Disclaimer: Harry Potter pertenece a JKR
Título: Todo sigue igual
Fandom: Harry Potter
Vicio: #13 Piel
Claim: Minerva McGonagall
Personajes: Minerva McGonagall, Filius Flitwick, Pomona Sprout, Horace Slughorn, Severus Snape, otros.
Summary: SPOILERS HP7 La vida en Hogwarts, después de la muerte de Dumbledore. Todo sigue igual, o tal vez no. Minerva no está segura de que le importe ya.
Música: Sister Blister – Alanis Morissette
El resplandor dorado proveniente de centenares de velas flotando en el aire baña la estancia, arrancando destellos de los cubiertos y las copas de oro, iluminando cientos de rostros infantiles y adolescentes.
Deliciosos y numerosos platos cubren las cuatro mesas, mas ninguno de los niños hace amago de servirse. Todos los rostros, todas las miradas están vueltas hacia la mesa superior. Minerva mira sin ver las expresiones, mitad de expectativa, mitad de temor, en las caras de los alumnos. Ella tampoco se ha servido, más por costumbre que por otra cosa. Tampoco es que tenga demasiada hambre, para ser sinceros.
La silla a su izquierda se corre hacia atrás, y el salón entero parece contener el aliento, todos los ojos clavándose en el hombre de piel cetrina y cabello oscuro, todos los ojos salvo los suyos, que siguen fijos en algún punto frente a ella.
Empieza a hablar en voz baja, casi un susurro, pero nadie se pierde una sola de sus palabras. Ninguno se atreve a interrumpirlo, ni siquiera en murmullos, pero es posible ver algunas reacciones. Hagrid tiene la boca abierta con una expresión de furia y horror, Filius se aferra al borde de la mesa tan fuerte que sus nudillos se vuelven blancos, una mirada torva en sus ojos, Pomona sostiene su cuchillo como si quisiera clavárselo a alguien, preferentemente al orador. Es posible que sea Sybill quien suelta un gritito ahogado o tal vez haya sido la profesora Vector, pero el discurso sigue sin detenerse. Sinistra se ha puesto pálida y Horace parece a punto de vomitar. Hasta Filch parece algo cohibido. Los únicos que sonríen ampliamente, satisfechos y confiados, son los Carrow, sentados a cada lado de la silla dorada. También se ven algunas sonrisas o miradas de suficiencia en la mesa de Slytherin, pero para ser justos la mayoría tiene expresiones tan estupefactas o temerosas como las de sus condiscípulos de otras casas.
El discurso llega a su fin y el orador vuelve a sentarse en su silla de oro, pero nadie se mueve. Ni un solo murmullo quiebra el silencio sepulcral, ni un solo niño hace el menor intento de servirse. La atención sigue fija en el hombre de pelo grasiento, como si hubiese realizado un hechizo que les impidiera apartar sus ojos de él.
Minerva McGonagall toma la fuente que tiene más cerca.
- ¿Un poco de ensalada, Pomona?
El hechizo se rompe y los alumnos comienzan a moverse y a hablar en murmullos quedos, a medida que la comida va desapareciendo de las bandejas.
Todo sigue igual.
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Considerando el nuevo decreto ministerial que declara obligatoria la asistencia a Hogwarts, es llamativo cuán vacías parecen las aulas ahora.
Los alumnos parecen notarlo, también. En vez de sentarse todos juntos, dejan algunos asientos libres entre ellos, y sus miradas se vuelven hacia esos lugares vacíos casi obsesivamente, como si esperasen que de un momento a otro aparezcan sus compañeros ausentes.
Minerva también siente la ausencia de aquellos niños, a quienes enseñó y cuidó desde que llegaran a Hogwarts, a quienes ha aprendido a querer o al menos a respetar. Es un dolor agudo en su pecho, pero no se permite pensar en ello, como tampoco se permite pensar en qué destino les espera a todos aquellos niños, expulsados del mundo al que pertenecen por derecho, sin educación ni varitas para defenderse de la guerra que ya ha arrasado con sus vidas.
La profesora McGonagall carraspea, aunque la clase ya estaba en absoluto silencio desde antes que ella entrase al aula, y da un paso hacia delante. No les dice "bienvenidos" ni les desea suerte para el año que comienza, porque sonaría hueco y falso. En lugar de ello los saluda secamente, y con un movimiento de varita las instrucciones se escriben sobre el pizarrón.
