Capitulo 3: Amor y prejuicios.

Si me pidieran que mencionara una de las peores crisis de mi vida, nombraría esta.

Como han de imaginar no asistí a clases el día siguiente. Desde que llegué a mi casa el día en que me delataron frente a Michiru no hice más que sumergirme en pensamientos autodestructivos y acciones depresivas. Tuve la suerte de que en la casa no hubiera nadie, así pude gritar y llorar todo lo que quise. Para comenzar destrocé varios adornos de mi cuarto, luego di un sin fin de patadas a la puerta y las paredes, hasta quedar cara a cara con el espejo... De un puro y fuerte puñetazo lleno de ira y resentimiento contra todo, quebré el objeto, hiriendo mi mano.

Permanecí temblando, acostado en posición fetal en mi cama. Con mi mano izquierda sostenía la derecha - ensangrentada y con trozos de vidrio incrustados en mis nudillos -, mi mirada estaba perdida y ya estaba cansándome de llorar. Me quedé ahí hasta que me dormí. No recuerdo mi sueño, solo recuerdo una melodía y un celular, mí celular sonando; era Michiru... No fui capaz de responder ¿Qué le diría? ¿La verdad? Ni si quiera yo sabía cual era la verdad. ¿Cómo convencer a tu cabeza de que eres una chica cuando realmente no te sientes como tal? ¿Tener anatomía femenina me hace ser mujer?

En esos momentos mi cabeza estaba anestesiada, ni un pensamiento era claro... Al día siguiente no fui a la escuela, me quedé en mi cama como si estuviera enfermo, y es que realmente lo estaba. El celular no dejaba de sonar, por suerte Michiru no sabía mi dirección, jamás doy mi dirección ni el número de teléfono de mi casa, es muy arriesgado debido a la identidad masculina que llevo.

Pasó otro día y mi aletargado cuerpo pidió una caminata. Es curioso como actúa la vida con sus casualidades o destinos, como prefieran llamarlo... Pero resulta que mientras trotaba cerca de una plaza bastante desolada escuché una melodía que me hizo detenerme en seco. Era sumamente triste. Caminé siguiendo esa melodía que me desgarraba el corazón. Hay pocas músicas que me producen ese efecto, es como una angustia que oprime el pecho y mientras más uno contiene las ganas de llorar más pareces ahogarte. En cierto modo sabía que me estaba dirigiendo a mi sentencia, pero no se por qué continué caminando como un zombi hacia la dichosa melodía hasta quedar a poca distancia de quien le daba vida con un violín. Se que no sorprenderá a nadie que diga que era Michiru, mi dama de mar, quien la tocaba; de hecho, ni si quiera yo me sorprendí en cuanto la tuve a unos metros de distancia. En cierto modo… ya lo sabía. ¿Quién más sería capaz de tocar unas notas tan llenas de vida y sentimientos? Solo ella.

Mi amada tenía los ojos cerrados, su cuerpo se mecía ligeramente de lado a lado, siguiendo el ritmo de su música. Se le veía muy triste. Muy sola a demás, en medio de una plaza desolada rodeada de árboles, con las hojas muertas de éstos danzando a su alrededor, jugueteando con el viento, el cual mecía su cabello azul marino y el hermoso vestido blanco que llevaba. Como quería abrazarla en ese mismo momento. Darle alguna excusa estúpida y conseguir que las cosas fueran como antes. Pero no me atreví a acercarme más, tomé una cobarde decisión: Aproveché que ella tenía los ojos cerrados y emprendí una rapidísima carrera. Huí de inmediato del lugar, intentando no hacer ruido con mis pisadas para que ella no fuese a descubrirme. No fue mucho el rato que corrí, pero logré alejarme lo suficiente como para perder de vista la plaza y a Michiru. Mi pecho subía y bajaba violentamente, me sentía sofocado, había corrido mucho y la faja oprimiendo mis senos no ayudaba en lo más mínimo, así que tomé asiento en una gran piedra que estaba cerca. Arqueé la espalda y apoyé los codos en mis rodillas, hundiendo la cabeza entre mis brazos. Podía oír mi respiración agitada, resonaba con fuerza en mis oídos al igual que el latir de mi corazón. Quizás fue por eso que no advertí las pisadas que se acercaban a mi posición, o simplemente mi cabeza estaba perdida en alguna dimensión paralela… La cosa es que no me di cuenta de que alguien acababa de llegar ante mí. Solo una sombra que me cubrió del sol me hizo elevar la mirada y encontrarme con un reluciente vestido blanco y la expresión de desconcierto de Michiru Kaioh

