Capítulo 4: La familia Kaioh

Capítulo 4: La familia Kaioh.

Me encontraba despierto… Eran aproximadamente las cuatro de la madrugada. No podía dormir. Tenía el celular en mi mano y un molesto dolor de estómago producto de los nervios; de esos dolores como si se te hubieran encogido las entrañas.

Luego de la terrible noticia que mi madre nos dio a Michiru y a mí, ésta no dijo nada. Quedó, literalmente, muda. Al poco rato de eso, su celular sonó, era su madre. Mi sirena respondió y tan solo dijo "enseguida", luego se excusó y se marchó.

Estaba preocupado por ella, hasta ese entonces no tenía idea de cómo era la familia de Michiru… Solo podía hacerme a la idea de que eran personas sumamente rectas y perfeccionistas, que habían educado a la dama perfecta, habilosa en todo y sumamente señorita. Con esos pensamientos en mi cabeza logré dormirme al fin a las cuatro y media. Pero a las siete y cuarto el despertador sonó y yo me sentía como un zombi, sin energías y con el cuerpo muerto. Para mi suerte, mi madre logró subirme el ánimo y a demás me dedicó unas cuantas palabras de cariño como: que me quiere mucho, que no deje que nadie me pisotee ni se interponga en mi relación, etc. etc. Cosas que dicen las madres cuando te ven demasiado afligido, y que si bien las palabras en sí no mejoran las cosas, al menos te hacen sentir querido y acompañado.

Aun no llegaba la familia de Michiru cuando llegamos donde el director, pero éste se dedicó un buen momento a mirarme detenidamente, pero sin expresión de asco, más bien parecía que estaba tan preocupado por mí como mi madre y yo mismo. No sé muy bien cuanto rato habrá pasado, pero a mi me pareció bastante, hasta que apareció por la puerta mi amada – vestida con un delicado vestido blanco hasta la rodilla, que acentuaba su cintura estrecha y sus pechos generosos, y ondeaba cuando ella caminaba -, una mujer mayor que supuse era su madre, aunque me asombró un poco que rondara los sesenta años, y un hombre que no debía tener más de treinta años. Se me partió el alma al ver que Michiru tenías los ojos rojos y un poco hinchados, como si hubiera llorado mucho.

A mi lado izquierdo estaba sentada mi madre, y a mi lado derecho había dos sillas desocupadas. Michiru caminó hasta la silla más cercana a mí, pero, con movimientos bruscos, el sujeto se adelantó a ella y se sentó a mi lado; enseguida la mujer mayor se sentó en la otra silla, quedando así mi sirena de pie con una mirada dolida y desconcertada en sus ojitos azules. Me apresuré a levantarme de mi asiento y a ofrecérselo a mi dama, sin medir las consecuencias de lo que mi acto caballeroso podría ocasionar… Una risa burlesca por parte del hombre, seguida de unos aplausos de éste mismo y un murmuro con voz altiva: "Todo un caballero". Odié la forma en que dijo "caballero", con un toque de hipocresía espantoso. De todos modos, Michiru se sentó en la silla que le ofrecí y me dedicó una sonrisa sincera, pero muy débil.

El sonido producido por la garganta del director nos hizo a todos mirarle.

-Buenos días tengan todos. – nos dedicó una reverencia, a la cual respondimos de la misma forma – Bien como… —

-Hagamos esto corto, señor director. – le interrumpió el hombre – Hemos venido a retirar a Michiru-chan del colegio.

Algo me oprimió el pecho, una angustia y una ira. No pude evitar dar un paso – pasando por el costado de mi madre – y golpear la mesa con la palma de mis manos mirando al sujeto al tiempo que grité: "¡¿Qué?!"

-Veamos… señor… ¿…? – el director habló, mirando al sujeto.

-Kaioh, Kyomaru Kaioh-sama. Soy el primo de Michiru-chan. – dijo el hombre, al cual ya comenzaba a odiar.

-Bien. Señor Kaioh-san – retomó el director -, le pido que reconsidere sus palabras… Michiru-san es una de las señoritas más talentosas de nuestro colegio, no dejemos que por algo así se arruine todo…

-¿Por algo así? Dígalo con todas sus letras, señor director… ¡Lo que aquí ha ocurrido es un acto desviado! – Kyomaru miró a Michiru con asco. La mujer mayor agachó la cabeza, parecía avergonzada. Pero mi dama azul se mantuvo digna, con la cabeza en alto – Éste… éste personajillo – dijo ahora, refiriéndose a mi -, jejeje… éste "muchacho" degeneró la mente de mi prima. Y esperemos que solo haya sido su mente, porque sino… - para finalizar me dedicó una sínica sonrisa.

De todos modos, no me intimidó en absoluto. Yo estaba poco preocupado por mí, mi atención estaba puesta al máximo en Michiru y en lo que ocurriría.

-Estás siendo muy drástico, Kyomaru. – al fin habló la madre – Señor director, ¿sería posible que estableciera algún tipo de medidas para que … - me miró – esa "señorita" no se acercara más a mi hija?

