Título: Talento

Vicio: #9 Piano

Fandom: Harry Potter

Claim: Minerva McGonagall

Personaje: Minerva McGonagall, Augusta Longbottom

Summary: El valor y el talento de Neville jamás serían reconocidos por aquella mujer que había perdido lo que más amaba en el mundo y que nunca había aprendido a apreciar lo que la vida le había regalado a cambio.

Música: Castle Down – Emilie Autumn


Las notas se sostenían en el aire un momento antes de caer lentamente y astillarse en el silencio. No se sucedían unas a otras en una melodía, eran notas y acordes desordenados, carentes de armonía o de sentido y no parecían formar música de ninguna clase. Minerva observó los dedos nudosos y artríticos deslizarse sobre las teclas de marfil amarillento, presionando algunas aparentemente al azar, dejándolas sonar un momento para luego caer en el silencio. Poco a poco las notas empezaron a sucederse más armoniosamente hasta que ella casi pudo reconocer una melodía. Entonces los dedos se detuvieron, flotando sobre las teclas sin tocarlas, y luego cerraron la tapa del piano con firmeza.

La anciana sentada en el taburete contempló el instrumento un momento, pensativa. Sus ropas eran oscuras, anticuadas y tiesas y Minerva pensó que no era una mala manera de describir a quien las llevaba.

- Es un instrumento magnífico – dijo la anciana, casi para sí – Ya no los construyen así pero claro, con los tiempos que corren¿qué más podía esperarse? – Sacudió la cabeza con digna resignación. Minerva chasqueó la lengua. Ya había escuchado el mismo discurso varias veces.

La anciana continuó hablando, impertérrita.

- Han querido comprarlo muchas veces, pero nunca lo venderé. Ya no hay nadie aquí para tocarlo pero aún así... – Se levantó del taburete con un gesto digno propio de la realeza, rodeó el instrumento y se sentó muy erguida en la butaca frente a ella – Aunque ahora sólo sirva para juntar polvo, ha estado en mi familia por generaciones y no dejaré que algún inútil le ponga las manos encima, eso tenlo por seguro.

Minerva frunció levemente el ceño, intrigada.

- Solías tocar muy bien, Augusta. ¿Ya no lo haces?

La anciana se inclinó hacia la mesita ratona para servirse una taza de té y echarle un único terrón de azúcar.

- No, ahora sólo lo afino de vez en cuando. Neville nunca ha aprendido a tocarlo, por supuesto.

Minerva bebió un sorbo de su propia taza y la apoyó suavemente en el platito de fina porcelana inglesa.

- No todos nacimos con talento para la música, Augusta.

La mujer revolvió el té con su habitual expresión sombría.

- Tal vez, pero a veces pienso que el chico ha nacido sin ningún talento.

Minerva enarcó una ceja.

- Sabes perfectamente que no es así – replicó sin poder ocultar una nota de amonestación en su voz, pese a que ella misma muchas veces se había hecho el mismo planteo con respecto al muchacho.

Augusta Longbottom hizo una mueca escéptica.

- Sus resultados de los T.I.M.O.S llegaron ayer. Admito que en Herbología y en Defensa contra las Artes Oscuras le fue muy bien, y tampoco le fue mal en Encantamientos – Un leve fruncir de su nariz indicó lo que opinaba Augusta de esa materia – Pero a duras penas aprobó Transformaciones, y mejor no mencionar su desempeño en Pociones.

No había nada que Minerva pudiera replicar a eso. Longbottom siempre había sido un desastre en Pociones, en parte porque no tenía un talento natural para la materia, en parte porque le tenía terror al profesor. En cuanto a las demás materias, en la única clase en la cual el chico demostró talento alguno a lo largo de sus cinco años de colegio fue en Herbología, por lo que la buena nota en Defensa había sido toda una sorpresa. Una sorpresa para Augusta y tal vez para Umbridge, no tanto para Minerva, quien estaba al tanto de la verdadera función del Ejército de Dumbledore.