-Vi a alguien correr como el viento… - murmuró casi en un susurro, agachándose para quedar a mi altura. Puso su violín sobre sus muslos y acercó un poco más el rostro hacia el mío, como queriendo analizarme más de cerca, creo. – ¿Por qué huyes de mi, Haruka?

No tuve palabras. Como un tonto me encogí de hombros y bajé la mirada, no tenía valor para enfrentarla. Es curioso, siempre me he considerado una persona muy fuerte, pero Michiru rompía todos mis esquemas.

-Han sido días muy difíciles. Ya no se qué pensar… - su voz se oía algo afligida, probablemente su rostro también lucía así, pero no la quise mirar a la cara - ¿No deberías darme alguna explicación?

Se que se estaba controlando, es muy probable que haya tenido ganas de zamarrearme y gritarme, pedirme que le dijera la verdad. Pero ella es tan madura…

-No se qué decirte… Kaioh-san. – mi voz sonó más parecida a la de un muerto.

-La verdad estaría bien. – puso un dedo en mi barbilla, obligándome a mirarla a los ojos.

-Bueno… - comencé, pero callé de inmediato. "La verdad"… ¿Cuál era la verdad? No sabía cómo explicarlo. Quería desaparecer, ser tragado por la tierra, aplastado por un meteorito o algo así, pero no quería hablar. Confesar cosas dolorosas es terrible, uno siente que en cualquier momento "el escudo" se va a romper. Y así me pasó a mi… - Yo… no se qué verdad quieres… No se si hay una verdad… yo…

Estaba a punto de sudar, tenía la mirada de Michiru puesta en mi, pero no era esa mirada hermosa, enamorada y tranquila que antes me daba; esta era una mirada analítica, como si quisiera buscar rastro de mi que le indicaran qué era: Chico o chica.

-¿Eres mujer, Haruka? – algo en su voz parecía anhelar una respuesta negativa de mi parte.

Estoy seguro de que ella esperaba escuchar un "No, cómo se te ocurre. Soy hombre, mi amor, soy tu hombre"… No pude darle esas palabras, ocurrió lo que temía: el escudo se rompió. Balbuceé alguna incoherencia y antes de que pudiera impedirlo un condenado sollozo invadió mi garganta y salió por entre mis labios. Me apresuré a bajar el rostro lo más que pude, intentando ocultarme entre los cabellos que caían por mi frente. Mis dientes mordían mi labio inferior, intentando por todos los medios contener el llanto. Recuerdo haber maldecido una y otra vez el temblor incómodo en mi mentón. Pero todo fue inútil, acabé rindiéndome y lloré sin voz, pero con una gran cantidad de sollozos ahogados. Tomé mi cabeza con ambas manos, aferrando mis rubios mechones y maldije en voz alta, con rabia y frustración.

Como anhelaba un abrazo… Unas palabras cálidas, de esas que uno suele decirle a las chicas cuando lloran: "Todo estará bien, ya verás como las cosas mejoran…" Si, eso quería que me dijeran, aunque fuese una mentira. Pero en vez de eso sentí una mano en mi hombro derecho. Michiru se había sentado en la misma piedra en la que yo estaba. Su mano temblaba un poco, creo que ella también lloraba, pero nunca lo sabré.

