II. Llegan noticias.
Los días se le pasaron a Rukia entre una oleada de telas, flores y comidas para el enlace. Sobra decir que quien más ilusionada estaba con todo era Masaki, ya que Karin prefería dejarlo todo en manos de su madre. Odiaba esas cosas, odiaba de verdad las bodas, pero no tenía más remedio.
Así que, como Rukia tampoco era muy dada a ese tipo de celebraciones, las dos se pasaban el día juntas intentando ignorar los preparativos, cosa que era casi imposible.
Pero la aversión de Rukia por las bodas, se materializó en forma de shinigami. Su hermano, es decir, el marido de su hermana, apareció una noche entre ese secretismo e intriga que lo envolvía normalmente. Con una capucha y todo vestido de negro, entró en la casa bien entrada la noche, y sin casi saludarla fue con Isshin a su despacho.
-¿Es tu hermano, Rukia-chan? –le preguntó Karin algo asustada por el porte del noble.
-Si, no… -dijo algo obnubilada.
-¡Aclárate!
-Realmente es el marido de mi hermana.
-Ah ya ¿y a qué ha venido?
-No lo se, pero de algo estoy segura –dijo mientras achicaba la vista- no es para nada bueno.
-Kuchiki-san –dijo Inoue que había estado escuchando toda la conversación.- ¿Crees que te querrá llevar con él?
-Lo dudo, hace poco estuve con mi hermana ¿recuerdas? Y en ningún momento me dijo nada acerca de irme con ella.
-Entiendo –contestó la pelirroja.
-Es más, siempre he pensado que nii-sama no me tiene mucho afecto.
-Vamos, vamos –dijo Masaki- no te preocupes, pequeña Rukia –sonrió maternalmente, para ella era otra más de sus hijas- pase lo que pase, Isshin no dejará que sea nada malo.
-Es cierto.
Pero algo le decía a Rukia que dijera lo que dijera Isshin, Byakuya era más que imparable. Así que, pacientemente, esperó en el salón hasta que la conversación acabara. Durante el transcurso de las horas Yuzu y Orihime quedaron profundamente dormidas, así que, Masaki pidió que las llevaran a sus habitaciones. Karin duró un poco más, pero también cayó rendida, toda la tarde viendo cocineros con su madre era más que agotador, sobre todo para ella.
Así que, pasada una hora desde la caída de Karin, Kurosaki Isshin y Kuchiki Byakuya aparecieron en escena.
-¿Qué haces despierta Rukia? –le dijo su hermano sin muchos miramientos.
-Esperarte nii-sama, pensé que si te quedabas sería yo quien debería…
-No, me voy ya, tu hermana me espera.
-¿Hisana sabe qué estas aquí?
-Claro.
-¿Por qué no ha venido?
-Era un asunto rápido y no puedo dejar que ella viaje en su estado –su esposa, desde que se fue Rukia, siempre estaba enferma.- Suficientes viajes hace cuando va a verte.
-Claro.
-Me voy –se dirigió a Isshin- lo dejo todo en tus manos.
-No hay problema –respondió el aludido.
-Adiós nii-sama –dijo quedamente Rukia.
-Adiós.
-Isshin-san… ¿qué pasa?
-Nada, nada pequeña, vete a la cama.
-Pero…
-No hay peros que valgan –cogió a su mujer y a la chica y comenzó a subir las escaleras que daban a las habitaciones.- Te prometo que te enterarás de todo, pero a su debido tiempo.
La chica no dijo nada, los miró con tristeza y se dirigió a unas segundas escaleras que daban exclusivamente a su cuarto, ella estaba aislada del resto, pero no se podía quejar, así vivía más tranquila. La soledad siempre la estaba acechando.
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-¡Es increíble Masaki! –dijo su marido una vez estando en su habitación.
-Baja la voz, las chicas pueden escucharte –el hombre se tranquilizó, se sentó a su lado en la cama y siguió hablando.