- Tampoco le fue demasiado bien en Astronomía – siguió enumerando Augusta, con la misma fruición que otras mujeres hubieran usado para enumerar los logros, y no los fracasos, de los niños a su cargo. El rostro de Minerva se ensombreció.

- Fueron circunstancias especiales, Augusta – señaló, recordando demasiado bien la noche en que miembros del Ministerio intentaron apresar a Hagrid y en cambio la enviaron a ella a San Mungo. Augusta desechó tales argumentos con un gesto de la mano.

- Adivinación mucho no me interesa, pero podría haberle ido algo mejor en Historia¿no crees? Pero claro, ese chico siempre tuvo tan mala memoria – La anciana chasqueó la lengua - En su primer año le regalé una Recordadora, pero la perdió al poco tiempo¿puedes creerlo? Y ya perdí la cuenta de la cantidad de veces que ese bendito sapo se ha perdido.

Puso los ojos en blanco y bebió un poco más de té. Minerva hizo otro tanto, más para intentar deshacer el nudo que se le había formado en la garganta que porque le apeteciera. Las palabras de Augusta le estaban dejando un sabor amargo en la boca, y ella no entendía porqué, ya que más de una vez ella había albergado sentimientos similares respecto al chico.

Augusta apoyó la taza de fina porcelana azul y blanca en su platito, la mirada ausente, el rostro sombrío.

- Doce MHB, Minerva. ¿Lo recuerdas?

Minerva lo recordaba. Recordaba un muchacho de sonrisa ancha y ojos brillantes, de cabellos morenos y tez bronceada, como el que le guiñaba el ojo desde los múltiples retratos que proliferaban por toda la habitación.

- No pedía tanto – siguió diciendo Augusta en voz baja, una leve nota de tristeza y resignación tiñendo sus palabras – Pero creí que, quizás por una vez... Por una vez demostraría que hay algo de su padre en él.

- Los niños no tienen porqué ser copias idénticas de sus padres, Augusta.

Pero lo dijo mecánicamente, sin demasiada convicción, porque ella también había sentido el mismo aguijón de decepción al comprobar que Neville se parecía tan poco a sus padres, niños a los que ella había enseñado y querido.

A diferencia de la mayoría de los alumnos que llegaban a su aula, Minerva había conocido a Frank Longbottom desde la cuna. Ella y Augusta habían sido compañeras en Hogwarts y amigas de toda la vida pese a sus caracteres tan dispares en ocasiones, y la mujer los había elegido a ella y a Alastor Moody como padrinos de su primogénito. Pese a que muchos – incluidos los propios padrinos – lo habían considerado un arrebato de enajenación mental por parte de Augusta, ambos habían puesto su mejor empeño y Minerva no creía que lo hubieran hecho mal del todo. Era fácil querer a Frank, con su ingenio agudo y su gran corazón, su coraje y su sonrisa fácil. Pese a que ella no le demostró ningún favoritismo una vez que el chico empezó a asistir a Hogwarts y reemplazó el "tía Minerva" por el "profesora", el muchacho siempre había ocupado un lugar entre sus afectos, y también lo hizo la muchacha de cara redonda, valiente y segura de sí misma que un día se convertiría en su esposa.

Todos auguraban un futuro brillante para ambos y hasta cierto punto, así había sido. Aunque no había sido una Auror Alice fue una pieza central en la lucha contra el Señor Oscuro durante la primera guerra, ya que su brillante intelecto le había otorgado un puesto destacado en el Departamento de Misterios. En cuanto a Frank, no bien puso un pie fuera de Hogwarts su padrino lo tomó bajo su tutela, y el joven pronto demostró que tenía el talento para ser uno de los mejores Aurores del escuadrón.

Tenían toda la vida por delante y todo lo necesario para conseguir lo que quisieran. Lo único que no tenían era tiempo, pero nadie lo sabía entonces.