-Debiste… Debiste decírmelo antes. – la mano en mi hombro se retiró. Subí la mirada ya sin importarme que viera mi cara llena de lágrimas, mis ojos hinchados y mi nariz enrojecida; todo me daba igual, ya nada importaba. La vi ponerse de pie y dar la media vuelta, alejándose de mí.

-¡Es-espera! ¡Michiru! – me puse de pie también, pero ella comenzó a caminar más rápido – No soy una chica… yo… yo no soy una chica…

Era muy tarde, ya había comenzado a correr y yo estaba demasiado destrozado como para seguirla. En mi cabeza seguían rondando mis últimas palabras "No soy una chica".

De vuelta a casa… Una vez más me sentía anestesiado. Esta vez estaba mi familia, recibí una mirada preocupada por parte de mi hermano, obviamente había visto mis ojos rojos e hinchados; pero no me dijo nada. Era mejor así. En casa todos me daban mucho espacio, no me jodían con constantes preguntas, sabían muy bien que llevaba una vida diferente y lo respetaban, aunque ellos jamás me dieran el tipo de trato que yo quería. Para mi hermano yo siempre sería su hermana, y para mis padres, su hija. A pesar de no tratarme como una princesa, pero de todos modos cada vez que uno de ellos hablaba de mí usaban pronombres femeninos. Por eso prefería estar solo y mi espacio y libertad eran sagrados en casa.

En la noche me dormí de inmediato. Al día siguiente iría al colegio, ya no podía darme el lujo de seguir faltando. Quería volver a sentirme fuerte, tener los huevos para poder mirar a Michiru a la cara una vez más, afrontar lo que fuera y seguir adelante. Eso haría.

Las cosas no fueron para nada simples en clases. Mis compañeros y compañeras me miraban mucho. El morbo de la gente es increíble… realmente me sentí un objeto de exhibición. Los murmullos y cuchicheos me seguían a todas partes, inclusive en el recreo. Y eso dolía mucho… Vi a las amigas de Michiru señalarme descaradamente con un dedo y luego decirse secretos entre ellas. Curiosamente Michiru no estaba con su grupo habitual de amigas. Por un momento me sentí realmente mal y culpable, pensé que tal vez la habían dejado de lado, discriminándola. Pero no fue así. Al poco rato la vi aparecer, parece que solo había ido a comprar algo.

En cuanto la vi desvié la mirada, pero pronto recordé el propósito de ese día: Enfrentar mis obstáculos con la cabeza en alto. Así que suspiré con fuerza y caminé hacia el grupo de chicas. Las amigas de mi amada me miraron casi con temor o asco, no sabría definir bien esa expresión en sus rostros, pero sus ojos se veían realmente grandes y sus bocas no parecían decidirse entre una sonrisa nerviosa o una curvatura de labios a modo de desagrado. Michiru, en cambio, me miró a la cara con una expresión triste y cansada, pero no vi rastros de desagrado, lo cual me hizo relajarme un poco.

-¿Podemos hablar, Kaoih-san? – pregunté. Me sentí orgulloso de mi propia calma y de la firmeza de mi voz, no había temblado ni un poco.

Ella dudó un instante, pero luego accedió con un sutil y hermosamente femenino movimiento de cabeza.

-A Solas. – agregué, mirando a las demás chicas, intentando no ser descortés aunque moría de ganas de ahuyentarlas a gritos.

No soy del todo conciente de qué le dije a Michiru, de hecho, gran parte de nuestra plática de reconciliación pasó al olvido… Solo recuerdo haberle dicho que la quería demasiado, que quería hacerla feliz, que se quedase conmigo pero que si no lo hacía lo entendería perfectamente.

Luego recuerdo haber estado mirando mis manos por largo rato, nervioso ante su silencio. Pero fue ese tacto como la seda, su piel contra la mía, sus dedos largos y delgados tocando los nudillos de mi puño derecho… Subí la mirada hasta ver sus orbes azules y me encontré con una sonrisa adornando sus labios deseables. No pude hacer más que besarla - rápidamente, casi con temor – y luego volver a bajar la mirada. Esta vez sus dedos se posaron sobre mi barbilla, elevando mi cara, y una nueva sonrisa me regresó la felicidad.

