Disclaimer: Harry Potter es propiedad de JKR
Título: Cenizas
Vicio: #25 A elección de la autora
Fandom: Harry Potter
Claim: Minerva McGonagall
Personajes: Minerva McGonagall, Dumbledore, Slughorn, Hagrid, Sprout, Flitwick, Snape, Trelawney.
Summary: SPOILERS HP7. Después de su muerte, surgen toda clase de rumores sobre el pasado de Dumbledore. Minerva no sabe a quién creer, hasta que encuentra respuestas en el lugar menos esperado.
Música: What If - Kate Winslet
"Vida y Mentiras de Albus Dumbledore"
por Rita Skeeter
Ella nunca le había prestado atención. Conocía demasiado bien a Albus Dumbledore para preocuparse por cualquier rumor o supuesto esqueleto que nadie pudiera desenterrar, y estaba lo suficientemente familiarizada con el estilo de Skeeter como para creer una sola palabra que ella escribiera. Por otra parte, tenía cosas mucho más urgentes en la cabeza que los así llamados "escándalos" del pasado de Albus. Con Snape como director de Hogwarts y dos mortífagos enseñando, por no hablar de la persecución sufrida por los hijos de Muggles, la corrupción del Ministerio y el desmembramiento de la Orden, Minerva tenía suficientes problemas como para preocuparse por la aparición de una biografía fraudulenta sobre quien había sido su mentor.
Mientras los detractores de Albus se ufanaban y sus amigos y admiradores se escandalizaban, Minerva permaneció al margen de la polémica. Los rumores no despertaron su curiosidad así como el libro nunca atrajo su interés.
Hasta ahora.
Se había visto forzada a confiscárselo a una alumna, una hufflepuff de tercero que al parecer no podría fijar su atención en el pizarrón hasta que alguien no le sacara de las manos el libro que encontrara tan fascinante. Minerva había tenido el firme propósito de devolvérselo tan pronto acabara la clase, pero lo olvidó en un cajón y la niña no se atrevió a reclamarlo. En cualquier caso el libro había quedado allí, en su escritorio, hasta que algunos días más tarde lo vio al sacar de su cajón un montón de ensayos que debía corregir.
Lo contempló un momento, preguntándose cómo habría ido a parar allí hasta que se acordó de la niña de Hufflepuff. Lo tomó, con la resolución de devolvérselo en cuanto la viera... pero por algún motivo no lo hizo y ahora el libro se hallaba en su despacho sobre el escritorio, su brillante cubierta resplandeciendo bajo la luz de las velas.
Era una tontería. Ella conocía a Albus. Tal vez no hubiera ido compartido clases con él como Elphias Doge, tal vez no había enseñado a su lado como Horace Slughorn ni había sido una amiga de la familia como Bathilda Bagshot, pero le conocía bien. Albus Dumbledore sido un hombre sabio y culto, un mago poderoso, pero también amable y bondadoso, siempre dispuesto a servir de guía para los más jóvenes y a brindar ayuda a quien la necesitara. Había sido el maestro de Minerva, pero también su mentor, su amigo y confidente, a quien recurría cuando se le acababan las respuestas y se sentía perdida. Ella ya había perdido la cuenta de todas las veces que Albus le había brindado su apoyo y sus consejos y no le habría alcanzado toda una vida para pagar la deuda de gratitud que tenía para con él.
Nada que Rita Skeeter ni nadie pudiera decir podía cambiar los sentimientos de ella por Albus ni mancillar su imagen. Después de todo¿qué podía saber una mujer fría y calculadora como Skeeter sobre la bondad, la sabiduría de Albus¿Qué podía decir sobre el gran mago que pudiera opacar sus méritos ante los ojos de aquellos que lo conocían?
No había nada en aquel libro que pudiera interesarle, nada que pudiera modificar su opinión sobre Albus. Leerlo no tenía ningún sentido.
Y sin embargo, cedió a la tentación y se pasó la noche en vela hasta leer la última hoja del condenado libro, después de lo cual se arrepintió de haber abierto nunca sus tapas.
-
- Son tonterías, lisa y llanamente, Minerva, y no deberías hacer ningún caso de ellas.
La voz chillona de Filius Flitwick se elevó por encima del bullicio creado por los alumnos en los pasillos, que llegaba hasta la sala de profesores. Estaban solos, como de costumbre, porque los Carrow no condescendían a tratarse con los demás maestros, mientras que el resto de sus colegas tenían demasiado miedo de toparse con los mortífagos, por lo que optaban por refugiarse en sus respectivos despachos.