Por un momento sus alumnos la miran, perplejos. Su expresión severa no cambia un ápice, sin embargo, y poco a poco los estudiantes empiezan a sacar pergamino, pluma y tinteros de sus mochilas y morrales y se ponen a escribir.
Todo sigue igual.
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Ninguno de los profesores da a sus alumnos detenciones ni les descuentan puntos. Hacerlo sería admitir que se producen actos de indisciplina en sus aulas, y desde que los hermanos Carrow han sido nombrados encargados de mantener la disciplina ninguno de los profesores quiere arriesgarse a que algún alumno resulte lastimado. Los chicos, por su parte, están en su mayor parte demasiado asustados como para atreverse a cometer la más mínima equivocación, y aquellos que no tienen miedo saben quiénes están de su lado y quiénes no, y prefieren encauzar sus ansias de rebelión hacia fines más o menos productivos antes que gastar bromas en clase u olvidarse de entregar una tarea.
Uno de aquellos alumnos se halla ahora en su despacho, sangrando profusamente sobre su escritorio. Minerva atiende sus heridas lo mejor que puede, y manda a llamar a Pomona y a Horace, ya que Poppy Pomfrey tiene sus manos llenas con un grupo de Hufflepuffs de séptimo año, quienes fueron sorprendidos en plena tarea de pintar un mensaje revolucionario sobre una pared.
La sangre ha dejado de manar a borbotones cuando sus colegas llegan corriendo a su despacho, pero el muchacho tiene el rostro pálido y se ve muy débil. Pomona suelta un grito al verlo y corre hacia él, Horace se cubre el rostro con las manos, sin poder ocultar a tiempo su horror.
Minerva, sin embargo, mantiene la cabeza fría. Toma a Pomona por los hombros y la aparta del chico, y empieza a darle órdenes a Horace. Los dos la miran un momento como si a ella le hubiera salido una tercera cabeza. Ella trata de tragarse su impaciencia.
- Si no nos movemos rápido, Longbottom empeorará y no seré yo quien se enfrente a Augusta si eso sucede.
Esto les hace reaccionar, aunque aún la miren con el ceño fruncido, y pronto han podido revivir al chico lo suficiente para que recupere la conciencia y pueda sentarse sin ayuda. Su aspecto es lamentable, sin embargo, y los ojos de Pomona se llenan de lágrimas.
- Mi querido muchacho, ¿por qué hiciste tal cosa? – suspira Horace – Es suicida, simplemente suicida...
El chico termina de beber del vaso que le alcanza Minerva antes de responder, alzando la barbilla, la mirada decidida, un porte orgulloso para su cuerpo maltrecho.
- Tenía que hacerlo. Usted me entiende, ¿verdad?
Sus ojos brillantes e intensos buscan los suyos, y por primera vez ella ve a su padre en ellos. Para horror de Horace, ella asiente y la sombra de una sonrisa casi ilumina el rostro del chico.
- Tendremos que tener pociones curativas siempre a mano – dice ella, después de que hayan devuelto a Neville Longbottom a la torre de Gryffindor, a salvo si no sano – en caso de que no podamos llegar a tiempo para frenar a los Carrow la próxima vez.
Pomona se pone de pie en un salto, los ojos relampagueantes, las manos apretadas en puños.
- ¿Cómo puedes estar tan tranquila? ¡Están torturando a nuestros alumnos, Minerva! Usan Maldiciones Imperdonables con ellos y obligan a sus compañeros a usarlas también – La mujer ahora está temblando de pies a cabeza, Minerva no sabe si de horror o indignación – Podrían haber matado a Neville, y tú tan tranquila, como si nada hubiera pasado.
- Pomona... – susurra Horace, en tono de advertencia. Ella lo ignora.
- Es como si no te importase. Yo entiendo que haya que mantener la cabeza fría, pero es como si nade te afectase ya, como si nada te tocase desde que...
Se interrumpe abruptamente, dándose cuenta tal vez de que ha estado a punto de cruzar una línea infranqueable. Por un instante, Minerva creyó que la furia haría que Pomona se atreviese a decir en voz alta lo que nadie se ha atrevido a susurrar en su presencia siquiera, pero al parecer a último momento se ha dado cuenta de su error porque calla de golpe.
Es probable que Pomona tenga razón. Minerva McGonagall siempre ha sido una mujer sensata, capaz de controlar sus sentimientos, de mantener la cabeza fría en situaciones de tensión, de conservar la calma bajo las peores circunstancias. Empero, eso nunca significó que fuera una mujer fría, sin sentimientos. Tal vez no lo demostrase, tal vez fuese severa y dura en ocasiones, pero eso no significaba que estuviese hecha de piedra.