El director suspiró, creo que él siempre me estimó, antes creía que era porque le daba cierto prestigio al colegio, por ser un campeón en las carreras y muy buen deportista, entre otras cosas. Pero ahora estaba comprobando que realmente él me apreciaba, se le veía bastante apenado. Fue cuando mi madre habló:

-Entiendo que para ustedes, familia Kaioh, ha de ser complicada esta situación. Para mi lo fue en un comienzo. A veces es difícil aceptar este tipo de cosas, pero… son nuestras hijas, y lo que más quiere una madre es el bienestar de sus niños. – mientras mi madre hablaba me fijé en la expresión de la señora Kaioh… no sabría definirla… ¿reflexiva? – Pero a veces nos equivocamos y creemos que el bienestar de ellos está en lo que nosotras estimamos conveniente. Pero no siempre es así. Haruka es una buena chica – me dolió un poco oír eso, pero obviamente no reclamé… apreciaba mucho lo que ella hacía por mí, aunque me tratara como su "niña" -, jamás le hará daño a la señorita Michiru.

Una risita burlona salió de los labios de Kyomaru, pero fue el único que rió.

Al final de la reunión, el acuerdo fue el que planteó la madre de Michiru: Ella se quedaría en el colegio, pero los profesores estarían atentos de ver que nada inapropiado ocurriera entre nosotros. Y aunque ese acuerdo no fuera favorable para ambos, di gracias de que al menos ella siguiera a mi alcance. Obviamente, no me iba a rendir, aun cuando las cosas estaban en mi contra.

Pude notar una mirada diferente en los ojos de mi "ex-suegra", y cuando todos salimos del lugar, ésta llamó a mi madre y ambas se fueron caminando más lento, hablando. Crucé los dedos para que algo bueno saliera de aquella plática que no pude oír. Di un vistazo a Michiru y se veía algo más tranquila… Yo estaba desesperado por preguntarle qué había pasado anoche y si la habían regañado mucho, pero temí acercarme a ella, podía empeorarlo todo. Aún así… las cosas empeoraron enseguida. Kyomaru se fijó en el anillo que llevaba Michiru, el anillo que yo le había regalado.

-¿Qué es eso de tan mal gusto que llevas en la mano, prima? – dijo Kyomaru, con su voz arrogante, tomándole la mano a mi sirena para mirar su anillo, el que estaba en su dedo anular, el típico dedo de los compromisos - ¿No podías conseguir algo de oro blanco? Es un anillo de plata muy simple, no va contigo. Vamos, te regalaré uno nuevo…

-No quiero otro. – le cortó en seco Michiru. Yo no podía más que mirar la escena con impotencia, y el primo de Michiru lo notó.

-¿Se puede saber qué tiene de especial ese anillo? – su voz se volvió burlona, era obvio que ya se había dado cuenta de que era un regalo mío. Michiru no respondió y caminó más rápido, yo no aguanté más y corrí con la intención de quedar a la par de ella, pero de inmediato Kyomaru se interpuso bloqueándome el camino – Por dios, niño, parece que tu no tiendes… No te vuelvas a acercar a Michiru-chan…

Tras decir aquello estiró el brazo hasta coger el hombro de Michiru, quien paró sin voltear el rostro. La dio vuelta con sutileza y le arrebató el anillo del dedo, lanzándomelo. No sé bien por qué, pero no hice nada. Me desconcertó ver a Michiru tan pasiva ante ese bravucón de cuarta… Solo sentí el anillo rebotar contra mi clavícula –donde me llegó- y caer al suelo. En mi mente visualicé mil y una formas de cómo torturaría a Kyomaru, y cuando me agaché a recoger el anillo ya me había jurado a mi mismo vengarme de ese bastardo.

No pronuncié palabra el resto del camino a casa, iba mudo en el asiento delantero del auto de mi madre. Ésta tampoco hablaba, pero tenía cierta "luz" en su rostro, algo así como una esperanza… De todos modos mi desconcierto era tal que ni si quiera le pregunté qué había pasado mientras conversaba con la madre de Michiru. Si me daba una mala noticia no lo soportaría, así que, por más esperanzadora que se viera su mirada, no pregunté nada. Solo volví a hablar cuando le dije que estaría en mi cuarto y que almorzaría más tarde. Y eso hice… Me encerré en mi cuarto con el anillo fuertemente apretado en mi mano derecha, mientras me preguntaba mentalmente una y otra vez por qué Michiru no había callado de un golpe a la mierda de persona que tenía por primo.

No me di cuenta cómo pasó la hora, pero ya estaba oscuro cuando mi madre me despertó, poniendo ante mí una bandeja con el almuerzo y sentándose a los pies de mi cama. Me miró un rato mientras yo comía sin muchas ganas, más bien a la fuerza, luego pasó una mano por mi rostro y me sonrió.

-Ánimo… Yo creo que las cosas pueden mejorar. – me revolvió el cabello juguetonamente. Yo intenté sonreírle, pero tenía la boca llena – La madre de la señorita Kaioh me dijo que no tenía nada contra ti… Que tan solo no veía como algo normal el tipo de relación que ustedes llevaban. – agaché la cabeza al oír la palabra "llevaban" – Pero me dijo que, ante todas las cosas, quería la felicidad de su hija.

-La felicidad de Michiru está conmigo… - mi madre asintió con un movimiento de cabeza – Y nadie la va a apartar de mi lado.