Aun no sé por qué me perdonó tan pronto. La verdad es que hasta ahora no le he preguntado qué pasó por su cabeza en esos instantes, qué hizo que obviara mi cuerpo femenino y me entregara su amor. Algún día se lo preguntaré… Quizás cuando despierte.

Los siguientes días fueron un paraíso. Ni si quiera me molestaba el constante cuchicheo de sus amigas al vernos juntos, y al parecer a ella tampoco le importaba… Siempre se mantuvo derecha, elegante y digna. Toda una mujer.

Luego de dos semanas comencé a experimentar los momentos más fogosos de mi vida. Y todo comenzó una tarde después de clases, el calor era agobiante y sentía mi frente humedecida por unas gotitas de sudor. Estaba esperando a mi sirena en la salida del colegio, ya que su clase salía media hora más tarde que la mía ese día. Y no pasó mucho rato hasta que apareció caminando tranquilamente, con su faldita a cuadros verde moviéndose al compás de sus caderas y muslos. Dios, cómo me vuelve loco eso; sus piernas largas y bien torneadas, y la vaga esperanza de que levante éstas un poco más de la cuenta y pueda ver algo de su ropa interior. Todos los jóvenes pensamos en eso, no me lo pueden negar… Y ese día justamente, yo estaba tan acalorado como el mismo clima.

Abracé a Michiru por la cintura y besé sus labios. Cuando nos distanciamos ella me sonrió y me tomó de la mano, dirigiéndome hacia la piscina techada del colegio.

-Vamos, hace demasiado calor hoy. – yo la iba a interrumpir para decirle que hoy no estaba abierta la sala de la piscina, pero ella al parecer supuso lo que yo quería decir – Descuida, tengo las llaves, el profesor de natación me las ha confiado.

-Vaya, así que la señorita Kaioh tiene el honor de usar la piscina cuando quiera. – ella sonrió en aprobación – Pero… yo no he traído bañador.

Yo jamás hacía natación por un par de cosas evidentes que quedarían al descubierto si me sacaba la camisa. De hecho, hacía años que no me metía a la piscina.

-Descuida, yo tampoco. – ¿fue una sonrisa pícara eso que vi en su rostro? – Estaremos solos, así que no importa, Haruka-kun. - me agradaba que me llamara así de vez en cuando, aunque ya teníamos la confianza para tratarnos por el nombre a secas.

El lugar estaba a oscuras hasta que Michiru encendió un par de luces que iluminaron el agua cristalina de la piscina. Ni si quiera tuve tiempo para decir algunas palabras cuando mi dama peli-azul se había despojado de su chaquetita de escolar. Sentí un temblor en las manos mientras contemplaba como iba quitándose las demás prendas hasta quedar en ropa interior – de color crema con un encaje que hacía que sus senos se vieran aun más grandes -. Caminó hasta la orilla y se lanzó con un elegante piquero, a penas levantando unas gotas de agua. En cuando su cabeza azulada emergió de las aguas aplaudí su acto.

-¿Qué esperas para entrar?

No respondí, solo fui despojándome de mis prendas lentamente, hasta quedar con una camiseta ligeramente ajustada que llevaba bajo la camisa del colegio y un boxer a cuadros rojos. Sentí un poco de pudor al pensar que Michiru ya sabía el secreto de mi cuerpo. Pero en ningún momento se detuvo a observar minuciosamente mis curvaturas, que, por suerte, no son muy prominentes y con la faja se notaban aun menos.

Intenté imitar su piquero, pero salpiqué demasiada agua.

-Jajaja, lo haces con movimientos muy bruscos, Haruka. – ella nadó hacia mi y me tomó del brazo conduciéndome hasta la salida de la piscina – Vamos, te enseñaré.

