En 1658 Inglaterra se alió con Francia para poder arrebatarle Dunkerke (una ciudad francesa) a España. El verdadero objetivo de esta alianza con los galos era apropiarse de dicho territorio, desde donde podían invadir Calais. Calais era otra ciudad francesa, que había estado bajo dominio de los ingleses después de la Guerra de los 100 años, y la cual perdieron en 1558.

Alguien me recomendó aclarar esto del espacio-tiempo, porque estaba muy confuso. Octavaluna-801, diosa mía, gracias, te debo una. De todos modos, esto iba a tener su contexto histórico, pero el desastre que me mandé en el primer capítulo fue…de terror, orz. Así que, de cierto modo, este capi va para ti. Agradeceré que me sigas corrigiendo. I'm a fail girl 8D


What have you done?

II

Antonio abrió los ojos con desgano. Estaba cansado, con una resaca horrible y acababa de darse cuenta que se había quedado dormido en el suelo. Intentó llevarse una mano a su cabello para arreglarlo un poco y notó que había algo sobre ella que le impedía moverla. Algo que se parecía a ese rubio estúpido que existía para joderle la vida.

No se equivocó, en efecto, ese que dormía entre sus brazos era el inglés, cubierto apenas por una chaqueta que, si mal no recordaba, era la que llevaba puesta la noche anterior. Aún así podía darse cuenta de que Arthur estaba desnudo, y eso sólo significa una cosa, una cosa que le hizo palidecer de espanto y sentir unas terribles ganas de esfumarse y dejarlo allí abandonado.

Miró preocupado hacia la puerta entreabierta, temeroso de que alguien pudiera observarlos. Aún era de noche, pero seguramente no faltaba mucho para el amanecer. Volvió sus ojos verdes hacia abajo y se detuvo contemplando el rostro tranquilo del anglosajón, esa expresión tan inusual en él. Sonrió. Ver en él ese semblante libre de maldad e ironía era todo un regalo del cielo.

Con cuidado, tratando de no despertarlo, retiró su mano de abajo de la nuca del rubio. Inglaterra sólo hizo un mohín de incomodidad, acompañado por un leve gruñido y siguió durmiendo. Necesitaba vestirse, cuanto antes. Podía pensar acerca de aquello después, pero no podía quedarse así. De todos modos, no entendía porque lo había seguido hasta ese lugar, aunque la duda más grande era el por qué sentía ganas de quedarse con él. Quería abrazarlo, volver a besarlo, pero el motivo de esos nuevos antojos era algo desconocido para él. Además, se suponía que Arthur era un cabronazo. Se suponía que lo tenía que odiar, que tenía que aprovechar que estaba dormido para patearle el culo y rajar. Pero no podía.

Tomó sus ropas y se vistió en un instante. Había llegado la hora de irse del lugar, pero había algo que lo retenía. No se sentía con el valor para volver a mirarlo a la cara, por lo que la idea de despertarlo había quedado desechada hacía rato. Aunque sabía por experiencia propia lo vergonzoso que era despertarse en sitios así, solo y con las claras señales de lo que había realizado durante la noche. Y no quería eso para Arthur. Le deseaba el mal, pero no de esa forma. Aunque si mal no recordaba, el bastardo lo había humillado de mil y una maneras en su estadía con los piratas, y las heridas y el rencor aún estaban frescos.

Se arrodilló a su lado y le dio un largo beso sobre los labios. Inconscientemente el inglés los entreabrió, aún dormido, invitándolo a hundirse un poco más en su boca, algo a lo que España difícilmente podía negarse.

-Antonio…

Se estremeció cuando escuchó aquel susurro que llevaba su nombre. Tuvo el impulso inicial de continuar, de quitarse la ropa y de seguir con eso, de disfrutar el placer que sentía cada vez que rozaban sus labios y sentía el cuerpo del otro pegado al suyo. Pero la incertidumbre de no entenderse así mismo, de no saber qué era exactamente lo que empezaba a sentir por el inglés le provocaba un vacío inexplicable por dentro que lo consumía. Se separó y retrocedió hasta la salida, pasándose una mano por los labios como queriendo sacarse ese gusto adictivo que lo llamaba a volver a probar aquella boca de nuevo. Lo observó por última vez antes de desaparecer, dando un portazo al irse, lo suficientemente fuerte como para que Inglaterra se despertara.

/ / / / /

Los dedos pálidos del inglés acariciaban la carta que acababa de sacar del sobre que sostenía su otra mano. Acariciaba en realidad el nombre del español escrito en ella, con un aire entristecido. A pesar de que hacía exactamente dos años que no lo veía, todavía recordaba aquella noche como si hubiera sido el día anterior, y le dolía. Quería olvidarse de eso y no podía.