Al día siguiente me sentía como un reo con libertad condicional. Todos los profesores tenían la mirada puesta en mí, inclusive en los recreos. Los ignoré y me dediqué a buscar a MÍ sirena con la mirada para entregarle un papel que le había escrito, el cual decía: Estoy preocupado por ti. No dejemos que esto nos derrumbe, no te rindas, sirena. Déjame un papel luego, para saber de ti. Pero antes de hallarla a ella, hallé al idiota con el que me había peleado hace poco… Él tenía la culpa de que la familia de Michiru supiera lo nuestro, él era el culpable de todo en ese momento. Así que ni si quiera lo medité más de dos segundos – los dos segundos que me tardé en llegar a zancadas a su lado – y le propiné tal puñetazo en el estómago que lo hizo encogerse arrodillado en el suelo… Eso, sin duda, me hizo sentir mejor, mucho mejor… yo diría que hasta me alegró el día. Y como por arte de magia, al poco rato logré ver a Michiru, sola, sentada en una banca. Pasé por su lado sin mirarla, para no levantar sospechas, y dejé caer el pequeño papel entre sus rodillas. Ella de inmediato se apresuró a apretar más sus piernas, para ocultar el papel.

Al siguiente recreo ella hizo lo mismo, dejó caer la vendita respuesta entre mis piernas y se marchó sin mirarme. Con sigilo tomé el papel y me fui al baño de chicos, me encerré en una cabina y lo leí:

Haruka estoy bien, dentro de lo que cabe. Yo tampoco pienso rendirme, pero… temo por ti. Kyomaru es muy violento, es hijo de un tío que es militar, me amenazó con agredirte si te acerca a mí de nuevo. No me atrevo a contradecirlo, así que si queremos vernos tendrá que ser a escondidas…

No estoy seguro de cómo me sentí tras leer aquello. ¿Feliz porque ella estaba dispuesta a seguir intentándolo, aunque fuera a escondidas? Quizás. ¿Triste porque fuera manipulada por el cretino de su primo? Sin duda. Nada más tomé un trozo de papel y escribí: Hoy estaré en tu cuarto a las 2 de la madrugada.

Al final de la jornada estudiantil Michiru volvió a pasar por mi lado y dejó caer a mis pies un papel. Me agaché, lo recogí y lo leí. Decía que por favor no fuera, que temía por mí, que había perros sueltos en el patio en la noche, etc. etc. Pero que si aun así era tan testarudo, al menos tenía que saber que su habitación era la del balcón que estaba en la esquina derecha de la casa.

Esa noche cené bien, intenté aparentar tranquilidad y luego me fui a mi cuarto a "dormir". A las de la madrugada ya me había vestido apropiadamente – un buzo, para la flexiblidad, zapatillas deportivas, por si era necesario correr, y un gorro. Todo negro, para pasar mejor desapercibido –, había dejado una almohada bajo las mantas de la cama para que simulara mi silueta, y estaba mentalizado para lo que haría. Abrí la ventana de mi pieza y salí sin dificultades. Todo era cosa de poner los pies en el lugar indicado. Caí al suelo y trepé la muralla del patio, miré atrás una vez y luego comencé a correr. No podía ir en moto o en auto, por el evidente ruido, a demás prefería correr porque así entraría en calor, sería como un leve precalentamiento por si cualquier problema.

Cuando llegué a la casa de Michiru noté que el portón de entrada era enorme, compuesto por barrotes con punta al final. Debía tener cuidado para no terminar con esa cosa ensartada entre mis piernas. Así que trepé un árbol cercano y, cuando ya estuve arriba, apoyé un pie entre los barrotes de la enorme reja. Luego pasé el otro pero lo dejé colgando al "vació" y aferré un barrote con cada mano. Respiré profundo y me solté, cayendo de cuclillas y luego rodando de inmediato en el suelo para amortiguar un poco la caída. No pasaron ni treinta segundos y oí a los perros a lo lejos, por lo que corrí como el viento hasta llegar a un árbol del jardín. Lo trepé en cosa de segundos, supongo que debido al miedo que los perros de Michiru – doberman – me ocasionaron. Los canes comenzaron a ladrar y para mi mala suerte una ventana que estaba muy cerca de la rama de árbol en la que me encontraba parado, se abrió. Me apresuré para saltar a la rama de enfrente y ocultarme tras el tronco. Un hombre se asomó por la ventana y sacó medio cuerpo por esta, buscando lo que tenía a los perros alarmados. Me estaba comenzando a poner nervioso, no quería ser descubierto… Así que hice lo primero que se me pasó por la cabeza:

-Miaw… miaw… - intenté imitar a un gato y por lo visto me resultó, porque al poco rato el hombre que se había asomado comenzó a hacer el típico sonido que las personas hacen para llamar a los gatos – Miaw, miaw. – seguí yo.

De pronto oí la insoportable voz de Kyomaru:

-¿Qué tanto haces? – le decía al hombre que llamaba "al gato" - ¿Llamando gatos? No te pagan para eso…

-Lo siento señor… - tras responder, el hombre, que era un sirviente de la familia, cerró la ventana.

