Disclaimer: Harry Potter pertenece a JKR
Título: Déjà vu
Vicio: #26 – Pistola
Fandom: Harry Potter
Claim: Minerva McGonagall
Personajes: Minerva McGonagall, Sirius Black, James Potter, Peter Pettigrew, Lily Evans (¡SPOILERS!) James Sirius Potter.
Summary: Nunca ha creído en la reencarnación y sin embargo, Minerva sabe que la vida a veces da vueltas sobre sí misma... pero esto ya resulta ridículo. SPOILERS HP7.
El sol entra a raudales por la ventana, bañando la estancia con la luz dorada de una tarde de verano. Una suave brisa perfuma el ambiente, el sonido distante de risas y charlas anuncia la cercanía de las vacaciones, impregnando el aire de libertad. La algarabía ante la inminencia del fin de curso puede respirarse en cada rincón del castillo... exceptuando allí dentro.
Ni el más leve zumbido de una mosca, ni la más tenue respiración agitada puede escucharse en el despacho de la vicedirectora. Los cuatro jóvenes frente a ella no sonríen: un gesto sombrío oscurece sus rostros, perfectas máscaras de solemnidad y arrepentimiento.
Como si no los conociera en absoluto.
Se sienta al otro lado del escritorio, la espalda muy erguida contra el respaldo, las manos entrelazadas sobre la superficie de madera, una mirada severa posándose sobre ellos por encima de los anteojos. Minerva ha perdido la cuenta ya de cuántas veces en el pasado se ha visto en esta situación, interpretando el papel de jueza... o de niñera exasperada, según se mirase. Al menos tres de ellos han pasado por esto las suficientes veces como para aprenderse su parte así que guardan el más absoluto silencio, sin dejar traslucir ninguna chispa de emoción en sus rostros. O al menos lo intentan, porque ella los conoce demasiado bien para que puedan embaucarla y ve el pánico en los ojos castaños del más pequeño, la chispa de diversión apenas contenida tras los anteojos de montura cuadrada y el gesto desafiante a medias oculto por el mechón de lacio y sedoso cabello negro. Sí, los conoce a los tres demasiado bien.
En cuanto al cuarto integrante de esta nueva farsa, Minerva intuye que la rabia y la vergüenza que se dibujan en su rostro son totalmente sinceras y siente un poco de lástima – pero tiene que seguir su parte del libreto.
Pasan varios segundos en silencio, pero por supuesto que ninguno se quiebra y confiesa todo. Nunca funciona de ese modo. Minerva entorna los ojos y los clava de uno en uno, hasta que finalmente se decanta por uno de ellos.
- Dígame, Potter – empieza, en un tono que no admite discusión alguna – ¿qué, en nombre de Merlín, se supone que es esta cosa?
No necesita señalar el extraño artefacto sobre el escritorio, de algún modo la atención de todos ellos está pendiente de él, mas no sea porque es el cuerpo del delito o lo más cercano que ella posee a una prueba.
El joven Potter carraspea y procede a hablar en su tono más serio, que apenas puede disimular una sonrisa:
- Bueno mire profesora, la cosa es que estábamos en Estudios Muggles y el profesor Fawcett dijo que como tarea especial para el verano teníamos que empezar a sumergirnos más en la cultura Muggle, para alcanzar un mayor entendimiento de los... eh, padecimientos de aquellos que no pueden usar magia, y también de su ingenio, claro, porque hay que ver la de cosas que inventan para arreglárselas sin hechizos ni pociones, no vea profesora, es realmente increíble. ¿Alguna vez escuchó hablar de las escaleras mecánicas? Son como las que llevan al despacho del profesor Dumbledore, pero funcionan con ele... ecle...
- Electricidad – masculla la muchacha pelirroja entre dientes y Potter le dedica una rápida sonrisa que le gana una mirada furibunda. Él no parece darse por aludido.