La carta que le acababa de llegar desde tierras francesas no había hecho más que ponerlo en una encrucijada. Necesitaba esa pequeña alianza con Francia. Pero sabía que Antonio no lo entendería. ¿Qué hacer en un momento así? El capricho nuevo de su monarca era recuperar Calais, y él no era quién para desobedecerlo. Pero el hecho de que tuviera que meterse con España después de aquel largo silencio que siguió a esa maldita noche (porque se maldijo muchas veces por no haber podido resistírsele), el hecho de tener que volver a verle la cara le hacía sentir unas fuertes punzadas en el pecho. ¿Por qué le estaba huyendo?

Había intentado convencerse de que había sido simplemente un encuentro más, uno más de los tantos que había tenido. Pero engañarse solamente hacía que por las noches se aferrara a la almohada y deseara con toda su alma tenerlo a su lado. Volver a sentirlo. Y el recordar cada segundo de esa noche no le ayudaba en absoluto. Si tan solo hubiera bebido unos vasos más…

Antonio lo había abandonado, como un buen hijo de puta. Recordaba haberse despertado sobresaltado, después de aquel portazo y después de haber soñado que Antonio lo estaba besando. Recordaba haberlo buscado con la mirada ansiosamente, haber tanteado en el suelo en busca de las ropas del ibérico. Y como olvidar la amargura al notar que lo había dejado, el sinsabor y la frustración que ocuparon su corazón por unos escasos segundos, antes de contener las lágrimas y darle un puñetazo al piso, lleno de odio y rencor.

Y aunque, camino a su casa, había meditado bien el asunto y había llegado a la conclusión de que se había acostado con su enemigo porque estaba necesitado de una cama y el único a mano era Antonio (y además estaba borracho), a la hora de cerrar los ojos e intentar conciliar el sueño recordaba cada detalle. Y eso solo hacía que lo deseara aún más, de una forma casi enferma que no lograba entender. ¿Qué tenía Antonio que los demás con los que había compartido un momento íntimo no tuvieran? Tal vez el hecho de que se había auto impuesto no compartir jamás algo con el español, mucho menos una relación, y el ahora sentirse atraído hacia el moreno era como algo prohibido, y le gustaba que así fuera. O tal vez un simple capricho, el querer tener bajo su poder la pieza más difícil, la que le faltaba a su lista de amoríos antojados.

Chasqueó la lengua y se echó hacia atrás sobre la silla, con un largo suspiro. ¿Cuánto podía afectarle a España que le quitara aquella pequeña ciudad? El bastardo tenía demasiadas colonias en América de las cuales ocuparse… ¿porqué le molestaría perder una cosa tan insignificante como Calais? Seguramente eso despertaría el rencor que le tenía, y era probable que viniese de sorpresa un día de esos, golpeando con fuerza la puerta de su gabinete como en esos días en que le exigía que limpiara los mares infestados de piratas. Esa era la idea, atraerlo. España iba a reaccionar cuando las fuerzas anglo-francesas le arrebataran Calais, y astuto como era, iba a desenmarañar la treta inglesa. Iba a darse cuenta que el responsable de eso era él, y lo iría a buscar. Y estaba ansioso por verlo de nuevo, por perderse en sus ojos y deleitarse con cada puteada que le dedicara. Quizás Antonio cediera… quizás… quizás podrían repetir lo de aquella noche. O al menos, sacar el tema, y así poder saber cuales eran los verdaderos sentimientos del ibérico.

Sacó una hoja de uno de los cajones y tomó la pluma, sonriente. Le sorprendía que Francia no notara la artimaña de su soberano. Pero no le importaba, Calais tenía en ese momento el mismo valor para él que una bolsa de residuos. No le interesaba en absoluto esa ciudad francesa. Fastidiar a la persona que le provocaba unas depresiones amorosas (que por supuesto, no reconocería delante de nadie que las tenía) desde hacía un par de años era la mejor actividad que podía hacer para recuperarse.

Además le divertía tener que hacer una tregua con el frog. Seguramente acudiría hasta su casa, sorprendido ante su respuesta. Mejor. No le gustaban las relaciones que mantenía Francis con España, a decir verdad siempre le habían parecido una molestia, pero últimamente le daban mucha mala espina, y no necesariamente por cuestiones diplomáticas. Podía matar dos pájaros de un tiro, por supuesto: establecer un contacto (aunque fuese agresivo) con Antonio y de paso, cortar de momento la brecha amistosa entre esos dos.