Mientras mi amada intentaba explicarme yo estaba perdido en el par de redondeadas "montañitas" que se veían a la perfección bajo su sostén mojado. Ella lo notó y sus mejillas se encendieron.

-¡Lo siento! – me apresuré a decir, sintiéndome sumamente avergonzado y con temor de que volviera a enojarse como ocurrió cuando acaricié su pierna en la heladería. Pero esta vez ella rió suavemente, un poco incómoda tal vez, pero no enojada.

-¿Te parezco atractiva? – qué pregunta… claro que me parecía atractiva, era y siempre será la mujer más hermosa de este planeta. Respondí a su pregunta con un beso en sus labios y una caricia en su espalda con la yema de mis dedos – Tú también me pareces atractivo, Haruka-kun.

Me encogí de hombros e hice una mueca de arrogancia fingida con la cual ella se rió.

Volvimos a meternos al agua, olvidado la enseñanza del piquero. Ahora solo nadábamos juntos, de la mano, besándonos bajo y sobre el agua. De vez en cuando una de sus piernas rozaba la mía y me hacía estremecer, y cuando nadaba muy cerca de mí y uno de sus senos rozaba mi brazo tenía que hacer un esfuerzo sobre humano por no soltar un jadeo. Pero Michiru no era tonta ni ingenua, a pesar de ser muy reservada y decente; notó enseguida que estaba un tanto excitado. Sin embargo su reacción ante esto me dejó perplejo… Se alejó de mi hasta quedar sentada en las escaleras de la piscina, con la mitad del torso por sobre el agua. Lentamente llevó las manos hacia su espalda y se soltó el sostén, dejándolo deslizar lentamente, de manera tortuosa pero curiosamente sin parecer lujuriosa, por sus hombros y pechos hasta que estos últimos quedaron completamente desnudos. Yo estaba embobado, eran los pechos más hermosos del mundo: redondeados, blancos como la nieve, de pezones pequeños y muy rosados que invitaban a ser besados. Quería amasarlos y lamerlos, así que nadé pausadamente hacia ella, quien permanecía inmutable, mostrando sus feroces armas.

Cuando estuve a su lado hice un último esfuerzo por controlarme y en vez de ir directo a "atacar" su busto posé mis labios sobre los suyos. Dándole a entender que la amaba, que no todo era deseo carnal en mí en esos momentos. Creo que eso me dio varios "puntos a favor", porque sonrió complacida cuando finalizamos el beso. Luego ella puso una mano en mi espalda y me atrajo más contra su cuerpo. Ahí ya no había vuelta atrás… Besé su cuello intentando absorber todas las gotitas de agua que tenía y después fui bajando hasta llegar al comienzo de su seno derecho. Recogí las gotas de agua de este y mi mano derecha se aferró al otro, acariciándolo despacio al comienzo, pero después apretándolo con gozo. La oí gemir cada vez más fuerte, hasta que echó la cabeza hacia atrás apoyándola contra otro peldaño de la piscina, ofreciéndome sus pechos en todo su esplendor. Dejé de lamer el derecho, notando lo enrojecido y levantado que había quedado el pezón. Entonces me dediqué a "amasar" ambos al mismo tiempo, los apretaba y movía, enceguecido por lo blanditos, pero a la vez firmes, que eran. Jamás hubiera imaginado que podría tener a Michiru así, completamente excitada y susurrando palabras inentendibles. Sus caderas se elevaron un poco, dejando su pelvis fuera del agua. Admiré su ropa interior y deseé quitársela cuanto antes, pero, al igual que antes, me tomé un tiempo y solté uno de sus pechos para recorrer con la mano libre sus muslos, subiendo hasta la cadera derecha, juguetear un poco con el ombligo y finalmente acariciar ese hermoso y leve montecito que hay más abajo de las caderas. Mis dedos curiosos descendieron más, notando el clítoris y un poco más abajo el "huequito" que pedía deseoso alguna cosa que lo llenara, o al menos así lo interpretaba yo en ese momento. Acaricié todo ese sector por sobre la ropa y cuando no pude aguantar más me decidí meter la mano por debajo de esta, tocando con mi dedo medio el lugar virgen de mi amada. Aun la oía gemir de placer y eso me alentó a inclinar el dedo hacia dentro, sintiendo como entraba de a poco hasta que…