- Yo estuve allí, el día del famoso duelo con Grindelwald y te aseguro que no fue cómo lo describe la señorita Skeeter en absoluto – Filius, sentado sobre una pila de libros, se irguió con orgullo – No era más que un niño, pero todos pudimos ver que Grindelwald peleaba a matar o morir y no se lo hizo fácil a Albus. He visto muchos duelos en mi vida y he conocido a unos cuantos duelistas impresionantes – continuó, omitiendo modestamente decir que él había sido un duelista mundialmente famoso alguna vez – pero nada se asemejó nunca a lo que presencié ese día. La habilidad, la rapidez y el ingenio de Albus a la hora de enfrentarse a Grindelwald es algo que nunca volví a ver. Y eso que Grindelwald era un contrincante formidable¡pero los hechizos que conocía Albus! Ninguno de nosotros había visto nada igual.
Los ojos de Filius volvían de brillar de emoción ante el recuerdo de tan espectacular demostración de habilidad mágica.
- Albus podría haber matado a Grindelwald – añadió, pensativo – Ciertamente la multitud reunida allí ese día quería que así lo hiciera. Pero él no era un asesino a sangra fría. Le sacó la varita, eso sí, pero tuvo piedad y lo dejó vivir – Filius le puso una mano en el hombro, para lo cual se tuvo que estirar al máximo – Venció a Grindelwald en buena ley, Minerva. No dejes que la señorita Skeeter te confunda al respecto.
Minerva asintió con aire ausente, mientras sus ojos recorrían sin ver las composiciones de los alumnos de cuarto frente a ella. Sin duda creía todo lo que Filius le había dicho. Su palabra valía mucho más que cualquier cosa que dijera Skeeter.
Y sin embargo, el nudo que le oprimía el estómago no se suavizó, así como tampoco desaparecieron el enojo y la confusión que dominaban su alma desde que leyera aquel maldito libro.
-
Los últimos rayos del atardecer atravesaban los vidrios del invernadero, brindando una calidez que Minerva no había sentido hacía mucho tiempo. No tenía en realidad ningún asunto que atender allí, pero en aquellos días cualquier excusa era buena para salir del lóbrego ambiente del castillo. Hogwarts, que siempre había sido su hogar, su refugio, ahora se le antojaba una cárcel, cuyas frías paredes de piedra parecían cernirse sobre ella para asfixiarla.
- Yo no creo que el profesor Dumbledore fuera capaz de una cosa así – dictaminó Pomona con decisión, mientras cortaba unas raíces de bubotubérculo con más energía de la necesaria – Siempre fue un hombre de gran corazón, que se preocupaba por los más indefensos. ¿Cómo puede nadie creer que fue capaz de encerrar a su propia hermana y mucho menos provocarle la muerte? Es una locura, eso es. Nadie en su sano juicio creería al profesor Dumbledore capaz de tamaña crueldad. No me importa lo que digan, no puedo creer que sea cierto.
¿Cómo puedes estar tan segura?, pensó pero no se atrevió a decir en voz alta. Sus dudas, sin embargo, debieron reflejarse en su rostro porque Pomona dejó de picar las raíces para mirarla fijamente.
- Minerva, sabes perfectamente que era incapaz de una cosa así. Tú lo conocías mejor que yo, y definitivamente mejor que esa Skeeter.
Minerva evitó la mirada de Pomona, dejando en cambio que su vista se perdiera en el paisaje más allá del invernadero. El otoño estaba terminando ya y los árboles se hallaban desnudos, las hojas muertas a sus pies. Pronto llegaría el invierno y los vestiría de blanco, devolviéndoles la belleza perdida, pero de momento constituían una visión desoladora.
- Sí, tienes razón – dijo al cabo de un momento y pudo escuchar a Pomona soltar un tenue suspiro de alivio – Yo lo conocía.
Pero en su fuero interno ya no estaba tan segura.
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- Patrañas, no son más que patrañas.
El pobre Fang tuvo que sacudir su modorra para apartarse de un salto del camino de Hagrid, que estaba arrojando pesadas bolsas de semillas a un costado de la cabaña con poca parsimonia.
- Dumbledore era un gran hombre, un buen hombre. Todo eso de que se interesó por Harry sólo para usarlo como arma contra Quien-Usted-Sabe no son más que patrañas que esa vaca de Skeeter – disculpe el vocabulario, profesora – inventa porque no tiene nada mejor que hacer. Tanto usted como ya sabemos que Dumbledore quería a Harry como a un hijo.
Era cierto que Albus siempre había demostrado tener un interés especial en Harry Potter, que iba más allá de su pasado famoso o de que fuera el hijo de dos alumnos tan queridos por él como lo habían sido Lily Evans y James Potter. A muchos les había parecido extraño tal interés, y hasta habían calificado de siniestra la estrecha relación entre el director y el muchacho mucho antes de que Rita Skeeter soñara con escribir su biografía.
