Disclaimer: Harry Potter pertenece a JKR
Título: Cacería
Vicio: #19 – Conejo
Fandom: Harry Potter
Claim: Minerva McGonagall
Personaje: Minerva McGonagall
Summary: Esta noche, Minerva McGonagall sale en busca de la aventura.
Música: Faded – The Veronicas
Siente todo su cuerpo en tensión, cada uno de sus cabellos erizándose ante la perspectiva de la aventura. Un millar de olores inunda sus sentidos, pero su agudo sentido del olfato puede diferenciar cada uno de ellos, calcular las distancias, la dirección del viento, su posible amenaza inherente. Respira hondo, tratando de absorberlos, tratando de convertirlos en parte de sí misma. Memoriza cada uno de ellos como si fuera la primera vez, los saborea lentamente como si se tratara de un manjar exquisito y lo es: todos esos olores, todos esos perfumes y aromas hacen que la noche esté impregnada de posibilidades, de expectativa.
Se estira del modo grácil que los años no han conseguido robarle y empieza a caminar por los desiertos terrenos de Hogwarts. La luna está menguando y es apenas una línea tenue en el cielo, pero sus ojos no precisan más luz para distinguir entre las sombras los signos de vida que demuestran que los terrenos no están, después de todo, tan desiertos como parecen a simple vista. Hay un escarabajo escondiéndose en el pasto, un caracol tratando afanosamente trepar el tronco de un árbol, una libélula revoloteando tentadoramente cerca.
Ella observa a cada uno de ellos con curiosidad infinita, y se divierte un momento acechando a la libélula, inconsciente de la amenaza. El insecto vuela a su alrededor, a veces demasiado alto, a veces tan bajo que de un solo movimiento podría atraparla pero, ¿cuál sería la diversión entonces? En cambio decide esperar su mejor oportunidad, casi conteniendo la respiración.
Se agazapa en el suelo, con las orejas hacia atrás y la cola en alto, y da un salto hacia delante, atrapando la libélula con la boca. La mastica un par de veces y luego la deja caer al suelo: tiene un gusto asqueroso. La libélula bate sus maltrechas alas inútilmente y ella le da un empujoncito para ver si vuelve al ruedo. La libélula, sin embargo, se niega a seguir jugando y al cabo de un momento ella se aburre. Hay otros olores y sonidos que captan su atención ahora y no puede perder sus preciosas horas de libertad con una libélula moribunda. Termina con su sufrimiento de un zarpazo y parte en busca de nuevas aventuras.
Camina por el borde del lago sin acercarse demasiado, porque el agua estará helada y desagradable. Hace equilibrio sobre un tronco caído, se entretiene observando el trajinar de los insectos en su interior, olisquea un poco de musgo pero nada logra capturar su atención. Sigue caminando, su sombra apenas proyectándose sobre el césped, todo su cuerpo a la espera de un sonido, un olor, una señal que haga que esta noche valga la pena.
Se distrae un momento limándose las uñas contra un árbol y se siente tentada de trepar a lo más alto, pero su cuerpo, aunque elástico y ágil, ya no es lo que era y ha aprendido a temer las caídas. En otras circunstancias se le escaparía un suspiro al recordar que antes solía caminar por las cornisas más altas del castillo sin pestañear, pero el reloj corre para todos nosotros y ella no es la excepción.
Está lavándose la cara con desgano cuando sopla una leve brisa que le lleva un aroma delicioso. Al instante sus músculos se tensan, todos sus sentidos en alerta. Olisquea el aire hasta ubicar con precisión la fuente de aquel perfume, aguza el oído pero aún no puede escuchar nada. Aquello no le preocupa, su olfato es lo suficientemente afilado.
Vuelve a agazaparse contra al suelo, pero esta vez no en forma de juego, porque no se trata de una tonta libélula sino de una caza mayor. Todo su ser está concentrado en pasar lo más desapercibido posible para atrapar a su presa, calculando la dirección del viento y la distancia.
Se acerca a unos arbustos donde el aroma se vuelve más y más fuerte. Sus pupilas tratan de absorber la poca luz que arroja la luna, haciendo que las sombras se vuelvan sus aliadas.
Y entonces llega el momento, cuando puede no ya sólo oler a su presa, sino también escucharla y verla. Se relame los labios, no de hambre sino por la excitación y la descarga de adrenalina que le produce la caza. La visión de su presa, con sus ojos rojos abiertos por el terror, sus orejas largas echadas hacia atrás, su pelaje níveo completamente erizado: ella podría sonreír de satisfacción. Es pequeño, muy pequeño, apenas tiene la edad suficiente para separarse de su madre y no ha aprendido a defenderse... como si un mero conejo tuviera alguna oportunidad frente a sus dotes de cazadora, pero éste será aún más fácil. Y su corazón, latiéndole apresuradamente, no hace más que bombear la excitación al resto de su cuerpo.
Sin embargo, cuando está a punto de saltar sobre su presa, se detiene abruptamente. El conejo no sólo tiene el pelo erizado y los ojos muy abiertos, sino que tiembla y al temblar, hace que su atención se fije en el ridículo moño rosa que lleva alrededor del cuello.
Entonces, el primer pensamiento enteramente humano de aquella noche irrumpe en su mente:
Debe ser la mascota de alguna de mis alumnas.
Toda la emoción se desvanece en un solo instante. Éstas son noches de libertad, donde deja que sus instintos más básicos corran libres y desenfrenados, noches en las que descarga todas sus tensiones, dejando que su conciencia pare de trabajar, que su mente descanse. Sin embargo, hay ciertas líneas que no puede cruzar, aún en estas noches, y dañar a este conejo constituye una de ellas.
Invadida por la decepción, se aleja del tembloroso conejo, que nunca sabrá que ese estúpido e incómodo lazo le ha salvado la vida. Probablemente tampoco vivirá mucho: es un conejo, después de todo, y hay muchos otros depredadores allí afuera que tienen menos remilgos que ella.
En su camino de vuelta al castillo un nuevo olor llama su atención y levanta la vista. Un gato grande, de color canela y cara aplastada, la observa a cierta distancia prudencial. Ella podría sentirse tentada de ir a su encuentro, tal vez para empezar una trifulca amistosa, pero no es la primera vez que lo ve y sabe que no se trata de un gato cualquiera, y él también se ha percatado que ella no es una más del montón. Por lo tanto cada uno de ellos guarda las distancias y se miden uno al otro cada vez que se ven, pero no se inmiscuyen en los asuntos del otro. Es mejor así.
Ahora, si tan sólo se cruzara con la escuálida gata del conserje, ésa sería otra historia. Ya han tenido enfrentamientos previos, de los cuales ella siempre salió victoriosa porque la gata raquítica no es una luchadora nata. Prefiere atacar y huir, como buena cobarde que es.
Pero no puede contar con ello esta noche. La luna ya está descendiendo en el cielo y pronto será el momento de regresar al castillo, al trajín de su vida diaria y sus obligaciones. Con una última bocanada de aire trata de guardarse todos los olores que impregnan la brisa nocturna dentro de sí, con su característico aroma a libertad, y entra al colegio para dejar atrás, al menos hasta una próxima noche de cacería, sus ansias de aventura.