Me sentí a salvo por un momento… excepto por los perros. Sabía que no podía poner un pie en tierra. Comencé a ver las ramas vecinas de otros árboles, y así me las arreglé para saltar de rama en rama hasta llegar al balcón de la esquina derecha de la casa. Salté a él y quedé colgando, sujeto con mis manos de los barrotes de éste. Me subí sintiéndome cansado y golpeé dos veces, muy despacio, el ventanal. Al instante, Michiru – en una hermosa camiseta de dormir blanca, muy fina – abrió. Me recibió con un abrazo muy apretado que me encantó y me hizo sentir mejor que cuando llegaba a la meta después de una larga carrera de motocicletas. Sí, sin duda mucho mejor… Las metas de las carreras no tienen ese exquisito aroma, ni esa suavidad, ni tienen un par de pechos blandos y redondos apretándose contra ti, ni unos labios frescos, y ligeramente temblorosos por la emoción, apegados a los tuyos. Las metas tampoco te empujan contra la cama, ni se abalanzan sobre ti besando tu cuello con desesperación, y jamás te dicen que te aman… No, las metas de las carreras no hacen eso, pero mi sirena lo hizo y me llevó a la gloria. Obviamente no me hice de rogar y la acaricié entera, recorrí su espalda por sobre el camisón de seda con la yema de mis dedos, moldeé sus hombros y besé sus brazos, rocé sus pezones sobre la tela y amasé sus senos. Ella respiraba agitadamente contra mi oído y yo sentía un cosquilleo entre mis piernas, el cual se incrementó cuando ella susurró tómame.

En un abrir y cerrar de ojos la había girado hasta dejarla bajo mi cuerpo. La miré a los ojos y la besé recorriendo su boca deliciosa con mi lengua y acariciando sus muslos con mis manos traviesas que danzaban en su tersa piel bajo el camisón. Todo era perfecto y caluroso, hasta que la puerta de la habitación se abrió y un silencio absoluto se hizo. Era Kyomaru.

-… - el primo de mi amada estaba mudo, boquiabierto, al igual que nosotros. Pero al poco rato se compuso y sonrió con hipocresía, cerrando la puerta tras de si y comenzando a hablar con calma, acercándose – Venía a asegurarme de que hubieras cerrado el ventanal, Michiru-chan… Pero, ajaja, menuda sorpresa con la que me encuentro.

De inmediato me bajé de la cama mirándolo con odio, mientras Michiru se ponía de pie también e iba al lado del bastardo.

-Primo, por favor… no digas nada, deja que Haruka se vaya. – murmuró mi peliazul casi en un ruego.

-¿Que se vaya? – le sonrió y luego me sonrió a mí – Por supuesto que no. ¡Es un invitado! A mi me encanta platicar y divertirme con los invitados… - comenzó a caminar hacia mí - ¿Quieres divertirte un rato conmigo, Haruka-kun? – dijo kun con una insoportable hipocresía y siguió avanzando, pero Michiru se apresuró y lo cogió por el brazo derecho.

-Kyomaru, por favor… - habló en voz baja ella. Pero un sonido seco la dejó muda, al igual que a mí.

El muy maldito le había soltado un golpe en la cara, cerca de los labios. Michiru se llevó la mano a la cara, estupefacta, y yo, casi sin pensarlo, me abalancé contra él… Como en las películas caímos al suelo, rodamos lanzándonos puñetazos e intentando patear nuestras piernas mutuamente. Mi sirena intentaba decirnos que nos detuviéramos, pero era muy dificultoso oírla ya que no gritaba y la adrenalina, mezclada con la ira del momento, me tenía casi sordo. Solo pensaba en vengarme de Kyomaru.

No estoy seguro de cómo lo hizo, pero en un momento me aferró el brazo izquierdo de tal forma que de haberme movido me lo hubiera dislocado como mínimo. Por primera vez me sentía inferior en una pelea. Kyomaru dominaba muchas técnicas que yo desconocía y tenía, para mi desagrado, mucha más fuerza que yo. Escuché mi corazón palpitar con fuerza y mi respiración sonando como la de un búfalo. Él también estaba agitado, pero indudablemente menos alarmado que yo. Me tenía boca abajo, con mi brazo doblado contra mi espalda y estaba muy apegado a mí. Me susurró al oído con su timbre burlesco:

-Así que te crees un chico ¿eh? – pude sentir su cuerpo apretarse más contra el mío, a tal punto que sentí repulsión – Entonces te daré el privilegio de ser violado como un hombre. – por una fracción de segundos todo me pareció una mala broma, hasta que el maldito apretó y masajeó mi trasero con su mano libre. Yo traté en vano de soltarme, pero a cada movimiento que daba mi brazo dolía horriblemente – No, no… estate quieto… Mira, quizás después de esto no te queden más ganas de ser un chico. ¿Quién sabe y te queda gustando?

