CAPÍTULO 7

Llegaron a Mystic a las diez menos cuarto. Edward llevaba años sin ir a la Posada Carlise, y el lugar era incluso más hermoso de lo que recordaba. En el pasado había sido una taberna construida en 1740, pero el dueño había restaurado el edificio y redecorado las habitaciones con muebles de época.

- Es precioso- manifestó Bella.

- ¿Nunca has visto Mystic?

- Lo único que se del lugar es que se supone que tiene una buena pizza.

Edward rió mientras aparcaba en un aparcamiento reducido situado junto al edificio principal.

- Vamos. Entremos. No se tú, pero yo estoy cansado- salió al fresco aire nocturno. Había acertado al llevar la cazadora. Y reservar la habitación con chimenea.

- ¿Hueles eso?- inquirió Bella.

Miró por encima del techo del coche para verla respirar hondo.

-¿Qué?

- El océano. Puedo oler las algas. Ha sido una idea maravillosa.

- ¿Sí?- lamentó haberlo dicho en cuanto la palabra salió de su boca. Bella pareció sorprendida, como si no esperara que aún tuviera dudas.

- Como mínimo, hemos salido de la ciudad- soltó con vehemencia-. Nada de teléfonos, coches ni perforadoras.

Edward abrió el maletero con el mando a distancia.

- Estoy de acuerdo. Y creo que te gustará este sitio.

Bella tomó una de sus maletas mientras él se ocupaba de la otra y de su propio bolso. Había llamado con antelación para advertir al propietario de que iban a llegar tarde. Quería que todo saliera bien. El fin de semana parecía tan frágil como el hielo. Bella estaba nerviosa. Intentaba ocultarlo, pero lo notaba. El modo en que se mordisqueaba el labio. Cómo tarareaba. Deseó poder mitigar sus temores, pero la verdad era que él se sentía igual de nervioso.

Mientras subían por el sendero de grava, Edward pensó en lo que había sentido por Bella desde el principio.

En un comienzo había sido más adoración que afecto. Estuvo embobado, eso era todo. Pero con el tiempo había cambiado hasta convertirse en la amistad más cálida de su vida. El objetivo del plan elaborado por ella era liberarse del equipaje que siempre acompañaba al amor. La necesidad, los juegos, los celos.

Bella le sostuvo la puerta y entraron en el salón del antiguo edificio. Fue como retroceder en el tiempo.

Paredes de madera con cuadros del siglo XVII adornaban la entrada. El olor a pan recién horneado mezclado con el aroma de especias le produjo una clama inmediata. La chimenea enorme que dominaba el salón exhibía un fuego bien alimentado. Una pareja joven estaba sentada en un sofá mullido, tan pegados que apenas se distinguía dónde terminaba el chico y dónde empezaba la chica.

- Buenas noches.

Edward se volvió del fuego para saludar a la anfitriona. Parecía tan acogedora como el lugar, rellena, con el pelo gris y una sonrisa cálida.

- Soy Heidi- dijo-, y usted debe ser el señor Cullen.

- Sí- dejó las maletas y le estrechó la mano-. Esta es la señorita Swan.

Heidi dio la bienvenida a Bella y luego le entregó a Edward una tarjeta de registro.

- No se moleste en rellenarla ahora. Es tarde, y estoy segura de que querrán instalarse. Tráigamela mañana. Vengan, les mostraré su habitación.

Bella sonrió a Edward, y él no pudo evitar devolverle el gesto. Realmente habían cruzado el umbral a otro mundo. El olor, la atmósfera, las antigüedades... todo estaba distanciado de Manhattan.

Avanzaron por un pasillo lleno de cuadros hasta que Heidi se detuvo en la última puerta. La abrió con una llave, no con una tarjeta magnética, y se apartó a un lado para dejarles pasar.

Todo era perfecto. En la chimenea crepitaba un fuego y la botella de champán que había pedido rebosaba en una alta cubitera.

Miró a Bella y luego al sofá que había delante del fuego y en su mente apareció una imagen de ella tan clara como una fotografía. Desnuda y hermosa, reposaba en postura lánguida. La piel le brillaba con el reflejo de las llamas, la sonrisa tan abierta como la postura.

Apartó la vista, pero se encontró contemplando la cama. Era enorme, con dosel, un edredón blanco y almohadas grandes y mullidas. Se imaginó a Bella allí, reclinada sobre las almohadas, el pelo Castaño rojizo enmarcándole el rostro, el cuerpo estirado en toda su gloria, desnuda y...

