What have you done?
III
Inglaterra soltó el segundo de sus suspiros y se despegó de la pared. El primero había sido hacía varios segundos y había estado colmado de confusión e incredulidad. Incluso sus propias manos habían quedado temblando de la conmoción que le había producido aquel maldito acercamiento que no había tenido absolutamente nada de romántico. Bueno, no era como si el hubiera deseado que España se le insinuara como aquella vez, por supuesto que no. Y sin embargo era consciente de que esos rápidos latidos de su corazón decían todo lo contrario.
Le tomó unos cuantos segundos - de esos que ya casi parecían minutos - aclararse la mente y salir de ese estado de alteración. Caminó hasta el escritorio con paso sereno y tomó el papel abollado, releyendo las líneas que él mismo había escrito hacía menos de una hora, queriendo ponerse en el lugar de Antonio, sólo para intentar imaginar qué era lo que podría haber pasado por aquella cabeza al descubrir el contenido.
"…sabes que detesto hacer una alianza contigo… si accedo a tu petición es únicamente porque me encanta joder a ese bastardo. Juegas sucio, Francis, sabes perfectamente que a cambio de ver a España en la ruina soy capaz de aliarme hasta con el mismísimo demonio…"
Mierda, y mil veces mierda. ¿No podía ser más claro?
Arthur estrujó la carta y la dejó caer al suelo. Se apoyó contra el mueble y se llevó una mano a la frente, cerrando los ojos, chasqueando la lengua y maldiciéndose por haber escrito aquello. ¿Era necesario aclararle a Francia de esa manera su ahora fingida antipatía hacia el imperio español? ¿Cómo iba a imaginar que justo en ese instante aparecería España y abriría el sobre…?
Inglaterra enarcó ambas cejas al surgirle súbitamente esa idea en la mente.
-Cierto – murmuró para sí mismo.
Cierto, el hispano, luego de dos años sin siquiera verlo, había aparecido por el palacio sin previo aviso, y aparentemente sin motivo alguno. O tal vez sí que había habido uno, pero después de ese momento de furia Antonio probablemente había desistido en comunicárselo. Pero eso no era lo más importante. El cómo había llegado ese documento a las manos del tomatero era lo que más necesitaba saber. Aquel inútil de su asistente era el mayor culpable, por no decir el único.
Salió dispuesto a encontrarlo y a matarlo en caso de que fuera necesario. Estaba muy cabreado de veras, se sentía capaz de patearle el culo y sacárselo de encima a su propio monarca si este se le cruzaba, para su mala suerte, en su camino. Dobló por uno de los pasillos, pisando el suelo con fuerza, rechinando los dientes e ignorando a las criadas que se asomaban por las puertas al sentir la respiración entrecortada y las blasfemias en voz baja del inglés. ¿Dónde demonios podría haber huido ese infeliz?
Continuó caminando, pasados ya varios minutos de búsqueda infructuosa, ya no buscando a su objetivo sino un lugar en el cual sentirse a salvo de las miradas curiosas de su propia gente. Lo encontró, camino a los jardines, cerca de los ventanales. No era temporada de visitas, ni de reuniones diplomáticas, por lo que el lugar que solía reservarse para dichas ocasiones estaba desierto. Adorada soledad, la bella paz de encontrarse sin siquiera un hombro en el cual desahogarse, ni un cuerpo moreno al cual acariciar, ni unos labios con sabor a sol y a tierras latinas en los cuales depositar los suyos. Ni una maldita voz con acento hispano que le susurrara al oído ciertas cosas que, de veras, necesitaba oír. Porque ni siquiera había tenido la suerte de cruzarse al español.
-¿Y para que mierda quiero cruzarme con ese imbécil si me odia? – le dijo al aire, apoyando la frente en la pared y dándole un puñetazo al muro. – soy un idiota, ¡un idiota!
No, no estaba llorando, o eso quería creer. Las lágrimas bajaban por sus mejillas, que ardían de rabia y amargura. Debía de verse patético, sin duda alguna. Si el frog lo viera, seguramente no lo creería. Aunque juraría que Francia no se reiría de él en un momento así. Todo lo contrario, se le acercaría con esa cara de idiota y le preguntaría por el motivo de su desolación. Y al obtener como respuesta un insulto o un golpe no se iría. Testarudo como era, le daría un abrazo honesto, carente de esa perversión que a su parecer siempre invadía el aura del francés. Era así como habían terminado entre las sábanas las cuatro últimas veces.