Minerva debía admitir que a ojos de personas extrañas la preocupación constante que mostraba Albus por Harry podía parecer un tanto peculiar. Albus era conocido por preocuparse por cada uno de sus alumnos, pero por ninguno mostró el interés que depositó en Potter desde el primer día. Albus se había tomado la seguridad del muchacho – y tal vez también su felicidad y bienestar – como una responsabilidad personal, al punto que su preocupación y cariño muchas veces le habían nublado el juicio. Minerva podía comprender cómo había personas que podían considerarlo anormal e incluso tétrico.
Pero Minerva también se había encariñado con algún alumno hasta sentirlo más como un hijo que un estudiante y sabía que no había habido nada oscuro ni retorcido en lo que Albus sentía por Harry Potter. Era amor, sencillamente, el amor que un padre sentía por un hijo o un abuelo por su nieto, el amor que uno podía sentir por aquellos niños que ansiaba proteger de la crueldad del mundo. Nada más inocente, nada más terrible.
Hagrid súbitamente pareció acordarse de que tenía una invitada, porque fue corriendo a buscar las cosas para el té y un plato con una torta que Minerva ya sabía que no probaría.
- No se puede creer nada de lo que diga esa mujer – afirmó Hagrid mientras le servía té, volcando la mitad del contenido – Usted misma me lo dijo¿recuerda?, cuando publicó todas esas cosas horribles sobre mi madre y sobre mí.
Minerva lo recordaba. En aquel entonces había sido fácil desechar los argumentos de Skeeter como las maquinaciones de una mujer manipuladota que sólo quería ganar fama y dinero, sin importar a costa de quién fuese. Skeeter podía escribir largo y tendido sobre la violencia inherente de Hagrid y su naturaleza peligrosa, pero Minerva conocía demasiado bien al hombre para dejar que sus mentiras contaminaran la imagen que tenía de él.
¿Por qué, entonces, no sentía lo mismo ahora¿Por qué no podía olvidarse de las palabras de Skeeter aun cuando sabía (sabía, creía, quería creer) que no eran ciertas?
-
- Esa pobre niña había nacido bajo una mala estrella, Minerva. Estaba destinada a sufrir una muerte trágica.
Sybill soltó un suspiro melodramático, acomodándose sus numerosos chales y pulseras mientras hablaba. Frente a ella había un mazo de cartas del Tarot desparramadas sobre la mesa, las cuales contemplaba con gran atención.
En otras épocas Minerva McGonagall hubiera evitado por todos los medios aventurarse en los dominios de la vidente, más aún cuando ésta se hallaba en plena sesión espiritista. Pero los tiempos habían cambiado, así como también habían cambiado Hogwarts y ella misma. El castillo, donde alguna vez se sintiera segura, le parecía ahora una prisión donde cada rincón ocultaba una trampa. Tal vez por eso Minerva había empezado a evitar sus antiguos refugios y lugares favoritos, tal vez por eso visitaba a Sybill tan a menudo. O tal vez sólo necesitaba alguien con quien hablar, y desde la muerte de Dumbledore el brillo febril había desaparecido de los ojos de la profesora Trelawney, así como el olor a jerez había abandonado definitivamente su aliento, mejorando considerablemente su conversación.
- ¿Qué quieres decir con eso, Sybill?
- Bueno, no voy a aburrirte con los significados ocultos del nombre "Ariana" ni con la disposición de los astros el día de su nacimiento – respondió, y Minerva se preguntó cómo rayos podía saber la fecha de nacimiento de la hermana menor de Albus cuando ella misma nunca había escuchado de su existencia hasta el momento. Luego recordó la biografía y supuso que no debía ser la única que la había leído.
- Kendra Dumbledore era conocida de mi tatarabuela – prosiguió Sybill – la gran vidente Cassandra Trelawney, aunque por lo que me contó ella después, la madre de Albus no tenía mucha fe en las artes adivinatorias. Era una gran mujer, pero bastante obtusa.
En otras circunstancias se lo hubiera tomado como un insulto personal, pero la otra mujer parecía tan perdida en sus propias contemplaciones que probablemente se hubiera olvidado que Minerva se hallaba allí.
- Sin embargo, cuando inmediatamente después de que Cassandra predijera que una terrible desgracia se cerniría sobre su familia Percival Dumbledore fue encarcelado, no tuvo más remedio que empezar a creer. Y entonces, sucedió algo terrible.
Minerva esperó un momento a que Sybill continuase, pero la mujer siempre había disfrutado de las pausas melodramáticas. Más de una vez se había preguntado porqué se habría obstinado en la enseñanza, cuando sus dotes histriónicas le hubieran asegurado el éxito en las tablas.