Firmó la carta y revolvió entre las cosas del escritorio en busca del anillo con el sello real. Y mientras lo hacía volvió a pensar en el moreno. ¿Por qué tenía ser él quien iniciara "algo" después de esa noche? ¿Acaso Antonio no sentía ganas de buscar una excusa barata para volver a verse? ¿Acaso a ese maldito ibérico no le importaba en absoluto lo que había sucedido? ¿Ese "te quiero" pronunciado en ese horrible idioma hispánico había sido puro verso? Y él que se lo había devuelto, creyendo que se lo decía con sinceridad… seguramente Antonio debió haberse divertido en grande con ello después.

El anillo que perseguía rodó al suelo y quedó debajo del mueble, poniéndolo más tenso aún de lo que estaba.

-Mierda…

Intentó alcanzarlo estirando el brazo, para así no tener que abandonar la cómoda silla, pero no resultó. Últimamente nada de lo que quería le resultaba.

"Te quiero"

Apretó los puños y cerró los ojos, tratando de no perder la calma. Esa frase infernal le resonaba en la cabeza como si se la hubiese susurrado el día anterior. Y odiaba verse tan débil. ¿Dónde carajo estaba Arthur Kirkland, el pirata sin escrúpulos de hacía más de medio siglo atrás, aquel que no había dudado en arrojar a Antonio a las garras de sus corsarios indolentes, aquel que se emocionaba viendo los barcos españoles naufragando y no sentía ni una pizca de remordimiento?

Pero esos eran viejos tiempos. Había cosas más importantes de las cuales ocuparse ahora, seguir jodiéndole la vida a Holanda, recuperar el prestigio perdido a causa de las bajas producidas por mantener una guerra estúpida con (oh, casualidad) España, las pestes y todas esas cosas. La política nacional había sido "menos guerras, más progreso", y el imbécil de su monarca de ese entonces le obligó a firmar la paz con el bastardo del tomate.

Sinceramente, le parecía algo ridículo. Como esperaba, resultó desastroso. Y él que se había quedado con las ganas de seguir jodiendo a Antonio… La paz se fue al carajo, podía confesar entre carcajadas que había sido en vano.

Se incorporó y se agachó para tomar el anillo, depositándolo sobre la mesa y volviendo a su asiento, acomodando en el proceso los papeles que había desordenado en la pesquisa.

¿Y si Antonio le había contado sobre esa noche a Francis?

Palideció de golpe. No, no podía ser tan hijo de puta. No, no podía. No era como si le importase lo que Francis pensara o sintiera (o tal vez sí), pero el sólo imaginarse de cómo ambos se podrían haber reído de él le producía un dolor de cabeza tremendo, que solo podía solucionarse viéndolos a los dos aplastados bajo su pie.

Se volvió a levantar y caminó hasta la puerta, depositando en la mano de uno de sus criados que lo esperaba en la entrada el sobre y dándole indicaciones para que se lo hiciera llegar a Francis cuanto antes. También le solicitó que le consiguiera urgentemente una audiencia con su soberano. Si Antonio había tenido la osadía de disfrutar de su cuerpo y luego botarlo como una cáscara frutal, la iba a pagar muy caro, y si Francis lo secundaba, también. No le importaba si tenía que discutir a los gritos con su jefe, si diplomáticamente no convenía volver a chicanear al "Imperio Español" después de haber agotado casi todo el tesoro nacional en una empresa semejante, unos cuantos años atrás.

Entró de vuelta a su despacho, seguido por el criado, que aún no había recibido órdenes de retirarse, y sacó un mapa empolvado que estaba enrollado detrás de un mueble. Lo extendió sobre el escritorio, buscando con mirada ávida en las diferentes colonias hispanas en América y apoyó su dedo índice en las varias islas que formaban el caribe, recorriéndolas y frunciendo el ceño en ademán pensativo. Finalmente sonrió y tomó una navaja del cajón, clavándola sobre una de las tantas colonias españolas marcadas con rojo en el plano. No había necesidad de dañar el mapa, y mucho menos de perforar la madera del mueble, pero sentía que la sangre pirata le volvía a correr por las venas.

-España tiene demasiadas – murmuró con voz maliciosa - Dile a nuestro rey que quiero todas estas.

El joven inglés asintió y se despidió con una reverencia, dejando a Arthur solo, el cual volvió a tomar asiento y se revolvió el cabello, suspirando. Ya le había robado varias islas antes. Pero quería más, aunque violara tratados…no le importaba. Quería hacerle saber su molestia al haber sido ignorado de esa manera por tanto tiempo. Quería…quería…

Quería volverlo a ver. Como fuera, como enemigos, como aliados… como fuera.

Cerró los ojos, tratando de reflexionar un poco. Había sido una decisión algo brusca el haber aceptado el acuerdo con Francis y encima, haberse propuesto robarle más colonias a Antonio. Pero no aguantaba quedarse de brazos cruzados.