Mierda, no iba a correr ahora a los brazos del galo como un cachorro desamparado en busca de afecto. Pero lo que sí haría era levantarse y rescribir otra nueva carta, luego asegurarse de que sus guardias se encargaran de darle una "cordial" despedida al español hasta que sus pies estuvieran fuera del palacio, y finalmente buscar personalmente una cesta en las cocinas para colocar la cabeza de su asistente, luego de haberlo hecho pasar por la guillotina. Solo para hacerle pagar por el mal momento que estaba atravesando, no por haber sido el culpable de que España leyera aquella esquela.
Se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y se miró por el cristal de la ventana, sonriendo ante el cambio de imagen que esa expresión orgullosa y vengativa le daba a su rostro. Ese sí que era Arthur Kirkland. Y no aquel estúpido rubio que se había largado a llorar por un idiota adicto a los tomates.
-Este lugar te debe dar náuseas, igual que a mí. ¿No me entiendes? Ah... claro, el idioma. Ehm… of course, you can… follow me. ¿Lo dije bien?
Inglaterra vio esfumarse su sonrisa en el vidrio cuando escuchó esa voz. Era la voz de Antonio, no había duda, hablando en ese inglés tan espantoso, porque el maldito jamás había sabido pronunciar bien ni siquiera su nombre (tal vez por eso encontraba más fácil decirle Arturo… y la mierda que sentía por dentro cuando lo llamaba así). Se asomó un poco, algo desconcertado por aquellas palabras. ¿A quien se estaría dirigiendo en ese idioma que apenas podía deletrear? O mejor dicho… ¿A quien estaría ofreciéndole abandonar su residencia?
Ya, no necesitaba pensar demasiado, sus ojos le daban la respuesta. Allí estaba el incompetente de su ayudante, caminando al lado de España. ¿Acaso pensaba escapar? Como si se lo fuera a poner tan fácil… lástima que para vérselas con él tuviese que volver a encarar a Antonio. Aunque… pensándolo bien, era una buena oportunidad para desahogar su rabia, y qué mejor que hacerlo en las dos personas que le habían estropeado el día.
-Basta de romanticismo, Kirkland – murmuró para sí mismo mientras bajaba las escaleras que lo conducían hasta el jardín - De una maldita vez por todas.
/ / / / /
Antonio abrió la puerta de su casa y arrojó los papeles a la mesa, cuidándose bien de no dar luego un portazo y despertar con ello a Lovino. Esas no eran las horas de llegar, y seguramente el italiano se lo reprocharía al día siguiente. Y es que en realidad España no se sentía con ánimos de discutir o de hacer entrar en razón al jovencito. Este ya no podía recriminarle que se había demorado y que no había podido hacerse la cena solo, o los demás quehaceres. Italia ya tenía edad suficiente para apañárselas solo, aunque a pesar de eso seguía consintiéndolo cada vez que podía.
Había venido con una mala leche terrible, y no quería preocupar al chico, ni tampoco reñir con él. Todo por culpa de ese mil veces maldito Inglaterra. No era una novedad que verlo le provocara un dolor de estómago y unas ganas de romperle la cara a puñetazos, y seguramente Arthur albergaba esos mismos sentimientos hostiles hacia él. No era una novedad, claro que no, a pesar de que la anteúltima vez había sido diferente. Más que nada, seguía preguntándose si aquello no había sido nada más que un sueño. Hubiera dado muchas cosas por sentirse correspondido, por saber que el rubio no había olvidado esa noche y estaba dispuesto a hacer las paces con él. Porque de hecho, el motivo de su visita a Londres había sido proponerle otro armisticio, una unión entre ambas naciones para hacer frente a los problemas que pudiesen llegar a surgir en el futuro y…
Joder, no, a decir verdad había ido porque necesitaba volver a verlo. No sólo eso, también tocarlo… sentirlo. Más que nada ver cómo reaccionaba.