En ese momento logré ver las piernas de Michiru correr hacia nosotros y acertarle una patada en la cara a si primo. No perdí tiempo para liberarme de su agarre mientras él se encogía en el suelto aferrándose el rostro con las manos. Michiru lucía furiosa y volvió a acercarse a él para darle otro par de patadas – ahora en el estómago – con sus hermosos pies descalzos. Yo me acerqué para hacer lo mismo, pero en ese instante Kyomaru me aferró la pierna con la que me disponía a patearlo y jaló de ésta de tal forma que caí al suelo, logrando girarme para no golpearme la cabeza. El imbécil era realmente rápido, resistente y fuerte, pude notar que sin duda alguno que otro militar experto le habría enseñado como pelear, porque se paró casi sin dificultades, excepto porque tosió un par de veces, y le dio un empujón tan fuerte a mi hermosa dama que la hizo chocar contra la puerta y proferir un quejido. Para ese entonces yo ya me había puesto de pie de nuevo, le salté a la espalda y comencé a darle cabezazos en la nuca. Me sentía completamente enajenado y salvaje. Ataqué cada parte de su cuerpo que tenía al alcance en ese momento; las orejas fueron un buen blanco, quería arrancárselas, pero no lo logré. Él se lanzó de espaldas contra los muros, aplastándome contra éstos hasta que cedí y lo solté. No pasó ni medio segundo en que él, con un giro, me propinó un golpe en la boca del estómago. Es horrible la sensación de no poder sacar el aire para respirar, caer de rodillas y comenzar a toser con los ojos llorosos por la falta de oxigeno. Ni si quiera me di cuenta de que Michiru se había vuelto a acercar, solo sentí un nuevo quejido de parte de ella, y cuando subí el rostro la vi tendida cerca de su cama con la boca sangrando. Maldije, casi sin voz, a Kyomaru e hice un esfuerzo por volverme a levantar, pero no lo logré… Y luego ocurrió uno de los momentos más desagradables y decadentes de mi vida, hasta ahora.

Todo giró cuando comenzó a patearme la cara y no tardé en sentir el gusto de la sangre, me sentí mareado cuando mi nuca golpeó el suelo con violencia. Su brazo derecho aferró mis muñecas por sobre mi cabeza y su cuerpo se cargó por completo contra el mío mucho más delgado. Su mano izquierda abrió mi chaqueta y desgarró mi camisa, dejando a la vista mi camiseta delgada que cubría mi faja. Me observó y rió, dando unos cuantos puñetazos en mi pecho, en el lugar donde supongo calculó que debían estar mis senos apretados por la prisión que yo usaba. Sentía la impotencia crecer dentro de mí de tal forma que casi no era conciente del dolor que sus golpes habían dejado en mi pecho. Luego luchó con mi pantalón, intentó bajármelo mientras yo movía las piernas como loco y giraba la cabeza para tratar de morder su mano, pero él me tomó de los cabellos y me azotó la nuca contra el suelo hasta que dejé de luchar momentáneamente. Logró bajarme el pantalón, y una nueva carcajada salió de su boca al ver mis boxers.

-Dios, eres…asquerosa. – dijo con desprecio, tocando mis caderas de forma brusca y despectiva, y luego sobándome entre las piernas con la palma de su asquerosa mano. Sentí deseos de gritar, de llorar y de matarlo, pero no pude hacer nada de eso, las dos primeras cosas por dignidad, y la tercera porque me era imposible soltarme - ¿Te gusta este cariñito? Jajajaja, bueno, bueno… soy un hombre de palabra y dije que te lo haría como a los chicos… Así que…

Con un brusco movimiento me puso boca abajo. Su mano sostenía tan fuertemente las mías que me dolía, pero el dolor no era nada comparado a todo el odio y la humillación que sentía en ese momento. Podía notar su miembro duro contra mi trasero, frotándose asquerosamente por sobre mi boxer. Me sentía perdido y devastado. Sabía que en cuanto me bajara el boxer sería mi fin, me violaría brutalmente y yo estaría conciente de todo. No soportaría algo así… Así que comencé a azotar mi frente contra el suelo con la esperanza de quedar inconciente. Pero era más difícil de lo que creía, podía sentir su fría mano contra mi cadera izquierda, comenzando a bajar mi ropa interior, hasta que… Se detuvo en seco, y así mismo yo dejé de azotar mi cabeza. Ladeé el rostro hacia la izquierda y vi a tres personas ante la puerta… Claro… no sé cómo no pensé antes en que por alguna razón Michiru había dejado de interferir en la pelea: había ido a buscar a su madre y a otro hombre más, un poco más viejo que su madre.

-¡¿Qué… qué significa esto?! – gritó el anciano, mirándonos, principalmente a Kyomaru, quien me soltó de inmediato.

-Yo… ¡Me disponía a darle una lección a este adefesio! – dijo Kyomaru, refiriéndose a mí. El hombre mayor hizo un gesto extraño llevándose la mano a un oído. Deduje que era algo sordo.

-¡Padre, Kyomaru… atacó a mi novio! – dijo Michiru, casi a gritos, muy cerca del rostro de su padre, asegurándose de que éste entendiera lo que ella le decía.

A duras penas me puse de pie recargándome contra la pared a mi espalda. El padre de Michiru me miró. Me apresuré a subirme los pantalones y a cerrar mi chaqueta, el cuerpo me temblaba entero y tenía hilos de sangre escurriéndome por el rostro y la boca. Sabía que en cualquier momento colapsaría tanto física como emocionalmente.

-¿Tienes novio? – preguntó el mayor de los Kaioh a su hija. Michiru miró nerviosa a su madre, pero ésta no dijo nada. Luego asintió - ¿Por qué no me lo habías comentado?

-Es que… recién ayer nos hicimos novios. – mintió la sirena.

-¡Eso… esa… persona… - comenzó a decir con asco, Kyomaru – no es el novio de Michiru-chan! Es una sucia perra que trató de desviarla.

-¡No es cierto! – gritó Michiru. Kyomaru miró a la madre de Michiru.