Pero de un tiempo a esta parte algo cambió en ella. No puede precisarlo, pero todos alrededor suyo lo ven, lo sienten, hasta Snape, quien se cuida mucho de acercarse a ella, mucho menos enfrentársele. Es como si algo se hubiese roto, como si faltase una pieza clave de su mecanismo emocional, como si un elemento esencial se hubiese perdido.
Pomona dijo la verdad, al menos en parte: nada parece afectarla demasiado estos días. Se pregunta si contemplar tanto horror, crueldad e injusticia a diario la ha vuelto inmune, ya que no siente su sangre hervir como antes. Se pregunta si es natural que las lágrimas ya no acudan a sus ojos, aun al recibir las noticias más siniestras; que su corazón ya no se rompa en pedazos, que ya no sienta ganas de gritar o romper cosas, que le sea tan sencillo controlar sus emociones cuando está cerca de Snape. No es que el hombre se le acerque demasiado: aparentemente, la expresión siempre pétrea de Minerva y su autocontrol a prueba de todo le ponen nervioso, y la trata como si fuera una bomba a punto de estallar. Tal vez lo sea. Tal vez en el momento más inesperado, todo lo que se está tragando por dentro explotará, en una onda expansiva que destruirá todo a su paso.
O tal vez ya no haya nada dentro de ella, tal vez esté muerta y alguien se olvidó de notificárselo, como sucedió con el profesor Binns.
Es sorprendente lo poco que le importa.
A la semana siguiente, Minerva mira a Alecto Carrow a los ojos y sin pestañear le dice que Neville Longbottom no pudo haber embrujado su silla a la hora de la comida, ya que se hallaba en su despacho ayudándola con un proyecto. Es una excusa poco creíble, pero Alecto Carrow, como Snape, desconfía de la voz eternamente sosegada, del semblante siempre sereno de Minerva McGonagall, y le deja en paz.
Todo sigue igual.
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Son pocos los momentos en que pueden reunirse sin que algún retrato, elfo o fantasma aparezca para espiarlos. El castillo no le es exactamente leal a Snape, pero algunos de sus habitantes no tienen más remedio que obedecerle.
No así Peeves. Minerva ya perdió la cuenta de las veces que lo han intentado desterrar. Como una garrapata, se aferra al castillo con tenacidad, y todos los esfuerzos denodados de Snape y sus lugartenientes han resultado fútiles. Minerva puede escuchar el estruendo distante de la última trastada de Peeves y sonríe apenas. Es sorprendente lo servicial que un poltergeist puede ser cuando está sediento de venganza.
Los tres profesores están inclinados sobre la pequeña radio en la cómoda, ocultándola de la vista con sus cuerpos. Esa radio es el único contacto real que tienen con el exterior, ya que hace mucho tiempo que los medios oficiales han dejado de brindar información relevante sobre la guerra, mucho menos sobre la resistencia.
La voz de Lee Jordan, cuyo tono alegre la guerra no le ha robado, llena la habitación, previamente insonorizada por Filius para que nadie sepa lo que sucede allí dentro. Minerva siente una oleada de orgullo por el muchacho, por su temple y valentía. Recuerda con afecto cuando lo reprendía por sus poco convencionales comentarios en los partidos de Quidditch, y piensa que ambos han recorrido un largo camino desde entonces.
Sus pensamientos se interrumpen cuando se anuncian las muertes de Ted Tonks y Dirk Cresswell. Levanta la vista y ve los rostros desolados de Pomona y Filius, sus antiguos jefes de casa respectivamente, y siente que algo se le revuelve dentro, pero su propio rostro permanece inexpresivo. Dean Thomas, un muchacho que recuerda demasiado bien, está en terrible peligro, tal vez incluso haya encontrado la muerte ya, pero Minerva se fuerza a apartarlo de su mente. Está demasiado lejos para que ella pueda ayudarle, y ya tiene las manos llenas con los destinos de los cientos de niños y jóvenes a su cargo.