Ni siquiera su rey le había autorizado a una cosa así. Ni en sueños sus jefes harían otra tregua, y ambos lo sabían perfectamente, o eso había creído. Los papeles que portaba ni siquiera llevaban el sello real, era toda una gran excusa barata. De seguro tendría que procurarle una explicación por haberlo dejado abandonado esa noche. Pero Antonio no tenía por qué dársela, estaba plenamente convencido de que cuando sus labios se unieran, las razones les iban a importar una mierda. Ambos eran de pocas palabras cuando se trataba de eso. Y Arthur podía mostrarse agresivo y hostil en un principio, pero al final siempre cedía, y si estaba tan seguro de eso era porque todo de Inglaterra podía ser falso, excepto sus ojos. Y aquel brillo de pasión y sinceridad que había vislumbrado en sus pupilas era incluso más creíble que ese entrecortado "Te quiero", que ahora le sonaba más hipócrita que cualquier otra cosa.
-Maldito imbécil engreído… - susurró, reprimiendo su deseo de tomar los platos de la mesa y romperlos contra la pared. Se llevó la mano al hombro, allí donde tenía esa venda improvisada que ocultaba la larga herida que le había hecho el anglosajón antes de despedirlo.
Buscó el botiquín en su habitación, sonriendo apenas al ver que Italia había invadido su cama y dormía en ella abrazando la almohada. Realmente había muchas cosas por las que valía la pena no perder la calma, y mucho menos si se trataba de un inglés. No obstante, había algo que le dolía por dentro, mucho más que ese tajo de la espada de Arthur, mucho más que el haberle tenido que dejar un labio roto y un ojo morado en ese lindo rostro por haberle atacado de esa manera. Odiaba las traiciones. Estaba acostumbrado a pelearse con Francia por cuestiones territoriales o diplomáticas, ya que de todos modos siempre conservaban la amistad. Por lo que no era exactamente que Inglaterra hiciera una alianza con el gabacho en su contra lo que le molestaba tanto, sino que hubiese jugado tan sucio con algo tan importante como los sentimientos. Sus sentimientos. Cuando ni en mil años Antonio hubiese creído que aquel desvergonzado pirata (porque vamos, todavía lo era) iba a hacer que se desvelara tantas noches pensando solamente en ese cuerpo pálido y perfecto, en esos ojos esmeralda, y esa boca capaz de liberar los sonidos más deliciosos del mundo del mismo modo en que podía besar y susurrar una blasfemia.
Pensar en el inglés reavivaba, muy a su pesar y uno por uno, aquellos recuerdos de la noche en que había marchado a Inglaterra por cuestiones que nada tenían que ver con el rubio y, aun así, sin proponérselo, había terminado cruzándose con él. Peor aún, había terminado de la forma menos esperada.
Se estremeció y suspiró. Ni aunque estuviese dolido o lleno de rabia y odio hacia Inglaterra, ni siquiera así desaparecían esas imágenes de su cabeza. Bien, Arthur no era el primero con el que se había acostado, ni tampoco el segundo, tercero o cuarto. Ni siquiera el décimo. Pese a que Antonio no llevaba la cuenta de esas cosas, estaba casi seguro. Pero no podía, los arañazos, los besos, el sabor de su piel y el placentero sonido de su voz… los sentía todavía, como si el inglés estuviese a su lado. Y aunque la ira no se hubiese esfumado, la necesidad era mucho más fuerte.
-Dios santo, ya basta con esto – suplicó en un murmullo, para después abandonar la habitación.
Salió al exterior, cerrando tras sí la puerta y apoyándose en ella, dejándose caer hasta quedar sentado en el umbral. Sacó la navaja que llevaba en la cintura y se puso a rasgar la tierra mientras buscaba una manera de pensar en otra cosa, lo que fuera, menos algo que lo obligase a encontrar otra nueva excusa para volver a Londres.