- ¿Qué, Sybill¿Qué fue lo que sucedió? – preguntó finalmente cuando se le agotó la paciencia. Sybill volvió sus ojos al techo, soltando el suspiro más melodramático que le escuchara hasta el momento.
- Una noche, la pobre Ariana Dumbledore salió sola de su casa. Y tuvo la visión más terrible que puede tener una persona.
Esta vez, Minerva no se molestó en preguntar sino que dejó que Sybill respondiera sola.
- La pobre criatura vio nada menos que un Grim – Llegado este punto, Sybill sacó un pañuelo de encaje y se secó los ojos – La pobre niña estaba maldita. Su madre no quiso creerlo al principio, pero luego no pudo menos que aceptar que la desgracia perseguía a la niña.
- Pensé que el Grim era un augurio de la propia muerte – interrumpió Minerva - ¿Cómo es que Ariana no murió al instante?
- Porque su madre se ocupó de que así fuera – explicó Sybill – Por eso todo el misterio alrededor de su reclusión. Kendra Dumbledore trató de prolongar la vida de su hija tanto como pudo por medio de cuanto hechizo y medida de seguridad pudo idear pero claro, después de su propia muerte todas las protecciones se desvanecieron y por eso la pobre niña murió tan poco tiempo después.
Sybill volvió a enjugarse los ojos. Minerva la observaba con expresión escéptica.
- ¿Quieres decir que Albus, uno de los hechiceros más poderosos de la época, no pudo mantener en pie los hechizos protectores de su madre?
Sybill encogió sus frágiles hombros.
- Si no creía en la maldición – y debes admitir, Minerva, que a Albus nunca parecieron interesarle las artes adivinatorias – entonces toda medida de protección sería vana. Tal vez por eso lo culpaba Aberforth de la muerte de la pequeña – Sybill suspiró – En cualquier caso, no fue culpa de Albus. La niña no hubiera vivido mucho más y su existencia habría sido siempre desgraciada. No sólo los astros, sino también las cartas lo dicen.
Y señaló con un gesto el mazo de Tarot desparramado sobre la mesa. Minerva en otros tiempos se hubiera reído de ella, pero ahora no estaba tan segura. Por supuesto que sabía que lo del Grim no era más que una superstición, pero era muy posible que Kendra Dumbledore no lo hubiera visto así. Minerva hallaba tranquilizador creer que la mujer podía haber retenido a su hija en la casa para protegerla, aún si los motivos habían sido equívocos, antes que pensar que lo había hecho por vergüenza y crueldad.
Era posible, muy posible que Sybill tuviera razón y que Albus no pudiera ser culpado de la vida desgraciada que había llevado su hermana pequeña ni de su temprana muerte.
Por algún motivo que ella no hubiera podido precisar, sin embargo, este pensamiento no la reconfortó tanto como ella hubiera deseado.
-
- Nadie podía hacer las cosas que Albus hacía. Nunca hubo un alumno, ni antes ni después, que fuera tan brillante y genial como él, que consiguiera resultados tan sorprendentes o que aprendiera tan rápido. Yo era unos años más joven que él, pero recuerdo bien que toda la escuela hablaba de sus logros. Aventajaba con facilidad a los alumnos de cursos superiores y todos los profesores le elogiaban. Era realmente asombroso ver lo que podía hacer cuando era sólo un muchacho. No volví a ver nunca nada parecido.
Los dos se hallaban en el despacho de él, cuya puerta estaba bien cerrada con llave y tenía un hechizo insonorizador para que nadie pudiera escuchar su conversación, pero aún así Horace Slughorn no dejaba de mirar por sobre el hombro cada vez que hablaba. Minerva no podía culparlo. La paranoia y el miedo habían pasado a ser la norma y no la excepción para los habitantes del castillo, y pronunciar el nombre de Dumbledore se había vuelto muy peligroso bajo el nuevo régimen.
- Rita Skeeter puede decir lo que quiera – prosiguió Horace en un susurro tan bajo que ella se tuvo que inclinar sobre la mesa para escucharlo – pero Albus no robó el trabajo de nadie. Todo lo que hizo, todo lo que logró fue fruto de su propio ingenio. Despertó la envidia de muchos, claro, pero siempre es así en estos casos.
Horace suspiró con pesar. Al observarlo con atención Minerva se sorprendió al darse cuenta que la chaqueta de terciopelo ya no le iba apretada. Había adelgazado muchísimo desde el año anterior, y ahora sus ojos tenían unas ojeras azules que no habían estado allí antes. Su cabello escaso había disminuido aún más, su bigote había perdido su aspecto impecable. La atrocidad de la guerra estaba haciendo mella en todos ellos y, contra lo que ella hubiera esperado, el nuevo régimen de terror que se había instalado en la escuela no había sido benévolo con el anciano.
