CAPÍTULO 5
Bella registró el saludo de Edward segundos antes de que el ascensor se cerrara con una determinación que hizo que deseara encontrarse ante un pelotón de fusilamiento. Cada músculo de su cuerpo pareció sufrir un espasmo al mismo tiempo. Un agudo "Ouch" detrás de ella le recordó que aún no había apartado la mano. La abrió y saltó al otro lado del ascensor sintiendo que su estómago daba un vuelco cuando el aparato comenzaba a subir.
Lo único que deseaba era salir corriendo y esconderse, o, mejor aún, abrir un agujero en el ascensor de la cabina y lanzarse al vacío. Pero se obligó a mirar al hombre que había manipulado.
Era mayor, con un tupido pelo blanco, gafas y dientes regulares. Tenía las mejillas acaloradas, pero aparte de eso, parecía notablemente sereno, dadas las circunstancias.
- Yo... yo...
- ¿Sabe?- comentó el hombre con clama-, en todos los años que he usado este ascensor, jamás conocí a nadie. Si le sirve de algo, su presentación fue magnífica.
Bella supo que su rubor podía cocer huevos. Y cuando dejó que la vista bajara a los pantalones del hombre, sintió como si fuera a estallar en llamas.
- Yo... lo siento tanto- dijo-. Fue un error.
- Un error extraordinario, diría yo- el otro rió-.
- Se suponía que usted era otra persona.
- Bueno, supongo que ha sido mi día de suerte.
Ella parpadeó varias veces, tratando de darle cierta coherencia a sus pensamientos asustados.
- ¿Va a llamar a la policía?
- ¿Por qué, es que intentaba robarme?- meneó la cabeza. Con un gesto ella indicó que no-. Bien. Porque en caso contrario, necesita practicar mucho más.
Justo en ese momento el ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron, y aunque quería correr a toda velocidad, sus pies no se movieron. No se movía nada salvo su corazón que le palpitaba con tanta fuerza que consideró que le faltaba poco para sufrir un ataque. El hombre del pelo blanco pasó a su lado, y cuando la gente comenzó a entrar, metió la mano en el bolsillo, extrajo una tarjeta y se la entregó.
- Por las dudas- comentó.
Entonces salió y las puertas volvieron a cerrarse. Dos plantas más arriba, Bella miró la tarjeta.J. Jenks, Abogado. Cerró los ojos y sus piró. Al menos cuando matara a Edward, dispondría de un abogado compasivo.
Edward la vio en cuanto salió del ascensor. Ella lo avistó un segundo después y, demasiado tarde, se dio cuenta de que tendría que haber huido mientras tuvo la oportunidad. Si las miradas pudieran matar, ya sería un hombre muerto.
Caminó hacia él moviendo de forma peligrosa el bolso y con los ojos encendidos. Edward retrocedió hasta golpear el costado del puesto de periódicos.
- Intenté avisarte- dijo él.
- No- esa única palabra fue una advertencia, una que un hombre inteligente habría escuchado.
- Te dije que cometías un error.
Bella abrió la boca, luego volvió a cerrarla y optó por darle un golpe fuerte en el hombro.
- Ay.
- Podría matarte por esto.
- Eh, no me culpes a mí. No fui yo quien quiso jugar a tantear en el ascensor.
- Nunca en mi vida sufrí semejante humillación. Maldita sea, Edward, ¿por qué me dejaste... ?- volvió a golpearle en el mismo sitio.
Él se movió y le ofreció el otro hombro, para recibir otro buen golpe.
- ¿Has terminado?
- No, pienso golpearte cada vez que pueda. Mereces algo peor, víbora. Podrías haberme detenido.
- Pero eso no habría sido divertido- sonrió.
Bella cruzó los brazos.
- No puedo creerlo. De todas las cosas bajas, sucias, podridas...
- ¿Cómo es que ha pasado a ser mi culpa? Cariño, te explotó tu propio petardo.
- Yo te mostraré un petardo- descruzó los brazos.
Edward comenzó a retroceder, desviándose del puesto de prensa para poder dirigirse a la salida. Aunque sin quitar los ojos de encima a Bella.
- Vamos. Debes reconocer que fue gracioso.
- Bueno, sí- soltó el bolso, pero Edward pudo esquivarlo.