El resto de las noticias no es más alegre. Xenophilius Lovegood es el único – o mejor dicho, era – que se atreve a publicar información veraz en un medio público y su ausencia se hará sentir. En cuanto a Hagrid, todos ellos tienen aún fresco en la memoria el recuerdo de su huida, que deja un importante vacío en el círculo de los que aún son leales a Dumbledore dentro de Hogwarts. Sin embargo, escuchar las voces familiares de aquellos a quienes ha enseñado y que han peleado a su lado más de una vez, y saber que aún están haciendo algo por detener la oscuridad que avanza implacable le brinda un pequeño consuelo, un débil calor en el pecho, frágil como el aletear de una mariposa pero no menos valioso. Hasta se atreve a esbozar una débil sonrisa al imaginarse a Snape huyendo de una botella de shanpoo gigante, mientras que Filius y Pomona ríen entre dientes.
Sus risas se cortan abruptamente cuando "River" anuncia la clave para sintonizar la próxima emisión de Potterwatch.
- Sigan sintonizando esos diales: la próxima contraseña es "Ojo-Loco". Manténganse a salvo, conserven la fe. Buenas noches.
La radio se apaga de golpe, llevándose la luz y el calor de las voces familiares. Sus ojos siguen fijos en el aparato. No necesita levantar la vista para saber que tanto Pomona como Filius la están mirando, casi como si esperasen que se eche a llorar en cualquier momento.
Pestañea, se levanta de su asiento y se despide de ambos. Tiene una clase con los slytherins de tercero a primera hora de la mañana y debe acostarse relativamente temprano. Antes de cerrar la puerta tras de sí ve el ceño fruncido de Filius y la expresión atónita de Pomona, pero ella los ignora a ambos y se apresura a marcharse de allí, alejándose por los pasillos desiertos y finalmente silenciosos de Hogwarts.
Todo sigue igual.
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Una foto y una carta. En la foto, un hombre de mediana edad con numerosas canas en sus sienes, arrugas alrededor del rostro ceniciento y una sonrisa ancha como una media luna. A su lado, sentada en un mullido sillón, una joven de cabellos rosa chillón, con rostro en forma de corazón y ojos brillantes; cargando en sus brazos una criatura, un bebé apenas, cuyo cabello cambia de naranja a turquesa y luego a naranja otra vez.
En la carta, la caligrafía esmerada de Remus Lupin, dándole los detalles del nacimiento de su primogénito, Teddy Remus Lupin, y contándole que cierto muchacho de cabello azabache será el padrino, sin nunca arriesgarse a nombrarlo, por supuesto. Nunca se sabe en manos de quién pueden caer las cartas ni qué daño pueden provocar.
A Minerva McGonagall sólo una vez le han pedido que sea madrina de alguien. Augusta Longbottom los nombró, por algún motivo inexplicable, a ella y a Alastor Moody como padrinos de su único hijo, el pequeño Frank. Ninguno de los dos tenía la menor idea de qué se suponía que debían hacer, pero lo intentaron. Minerva veló por él durante sus años escolares y no le fue difícil cobrarle afecto: era un muchacho despierto, inteligente y sagaz, con un talento especial para Transformaciones y las dotes de un líder nato. Más tarde, Alastor lo tomó bajo su protección en el Ministerio, cuando el muchacho manifestó el deseo de seguir los pasos de su padrino. El resto es una historia tristemente conocida por todos.
Se pregunta qué tal resultará Harry Potter como padrino, considerando su naturaleza temeraria y que todo el Ministerio está tras su pista. Le recuerda a Sirius Black y una oleada de tristeza la invade, porque aún extraña al muchacho impulsivo de ojos grises y temperamento irascible que solía volverla loca en las clases de Transformaciones.
Tratando de apartar el recuerdo de su mente, se pone de pie y al hacerlo, una segunda hoja de papel cae al suelo.
Al levantarla ve la caligrafía apretada y desprolija de Nymphadora Tonks, ahora Nymphadora Lupin. Frunciendo el ceño, vuelve a tomar asiento, sus ojos yendo de un lado a otro de la página.
Me gustaría que usted pudiera venir a ver a Teddy, es tan parecido a Remus aunque él dice que se parece más a mí, pero entiendo que las cosas en Hogwarts deben estar bastante complicadas ahora, con el murciélago gigante al mando.
También me gustaría que viniera, no sólo por Teddy, sino porque nunca tuvimos oportunidad de hablar después de lo que pasó.
Yo lo admiraba muchísimo, ¿sabe? Y también le quería, pese a que no era una persona muy afectuosa que digamos. Creo que fue la única persona en el Ministerio que no se rió cuando dije que quería ser Auror, todos los demás pensaron que estaba loca, pero él me apoyó desde un principio. Era una gran hombre, aunque estuviera algo majareta. Me enseñó todo lo que sé, y también algunas cosas que nunca me molesté en aprender.