- En fin – dijo él, sacudiendo la cabeza – Si los buscas, encontrarás a muchos que afirmarán que Albus plagió sus ensayos, que se apropió de sus investigaciones. Pero yo siempre supe reconocer el talento cuando lo veía, Minerva, y créeme que no había nadie, ni entonces ni después, que pudiera llegarle a la suela de los zapatos.
Minerva asintió despacio. Horace empezó a revolver entre sus cosas y ella le vio sacar una pequeña caja de ananá confitado. Como ese día tantos años atrás cuando él le había ofrecido formar parte de su club, él le alcanzó la caja para que tomara un trozo. Más por amabilidad que por otra cosa ella tomó un pedazo y se lo llevó a la boca. El dulce le sabió extrañamente amargo en la boca.
- Nunca dudé del talento de Albus – dijo, una vez que hubo tragado el ananá – ni creí que los méritos que obtuvo en Hogwarts o después fueran inmerecidos.
Y era cierto. De todas las cosas horripilantes que decía el libro de Skeeter, ésa era posiblemente la única que nunca le había perturbado.
- Oh – respondió Horace, sorprendido, mientras se limpiaba la boca con una servilleta – Entonces¿qué es lo que te preocupaba?
Minerva lo miró fijamente, y él debió haber vislumbrado la respuesta en sus ojos porque se encogió en el asiento.
- Grindelwald.
Ante la mención del nombre Horace se echó hacia atrás con los ojos muy abiertos, como si ella hubiera pronunciado el nombre del Señor de las Tinieblas.
- Minerva¿por qué quieres hablar de eso? – Su tono era casi una súplica – Fue hace mucho tiempo, él era muy joven... no tiene sentido desenterrar ciertas cosas...
Pero la mirada de Minerva era implacable y él supo que la batalla estaba perdida.
- Mira, yo sé que esa carta, sacada fuera de contexto...
- ¿Fuera de contexto? Horace, la carta es muy clara. Dice lisa y llanamente que los magos deben dominar a los Muggles, y que de ser necesario hay que usar la fuerza contra todo aquel que se oponga. ¿De qué contexto me estás hablando?
Horace volvió a suspirar, de un modo tan melodramático que le hizo recordar a Sybill Trelawney, y negó con la cabeza.
- Eres demasiado joven para entenderlo.
La acusación sonaba tan ridícula que estuvo tentada de reírse pero se sentía demasiado indignada. Además, necesitaba respuestas, respuestas que tal vez sólo él podía darle.
- No me trates como si fuera una niña, Horace, y trata de explicármelo.
Incómodo, él se revolvió en el asiento como un niño que no se sabe la lección y teme la reacción del maestro. Minerva lo siguió mirando fijamente a través de sus anteojos. Horace se mordió el labio, se acomodó los puños de su chaqueta, retorció su bigote con los dedos. La expresión de Minerva se mantuvo imperturbable. Finalmente Horace pareció darse cuenta de que no tendría más remedio que hablar de un tema que claramente le desagradaba. Se acomodó en el asiento, se inclinó hacia delante y comenzó a hablar en susurros.
- En esa época, las cosas eran diferentes. Durante todo el siglo los Muggles en Europa se habían trabado en una guerra tras otra, ocasionando muertes y destrozos que alcanzaron hasta a la comunidad mágica. Eran muchos en aquellos días los que creían que los Muggles simplemente no podían gobernarse a sí mismos.
- Estoy familiarizada con esos argumentos – le interrumpió ella, que recordaba demasiado bien los discursos que su abuela solía pronunciar respecto a la superioridad de los magos sobre los Muggles, sobre todo de los magos de sangre limpia.
- Entonces deberías saber que la mayoría de la gente en aquella época no era partidaria de dominar a los Muggles, sino de exterminarlos a todos.
Minerva dio un respingo en el asiento con los ojos abiertos de par en par. La expresión de Horace, en cambio, era pétrea.
- ¿Me estás hablando en serio?
Horace asintió. Minerva no lo veía tan sombrío desde el funeral de Dumbledore.
- Oh, sí. La comunidad mágica consideraba que los Muggles se estaban volviendo peligrosos no sólo para ellos mismos sino también para los magos, y que la solución más sencilla sería deshacerse de ellos.
Minerva se quedó con la boca abierta. Sabía muy bien que en otras épocas los Muggles habían sido tratados con mayor crueldad y desprecio, que la segregación de los magos de sangre mestiza o hijos de Muggles era moneda corriente. Pero nunca hubiera creído que nadie, a excepción de los seguidores de Grindelwald o el Señor Oscuro, creyera seriamente que la mejor opción era el asesinato en masa.