-… - la mano blanca de Michiru me detuvo y me miró con una expresión de vergüenza absoluta – Mejor nos vamos, Haruka-kun…

Hice un sonido agónico con la garganta y retiré el dedo de su intimidad y posteriormente la otra mano de su seno. Noté que había quedado algo enrojecido por mis caricias fuertes, lo que me hizo sentir un poco culpable, aunque ella jamás se quejó.

Me puse de pie lentamente y le tendí la mano para ayudarla a hacer lo mismo. Nos fuimos cada uno a un rincón apartado y nos despojamos de la ropa mojada sin mirarnos. Me sentía confundido y sumamente aletargado, como si me hubieran arrojado un balde de agua fría de un momento a otro, pero no dije nada, la respetaba mucho como para reclamar por mi insatisfacción sexual.

Durante el trayecto a su casa no hablamos mucho, pero al menos íbamos caminando de la mano como una linda pareja. Por suerte mi morbosidad había finalizado, así que intenté reparar el daño, cualquiera que haya sido. Con la yema de mis dedos acaricié su mano muy suavemente, sin mirarla, como si fuera lo más típico para mí darle muestras afectivas siempre. Ella rió en voz baja y dejó de caminar, haciéndome detener a su lado. Con su otra mano me apartó un mechón de la frente y luego me quedó mirando. Así que me atreví a preguntar:

-¿Todo bien, sirena? – la vi sonreír de nuevo, pero no era una sonrisa muy cómoda, sino más bien daba la impresión de que quisiera decir algo pero no supiera como – Anda, puedes decirme, Michiru.

-Está bien… Bueno, Haruka, lo de hace un rato… en la piscina… fue muy lindo, pero no nos medimos… - dudo una vez más antes de seguir – Sé que te vas a sentir mal con esto, pero debo ser sincera. Me da… algo de temor hacer el amor con una…

-¿Una mujer? – pregunté con un tono hostil que lamentablemente me salió del alma, no pude ocultar mi rabia.

-No… - se apresuró a responder ella, muy nerviosa – Haruka, yo no te veo como una mujer, pero… Es que ni si quiera sé cómo hacerlo contigo. A demás… yo soy virgen y… Bueno, no quiero que mi primera vez sea un arrebato de pasiones.

-Entiendo, entiendo. Pero, sirena, yo solo estaba… - sentí mis mejillas calientes por una invasión de vergüenza repentina – Solo estaba tocándote, ahm… no íbamos a tener sexo.

-Tu dedo estaba entrando a mí… ¿Cómo debería llamarse eso?

No pude evitar llevarme una mano al rostro y reír. Claro, Michiru debía estar muy confundida respecto al sexo. Y es normal, a falta de pene… debe haber deducido que yo pretendía desvirgarla con un dedo.

-¿Qué es tan gracioso, Haruka? – retiré la mano de mi cara para comprobar que estaba algo molesta, pero luego rió también.

-No, nada… - di un paso más hacia ella y puse mis manos en sus hombros y mientras la miraba a los ojos le dice, con voz muy baja y honesta – Fui un bruto, me dejé llevar por tus… encantos… Pero quiero que sepas que te respeto… Y con respecto a hacer el amor… te esperaré todo lo que quieras y ya verás que no será solo con un dedo… te daré la experiencia más hermosa y "completa" que puedas imaginar.

Una sonrisa y un beso fueron la respuesta. Y luego de eso seguimos hasta llegar de su casa. La dejé en la esquina y luego siguió ella sola. Realmente me daba miedo conocer a su familia, podrían darse cuenta de que había algo extraño en mí. Y bueno… eso justamente pasó, dos días después.

