CAPÍTULO 4

Edward supo que era Bella antes de descolgar el teléfono. Resultaba imposible que olvidara el fiasco de la cita doble de esa noche sin revivir cada detalle. Se había acostumbrado a sus exhaustivos análisis, y la mayoría del tiempo no le importaban. El ingenio y la lengua afilada de Bella convertían sus monólogos en algo muy interesante ya que siempre conocía a los participantes.

Salvo que esa noche él era uno de ellos, y no sentía mucha inclinación a discutir hasta la una de la mañana sobre las torpezas que había cometido.

Alzó el auricular.

- ¿Te despediste de Nina con un beso?- inquirió Bella.

- Hola a ti también. No, no lo hice. ¿Y tú?

- Él me dio un beso en la mejilla.

- ¿Cuál?

- La de la cara- repuso tras un momento.

- Ah- se dirigió a la nevera. Era tarde, así que se decidió por un zumo de naranja. Sacó el envase de plástico y cerró la puerta con el pie, luego fue hasta el sillón de terciopelo y se dejó caer en él.

- Lo que no puedo entender es cómo Alice pudo imaginar que me iba a gustar- continuó Bella-. No era capaz de hablar de otra cosa que no fueran pechos. Por favor. Como si a mí me importaran las ventajas de una sustancia salina sobre la silicona.

- Se ofreció hacerte un buen descuento.

- No necesito tetas más grandes. ¿O sí?

- No- imaginó sus pechos y al instante se puso a sudar.

- ¿Estás seguro? ¿Sabes?, nunca los has visto.

- Puedo ver que son estupendos, Bella- se secó la transpiración de la frente y deseó que ella cambiara de tema-. No necesitas nada más grande.

- De acuerdo. Tomad, pequeños. ¡Salmón, qué rico!

- ¿Bella?

- ¿Qué?

- Si vas a emitir sonidos tentadores para tus gatos cuelgo.

- Aguarda un momento. Debo cambiarles el agua.

Edward aprovechó la oportunidad para abrir la botella de plástico del zumo y dar un buen trago. La bebida dulce lo ayudó a disipar el sabor amargo que le había dejado la cita esa noche.

Alice los había convencido para aceptar, insistiendo en que era el momento perfecto para ver a otras personas. Luego podrían echar un vistazo más sereno a lo que él había llegado a pensar como "El Plan". Por lo que esa noche había salido con una abogada de la oficina de Jasper y Bella con un cirujano plástico amigo de Alice. Asistieron a un concierto en el Lincoln Center y luego fueron a cenar a un chino. Tendría que haber sido una cita agradable. Ya habían hecho lo mismo antes, con citas diferentes, desde luego, y siempre habían pasado una velada normal.

Pero no esa noche.

Por primera vez desde los tiempos de la universidad, se había sentido incómodo con una de las citas de Bella. La charla sobre los pechos no había ayudado. Grey, el cirujano, no había podido pasar cinco minutos sin mencionar pezones, por el amor de Dios. ¿Era de extrañar que Edward no fuera capaz de pensar en los pechos de Bella? ¿Qué tuviera que luchar contra el impulso de tocárselos?

- ¿Sigues ahí?

- Sí.

- ¿Edward?

- ¿Hmm?

- Esta noche me mostró todo lo que debía saber. Maldita sea, dejemos de perder tiempo y energía en gente que no nos gusta. Yo estoy a favor de que nos dediquemos a un intercambio saludable de fluidos corporales.

Edward se sobresaltó cuando un chorro de zumo de naranja salió disparado por la boca de la botella. No se había dado cuenta de que la estaba apretando con tanta fuerza. Dio otro trago y lamentó no haberle añadido vodka.

- ¿Y bien?

A pesar de la bravata de sus palabras, la voz de Bella irradiaba nerviosismo. O tal vez no. Quizá el único que se sentía aterrado era él. Fuera como fuere, no pensaba precipitar nada. Era demasiado importante. Pensó en Nina, su cita. Era muy bonita e inteligente. También divertida. El tipo de mujer que le gustaba. Bueno, que solía gustarle. Pero esa noche no era Bella. Y eso era todo.