- Matarlos a todos, sin embargo, resultó ser una solución impráctica dado la diferencia en número, por no decir que era terriblemente despiadada y cruel, por supuesto – se apresuró a agregar Horace ante su expresión horrorizada – Lo que estoy tratando de explicarte, Minerva – continuó – es que la postura de Albus, por más terrible que parezca ahora, para su época era bastante moderada.
Ella lo miró con incredulidad.
- ¿Moderada?
- No niego que se haya equivocado – añadió Horace antes de que ella pudiera continuar – Pero estoy seguro de que él creía que era lo mejor. Siempre había sido un joven idealista, siempre hablaba de que su mayor deseo era que las comunidades mágica y Muggle convivieran en paz por fin.
La mirada de Horace se perdió en algún lugar más allá de ella, y Minerva tuvo la impresión de que él se había olvidado por completo de que se encontraba allí.
- Erró los métodos, eso es todo. Pero vivió lo suficiente para enmendar su error. ¿No debería eso ser suficiente para ti, Minerva¿No alcanza todo el bien que hizo a lo largo de su vida para compensar los errores de su juventud?
Horace tenía razón, por supuesto. No se podía juzgar a un hombre basándose solamente en la ideología que hubiera tenido de joven, y Albus jamás había intentado llevar sus ideas originales a la práctica.
Eso no evitó, sin embargo, que esa noche Minerva volviera a tener las pesadillas que le habían quitado el sueño desde hacía semanas. Pesadillas en las que veía campos interminables en Alemania y Europa del Este cubiertos por los cadáveres de las víctimas de Grindelwald; los rostros de sus propios hermanos, sonrientes, antes de partir para luchar en la guerra del Continente, sin saber que nunca regresarían a casa; la fortaleza oscura donde tantos horrores inenarrables habían tomado lugar; la expresión risueña de un muchacho de cabellos dorados del brazo de un joven pelirrojo con ojos chispeantes...
-
Debería haberse olvidado del asunto. Nadie más le había dado importancia; nadie que conociera bien a Dumbledore, al menos. Todos sabían que las palabras de Skeeter no eran más que mentiras.
Pero¿realmente lo sabían? Después de todo¿cuánto conocía ninguno de ellos a Dumbledore? Ella misma nunca había sabido que él había perdido a su hermana pequeña; lo cual resultaba extraño dado que Albus sí sabía que ella había perdido a sus hermanos mayores. Y los demás tampoco lo conocían tan bien como habían creído: ninguno de ellos, ni siquiera Elphias Doge, sabía de la amistad entre Dumbledore y el joven Grindelwald.
Si era sincera consigo misma, era ese dato por sobre todos los demás el que le perturbaba. Por más dudas que pudiera sentir, en el fondo sabía que Albus jamás podría haber demostrado tal crueldad con su hermana, quien no era más que una niña; sabía que sus triunfos habían sido bien merecidos; incluso sabía, muy en el fondo, que sin importar lo que pudiera haber pensado de joven, Dumbledore jamás habría llevado adelante sus planes de dominar a los Muggles.
Pero la foto, la maldita foto, no podía descartar esa foto aun cuando hubiera desechado todos los otros argumentos de Skeeter. Podía hacer a un lado todo lo demás, podía olvidarse de todo lo otro, pero no podía borrar esa imagen de sus retinas. Imagen que no cesaba de aparecer en sus pesadillas, mezclada con los campos cubiertos de cadáveres bajo el sol. Imagen que perturbaba también sus horas de vigilia, en las cuales cuando no volvía a tomar el libro para leer el texto que la acompañaba cavilaba incesantemente sobre ella.
Lo peor de todo era que esa foto, esa única foto, estaba contaminando la visión que ella siempre había tenido de Albus Dumbledore. Poco a poco, como un veneno corrosivo y letal, iba mancillando cada recuerdo que tenía ella del gran mago, oscureciendo su imagen, llenando sus palabras de significados ocultos y terribles. Ella no quería sentirse así, ella no quería sentir tanta furia-confusión-dolor-resentimiento hacia el recuerdo de un hombre que había significado tanto para ella. No podía evitarlo, sin embargo, y sus emociones encontradas la iban consumiendo lentamente.
Una noche, estando ella encerrada en su despacho, una pila de ensayos de alumnos de quinto enfrente suyo, la pluma en la mano y la mente a millas de distancia, alguien golpeó a la puerta. Con voz ausente ella le indicó que entrara y la figura oscura de Severus Snape se deslizó por la puerta.
Describir su relación con Snape habría sido complicado. Nunca se habían llevado bien. Sus puntos de vista y sus idiosincrasias eran demasiado diferentes, demasiado opuestas, pero con el correr de los años habían aprendido a trabajar juntos y un lazo de respeto mutuo se había formado entre ellos.
Ahora ella sólo podía odiarlo.