Se sobresaltó cuando escuchó la puerta abrirse de golpe, como si le hubiesen dado una patada. ¿Dónde estaban los modales ingleses de los que tanto se jactaban sus nobles? Se incorporó, apoyando las manos en el escritorio, listo para soltar unos cuantos improperios ante semejante falta de respeto, pero se quedo de una pieza cuando vio que quien estaba avanzando hacia él no era ni más ni menos que Antonio.

-Sp-Spain… - tartamudeó nervioso, sin saber como reaccionar. Recordó al instante que la última vez que lo había visto había sido en el suelo de un bar abandonado y se ruborizó levemente, dudando. ¿Qué correspondía hacer? ¿Recibirlo como solía hacerlo, con burlas y sarcasmos, o… o qué? Se suponía que no eran amantes, claro que no. Después de aquello, no le había quedado bien claro qué eran exactamente ahora. Aunque la reflexión no le duró mucho.

-Bastardo de mierda, sabía que no eras más que una lacra podrida, te juro que lo sabía.

Inglaterra parpadeó confundido. Esperaba de todo, menos semejante hostilidad. No iba a achicarse, claro que no, ni siquiera el dolor que le provocaba que aquellos ojos verdes lo miraran con furia iba a hacer que retrocediera.

-¿A qué viene eso? ¿Y que te da el derecho de invadir mi despacho de esa manera? – pronunció con voz arrogante, cruzándose de brazos.

-Esto. Esto me da el derecho, rata traicionera.

El español le lanzó un papel abollado sobre el escritorio, sin dejar de mirarlo con odio. Odio que Arthur no comprendía. Él debería sentir odio, por haber sido usado y desechado de esa manera, por no haber recibido ni siquiera una explicación, o algo que le indicara qué mierda pasaba por la cabeza de Antonio cuando le murmuró aquel "te quiero" mientras compartían algo tan íntimo. Tomó el papel y lo alisó con los dedos, reconociendo en él su propia caligrafía, y dándose cuenta que aquello no era más que la carta que acababa de redactar hacía unos cuantos minutos atrás. De alguna forma, esa carta había llegado a manos de Antonio. Ordenaría decapitar al imbécil de su sirviente, eso seguro.

-¿Hablas de traición? Nuestra amnistía expiró hace años, ¿recuerdas? Estoy en todo mi derecho de invadir tus territorios cuando se me de la puta gana, no necesito tu permiso para hacerlo.

Por supuesto, no había traición diplomática, ambos lo sabían. Pero España se refería a otra cosa. Exactamente se refería a que había creído que había algo entre ellos, algo subliminal que tenía mucho más valor que un tratado de paz. Antonio no supo que contestar a aquella verdad y atinó sólo a adelantarse y a tomar al inglés por el cuello, arrojándolo contra la pared y presionándolo con fuerza. La frustración y el desprecio le corroían las venas, y más repugnancia le daba sentir placer en tenerlo así, tan cerca y tan pocos centímetros de esa boca, tenerlo pegado a su cuerpo después de tanto tiempo sin sentirlo.

-Pues yo creí que las cosas habían cambiado… - siseó, apretando los dientes.

Arthur se deshizo del agarre y lo tomó de las mejillas, acercando su rostro hasta casi rozar sus labios. Los dedos le temblaban ligeramente y un ligero rubor invadió sus mejillas cuando notó los orbes esmeralda del español descender hacia su boca. Las manos del moreno habían quedado en el aire, pero luego se apoyaron contra la pared, encarcelando aún más al rubio.

-Idiota, entonces no me dejes imaginar que siguen como antes – susurró con voz sincera, bajando la guardia y deshaciéndose de la máscara de orgullo con la que se había armado.

Inglaterra sentía casi la partida ganada. Eso era casi como una confesión. Una segunda confesión, para ser más claros. Pero Antonio no lo supo entender. Lo único que sabía era que Arthur jugaba muy, pero muy sucio. Retrocedió varios pasos después de sacarse de encima al inglés bruscamente, sin dejar de destilar rencor en su mirada, hasta llegar a la puerta.

-Si pisas Dunkerke, juro por Dios que vas a desear que hubiesen cambiado.

Dicho eso, desapareció dando un portazo, dejando al anglosajón contra la pared, atónito y sin poder formar una solución en su mente que le ayudara a entender que demonios había sucedido en esos cinco minutos que duró la estancia de Antonio en su despacho.


Hay cosas tan bellas en la comunidad España/UK del LJ… lástima que está todo en inglés. Debería haber una en español.

Gracias por leer~!