Estábamos en el patio del colegio en un receso, sentados en una banca disfrutando del sol, el viento y, obviamente, de nuestra mutua compañía. En eso se acerca un grupo de dos chicas y un chico, el chico iba en mi clase y las dos chicas en la de Michiru. Nos miraron con aires de superioridad mezclado con asco y se pararon ante nosotros, hablando con burla.

-Miren a las lesbianas… ¿No les dan asco? – dijo con voz chillona una de las chicas, de cabello oscuro.

-Si, deberían correrlas del colegio. – Acotó el chico, mirándome con desprecio.

Michiru les lanzó una mirada fulminante y dijo algo como que no estábamos montando ningún escándalo, pero las dos chicas se rieron como un par de hienas. Yo estaba intentando contener mi rabia. De partida, odio que me llamen lesbianas, porque no me siento como una chica, y a demás odio que se burlen de Michiru y de mí. Aún así no quería líos, así que tomé a Michiru de la mano y la incité a ponerse de pie para alejarnos del lugar. Fue cuando el sujeto aferró a Michiru del hombro y se le puso extremadamente cerca, como intentando besarla. Por suerte ella reaccionó rápido dándole un golpe en la mejilla, el cual, de haber tenido una filmadora, hubiera grabado. Pero esa fue la "gota que colmó el vaso"… En cosa de segundos ya estaba ante el tarado propinándole un puñetazo en la cara y haciéndolo tambalear, más no caer. Y desde ahí, como podrán imaginar, comenzó una de esas típicas peleas de muchachos donde vuelan los puños y las patadas por doquier, la gente se amontona formando un círculo alrededor de los "luchadores", las chicas gritan e intentan separarnos y al poco rato llega el rector del colegio y nos lleva a ambos a la directoria.

No fui conciente del escozor sobre mi ojo derecho, más precisamente sobre mi ceja, hasta que estaba sentado en la directoria esperando hablar con el director. Mi rival estaba al lado mío, sentado también y con el labio rojo y la cara amoratada, se veía horrible, lo cual me produjo una alegría enorme. De hecho, estaba por largarme a reír en cuanto llegó el director y nos hizo pasar a una sala pequeña. Allí nos dio un sermón que, sinceramente, creo que ninguno de los dos escuchamos debido a la rabia que aun sentíamos, y me consta que él la sentía porque a ratos lanzaba algunos bufidos y me miraba por el rabillo del ojo con aires de bravucón.

Su amenaza se hizo notar cuando salimos de la directoria, mediante un:

-De esta no te salvas, Tenoh. – tras decir eso se marchó a paso lento. A mi me tenía sin cuidado.

A la salida del colegio me reuní con Michiru, la invité a mi casa, ya que mi familia no estaría y tendría el hogar para mí solo. Durante el camino fuimos hablando de la pelea, al comienzo ella me regañó, pero después terminó felicitándome por los golpes que logré asestarle al bastardo y ambos nos reímos de lo feo que se veía.

-Tendré que curarte la ceja, porque tú tampoco quedaste perfectamente guapo, Haruka. – me dijo mi amada con un fingido tono de reproche.

Así que cuando llegamos a mi casa pasamos al baño, donde me curó la ceja y me puso una pequeña venda. Yo estaba sentado sobre el W.C. mientras ella las hacía de enfermera, sintiéndome amado y atendido, puesto en sus manos. Pero, oh dios, no se le podía ocurrir nada mejor que sentarse sobre mis muslos, de frente a mí y con las piernas separadas, una vez acabó la curación. ¿Cómo pretendía que fuera respetuoso si ella me tentaba así? ¡Vamos! Yo no soy de acero. De verdad que hice todos mis esfuerzos por no sobrepasarme, pero al cabo de un rato ya estaba acariciando sus muslos suaves. Ella distanció un poco su rostro del mío y me miró sin mucha expresión en el rostro.