- Bueno, con eso, y también tienen sus propias radios y aparatos llamados teléfonos que les sirven para comunicarse, y hay que ver lo extraña que es esa caja que llaman tele –
- Potter, ¿puede hacer el favor de ir al grano antes de que nos fosilicemos aquí?
- Por supuesto, profesora, por supuesto – se apresura a responder mientras el joven moreno a su lado suelta una risita y su otro compañero da un respingo. La chica, sentada tan lejos de él como le es posible, meramente pone los ojos en blanco. Potter los ignora a los tres.
- Cuestión que nosotros, siendo los alumnos aplicados que somos – el comentario le gana cuatro pares de cejas alzadas en un gesto de incredulidad, pero el chico no se da por enterado – nos pusimos a ello enseguida. Decidimos enfocar nuestro proyecto grupal desde un punto de vista... lúdico, por así decirlo.
- Ya – le interrumpe Minerva, empezando a impacientarse pero también, muy a su pesar, a divertirse con el desparpajo de Potter – ¿Y ahora puede decirme qué, exactamente, es esto?
Potter abre la boca, seguramente para soltar otra perorata, pero no tiene la oportunidad.
- Es una pistola de agua, profesora – Ante su mirada de confusión, la chica agrega – Es un juguete Muggle, profesora.
Ella frunce el ceño, algo desconfiada.
- Creía que la pistolas eran armas peligrosas, señorita Evans.
El muchacho regordete suelta un gritito ahogado y sus dos amigos le dan sendos codazos en el costado.
- Profesora, ¿nos cree capaces de traer elementos peligrosos a la escuela?
- Jefa, que usted nos conoce bien, sabe que seríamos incapaces de poner en riesgo la vida de nadie, mucho menos la de nuestros compañeros, ni siquiera si son de Slytherin...
Black alza una ceja ante esta última acotación de Potter.
- Bueno, yo no estaría tan seguro de eso... Ejem – carraspea fuerte al notar la mirada gélida de Minerva y guarda silencio. La señorita Evans resopla y los fulmina con la mirada, antes de volverse hacia ella.
- Las pistolas de verdad son peligrosas, pero ésta es de juguete. Se le pone agua dentro, se aprieta el gatillo – esa palanquita de ahí – y se le tira chorros de agua a la gente.
- Ya veo. Gracias, señorita Evans – Se vuelve a mirar a los otros tres con el ceño fruncido – ¿Y de dónde sacaron este artefacto?
- Oh, eso fue fácil –responde Black – Se lo cambiamos a Trent McDonald por un montón de bombas fétidas –
Esta vez es Black quien recibe los codazos en el costado. Minerva se contiene por no poner los ojos en blanco cuando ve a Pettigrew ponerse pálido.
- ¿Y se puede saber porqué se les ocurrió emplearla en medio del Gran Salón a la hora del almuerzo?
Black y Potter intercambian una mirada significativa. Potter sonríe con el encanto saliéndole por todos los poros.
- Bueno, el profesor Fawcett dijo que no sólo nos sumergiéramos nosotros en la cultura Muggle, sino que supiéramos transmitírsela a los demás... dejar que otros se empapasen del conocimiento, y las costumbres, y... y eso.
- ¿Y lo de rellenarla con poción para cambiar el color del cabello y rociar a sus compañeros con ella, también fue parte del proyecto encargado por el profesor Fawcett?
- Por supuesto – responde Black, sin perder el aplomo – Se trata de combinar las dos culturas, ¿entiende, profesora?
- Hay que amalgamar nuestras costumbres...
- ...congeniar nuestras formas de ver el mundo...
- ...compilar nuestros conocimientos...
- ¡Por favor! ¿Pueden dejar de tomarnos el pelo de una vez, par de zopencos engreídos?
Cuatro pares de ojos muy abiertos por la sorpresa se clavan en la señorita Evans, cuyo rostro se vuelve carmesí. Black le dedica una sonrisa socarrona.