-Diga usted la verdad… ¡Admita que Haruka es una asquerosa desviada! – dijo Kyomaru, encolerizado totalmente, escupiendo saliva mientras gritaba. La madre de Michiru no dijo nada, y tanto Michiru como yo la mirábamos casi con súplica.

-No sé de qué hablas, Kyomaru… Menuda mentira que te has creado para ocultar tu gusto hacia los hombres. – dijo, finalmente, la madre de Michiru.

-¡Ja! Una mujer, quería hacernos creer que era una mujer. – comenzó a decir el padre de Michiru – Qué clase de mujer sería así, todos vimos su ropa interior cuando lo tenías contra el suelo. Tu padre, mi hermano, se enterará de esto, Kyomaru… ¡Todos sabrán que trataste de abusar del novio de mi hija! Y que además… golpeaste a Michiru, y eso, jovencito, nunca te lo perdonaré, ni tampoco tu padre lo hará.

-Le digo que no es hombre… Es… ¡Es mujer! Y fue ella quién golpeó a Michiru, no yo – dijo Kyomaru acercándose a mi Yo seguía tembloroso y ahora comenzaba a sentir ganas de vomitar. Cuando lo tuve ante mí, instintivamente me apegué más contra la muralla, no quería que me tocara ni que me mirara, no quería nada con él, ni si quiera partirle la cara, porque no me sentía capaz ni de articular palabra – Puedo demostrar que es mujer, le bajaré el boxer y podrán verlo con sus propios ojos…

-Basta ahora mismo, Kyomaru… - dijo el padre de Michiru, caminando hacia nosotros – Que descaro de tu parte. ¿Qué pretendes hacer luego de despojarlo de sus ropas? ¿Terminar lo que interrumpimos?

Kyomaru quedó mudo por un momento. Luego soltó su característica risa y dio un puñetazo a la pared, al lado de mi mejilla derecha. Yo reaccioné como un animal agredido ante eso, no sé cómo ni de donde saqué las fuerzas – teniendo en cuenta que hace menos de un minuto no me sentía capaz de nada – para darle vuelta la cara de un puñetazo.

Todo lo que pasó minutos después lo viví de forma ajena: Kyomaru me miró con odio y caminó donde sus tíos. Al poco rato el padre de Michiru lo expulsó de la casa, mandándolo de regreso donde su padre, no sin antes telefonearle a éste y explicarle la situación. En menos de una hora, Kyomaru había abandonado la casa. Yo me encontraba sentado sobre la cama de Michiru, mudo. La sirena estaba a mi lado y mis suegros estaban a la entrada de la habitación. La madre me miraba con tristeza y el padre con vergüenza de lo que su sobrino había hecho y de lo que había estado a punto de hacerme. Escuché unas palabras salir de la boca del anciano que decían que pasara la noche en la mansión, que podía dormir en el cuarto de invitados en cuanto Michiru me curara las heridas y me calmara; mañana cenaría con la familia para compensar los daños y para conocernos mejor. Mi suegro salió del cuarto, diciéndole a su mujer que nos dejaran solos un momento. Yo le estuve eternamente agradecido, aunque no dije nada hasta que la puerta del cuarto de mi sirena fue cerrada. Ahí sentí que me derrumbaba, que toda la presión que había estado empujado por salir era liberada y que me rendía como un niño en los brazos de Michiru, rompiendo a llorar con impotencia, ira, asco, humillación y miedo acumulados.

Las manos gentiles y los besos suaves de Michiru me ampararon, acariciando mis cabellos y frotando mi espalda hasta que las lágrimas dejaron de salir y solo quedaron unos sollozos entrecortados. Mi cuerpo dejó de temblar con violencia, solo me sentía aturdido y un poco inerte. Y cuando mi amor fue a buscar unas gasas, alcohol y otras cosas para curarme, caí en cuenta del horrible dolor de mi cabeza y cuerpo. La sirena curó primero las heridas de mi cara y cabeza. Yo había ignorado por completo que tenía algunas partes de la frente y la nuca sangrantes. Luego me quitó la chaqueta y la camisa… ahí se detuvo mirándome a la cara, como pidiéndome permiso. Yo asentí, en ese momento no me importaba casi nada. Ella abrió mi faja y yo, instintivamente cubrí mis pechos, pero luego me di cuenta de que Michiru tenía los ojos cerrados.

-Cúbrete y dime cuando puedo ver… - dijo ella. Por alguna razón esa muestra de respeto me hizo sentir un poco mejor y logré sonreir.

-Ya me cubrí… puedes abrir los ojos, sirena. – dije, tratando de sonar calmado, a lo que ella respondió con una bella sonrisa y un delicado beso a mis labios.

Ella observó mi vientre, el cual estaba enrojecido por los golpes; aplicó una pomada para las inflamaciones y la esparció… se sentía bien. Me dejé a su merced, intentando descansar. Me sentía como esos soldados que llegan a su hogar después de la guerra, lástima que esa fue una guerra perdida para mí… Aun ahora me pesa.

Poco a poco ella terminó de curarme; terminé con una venda en la cabeza. Me giré dándole la espalda para ponerme la faja pero Michiru me detuvo.