Sexo con Bella. Santo Dios, el pensamiento había adoptado una residencia permanente en su cerebro, justo donde antes solía alojarse el sentido común. Y una vez instalado no quería marcharse. No hasta que hiciera algo al respecto.

Respiró hondo y soltó el aire despacio, preparándose para saltar del trampolín.

- De acuerdo- aceptó, sabiendo que esas dos palabras iban a abrir un capítulo nuevo en su vida. Las cosas ya no volverían a ser las mismas. Podía ser maravilloso, tal como predecía Bella. O podía ser la sentencia de muerte de la mejor amistad que nunca había tenido.

- Vaya.

- Sí, vaya. Maldita sea, Bella, ¿y si... ?

- Para. Para en este instante. No podemos pensar en "y si". Debemos creer que va a ser perfecto.

- Eso resulta fácil para ti, Pollyanna, pero para los que estamos en el mundo real, el futuro tiene algunos riesgos.

- ¿Y qué no lo tiene? Diablos, mañana podría atropellarte un taxi.

- Una lógica impecable. Aunque tonterías.

- No son tonterías Simplemente elijo mostrar un punto de vista optimista, lo cual, encanto, es una de las cosas que más te gustan de mí.

- Creo que confundes el optimismo con el fatalismo.

- Oh, Dios mío.

- ¿Qué?

- Acabo de darme cuenta de algo, tener sexo significa que vamos a estar desnudos. Uno delante del otro. Quiero decir, mis tetas son muy buenas para una relación platónica, pero ahora que pasaremos a lo platónico oro...

- ¿Oro?

- Si, como la visa oro. Tendrás la misma tarjeta, pero con mayores ventajas.

- Ventajas, ¿eh?- sonrió-. ¿Cómo poder tener preferencia para alquilar un coche?

- Hablo en serio. Hablamos de llegar a estar desnudos de verdad.

- Ya sé qué aspecto tienes- comentó. Era en lo único que había pensado esos días, pero no tenía intención de contárselo.

- No lo sabes.

- Te he visto en bañador.

- No es lo mismo.

- ¿Hay algo que necesites decirme? No se convertirá en algo parecido a Juego de Lágrimas, ¿verdad?

- No- rió-. Lo único que quiero dejar claro es que aún no has visto todas las partes.

- Hmm.

- Yo tampoco he visto todavía todas tus partes- Edward respiró hondo, sintiendo que sus partes se agitaban-. Tus otras partes misteriosas- añadió Bella.

Él se movió en el sillón, preguntándose si debería colgar. Había llegado el momento del cambio. Aún podía retractarse. Aún había tiempo.

- No tengo nada que no hayas visto antes.

- No te he visto a ti. Y ahora...

- ¿Qué?

- Necesito ver.

Una oleada de lujuria se abatió sobre él con tanta fuerza que estuvo a punto de caerse al suelo. Luchó por recuperar la compostura. Por mantener ligera la situación.

- Si crees que será de ayuda, puedo acercarla al teléfono.

- No bromeo. Necesito verte desnudo, Edward.

- Si... - la voz le salió demasiado chillona. Carraspeó y comenzó otra vez-. Cuando lo hagamos, lo verás todo.

- No- afirmó-. Tengo que verte primero

- ¿De qué estás hablando?

- Tengo que verte. A ti. Antes de que demos el siguiente paso.

- ¿Por qué?

- Porque sí. Lo necesito, ¿vale?

- ¿De qué se trata, de una especie de prueba?- pensó espantado-. ¿Vas a cambiar de idea si no la tengo lo bastante grande?

- ¡No! No, no tiene nada que ver con eso.

Esperó la explicación pero no llegó. Lo único que podía oír era sus respiración acelerada. Solo podía pensar en partes, las suyas y las de ella, y en la locura de la situación. La locura de que pudiera estar pensando en verla desnuda. En tocarla, probarla. Abrazarla.