Él siempre le tuvo muchísimo aprecio a usted, se le notaba y eso que no era un tipo muy expresivo. No me imagino lo difícil que debe ser para usted, perder a un amigo de toda la vida así. Disculpe si la incomodo, no es esa mi intención, pero si quiere hablar, a mí me gustaría mucho escucharla. Tal vez podríamos reunirnos y, no sé, intercambiar anécdotas o algo así. Sería como recuperar un pedacito de él, ¿no cree?
Me parece que...
La carta sigue, pero Minerva no puede leer nada más. Las letras se vuelven borrosas, las palabras se mezclan unas con otras en un galimatías sin sentido, el pergamino resbala de sus dedos temblorosos. Algo le quema la garganta, algo que podrían ser las ganas de llorar pero Minerva McGonagall no ha sentido ganas de llorar desde el funeral de Dumbledore y ya no puede recordar lo que se siente. Sólo sabe que su garganta quema, quema tanto que parece desgarrarla desde adentro, y algo le comprime el pecho como una tenaza, haciendo que cada bocanada de aire que inspire sea como un cuchillo rasgándole por dentro.
El dolor es tan intenso que la dobla en dos y ella se abraza las rodillas como una niña pequeña pero el dolor no se detiene, no se detiene y todo su cuerpo empieza a sacudirse por los temblores que la recorren como lenguas de fuego encendiendo sus nervios.
Un sollozo escapa de sus labios, pero es un sonido estrangulado y resquebrajado, como si su voz se hubiera astillado al igual que un cristal y sus trozos filosos le desgarrasen la garganta. A ese sollozo siguen otros, que no semejan un llanto humano sino el grito de dolor de una criatura torturada. Ella se asustaría de escucharse a sí misma llorar así, pero el dolor es tan terrible, tan abrasador que nubla todo lo demás.
Lágrimas ardientes caen por sus mejillas, ruedan por su cuello, empapan su túnica, un torrente de sal que desborda sus ojos. Ojos que permanecieron fríos y secos cuando Lupin y Shacklebolt, pálidos como la nieve y evitando mirarla de frente, le dieron la noticia. Ojos que no derramaron ni una lágrima en los días que siguieron, cuando tuvieron que resignarse a que jamás encontrarían su cuerpo para poder darle una despedida. Ojos que continuaron tan agudos y secos como siempre cuando los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses, sin jamás humedecerse, sin que jamás se le nublase la vista por lágrimas sin derramar.
Porque después de la muerte de Albus Dumbledore, su mentor, su maestro, Minerva McGonagall decidió que no volvería a llorar. Las lágrimas eran inútiles cuando aún había una guerra que luchar, un millar de niños que proteger. Ella no volvería a llorar. Ella no volvería a mostrar debilidad.
Entonces, le dieron la noticia. Él no regresaría. No tendría que haberle sorprendido. Había escapado de las garras de la Parca demasiadas veces ya, y sus reflejos no eran los de antes. Era inevitable.
Pero el golpe de su muerte fue una puñalada en su pecho, más profunda y terrible que la muerte de Dumbledore. Porque Dumbledore había sido alguien a quien ella admiraba, mas Alastor había sido un amigo, el más antiguo que le quedaba. Habían compartido clases, risas y excursiones a Hogsmeade cuando eran jóvenes; se habían enfrentado al horror del régimen de Grindelwald y habían luchado codo a codo en la primera guerra contra el Señor Oscuro. Habían sido el apoyo incondicional uno del otro durante los tiempos más oscuros, nadie la conocía tan bien como Alastor Moody y ella está segura que en nadie confió él tanto a lo largo de los años como lo hizo con ella.
Ella siempre supo, después de todos los horrores a los que se habían enfrentado juntos, después de todas las batallas de las que habían sobrevivido de milagro, que no tenían demasiadas probabilidades de vivir para ver la paz después de la guerra. Ellos ya habían visto lo suficiente para saber el precio que una guerra se cobra, aún cuando se alcance la victoria. Incluso hablaron sobre ello, justo después de la muerte de Dumbledore, y él le dijo que en caso de que él se fuera primero, que por favor no derramase lágrimas por él porque siempre le había hecho mal verla llorar. Y ella se lo prometió, sin saber en cuán poco tiempo se vería forzada a cumplir su promesa.