- Es magnífica- comentó Bella.

- Oh, sí- susurró, con la imagen aún en su mente.

- Y muy tranquila- la voz de Heidi quebró la ilusión-. No hay nadie en la habitación de al lado- pasó junto a la cama-. Aquí esta el cuarto de baño-. Aguardó hasta que Bella se acercó par echar un vistazo-. Es uno de mis lugares favoritos de la casa.

Edward se dio cuenta de que aún sostenía las maletas. Las dejó en el suelo y siguió a Bella al increíble cuarto. Grande, con una enorme bañera con patas como garras contra una pared, un lavabo en forma de pedestal en otra y una cómoda oculta detrás de una cortina de encaje; era una habitación construida con la comodidad en la mente. En dos anaqueles había velas encendidas que creaban sombras complejas sobre las paredes.

Vio a Bella en la bañera, con una pierna doblada sobre el borde y gotas de agua que brillaban sobre su torso. Unos mechones de pelo caían por su cuello. Maldición.

- Ahora los dejaré para que guarden sus cosas. El desayuno se sirve desde las nueve hasta las diez y media. Me temo que esta noche no hay servicio de habitaciones, pero si ven que les falta algo, háganmelo saber por la mañana y lo solucionaré.

- Gracias, Heidi-, dijo Bella mientras se dirigían hacia la puerta-. Todo es perfecto.

- Eso me gusta pensar- comentó la mujer mayor-. Que tengan una buena noche.

Edward le dio la espalda a la bañera y musitó su despedida. Bella se había acercado a la chimenea y contemplaba las llamas. ¿Pensaría en lo que sucedería a continuación? ¿En convertir las imágenes en algo de carne y pasión?

Se volvió hacia él con una sonrisa misteriosa en sus labios humedecidos.

- ¿Sabes qué parece?

- ¿Qué?- se aproximó a ella, asombrado por la conexión que había entre ambos.

- Es como si nos encontráramos en la cubierta del Enterprise.

Edward se detuvo y soltó una carcajada.

- Se supone que debes sentirte en el pasado, no en el futuro.

- Lo sé. Pero me parece algo surrealista. Este sitio, nosotros.

Asintió, luego fue a servir el champán. No sabía Bella, pero a él le iría bien una copa.

- No puedo dejar de imaginar...

- ¿Al señor Spock?

- No- sonrió-. Dame una copa, por favor. No puedo dejar de imaginar a todas las parejas que han pasado por aquí antes que nosotros. No es como la habitación de un hotel. Es algo mucho más personal.

- Lo sé- dejó la servilleta que había rodeado la botella de champán-. Por eso pensé que te gustaría- descorchó la botella y sirvió el líquido burbujeante en las dos copas que Heidi había dejado sobre la mesita.

- Gracias.

Bella se había situado a su lado, y cuando le pasó la copa, sus dedos se rozaron. En el acto las imágenes volvieron a aparecer en la mente de Edward, una encima de otra, pero en todas ellas con ella en el centro-

- Por la amistad- dijo Bella alzando la copa.

- Por la amistad- repitió Edward, brindando.

Bebió sin dejar de mirar cómo ella se lleva el cristal a los labios, hipnotizado por el movimiento de su garganta. Bajó los ojos a los montes exuberantes de sus pechos, tan prominentes por el nuevo sujetador. El impulso de tocarla creció hasta que le dolió tanto que tuvo que alejarse.

Ocupó las manos en sacar las cosas para afeitarse del neceser y la mente para recitar las estadísticas de bateo de Babe Ruth. La condición dolorosa de su entrepierna se mitigó con la actividad, por lo que suspiró al dirigirse al baño.

- ¿Quieres irte a la cama ya?- musitó ella justo cuando llegaba la puerta.

Todos sus esfuerzos se fueron al traste. Al instante se excitó, dolorosamente consciente de la proximidad de Bella y de su propio deseo.

- Claro- dijo con lo que esperaba fuera un tono casual-. Salgo en un minuto.

Cerró la puerta, fue la lavabo y abrió el grifo. Pero no se lavó. Se contempló en el espejo. La imagen no se veía muy clara en la oscuridad del cuarto, pero fue capaz de verse los ojos. Sí, parecía tan desesperado como se sentía. Era distinto de cualquier ocasión anterior, con cualquier otra mujer. Ni siquiera la primera vez había estado tan lleno de ansiedad. Una parte de él quería cancelarlo todo y volver a Nueva York, pero otra parte, la más baja, no quería otra cosa que tenerla en sus brazos. Descubrir todos sus secretos. Cumplir un deseo antiguo ya.