Cerró los ojos y se la imaginó delante de él. Resultaba tan fácil. La conocía tan bien. El modo en que la luz hacía que el pelo le brillara como el fuego. El diente torcido del que siempre se quejaba y que en realidad la hacía más bonita. Sus piernas. Oh, Dios. No podía pasar de allí. No a sus piernas. No era tan bueno. Eran demasiado peligrosas. Jamás se había permitido desearla, porque sabía que no podía tenerla.

Parecía que en ese momento el dique se había abierto. Desde que hablaron de tener sexo no había pensado en otra cosa. La necesidad debía llevar dentro de él mucho tiempo. Justo bajo la superficie. Despertaba con Bella en la cabeza. Y se dormía de la misma manera. Le gustara o no, había cruzado la línea. Dudaba seriamente de que algún día pudiera dar marcha atrás.

- Debo seguir un orden- continuó Bella al final-. Pasos pequeños. Primero quiero superar lo de la desnudez. Va a ser incómodo, los dos lo sabemos. Pero si lo hacemos de una forma sosegada, seremos capaces de superar la incomodidad. Luego podemos dar el siguiente paso.

- ¿Y esos dos pasos no pueden darse al mismo tiempo?

- No. Sé que piensas que estoy loca, pero compláceme, por favor.

- ¿Y cómo se supone que lo hacemos?

- Tú vendrás a mi casa. No, quizás aquí no. Tampoco en la tuya. Ya se nos ocurrirá dónde. Y entonces...

- Nos desnudamos.

- No. Tú te desnudas.

La imagen ardiente que tenía en la mente se pinchó.

- ¿Qué? ¿Bromeas?

- Soy yo quien necesita ese paso. No tú.

- Yo no pienso desnudarme solo.

- ¿Por qué no?

- Porque es ridículo, por eso.

- No lo es. Es como debe ser.

- Bella, me desnudaré todo lo que tú quieras. Pero sólo si es recíproco.

Ella soltó una risita. Fue un sonido estupendo. Nada infantil, sino ronco, bajo, sexy.

- ¿Puedes creerlo? Vamos a hacerlo.

- Sí- corroboró. Dejó la botella de zumo en la mesita y se reclinó en el sillón. Pudo ver que aún seguía un poco excitado. Con un poco de concentración podía llegar a excitarse mucho-. Debo cortar.

- No hemos terminado.

- Sí que hemos terminado.

- Pero...

- Buenas noches, Bella. Hablaremos por la mañana.

- Ven a almorzar conmigo.

- De acuerdo. Ahora buenas noches.

- ¿Edward?

- ¿Qué?

- Mi pelo es Castaño Rojizo.

- ¿Qué?

- Piensa en ello- soltó otra risita-. Buenas noches.

Después de colgar se quedó con la vista clavada en el teléfono. Entonces lo comprendió. Era Rojizo. Oh, maldición.

Bella abrió el cajón del escritorio para buscar un paquete de chicles, pero solo encontró una goma de borrar y dos entradas usadas para una obra de teatro. Cerró el cajón, luego intentó llamar a Maria con la mano, la agente de bolsa que ocupaba la mesa de al lado, pero ésta tenía un auricular en cada oído y no le prestaba atención. Pensó en tirarle la goma de borrar a su colega, pero cambió de idea y volvió a centrarse en su propia conversación telefónica.

El señor Billi llevaba hablando diez minutos. Lo había cronometrado. Casi sin descanso para respirar, y en ningún momento había mencionado su portafolio de valores. Sin embargo, estaba al corriente de sus tomates, de los vecinos ruidosos que tenía abajo y del hombre del mercado de la esquina que se ponía ropa de mujer. Realmente tenía cosas mejores que hacer. Pero no podía ser brusca con él. Se sentía tan solo desde que falleció su esposa que no tenía corazón para meterle prisa. Además, Edward iba a llegar en cualquier momento, de modo que haría las llamadas que le quedaban después de comer.

- No, señor Billi, no he visto ese episodio de Se ha escrito un crimen.

- Es bueno, deje que se lo diga. Esa Angela Lindbergh es la mejor actriz del país.