Ella no lloró. Ni una vez. Pero fue difícil. Tan difícil que una parte de ella se convenció de que sería todo más fácil si dejase de sentir por completo. No lo logró, pero se ocupó muy bien que los demás no lo notaran. Ella no podía quebrarse. Tenía un deber que cumplir. Ella no podía perder los estribos con Snape, no podía dejar que su odio aflorase a la superficie y la consumiese. Ella no podía cantarle unas cuantas verdades a la cara de los hermanos Carrow aunque el deseo le quemara por dentro.
Ella no podía dejarse vencer por sus emociones, no cuando tenía tanto que hacer, cuando había tantos que dependían de ella para que los protegiera. Enterró sus sentimientos en lo más profundo de sí y se colocó una máscara de piedra para que su rostro no dejase traslucir el más mínimo destello de emoción.
Para no echarse a gritar de impotencia, para no apretarse los puños hasta sangrar cuando se llevaban a los hijos de Muggles del colegio y también a aquellos cuyos parientes se atrevían a enfrentarse al Señor de las Tinieblas, para no llorar cuando llegaban noticias de la muerte de amigos y conocidos. Para no echarse a temblar de rabia y horror cuando veía las cicatrices en los cuerpos lacerados de sus alumnos, para no perder la cabeza cuando sentía el horror propagarse por el mismo castillo que una vez ella había creído tan seguro.
Para todo eso, Minerva se construyó una armadura, una coraza que cubriera su piel de pies a cabeza, para que nada pudiese penetrarla, para que nada pudiese desenterrar su corazón y rompérselo de nuevo.
Su piel se volvió de hierro y piedra: indestructible, impenetrable y también incapaz de transmitir calor, también incapaz de sentir el viento rozando sus mejillas, incapaz de estremecerse con una caricia. Una piel que dejó de ser humana para volverse una coraza que la protegiera contra los horrores del mundo, su cuerpo convertido en una fortaleza para resistir los embates del espanto.
Mas la fortaleza sitiada es traicionada desde adentro, cuando el hielo alrededor de su corazón se derrite dejando que éste vuelva a partirse en mil pedazos. Su armadura de hierro se resquebraja, la coraza se desploma, la piedra se disuelve dejando su piel en carne viva. Unas palabras torpes aunque bienintencionadas en un trozo de pergamino logran lo que los últimos meses de terror no han podido: destruir sus barreras por completo, desenterrar todo lo que ella llevaba dentro y había olvidado, dejando que todo salga a la superficie como un torrente inacabable.
Llora. Llora porque su amado Hogwarts se ha convertido en la antesala del infierno, corrompido por los Carrow. Llora por todos esos niños a los que ella solía dar clase y ahora se han visto privados de su don. Llora porque el despacho de Dumbledore ha sido ocupado por el monstruo que lo mató. Llora por todos sus alumnos torturados, perseguidos y heridos por intentar defender a otros, por intentar recuperar algo de lo que les han robado. Llora, también, por los otros niños, los que son empujados a torturar a sus compañeros, los niños cuyas mentes están siendo corrompidas y sus almas, mutiladas. Llora por sus colegas, porque están tan perdidos como ella, y por todos los que mueren a diario; llora porque se siente impotente, porque parece que esta maldita guerra no acabará nunca.
Pero sobre todo, llora por Alastor.
A la mañana siguiente, Snape la detiene cuando se dirige a clase. Lo hace de mala gana: el hombre la ha estado evitando en la medida de la posible, tal vez temiendo que ella intente vengar a Dumbledore, tal vez porque la mirada vacía y pétrea en sus ojos le asuste.
Le dice algo sobre Neville Longbottom y algún nuevo descalabro que él y sus amigos han provocado en el aula de Amycus Carrow. Ella lo escucha, su rostro hermético e inexpresivo, y le dice que hará averiguaciones sobre el asunto pero que duda seriamente que ninguno de esos chicos haya participado.
Snape la mira un momento, sus ojos negros tratando de ver más allá de su rostro inexpresivo. Pero la máscara ha vuelto a su sitio, la coraza se halla de nuevo en su lugar, y Snape finalmente se da por vencido y se aleja por el pasillo. Minerva lo observa marcharse, y con un esfuerzo sobrehumano estira sus manos, antes cerradas en puños tan apretados que sus uñas han dejado media lunas rojas en sus palmas.
Todo sigue igual.