- No te ofendas, Evans, pero con el aspecto que tiene tu pelo ahora no sólo no querría tomármelo, ni siquiera quiero olerlo por las dudas que sea tóxico.
Los ojos de la muchacha, casi tan verdes como la cabellera que le enmarca el rostro, relampaguean peligrosamente.
- ¡Si serás caradura...!
- ¡Señorita Evans!
Minerva se pone de pie de un salto para agarrar por el brazo a la chica, quien ya está sacando la varita.
- ¿No le parece suficiente con haberle dado un puñetazo a un compañero de clase delante de toda la escuela? ¿Quiere echar por la borda su historial de buena conducta?
La energía y el color abandonan el rostro de la chica, quien se hunde en la silla con aspecto abrumado. Minerva siente un retortijón de culpa, pero no puede dejar de ser severa con ella por más que sus notas sean intachables, no después de semejante demostración de salvajismo de la que hizo gala delante de todo el mundo.
- Profesora...
Minerva se da vuelta a mirarlo, sin poder contener la sorpresa a tiempo, porque por primera vez el tono de Potter suena contrito y hay una expresión de auténtico arrepentimiento en su rostro.
- Por favor, no lo ponga en el historial de Evans... convengamos que me merecía el puñetazo, teniendo en cuenta y considerando... bueno, eso – Señala vagamente la cabellera de la señorita Evans, que ha adquirido una tonalidad verde loro con algún que otro manchón violeta.
Minerva no es la única sorprendida ante la sinceridad de Potter: Pettigrew tiene los ojos muy abiertos, Black alza las cejas y a la chica se le queda la boca abierta. Minerva lo mira con atención, pero por una vez no hay ningún destello de diversión en la mirada seria oculta tras los anteojos.
- Muy bien, Potter, consideraré ese atenuante. Aún así, señorita Evans – La chica da un respingo y de inmediato adopta la expresión culpable de rigor, que quizás en su caso sea sincera – una reacción como la de hoy es intolerable y espero que aprenda a controlar mejor su temperamento en el futuro. Tendré que restarle treinta puntos a Gryffindor por su conducta – Al oír esto la expresión de la joven se vuelve desolada y Minerva no puede evitar pensar Créeme, a mí me duele más que a ti – Más le vale reflexionar sobre lo ocurrido y, eh... creo que el profesor Slughorn puede devolver su cabello a la normalidad.
La chica asiente y guarda silencio, sus hombros hundidos con pesar. Potter se muerde el labio al mirarla, mientras que Black meramente se encoge de hombros.
- ¿Y nosotros, qué?
Esta vez, Minerva no refrena el impulso de poner los ojos en blanco.
- No se preocupe, Black, ustedes tendrán los castigos correspondientes – sí, usted también, Pettigrew, porque si bien estoy segura de que no fue idea suya, a estas alturas tendría que haber aprendido que seguirle la corriente a Potter y Black tiene sus consecuencias.
El chico deja escapar un gemido lastimero y Potter le palmea la espalda mientras Black pone los ojos en blanco.
- Ya, Colagusano, tampoco es una tragedia... ¿Qué nos toca esta vez, profesora? ¿Pulir los trofeos, acompañar a Hagrid al bosque, limpiar la lechucería...?
Finalmente Minerva los despide a los cuatro y los observa marcharse: la señorita Evans, cabizbaja y con los brazos cruzados sobre el pecho; Black gesticulando con las manos y riéndose de la cara que pondrá Lupin cuando se entere de lo que hicieron mientras él estaba enfermo, Pettigrew escuchando cada una de las palabras de su amigo como si fueran la verdad revelada, y Potter...
Potter se frena al llegar a la puerta y, una vez que sus compañeros se alejan, se vuelve para dedicarle una sonrisa pícara y decir:
- Sé que nos tenía que castigar y eso, profesora, pero... ¿a qué fue divertido ver a todos los de Slytherin con cabello dorado y escarlata?