- A mí también me gusta- sonrió. El señor Billi tenía tendencia a mezclar las palabras, lo cual resultaba divertido. Alargó la mano y movió el ratón, activando otra vez la pantalla del ordenador. Al instante apareció el programa con la hoja de cálculo. Se relajó. Notó que él se había cansado y que esa era su oportunidad-. ¿Qué le parece pasar el dinero a un fondo mixto?

- Lo que usted considere apropiado, Bella.

- Es su dinero, no el mío.

- Lo sé. Pero me ha cuidado bien durante dos años. Confío en usted.

- Gracias por su voto de confianza. Creo que se trata de una inversión bastante segura. Si está convencido, yo seguiría adelante y lo pondría allí.

- Lo estoy. No podría hallarme en mejores manos.

Bella sonrió, pero no en respuesta a las palabras amables del señor Billi. Edward había llegado. Mientras avanzaba por el pasillo, observó a sus compañeras darle un buen repaso. Ya lo habían visto antes, pero Edward no era alguien a quien pudieran soslayar. A todas las mujeres y a tres cuartas partes de los hombres les gustaría tener un revolcón con él si pudieran.

Se despidió del señor Billi y colgó justo cuando llegaba a su mesa.

- ¿Qué tal?- obligó a que las mariposas que sentía en el estómago se tomaran un descanso. Aún tenía fresca la conversación de la noche anterior. Demasiado fresca. Sintió que se ruborizaba.

- ¿Qué tal tú?

Se le veía muy guapo. Se había puesto los pantalones negros que a ella más le gustaban, los que ceñían las piernas largas y le daban un trasero fabuloso. Y la camisa gris de seda que le había regalado las navidades pasadas. Una combinación maravillosa. Se había echado el pelo hacia atrás con los dedos, pero igual se le veía revuelto.

Resultaba extraño y aterrador pensar en él de esa manera. Durante años había visto a otras mujeres babear por Edward. Dado su entusiasmo presente, era evidente que ella misma había reprimido sus sentimientos durante mucho tiempo.

- Estás guapa- comentó él, esbozando esa sonrisa que lo hacía más atractivo.

- Gracias- ese día había dedicado un cuidado especial a su arreglo. Se había levantado pronto para lavarse el pelo y peinarse, y se había puesto el vestido negro de Donna Karan que por lo general reservaba para las cenas importantes de negocios.

- ¿Adónde vamos?

- ¿Qué te parece aquel restaurante tailandés?- recogió el bolso y se levantó.

- Bien- aceptó bajando la vista. Justo hasta sus pechos. Luego la alzó otra vez a su cara.

- Aunque podríamos ir a mi apartamento- dijo ella, con cuidado de mantener la voz baja para que las personas con las que trabajaba no la oyeran. Ya habían especulado con su relación con Edward, y en general se mostraban bastante suspicaces con su vida sexual. Ni una sola vez en los tres años que llevaba trabajando en la agencia de bolsa había aceptado una invitación de uno de sus compañeros. De negocios, sí. Personal, jamás. Por lo que o bien pensaban que mentía al decir que únicamente era amiga de Edward o bien la consideraban lesbiana. Ninguna de las dos cosas le molestaba. Le gustaba que su vida privada fuera privada. Pero si él seguía mirándola de esa manera, puede que saltara sobre su cuerpo allí mismo- ¿Y bien?- instó.

- Me parece que no- respondió Edward-. Ir a tu casa me parece bastante peligroso.

- Como quieras- abrió el camino por el pasillo entre los cubículos y miró por encima del hombro para decir-: Gallina.

- No te equivocas.

La alcanzó ante el ascensor. Se había congregado una multitud que también salía a almorzar. A veces había tenido que esperar hasta quince minutos para poder bajar. No pensaba descender los sesenta pisos por las escaleras.

- Y bien, ¿has cambiado de parecer?- preguntó ella con una sonrisa.

- ¿Sobre qué?

- Lo que te pregunté anoche.

- Solo si tú has cambiado- susurró inclinándose sobre ella.