Minerva todavía recordaba el espanto que le había producido enterarse de su suerte, sólo comparable al dolor provocado por la muerte de los Potter. Eran tan jóvenes, tan brillantes, tan valientes y generosos... Nadie merecía sufrir lo que ellos habían sufrido, cuando en una noche de dolor abrasador se les había arrebatado todo.

Fue una de las pocas ocasiones en las que vio a Augusta Longbottom llorar desconsolada, por una vez olvidados la dignidad y el decoro mientras vertía copiosas lágrimas sobre el hombro de su marido, sus sollozos desgarradores y terribles. Recordaba haberse sentado en un sofá frente a la pareja, al lado de Alastor, quien parecía muerto en vida, recordaba la sensación de vacío e impotencia que la invadía, el deseo de gritar ante la injusticia de que Frank y Alice Longbottom quedasen reducidos a despojos de lo que alguna vez habían sido. También recordaba haber guardado silencio, incapaz de pensar una sola frase sensata que pudiera servirle de consuelo a su amiga. Augusta no la hubiera escuchado, de todos modos, al igual que nadie pareció escuchar hasta mucho rato después al pequeño bebé que lloraba en su cuna y agitaba sus minúsculos puños, quien había perdido mucho más que todos ellos.

Minerva podía entender la decepción de Augusta porque ella también la había sentido. Siempre recordaría el año en que Neville Longbottom empezó Hogwarts, porque fue el año en que el hijo de otro de sus alumnos predilectos llegó al castillo. Pero a diferencia de Neville, Harry Potter era la viva imagen de su padre, un muchacho que había conquistado el corazón de Minerva durante su paso por el colegio, y había suficientes destellos de Lily en su personalidad para que se ganase la simpatía inmediata de la profesora. El pobre Neville, sin embargo, con su inseguridad y su mente olvidadiza, su personalidad asustadiza y su torpeza, no podría haber sido más diferente de los niños que Minerva había querido y por lo tanto fue una decepción. Con el correr de los años sus esperanzas de que desarrollase algo del talento de sus padres se habían esfumado, aunque de tanto en tanto creía ver un destello, una pizca de Frank o de Alice en él, pero la ilusión desaparecía pronto. Algunos niños simplemente no heredaban el talento de sus padres.

Y sin embargo, las palabras de Augusta le dolían. Tal vez porque ella siempre sentía un afecto especial por los alumnos de Gryffindor, tal vez porque a pesar de todo Neville se había ganado su afecto. Ella no podía saberlo a ciencia cierta, pero la verdad era que sentía la necesidad de defenderlo, de reivindicarlo ante la mujer que tendría que haberlo aceptado a pesar de todo.

- Neville tiene sus propias virtudes, Augusta – continuó, aunque tenía la sensación que la mujer no le escuchaba – Déjalo que siga su propio camino y no sigas esperando que resulte igual a Frank, porque no lo será ni tiene porqué serlo.

Augusta levantó la vista y clavó sus ojos oscuros en los suyos, sus hombros tensos, los labios apretados en una fina línea.

- ¿Crees que no lo sé? – masculló, la voz temblándole, pero Minerva no supo si de la indignación o del dolor - ¿Crees que no sé que nunca llegará a la suela de los zapatos de su padre, que nunca demostrará tener el valor de su madre? Durante años esperé que demostrase tener, no sé, una pizca, algo del talento de sus padres, algo que probase que no los había perdido del todo...

La mirada de Augusta se paseó por la habitación, donde había fotos de Frank por doquier. En muchas de ellas también aparecía Alice, porque Augusta la había querido como a una hija y había seguido cuidando de ella, con el mismo amor que le profesara a su primogénito aún cuando la propia madre de la muchacha se había desatendido de su hija insana. En cambio, notó Minerva con una punzada, sólo había dos fotos de Neville: una de bebé, en brazos de su madre, otra con su flamante uniforme de Hogwarts a los once años, y eso era todo.

