesor para pedir ayuda. Los slytherins jamás se caracterizaron por su naturaleza leal y era demasiado impopular para que alguien de otra casa se molestase en delatar a los Merodeadores, por lo que los profesores ignoraban en gran medida lo que Snape padecía.
Algunos rumores habían llegado hasta ella, y hasta Lily Evans se había quejado más de una vez, pero nadie había tomado cartas en el asunto. Snape no estaba en el círculo de los predilectos de Horace y no se había hecho apreciar por ninguno de los otros profesores. En cuanto a Minerva, era posible que su cariño por James le impidiera tomar medidas lo suficientemente drásticas. Ahora se preguntaba si no habría de pagar muy caro aquel descuido.
Había juzgado a Snape como un joven amargado y resentido, un muchacho soberbio que no se preocupaba por nadie más que por él mismo. Y probablemente fuera cierto, mas eso no excusaba que ella nunca hubiera intervenido en su ayuda. Tal vez, si lo hubiera hecho...
Tal vez si a Snape le hubieran tendido una mano a tiempo, tal vez si hubiera comprendido que había gente que se preocupaba por él, tal vez no hubiera tomado un camino tan oscuro a tan corta edad. Tal vez si ella no hubiera estado tan absorbida por James y hubiera podido ver que había otro chico que la necesitaba tanto o más que aquel...
Era imposible saberlo. No se podía volver el tiempo atrás: ciertos errores no podían ser subsanados y uno debía aprender a convivir con ellos.
-
Una tarde vio pasar a Draco Malfoy, más pálido y ojeroso que nunca. Ahora que lo observaba con atención, la profesora se dio cuenta de que había perdido mucho peso en los últimos tiempos y que su piel había adquirido un matiz verdoso.
Ella nunca se había acercado al joven Malfoy, quien parecía demasiado ansioso por calzarse los zapatos de su padre para su gusto. Y sin embargo, esta vez ella le salió al paso y lo llamó por su nombre.
Era cierto que no podía cambiar el pasado. Era cierto que en su momento le había fallado a Severus, que no había sido capaz de ayudarle, de ofrecerle una escapatoria al martirio que padecía. Severus, como muchos otros de los jóvenes de su época, había caminado durante largo tiempo al borde del abismo hasta caer en él. Y en su caso, como en muchos otros, podría haberse evitado que tomara una decisión tan terrible si tan sólo alguien le hubiera hecho ver que había otra manera de solucionar las cosas. Nadie lo había hecho, sin embargo, y ella sospechaba que Severus no podría perdonárselo nunca.
Ella no podía volver el tiempo atrás, no podía arreglar las cosas con Severus. Pero podía impedir que el pasado se repitiese.
Con una amabilidad desacostumbrada, ella le preguntó a Malfoy cómo estaba. Le preguntó por su salud, sus clases y finalmente le dijo que si necesitaba cualquier cosa podía contar con ella, que pese a no ser la jefa de su casa seguía siendo su profesora y se preocupaba por su bienestar. El chico, no sin cierta sorpresa, respondió una a una a sus preguntas pero cuando ella pronunció las últimas palabras su gesto se volvió hosco y desconfiado.
- Gracias, profesora, pero me basto solo perfectamente. Buenas tardes.
Al ver cómo el joven le daba la espalda y se alejaba a grandes zancadas, Minerva McGonagall reflexionó con tristeza que, pese a nuestras mejores intenciones, ciertos errores no podían ser subsanados y a veces el pasado estaba condenado a repetirse a sí mismo.