- No. A mi manera o puerta.

- Puerta, entonces- dijo justo cuando se abrían las puertas del ascensor. Entraron y Edward se dirigió al fondo, apretado por todos los costados por los hambrientos agentes de bolsa. No resultaba agradable.

Ella asintió y deseó que comentara algo más, que todo el mundo se desvaneciera.

El ascensor volvió a pararse y todavía entró más gente. Todos se movieron un poco, luego continuó el descenso hasta que se detuvo otra vez en la planta siguiente, provocando gemidos de los que esperaban fuera al ver que no quedaba espacio.

Enlatados como sardinas, reinó el único e incómodo "silencio del ascensor", que siempre hacía que Bella tuviera ganas de decir algo rudo en voz alta. Se contuvo, en particular después de que otra idea invadiera su cabeza. Una idea salvaje y descabellada.

No podía.

Edward se volvería loco.

Además, ella no tenía tanto valor. ¿O sí?

Sonrió. ¿Qué diablos? Ninguno de los dos iba a ir a ninguna parte. En la siguiente planta comenzaba el trayecto expreso que los llevaría directamente hasta la planta baja. Duraría aproximadamente un minuto. Tiempo suficiente. Oh, Dios, ¿podría acopiar valor para hacerlo?

Obligándose a ser lenta y paciente, deslizó la mano hacia atrás hasta encontrar el cinturón de Edward. Cerró los ojos y se lanzó. Bajó la mano. Ahí. Lo sintió. ¡Tenía la mano justo encima! Oh, Dios.

- ¿Qué haces?- susurró él con vehemencia.

- Tomar la situación por los cuernos- repuso ella con un murmullo, sin mover la cabeza por temor a que alguien se volviera y la viera con la mano en el bote de los dulces.

- Para.

- Ni lo sueñes- repuso, sintiéndose más atrevida.

.- ¡Bella!

- Alguien tenía que hacerlo- contuvo el impulso de reír.

- Cometes un gran error.

- No lo creo. Y por lo que puedo sentir, a ti tampoco te importa mucho. Detecto algo de entusiasmo, a menos que me equivoque.

- Te equivocas.

No pudo evitarlo. Soltó una risa, pero calló de inmediato cuando la mujer que tenía delante se volvió para mirar. Se concentró en lo que palpaba su mano. Asombrada por su propia audacia, se sentía casi embriagada. Si eso no aceleraba las cosas entre ellos, entonces nada lo conseguiría. Y de esa manera ni siquiera tenía que mirarlo. Al menos no hasta que el ascensor llegara a la planta baja, y en ese momento... Bueno, él ya sabría que no bromeaba acerca de la parte del sexo.

Deseó que los pantalones no fueran tan gruesos. Le gustaría disfrutar de más detalles. Pero notaba bastante. Cielos. Aquel viejo mito del número de pie era verdad.

El ascensor disminuyó la velocidad y las puertas se abrieron. En el acto la gente comenzó a salir, pero bella no se movió. Ni el cuerpo ni la mano. Quería esperar hasta el último segundo posible. Dios, no podía creerlo. Eso lo podía hacer Jessica, no ella. Lamentó no poder verle la cara.

Su deseo se hizo realidad.

La cara de Edward apareció ante ella. De hecho, apareció todo su cuerpo. Lo cual no era posible. Porque tenía en la mano...

Edward retrocedió hasta salir del ascensor. Le sonrió a Bella, disfrutando del modo en que los ojos estuvieron a punto de salírsele de las órbitas.

El hombre que había detrás de ella parecía igual de agitado, lo cual resultaba comprensible. Bella aún no se había movido. El hombre, a quien Edward le daba unos sesenta años, permanecía paralizado. Aunque tampoco tenía mucha elección.

Oyó que Bella decía algo parecido a "Urp". Y entonces las puertas del ascensor se cerraron. Pero no antes de saludar con la mano a Bella y a su nuevo amigo.

jajajajajajajaja como me gusto este capitulo, espero sus reviews cada vez esta mas buena esta historia.