- Pero esperé y deseé en vano, Minerva – continuó Augusta – Él nunca será como mi Frank, y tú me dices que debería aceptarlo y tal vez tengas razón... Pero¿es tanto pedir¿Es tanto pedir que haya un poco de mi Frank en él, es mucho pedir que un poco de mi hijo pueda seguir viviendo en mi nieto?

Su tono se volvió inexpresivo, sin emoción, sin vida.

– El Señor es sabio, Minerva. Nos da y nos quita en su infinita sabiduría. Lo sé, aunque tuviera que repetírmelo varias veces cuando vi lo que esas sanguijuelas les hicieron a mi Frank y a la pobre Alice. El Señor sabe lo que hace. Pero a veces me pregunto... – Sus ojos volvieron a adquirir aquella mirada ausente que le ponía los pelos de punta – No le habría costado nada poner un poco de mi niño en Neville¿verdad? Dejarme ese último consuelo al menos, ya que nunca podré recobrar a mi hijo, un poco de mi niño que me ayudase a sobrellevar mis días...

Pestañeó y pareció volver a la habitación junto a Minerva.

– Mas no fue así y no sirve de nada lamentarse. El chico nació como nació y no tiene sentido que me siga molestando por ello.

Con toda tranquilidad, como si no acabase de dejar al descubierto los sentimientos siempre ocultos a la vista del mundo, Augusta se llevó nuevamente la taza a los labios, cerrando los ojos al beber. Minerva la contempló, atónita. Se conocían desde que eran niñas, y eran dos de las pocas sobrevivientes del antiguo grupo de amigos. Aquello tendría que haberlas acercado, tendría que haber creado un lazo entre ellas, formado por recuerdos e historias compartidas a lo largo de más de cincuenta años. Y sin embargo, había veces en que Minerva miraba a la mujer de ropas oscuras y gesto adusto y no la reconocía.

- ¿Cómo puedes hablar así? – dijo al fin, como si ella misma no hubiera pronunciado palabras similares en el pasado – Después de lo que pasó en el Ministerio, Augusta, por Merlín. Neville se enfrentó a seis mortífagos para proteger a sus amigos, Augusta, y tú sabes que no eran mortífagos cualquiera – Sus manos temblaban y un poco de té se derramó de la taza y cayó en su túnica, pero ella no lo notó – Estaba Bellatrix Lestrange allí¿lo sabías? Y él se enfrentó a ella para proteger a otros, y ella...

Su voz se quebró, porque el horror que la invadía era tan intenso como el primer día en que se lo contaron y su corazón se rompió en pedazos al imaginar el rostro redondo de Neville contraído en un rictus de agonía. Que un muchacho pasase por semejante espanto le dolía, pero aún más cuando se trataba de un alumno, porque todos sus alumnos eran un poco niños suyos y los gryffindors eran un poco más suyos aún.

Los hombros de Augusta se tensaron, sus labios estaban apretados en una línea recta y los nudillos de las manos que sostenían la taza se habían vuelto blancos. Su expresión, sin embargo, se mantuvo neutral.

- Sé perfectamente lo que pasó, Minerva.

Apoyó la taza y su platito correspondiente sobre una mesita junto a su butaca, y entrelazó los dedos de sus manos sobre su regazo. Minerva la contempló en silencio, esperando que continuara, esperando que sus palabras empezaran a tener sentido, esperando que algún atisbo de emoción se vislumbrara en su rostro. Pero esperó en vano.

- ¿Y no significa nada, Augusta? – dijo al fin cuando no pudo soportarlo más – El chico se enfrentó a la muerte y a la tortura por sus amigos, le plantó cara a seis peligrosísimos magos oscuros, unos cuantos de ellos prófugos que ni el Ministerio pudo apresar... ¿y no tienes nada para decir¿No cambió nada para ti?

Augusta Longbottom se enderezó en su asiento, alzando la barbilla y adoptando la pose digna que ya había perfeccionado cuando estudiaban en Hogwarts. Al hablar su tono fue frío y calmo, como si se tratase de una discusión cualquiera.