Se inclinó y se mojó la cara. Esa noche el truco iba a radicar en escuchar, en prestar cuidadosa atención y dejar que Bella llevara el ritmo. Necesitaría un esfuerzo sobrehumano, pero debía ser de esa manera. Si ella cambiaba de parecer en cualquier fase del juego, le sonreiría y le diría que no pasaba nada. Lo más importante era su relación global. Bajo ningún concepto pensaba marcharse de esa posada con alguna tensión entre ellos. Lucharía por su amistad y ganaría. Sin importar que fueran amantes o no.

Bella sacó el camisón de la maleta. Era negro, largo hasta los pies, con encaje alrededor del corpiño... era el camisón más bonito que jamás había tenido. La hacía parecer exótica y sensual, y sabía que a Edward le iba a gustar mucho. La cuestión era si se hallaba preparada para que lo viera.

A pesar de la maravillosa habitación, del fuego y del champán, aún la dominaban las dudas. Se había convencido de que en cuanto llegaran, en cuanto cruzaran el punto de no retorno, todas sus inseguridades y temores iban a desaparecer.

No había sido así.

Si pensara que lo único que iban a hacer era charlar y acurrucarse, sería la mujer más relajada de Nueva Inglaterra. Pero no era eso. Era una cita de sexo. El sexo era bueno. El sexo entre amigos debería ser aún mejor. Y con Edward lo máximo. Entonces, ¿cuál era el problema?

Dobló el camisón sobre el brazo, sacó el necerser con el maquillaje y lo depositó en la cama. No iba a necesitar nada más, de manera que cerró la maleta y la guardó en el armario.

Cuando se abrió la puerta del cuarto de baño, Bella respondió a su propia pregunta. Su problema no radicaba en tener sexo con Edward, sino que Edward tuviera sexo con ella.

Con anterioridad había estado nerviosa por hacer el amor, pero nunca de esa manera. Antes jamás había tenido mucho que perder si las cosas no funcionaban. Pero, ¿y con Edward? ¿Y si no se excitaba en cuanto se metiera en la cama? ¿Y si detestaba el modo en que ella besaba?¿Y si era demasiado ruidosa y eso lo enfriaba?

¿Y si se largaba y lo llamaba desde Nueva York?

Era demasiado tarde. Edward le sonrió e indicó el cuarto de baño.

- Es todo tuyo.

¿Cómo podía estar tan tranquilo? Parecía como si para él fuera una noche más, sin nada en juego. ¿No le importaba que todo pudiera cambiar?

Edward se dirigió a la cama al tiempo que se desabrochaba la camisa. Ella entró en el baño y se apresuró a cerrar a su espalda.

Se estaba desnudando. En ese preciso instante. Ella misma se iba a desnudar. En ese momento también.

El baño era grande y la bañera parecía espaciosa. Quizá pasara la noche allí.

No. No, no, no. Fue ella quien se lo había pedido. Prácticamente lo había tenido que obligar a hacerlo. Ya no podía echarse para atrás.

Antes de cambiar de parecer se quitó la ropa y arrojó la camiseta y los vaqueros sobre el borde de la bañera. Luego se desprendió del Wonderbra, y en el acto volvió a ponérselo. Dios, las sentía tan caídas sin él. Sin embargo, no podía ponerse el sujetador con el camisón. Edward lo notaría.

Se pasó el camisón por encima de la cabeza y luego se quitó las braguitas. Despacio, se volvió hacia el espejo para observarse. No estaba mal. Se la veía bien. Jamás aparecería en la portada del Vogue, aunque tampoco debía cubrirse la cara con una bolsa de papel.

El satén negro hacía que su piel pareciera delicada y suave. El encaje alrededor del corpiño acentuaba sus pechos. Se pasó las manos por las caderas. Todo iba a salir bien.

Sacó el cepillo de dientes y el enjuague bucal. Luego vio el cepillo de dientes de Edward, aún húmedo, encima de sus utensilios para afeitarse. Lo había visto cientos de veces en el cuarto de baño de su casa. Y nunca le había dado importancia. Pero en ese momento parecía el colmo de la intimidad. Lo había usado para tener un aliento fresco cuando la besara. Tenía que hablar con Alice. Jessica sabría que hacer. ¿Dónde estaba el teléfono, y quién demonios había pensado que prohibir las llamadas telefónicas durante el fin de semana era una buena idea?