- Bromeaba- alzó la mano en un gesto de paz-. No dije nada porque no sabía cómo hacerlo sin avergonzarte.
- Oh, estupendo. Ha sido muy considerado. Dejarme con un desconocido excitado en un espacio reducido ha sido mucho mejor.
- Cariño, tal como lo tenías, él no iba a hacer nada por enfadarte.
- Esa no es la cuestión. Deberías haberme frenado.
Vio que perdía fuelle. Menos mal. Entonces enterró la cara entre las manos. Al rato las bajó y pareció recuperada. Enfadada, pero controlada.
- ¿Te encuentras bien?- preguntó.
- No te perdonaré esto- asintió-. Jamás.
- Claro que sí.
- Lo sé- suspiró-. Pero no se lo puedes contar a nadie.
Edward contuvo una carcajada. Si pensaba que iba a quedarse callado, la esperaba otra sorpresa.
- ¿Edward?
El modo en que pronunció su nombre le indicó que pensaba golpearlo otra vez, de modo que asintió.
- Vale, vale.
- ¿Lo prometes?
- No se lo contaré a nadie salvo a Jessica.
- Si se lo dices a Jessica, a la puesta de sol lo sabrá todo Manhattan.
Hizo acopio de valor y le rodeó los hombros. Quería que fuera un consuelo, un gesto amistoso para evitar tener que realizar una promesa que sabía que no iba a poder cumplir. Pero en cuanto la tocó y sintió su hombro cálido y suave, al instante fue consciente de su cuerpo. Y del suyo. De todas esas partes.
La soltó bruscamente.
- ¿Qué pasa?
- Nada- repuso y aumentó la distancia que los separaba.
- Tu cara indica otra cosa. ¿Y bien?- lo miró con expresión curiosa, con la mano en la cadera derecha.
El pequeño vestido negro hacía que fuera dolorosamente consciente de lo que había debajo. De pronto tuvo el impulso de pedirle que entraran en el ascensor.
- ¿Hola?- insistió Bella.
- Vamos a comer. Me muero de hambre.
Ella meneó la cabeza y luego se encogió de hombros. Edward se cercioró de que no se tocaran al salir del edificio o al caminar por Pearl Street. Pero de reojo no paraba de mirar cómo su pelo le brillaba al sol, su andar seguro y grácil. La siguiente vez que Bella experimentara el impulso de tantear a alguien, iba a encargarse de ser el primero en estar en la línea de fuego.
Una niña pequeña, de tres o cuatro años, se hallaba de puntillas mientras intentaba meter un sobre en un buzón. Su padre, al menos Bella dio por hecho que se trataba de su padre, se hallaba detrás de ella, animándola con las manos listas para alzarla si no lo conseguía. Al final lo logró y soltó un grito de placer ante su monumental logro. Su padre la levantó en brazos, la abrazó y entre risas los dos marcharon por entre la multitud de la Quinta Avenida.
Un tiempo atrás Bella había decidido que no era para ella una relación eterna. Pero no podía negar la verdad. Quería tener un hijo. Quería un marido. No parecía que fuera pedir mucho, pero resultaba evidente que sí lo era. Alice insistía que con veintisiete años era demasiado joven para interrumpir la búsqueda, pero Alice no lo entendía. Bella estaba cansada de golpearse la cabeza contra la pared. De enfrentarse al fracaso una y otra vez, de intentar continuar y fingir que su corazón no había recibido un daño permanente. Algo iba mal. Le faltaba un gen o tenía mal karma, o lo que fuera, pero siempre terminaba igual. Ella enamorándose y él no. Él casándose con otra unas semanas después. Tres veces.
Puede que no tuviera un Nobel, pero hasta ella podía ver el patrón. El amor no aparecía en sus estrellas. No figuraba en su destino. Ya había aceptado su suerte y establecida la paz. Excepto a veces. Excepto cuando veía a niñas de puntillas. Cuando oía una risita infantil en la Quinta Avenida. Entonces la injusticia de todo amenazaba con estallar en su interior, llenando cada resquicio de su alma.
Respiró hondo y se obligó a sonreirá. A centrarse en todo lo que tenía y en lo que jamás le pertenecería.
Edward. Tenía a Edward. Eso era mucho. La quería del mejor modo que conocía. Aunque no era el tipo de amor que Bella anhelaba, era suficiente. Tenía que serlo.