- Claro que sí, Minerva. Sólo que no creo que deba hacerme demasiadas ilusiones porque por una vez haya demostrado que hay una pizca de la sangre de mi hijo corriéndole por las venas. Probó tener algo de valor, sí, pero ya sabemos que el chico nunca será como su padre.

Y en esas últimas palabras se encerraba la tragedia de Augusta Longbottom, que se convertía por añadidura en la tragedia de su nieto. Nada de lo que el muchacho hiciera sería jamás suficiente para esta mujer cuyo corazón había sido roto en mil pedazos, ninguna proeza sería lo bastante grandiosa para derretir el hielo creado por el dolor de la pérdida. Minerva podría haberle dicho muchas cosas. Podría haberle dicho que debería querer a Neville por sí mismo, sin compararlo constantemente con quién podría haber sido. Podría haberle dicho que el joven ya no era un niño y debía ser tratado como el hombre en que se estaba convirtiendo. Podría haberle hablado interminablemente de sus buenas cualidades, de sus méritos, pero ningún logro, ninguna virtud del muchacho podría hacerle olvidar a Augusta los logros y virtudes del hijo que había perdido. Minerva podría haberle dicho muchas cosas, pero todas las palabras del mundo no habrían podido atravesar la coraza que recubría el corazón y los recuerdos de la anciana.

Minerva la miró en silencio, sintiéndose impotente, y observó que la mirada de la mujer se posaba sobre el piano y supo – sin dudarlo, sin titubear – que Augusta veía a un niño sentado frente a él, un niño de sonrisa ancha y ojos brillantes. Minerva casi podía verlo también: dedos largos y hábiles deslizándose sobre las teclas de marfil, con una destreza y una gracia que los dedos regordetes de su hijo jamás podrían imitar; el rostro con una expresión concentrada pero feliz, la expresión de quien tiene talento fluyendo de sus dedos, una expresión que ella nunca vería en el rostro redondo de Neville.

Cerró los ojos pero la visión del niño tocando el piano no desapareció, y una melodía distante, unas notas de otra época llegaron a sus oídos, y también una voz infantil y segura de sí misma, perteneciente a otra era, otra vida.

- ¿Quiere que le toque la nueva sonata, tía Minerva? Mamá me la enseño y a papá le gusta mucho cómo me sale.

Minerva abrió los ojos para encontrarse de vuelta en el presente, en una habitación detenida en el tiempo, con imágenes de días más felices a su alrededor y un piano que nadie había vuelto a tocar (Minerva casi, casi podía escuchar la voz resignada de Augusta lamentándose sobre la falta de oído musical de su nieto, y tal vez lo hizo).

Augusta se volvió hacia ella con el ceño fruncido.

- ¿Te encuentras bien, Minerva? Te veo algo pálida.

Minerva se apresuró a asegurarle que se encontraba perfectamente, y en cuanto le pareció prudente inventó una excusa cualquiera para irse de allí, de aquella casa enclaustrada en el pasado, de aquel piano sin voz ni música. Había tantas cosas que hubiera querido decirle a Augusta... Pero había ciertas heridas que todas las palabras del mundo no podían sanar, penas que no acababan nunca.

Minerva sintió que se le rompía el corazón: por Alice, por Frank, a quienes se les había arrebatado todo; por Augusta, con su eterna tristeza oculta bajo una máscara de fría severidad. Pero su corazón se quebró sobre todo por Neville, quien nunca alcanzaría a cumplir con las expectativas imposibles de su abuela, quien nunca podría – ni tampoco debería – calzarse los zapatos de su padre. Minerva, tan digna y severa como la propia Augusta Longbottom, sintió deseos de llorar por el muchacho cuyos méritos jamás serían vistos por aquella mujer de sueños rotos y esperanzas frustradas. Una lágrima solitaria se deslizó por la mejilla de Minerva, una lágrima por Neville, cuyo valor y talento jamás serían reconocidos por aquella mujer que había perdido lo que más amaba en el mundo y que nunca podría aprender a apreciar lo que la vida le había regalado a cambio.