-Haruka, no uses eso, al menos no en la noche. Ha de ser incómodo. – susurró. Yo permanecí callado un instante y después asentí con un movimiento de cabeza. Busqué a ciegas con la mano mi camiseta y me la puse, cruzándome de brazos mientras me giraba de frente hacia ella, para que no pudiera notar mis curvas – Así está mejor.

Se acostó en la cama y me atrajo contra su regazo. Apoyé el rostro en sus senos, sintiéndome tranquilo, sin morbo. Nunca pensé que pudiera tener los pechos de mí amada tan cerca y no besarlos, lamerlos y/o morderlos; pero así fue. Sin notarlo me dormí. Solo un momento, creo… Porque cuando me desperté era aun de noche y ella me estaba mirando.

-Lo siento… - dije, estirándome – creo que debería ir al cuarto de invitados…

Una sonrisa curvó los labios de Michiru al tiempo que negaba con la cabeza. Para luego decir:

-Tengo una idea mejor… - se puso a gatas, dejándome bajo su cuerpo esbelto - ¿Qué tal si te mimo esta noche? – yo iba a hablar, pero ella puso un dedo en mis labios – mis padres no se enterarán. Ellos duermen en la habitación de al fondo, luego vienen dos cuartos de invitados, después una sala de estar y luego mi habitación… - una vez más me dispuse a hablar, pero me calló con un beso, después retomó: - Mi padre es un poco sordo. Ambos son muy buenos para dormir hasta tarde, por lo que los empleados no asean éste piso hasta que ellos despiertan…

-¿Pero, y si a alguien se le ocurre ir a comprobar que duermo en esa habitación? – dije. No quería parecer descortés con mis suegros, a pesar de que deseaba dormir con Michiru.

-Simple. Irás a la habitación de invitados, le echaremos llave a la puerta y luego te vienes conmigo a ésta habitación. Si cualquier cosa ocurre, sales por el balcón y entras a la pieza que te asignaron, por la ventana.

No pude más que sonreír. Pusimos en marcha su plan, que resultó muy simple. Lo hicimos tal como la sirena lo dijo: salimos de su cuarto, nos despedimos dándonos las buenas noches al llegar a la habitación de invitados por si alguien nos escuchaba, teníamos que hacerlo creíble. Pusimos llave a la puerta, luego regresamos, yo caminando muy despacio y en silencio, y entramos a la habitación de Michiru, poniéndole llave a la puerta también. Una vez dentro nos reímos cubriéndonos la boca para no hacer ruido, aunque era algo tonto, porque el tamaño de la casa era tal que muy difícilmente nos oirían.

Aun me estaba riendo cuando Michiru dio un par de pasos hasta estar frente a mí, a tal punto que sentía su respiración contra mi mentón. Puso sus manos blancas en mis hombros y me empujó contra su cama. Yo caí suavemente sobre ésta, rebotando un poco, sin quitarle la vista de encima. Mi peliazul sonrió y se llevó las manos a la espalda. Lentamente su camisón de seda se fue deslizando por sus hombros, frenándose en su busto, atascado en la prominencia de éste. Se ayudó con las manos y dejó libres a un par de senos firmes. Nuevamente el camisón se deslizo, revelando su vientre plano, pero se atascó una vez más, ahora en sus caderas redondas y llamativas. Otra ayuda de sus manos. Ya la tenía semi-desnuda ante mí. Solo la cubría su pantaleta de un color violeta muy sutil, casi blanco. Caminó hacia mi, moviendo las caderas con cada paso que daba; apoyó una rodilla en la cama y luego la otra. Yo respiraba con violencia mientras ella me quitaba los zapatos y no pude contener un gemido cuando me quitó el pantalón. Arqueó su espalda poniéndose a gatas sobre mí y vi como sus pechos quedaban muy cerca de mi rostro.

-Quiero borrar todo lo malo que viviste hoy… - dijo, con honestidad y a la vez sensualidad en su voz.