Deseaba que pudieran salir adelante. Si era capaz de sentir su cuerpo junto al suyo, entonces el dolor se desvanecería. Estaba segura de ello. Con Edward no habría falsas esperanzas. Ambos se darían calor.
Desde luego, primero tendrían que superar el pequeño problema de la desnudez. Pero esa tarde había meditado mucho en eso. Tras la debacle del ascensor, no iba a presionarlo para que se bajara los pantalones para ella. Eso era demasiado peligroso. Había decidido que tendrían que desnudarse bajo las sábanas. De noche. Con las luces apagadas.
Después ya no le iba a importar, aunque se conocía lo suficiente como para saber que la primera vez sería un poco incómodo. Cuanto más pensara en ello, más incómodo sería. Lo que debían hacer era dejar de analizar y ponerse manos a la obra.
Planeaba decírselo esa noche y no aceptaría un no por respuesta.
- ¿De qué te ríes?
Bella giró en redondo para ver a Jessica junto a la entrada de la cafetería. Era una visión en azul pálido. Una blusa de seda, unos pantalones a juego y un pañuelo de Hermès le daban un gran aire de elegancia, pero algo la hacía aparecer inalcanzable. Con el perfecto pelo rubio echado hacia atrás de esa manera, le recordaba a Grace Kelly.
- ¿Quieres tener hijos?- preguntó Bella.
- ¿Ahora mismo?- Jessica enarcó las cejas.
- No. En algún momento.
- No. Tener hijos significaría tener sexo, y eso representaría estar con un hombre. Así que no, no los quiero.
- ¿Qué ha pasado ahora?
- El bastardo quiere mi O'Keefe. No basta con que busque una pensión para que pueda quedarse en casa a trabajar en su "gran novela americana", la cual, a propósito, es una porquería que te haría vomitar después de leer dos páginas. Ahora quiere mi cuadro.
- No va a conseguirlo, Jessica. Solo intenta ponerte nerviosa.
- Pues está haciendo un buen trabajo.
- Vamos. Te invito a una copa.
- ¿Con dos cerezas?
- Con seis, si eso te hará feliz.
Jessica sonrió y abrió la puerta. Bella entró en la cafetería bien iluminada. Ya estaba atestada, con un montón de hombres y mujeres de negocios en la barra. Todo el mundo parecía beber martinis o manhattans. El nivel de ruido era tan alto que Bella se comunicó con la mano con Jane, la camarera. Jane había sido su vecina cuando vivía en Queens, de modo que encontrar una mesa para cinco en la parte de atrás, la más tranquila, no resultó problema.
Le dio una propina de cinco dólares y alabó sus zapatos. Jane sonrió y regresó al ajetreo del bar mientras Bella se sentaba junto a Jessica. Esperó que su amiga hiciera un comentario sobre el equívoco del ascensor, lista para negar cualquier cosa, pero lo único que Jessica dijo fue:
- ¿Quién no va a venir?
- Mike. Esta noche tiene ensayo- Bella llamó al camarero y se relajó. Edward no se lo había contado. Tendría que sentirse avergonzada de sí misma por haber pensado que sí lo haría.
- Sé amable con Alice y Jasper- indicó Jessica-. Alice está con el período.
- Oh, no- suspiró. Alice había tenido un retraso de tres días, lo cual había disparado sus esperanzas.
- Es horrible. De todas las personas en el universo que merecerían tener hijos...
El camarero, un tipo deslumbrante de pelo castaño con unos pantalones negros ceñidos, se acercó a la mesa directamente a Jessica. Quedó cautivado en el acto. Abrió mucho los ojos. Prestó atención a cada una de sus palabras, y Bella notó que Jessica recibiría su maniatan con un bote entero de cerezas para acompañarlo. Cuando ella pidió vino blanco el camarero casi no notó su presencia.
Bella lo miró alejarse, luego se volvió hacia la diosa que tenía al lado.
- Me sorprendes- comentó.
- ¿Qué?
- ¿No lo has visto? Si hubieras pedido algo para comer se te habría declarado.
Jessica exhibió esa expresión en la cara. Disgusto mezclado con indiferencia.
- Todos son alimañas. Todos.
- No es verdad. Estás furiosa con San y transfieres tus sentimientos a los hombres en general.