-¡Solo son tus muslos! – me apresuré a decir a modo de defensa. Eso, al parecer le causó gracia, porque sonrió y me besó, permitiéndome seguir con las caricias a sus hermosas piernas.

Cerré los ojos y me dejé llevar por sus labios blandos y su boca fresca, respirando profundamente para llenar mis pulmones de su aroma más delicioso que el mar. Pero algo me causó un profundo dolor en la parte alta del vientre, cerca de la boca del estómago. Ella había puesto su mano ahí.

-Creo que… me llegó un golpe ahí. Me duele. – murmuré llevando mi mano al sector adolorido.

Michiru se apresuró a quitarme la chaqueta. Me entró el pánico cuando sus manos fueron retirando uno a uno los botones de mi camiseta. Por más confianza y amor que le tuviera, no quería que me desnudara el torso. Así que cuando me dejó solo con la camiseta tomé sus manos para impedirle seguir. Ella me miró con algo de preocupación, pero yo bajé el rostro y negué con la cabeza, sintiéndome extremadamente incómodo.

-No quiero que me veas… - dije con la voz algo rasposa, así que me aclaré la garganta – Ya sabes, detesto lo que hay bajo mi ropa…

-Tranquilo. – fue lo único que dijo, tomando mis manos y levantándome la camiseta, pero sin quitarla. Simplemente descubrió hasta donde comenzaba mi faja (lo cual es justo bajo mi pecho), logrando ver mi abdomen – Ahí está, tienes una marca rojiza bastante fea, de seguro te llegó un puño o una patada.

-¿Y eso cómo se cura? No ha de ser nada serio… - dejé de hablar en cuanto me percaté de que Michiru estaba arrodillada ante mí, con sus labios sobre mi magulladura, besándola delicadamente – Ok, jaja, de seguro así se curará enseguida… Eres muy linda, Michiru.

Un ruido nos hizo salir de nuestro "momento mágico"; alguien había llegado a mi casa. Debo haberme visto nervioso, porque Michiru puso su mano en mi hombro y me sonrió. Yo solo atiné a tragar saliva y devolverle la sonrisa con nerviosismo. Había llegado el momento de presentar a Michiru a cualquiera de mis familiares que hubiera llegado. Recuerdo que me extrañó que alguien llegara tan temprano, teniendo en cuenta que supuestamente tendría la casa para mi solo todo el día.

Era mi madre. Bajamos las escaleras y ahí estaba ella. Extremadamente seria. Tras saludar a Michiru fijó sus ojos en mí.

-Haruka, llamaron de tu colegio. Me dijeron que te peleaste con un compañero y que… - noté cierta incomodidad en el rostro y el tono de voz de mi madre. No de molestia, sino de… ¿lástima? – También dijeron que tenemos que presentarnos mañana a primera hora… Junto con la señorita Kaioh y su familia.

Tanto mi sirena como yo nos miramos perplejos, luego miramos a mi madre, quien bajó la cabeza con tristeza para responder:

-El chico con el que te peleaste llamó a los padres de Kaioh-chan… Les dijo que ustedes son pareja. – Michiru se puso pálida tras oír las palabras de mi madre, y yo sentí que mi corazón se detenía – Tus padres llamaron al colegio, pidieron una reunión con nosotros y el director.

El silencio fue horrendo, podía escuchar mis latidos. Michiru tomó mi mano y la apretó con real temor. Mi madre nos miró afligida… Sentí que todo estaba a un paso de derrumbarse.

Continuará.

Muchas gracias por todos los reviws. Son muy buena onda x) ¡Gracias por los ánimos!

Bueno, les digo que este fic lo contuaré. Puede que me tarde bastante en ir actualizándolo porque los estudios me tienen un poco jodido. Pero constantemente ando pensando en nuevas ideas, así que tranquilos, porque seguirá, solo… XD tengan paciencia y piedad.

Hasta la próxima x).