Oficialmente dependía de sí misma, y lo detestaba. Con mano temblorosa, echó pasta de dientes sobre el cepillo y entonces se le ocurrió. No estaba sola. Su mejor amigo en todo el mundo se hallaba en la otra habitación. Podía contarle que estaba nerviosa y él lo entendería. La cuestión era que en ese momento podía salir y decirle que quería cancelarlo todo. Después de todo, se trataba de Edward, quien conocía sus inseguridades, sus defectos, su locura y, de todos modos la quería.

La ansiedad que la había acosado durante horas se desvaneció en una oleada de alivio. Se había estado volviendo loca por nada. Era Edward. Simplemente Edward. Todo saldría bien.

Se lavó los dientes, usó el enjuague bucal, se quitó el maquillaje y se cepilló el pelo. En todo momento recordó que nada podía salir mal. No con Edward a su lado.

Tras un último vistazo al espejo, recogió la ropa, respiró hondo y abrió la puerta.

El fuego era la única luz en la habitación. Edward ya se había metido en la cama, sentado, con la espalda apoyada en las almohadas grandes. De haber estado desnudo, quizá se hubiera asustado, pero los pijamas eran una ropa práctica.

Fue al armario, metió sus cosas dentro y se volvió para contemplar la cama. Se preguntó cuánto podía ver él con esa luz, y si le gustaba lo que veía.

- Oh, Dios- musitó Edward.

- ¿Qué sucede?

- Eres tan hermosa.

Las palabras parecieron flotar sobre ella, agitadas por las sombras que danzaban sobre la pared. Lo creyó. Avanzó hacia él, sintiendo su mirada y deseó decir algo apropiado, significativo. Quería que supiera cuánto le importaba y cómo saber que él estaba allí le daba valor para seguir andando. Pero no logró juntar las palabras. Al llegar a su lado y ver que apartaba el edredón, las palabras ya no parecieron importantes.

Se deslizó junto a su cuerpo hasta que sus costados se tocaron. Edward la tapó con el edredón, luego le tomó la mano y se la apretó con suavidad.

- ¿Estás nervioso?- inquirió Bella.

- Un poco- repuso.

- Yo también- reconoció ella-. Más o menos.

- No tenemos por qué hacer nada.

- Lo sé- él movió la mano y Bella sintió que con el pulgar le acariciaba la palma. Fue un contacto ligero y adorable-. ¿Tu quieres?- susurró.

- Sí, si tú quieres.

- Yo sí- convino ella-. Creo.

- ¿Crees?

Asintió y al final hizo acopio de coraje para mirarlo. La preocupación que sentía por ella resultaba tan obvia que le produjo un nudo en el pecho. Edward le sonrió. Tenía un rostro hermosos, y no solo por los rasgas clásicos, sino por la amabilidad que irradiaba. Porque estaba lleno de amor.

- Tumbémonos- después de quedar de espaldas en la cama, la puso de costado y se acurrucó detrás de ella. Con el brazo en torno a su cintura Bella sintió su aliento en el cuello-. Nos quedaremos así un rato- sugirió él-. Charlaremos.

- Me gusta- afirmó, acostumbrándose a tener su cuerpo tan cerca, haciéndole saber que no tenía prisa. O quizá que no deseaba hacerlo. Se sintió un poco desilusionada, pero no mucho. Probablemente era lo mejor. En realidad, se sintió aliviada. Había desaparecido la presión y podía relajarse.

Pero entonces se movió... Tardó un minuto en darse cuenta de lo que tenía apoyado contra la cadera. Contuvo el aliento, cerciorándose de que lo que sentía era de verdad lo que creía que sentía.

Oh, sí. Lo era. No la había abrazado porque no la deseara, sino porque la había visto titubear.

Entonces lo entendió. Su cuerpo le había dicho lo que sus palabras no podían. La deseaba. Estaba listo. Pero dependía de ella dar el primer paso.

Era Bella quien debía decidirlo. Lo único que tenía que hacer era bajar la mano y tocarlo. Volverse y besarlo. Lo anhelaba. La reacción de su cuerpo ante Edward la delataba. El estómago contraído, la presión en los pechos. El modo en que necesitaba apretar las piernas.

En todos los sistemas brillaba la luz verde. Todo era perfecto. Nada la detendría.

Salvo el hecho de que sabía, con todo su corazón, que aquello estaba mal.

OMG espero que no me insulten por dejarlo hasta hay pero es mejor darle un poco de suspenso, jajajaja ya se soy malita y perdónenme por dejarlas con esta tensión jajajaja y Tlebd lo siento pero en el próximo las recompensare, besitos