-Este hombre me sorprende cada día más, trata a Rukia-chan como si fuera mercancía.
-¿Todavía sigue enfadado por lo de su madre?
-¡Claro! Y no lo olvidará en la vida.
-Pobre Hisana.
Masaki conocía muy poco a Hisana, pero, aunque Rukia fuera su hermana, siempre pensó que la vería más como a una hija, y desprenderse de un ser querido siempre era duro. Ella no podía imaginar su vida sin su familia, y muchas veces sentía lástima por esa mujer.
-Ella está de acuerdo.
-¿Qué? No lo entiendo.
-Ya veía yo raro que ver a Rukia-chan tan poco tiempo le fuera suficiente, pero al parecer es demasiado.
-¿Es consciente de que puede perderla para siempre?
-Imagino que si.
-El Seretei sigue sin aceptar a alguien como Rukia-chan, imagino.
-Estas en lo cierto, Byakuya dijo que era imposible que volviera, así que deberá hacer una vida aquí.
-¿Y te deja todo esto a ti? –el hombre asintió con la cabeza.- ¿Y tu que vas a hacer?
-Esperaba que tú me ayudaras.
-Claro, haré todo lo que pueda –pero por un instante recapacitó.- Creo que tengo la solución… -pero se giró preocupada a su marido.- Esto no lo hace gratis.
-No.
-¿Qué te ha prometido?
-Rukia-chan es un objeto para él ¿recuerdas?
-Cosas, bienes… objetos… -suspiró.- Jamás comprenderé a Kuchiki-san.
Si de algo se había convencido Isshin durante su vida con Masaki y sus hijas, era que las mujeres eran, por norma general, más listas que los hombres. A veces no comprendía la testarudez de su raza al tenerlas apartadas de la batalla ¡qué grandes generales hubieran sido! Por eso, en su casa, en sus tierras, las mujeres no estaban retiradas a la vida familiar. No, ellas sabían pelear, luchar. Él mismo se había ocupado de que eso fuera así, haciendo que buenos maestros vinieran a enseñarlas, sabiendo que eso le acarrearía problemas con sus congéneres.
Kurosaki Isshin pronto supo de las aptitudes de la pequeña Karin, pero en cambio, Yuzu, tenía más miedo a una espada que a los fogones, y jamás le insistió demasiado. Su mujer estaba conforme, no había porqué obligar a nadie. Pero la sorpresa fue la pequeña Rukia-chan, era la más aventajada con diferencia, y si fue así, quizás la soledad de la chica hiciera mella en sus estudios haciéndola buena en todo lo que se proponía, salvo en las relaciones personales, que le quedaban algo grandes.
Asimismo, Isshin hizo llamar a un par de shinigamis que preferían vivir lejos del Seretei para que enseñaran a Rukia-chan todas las artes que por su exilio le habían sido negadas. Eran buenos maestros para ella y para las muchachas.
Por eso, cuando Isshin partía de viaje, a ver a su hijo o sus negocios, sabía que su casa no estaba desprotegida, tenía algo mejor que un ejército, o al menos eso le gustaba pensar en sus alejadas noches fuera de su hogar.
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En la fecha señalada, justo una semana después de las proféticas palabras de Ichigo, una horda de muchachos bien adiestrados comenzaron a llegar a las tierras de los Kurosaki. El primero en entrar fue Ichigo, saludando a sus hermanas y padres, a la par que al resto de sus amigas. Pero algo raro advirtió con sus ojos color avellana ¿dónde estaba la enana de Rukia? Era normal no verla en vacaciones, pero se supone que debía estar molestado por ahí ¿no? Pero pronto hizo la vista gorda, ya que sus amigos esperaban fuera para ser recibidos.
Chad no tardó en entrar, estaba deseoso de ver a Karin y saber cómo iba todo. Pero Masaki lo atrapó prontamente a ver si en él tenía un mejor aliado para su boda, que su propia hija. Fue un error, ninguno de los dos querían saber mucho de los preparativos.