Bajó su rostro hasta juntar sus labios a los míos. Yo estiré los brazos y los puse en su espalda, siguiendo con los dedos la figura de su columna hasta llegar a su trasero. Puse una mano en cada glúteo y lo apreté con deseo. Luego acaricié sus muslos y subí a su cintura, la abracé con fuerza aprovechando de meter mi lengua en su boca y frotarla con lentitud. Se apegó más contra mí y tuve sus pechos contra el mío. Y por primera vez no me importó estar sin la faja, en ese momento realmente no pensaba en nada… Al menos no hasta que ella comenzó a acariciarme. Por un momento me tensé cuando sus manos tocaron mis muslos, pero volví a entrar en confianza al comprobar que no pretendía tocar ni mi pecho ni mi entrepiernas, y menos despojarme de mis escasas ropas. Por un momento seguimos así: caricias, besos, más caricias, más besos; hasta que ella, de improvisto, se sentó sobre mis caderas mirándome con fiereza. Yo estaba embelezado mirándola, la luz de la luna que se metía por su ventana la hacía ver aun más hermosa. Sin previo aviso comenzó a moverse de atrás hacia delante, frotándose sentada contra mí. Sus pechos iban y venían, me tenían hipnotizado, no pude hacer menos que tomar uno con cada mano y apretarlos suavemente, deleitándome con ellos, pero a pesar de tener sus senos en mis manos no pude dejar de mirar sus rostro, se veía demasiado excitada, con los ojos brillantes, los labios entreabiertos, respirando por la boca, con su cabello suelto meciéndose al igual como lo hacían sus senos antes de ser prisioneros de mis manos. Noté la humedad que traspasaba la ropa interior de Michiru y fui conciente de mi propia humedad en mí boxer. No pude resistir más y me abalancé contra ella, dejándola cautiva bajo mi cuerpo. Mis manos aferraron su pantaleta y la bajaron sin demora, no había tiempo para sutilezas, o al menos eso me gritaba mi cuerpo. Mis dedos solo querían hundirse en su sexo una vez hube arrancado su ropa interior, así que lamí el índice y el medio y me dispuse a clavarlos en esa anhelada cavidad. Pero por un momento me detuve a mirar su rostro… Tenía los ojos muy abiertos y el mentón tembloroso: estaba asustada. Me sentí como un tonto, como un bruto con instintos animales demasiado altos. Tenía que remediarlo, así que me acosté sobre ella y besé su frente, luego su nariz, sus mejillas, su mentón y finalmente sus labios. Cuando terminé de besarla me sonrió, tomó mi mano derecha y la besó, llevándola seguidamente a su entrepiernas. Sentí un vuelco en el corazón al tocar la suavidad y sentir la humedad de su feminidad con los dedos… Y curiosamente yo también me puse nervioso. Comencé a tomarme el asunto con calma y muy lentamente acaricié su clítoris, teniendo satisfactorias respuestas casi de inmediato; un gemido me incitó a más, a seguir. Bajé los dedos para palpar su pequeña cavidad; estaba tan mojada que me hizo estremecer de gozo. Ahora si me sentía listo para explorarla por dentro… Lentamente metí el dedo medio, primero solo hasta mi uña, luego hasta la mitad y finalmente hasta donde más pude. Michiru cerró los ojos separando los labios en una muestra de placer, el cual incrementó reflejándose en su rostro cuando empecé a mover el dedo de forma circular. Después metí el dedo índice, asombrándome de lo estrecha que era, completamente virginal… Eso me excitó más. Empecé con el juego de meter y sacar, de mover de diferentes formas y presionar sus paredes internas. Con la boca atrapé su pezón izquierdo, succionándolo y mordiéndolo, para luego tratar de meter un poco más de su seno a mi boca. Ella alzó sus caderas, haciendo que mis dedos se adentraran más, de golpe, haciéndome gemir a pesar de no estar recibiendo estimulación sexual. Era hora de disfrutar también… Pasé mi mano izquierda hacia abajo, perdiéndola entre mis piernas, frotando con entusiasmo mi clítoris por sobre el boxer con mi dedo medio. El calor fue creciendo en nuestros cuerpos y aceleré el ritmo de las embestidas con mis dedos, ahora no costaba nada deslizarse en su interior, estaba perfectamente lubricada. Sus piernas se separaron más y ella gimió murmurando mi nombre a ratos. Sus caderas coordinaron con mis movimientos y comenzó a moverse frenéticamente, casi desesperada, llevando sus manos hacia mi trasero, estrujándolo, amasándolo, empujándolo contra ella como si de esa forma mis dedos se fueran a clavar más en su suave y cálido interior, como si dominando el movimiento de mis caderas pudiera controlar mis "penetraciones"… Eso me hizo sentir muy bien, muy masculino e indudablemente, muy excitado. Mi clítoris parecía palpitar de la excitación y mi cuerpo temblaba, estaba llegando al orgasmo, así que bajé un poco mis dedos y presioné un pequeño hueco, por llamarlo de alguna forma, en la cavidad de Michiru: el famoso punto G. Ella hizo un sonido similar al que hace la gente cuando se asombra, aspiró aire por la boca de forma sonora y luego emitió un gemido sumamente gutural, casi como si algo le doliera. Eso me puso a full e instintivamente comencé a mover las caderas a más no poder, mordiendo un pezón de mi amada al mismo tiempo y frotando y presionando el vendito punto erógeno de mi sirena… Hasta que llegó lo inevitable: el orgasmo me hizo proferir una serie de quejidos guturales bajos y un temblor absoluto se apoderó de mí, haciendo que me desplomara sobre ella, con la cara hundida entre medio de sus pechos. Pero soy considerado y no dejé de mover la mano que la estimulaba a ella, quien no dejaba de gemir, hasta que aproximadamente treinta segundos después, se corrió.

Nos abrazamos temblorosos, jadeantes y algo sudados. Le sonreí mirándola a los ojos y la besé. Nos susurramos las típicas palabras de amor y enrollamos nuestras piernas, las unas con las otras, queriendo estar lo más unidos que fuera posible, hasta que nos dormimos.

Y esa fue la primera vez que hicimos el amor, luego de una noche turbulenta. Agradezco que haya sido así, porque por lo menos puedo considerar que esa noche, que comenzó tan mal, tuvo un final feliz.

A la mañana siguiente ya me tocaría conocer más a fondo a sus padres… Pero me dormí sin pensar en ello, solo teniendo en la mente lo que acababa de hacer, intentando borrar la experiencia con Kyomaru.

Continuará.

Gracias a todos por sus reviews. Ojalá hayan disfrutado este cap. El próximo capítulo contendrá más lemon y será más explícito x) Espero no espantarlos.