Sin embargo, por el bien de Hogwarts y sus alumnos, cuyos destinos se hallaban ahora en manos de Snape, ella reprimía sus impulsos y conservaba la cabeza fría. Aprovechaba cada oportunidad que se le presentaba de socavar su autoridad, pero siempre de un modo tan sutil y artero que él nunca podía descubrirla. Por otra parte Snape, quien se había hecho con el poder absoluto en Hogwarts y había implantado un régimen de terror, se cuidaba mucho de enfrentarse a McGonagall. Él sabía que no contaba con el apoyo de la mayoría de los profesores por lo que debía ser cuidadoso, pero en el caso de Minerva su cautela parecía rayar el temor. Saber esto debería haberle proporcionado un poco de satisfacción, pero el desprecio que ella sentía por Snape sofocaba cualquier otra emoción que pudiera inspirarle.
Esta vez también Snape mostró su cautela habitual. No se alejó de la puerta ni bajó la guardia, como si esperase que ella fuera a maldecirlo en cualquier momento, y medía con mucho cuidado sus palabras. Al parecer, Neville Longbottom había desafiado a uno de los Carrow otra vez. Snape le dijo, en un tono que era difícil saber si se trataba de una orden o una petición, que buscara la forma de detener a Longbottom. Ella alzó sus cejas.
- Pensé que los Carrow se ocupaban ahora de la disciplina, no los jefes de las casas.
Snape apretó los labios.
- Si el chico sigue así, Minerva, no quedará nada del muchacho.
- ¿Y eso te importa porque...?
Él alzó la cabeza.
- El Señor Oscuro no quiere que se derrame sangre limpia innecesariamente.
Ella dejó la pluma sobre el escritorio y entrelazó las manos, asintiendo.
- Por supuesto que no, Severus.
Pero él ya no la miraba a ella; sus ojos estaban fijos en un libro de páginas satinadas abierto sobre el escritorio. Frunciendo el ceño dio un par de pasos adelante y antes de que ella pudiera detenerlo, lo tomó y leyó la cubierta.
- Tú eras la última persona que hubiera esperado que leyera esto.
Ella no respondió. No tenía porqué darle explicaciones a nadie, mucho menos a Severus Snape. De todos modos, él no le estaba prestando atención. Estaba concentrado leyendo el texto que acompañaba la fotografía que tanto dolor le causara a Minerva.
Sus ojos negros bajaron por la página y se detuvieron al final. El silencio se prolongó unos momentos, perturbado únicamente por el crepitar del fuego y el viento silbando fuera.
- Por lo menos Skeeter acertó en algo.
Antes de darse cuenta de lo que estaba haciendo, Minerva saltó de la silla como tocada por un rayo.
- ¿Tú lo sabías¿Sabías que Dumbledore había sido amigo de Grindelwald?
Snape dio un respingo ante su estallido. Luego, evidentemente avergonzado por haber mostrado debilidad, recuperó su máscara de frío desdén.
- Sí, Minerva, lo sabía. Hubiera creído que tú también¿no eran tú y Dumbledore muy cercanos?
Había puesto el dedo en la llaga, había clavado la daga precisamente en el punto que más le escocía. Pero Minerva McGonagall no había perdido su sangre fría y ella también adoptó un tono desdeñoso.
- Yo no cuento con el Señor Oscuro para que me cuente historias, Severus.
Sabía que estaba caminando sobre hielo muy delgado. Hablar de El-Que-No-Debía-Ser-Nombrado era peligroso, pero hacerlo en esos términos y delante de un mortífago declarado era suicida. Y sin embargo, no le importaba. La ira le quemaba por dentro, todo el resentimiento, todo el dolor acumulados en su corazón pugnaban por salir a la superficie como veneno cayendo de su boca.
Snape perdió su expresión altanera, pero no fue indignación lo que abrió sus ojos al doble, sino sorpresa.
- No fue el Señor Oscuro quien me lo contó, sino Dumbledore.
Algo frío se metió en su cuerpo al escuchar estas palabras. Sus manos se aferraron al borde del escritorio, como si quisiera asegurarse de que seguía allí, pero sus ojos estaban fijos en Snape, tan ardientes y furiosos que quemaban.
- ¿Dumbledore te contó...? No se lo dijo a nadie, no se lo contó a ninguno de sus amigos¿y me estás diciendo que te lo contó a ti?
Su voz era un susurro letal, cada palabra impregnada de resentimiento, confusión y dolor. No le importaba que Snape fuera el director de Hogwarts (no lo era, no realmente, no merecía el puesto), no le importaba que fuera la mano derecha del Señor de las Tinieblas, no le importaba lo que le pudiera suceder. Todas las emociones que mantenía siempre cuidadosamente ocultas en el fondo de su alma le quemaban por dentro, sofocando todo lo demás.