-Tengo que hablar con Francis – murmuró entrecerrando los ojos, abstraído en sus propias ideas, a la vez que dibujaba con la hoja trazos inconscientes– hablar y… llegar a un acuerdo, no puede ser que justo ahora se le ocurra joderme así... Tengo que hablar antes que Arthur…
Arthur. Arthur, Arthur, Arthur. Todo el tiempo, constantemente acosándolo en su mente. Y parecía que mientras más imposible se le hacía la idea de volver a tenerlo, más se empeñaba su cerebro en recordar. Tal vez, cruzando el mar, Inglaterra estuviese pensando en él también, mordiéndose los labios y maldiciendo el día en que creyó que las cosas iban a cambiar. O tal vez no, quizás simplemente estaría conciliando apaciblemente el sueño, sonriente y con la conciencia tranquila.
Clavó la hoja en la tierra, con la intención de levantarse luego e irse a la cama para dormir, pero recordó que si estaba justamente ahí afuera era porque no podía hacerlo. Si no encontraba algo realmente importante en el cual ocupar su mente iba a terminar trastornado. De por sí ya estaba un tanto perturbado y preocupado por la seguidilla de rebeliones que habían surgido en tan poco tiempo. Hasta Lovino había intentado sacárselo de encima, y aunque aparentase que las aguas ya se habían calmado, todavía le dolía la casi ruptura de sus relaciones con Italia. Estaba cansado de tantas revueltas.
Eso le recordaba que había sido Arthur uno de los que había ayudado mucho a que Portugal le diera una buena patada en el culo y se declarara independiente. Maldito inglés podrido.
Realmente había sido una estupidez acostarse con Arthur. No, acostarse no. Sí involucrarse tanto, sabiendo que la situación de su país era un desastre. Aunque cuanto le hubiese gustado que Inglaterra lo consolara, fuera su apoyo… no diplomáticamente (porque sabía que su monarca lo mandaría a la guillotina si el rubio sugería una alianza con España) pero al menos sentimentalmente. Esos dos años habían sido bastante llevaderos para él, solo porque canalizaba su tristeza en los recuerdos de aquella noche y los convertía en sonrisas. No se sentía tan solo en el mundo. Enemistado con Francia, con Italia, con Portugal, la crisis económica, el despilfarro que hacían los nobles con el tesoro nacional, los gastos militares, y encima ahora sin el inglés… sentía que algo demasiado terrible estaba por venírsele encima.
-Francia – dijo incorporándose - Tengo que hablar con Francia, esto se me está yendo de las manos. Aunque… - murmuró sonriendo ante la ironía – últimamente todo se me está yendo de las manos.
Apoyó la frente contra la puerta, sin quitar la sonrisa resignada de sus labios. ¿Qué era lo que había hecho mal para que de golpe todos intentaran (y algunos lograran) dejarlo? ¿Por qué su imperio se le desmigajaba en la mano y no podía hacer absolutamente nada para solucionarlo? ¿Por qué? Maldita sea, ¿y por qué Inglaterra tenía tanto que ver en las lágrimas que estaba derramando? Ojalá Lovino no despertara y lo viera llorando. Aunque tal vez así el italiano se compadeciera y le diera un abrazo. El abrazo y el consuelo que había ido a buscar a Londres y le había sido negado. El cariño que necesitaba para no sentirse abandonado, miserable, desvalido, y caerse de a pedazos ante el resto del mundo.
España realmente no estaba pasando por un buen momento ToT.
Guerra de los 30 años (1618 – 1648): Francia le declara la guerra a España en 1635. Desde ese momento siguieron enemistados, hasta que firmaron la paz en 1659.
Declaración de independencia de Portugal (1640): Francia e Inglaterra colaboraron para que Portugal dejara de pertenecer a España~
Rebelión del sur de Italia (1648)
...entre otras cosas. Pobre mi Toño...*apachurra*
Y encima después, la guerra de sucesión. Y que cabrón terminará siendo Arthur…!8D
Demoré en actualizar porque estaba en temporada de examen, disculpen.
¿Soy sincera? Siento que esto se esta yendo al asco. No me gusta nada, ¡siento que esta horrible! Feo, feo, feo. Espantoso. Bueno, a ver si mejoro un poco…
Gracias por leer, como siempre, y por los reviews. La verdad es que me gustan mucho todos, si vieran la cara de estúpida que pongo al leerlos se reirían. srsly, prometo mejorar esta cosa! *se arrodilla*
Ja ne!