- Potter, ya lárguese – le dice, pero a duras penas puede ocultar su sonrisa mientras él se aleja por el pasillo, riéndose a carcajadas.
-
Minerva nunca ha creído en la reencarnación ni en ninguna tontería por el estilo, pero cuando una llega a determinada edad se alcanza un punto en el cual ya se ha visto de todo. Aún así, se preocupa un poco cuando en los ojos castaños enmarcados por gafas cuadradas cree ver un destello de diversión que perteneció a otro niño, muerto hace ya tanto tiempo, o cuando reconoce el gesto desafiante del último heredero de los Black en la sonrisa de un chico de flequillo pelirrojo y mejillas salpicadas de pecas.
- Potter, ¿se puede saber qué significa esto?
El chico ni pestañea y ella piensa que si su tono más severo ya no consigue intimidar siguiera un poco a los niños de los cursos inferiores, entonces realmente debería empezar a pensar en el retiro tan largamente postergado.
- Bueno, es una pistola de agua. Es un juguete Muggle que sirve para...
- Eso ya lo sé, Potter – le interrumpe y el chico parece sorprendido – No se pueden pasar tantos años en este colegio sin aprender una cosa o dos, ¿no cree?
Él medita unos instantes y ella no se molesta en aclararle que era una pregunta retórica.
- Bueno, no, supongo que no – admite al cabo de un momento y súbitamente una expresión apesumbrada se refleja en su rostro – ¿Así que no soy el primero en hacer esta broma?
Su tono es tan patético que Minerva casi suelta la carcajada y recuerda de pronto porqué sigue siendo directora de Hogwarts cuando podría haber empezado a disfrutar ya de su jubilación: son los momentos así los que valen la pena, los que recordará en los años por venir.
No sonríe, sin embargo, al afirmar en su tono más solemne:
- No, no eres el primero en usar este artefacto Muggle... aunque a nadie antes se le ocurrió llenarlo de Elixir para provocar euforia. Ahora probablemente se vuelva una moda.
Eso si es hay muchos alumnos capaces de preparar una poción tan complicada (y potencialmente peligrosa), claro está. Minerva le ruega a Merlín que ése no sea el caso, y una vez más reflexiona en la ironía de que no hayan sido ni Albus Severus ni la pequeña Lily los herederos del talento nato para Pociones de la abuela Potter, sino el joven que porta los nombres de los dos peores alborotadores en la historia de Hogwarts.
Al menos ahora es uno solo, piensa al recordar el caos provocado cuando la poción hizo efecto con más fuerza que diez Encantamientos Estimulantes juntos a la hora del almuerzo.
- Oh, ¿de veras lo cree así, profesora? – pregunta el muchacho, con los ojos brillantes y una sonrisa de oreja a oreja, la felicidad grabada en cada uno de sus rasgos – Me alegra tanto haber sido el primero...
Es con una fuerte sensación de déjà vu que Minerva trata de reprender a un chico que está demasiado extasiado ante una broma bien realizada y original como para preocuparse por una detención, y la sensación de que la vida no hace más que volver sobre sus propios pasos se intensifica cuando antes de marcharse Potter se detiene en la puerta y le dedica una sonrisa.
- Profesora, yo sé que ahora está algo enojada conmigo... Pero, ¿no fue graciosísimo ver al profesor Longbottom y la profesora Quirke bailar el hula-hula sobre la mesa de Hufflepuff?
Ella aprieta los labios con fuerza.
- Potter, por favor váyase.
Esta vez, sin embargo, es la propia Minerva McGonagall quien estalla en escandalosas carcajadas para estupefacción de James Sirius Potter, quien tarda un momento en unirse a sus risas.
Minerva McGonagall no cree en la reencarnación... pero a veces, las vueltas de la vida son en verdad muy extrañas.