Junto con ellos, entro un chico con gafas llamado Ishida Uryuu, de un clan llamado Quincy, eran arqueros y aunque al principio le fue difícil hacer migas con nadie, terminó siendo buen amigo de los demás. Las tierras de su familia eran colindantes a las de la familia Kurosaki pero había sido invitado a pasar un tiempo por el pronto enlace que se celebraría en la familia.
En poco tiempo, la casa se llenó de conversaciones animadas, de gritos y de noticias.
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Rukia se había cogido la mañana para ensayar Kidoh, sabía que pronto llegaría una marabunta de gente y no tenía ganas de estar sonriendo y viendo como todos se saludaban y ella quedaba en segundo plano. Como solía ocurrirle. Así que decidió retirarse y pasar un mañana tranquila lejos de la casa.
Pero la hora de la comida llegó, sin previo aviso, y tuvo que correr deprisa sino quería que Masaki se preocupara. Así que, antes de entrar escuchó lo que esperaba, todo el mundo reunido contándose historias y saludando a los nuevos invitados.
-¡Kuchiki-san! –dijo Inoue muy contenta.- Deberías dejar de perderte, nos asustas.
-Lo siento.
-Estaban preguntando por ti.
-¿Quién?
-Kurosaki-kun.
-¿Ichigo? –se sorprendió.
-Si, pero ahora está hablando con Isshin-san en su despacho –sonrió abiertamente.- Masaki también está con ellos, debe ser algo muy importante –se cruzó de brazos y siguió caminando por la habitación.
-¡Orihime! –Tatsuki, amiga de ambas y protectora oficial de la pelirroja, había llegado con los chicos. Ella no vivía con los Kurosaki, sino en una de las casas de las propiedades de la familia, por eso se había criado con ellas.- ¡Deja de hacer el tonto!
Pero la chica seguía pensando en sus cosas, dejando a la vista a la pequeña morena que no se enteraba de lo que estaba pasando allí.
-¡Kuchiki! –gritó asombrada.- ¿Desde cuando estás aquí?
-Hace poco.
-Ya volviste de ver a tu hermana.
-No, eso fue hace unas semanas.
-Ah, bueno –se rascó la cabeza- he estado algo liada y no he podido venir.
-Como siempre últimamente ¿cómo te van las cosas?
-Bueno, la frontera con los shinigmais nunca es tranquila –pero se mordió la lengua al acordarse de los orígenes de Rukia.- Por cierto ¿conoces a toda esta gente?
-Ni un poco –sonrió.
-Deberíamos solucionarlo ¿no?
Y dejando a Orihime en sus fantasías, Tatsuki y Rukia decidieron ver qué hacían las hermanas de Ichigo y con quien hablaban.
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-Entonces ¿no te opones? –le preguntó su madre muy sorprendida.
-No, si pensáis que es la mejor solución –respondió Ichigo.
-¡Has madurado hijo mío! –le dijo su padre mientras le pegaba en la cabeza de forma… cariñosa.
-¡Joder! ¿qué haces?
-Felicitarte –dijo sonriente.
Masaki lejos de asustarse se encogió de hombros y dejó a los dos pelearse. Así era su casa, y le gustaba tener a todos juntos otra vez. Antes de salir por la puerta sonrió de oreja a oreja.
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Hasta aquí el segundo capi ¡mañana más! Mil gracias por los mensajes, viendo que os parece interesante lo colgaré, espero poner los capis muy de seguido, así que no va a haber problemas de retraso en los capis. En fin, os pongo un adelanto del siguiente…
III. Conclusiones precipitadas.
"-Ichigo –dijo con voz queda.
-¿Qué? –respondió de mala gana sin saber bien porqué.
-¿Siempre estás de malhumor?
-No ¿por qué dices eso?
-Me lo parecía –se encogió de hombros.- ¿No crees que deberíamos hablar un rato?
-Si, pero ahora no, debemos ir con todos ¿esta noche?
-Bien, después de la cena –sonrió. "