- Gracias doctor Freud. Pero sé de qué hablo. El problema contigo, mi querida Bella, es que insistes en humanizar a los hombres. Les das cualidades de seres humanos y luego, cuando no actúan como tales, te rompen el corazón.
- No es verdad. Lo que pasa es que me gustan. Y el hecho de haber sido herida algunas veces no significa que todos los hombres sean mofetas.
- Quieres decir que Edward no es una mofeta.
- Exacto. No lo es. Tampoco lo son Jasper o Mike.
- Perfecto. Tres entre seis millones. Y hablando de Edward, ¿cómo va la misión?
Antes de que pudiera responder, Edward, Jasper y Alice llegaron a la mesa. Se saludaron y Bella prestó atención a algún signo que pudiera revelarle que Alice estaba mal, pero no lo encontró. Justo en ese momento apareció el camarero, y tal como ella había conjeturado, llevaba una copa llena de cerezas para el maniatan. Apuntó el nuevo pedido sin poder quitar los ojos de su nuevo amor. Bella abrió el menú.
Edward se sentó a su lado, y mientras Bella miraba las ensaladas, se acercó más de lo que era necesario dado el tamaño de la mesa. Justo cuando centraba su atención en los pescados, la sintió. Su mano en el muslo. Ligera, tentativa, un poco temblorosa, pero no se retiró. A medida que pasaban los segundos, el pulso se le disparó cuando la presión en su pierna aumentó hasta que él depositó la mano con seguridad. El calor de su piel atravesó el vestido y las medias como si no existieran. No supo qué hacer. ¿Devolverle el contacto? ¿Sonreír? ¿Decir algo?
Al final logró mirarlo. Los ojos de él reflejaban clama. Bajó la vista con rapidez y Bella sintió que le daba un ligero apretón.
Aunque solo le tocaba la parte superior del muslo, la sensación recorrió todo su cuerpo. Contuvo el aliento. Notó un nudo en el estómago. No se había equivocado. Mientras dejaran de preocuparse y confiaran en ellos, nada iba a salir mal. Podían llegar a ser mucho el uno para el otro. Los complementos perfectos.
Edward se inclinó para poder susurrarle al oído.
- ¿Qué vas a hacer el fin de semana?- ella meneó la cabeza, no lo bastante valiente para contarle la decisión que había tomado unos momentos antes-. ¿Qué te parece un viaje a Mystic?
- Maravilloso.
- Conozco un hotelito estupendo. Con antigüedades y chimenea en los dormitorios.
- Suena perfecto.
- Bien- entonces apartó la mano y se volvió para hablar con Jasper.
Bella no dejó de mirar el menú, aun cuando veía las palabras borrosas. El calor donde había posado su mano se disipó en unos momentos. La realidad de lo que le había propuesto tardó más en manifestarse.
Ya estaba. En cuatro días, Edward y ella iban a ser más que amigos. Serían amantes. No como los amantes que Bella había conocido, y eso era lo maravilloso de todo. Quebrantarían las reglas, explorarían territorio virgen. Pero no la asustaba. Bueno, no mucho. Porque él la acompañaría en cada paso del camino.
- ¿Bella?
Alzó la vista. Alice la observaba, y se dio cuenta de que llevaba un rato intentando hablar con ella.
- ¿Hmm?
- ¿Compartes un pollo conmigo?
- Claro.
- Bien, ya que pretendo comerme todos los postres que tienen.
Bella cerró el menú. Las cosas marchaban bien. Era evidente que Edward no le había contado a los demás el pequeño desliz de aquella mañana. En cuatro días iba a embarcarse en la siguiente fase de su vida. La fase ajena a las preocupaciones, a las dudas.
- Oh, escuchad- comentó Alice-. Después de cenar vayamos todos al Empire State Building, ¿de acuerdo?
- ¿Por qué?- preguntó Bella desconcertada.
- Porque ya casi es el cumpleaños de Jasper. Así que le dije que podía subir en el ascensor contigo.
- ¡Edward!- Bella lo encaro
- Ups no pude evitarlo
Todos en la mesa se echaron a reír dejando a una Bella sonrojada pero hermosa, pensó Edward.
Cada capitulo me enamoro mas de esta pareja, espero sus reviews creo que no me voy a aguantar en publicar otro capitulo hoy, vamos a ver si me animo.