- ¿A ti, que lo traicionaste, a ti, que te burlaste de su confianza, a ti sí te pudo contar lo de Grindelwald, pero al resto de nosotros...?
Calló de golpe, no porque hubiera recobrado el sentido sino porque el temblor en su voz le impidió continuar.
Un recuerdo la golpeó entonces en el pecho con la fuerza de un tren en marcha. Ella había sido muy joven, casi una niña, cuando los rumores de la guerra en Europa y de los horrores perpetrados por Grindelwald llegaron a Gran Bretaña. El peligro estaba lejos y la mayoría de los magos británicos se desatendieron del asunto, mas no aquellos que tenían familiares allí o que, como los McGonagall, habían sido criados con un arraigado sentido de la justicia. Sus hermanos mayores no habían podido quedarse cruzados de brazos mientras las tierras del Continente se teñían con la sangre de los inocentes. Habían partido los dos para luchar por sus creencias, y toda la familia los había despedido: su padre, sombrío pero orgulloso, su madre, valiente y sin derramar una lágrima y la pequeña Minerva, quien sonreía porque estaba convencida de que sus hermanos pronto regresarían.
Nunca lo hicieron.
Y otro recuerdo la golpeó a continuación con la misma fuerza: en este mismo despacho, poco antes de graduarse de Hogwarts. Ella había ido a agradecerle al profesor Dumbledore por haber detenido el monstruo que tantas víctimas inocentes se había cobrado, y de algún modo terminó hablándole de sus hermanos, de cómo ellos también habían querido detener a Grindelwald y habían muerto por ello. Nunca se lo había contado a nadie antes, pero el profesor Dumbledore se mostraba comprensivo y ella supo instintivamente que él también había sufrido una gran pérdida.
Pero nunca la compartió con ella, como nunca compartió con ella su historia con Grindelwald. Ella había confiado en Dumbledore como en nadie más y había creído que el sentimiento era recíproco.
Mas se había equivocado y saberlo dolía como una daga clavándose en su pecho.
Snape había dado un paso atrás, algo asustado ante el aspecto iracundo de McGonagall. Ella supuso que una vez que se recuperase de la impresión sucedería una de dos cosas. O se enfurecería y la castigaría, tal vez con Azkaban, tal vez con la muerte (y por un momento, poco le importó); o aprovecharía para burlarse de ella, refregándole por la cara que Albus Dumbledore no había sido el hombre que ella había admirado tanto.
Para su sorpresa, en los ojos de Snape ella no leyó ni furia ni burla, sino algo que parecía ser comprensión.
- No me lo contó porque confiase más en mí, Minerva – Su voz era suave, sin la nota amenazadora o desdeñosa que solía acompañarla – Lo hizo para enseñarme... para demostrarme que él también había tomado malas decisiones en el pasado y aun así había logrado reivindicarse, para probarme que yo también podría cambiar. Tú sabes cómo era él.
A su pesar, las palabras de Snape tranquilizaron su ánimo agitado... pero¿qué había de la foto? La foto en la que Albus aparecía junto a Grindelwald, abrazado a aquel monstruo como si fuera un hermano, sonriente al lado de quien asesinaría a tantos inocentes...
Los ojos de Snape horadaron los suyos.
- Dumbledore cometió un error al confiar en Grindelwald. Se engañó a sí mismo, diciéndose que el muchacho no era tan terrible como se decía, que sus impulsos no eran tan oscuros, que sus intenciones en el fondo eran buenas.
Snape de pronto parecía muy cansado, pero su mirada, clavada en la suya, era intensa.
– Dumbledore confiaba mucho, tal vez demasiado, en la gente. Con Grindelwald simplemente se equivocó.
- ¿Como se equivocó contigo?
Una sombra cruzó el semblante de Snape y por un instante ella hubiera podido jurar que una expresión herida había cruzado sus facciones. Sin embargo, al momento siguiente una máscara de fría indiferencia ocultaba cualquier expresión de su rostro.
- Exactamente, Minerva. Dumbledore confiaba demasiado.
Esa noche, mientras Minerva McGonagall estaba inclinada sobre su escritorio, corrigiendo diligentemente los ensayos de los alumnos de quinto año, en la chimenea ardía un libro cuyas páginas satinadas se convertían en cenizas. Una foto fue lo último en arder, una foto donde dos muchachos eternamente jóvenes sonreían, unidos por su intelecto, por sus ideales, por un verano durante el cual todo pareció posible. Las llamas comenzaron a consumir la fotografía, hasta que los ojos chispeantes del joven pelirrojo y el rostro alegre del muchacho de cabellera como el sol desaparecieron de la faz de la Tierra por siempre, dejando sólo un puñado de cenizas tras de sí.
